EL NAHUAL DE HUAMANTLA
El nahual no sale en las
noches de luna llena, esos no son sus días, sino las fechas en que impera la
oscuridad. Las anochecidas más calladas tampoco son de su gusto sino cuando el
viento hace mover las cosas de manera azarosa o cuando los perros inquietos
lanzan sus aullidos a sitios distantes o los perros que ladran desde sitios
remotos e inquietan a los canes más cercanos. La población de Huamantla se
encuentra a 45 kilómetros aproximadamente de la ciudad de Tlaxcala. Es una
entidad singular que podría confundirse con una ciudad pequeña o con un pueblo
grande, sus habitantes piensan que viven en 2000 pero en realidad viven en una
época diez años más atrás. La historia de los nahuales es antigua. Desde antes
de la llegada de los españoles, entre los moradores de la región, se creía que
había personas que por las noches se
transformaban en nahuales, estas gentes vagaban por la medianoche asustando a
la gente, robando ganado, y pertenencias, así como ultrajando a las mujeres que
se quedaban perdidas por los caminos y veredas. Los nahuales los había de
bondad y de maldad casi siempre los que se dedicaban a la maldad tenían una
muerte muy sangrienta y dolorosa, en cambio para los nahuales de bondad,
pasaban por ser finalmente aceptados en la región. Los nahuales se
transformaban en caballos, burros, perros, chivos o cochinos y no tenían cola,
otras personas las describen como animales muy fantásticos que lanzaban fuego
por sus cuatro patas. También los había que eran nahuales que por las noches
merodeaban las casas de las muchachas, las espiaban por las ventanas cuando se
iban a la cama y las espantaban con ruidos y manoseo cuando salían a obscuras a
los patios y jardines de sus hogares. Algunas personas de las más viejas cuando intuyen la presencia de un
nahual, al primer malestar de cabeza se ponen sus chiqueadores que son hojas de
ruda, de epazote o alguna otra hierba de olor mojada en alcohol.
El nahual de
Huamantla se pasea por las calles, ausculta los resquicios de las puertas y
ventanas, olfatea los hogares, merodea en las colonias y casas apartadas, tiene
un sentido peculiar para saber, en una casa, la habitación de la mujer hermosa
y casadera, tiene el cuerpo educado de un felino, sus extremidades van
avanzando como una perfecta máquina, se va camuflando entre la negrura. Viene
siendo sigilosamente hasta la sombra. Los muros no son ningún obstáculo, ni los
cortinajes. Entrar a una propiedad no tiene para él ninguna prohibición. Eso es
cosa de los hombres más no de los animales. La pelambre negra absorbe toda luz
y su presencia pasa como un soplo de hojas o bien sin ser percibida. Los ojos
gatunos atisban los cuartos y sus habitantes, por entre los resquicios van
asomando a esa existencia. La mujer joven con una soltura que sólo puede dar la
intimidad, se deshace de sus zapatos y ropa, va dejando, en la silla, en el
ropero y buró la ropa del día, la desnudez aparece en segmentos o total, los
pechos y pezones presumen su juventud, las piernas firmes confirman la belleza desplazándose
por la estancia.
Tras la
cortina el nahual atisba la escena, se place en la observancia, goza a placer
el hecho de observar sin ser descubierto, se deleita al develar la intimidad,
los secretos obscuros, los enigmas de la mujer soltera; disfruta al descorrer
la gasa de la intimidad más celosamente atesorada. La mujer ante el espejo se
deleita con sigo, al ver sus perfiles reflejados, sus contornos curvos y
suaves, su cabello suelto y perfumado; sus piernas abiertas casi en arco
confirman su solaz soltura. El nahual casi puede advertir en los perceptibles
gestos de la cara, los pensamientos secretos, sus deseos más recónditos, son
las sonrisas de un bello recuerdo, las miradas lujuriosas a su cuerpo, las
caricias a los labios o los gestos jubilosos de un deseo latente. El nahual
arquea su cuerpo, trata de alcanzar tras el vidrio y con sus garras aquel ser
deseable por sus formas de Venus. La Venus del nahual no sale de la espuma del
mar y de una concha sino que su espuma es en veces el velo que hace disimular
al cuerpo, en veces es la transparente gasa que hace ver las cosas menos crudas
y más perfectas, y la concha donde guarece no es marina sino terrestre y esa
concha es la habitación que cobija y
protege.
