LA GELATINA
Mi esqueleto se escapó
por la ventana, se licuo entre la falda de la Malintzi y las sombras del
entorno. Pensé en recuperarlo pero necesitaba un recipiente en donde meterme.
Entré como aire a la pelota de mi sobrino. Mi acuosidad inicio en rebotes la
búsqueda. Dejé atrás la estancia, impávida quedó al recordarme mis mozos años
cuando en brincos sobre ella machucaba lo que ahora es piel de mis entrañas.
Recorrí el
barullo del mercado, los gritos de los comerciantes me llegaron hasta los
pulmones, ellos comerciaban con tal simpatía que remangaban la mitad de la cara
con una risita fácil, espontánea y a
veces muy vendida. Algunas veces esa risa deambulaba en mi jalea interior.
Pregunte entre los comerciantes si habían visto mi esqueleto, y me respondieron
que habían visto algo parecido por el lado de las tiendas de compraventa de fierro viejo. Llegue al
sitio y engalanaba el lugar las horquillas, los picos, las estructuras de
telares viejos, los caparazones de un chasis inocuo, los diferentes arietes,
los báculos inactivos. Nada se parecía a lo que yo buscaba: mi osamenta.
Di con las
autoridades, era una pérdida casi
irreparable. Los oficiales diligenciaron cartas en el asunto; Tomaron mi
declaración pero argumentaron que era mía la culpa, que yo era el causante de
dicha perdida, y que iba a pagar caro el haber dejado libre el esqueleto. Porque con un esqueleto
suelto se corre el peligro de extinguir el calcio y otros minerales del
planeta, que para eso se había inventado la carne como mediadora de la
voracidad de las osamentas. La pena se pagaba con la muerte. Solo muriendo la
carne moría su otra parte. Me desesperé, la razón fugaz de mi existencia
se cosechaba al final como violencia.
Quería huir, escapar, pero ya me habían etiquetado como pelota al paredón. Me
imaginaba aquel muro salpicado de gelatina de muchos sabores, de colores, de
consistencias, de esencias en gel, de masas orgánicas destartaladas en agua.
Ese muro era la báscula del homicidio legal. No calculaba tal dolencia.
Necesitaba un respiro. Opté por salirme del balón y escurrirme por la
alcantarilla. No veía nada, sólo nadaba por los tubos de drenaje hasta llegar
al río Zahuapan. Así estuve por varios años hasta que llegue a un paraje donde
estaban unas vacas tomando agua a la orilla y allí estaba mi esqueleto,
pastando con ellas comiendo codo a codo y chupaba con unas ganas increíbles,
habidamente, las ubres de las terneras. Parsimonioso me acerqué y sigilosamente
le caí encima. Se encabritó de tal modo que
indómito despilfarraba la fiereza
al estilo rodeo, las viradas y saltos
llegaban hasta las copas de los árboles — las reses saltaron la cerca y huyeron
despavoridas — hasta que logre someter y
domesticar.
Cada noche
me tomo mi vaso de leche y las
respectivas vitaminas. Ese es el convenio a que llegamos. Somos
inmensamente felices.
LA BÚSQUEDA
Me engalané el cuerpo,
enchulandolo con el cautivante enredo de
una sonrisa. Y todo para verte, mientras circulaba por la avenida “Te amo”, me
diligencie un recuerdo de tu bronceado pecho y se emperjuicio mi mástil
orgánico. Cuando llegue a la avenida del “Éxtasis” esquina “Sabanas Virtuosas”.
Se me figuró todo negro porque en esa esquina se encontraba el puesto de
revistas donde la nota principal rezaba: “Apañaron la inocencia de las mujeres
arrancándoles su virginidad”. Cabizbajo recorrí el empedrado descendiendo la
colina. Mi intención de preguntarte por el asunto se me azoto a la cara como un
puñetazo, porque cuando abriste la puerta, la castidad la cargabas en tu pecho
como un pabilo de corbata o un enjuto trapo rasgado. No pude más, no soporté
verte así, la dolencia me extirpó las lágrimas, y las lágrimas rodaron cuesta
abajo dejando un hilito húmedo en el cuello. Con la cavilación de unos meses se me agrego al entrecejo unos
parientes que se apellidan: Talión Venganza. Convocamos a una junta para dar resolución al problema. Yo
sería el hacedor. Decidí hacerme de un laboratorio al estilo alquimista porque
de la tecnología de punta se tenían serias dudas para resolver el dilema.
