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domingo, 10 de mayo de 2026

Las disfrazadas

 



Una crónica de acción y hedonismo que sigue a "Los Desastres de Río Frío", una banda de maleantes de élite cuya disciplina y profesionalismo se ven desafiados por una noche de excesos, traición y un giro inesperado al amanecer.

La banda de maleantes llamada “Los Desastres de Río Frío” se dedicaban a asaltar por cualquier sitio, atracaban casas, las saqueaban como si fueran piratas modernos. Su organización: compleja, bien estructurada y organizada. El deporte como medio y religión para conservarse atléticos era muy importante, manejaban técnicas de Taekwondo, Karate-do, Hapkido, Judo; Al fin, su profesionalismo superaba a cualquier escuadrón de policía gubernamental; conocedores de leyes, medios, técnicas; Razón por lo cual tenían sudando la gota gorda a la policía. Era una banda que fluctuaba en edades entre los diecisiete y veinticinco años de edad, sabían moverse por la ciudad y se camuflageaban de tal modo que era difícil localizarlos. Lo peligroso para la banda era precisamente reunirse en un punto muy cerrado pues podrían tenderles una redada y así fue como sucedió, cometieron el error de reunirse. La policía, como un moho que atacaba sin compasión tendió tentáculos en los márgenes de su última incursión. El domicilio saqueado tenía un boquete en uno de los muros. Ellos sabían que la gente aseguraba sus puertas con mucho cuidado y con distintos sistemas de seguridad, pero los muros allí estaban, ingenuos, como hojas de papel esperando que alguien las rompa, debido a su pobre calidad en los materiales como ladrillos y mezcla, tabla roca, entre otros materiales ligeros y debido también a las nuevas herramientas más potentes y silenciosas: ¡Los muros caían como polvorones! Para poder escapar de la policía, siguieron haciendo boquetes en los muros de las casas vecinas, tomaron camino por el drenaje profundo y continuaron hasta la planta de procesamiento de aguas residuales de la ciudad.

Llegaron aporreando el aire de la estancia dentro de sus pulmones, la corretiza y la excitación del peligro no estaban para menos. Había, por culpa de su llegada, confusión entre los invitados a la fiesta. A su desmedrado espanto se les incorporó la cursilería de aquel par de jorobados que ambientaban el espectáculo, su parafernalia se envolvía como hoja de tamal. El escenario se cobijaba con rumba, merengue, guaguancó; con saxofón, gaitas y maracas. La entrada al salón estaba engalanada por una alfombra roja ya los costados, como gendarmes disciplinados estaban una serie de bombones que se hilvanaban a lo largo del corredor como pequeños plantíos entretejidos, su color ilustraba cual historia del mago de Oz. Había globos de arroz engalanando los muros, y estos con bajorrelieves góticos y con una multiplicidad de contenidos apeñuscados, además, había un par de acrílicos procedentes de alguna empresa de artes, sobre de ellos había una alusión a la maravilla que resulta el hedonismo que se calzaba en esa época. Ese estereotipo les caía —¡A raudales! - demasiado bien.

Mientras Los Desastres de Río Frío se entregaban a los placeres carnales, una sombra acechaba en la ciudad. Los 'NH', liderados por el enigmático Evaristo, habían observado cada uno de sus movimientos. Con un plan meticulosamente diseñado, esperaban el momento perfecto para golpear.

El Jefe de la banda de Río Frio tenía el perfil de un Quijote, pero su barba no era blanca, era una barba color mugre, tono que se extendía por todo el cuello y las orejas, la barba le crecía cual ponzoñosa hierba entre arenales. Era cacarizo de su cara y figuraba como cinta perforada en máquina de primera generación, tenía la rugosidad propia de un garapiñado. Cuando su banda llegó y se acomodó en la estancia. El jefe hizo comentarios:

