“non omnis moriar”
—Voy, trato de esconderme entre la
multitud, pero allí está la gran cantidad de ojos observándome. Yo como un
protagonista. ¿Acaso esperan que haga la
maroma? Y me voy a esconder a algún lomerío vacío, pero cuando me doy cuenta,
allí están, es la gente; oteando, andan por todos lados, a donde quiera que voy
allí están; son la masa informe que va y viene, siempre, yendo de aquí para
allá, recorriendo caminos, observando sin interés su entorno cotidiano,
agitándose para no aburrirse, trasparentándose
con los demás, en una sola fuerza en la
masa, ahuyentando su soledad inherente, tratando de acomodarse a una inercia
holgadamente cómoda. ¿Y quienes son? Los otros: caras etruscas por la semejanza
con lo pétreo y con las vasijas vacías y rotas. Frentes breves, cuerpos hechos
para sostener el vientre, caras de tripa y pensamientos de hiena, facultades
corporales propias de carnívoros sedentarios. Tórax que hinchan no sólo de aire
sino de humo de cigarro, de smog, de polvos dañinos y bióxido carbónico; orejas
y ojos de vegetal, miradas de verdura, sonrisa transigente igual que el
espíritu que deja consentir a la modorra entre las sienes. La gente me da asco,
los detesto, maldita muchedumbre, siempre van, atestando las calles, yendo y
viniendo como si tuvieran realmente algún lugar a donde ir, gente estupidizada que va y viene; sonriendo,
carcajeándose por las calles, eructando
en silencio por las banquetas, andan con sus huaraches quesque de moda con sus
patas horribles y callosas... allí va uno bamboleándose por su obesidad así
como con sus nalgas colgantes, celulíticas, gaseosas.
—La calamidad del mundo actual es el
mismo hombre, por donde sea apestan y yo aborrezco lo que tengo de ello que le
vale madre el futuro que tendrán los hijos del futuro, esos que ahora preveo
como seres con cerebro de mosquito, comunidades caídas en la platanez absoluta.
Chusma joven por todos lados como termitas ciegos y desinflados del espíritu,
con la agridez del pirú y la vivencia televisiva de un camarógrafo jubilado de
cuarenta años de servicio. Pronto no habrá casas para tanto jovencito; se
tendrán que poner sitios colectivos de vida, algo así como asilos para
imberbes. Ya Malthus había pronosticado la crisis humana por la excesiva
confianza en... tal vez en un dios –“por aquello de creced y multiplicaos” o en
las bondades de la tierra –por aquello de que “para que alcance le echamos más
agua a los frijoles”- El mito del homo sapiens de ser cada vez más
misericordiosos o la idea que tenía Pascal de que la humanidad podría
considerarse como un solo hombre que subsiste y aprende continuamente y que las
generaciones futuras serían mejores y más inteligentes por los conocimientos
adquiridos de generación en generación, fue sólo un sueño, hermoso sueño que
podían tener la muchedumbre de changos que somos, y eso sin remitirme a Darwin
y sólo observando como la iglesia poco a poco va descobijándose de los mitos
insostenibles de que descendemos de Adán y Eva y de que somos los hijos de
dios, parientes de las once tribus de Israel y eso de que “hágase la luz” y la luz
se hizo y él le dio nombres a las cosas y luego descansó... Mientras se
multiplica la población yo espero el cisma demográfico, me pongo las manos en
la cintura y quiero ser feliz, extasiarme de lo insoportable como masoquista de
semana santa y seguir por toda la vida engentado, entregado a este vía crusis
eucarístico.
