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miércoles, 15 de abril de 2026

EL ECO DEL SOL: DOÑA MARCELITA Y LA PARVADA DE LA NIEBLA

 

Imagen nostálgica y cinematográfica en blanco y negro de una calle de Tlaxcala en los años 70 al amanecer. Una densa neblina cubre el pavimento y los edificios coloniales. En primer plano, una mujer anciana y menuda (Doña Marcelita) con el rostro arrugado carga un fajo de periódicos, acompañada por un perro fiel (Pulgoso). Al fondo, las siluetas borrosas de tres niños corriendo con periódicos bajo el brazo, con el vaho de su respiración visible en el aire frío. La escena captura la esencia de un oficio perdido y la melancolía de una época pasada.

Una emotiva crónica que rescata la memoria de Doña Marcelita "La Lagartija" y los niños voceadores de la Tlaxcala de antaño, entre neblina y el eco del periódico El Sol.

Por Edgar Sánchez Quintana
Muchos dirán que Doña Marcelita, "La Lagartija", era un personaje amoroso y entrañable. La memoria oficial, esa que se cincela en bronce y se guarda en cápsulas del tiempo, suele suavizar las aristas de la realidad para convertir a los seres humanos en postales de nostalgia. Pero para mí, que andorreaba de chamaco por las calles de Tlaxcala en la década de los 70, la verdad tenía otro sabor: el sabor del frío en las manos, el peso del papel periódico y el recelo de un oficio que no admitía debilidades.

I. La Parvada de la Niebla

Corría una época en la que Tlaxcala no se despertaba con alarmas digitales, sino con el eco de nuestros gritos. Yo era un chamaco de ocho o nueve años, parte de una familia numerosa donde los recursos escaseaban y la necesidad sobraba. Cursaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata —esa que en la tarde se convertía en la Manuel Altamirano y que hoy, tristemente, agoniza bajo la amenaza de la demolición—.
Mi jornada comenzaba antes de que el sol se atreviera a clarear. La ciudad era entonces un sudario de neblina espesa que bajaba de los cerros y se instalaba en las calles como una presencia física. A esa hora, cuando la "gente de bien" aún se arropaba en sus cobijas, nosotros, la parvada de chamacos gritones , corríamos hacia el centro de distribución del periódico El Sol de Tlaxcala , en la calle Independencia.
En ese entonces, El Sol era por antonomasia el diario; no había otro. Y nosotros éramos sus pulmones. ¡El Soooool, el soooool, el soooool!, gritábamos por las amplias calles, rompiendo el silencio de una capital que parecía detenida en el tiempo.

II. La Dueña del Territorio

Fue allí donde conocí a Doña Marcelita. La investigación dice que se llamaba Marcelina Méndez y que venía de San Esteban Tizatlán, pero para nosotros era simplemente la dueña de la calle. Era una mujer menuda, un poco jorobada, con la piel tostada y una abundancia de arrugas que parecían surcos labrados por el mismo sol que vendía. Tenía pocos dientes, pero una voluntad de hierro y un recelo absoluto por su bolsillo.
Marcelita no era la "viejecita dulce" de los cuentos. Era una trabajadora curtida que nos regañaba si invadíamos sus zonas. Ella ya tenía su clientela fija, sus esquinas ganadas a pulso de años de constancia. A nosotros nos dejaba las calles aledañas, aquellas de poco mercado, donde solo la gritadera y la insistencia nos permitían vender algún ejemplar.
Caminaba siempre con un perro que era su sombra: el famoso "Pulgoso". Mientras ella acomodaba con agilidad los fajos de las distintas secciones del diario, el perro se echaba cerca, vigilante, esperando la señal para iniciar la venta pronta y ágil. Años después, la vi entrar a las oficinas del periódico con una confianza que solo da la jerarquía del oficio; directores y periodistas la conocían y la respetaban. Ella era, en efecto, el último eslabón —y quizás el más fuerte— de la cadena del periodismo.

