MI BOLSA Y MI GLOBALIZACIÓN.
El menesteroso, sentado
en la pierna que le hormiguea, piensa que eso es un sacrificio que hay que
soportar para ganarse el pan y la manteca diaria. Los trapajos vestidos lucen a
tono, y su acompañante amigo y colega, cabecea por el sopor de las primeras
horas de la tarde. En todo el día les ha caído unas cuantas monedas de limosna,
la suma es raquítica, pero continúan allí poniendo su cara de pobres y
desamparados, estirando su mano tiznada, roñosa y arrugada.
—Compita, póngase a
vocear, ya sabe que el que no habla, Dios
no lo oye.
—Nel carnal, ya me
aplatané de que nom’as nada, con la raza, de a tiro pienso como uste, cuando
dice que Dios nos ha desamparado.
—No pos, cual
desamparado, si así es la vida pss ni para que negarla. Pero uste sígale en la
voceada ya sabe que bien dice el dicho que
más discurre un hambriento que cien letrados ¡seño…una caridad por el amor
de Dios!
—A veces pienso mano,
que lo mejor es que nos jale la calaca porque esta ya no es vida, nom’as nos
andamos mosqueando —estira la mano y pone
una cara de sufrimiento con los ojos medio adormilados.
—Cuando se le va a
quitar el espíritu de jodido, no compita, la gente rica tiene la obligación de
darnos, pero de la situación, ésta de la crisis, no hay mal que por bien no venga. Así es como pienso yo y más
tarde que nunca, veremos la fortuna o por lo menos un buen morir.
—Nel, bato, uste siempre
al mal tiempo siempre le pone buena cara. Pero yo siempre ando viendo
nubarrones.—saca una cajetilla de cigarros sin filtro, estruja el estuche y
toma con los labios el carrujo, tiene en la mano derecha una escayola roñosa y
dura que le sirve para aparentar mejor su invalidez, con los dedos asomándose
en la punta del yeso, rasga un cerillo y enciende su tabaco y continua— Hasta
la abuelita de superman ya se dio cuenta que está dura la cosa, con eso de la
globalización y la liberalidad nos van a quitar el pan de la boca, al rato van
a venir colegas de otros países, se van a sentar, mire, allí a un lado y esa
competencia nos va a llevar a la chin... No pos si le digo que el gobierno
quiere acabarnos a pura hambre, a lo mejor esos mendigos resultan que saben
pedinguear mejor que uno y como dice el pueblo de que: cada maestrillo tiene su librillo; puede que resulte que tienen
mejor técnica, nosotros no vamos a tener otra cosa que nom’as mirarlos.
—Aguas, allá vienen unas ñoras, ya cállese no
ve el dicho: oveja que bala, bocado que
pierde.
— ¡Una limosna para este
pobre invidente!
— ¡seño…una caridad por
el amor de Dios!
Bajo la
banqueta están dos perros de los más corrientes que pueda haber. Ovillados. Por
su pelambre recorren ágilmente las pulgas. Las garrapatas entierran aún más sus
extremidades hasta provocar rasquera en las orejas del par de desgraciados y
enjutos canes. Se escucha una
flatulencia.
—Compa, te estas
pudriendo, deja de pedorrearte porque así espantas a la clientela.
—Es de que los tacos que me trague ayer ya estaban medio
podridos y ya sabe que a buena hambre no
hay pan duro y ya ve las consecuencias.
—No compa yo no los veo nom’as las oigo y los guelo. De tanto
ya hasta se me quieren ampollar las narices, no mames, ponte un corcho en el
culo.
—Présteme atención
colega, y póngalo en la caña
—Lo que le voy a poner
será una empinada.
— ¡Una limosna para este pobre invidente!
— ¡seño…una caridad por
el amor de Dios!
—Ya compa párele, vamos
allá a la parroquia, ya es la hora de la misa de las cinco— las pocas monedas
tintinean en el bote, sonido que hace despabilar al par de perros y como si
supieran la diaria rutina de la pareja de amos, van despatarrando sus pesuñas y
bostezando sus hocicos jubilosos;
reinician su olfateo en los muros veteados de orines así como por los postes
degradados a mojones de marca
territorial. Al levantarse. Por el esfuerzo se sueltan una serie de
flatulencias que hacen sólo menear la cabeza al compañero.
—Tenga compa, le toca
esta ganancia, cómprese unos “alka-seltzer” para aliviar la panza o unos tacos allá con el tuerto.
—A ver. —el compañero
toma las monedas, observa las águilas impresas, soba sus contornos mientras
inicia el camino, el otro se retrasa, tiene la pierna acalambrada de estar mal
sentado. Los perros se han adelantado y bien contentos y felices mueven la cola
con cierto orgullo.
—Sabe que “parner” esta
morralla, esta limosna es para uste. Porque yo nomás estuve cabeceando y ni
voceaba. Y uste es de los que no doblan la pata y son tercos como las mulas
además como dice el dicho: los dineros
del sacristán, cantando se vienen, cantando se van. Yo nom’as voy andorreando la vida.— La iglesia se
apoltrona al centro del pueblo con su par de torres con cupulín y cruces de
hierro forjado, sus campanas acaban de dar el primer repiqueteo, cosa que ha
hecho elevarse por el aire pañuelos blancos y aerodinámicos: las alas de las
palomas juguetean con la gravedad de sus cuerpos.