—En días de
globalización, el ambiente clamorea tipludamente el mercado más esnobista y
deleznable. Ante tal atmósfera ya no carburo, bajo los ojos para ver las
banquetas y de ese modo me encuentro a mí mismo, porque ver los aparadores aquí
en las avenidas me nacen deseos, envidias, congojas, salen a relucir mis
carencias y por lo regular termino diciéndome: “cuantas cosas tan maravillosas
hay aquí y que yo afortunadamente no necesito.” Los oriundos de este sitio ya
cambiaron por vocación a la globalización y al mercado mundial de suelas de
llanta y correas a cómodos huaraches Nike, de pantalones de manta y remiendos a
Levis con parches, rotadas y deslavadas; de sombreros aireados y sombreados a
gorras de visera. No hace falta más que ver nuestra historia del vestido para
comprobar que no ha habido un gran cambio. Las muchachas habían optado por una
moda que las subyugaba siempre, que las postraba ante el mercado, ellas no
querían dejar la pose de la belleza, pero, si acaso convinieran en pasarle en
ese aspecto la estafeta al hombre; entonces, se podría pensar en una evolución
y revolución perceptible de ellas. Andan por allí con alma entregada y espíritu
vitriólico. Lo que subsiste es correr tras la gloria y la moda del día, con sus
ambiciones y vanidades, ese es el
individualismo empoltronado en nuestra actualidad.
—El tiempo se pone como una caldera
pero ellos ni despiertan; ¡Vaya Humanidad pigmea! El pueblo dormido, siempre
dormido, como muchos años atrás, tantos como antes del virreinato o más atrás,
como el despierte tempestuoso durante las guerras floridas entre aztecas y
tlaxcaltecas. Me repatea el hígado
cuando escucho decir que quieren traer más hijos del futuro al mundo, ¡Sí, eso
es, traigamos más hijos a la sufridera, rodeémosles a todos ellos de la miseria
y penuria humana, convenzámonos aunque sea falso de que el tiempo venidero será
una maravilla para los recién llegados!
Si nosotros ya estamos mosqueados, ellos tendrán su calendario menos
curtido de inclemencias, los desastres del mundo serán erradicados por la
ciencia y la tecnología, porque las indocilidades de la naturaleza las
traeremos perfectamente gobernadas con la mano en la cintura... El pueblo siempre será un ingenuo, viviendo
de sueños democráticos insulsos, pobres idiotas que creen en las utopías, los
que estamos arriba siempre estaremos arriba y apuesto todo y me sostengo a como
dé lugar, porque no estoy dispuesto a ceder mis comodidades a otro.
—La globalización había
hecho que la cultura regional se coronara con unos dirigentes altamente capaces
y de cabalística sabiduría ¡OH! Los hermosos programas culturales y estos no
eran para pueblo liliputiense o receptivo de cualquier bicoca o zarandaja, sino
la programación que la alta burguesía podría requerir o disfrutar y hablemos de
obras famosas dirigidas por los más connotados directores de orquesta y de puestas en escena. Y coincidamos con
ellos en que sería una grosería gastar los impuestos para que el artista cumpla
su cometido porque hay muchas comunidades que viven en la miseria; sí, tienen
razón, primero las ventajas de casa y comida y hasta después eso de cultura y
suntuosidades, tienen razón en tratar de ahorrar, por eso ellos ya no quieren
recibir viáticos para ir a foros sobre la administración de la cultura en
Acapulco o congresos de directivos de
institutos de cultura en Cozumel o que
sé yo, pero ¡Ah! Contradicción. El pueblo de Tlaxcala no se merece tantas
cosas, no agradecemos a tan gentiles personas su apreciable servicio por la
comunidad. Somos unos malagradecidos y bárbaros que no sabemos valorar su
sacrificio y sobre todo su capacidad potencialmente arrolladora. No sabemos de
preocupaciones y desvelos por las que pasan debido a tanta responsabilidad en
los hombros. ¡Imagínense si no la cultura de Tlaxcala es demasiado! Ingrato es
el pueblo porque sin base desconfía de las instituciones y hasta de la
“transparencia” que se le propone. Hay en mi mirada —si alguno la ha conocido—
una pequeña cuenca envenenada de abismos e ironías, en ella parece verse la
historia del hombre de una manera descarnada, cruda, sin tapujos. La crueldad
de mi ojo hace atravesar vigas en los ojos del vecino.
