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jueves, 20 de enero de 2011

El tren anclado


Hombre mayor sentado junto a su auto sin llantas, apoyado sobre ladrillos en un estacionamiento moderno, con la imagen fantasmal de la antigua fábrica Zahuapan proyectada sobre la fachada del centro comercial al fondo. Luz dorada de atardecer. Nostalgia, despojo y memoria en Tlaxcala, México.

Un hombre espera llantas robadas en el estacionamiento de un centro comercial que alguna vez fue la fábrica Zahuapan. Entre la nostalgia y el golpe de la realidad, Javier González descubre que el progreso siempre tuvo un precio que su familia ya pagó. Un cuento de memoria, injusticia y verdades que duelen.


Javier González sintió el peso del sol sobre los hombros, un calor que no lograba disipar el frío que se le había instalado en los huesos. Su auto, un sedán de modelo antiguo que cuidaba con esmero, descansaba sobre un pedestal de rocas y ladrillos, una estampa grotesca de la vulnerabilidad. Le habían robado las cuatro llantas. Aquí, en el estacionamiento de Bodega Aurrerá, el progreso olía a asfalto caliente ya despojo. Mientras esperaba los gallitos —esas llantas de segunda mano, casi lisas, que un conocido le traería—, su mente se fugó a otro tiempo, a otro lugar que, irónicamente, ahora albergaba este mismo centro comercial.
La fábrica Zahuapan. El nombre resonaba en su memoria con la fuerza de un pitido de vapor, el clarín del obrero que marcaba el pulso de la ciudad. Para el niño que fue, la fábrica no era una industria, sino un leviatán dormido, una criatura de ladrillo y metal cuyo aliento era el silbato que tres veces al día llamaba a los hombres. Jugaba en sus alrededores, entre los árboles y las palmas de abanico que crecían al unísono con él, maravillado por la "cueva del diablo" y el chisguete de vapor que se elevaba hacia el cielo como un fantasma. Era el tótem del desarrollo, el engranaje inamovible de su infancia, una promesa de futuro que olía a algodón ya maquinaria.
Su padre, un hombre de pocas palabras y manos ásperas, formó parte de ese universo. Javier lo recordaba llegando a casa con el cansancio grabado en el rostro, pero con una dignidad que al niño le parecía heroica. Le contaba historias de la fábrica, pero siempre desde la distancia, como si él fuera un mero espectador y no uno de los engranajes de esa gran máquina. Le hablaba de la transformación del campesino en obrero, de los turnos y la espera de la quincena, pero nunca de su propio lugar en la cadena. Para Javier, su padre era simplemente un hombre de la fábrica, uno más de los que construían el progreso de Tlaxcala.
El recuerdo de su padre se hizo más nítido, más doloroso. Recordó un día en particular, una tarde en que su padre llegó a casa con una sombra en la mirada que nunca antes le había visto. No hubo historias esa noche, solo un silencio denso que llenó la pequeña casa. Javier, desde la seguridad de su infancia, no entendió. No supo que esa tarde su padre había sido despojado de su dignidad, acusado de un robo que no cometió. Su padre era chofer, uno de los que llevaban las pacas de algodón a la Ciudad de México. Un trabajo que amaba, un volante que era la extensión de sus manos.
La verdad, ocultada por años bajo un velo de vergüenza y protección, emergió ahora con una claridad brutal. Su padre no era un simple obrero; Era el hombre que conducía el camión, el que llevaba la riqueza de Zahuapan a la capital. Y en uno de esos viajes, cerca de Río Frío, dos pacas de algodón cayeron del camión. El chalán, un joven asustadizo que debía vigilar la carga desde atrás, no dijo nada hasta llegar a la fábrica. Y entonces, para salvar su propio pelejo, culpó al chofer. A su padre. Le hicieron pagar la carga perdida, una deuda que lo hundió en la pobreza y le arrebató el volante para siempre. El hombre que transportaba el progreso fue arrojado a la cuneta, olvidado por la misma máquina que él ayudaba a mover.
Javier miró su propio auto, varado sobre ladrillos, y la ironía lo golpeado con la fuerza de una revelación. El mismo monstruo, con diferente rostro. La fábrica, aquel leviatán de su infancia, no era un ogro de cuento, sino un sistema indiferente que devoraba a sus propios hijos. Su nostalgia se deshizo como el vapor en el aire, revelando una realidad que siempre había estado ahí, oculta a plena vista. El pitido del tren anclado no era un llamado al trabajo, sino una sirena que advertía de los peligros de un progreso que, a menudo, se construye sobre la injusticia y el olvido.
El conocido llegó con las llantas usadas, los gallitos que le permitirían volver a rodar. Pero Javier ya no era el mismo. El robo le había quitado más que cuatro pedazos de caucho; le había arrebatado la inocencia de sus recuerdos. Mientras pagaba, sintió el peso de la deuda de su padre, una carga que, de alguna manera, ahora le pertenece. El tren se había ido, pero su huella —la profunda cicatrización en la memoria de su familia— permanecería para siempre.