Mezcle las esencias de las rosas, con el
tejido de las telarañas y una pizca de polvos de virtud; pero no funcionaba
porque el aquello era demasiado chiquito. El himen fabricado debía de tener nuevas características de
mejor calidad y propiedades como la recicatrización, la elasticidad, los
diferentes tejidos de la membrana, o sea
al gusto. La usuaria debía de sentirse
completamente segura con su compra y con su interioridad singular. Inclusive
podríamos agregarle características como de autolimpieza o de autoremangado por
aquello de las violaciones. Innové algunos tipos de tejidos utilizando materias
primas jamás utilizadas pero más bien eso sirvió para inventar las sedagasas y
el durojean, probé la rehilvanación pero
por lo regular quedaban imperfecciones en el tejido por el pequeño espacio y
por la estructuración del desgarre. Probé la injertación utilizando como base
un cuerpo de cordones fuertes y al final un imperceptible hilo de araña enana,
pero ah fracaso, el injerto sobresale
hasta las rodillas, y para andar
arrastrando la doncellez pues no vale ni
enrollada porque cualquiera la manosea. Consideré la idea de una microscópica
malla, pero electrificada con la elasticidad suficiente como para que el sexo
entre hasta la cocina, pero pamplinas, de nueva cuenta las íes revoloteando en
la idea; porque de electrificar la malla se necesitaría conectar a tierra para
no sufrir alguna descarga, pues eso provocaría una erupción de orgasmos
incontrolables, y los clímax deben de ser administrados tal como se dicta en
las leyes interpersonales.
Un asunto
más que debía de atenderse — aunque no se tuviera el producto terminado — es la
producción en masa y la introducción en los mercados internacionales. Podríamos
adelantar el servicio de ventas por correspondencia y con la mayor discreción
por si acaso la esposa o la amante quisieran ofrecer una sorpresa de regalito.
Hemos
doblado los esfuerzos y nuestra empresa continúa hacia arriba, tal vez para la
próxima década tengamos el producto terminado redituándonos grandes ganancias.
TODO ES IGUAL QUE SIEMPRE
Salgo al aire cuando se
ha estrenado el día, y todo es igual que siempre. Malo sería que la ciudad
estuviera de cabeza: que las casas fueran habitadas por las gentes, que los
carros circularan por las calles, que la vida citadina fuera igual todos los
días, que las leyes fueran puestas para ser obedecidas, que los matrimonios
permanecieran unidos para siempre, que los mercados y supermercados estuvieran
repletos de mercancías, que los policías se encargaran de poner el orden, que
el viento soplara horizontalmente, que el sol dejara caer los rayos de luz sobre las cosas, que las montañas se elevaran
por encima de las nubes, que los mares fueran salados, que la política fuera la
profesión del cinismo, que la vida fuera desagradable, que las nubes dejaran
caer agua.
Las casas
son habitadas por las cosas, todas las casas están vestidas por una cantidad de
artículos que benefician la arquitectura, es la explosión de la riqueza en
objetos: mesas pinturas, instrumentos,
piezas de colgar, candelabros,
libreros; los armatostes configurados para las esquinas, o los centros,
o los lugares más iluminados. Así como los objetos para la habitación de estar,
para la sala de lectura; o los diferentes tipos de ropero para guardar cosas
pequeñas y dentro de estos roperos: cajones que conservan objetos cada vez más
minúsculos hasta llegar a los alhajeros diminutos de cosas como granos de arroz
con el nombre del propietario, o cerdas
de caballo con poemas inscritos. ¿Y las gentes? Las gentes son los esclavos eternos que proveen de cosas
a las casas. Los carros se duermen lánguidamente por donde pasan las calles a
toda carrera, metiendo tercera y cuarta velocidad; los carros están marcados
con números de colores para que las calles no se pierdan en la travesía, cuando
las calles llegan casi a su destino los carros tienen una identificación más,
cada uno tiene su olor característico que los diferencia de los demás. La vida
en la ciudad es turbulenta, con el bazar de aventuras vividas al mismo tiempo,
como un circo permanente postrado en las diferentes localidades. La vida es
carnavalezca, lúdica, es un escaparate de mil formas, es andamiaje de risas y
desajustes permanentes ciclonicos, explosivos. Es como una nave hecha de
retazos inconexos pero siempre diferentes. Los juristas son los que planean las
características que tendrán las leyes para que próximamente se violen y así cumplir
con su función, la abogacía por remediar los enredos de una ley mal
administrada conduce a que las normas se
obedezcan equivocadamente. Las legislaciones se norman para que se puedan
desobedecer, si no es así los leguleyos tienen que trabajar para que se cumpla,
¡imagínense si no fuera así! Lo que es llamado matrimonio es considerado
sagrado. Los matrimonios deben cumplir la norma de permuta (si no es así se
incurre en un pecado capital) porque las gentes al permanecer dos días
juntos, comienzan a soldarse de tal
forma que quedan castigados, por lo cual durante la madrugada cada gente se
turna a la siguiente y así gira el nuevo