El hombre no
sólo pedalea sus cavilaciones sino también su bicicleta por las afueras de la
ciudad, a tomado la rivera del río, parece como si lo llevara la inercia del
agua. Poco a poco las aguas van perdiendo su movilidad conforme llega a la
pequeña presa que hace surtir del vital líquido a los terrenos del Oeste. Luce
a lo lejos, por sobre la loma, las casas entre árboles y cielo; y abajo, el
reflejo de ellas en una espejeante y quieta agua de drenaje. El cielo esta
suficientemente espumoso como para provocar melancolía, es un espumarajo
lechoso, espuma chelera, esponja nubosa, algodonada.
—Y allí está este mi país, arrugado
de montañas enormes, como costras escamosas, ásperas y salvajes. Son
cordilleras que bendicen mi terruño, que hacen más pasable la vida entre los
hombres, que si no fuera por ellas entonces creería que existe un paraíso
distinto, uno metafísico o uno donde hablan distinto idioma que el de
Cervantes. Pero de todos, yo me quedo con este, con sus selvas verdes e
impenetrables, con sus extensiones de costras tepetatosas, con sus ciudades
precortesianas, con sus sierras norteñas y desiertos inhabitables, con la
ribera del mar por donde pasea mi playera. Todo eso estaría muy bien si no
estuviera decepcionado de las gentes, de la política, del sistema en el que
vivimos, pero siempre las gentes asomando sus hocicos donde no les importa,
persiguiendo sin gana sus rutinas. La multitud no tiene proezas, la muchedumbre
nunca ha realizado nada sustancioso para bien de la historia del hombre, a no
ser que hablemos de la revolución francesa, la guerra de los claveles o la
revolución de Octubre, pero una golondrina no hace verano... ¡pero por Zeus! He
querido callarlo pero la fealdad ideológica actual es humillante. Que Ala y
Camaxtli nos protejan ante tanta adversidad y sobre todo pendejéz... pero... No
nos queda de otra más que perdernos en
este laberinto de justificaciones y desesperanzas. ¡Y Aquí voy yo como un
Quijote de la Mancha... montado en bicicleta!, Listo a atacar los mercados
globalizados con un cerebrito como arma asesina. He decidido ir a berrear este discurso sobre
los montes calcinados. Sí, en este paraje donde no se ve la gente y antes de
que comiencen a aparecer continúo con lo mío.
—Me imagino que el
sistema es como una máquina que transforma a los hombres, les arranca la
crítica, todo juicio u opinión; y sin darse cuenta van pasando uno a uno para
que la máquina les vaya colocando su respectivo bozal y aplicando un par de gotas en cada ojo para que sólo
puedan ver lo conveniente. La máquina imaginada sería de algún modo obvio para
fabricar locos, o zombis, dicho aparato arremetería contra toda neurona capaz
de ser provocadora de objeciones e impugnaciones y hacer fructificar neuronas
adormiladas. Pero ya basta de tanta alharaca, el lenguaje siempre tratando de
tomar rumbo, o alargar los momentos presentes. El verbo tal vez adivina su
perdición, porque si yo muero, él mismo también desaparece.
— ¡Adiós hijos de
Heraclito! Me voy al Hades como Orfeo a buscar a mi amante playera. Pero
sépanlo bien, yo no me suicido, me ofrezco como un mártir, como una pieza
sacrificial para redimir los pecados de todos, como una víctima propiciatoria
adecuada; ¿Qué si soy Werther? No, no soy él, ¿Qué si soy Judas?, pos tampoco.
Sólo me curo la herida que tengo por culpa de la existencia, y me voy de una
vez porque mientras más estoy menos soy, al cabo que como dice Horacio “non
omnis moriar”[1].
—Hora mira ese güey tan pendejo.
—Si, oyes ¡Santo chipotazo!
—Le fallaron las coordenadas.
