Escribo esta crónica impulsada por la necesidad de alzar la voz y cuestionar aquello que, bajo el velo de la cultura, carece de sustancia. Me considero una voz crítica en los ámbitos que me conciernen, y en esta ocasión, mi mirada se posa sobre la revista "Piedra de Toque", dirigida por José Luis Puga.
Hace algunos años, en mi búsqueda por difundir mis textos y dar a conocer mi obra, me acerqué a "Piedra de Toque". Con la soltura que otorga la convicción, envié un correo electrónico exponiendo mi intención. La respuesta, sin embargo, fue desalentadora: los números de la revista y sus contenidos futuros ya estaban programados con hasta seis meses de antelación, y no se aceptaban más colaboraciones. Imaginé que el contenido que yo había ojeado en ediciones anteriores era el estándar, y que mi propuesta, quizás, no encajaba en ese espacio tan exclusivo. Mi réplica fue clara: no estaba dispuesto a esperar seis meses para ser considerada. La conversación terminó allí.
Mi conocimiento del director de esta publicación es limitado en lo personal, pero extenso en el tiempo, y su singular estilo, marcado por la pedantería y el engreimiento, es innegable. En ensayos previos sobre la cultura en Tlaxcala, señaló cómo el gobierno, en su afán de legitimación, intenta aglutinar a creadores, artistas y demás actores del ámbito. Sin embargo, esta congregación a menudo se convierte en un espacio para lo fatuo y lo hipócrita, donde solo unos pocos —o los meros aplaudidores— encuentran cabida.
En el caso específico de "Piedra de Toque", el problema radica en la soberbia y la falsedad. Lejos de fomentar el debate o enriquecer el quehacer cultural, sus contenidos, aunque pulcros y propios de un editorialista experimentado, carecen de impacto. No sorprenden, no incitan a la reflexión crítica, ni impulsan al lector hacia posturas más progresistas o humanistas. En definitiva, la forma prevalece sobre el fondo, y en un mundo donde la autenticidad escasea, la humildad se erige como un valor fundamental. La soberbia, por el contrario, solo construye muros que aíslan y empobrecen el verdadero diálogo cultural.
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