día en la ciudad con nuevas caras por conocer. Los mercados y supermercados
están repletos de: sentimientos, pasiones, intrigas, amores, vanidades,
saberes, voluntades, opciones, tristezas,
oraciones, éxtasis, sutilidades,
misterios, tiempos, vida, reflexión,
excitaciones. Cada gente compra según su bolsillo lo que quiere, pero tiene que
consumir de otras cosas no deseadas para que la plusvalía ganada por el
capitalista sea conveniente. A los policías siempre se les anda persiguiendo
por ser la mafia más organizada de la ciudad, los policías andan provocando el
caos, disparando en los ataques que cometen contra las casas, los balnearios son los más visitados por estas
gentes. Poseen una industria del mal que
de pensarla mi pobre imaginación se queda idiota. El viento se deja caer de
arriba hacia abajo haciendo que la ciudad permanezca eterna porque no hay
erosión de esa manera, los vientos son tranquilos y templados, se fertiliza en
las capas altas y se deja caer alimentando las tierras de cultivo. El sol es el
órgano de la vida, es el motor del universo. Las cosas, los objetos lo irradian
con su luz y lo alimentan para que así continúe la vida. Juntas todas las
ciudades, todos los países, todos los mundos, lo irradian y este crece como un
gran Dios dador de vida, de existencia. Las montañas descienden hasta las
profundidades del planeta. Lejos. Donde nadie llega tan fácil. Las nubes son
los velos fabricados en los gobiernos para proteger al gran Dios sol dador de
vida. Nada ni nadie puede estar por encima de las nubes puesto que se
consideraría una acción de sacrilegio. Las aguas de los mares y océanos son
distintos pero nunca salados: el océano Pacifico tiene el sabor de la amante, el océano Atlántico al
probarlo se percibe como agua de
esencias de las vírgenes de 18 años, el mar del olor es increíblemente
fantástico y así todos los demás. La política es la profesión dedicada a
salvaguardar la verdad de la ciudad por sobre todas las cosas; la política se
dedica a poner la vergüenza en cada gesto de los protagonistas dados al oficio.
La vida en la ciudad es tan agradable y placentera como un paraíso poblado de felicidad y reposando
en esta existencia que se dinamiza en el presente. Si acaso las nubes dejaran
caer agua sería la catástrofe completa, la muerte impredecible puesto que
somos de arena.
UNA VIDA ES SUFICIENTE
—Era un gato. Los hombres con gran
admiración hacían alarde de mis siete vidas. Tenía que confirmar lo que decían.
Me puse en marcha hacia la azotea del edificio. Era una residencia de tres
pisos. La terraza estaba llena de cachivaches y trebejos, parecía pista de
aterrizaje con los aviones estrellados. Me acerqué a la orilla, unos niños
jugaban pelota, se veían tan pequeños desde arriba, que sólo les faltaba cola
para ser sápidos ratones. Me rasqué la
oreja pues me picaba una pulga, lavándome las manos para llevarlas limpias en
la caída. En la calle había calculado caer un metro más allá de la banqueta,
sería un gran descenso digno de llevarla a los récords de Gines.
—Imaginaba que aquellos niños aplaudirían, Sería el
representante distinguido de los felinos, las gatas en estampida acudirían a mí
de rodillas; sería un extraordinario evento, un acontecimiento célebre por el
resto de mis siete vidas, una maniobra sensacional informada por los medios de
difusión; así como aquél gato que tan sólo por tener botas se había convertido en un personaje de leyenda.
—No lo pensé más, caminé
diez pasos atrás con movimientos ágiles, de gato afamado de Holliwood.
Abajo: el
lugar no lo esperaba, se estacionaba un camión que transportaba pararrayos a
una compañía de enseres eléctricos, el
conductor y su acompañante comían sopa y guisado en el restaurante de enfrente.
Los pararrayos parecían lanzas del siglo XVII listas para la guerra, como las
lanzas de Velázquez en la obra titulada
“La rendición de Breda”, o como serían incontables quijotes juntos atacando el
cielo.
—Ajuste los bigotes para
que no rozaran tanto al viento. Corrí
decidido y llegue al final, era como haber llegado a la meta de los cien
metros planos. Me quedé sin piso, sentí náusea y un pequeño sentido en el estómago.
El aire corría por la pelusa despeinándome. Alisté mis garras para recibir a la
tierra y el impacto. Las pulgas saltaron despavoridas salvando sus vidas. El
aire se asustaba al ver tal valentía, ni un ruido llegaba a las orejas. Los
colores eran más acentuados en su tono. ¡Era maravilloso volar!
—Me di cuenta demasiado
tarde; el cálculo se desvaneció, sólo quedaba un camión con lanzas apuntando,
esperando impaciente. No pude hacer ninguna cosa, cruzaron mi cuerpo y maullé
de dolor, sentí la sangre caliente que salía, y el frío metal que me cegaba.
Quedé con la cabeza hacia abajo. Vi como corría la sangre a lo largo de los
barrotes de los pararrayos. Los niños que jugaban con bullicio, algunos
lloraban, otro se vomitaba por la escena dramática y asquerosa. El conductor y
su ayudante ya no comieron más. Perdí la vida pensando que tenía siete. Le digo
adiós a mis gatas, adiós a la caída sensacional y adiós al gato con botas.