El tope









Desde que los conozco, he tenido un gusto por los topes, que hermosos se ven allí en las calles, en las carreteras de los pueblos, en las avenidas; son algo de lo que los mexicanos deberíamos de sentirnos orgullosos. La idea de realizar un tratado breve sobre los topes me ha surgido de tiempo atrás, en las ocasiones en que me trasladaba a algún sitio o las veces en que los veía con su porte hermoso, regio, casi divino. En no pocas ocasiones escuchó salvajadas ofensivas para con los topes, pero yo como un abogado insuperable, los defendiendo.

La raíz etimológica de la palabra “tope” seguramente es muy antigua y podría familiarizarse con el concepto de “tópicos” Los “tópicos” para Aristóteles eran los objetos propios de los razonamientos dialécticos y retóricos, cosa que no tiene que ver mucho con nuestro objeto de estudio pero que más o menos nos vamos acercando por aquello de la retórica, siguiendo la historia del concepto llegamos a los retóricos latinos con Cicerón a la cabeza cuya idea de tópicos era la de “argumentos que no aumentan el saber pero que son instrumentos de persuasión” y aquí hacemos un alto total para subrayar el parentesco de ambas palabras debido a la oración “instrumentos de persuasión” para que vea el lector que no andamos tan perdidos buscando en libros viejos y metafísicos. La noción continuó su caminata etrusca hasta llegar a la lógica medieval con Boecio y luego fue Vico quien le daría el carácter a la palabra tópico de “arte propio del ingenio que es la facultad de la invención”; y así media docena de filósofos de alto rango hasta llegar con el filósofo autor de la crítica de la Razón Pura . Con Kant la palabra Tópico se corona triunfante pues Kant habla de una “tópica trascendental” en este sentido la tópica kantiana coincide de manera sorpresiva con nuestro objeto estudiado por lo que a continuación expongo.


El tope que actualmente conocemos y que el diccionario nos describe como : Pieza que sirve para detener o limitar el movimiento de otra, punto donde estriba la dificultad de una cosa. Fue descubierto desde tiempos inmemoriales y creo que es posible pensar que haya sido concebido mucho antes que la invención de la rueda y por supuesto de los caminos; pero imaginándonos veamos como este pedazo de arte pudo ser creado tan excelsamente por los humanos. Dios creo a los topes y los humanos le pusieron erráticamente por nombre: montañas, allí tenemos la cordillera del Himalaya en Asia, la sierra Nevada en Norte América y la cordillera de los Andes; los Alpes Suizos y los Pirineos por nombrar algunos cuya función es limitar el movimiento de los vientos puesto que a barlovento las tierras son más beneficiadas por las lluvias mientras que a sotavento existen extensiones de tierra árida y desiertos, además que estos topes no se limitan a detener la humedad sino que también sirven de tope para evitar la mezcla de culturas, el intercambio de genes entre las distintas razas entre otros socorros. Ahora bien, los hombres, como siempre ha sucedido, han imitado las cosas de los dioses y allí tenemos como ejemplo la Muralla China, el Muro de Berlín, la línea Maginot y para no irse tan lejos la muralla que construyeron los tlaxcaltecas para protegerse de sus enemigos. Como veremos, las cosas a como pasan los siglos se van empequeñeciendo, pero no su importancia.