 —Muchachos, como muchas veces se los he dicho, la ciencia es poder, el poder del conocimiento se transforma en conocimiento del poder, ese es el meollo actual, quien trata de irse por otro lado es su asunto. Esta no es una empresa, ustedes no son simples empleados. Nuestra organización es una comunidad, una iglesia con una religión donde nos protegemos de todo aquello que es externo. Vivimos en la eterna guerra, en la sobrevivencia, es nuestra vida, y no vamos a dejar que fácilmente nos la quiten. Ustedes son “los superhombres” que esperaba Nietzsche, son la esperanza en el mañana, hijos del mediodía. Sabe bien que aquellos que arman y protestan leyes, las infringen en corruptelas. Sugiero quemar todas esas virtudes que nos alejan de la codicia, saquémosla de esa madriguera vituperada para hacerla nuestra amiga. Ya sabemos que el ser del hombre no es solamente vivir la realidad sino vivirla novelescamente. Y que sin agallas no hay gloria. Pero aparte está la relajación. Hay tiempo para el esparcimiento. Que hermosa vida. ¡Hasta el más infame podría envidiarnos nuestra frivolidad! Elemento que dilapidamos de manera un tanto alborotada. ¡Si! Hay que dejar que el corazón lata un rato en el ocio. Porque realmente no es malo encariñarse de la locura, vivir con ella.

En el salón, el desenfreno alcanzaba su clímax, ajenos a la traición que se gestaba en la distancia. A la vez, Evaristo, con una sonrisa maliciosa, lideraba a los 'NH' hacia la casa de seguridad, donde los tesoros de Los Desastres de Río Frío guardaban su destino.

Y allí los hombres y mujeres disfrutando. Repartían la paja antes del espectáculo, justo en la entrada de la fiesta-orgía, en la que se daba lo permisible, la sexualidad libre, sin tabúes, complejos ni prejuicios. La moda: Pelucas blancas, maquillaje hombres y mujeres, vestido a la usanza del siglo XVI. Todos como unos apóstoles del hedonismo. El ritual de la celebración es bendecir con leche los vestuarios utilizando los ramilletes de paja. Hay una banda de música que toca unos ritmos de lo más agradables.

En la mesa de juegos algunos de la banda y como un par de relámpagos se disputaban los ases del póquer, disparaban los dedos con una agilidad eléctrica. Una flatulencia en forma de bólido se deslizó por la tapicería de la silla e hizo presencia entre ciertos comensales bonachones. El bribón salpicó su carácter sobre alguna afelpada sonrisa perdida por allí, parecía que ellos tenían un parasol de sobrellevar listo para ese ataque. Entre los contrincantes y como un cloro nauseabundo y azufroso, así mismo cayó la presencia extraña de cada enemigo. Cuando se conoció al perdedor todos gritaron: ¡Al claustro inhóspito del ninguneo!... así aprenderán todos que odiamos a todo aquello que se asemeje a los perdedores de tiempos pasados. Se precipitó toda la banda sobre las cervezas levantando en los tarros un hervor de espuma. Se adhirieron a la reunión el desbordamiento de bohemios, la jauría de dandis, el bodegón de pránganas por todos lados y con ellos, el jefe babeando los brazos de las muchachas. El dirigente cuando veía a una mujer hermosa, no dejaba descansar el ojo, hasta que ha terminado de meter a la cabeza sus hechizos; se acercó a una, a su cabellera blanca, y aspiro el anís que emanaba, tal parecía que la capacidad de encariñarse a su cuerpo era infinita.

Un enjambre de bailarines orientales se dispuso en acordes amorosos, seducir al auditorio. Ellos gozaban de su compañía como la estrella de cine de su farándula. Era de adorarse la pureza sostenida en los pechos las muchachas, una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón. La banda se balanceaba tanto sobre el templete como sobre las muchachas que allí seguían al ritmo de la música. Evaristo, disfrazado de uno de los músicos, tocaba el saxofón con un estilo enérgico. Nadie sospechó que, mientras sus dedos se deslizaban por las teclas, sus cómplices saqueaban la fortaleza de Los Desastres de Río Frío.”