El nahual se
asoma a otra casa y es el baño donde la señorita alista los enseres propios
para entrar a la regadera. El ojo atraviesa las paredes, atisba los contornos,
las variantes, la tez y los movimientos; es una máquina de la observación, del
arte de apreciar la hermosura, cosa distinta es el fisgoneo morboso y
trastornado que lastima y contamina al apreciador de las formas perfectas y
femíneas. No hay nada de perturbado en ser el advertido de la belleza y ser el
fiel esclavo de adorar las efigies de las linfas en la tierra. Observa y la
observada se pasea la espuma jabonosa por la piel turgente, la mata húmeda y
negra resbala pegándose al cuello y la espalda. El torso late su vida,
pulsaciones que casi imperceptiblemente hacen vibrar los senos duros y serenos,
el pezón amorenado y sin mácula se enfrenta a las gotas caprichosas de la
regadera, que urgentes quieren surcar por todo aquel paisaje curvoso y en
algunos sitios velludo. Los brazos suben y bajan recorren los extremos,
reconocen cada segmento; la gimnasia se aprecia solemne, ritual, casi
religiosa; ejercicio que al tallar y hacer espuma se transforma en magia blanca
y burbujas. La cara recibe las gotas ignotas del beso epidérmico, cruzan
haciendo malabares en hilos argentinos. El calor de las lágrimas acuáticas abren los poros y respira
el alma, su licuación del aura se entrevera en el vapor que danza hasta el
techo y allí se condensa. El sonido chisporroteante del agua es como una danza
de Centauros celebrando sus orgías eróticas, es la fiesta al rededor del cuerpo
afrodisíaco.
El ojo
nahualezco no esperaba un sopapo en la testa:
—¡Pinche chamaco
cabrón!, conque estás espiando a m’hija, te voy a poner tu merecido, toma,
toma, y toma esto otro: —¡pac!, ¡cataplum!,
¡soap! ¡pun! ¡ouch! ¡Crack! ¡Sinif!— y no vuelvas por aquí… ¡Libidinoso!
EL DOCIL AMO
Su caminar era seguro,
con determinación. Las orejas levantadas que demostraban algo de
“inteligencia”. Caminaba sesgado, metiendo la pata izquierda entre las manos y
la pata derecha a lado diestro de la mano derecha, moviendo la cola con
agilidad y gusto. Llevaba el frasco al cuello, este colgaba de una soga
fuertemente amarrada que hacía que la pelambre en esa zona se abriera en surco
como una gargantilla peculiar. La lengua comenzaba a sudar a los pocos minutos
de iniciada la travesía. Observaba atentamente antes de cruzar la calle, era
ducho al intuir los salvajes choferes, o los pilotos embriagados de prisa.
Cuando llegaba al parque, se echaba al pasto y era cuando el dócil amo, salía
del frasco para empezar a trabajar en la calle pidiendo limosna y haciendo
malabarismos.