Con el paso del tiempo el tope se fue amoldando a nuestra época y al día de hoy participa en nuestra cotidianidad como “instrumento de persuasión” y como “arte propio del ingenio que es la facultad de la invención” sin olvidar la trascendentalidad kantiana que podría tener. El tope como pieza que sirve para limitar el movimiento de algo, es altamente estético si sabemos apreciar la filosofía oriental, ya que todo aquello que no cambia, que permanece, y medita su camino llega a la conformación del uno, de la unidad, también se ha de saber que el espíritu que frena, que limita su movimiento a lo más básico se encuentra con el Ser. Por otro lado, si consideramos al tope como obstáculo, no olvidemos que muchos atletas han encontrado la gloria y han recibido medalla de oro en las olimpiadas sólo por saltar obstáculos. Podemos continuar diciendo que el tope es una pieza estética puesto que podríamos hacer un símil de él con las curvas de Afrodita y no torpemente con el jorobado de Notre-Dame. Se puede decir que el tope es símbolo de templanza, virtud que estamos empeñados a olvidar y que los griegos tuvieron a muy buen celo; el tope es sinónimo de rectitud, de fortaleza, de incorruptible y del cual todo mundo le hace reverencia al pasar sobre de él y sin percatarse. El tope es una entidad metafísica como ya lo expusimos líneas arriba y llego a afirmar que es punta de lanza de nuestra Postmodernidad, además será en el futuro un elemento antropológico que los futuros arqueólogos darán connotaciones mágicas y míticas. Cavilando, es posible que estemos en el preámbulo de un mito: el mito del tope, como lo ha sido el mito de Narciso, el del Minotauro, el de Edipo; he de afirmar de algún modo que el tope es el nuevo tótem moderno, elemento potenciador de nuestros horizontes. Por otro lado quiero echar por tierra todo prejuicio que se ha dado en torno a él, el tabú en el que se le ha contextualizado, pues como todos sabemos a las cosas de mucha razón, primero son negadas y después son afirmadas como verdades inobjetables.



La Arroba



¿Es la arroba un simple carácter o el ombligo del mundo digital? El Dr. Epifanio Glotocentro nos sumerge en la liturgia del signo acaracolado en esta sátira mordaz.


Esta es una oda a la arroba, himno romántico y plañidero a la arroba. Sin la arroba no somos nadie, dependemos de la arroba para ser, para no sentirnos tan solos; El ratón se ha aclimatado   al sobo   continuo, al clic sobre la arroba, al gobierno del signo acaracolado; pronto mis caricias al carácter dejarán de ser escrupulosas. A mi computadora la remojé un poco en el agua para que corriera   más rápido los programas, sobre todo aquellos que llevan por misión mandar un mail (con el uso de la arroba) La arroba nos ha evangelizado, gracias a ella hemos dejado de ser incivilizados, pobres de aquellos que no conozcan la arroba porque serán unos orangutanes, aborígenes miembros de eras anacrónicas, o sea aquellos que usan los timbres aéreos en vez de la arroba.

 Ahora formo parte de esa comunidad cuya religiosidad se dirige a la arroba porque ella nos ha salvado, nuestro verbo ha renacido, hemos fortalecido los lazos y nuestra incertidumbre ha desaparecido, porque la arroba según su constitución nos conducirá no hacia un laberinto sino hacia la eternidad tal cual el significado de las caracolas. Esa figura tiene una constitución ósea propia de la era del Internet, del entramado dentro del entramado y así hasta el infinito, ella es el emblema más apropiado de Dios porque tiene la “a” primigenia del abecedario aquella que nos convierte en seres verbales. Contraseña señera para que nos entienda la máquina, sello direccional dador de vida, de existencia, de personalidad porque todo nombre lleva una arroba, toda dirección lleva una arroba, ella es todo complemento, es una entidad incluyente. Emblema custodiado por una “c” de casa, en el cual todo aquel que quiera puede guarecerse en su interioridad. La arroba se convierte en nuestro pasaporte que abre caminos y tumba fronteras, es también el transporte que conduce nuestras palabras, ideas y leperadas sin distingo de oraciones. Garabato inexorable que todos rubricamos como inequívoca infusión de chamán de Catemaco. 