 El Jefe se incorporó de su mullido sitio y con voz firme y ojos avispados dijo: —¡Oh mira hermosa con qué ternura bailas! Haciendo tus saltos y vueltas sofisticadas, bailando tu aura como una hipérbole gótica, eres el mito de la Diana cazadora, de sus movimientos acuciantes, ¡Vaya, pero con qué singularidad y dinámica me incitas al ritmo de tu cintura! Del brazalete que circunda tus nalgas bellacas, nalgas provocadoras de lujurias, incitadoras para el eucarístico desmadre.

El escenario exterior lo conformaba un peñón, el embarcadero y las casuchas lejanas del siguiente pueblo, además de los montes circundantes. El peñón dejaba vestirse de blanco y de frío, aunque por el color nadie creería en su pureza por haber quitado la vida a ya varios cristianos, más bien su blancura significaba muerte allá sobre los despeñaderos, sobre la roca filosa o las grietas de hielo. El malecón atravesaba la ciudad, como una “Y” atravesada y aposentada en la conjunción de las vidas de la ciudad marítima, y ​​las opacas construcciones en lontananza dejaban ver la civilización cercana.

¿Cuál era el punto cardinal de la fiesta? La orgía, el cuarto oscuro, en el cual diez a doce gentes mitad mujeres y hombres disfrutaban del sexo totalmente a oscuras, reconociéndose por el tacto, por la lengua, entregándose al otro sin conocerlo, sin saber de su persona; aunque eran oficiales de policía, otorgando el cuerpo a su disfrute, el regocijo del cuerpo de los demás. Se escuchaba un bisbiseo cerca de una oreja que rezaba —“Déjame acomodar mis labios a tu cuello, quiero que, como una corbata, llevas estos belfos que hoy te regalo para que duermas explayadamente”— Las muchachas tocaban como con ganas de arrancar la ropa con desesperación. El interruptor hacía bien en dejar de hacer debutar a una luz que estorbaba a los estrenados amantes, y los besos continuaban por horas; se escuchaban los gemidos, el golpeteo contra las nalgas, el orgasmo. La libido ambientando los cuerpos, poniéndolos calientes, sudorosos, en éxtasis. Y nadie quiso hacer un gesto más... querían que cada una de ellas y su afrodisíaco olor de hembra enjundiosa provocara alguna ganancia. Era la delicia de instinto que hacía disfrutar de una reacción orgasmo incontrolable, de la implosión de éxtasis en confeti, de las contracciones libidinosas y alharaquientas; así como de los espasmos vibrantes y confabulados con una extraña cinética. ¡He aquí la resolución!: Germen de vida, semen corredor, semen loco, semen inhóspito, voluntarioso, colérico.

La banda ni siquiera sospechaba que se encontrarían con unas policías disfrazadas, sí, disfrazadas, pero de mujeres desnudas, era con ellas con las que habían hecho el amor, ellas se hacen descubrir, y ellas les pasan un fajo de billetes. Todos juntos continuaron con el reventón hasta la madrugada. Después de la fiesta todos volverían a tomar su pose como el juego de: policías y ladrones.

Con el amanecer, los miembros de Los Desastres de Río Frío regresaron a su casa de seguridad, satisfechos y exultantes tras la noche de lujuria. Pero en lugar de sus tesoros, encontraron solo paredes vacías y un mensaje grabado en la pared: 'Saludos de la Noche Oscura. Nos vemos en el próximo baile.

Al darse cuenta de la alevosía, el jefe solo pudo murmurar: “El conocimiento es poder, pero subestimar al enemigo es nuestra mayor debilidad”.

En el juego del poder, ¿quién es realmente el cazador y quién la presa? ¿Es el hedonismo una forma de libertad o la distracción perfecta para el saqueo? Te invito a compartir tu opinión sobre este relato de sombras y excesos en los comentarios. ¡Tu perspectiva completa esta historia!

sábado, 2 de mayo de 2026

EL INSTRUCTIVO DEL LAVACARAS

 


Un cuento surrealista y crítico sobre la identidad, la hipocresía y las máscaras políticas en el acto cotidiano de lavarse la cara.