—El muy bruto ha de ser intelectual.
—Va a pescar o un resfriado o una
enfermedad.
— ¡Déjalo ahí!... Se ha de estar
divirtiendo...
El escuadrón de la muerte
Había extrañamiento de esos perros
roñosos, de los menudos que se remolinaban por los puestos de tacos o los
grandes que peleaban a la hembra enjundiosa;
¡Hay! Aquellos años en que vagabundeaban de un lado a otro, días en que se les
veía no sólo en los mercados y parques sino hasta dentro de las iglesias o
durante algún acto protocolario. Por lo menos había una razón para tener la
mirada en la banqueta y... ¿Cuál era esa razón? Pues el peligro de pisar las
mierdas que dejaban los perros callejeros, y aunque el suelo citadino es un
elemento sabiamente postrado, se subyuga para ser algo, aunque sea receptor de
ese tipo de mogote, es fuente donde se prenden
las existencias para ser, para construirse, sumisión que llega a ser jugosa de
leyendas y objetos. Es la historia de perros y de muchas otras cosas, la que se
desarrolla en la calle, ella es su elemento, los ciudadanos no podían coincidir
separados entre una y otra cosa, pero... cuanta remembranza... ¡OH! ¡Aquellos
tiempos tan hermosos en que se veían a los perros callejeros...!
La
vida en las calles deja experiencias
enriquecidas, memorias que nos vienen de las arterias, de la vida comunal, del
encuentro azaroso con el mundo de gente, la interconexión con un sinnúmero de
almas que se entrecruzan frente a los zaguanes, las oficinas postales, los
distintos parques, los mercados, la tenducha, en fin. Y allí se observa a una
mujer que a salido —supongo, por el rebozo—de la iglesia, y ahora espera no sé que, en ese sitio cerca del coche
verde. Se ve que tal vez debido a santificarse con tantos y tantos santos, la
mujer tiene cara de almanaque. Veo que con la calma de un caracol marino, va
destapando el yogurt y quitando el
recipiente de corn-flakes. Se encuentra con la disyuntiva de destapar uno u
otro, se decide por los corn-flakes. Deja en la capota del auto el bote de
yogurt y se hace bolas. Chupa los dedos embarrados. Deposita el papel dentro de
la bolsa de mandado. Espera algo en la banqueta. Se ve nueva en abrir y mezclar
dichos elementos, se da su taco para que no se vea que es una naca; vacía en el
yogurt parte de las hojuelas de maíz y entierra la cuchara de plástico,
sumiendo las pequeñas tostadas. Acomoda la mezcla en la cuchara y se la lleva a
la boca, arquea separadamente el dedo meñique, fingiendo aristocracia, tener
categoría y chic y así no verse ridícula; después de tres cucharadas decide que
la mezcla es buena y termina vaciando el resto de corn-flakes. Mueve la
mandíbula fingiendo indiferencia, tratando de dar a entender que ella desayuna
a diario su yogurt con corn-flakes como si no supiera uno que su desayuno es
posible que sea sólo unos tlacoyos y un jarro de atole y a veces chilatole,
cuando bien le va, y si no, pues allí Dios proveerá más.
Frente al puesto de periódicos está
uno de mis sospechosos. He seguido a lo largo de varias semanas una
investigación sobre los perros callejeros. A mí me parece que muy pocos se han
dado cuenta de que ya desaparecieron o que si los hay están en extinción. Y eso no porque sean muy eficientes los de la
perrera municipal, puesto que —según me enteré— para justificar sus sueldos han
estado importando de manera furtiva jaurías de la vecina ciudad de Puebla, para
que sus tabulas cuadren ante la Secretaría de Salubridad. La vida de un perro
callejero, como todos ya lo saben, no vale nada. A nadie le interesa, por eso
cuando los atropellan, allí se quedan a un lado de la carretera, inflándose de
gusanos, sin que a nadie le importe a no ser que el hedor sea problemático o
bien cuando mueren en la cinta asfáltica, coche tras coche van pasando sobre
sus restos, y los desperdigan a lo largo de varios metros o la salea hace
trabajar un poco a los amortiguadores. Pero nada más. Y cuantas veces hemos
escuchado eso de “¡Vaya vida de perro!”, “Que perra vida”, “¡Eres una perra!”