— ¡Una limosna para este
pobre invidente!
— ¡seño…una caridad por
el amor de Dios! —estira la mano y al
recibir la limosna de su amigo— uste
sabe que la neta mi bolsa y mi globalización están de a tiro en las últimas,
pero esperemos que en algunos años ¡si Dios nos concede vida, claro!, que
podamos salir de la miseria, y que en lugar de comprar “pisto” corriente se nos
haga un añejo, a poco no.
—No, no siga “parner”
porque se me hace agua la boca.
Al tratar de
cruzar la calle uno de los perros no logra alcanzar la banqueta próxima y es
atropellado por un auto. El sonido es seco y directo que va unido a un chillido
leve salido desde la vitalidad más substancial. El otro perro es el primero que
se acerca al malherido can que acostado perpendicular a la guarnición de la
banqueta, respira entre jadeos y sangre que brota de los ojos, lame el hocico y
voltea a ver a los amos con las orejas bien levantadas y vuelve a lamer el
hocico de su amigo de correrías. El par
de menesterosos se apresuran cojeando, lanzando jesuses al cielo, tintineando
sus trebejos y olvidando casi sus cegueras, y sus minusvalías. Cosa que se
aprecia como una escena cómica de director novato. La gente se ha detenido. Los
comerciantes de la calle se han asomado para ver, con fisgoneo y morbosidad,
quien ha sido el desafortunado; el auto del percance se ha detenido más
adelante. Los dos mendigos observan al herido y por experiencia saben que la
vida del desdichado animal ya se termina. Desde la torre viajan campanadas que
barnizan la ciudad, es la segunda llamada para la misa de las cinco. El
conductor se baja del auto y se apresura a ver al herido. Habla muy rápido, y
en un lenguaje que no se entiende. Al mismo tiempo los dos indigentes reclaman
y lanzan leperadas.
—Mon Dieu! Pardón!…Ciel! Je ne pus regarder pas rapidemont
quand le chien travesé la rue. Je ne sais pas quoi faire en cette situation!
Malheur! Nous pouvons conduire a vétérinaire?[1]
— ¿Y este que dice? —pregunta
uno de los indigentes a su compañero, se quedan como idos, tanto por el
accidente del perro como por el extranjero que se topa en sus vidas. El
francés hace aspavientos tratando de
darse a entender pero no consigue nada, hace mímica como tratando de levantar
al perro pero no lo entienden.
—Oyes, tú que te fuiste de
mojado y anduviste con los gringos has de saber que cosa dice este.
—no parner, no le
entiendo ni jota, ha de ser ruso. Pero enséñale el botecito, ha ver si te da algo— el colmilludo mexicano hace
los suyo, y teatralmente observa al perro agonizante. Y suelta unos berridos.
El extranjero continúa explicando y dando su versión. No hay nadie que le
entienda.
—Ne pleure pas, le animal se soigne! vous prendre cette,
argent pour qua le conduire au médical.
Mais, S’il vous Plait Je ne veux pas avoir probléme avec les autorités. Se blesser sest en la teste mais
il se soigne. Je suis une touriste. Demain je suis parti au Etats Uni. Pardón,
pardón mais adió, adió.[2]
En el bote
entran unos Euros recién fabricados, nuevos y olorosos. El papel moneda
desconocido hace brillar los ojos de los indigentes que observan el bote y se
olvidan de los ojos del animal que van perdiendo brillo hasta quedarse quietos,
vidriosos y sin vida, observando las llantas del auto del extranjero que se
alejan por las calles adoquinadas.
Los
trashumantes compañeros, después de ver por un rato la quietud mortuoria del
perro. Se dirigen a la iglesia para seguir en el negocio. La tercera llamada no
faltaba en aparecer. El infeliz chucho que quedaba, huérfano del amigo, echado
a un lado, pronunciaba unos chillidos leves pero verdaderamente lastimosos. Se quedó aguardando hasta muy
noche para ver si se paraba, pero no fue así, era cadáver. Percibió su
desgracia con un dicho: en perro flaco
todo son pulgas.
—Te digo que mi bolsa y
mi globalización a empezado, la liberalidá nos va a llevar a la riqueza, aunque
hay que hacer sacrificios pero y como
dice el dicho a la tercera va la vencida.
—Vas a Creer tu eso
parner, y suelta una leve flatulencia allí echado a las puertas de la iglesia.
LAS BENDICIONES DE UN HALLAZGO
Jacinto iba a dar la
segunda pasada con su arado al par de surcos nuevos cuando se topo con una
piedra, era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En dicha zona era
común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños
sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que
más que nada eran guijarros. Pero no lo era encontrarse con una deidad de esa
dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo,
el comisario Ejidal no diría nada porque era su tío así que dos surcos más le
redituarían algunos costales extra de mazorcas.