Por Edgar Sánchez Quintana

El procedimiento comienza con la rigurosidad de una receta de alta cocina, o acaso con la asepsia de una intervención quirúrgica. Las manos, previamente dispuestas en ángulo recto, se acercan al rostro como pinzas calibradas, buscando la normatividad del tacto. Se trata de un acto simple, cotidiano, casi risible por su repetición, pero hay una diferencia sustancial: cada vez que el pase de manos recorre la geografía facial, el espejo devuelve una entidad distinta, una farsa grotesca de lo que antes se llamaba «yo».

El jabón es el primer elemento de la transmutación. Un bloque rosa, rotundo, de la marca Zote, que al frotarse contra la piel abandona su naturaleza alcalina y se reblandece hasta convertirse en una máscara de huehue. Es blanda, adherente, y ostenta una sonrisa perpetua, cínica, que se pega a los pómulos como un parásito complacido. El rostro, antes humano, es ahora una talla de madera policromada que ríe de su propia obsolescencia.

El agua, inicialmente cristalina, fluye con la promesa de la purificación. Sin embargo, al girar la llave del grifo un milímetro más, la transparencia se espesa. El torrente se enturbia, pierde su fluidez y desciende como un chapopote denso y oscuro que mancha más de lo que limpia. El procedimiento, dicta una especie de instructivo invisible que "el lavacaras" debe acatar con devoción, exige que en este punto se expulse el remanente. Así, el lavacaras escupe, arrojando hilos viscosos de hipocresía que se escurren por la cañería con un sonido ahogado, llevándose consigo las verdades a medios que sostenían el día.

Al alzar la vista, el cristal del espejo ya no refleja al individuo. En su lugar, se impone el rostro severo de la gobernadora. Es una aparición que exige obediencia, una fantasmagoría política instalada en la intimidad del baño. Preso del pánico y la prisa, el lavacaras vuelve a frotar, a raspar la imagen con los nudillos para borrar el decreto de su propia cara, para arrancar la máscara de poder que se ha filtrado por sus poros.

Vuelve a impregnarse del líquido, pero el grifo ha mutado su ofrenda. Ahora brota líquido amniótico, tibio y salobre. Al contacto, la piel pierde sus aristas, las facciones se redondean y el rostro adquiere el matiz rosado y vulnerable de un bebé recién nacido. Pero la inocencia es insoportable; Es una forma de amnesia que no puede permitirse. Él ya no es eso. La memoria de la vida le pesa demasiado para aceptar ese renacimiento forzado, así que vuelve a lavar, frotando con desesperación para arrancar la tersura del infante.

Finalmente, toma la toalla. Se seca con una fricción excesiva, castigando la piel hasta dejarla árida. El rostro queda tan seco que, de inmediato, le crecen arrugas profundas, como surcos abiertos en un campo inhóspito y olvidado. Exhausto por las metamorfosis, el lavacaras se rinde ante la imagen final. Levanta la mano y le lanza un beso al espejo, un gesto de tregua hacia la otredad que lo observa desde el azogue.

En reciprocidad, desde el otro lado del cristal, emerge una fuerza invisible y contundente. Percibe una cachetada que le voltea la cara con el sonido seco de la carne contra la carne. Un golpe de realidad que lo devuelve al mundo de los vivos.
Y entonces, con la mejilla ardiendo y el alma en vilo, piensa: todo está bien, todo ha quedado en su sitio.

viernes, 1 de mayo de 2026

EL ESTRUENDO DE LA LIBERTAD: ESTRIDENTISMO, ANARQUISMO Y LA ESTÉTICA DE LA REVUELTA

 


Un ensayo crítico y filosófico que propone una nueva estética de la revuelta en Tlaxcala, desafiando la opresión digital y el sedentarismo institucional.

Por Edgar Sánchez Quintana

La historia de las vanguardias en México no es una sucesión de fechas, sino un estallido de voluntades. Cuando en los años 20 el Estridentismo lanzó su grito de "¡Viva el mole de guajolote!" , no estaba haciendo una broma gastronómica; Estaba ejecutando un acto de terrorismo estético contra la cursilería burguesa. Hoy, en la Tlaxcala del siglo XXI, ese estruendo ha sido sustituido por un silencio digital anestesiante, y es urgente recuperar la fenomenología del oprimido para despertar de la "platanez" absoluta.