Nadie había percibido de donde salía el perro, tal parece como si de
repente se dosificara de fantasma a perro común en las calles y por las noches
se desvaneciera a otras dimensiones. Se
tenía el rumor entre la población de que el perro vivía en una cueva en los
Cerros Blancos y que él era el guardián tanto del hombrecillo como de un tesoro
escondido por los cuatro señoríos a la llegada de los españoles, pero que nadie
había podido seguirlo porque era muy escurridizo y cerebral, otros decían que
primero se veía venir por la rivera Oeste del río y que sacaba gemas verdes de
su lecho y luego las escondía en un paraje escabroso, unos más afirmaban haber
visto como atravesaba el muro central de la capilla abierta, la que está frente
al exconvento de San Francisco y por un pasadizo se escurría por galerías
cavernosas entreveradas bajo la estructura e iglesia, y que este pasillo corría
justo bajo de ella, y estas excavaciones se confundían con los ahuecamientos
que habían hecho primero los tlaxcaltecas cuando levantaron su centro
religioso, luego los franciscanos para protegerse de los naturales y por último
los presos que querían escapar de la cárcel en épocas de las alzadas y de la
revolución. En realidad, todos tenían distintas versiones, y a todos causaba
espasmo al ver el par de seres que pedían limosna en una banca del parque. El
perro se quedaba a lado o bien muy
cerca, seguía con los ojos a las ardillas, ratas y palomas que con su movilidad
inquietaban. La pelambre del perro era ceniciento, con el pelaje del lomo
oscuro y el del pecho bajo de fina pelusa gris. El hocico se apreciaba amplio y
dentadura y lengua eran de una pulcritud poco creíble. No se sabía si alguna
vez haya mordido o ladrado a alguien, su docilidad tenía sus límites por lo
siguiente. El frasco presentaba toda su transparencia excepto en los sitios por
donde daba vueltas la soga y la tapa lo era de rosca sencilla, tanto por dentro
como por fuera tenía una especie de agarraderas distintas, la de afuera eran
propias para que el hocico la sujetara y por dentro para que entre manos y pies
del dócil amo la cerraran. El par de ventanas para el flujo de aire, en veces
cuando no las sujetaba, iban dando tumbos; y, dentro del espacio, se escuchaba
como lajas golpeándose. La mullida estancia estaba en su base cubierta de una
alfombra y cojines que hacían confortable los trayectos, y un cajón donde
guardaba no sé que secretos, u objetos desconocidos.
Los malabarismos realizados por el dócil amo iban desde equilibrios a una
mano, saltos mortales desde el respaldo de la banca, contorciones para
atravesar por un aro, dominio de las corcholatas que hacía girar, equilibrar y
maniobrar como un perfecto cirquero; además de los trucos, apariciones y
suertes propias de los magos, y sin faltar, el baile y el canto de los corridos
tlaxcaltecas y canciones pueblerinas; en fin, era una caja de monerías
artísticas.
La ganancia por todo aquello eran monedas que iban desde una corcholata,
los centavos, los pesos y cuando algún rico visitaba el parque caía un billete,
lujosamente nuevo. También había que los turistas extranjeros disfrutaban de
las demostraciones y dejaban caer metales de grabados monogramáticos
alienígenos. Parecía que no le causaba ninguna importancia el dinero, era como
si fuera un nomo que se dedicara a retirar el circulante. El perro en veces se
aburría y ovillado tomaba una siesta frente al sol de la tarde. La chaquira del
traje del dócil amo, con los rayos del sol, provocaba chispazos juguetones que
se desperdigaban por los ramajes bajos de los árboles y por los setos de los
jardines. Su bombín de terciopelo en arco iris hacía sonreír desde los más
chicos hasta los más grandes espectadores.
¡Cuanto asombro despertaba este personaje!, y con que recelo escondía su
identidad, su personalidad inescrutable, su vida íntima circunspecta y
atemperada. Su pasado no existía, y su futuro tampoco lo era. Era el existente,
que vivía el momento y nada le importaba más que, comunicar lo que sentía en
una sonrisa, en la reunión tanto de la gente como de las monedas. Pero ¿Por qué
el dócil amo era quien era? ¿Acaso alguna maldición lo había transformado en
eso? ¿De Dónde venía este minúsculo ser, y cual era su propósito en la vida?
¿La gente algún día podría saber de su pasado, y su triste historia? ¿Quién era
el perro que lo acompañaba? ¿Era acaso un ser del mal cuya misión era castigar
al dócil amo? ¿En donde se guarecían y cual sería su fatal muerte, si es que la
tenían?
Las preguntas siempre nos van a asaltar, vendrán a nuestra mente como
cascadas insumisas. Yo fui uno de los hombres que por última vez los vio.