Nuestra fruslería queda objetada y nuestra importancia templa su sonoridad en los medios de comunicación; ahora somos libres, viva la democracia porque todos nos entendemos de maravilla, somos felices en esta nueva moral de la arroba que nos constituye; ella como liberada del pensamiento nos hace compartir nuestros sueños con los sueños de los poderosos, de los pudientes, porque gracias a ella nuestra voz no será ahogada, nuestra palabra sonará igual de fuerte y enjundiosa como el que más. Estaremos juntando el conocimiento en recipientes cada vez más pequeños como la corcholata de un refresco y mi obra literaria podrá ser almacenada en recipientes casi intangibles, pero la arroba ¡Oh! La arroba será la llave de la misericordia, la unidad enciclopédica que lo contiene todo y alimenta hasta la misma genética que poseemos. Ella es nuestra cobija, el mito que andábamos buscando, la entidad deificable. e inmaculada que todos alabamos.           


El Último Pasaje del Hacedor de Letras


Imagen cinematográfica e hiperrealista de un escritor, con expresión de shock y desaliñado, agachado en el suelo de una combi mexicana atestada en los años 90. Recoge con reverencia una pequeña libreta gastada y un bolígrafo azul, mientras los demás pasajeros, figuras borrosas y anónimas, muestran indiferencia o miedo. El interior de la combi es rústico, con asientos desgastados y un cartel de cumbia. A través de la ventana, se vislumbra una calle bulliciosa. La iluminación es dura y realista, enfatizando la cruda realidad de la escena y el contraste entre el mundo intelectual del escritor y la calle.

Descubre "El Último Pasaje del Hacedor de Letras", un cuento de Edgar Sánchez Quintana donde un escritor se enfrenta a la cruda realidad del transporte público ya un despojo irónico que lo confronta con el verdadero valor de sus palabras.


Por Edgar Sánchez Quintana

Ando en las combis con una elegancia recalcitrante, humosa; como el calor que hace dentro de ella, mi refinamiento efectúa un aturdido exabrupto en los viejos tenis con los que camino por la ciudad. Los cómpas de viaje no tienen cara, sino que son como narices que me miran y me perciben, observan las cosas que circulan a su rededor pero como si eso sólo los adormilara, como si pasamos por un ordeñadero de conciencias; su cosmovisión no llega más allá que: las personas de enfrente, el tubo para sostenerse, el olor nauseabundo, combiezco; el sonido sonoro y aullante de la música cumbiambera, los rechinidos de la puerta y la mecánica gastada, los amortiguadores desovando meneos como si a todos en la combi nos diera hipo; también se integra a esa cosmovisión, el frenado tan precioso que realiza el chofer con gran fervorín y sin ambages. La combi, con un ligero asomo de rusticidad en los interiores, su onerosidad se asoma al minimalismo, de una comprensión austera, que va de panzazo, o sea de una vanidad ridícula o en ayuno.

Y la combi va de calle en infinitos tropiezos levantando a la tropa, a esos, a los sudorosos compañeros, a los hermanos de viaje, los que tienen el mismo destino lacrimógeno de viajar en colectivo, a la felicidad que soporta mis hedores lastimosos, a todos ellos que se abren paso a codazos o a miradas fulminantes. Y los pasajeros aztecas se joroban en la salida, se joroban en la entrada y se joroban en el pago, pues tanta impertinencia se ha vuelto ley de embudo, donde el que no pide en gracia hasta lo ven mezquino. Aquí circulando voy en este carromato por las avenidas como circular por biografías: Miguel Hidalgo, Juárez, Venustiano Carranza, Porfirio Díaz y los semáforos no son otra cosa que permitir o no pasar permitir la hoja de un héroe nacional al siguiente donde el ídolo no tiene nada que ver con la banqueta trasnochada, ni con anchuras cívicas.

Siendo hermosas desde su perfil cuadrado, carente de aerodinámica, y con su parabrisas trompudo, como con ojos cohibidos u ojalados, pero por algún lado tiene de poder ver el as del macadán; pero dejen apreciar esa poderosa máquina de “vocho” el sonido tan característico de un motor de combi colectiva, casi de patente, es el afrodisíaco que invita a dar el paseo, a la farra hacia cualquier destino. En ella puede caber dos pares de novios y un soltero de tenis viejos, caben dos macuarros y una secretaria de salario mínimo, además señora gorda con canasta cargando a un viejo beodo pero bien contento; adelante, como pieza, como parte integral del mueble va el autóctono hombre moreno que tiene cara de calle y maneja un volante y en el asiento contiguo la encantadora mujer de cuerpo querendón que va por la vida haciendo sufrir a hombres como yo. Todo eso ocurre en sitios tan públicos pero tan cerrados, en ningún otro lugar podría encontrar el escritor o novelista personajes de lo más singulares, situaciones de lo más inverosímiles, o narraciones de lo más ingeniosas; basta con subir a un transporte de estos y enriquecer la experiencia. Yo no me jubilo de tales naves más bien voy jubiloso hasta mi muerte, la cual podría ser en accidente de una de estas.