La Fenomenología del Oprimido en la Era del Algoritmo

Para entender nuestra realidad, debemos partir de un punto de salida: la conciencia de la opresión. Si Paulo Freire hablaba de la pedagogía del oprimido como el camino hacia la liberación, hoy debemos hablar de una fenomenología del oprimido digital . El oprimido actual no solo es aquel que carece de recursos, sino aquel cuya atención ha sido colonizada por la Inteligencia Artificial y un sinnúmero de distractores que fragmentan su soberanía intelectual.
En Tlaxcala, esta opresión se manifiesta en una somnolencia colectiva. Hemos pasado del "orden y progreso" positivista al "entretenimiento y sobrevivencia" neoliberal. El ciudadano, y peor aún, el creador, se ha convertido en un consumidor de realidades prefabricadas por el algoritmo de Facebook o TikTok, perdiendo la capacidad de ver la "nervadura de pasión" que debería latir en sus hijos.

Crítica a la Institucionalidad: El Sedentarismo de la Cultura

La crítica debe ser directa hacia las autoridades dedicadas a la cultura. Encontramos instituciones que operan bajo una lógica de "dádiva" y "hueso", donde la gestión cultural se reduce a libros de gobernadores y eventos para apellidos acomodados. Es una sátrapa institucional que merece la anarquía, no como caos, sino como la disolución de un orden que ya no sirve a la vida.
Pero los creadores e intelectuales no están exentos de culpa. Muchos se han infantilizado, convirtiéndose en almas débiles que flaquean ante la prisa de la sobrevivencia. El intelectual sedentario, aquel que espera la beca o el aplauso oficial, ha olvidado que el arte es un martillo para dar forma a la realidad, no un espejo para retocarla.

El estridentismo como arma contra la IA

¿Cómo enfrentar una realidad saturada de IA? La Inteligencia Artificial es el nuevo "andamio interior", una estructura que puede sostener nuestra creatividad o aprisionarla. El error no está en la tecnología, sino en la falta de estridencia al usarla. Si el estridentista de 1921 abrazaba la radio y el cemento armado para subvertir la academia, el artista de hoy debe usar la IA para sabotear la normalidad, para crear una Tlaxcalentópolis de la conciencia que sea ilegible para el mercado pero luminosa para el pueblo.

Hacia una Estética de la Revuelta

La libertad hacia algo distinto solo nacerá de una estética de la revuelta. Necesitamos recuperar el ideal anarquista de Praxedis G. Guerrero : la idea de que la palabra debe ser un punto rojo de fuego. Debemos arrojar nuestra obra a la lumbre de la purificación, pisotear las llamas de lo viejo y exigir una política cultural que no se base en el presupuesto, sino en la soberanía y creatividad infinita .
Tlaxcala está sobrada de historia y engrandecimiento, pero ese ADN de esperanza ha sido puesto a dormir. Es hora de despertar el estruendo. Es hora de que el arte vuelva a ser un acto de guerra contra la indiferencia. Porque si no alzamos la voz ahora, entre el ruido de los distractores y el silencio de las instituciones, nuestra tierra pronto será cenizas y destierro.

jueves, 30 de abril de 2026

EL SALTO DE PROMETEO EN TLAXCALENTÓPOLIS

 


Imagen cinematográfica y vanguardista que representa la protesta del artista en el museo. En el centro, un artista apasionado pisa pergaminos en llamas que contienen tipografía estridentista y formas geométricas. Un humo denso negro y ocre se eleva, revelando siluetas colosales y traslúcidas de antiguos guerreros tlaxcaltecas que parecen protegerlo. Al fondo, figuras borrosas de funcionarios elegantes se cubren la nariz con pañuelos, horrorizados. El estilo fusiona el futurismo con el muralismo mexicano, capturando un momento de revelación espiritual y purificación revolucionaria.

Un cuento vanguardista y subversivo sobre un artista que desafía al poder en Tlaxcala a través del fuego y el espíritu estridentista.