Recorrían la avenida principal y parecía que el perro como un gendarme montara
la última guardia de su fortín, era como si un rico hacendado recorriera su
propiedad antes de irse a dormir. A mi memoria, llegan algunas canciones y
corridos, recuerdo sus tonadas pero no sus canciones y poco a poco se van
borrando los colores que lucía su hermoso bombín de circo.
CARTEÁNDOSE CON LOS DIOSES
El río no había crecido
mucho en las temporadas de lluvia. Los encargados de la medición y cálculo del agua habían marcado
en sus libretas más que los mismos números, eran variaciones mínimas. El río
circulaba de Este a Oeste y cruzaba por el centro-norte de la ciudad, su
destino era el Océano Pacifico, este río recibía distintos nombres según las
regiones por donde atravesaba. El río corría muy placido exceptuando en la zona
del Puente Rojo, donde había turbulencias debido al arcaico vado que dormía en
su desuso; Daniel evitó dicha zona para su cometido. El inicio de la tarde se
atemperaba de calor por el andamiaje arbóreo de las jacarandas de la ribereña.
Las caricias
que hizo al papel antes de introducirlo a la botella, eran de un enamorado que
manda carta a su amante. El pergamino enrollado era de papel fino de Holanda y
el sello estampado en cera a la manera antigua, tenía un escudo Heráldico, de
casa y estirpe distinguida. Los caracteres manuscritos eran del antiguo griego,
lenguaje que pocos conocían pero que entendería perfectamente su destinatario.
El corcho que serviría de tapón había sido de la añeja botella de champaña que
se había bebido en las fiestas del nuevo milenio. El aire que se embotellaba
era el de Ciudad Bienestar, moderna y estrenadora de era. Mas sin embargo, el
remitente aún no sabía de las peripecias en las que se vería envuelto.
El par de
amigos René y Wilber se citan en Toquitlán bar muy afamado por sus aires de
grandeza cultural, por sus ambientes substancialmente ígneos. En las mesas se
encuentran algunos periodistas de izquierda, otros son promotores idealistas,
más allá son poetas rancios, y acullá son
músicos y a la vez fanáticos del rock de décadas pasadas. Las cervezas
que se sirven allí son de las más frías, y no las que “parecen miados de
burro”, las hay negras, claras y las llamadas “ampolletas”, las hay de Jarra,
de yarda, de barril y de bote, nacional y extranjera; hay también del casi
extinguido pulque, aguardientes, tequilas, rones y rompopes para alguna niña
“fresa” que se haya equivocado de rumbo. El par de amigos comentan el cambio de
sexenio, la transformación que ha habido en el estado, y las novedades de la
cultura; el ambiente literario es su esfera de vida, son hombres entregados a
los cambios aunque sus distintos temperamentos y personalidades distan mucho y
hasta se pensaría que son antagónicos, pero por sus afinidades se entienden.
Hacia más de un año, ellos habían participado en un desplegado, era una
manifestación y denuncia de las políticas culturales que se llevaban a cabo y
que imperaban en esos días. Denunciaban la incertidumbre que había en los
cambios de sexenio, así como de los proyectos culturales, del autoritarismo con
que se ordenaba el discurso de lo cultural e intelectual, de la improvisación y
falta de profesionalismo, de la exclusión y ninguneo de los artistas y
creadores del estado, de las insuficiencias del instituto encargado de la
cultura, y la cerrazón de las políticas culturales con su consagrada abulia.
También denunciaban el caciquismo arrogante y fanfarrón de los “sabios” del
pueblo. Y el ahorcamiento sistemático de la crítica, la creación y la
conciencia libre por presupuestos bajos, apoyos simbólicos e infraestructura
ida a menos.
Era el
inicio de la tarde y Daniel zambutió el
corcho en la botella y selló con cera los contornos de la boquilla. Se
puso sus lentes para el sol, cargaba el recipiente ámbar como si fuera un
objeto sacro, como si el destinatario fuera Faraón, Emperador, Rey o algún semidiós
de amplios poderes. Daniel a nadie lo había comentado, pero su misiva era
dirigida a Apolo. Daniel consideraba que
la botella llegaría primero a manos de Afrodita y esta la daría a
Atlante para que la considerara, y finalmente llegaría a Apolo. Tenía sus
riesgos, la misiva podía llegar a manos de alguna Gorgona o Hespéride y hacer
mal uso de ella. Pero Daniel sabía que quien no arriesga no gana, así que
comunicarse con su Dios predilecto era una prioridad de lo más fundamental.