Entre otras interesantes descripciones, lo que sugiere que una de las mayores
bajezas que está en consideración, es precisamente eso, la vida de los
canes. Tal vez por eso se han
extinguido; existieron días en la historia de esta región en donde estos
animales eran de algún modo sagrados y se ocupaban para ofrendarlos a los
dioses, eran manjar y los degustaban las clases altas de los antiguos
tlaxcaltecas. Se sabe que se sacrificaban a las distintas deidades y que dichos
mamíferos eran también muertos cuando sus amos morían. Se platica entre
historiadores y arqueólogos que había criaderos de cachorros como hoy los hay
de borregos, cabras o gallinas. Y que los sirvientes o esclavos no podían comer
esa carne a menos que pidieran permiso o de lo contrario, sufrían el castigo de
la población, como sucedió cuando Hernán Cortés ya estaba en Tlaxcala y
presenció este tipo de cosas, según comenta Diego Muñoz Camargo en su
indiscutible libro. Pero lo que a mí me interesa saber es porque se han
extinguido los perros callejeros, porqué ya no se ven por allí merodeando,
siendo parte de la vida pública, de la vida de la banqueta. Mi pequeña
investigación es nada más de pura curiosidad, para saber que con ellos y la
cosa me ha llevado hasta este sitio en el que me encuentro ahora. Estoy sentado en la orilla de la fuente.
El
sospechoso al que he seguido desde hace dos días está sentado cerca del puesto
de periódicos. Es de estatura regular, tiene el labio superior algo invadido a
los orificios nasales, razón suficiente para conformarse con un bigote muy
lineal y excesivamente ralo, su parroquia de canas se ausenta cada vez más por
su catedral de calvicie y su ajada cara nos afirma que ha vivido los últimos
veinte años de su vida en la banqueta, con el sol siempre de frente. Él es un
“teporocho” y es miembro activo del llamado “escuadrón de la muerte.” El
Escuadrón de la muerte es el grupo de borrachines empedernidos que gusta
asolearse disfrutando de la cruda tras la iglesia de San José. A él le dicen
“Barrabás” y es un hombre desheredado de la gracia de Dios, se decía que él
tenía un monstruo revoloteando en su cabeza, y siempre anda por allí como
perdido, como si anduviera buscando un impermeabilizante para los helicópteros.
Mentira que él anduviera descalzo, injusto decir que andaba greñudo y aún más
insultante decir que andaba por las calles harapiento y cabizbajo; él era un
hombre autóctono, ¡Sí, y eso que tiene
de malo! La verdad era que él como ningún otro se enfrentaba a la muerte con la
mano en la cintura; pero claro, nadie es perfecto, con una cobija de alcohol
bajo el sobaco. Y allá. Aquél que viene con un perro amarrado es su compinche,
uno de los miembros del club. Tiene la cara un poco españolizada, tiene una
permanente sonrisa de idiota. Vivían en una pobreza que retoñaba todos los
días. Yo los veo y me hago el desentendido, finjo que espero a alguien y que
estoy desesperado y más, que no me interesan sus vidas; pero, por el rabillo
del ojo izquierdo los atisbo.
¿Por qué consideraba que
ese par podrían ser parte de los culpables de que estén extintos los perros
callejeros? Esos hombres se veían que eran muy cariñosos con los animales, les
daban de comer y se les veía cada vez con distintos. Tal vez por eso, es que
tengo mis dudas en ellos, pero, ¿Cómo es que le han vendido algunos kilos de
carne de res al señor de los tamales si ellos ni de donde puedan tener ganado?