Por Edgar Sánchez Quintana

El aire en el Museo de Arte de Tlaxcala no olía a barniz ni a solemnidad académica; olía a queroseno ya siglos de rabia contenida. Frente a la caterva de apellidos acomodados, funcionarios de hoyuelos olfativos finos y sonrisas de cartón, se erguía Él . No era el hombre tosco que los pasillos de la burocracia conocían, el de las palabras truncas y el insulto fácil. Esa tarde, el artista se había transmutado en un profeta de la estridencia.
En sus manos sostenía un pergamino que era, en sí mismo, un campo de batalla. Era la síntesis gráfica del Manifiesto Estridentista: una red de líneas cinéticas, andamios interiores y gritos tipográficos que invocaban a Maples Arce, a List Arzubide y al fantasma libertario de Praxedis G. Guerrero.
—¡He llegado a Tlaxcala a nombrarte! —vociferó, y su voz rebotó en los muros como una descarga eléctrica—. ¡Te veo hermosa y apacible, pero ya no te quiero antigua! Me revelo ante tus valores maniatados. Me importa tu incultura, Tlaxcala, porque quiero verte sangrar de pasión en tus hijos, ¡pero solo encuentro atole en sus nervaduras!
La burguesía local, protegida por sus fragancias de importación, retrocedió un paso. El artista no hablaba; disparaba. Su léxico era una ametralladora de imágenes que rescataba a los héroes de antes de la colonia y los lanzaba contra la "platanez" absoluta de la realidad del TikTok y el Facebook.
— ¿Qué estamos haciendo, Tlaxcala? —continuó, con los ojos encendidos—. Tú, que engendraste a los héroes de esta nación, ahora eres corrompida por hacedores de hipocresía. Pertenezco a la Generación del Asterisco , la que impulsó los cambios y prefirió morir antes de dejarse absorber por la somnolencia de la sobrevivencia. ¡A mí denme un martillo y una hoz, denme el estruendo de la vida real!
Sin previo aviso, el artista se acercó a una llama al pergamino. El fuego, purificador y anárquico, devoró las grafías vanguardistas en un segundo. Pero el acto no terminó ahí. En un movimiento que desafió la lógica y la gravedad, el hombre se arrojó sobre la pira que crecía en el suelo del museo.
Sus pies, desnudos y firmes, comenzaron a pisotear los papeles ardientes. Las llamas, lejos de consumirlo, parecían revolcarse con él en una danza de comunión. Los funcionarios se taparon las narices, quejándose del "humadero tóxico" que manchaba sus trajes de lino, viendo solo un desorden sucio donde había un sacrificio sagrado.
El Final
A través de la densa cortina de humo negro y ocre, la mirada del artista se desprendió del presente. Ya no veía las paredes blancas del museo ni las caras de asco de los burócratas. Entre los jirones de hollín, comenzaron a materializarse siluetas colosales: eran los antiguos tlaxcaltecas, los guerreros de la República que nunca fueron conquistados, los tlacuilos que pintaron la soberanía con sangre de nopal.
Los héroes de la tierra antigua estiraban sus manos hacia él desde el fuego, reconociéndolo como uno de los suyos. El artista sorprendente entre las llamas, viendo la Tlaxcalentópolis nueva, la tierra prometea donde cada hijo llevaría la gloria en el ADN de la esperanza.
Mientras tanto, afuera, los guardias de seguridad llamaban a los bomberos, incapaces de ver que lo que se quemaba no era un papel, sino las cadenas de una ciudad que se negaba a despertar. El humo, para los poderosos, era solo contaminación; para el artista, era el velo que finalmente se levantaba para mostrar el horizonte del orgullo y la entereza.

Invitación a la Acción:
El arte verdadero no decora, destruye para volver a construir. ¿Crees que nuestra cultura necesita un "fuego purificador" para despertar de la somnolencia actual? Te invitamos a compartir tu reflexión sobre este relato ya sumarte a la Generación del Asterisco. ¡Tu pasión es el combustible de la nueva Tlaxcalentópolis!