Los dos
policías dan vuelta a la esquina y toman rumbo a lo largo de la ribereña al
momento ven a un joven lanzar una botella al río. Van y le dan alcance. El
joven no se resiste. La botella toma un rumbo fortuito navegando en la
corriente.
—Joven, queda usted
detenido. Lo llevaremos a la comandancia. Está estrictamente prohibido lanzar
cosas al río, apenas se aprobó el proyecto de ley para saneamiento y se está en
proceso de limpieza. Lo siento amigo, pero tendrá que pagar una multa de tres
mil pesos o cárcel de no se cuantos días.
— ¿No nos podremos
arreglar aquí entre nosotros?, usted sabe, es una molestia ir hasta allá y el
papeleo.
—Pues usted dirá de que
color son mis ojos, a ver si nos entendemos.
—Tengo un cien para que
se vayan a las “michas”.
— ¡Uf! amigo, con esa pobre
patria no me arriesgo para que me corran de la academia, además que, móchese
con un poco más, que valga la pena la regañada.
—A poco los van a
regañar, ni quien los vea. Ni quien vaya con el chisme.
—No, de todas maneras
para que andas aventando basura al río, si ves que está bien contaminado y
todavía le echas más. —Daniel se queda callado, no se va a poner en evidencia,
declarando que no es basura sino otra cosa, que es una especie de S.O.S. de un
naufrago de la nave de los argonautas, que es un mensaje que leerá el mismo
Apolo en el Olimpo griego. Sabe que ese par de analfabetas, obtusos alcornoques
no entenderían ni siquiera una oración enviada a la Guadalupana. Mientras los
gendarmes se aconsejan a unos pasos, Daniel piensa que cualquier castigo es nimio
en comparación a un diálogo con su Dios, sabe que el Ser superior lo escuchará
así que cualquier cosa que ocurra es insustancial.
El bar está
lleno de pláticas y variedad de temperamentos, René y Wilber juzgan la actual
administración del instituto de cultura:
—No René, no es por allí
la cosa, en realidad los cambios no son sencillos, y tu sabes que a partir del
desplegado si se resolvieron las cosas, tu sabes, sí hubo participación de
todos, o por lo menos de la mayoría, cosa que no se había dado en la historia
de Bienestar, Bienestar a sido una ciudad de mucha indiferencia para la
cultura, siempre se había dejado todo al ahí se va, siempre queríamos que nos
resolvieran las cosas, por eso el paternalismo creció tanto. Ya era hora que se
pusiera un alto a la intransigencia de las autoridades.
—Aja, y ¿Se ha resuelto
mucho formando el consejo general y los comités de cada área, se resolvió bien
lo de los presupuestos aceptables y lo de poner en las direcciones a las gentes
que se merecían el puesto, que eran miembros asiduos de la cultura de
Bienestar?, No, yo pienso que fue como dar atole con el dedo o como taparle el
ojo al macho y todo sigue igual. El plan estatal de desarrollo lo veo como un
bosquejo que hacen los improvisadores. No hay ninguna seriedad, tal parece que
las autoridades se piensan que están tratando con una bola de retrasados
mentales, que dándoles cualquier bicoca todos vamos a estar de acuerdo y
perfectamente sumisos, las demandas siempre son muchas y siempre van a estar
atrasadas, estaremos pidiendo cosas que simplemente ya no se sostienen, que son
atrasos en la cultura, que por pura postergación de las autoridades no se
avanza. A poco no es una mamada que tengas que poner de tu bolsillo para montar
una exposición de lo que sea, o que vayas a buscar apoyo como si pidieras
limosna o que quieras ir a alguna comunidad de Bienestar a una tocada, a una
puesta en escena de teatro o de títeres y que no te den ni para la combi.