El clima era
cálido, la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando
el viento frontal hacia estrellar los bufidos arenosos en la cara; y hacía
que Jacinto, se tapara la boca con su
pañuelo y cerrara sus ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados.
Algunas ingenuas nubes hacían su aparición pero tan pronto como probaban el
salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire
bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños y a veces minúsculos remolinos
que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna
comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la
iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuida que no se
asiente en la tierra el diablo. Fue sacando la pieza haciendo posa con el
azadón y usando las bestias para tirar de ella. Muy al principio no le tomó
mucha importancia pero a medida que iba sacudiendo la tierra, iban apareciendo
en la piedra esculpida: ojos saltones que brillaban con el sol, toquilla con
medallones o más bien casco de diosa importante, con inscripciones raras en él;
Eran los brazos cruzados al torso y al lado de las manos dos pechos salientes y
apezonados, la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus
pies apenas si asomaban de la falda. Se transformaba entonces de una piedra cualquiera
a una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la piedra con un costal y
raspó con la hoz los canales bien contorneados, sabía que tenía valor y que no
la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la
cubrió con zacate, espero hasta la hora de regreso. Se las ingenió para
cargarla en una de las bestias. Cuando llegó,
su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para
guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado, y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de
comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas después de comer
se echan a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevo agua y
escobeta para limpiar la escultura, empezó a tallarla y conforme iba
escurriendo la tierra barrosa, aparecía los perfectos contornos de la
Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas
y mitos en torno a la diosa. Sabía que darían en el mercado negro, buen
precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía
un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo de manera sesgada en
los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.
A la noche
Jacinto quemó incienso; el sahumerio frente a la escultura se encontraba
invocando bendiciones para la tierra y sus moradores, mató una gallina abada,
en tanto dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este
don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó
inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.
Esa misma
noche una mujer soñó a Jacinto, era Candelaria, la hija de don Facundo que en
edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho
que si una vez soñaba una caja de muerto y en él un cadáver que se fijara en la
cara del muerto porque ese sería su futuro esposo. Candelaria en sus sueños
veía a una mujer hermosa y antigua era una como diosa que tenía a los pies
serpientes y estas serpientes a su paso iban dejando arroyos de agua
cristalina, la diosa la conducía ante un ataúd
y le decía: entrégate a él, serás
dichosa. Ciertamente Candelaria conocía esa cara, la de aquél hombre joven
que había visto en la fiesta del pueblo, él correteaba feliz entre los
cohetones del torito. Candelaria sabía que rumbo tomaba el joven hombre.
Una semana pasó
para que llegaran las autoridades para arrestar a Jacinto. Alguien había ido
con el chisme y habían ido a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a meter
a proceso a Jacinto.—cosa que tampoco se realizó— Las autoridades aplicarían
sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas
Arqueológicos, Artísticos e Históricos, dichas sanciones venían dictadas en el
capitulo VI y artículo 51 que dice: “Al
que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin
consentimiento de quien puede disponer de él con arreglo a la ley, se le
impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos.
Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia
estaban por hacer cambios en su ley y tenían en agenda una iniciativa de ley
general del Patrimonio Cultural de la Nación cosa que estaba causando revuelo
por los cambios, en ella había un excuso que rezaba: Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos
exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta
la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la
sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean
impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso. Jacinto
no tenía la pieza y tampoco diría a donde había quedado, tampoco podía ser
castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado.
Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa
de ley que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero para no hacerles larga la plática
finalmente Jacinto fue castigado administrativamente pagando una suma de tres
mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa
Chachiutlicue fue puesta a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el
hoyo que había hecho Jacinto porque como siempre es, no hay presupuesto en el
Instituto y sólo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales.
Y no hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados porque por
todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.
El afamado y
rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al
condado de Nueva York, en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en
la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o
desgracias a la zona, No se sabe. Pero los pronósticos de los científicos con
todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas auguran
una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán a sus costas, pero
no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua a su milpita.
Candelaria
entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día de mañana, la
leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto el simple hecho de encontrarla allí
en su troje era ya una provocación, así que tomo la iniciativa y fue
acercándose a esa deseable y virgen joven, con delicadeza le puso la guadaña al
cuello, cerca de la nuca, y por el largo mango de la herramienta fue acercando
a la mujer que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba
pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti puedmmm. Mmm. — Los
besos suspendieron el diálogo y fueron explorando sus cuerpos con caricias,
besos y demás. El sahumerio era testigo fiel del cumplimiento de los mandatos
de los dioses. Esa misma noche cantaron los gallos a una hora poco habitual.
Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima, se
esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas
cosechas.
[1] ¡Dios!, Perdón. ¡Cielos! No pude ver rápidamente cuando el perro
atravesó la calle. ¡No sé que hacer en esta situación! ¡Desgracia! ¿Podemos
llevarlo al veterinario?
[2] No llore, ¡el animal se curará! Tenga, le daré dinero para que lo
lleve al médico. Pero por favor no quiero tener problemas con las autoridades.
Sangra de la cabeza, pero se curará. Soy turista y mañana viajaré a los Estados
Unidos. Perdón, perdón pero, adiós, adiós.