Y luego ese dinero para lo único que sirve es para comprarse el mezcal, el
tequila o de a tiro la “lamparita” y esas no son todas mis sospechas sino que
también tienen una cabaña —ellos le llamaban “bunker” —que era visitada por “el
escuadrón de la muerte”, pero sólo por las tardes y noches, sus preferencias
diurnas estaban en esta estancia tan acogedora digna de la más excelsa
farándula como lo es el parque tras la iglesia de San José donde me encuentro
ahora. Yo conozco de lejos esa cabaña, no les daré el sitio exacto porque de igual
modo como dicen las autoridades: “para no entorpecer el desarrollo de las
investigaciones” y el sitio es más o menos al noroeste de la capital de
Tlaxcala frente al pueblo de Axotla del Río y en un sitio poco accesible. Yo
supongo que en ese sitio la marihuana circulaba de a madres, tal vez no habría
ocasión que se escapara la quema del sabroso enervante. Y entonces sí a
sentirse correteados por perros que tienen plumas en todo el cuerpo.
—Barrabás, a este me lo encontré muy
solito allá por la escalinata, parece que tiene hambre, que te parece si “le
damos pa sus tunas”— dice el compañero que llega y se acomoda en la banca, es
una voz de guturación cavernosa como si las cuerdas bucales estuvieran
destripadas o las tuviera a punto de la amputación. Sus harapos no se cohíben
ni tantito cuando pasa algún trajeado rumbo al palacio legislativo.
— ¿Sabes que ha pasado con el sol?...
¡Ya se fue el güey tras la nube!
—Y eso a mí que me interesa, el puto
ni siquiera calienta... —se quedan los dos allí viendo como pasa la gente, en
ocasiones avientan una carcajada sin razón, se cuchichean. Yo los observo,
trato de escuchar toda su conversación, pero no logro entender algunas cosas
que dicen, el albureo es su medio de expresión más hospitalario.
Tal parece
que los coches se estacionan aquí en la calle, frente a mí para que yo hable
sobre de ellos, pero para que; son simples carros con motores de combustión
interna, además no son parte de mi investigación, tampoco lo son aquellas
parejas que se besan como nuevos, pero... que bellos amores de los feos y aquí
se los describo: pareja numero uno: ella de labios golosos, siempre inquietos,
se chupa las uñas y juguetea con la lengua, es una sirvienta de lo más fea, se
ve simpática con sus ojos medio sordomudos, espalda jorobada, tal vez una que
otra liendre, y en su guarache de hule ha de guardar un “pie de atleta” de
nacimiento. Su enamorado no se queda atrás, y creo, ha de ser matacuás de
alguna obra negra, es de pies grandes pero chaparrón, seguramente un aliento
hediondo, tiene frente estrecha y una barba de tres días muy azarosa, o sea de
las que sale un pelo por aquí y el otro por allá etcétera, sus mejillas son
morenas a excepción del jiote envidiablemente blanco, pero no tanto por la caspa que le brota ¡Eso sí, se dan
unos besotes que hasta acá se escucha el chasquido! Pareja numero dos: él tiene
la cabeza inclinada hacia delante, un poco melancólico o inseguro, tiene una
frente también inclinada pero hacia el piso, y en ella hay unas como
protuberancias, toda la cara le brilla de grasa, parece que se echó aceite de
resino, su nariz es aguileña, fuerte y huesuda, los pómulos pronunciados; su
perfil es de totonaco, sus ojos invitan a dormirse un rato o sea como que
emborregados. A no ser que los pone así porque esta muy enamorado de ella.
Bueno y pues ella, es delgada y de pecho plano y más que plano, como que
hundido, trae unos zapatos de plataforma y desde aquí se ve que es patizamba,
tiene una risa muy evidente, de tan evidente las palomas se han desperdigado y
levantado el vuelo en dos ocasiones por el susto. Pero... dejo eso porque los
borrachines ya se van, se dirigen rumbo al mercado por la calle Veinte de
Noviembre y yo voy a seguirlos sin que se den cuenta.