—Le estás exagerando.
—No, en serio, bueno, sí
te dan, si lo pides bien, pero te lo pagan después, eso si llevas comprobantes.
—Pues yo realmente tengo
fe en que la nueva administración va a cambiar, se ve que tienen ganas de hacer
cosas, de conglomerar y hacerse visible.
—Pues algunos tratan de
ser muy visibles ¡he! más bien diría yo, quieren ser “protagonistas” y figurar
demasiado; como que adulan y hacen la reverencia muy servicial a las
autoridades de más arriba, ¡pinches arrastrados jodidos!
—No sé a quien te
refieres, pero creo que estamos mejor a como estábamos antes, Las autoridades
están dispuestas a escuchar y dialogar cualquier propuesta que se tenga.
—De veras no sé porque
sigues creyendo tantas cosas, has de creer hasta en el santa clos, La cultura
para los políticos no es más que una
herramienta que puede utilizarse, la cultura para muchos es parasitaria,
no contribuye a la riqueza del estado sino que es un gasto social. Existen
errores de apreciación, el político piensa que les está haciendo el favor a los
de la cultura y los miembros de la cultura piensan que con su arte humanizan
educan y nos ilustran por tanto piensan que les debemos un favor; nada más
errado que todo esto, en realidad pienso que la cultura sirve para maldita la
cosa, a esta altura de la historia del hombre debemos estar conscientes de que
la cultura como expresión de lo humano está más que muerta, La cultura no se
desarrolla ni crece ni evoluciona a mejor, maneras de expresarse van y vienen
eso creo que seguirá, lo que no tiene salida es el marco teórico que lo
fundamenta. Sin un fundamento bien plantado de lo cultural que tenga que ver
tanto con lo religioso como con una postura filosófica distinta de la que
estamos acostumbrados a ver, no se va a dar una cambio radical de la
apreciación del mundo, de la apreciación de la cultura y en sí de maneras de
ser, de existir. Actualmente, nada es más extraño para la gente común que la
cultura, porque no la siente como suya, son espectadores de algo que no les
llega. Que pasa como las cosas en la tele, sin ninguna conexión con el contexto
en el que se vive. En veces he pensado que en realidad la cultura tiene como
fundamento, como en otros ámbitos, el
culto a la personalidad, al deseo de hacerse evidente, la satisfacción
del ego ¿No crees?
—Dudo mucho de lo que
estas hablando, hay veces que se hacen las cosas y no se sabe ni porque, se
hacen por pura chiripada, por pura provocación. — terminaron de beber y
decidieron dar una vuelta por la orilla del río. Wilber condujo su auto muy al
norte de la entidad, viendo el río y lanzando piedras, haciendo “patitos” sobre
el agua, continuaron platicando sobre las políticas de la administración de la
cultura.
—Joven, acordamos que
van a ser dos iguales o vamos a la comisaría
—Pero les estoy diciendo
que lo que tengo es nada más eso, no tengo más, vea— Daniel enseña su cartera
al policía, la extiende en tanto que dice— este billete de 100 y .. ¡ha! Mire,
tengo esta tarjeta telefónica, es de a cincuenta y todavía no la uso…
— ¡Está bien traiga acá
y guarde eso, cualquiera que nos vea va a pensar mal! Que no se vuelva a
repetir, porque a la otra nos da el quiebre y además lo llevamos a los separos.
—Cuando Daniel se dio cuenta ya la botella se había ido, le hubiera gustado
verla perderse entre las pequeños
vaivenes del agua, se quedó sentado un momento y luego regresó a su casa.
— ¡Mira una botella!,
hay que atinarle, a piedrazos el que pierda dispara los tacos.
—¡Órale!— El par de
amigos inician el torneo, se afanan con pequeñas rocas, pedruscos, gravas y
añicos de ladrillo, así estuvieron hasta que un sonido seco y vidriado dio
termino a la justa. Metieron reversa al auto y se fueron a cenar. La noche se pintaba hogareña, todos los habitantes de
Bienestar habían tenido un día espléndido.