Pero el destino, que a veces tiene un humor más negro que la tinta de mis cuadernos, decidió que mi jubilación de las combis no sería por accidente, sino por un despojo. La combi, atestada como siempre, se detuvo en un semáforo. De repente, la puerta se abrió con un estruendo y dos sombras se abalanzaron. Voces ásperas, manos que palpaban bolsillos, el miedo helado que se propaga como un virus. Los pasajeros, antes narices anónimas, se convirtieron en estatuas de terror. Mi cartera, mi reloj, mi viejo celular… todo se fue en un instante. Pero mientras los ladrones saltaban de nuevo a la calle, uno de ellos, con un gesto de desprecio, arrojó al suelo mi pequeña libreta de tapas gastadas y mi bolígrafo de tinta azul, esos compañeros inseparables de mis andanzas literarias. "¿Y esto pa' qué sirve?" espetó, antes de desaparecer en la multitud.

Recogí mis tesoros, mis apuntes, mis ideas a medio gestar, mis personajes aún sin nombre. El sudor frío no era ya por el calor de la combi, sino por la ironía lacerante. Había perdido lo material, sí, pero el verdadero despojo era el de mi mundo, el de mis palabras, el de mi intelecto, que para esos hombres no valía ni un centavo. La combi reanudó su marcha, los pasajeros volvieron a ser narices, pero yo, el hacedor de letras, me sentí más desnudo que nunca, con la certeza de que mi jubilación de tales naves no sería por accidente, sino por la cruda lección de que, en la calle, la palabra, mi palabra, no valía nada. Y en ese instante, comprendí que la verdadera literatura no se escribe en la comodidad de un estudio, sino en la fragancia de la vida, incluso cuando esta te despoja de lo que crees más valioso.


El Tlahuicole



Imagen hiperrealista y cinematográfica del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole durante su sacrificio gladiatorio. Tlahuicole, musculoso y con indumentaria de guerrero, está atado a una piedra ceremonial, luchando ferozmente contra múltiples caballeros águila y tigre aztecas. La escena se desarrolla en una plaza ceremonial azteca, con una multitud observando. La iluminación es dramática, resaltando la tensión y el coraje del guerrero.


Descubre la épica historia de Tlahuicole, el indomable guerrero tlaxcalteca que desafió a Moctezuma II y eligió la muerte con honor. Un relato vibrante de Edgar Sánchez Quintana sobre la furia y la piedra.



En más de una ocasión pasamos por allí, tal vez a diario, vemos como cae en sus pies el agua de la fuente, es una especie de rotonda, o bien la entrada sureña a la ciudad de Tlaxcala. Sin más simplemente la vemos, es la escultura de Tlahuicole, es imponente cuando se le ve por primera vez, y es algo que identifica a Tlaxcala, le da un sello, se yergue como un emblema de historia, le da un personaje de raíces añejas, es como tener un mito seguro, el héroe   con el que nos sentimos identificados, o el guerrero glorificado en nuestra Tlaxcala actual.