Se ve que
van contentos, hasta les lanzan algún piropo a las muchachas. De vez en cuando
le dan un jalón al lazo del perro, de lejos ven a otros dos compañeros. Están
en el mercado tirados en el suelo, su embriaguez los invita a estar en esa
placentera comodidad; ya hasta el perro que tienen a un lado se aburrió y está
tranquilo con las orejas levantadas y la lengua de fuera, el calor de las
primeras horas de la tarde se le espesa en la lengua. Se ve que fueron a
limosnear las tortillas porque allí las tienen, y es posible que también algún
taco a las cocineras del mercado. Guardo cierta distancia. No cruzo la calle.
Me quedo como que viendo el puesto de plantas de ornato. Son bonitas, el señor
que las vende se asemeja a alguien pero no sé a quien. La memoria a veces me
falla y a veces no, y en ocasiones hasta me castiga. Los tipos se ayudan unos a
otros y se dirigen al Este. Parece que se dirigen a una fiesta. Uno de ellos se
regresa al mercado, supongo que va a buscar algo. Al pasar por la Michoacana se
me antoja una paleta. Es de limón. Después de seguirlos por tres calles, ellos
entran en una puerta, los sigo. La puerta está entreabierta, seguramente para
que pueda entrar el otro beodo. Entro y es un largo pasillo de tierra y al
final unas escaleras malhechas, de lado izquierdo arbustos. Me quedo quieto tras
de ellos. Sé que el hombre que falta no tarda en entrar. Pasa cantando una
canción de José Alfredo Jiménez. Espero un momento y luego continúo subiendo
por los escalones hacia la cabaña. Me desvío por unos matorrales, sigo subiendo
y sobrepaso la altura del techo de la cabaña. Se escucha una música estrenada,
recién echada a funcionar. La canción desatornilla los distintos instrumentos
como si quisiera que cada uno corriera por su lado, como un almácigo revuelto
de semillas de bosque. Me acomodo en el sitio, es un escondite entre la maleza.
Si me llegan a ver son capaces de venir a romperme la cara. A las dos mascotas
las tienen amarradas a una estaca en el patio, ¡Qué lindas, hasta parece que
las tienen consentidas! Pero... regresan con unos instrumentos. A uno de los
perros le pusieron como que cloroformo en el hocico, y se desmaya, luego con
una maquinita rasuran la pelambre, el que hace el trabajo es el menos bebido,
luego de que termina lo levanta en vilo y como que lo ofrenda a los cuatro
vientos. Cuando lo voltea hacia mí veo la inscripción en el lomo del perro,
dice Camaxtli. En cada calambre
del animal punzaba una desbandada de temblores como “chiripiorcas” muy sonoras
y vibrantes. Era el perro que ya despertaba de su anestesia. El hombre toma
fuerzas y desde las alturas azota al animal en el piso. Titiritaba el perro, se
veía que tenía frío, tal vez buscaba su edén, él ignoraba que se convertiría
tal vez en un bocadillo. El hombre toma el cuchillo del suelo y degüella al animal.
Las venas
espinosas de mi pierna derecha se confabulaban con las de la pierna izquierda
para hacerme sentir como un tembloroso confeti, no sólo por presenciar la
salvaje ceremonia sino por el calambre de lo incómodo. El hormigueo me ha
subido hasta la ingle, pero no sólo eso molesta sino que también un insecto, el
mosquito me madruga la oreja, y allí se aposenta, yo no podía hacer nada
estando como escondido. Me lo espanto con un soplido y un manotazo.
Barrabás
enciende la fogata mientras destazan al animal, otro se acerca con una bolsa de
chiles y tortillas, la sal está en un cajete sobre una piedra. Al otro perro se
le empieza a hacer agua la boca al ver la jugosa y fresca carne. Lo más seguro
es que ese será su último festín. Para mañana estaremos disfrutando de esas delicias
que hace el tamalero.