La imagen belicosa de los tlaxcaltecas de antiguo permanece quieta, fijada en la mente, transportada desde la historia; es el mito del pueblo indomable, aguerrido, leal. Su bravura ha sido empleada para formar la idiosincrasia que se le reconoce. Su atrevimiento y arrojo ante invasores distintos nunca dio lugar a las dudas ni a las sospechas. Hay distintas apologías de Tlahuicole, entre quienes las interpretan están: Diego Muñoz Camargo, Fray Diego Durán, Fray Juan de Torquemada, Javier Clavijero, Mariano Veitya, Don Hernando Alvarado Tezozómoc. De todas ellas se obtiene un semblante claro: su nombre significaba “el de la divisa de barro” era como la efigie escultural que conocemos: musculoso, fuerte, de espalda ancha, de estatura regular y de origen distinguido; había estudiado en el texpolcalli que existió en Tizatlán, siempre sobresaliente desde allí a las batallas y victorias hasta lograr ser el jefe de los ejércitos tlaxcaltecas ó Tlacatécatl; luchó en 1503 en la famosa batalla de Atlixco contra   huexotzincas, cholultecas y mexicas y así continuo hasta 1515 cuando fue aprendido por los mexicas y llevado ante el emperador Moctecuhzoma II; de sus odiseas en campañas de guerra, sobresalía no sólo por ser un bien estratagema sino por su bravura, y   su fortaleza superior a la de sus mejores enemigos, según se afirma, utilizaba para luchar una macana   con puntas incrustadas de obsidiana filosa y el tamaño de esta macana era del doble del tamaño regular, cosa que hacía espantar “al más gallina”   y hacer pensarla bien al contendiente. Según parece, cuando fue aprendido durante la emboscada realizada en los pantanos de Xiloxotitla   se llevó a varios por delante incluyendo a dos capitanes mexicas: Motlatocatomatzin e Itzplotzin y dos capitanes Huexotzincas: Ternictzontenco y Cipac. El Emperador Moctecuhzoma II le ofrece la libertad   pero la rechaza, como todos sabemos que la República de Tlaxcala tenía reglas muy estrictas, sobre todo para sus capitanes y jefes de alto rango; una de esas era vencer o morir, aquellos guerreros que regresaban derrotados se les consideraba deshonrosos y traidores (cosa que podría considerar en parte a Xicothéncatl ya que él regresó derrotado junto con Cortés, recordemos aquí al árbol de la noche triste donde compungido revivió su derrota este último) cosa que no escogió Tlahuicole y prefirió morir para ser recordado por los suyos en la república.

Tlahuicole lucha al lado de los aztecas en tierras purépechas y hace crecer leyendas en torno a él; a su regreso le hacen distinciones y le ofrecen emparentar con la familia del emperador pero éste rechaza todo ofrecimiento, e insistentemente   pide que se le conceda morir en el sacrificio gladiatorio.   Moctecuhzoma le concede la gracia de morir en esa contienda, se le hacen fiestas para despedir al gran Tlahuicole. En Tenochtitlan llega el día y Tlahuicole es atado de un pie a la columna central del “temalácatl” (piedra de los sacrificios) y con su macana desprovista de las famosas obsidianas y sustituidas por bollos de algodón y aún así pudo despacharse   algunos caballeros águilas   y tigres mexicas, varios historiadores se refieren que fueron ocho los que logro matar y herir a más de veinte para que finalmente terminara herido. Su corazón fue ofrecido al dios Huitzilopochtli, dios de la guerra entre los mexicas.

La anterior exposición histórica   viene a colación para ilustrar fehacientemente    la efigie del aguerrido Tlahuicole. La escultura de Tlahuicole que actualmente conocemos fue realizada por el escultor barcelonés Manuel Vilar y Roca (1812-1860) Manuel Vilar llega a México recomendado por sus maestros escultores como Solá y Tenerani para ocupar el puesto de maestro de   escultura en la Academia de San Carlos. El nuevo maestro renovó los estudios y les dio un impulso intenso. Manuel Vilar   venía de una tradición clasicista de lo más estricta y refinada, en su trabajo se deja ver el clasicismo romántico y por lo tanto sentimental tanto en temas como en actitudes así como en fuerza y ​​dramatismo—recordamos esa expresión correctísima en las facciones de la cara del Tlahuicole o en   su obra “ una niña liberando una tórtola de las garras de un perro ” que había ejecutado en Roma—y sumando el aspecto histórico-indígena   en sus obras; de sus trabajos, los más reconocidos   son el Tlahuicole realizado en 1852, Colón , Moctezuma ; así como otros de aspecto religioso como una Purísima , San Joaquín y Santa Ana , así como una Divina Infinita , un San Carlos y un Salvador . En el Tlahuicole   nos deja una obra escultórica realizada con la técnica y sapiencia de la mejor tradición escultórica clásica, y   de gran calidad artística y estética. De los discípulos de Manuel Vilar he de citar a Martín Soriano, cuya obra de San Lucas es excelente; a    Felipe Sojo   cuya efigie de Maximiliano es de comentarse como una obra maestra por el trato que le da al pelo ya la barba —cosa que en algo ha de asemejarse con el cabello de la escultura de Tlahuicole de su maestro—;   y   finalmente a Miguel Noreña, su Cuahutémoc seguramente enorgullecería a Manuel Vilar.

La escultura de Tlahuicole tiene también su historia, del original se hacen dos copias en bronce, una para el Instituto Nacional de Bellas Artes y la otra para la Universidad Nacional Autónoma de México. Se cuenta también que una reina europea vio la escultura y encontró a este nuestro compatriota tan   hermoso y bien dotado que quiso una copia para ella solita y otro comentario es con respecto a la macana que fue recortada, también han habido comentarios respecto a la hoja depositada   en las partes nobles, de los suspiros por la escultura esos no los he escuchado, pero me los imagino. Antes de colocar el Tlahuicole había un monumento a la madre cuya historia desconozco, ahora examinado que el cambio realizado fue de lo más acertado.


Tlaxcala y la Deuda con su Espacio Cultural: De San Francisco a la Ciudad de la Cultura



De la utopía de 2011 a la realidad de 2026: Edgar Sánchez Quintana analiza la evolución de los espacios culturales en Tlaxcala, desde el Conjunto de San Francisco hasta la nueva Ciudad de la Cultura.

Por Edgar Sánchez Quintana

Actualización: Febrero de 2026

Los centros de expresión artística y los recintos culturales han navegado históricamente a la deriva de los gobiernos en turno, convirtiéndose en prioridades solo cuando la imagen pública de las autoridades corre el riesgo de verse empañada. En 2011, señalaba con preocupación la carencia de un espacio que dignificara la labor de los creadores en Tlaxcala. Quince años después, el panorama ha cambiado drásticamente en su forma, aunque las interrogantes sobre el fondo permanecen vigentes.

En aquel entonces, el proyecto de un Centro Cultural de San Francisco, ubicado en la calzada que conduce a la emblemática iglesia, se presentaba como la solución al peregrinaje de artistas que debían improvisar presentaciones en bares, atrios lluviosos o auditorios saturados. Sin embargo, la historia tomó un rumbo distinto: la inscripción del Conjunto Conventual de San Francisco en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2021 transformó la zona en un santuario de preservación, donde cualquier intervención arquitectónica moderna debe someterse a rigurosas normativas del INAH y organismos internacionales.

Espacio Cultural (2011)Situación Actual (2026)Función Principal
Teatro XicohténcatlRestaurado y activoRecinto histórico principal
Palacio de la CulturaSede de la Secretaría de Cultura FederalCoordinación administrativa y exposiciones
Atrio de San FranciscoEspacio de Patrimonio MundialEventos solemnes y preservación histórica
Proyecto San FranciscoReemplazado por conservaciónPreservación del Conjunto Conventual
Hoy, la administración de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros ha decidido saldar esa deuda histórica con una apuesta de gran escala: la Ciudad de la Cultura y el Entretenimiento, ubicada en Atlihuetzia. Con una inversión que supera los 550 millones de pesos, este complejo busca descentralizar la actividad cultural del saturado Centro Histórico. El proyecto, supervisado por el secretario de Infraestructura, Eduardo Tapia Hernández, contempla un auditorio para siete mil personas, talleres y un nuevo Centro Cultural que promete ser el polo de desarrollo que tanto reclamábamos.
No obstante, la esencia de mi crítica original sigue siendo el faro que debe guiar estos esfuerzos. La cultura no es una fábrica para producir ociosos, ni un adorno para el currículum de un político; es la entidad que enriquece a una sociedad y la mantiene viva. Mientras la Ciudad de la Cultura se erige en Yauhquemehcan, no debemos olvidar que la dignidad del artista no reside solo en el cemento y las gradas, sino en la gestión eficiente y el respeto a la creación.

Es plausible que Tlaxcala haya dejado atrás la era de las "obras pequeñas" para lanzarse a proyectos de magnitud internacional. Mi anhelo de 2011, de contar con un centro cultural que pudiéramos valorar orgullosamente, parece materializarse hoy en una escala que supera lo imaginado. Queda en manos de los ciudadanos y de la comunidad intelectual vigilar que estos nuevos templos del arte no se conviertan en elefantes blancos, sino en el corazón palpitante de una Tlaxcala que, por fin, dignifica su inmensa riqueza espiritual.

Referencias