III. El Silencio de Antaño

Hoy, esa época no puede recordarse de otra forma más que por la imagen de Doña Marcelita y su perro. Pero mi memoria va más allá de la estatua que hoy descansa en el Parque de la Juventud, lejos de su zócalo original. Mi memoria se queda en esas mañanas de neblina, donde el vaho de nuestra respiración se mezclaba con el olor a tinta fresca.
Esos niños gritones, que trabajábamos mientras la ciudad dormía, hemos dejado de existir. Fuimos una generación que aprendió el valor de la moneda y la dureza del asfalto antes de terminar la primaria. Ahora, ese Tlaxcala de calles vacías y voceadores infantiles ha quedado sepultado bajo el ruido de la modernidad y la demolición de los edificios que nos vieron crecer.
Doña Marcelita, "La Lagartija", no fue solo una mujer que vendía periódicos. Fue el testimonio vivo de una Tlaxcala que sabía que la historia se escribe todos los días, a mano, y se reparte a gritos antes de que salga el sol. Que estas palabras sirvan para que, aunque los edificios caigan, el eco de aquel grito —¡El Soooool!— siga resonando en la memoria de quienes alguna vez fuimos parte de la parvada de la niebla.
Invitación a la Acción:
Los personajes populares son los verdaderos guardianes de la identidad de una ciudad. ¿Recuerdas a Doña Marcelita oa los niños voceadores de tu infancia? Te invitamos a compartir tu anécdota en los comentarios ya no permitir que el olvido demuela nuestra historia compartida. ¡Tu recuerdo es el sol que ilumina nuestro pasado!

domingo, 29 de marzo de 2026

Los objetos que no debían tocarse (Cuaderno del umbral)

 



Un investigador de la Universidad de El Cairo escribe frente a las pirámides y traza una línea invisible entre el saqueo del Museo Nacional de Irak, la guerra actual contra Irán y las expediciones ocultas del nazismo. Una crónica que no afirma: insinúa. Y en esa insinuación está el verdadero peligro.

(Notas de campo desde El Cairo)

Escribo esto frente a las pirámides.
No como quien contempla, sino como quien es observado. Las tres moles —antiguas hasta el exceso, precisas hasta la sospecha— se recortan contra un cielo que no cambia nunca, como si el tiempo aquí hubiera decidido no avanzar, sino acumularse en bloques de piedra inescrutables.

El desierto no está vacío. Es un archivo. Uno que no se deja leer de frente.
Desde mi posición como investigador asociado a la Universidad de El Cairo, y enviado —no oficialmente— un documental las variaciones narrativas de los conflictos contemporáneos, aprendí que la guerra no comienza con el primer disparo. Comienza cuando ciertos datos dejan de circular. Cuando el lenguaje se vuelve selectivo. Cuando la verdad adopta la forma de un permiso concedido a cuentagotas.

Durante los primeros meses de la Guerra de Irak, hubo informes —breves, mal archivados, casi incómodos— sobre movimientos dentro del Museo Nacional que no correspondían al caos generalizado del pillaje. No fue el desorden ciego de la turba. Fue otra cosa. Una precisión quirúrgica, silenciosa.

No fue saqueo. Fue clasificación.
No hay pérdida de combustible. Fue traslado.
Se llevaron piezas que no estaban en las guías turísticas. Objetos que ni siquiera los custodios más antiguos del museo podrían describir del todo sin recurrir a palabras imprecisas, casi avergonzadas: “fragmento”, “disco”, “inscripción no catalogada”. Artefactos cuya importancia parecía depender de estar completos… aunque nunca se supiera completos de qué.
Nadie hizo demasiadas preguntas. O, mejor dicho, nadie que pudiera hacerlas fue escuchada.
Años después, cuando el foco geopolítico se desplaza y la tensión vuelve a centrarse entre Irán, Estados Unidos e Israel, el discurso público insiste en las variables conocidas, en la retórica de siempre: seguridad, equilibrio, prevención, la hegemonía del petróleo.
Pero al superponer los mapas —los visibles y los subterráneos— aparecen coincidencias que no responden del todo a esas explicaciones. Hay algo en la insistencia que no termina de encajar. Como si la guerra no fuera únicamente por lo que se declara en los atriles diplomáticos. Como si, en algún nivel que no alcanza el lenguaje oficial, ya se supiera algo. Algo antiguo. Algo enterrado en capas de civilización sobre civilización, en esa geografía donde alguna vez respiró Mesopotamia, y donde cada excavación es, en el fondo, una interrupción violenta del tiempo.
Trazó esquemas. No como teorías conspirativas, sino como insistencias. Zonas de conflicto que se repiten sobre territorios que alguna vez fueron nodos de poder ancestral. Intervenciones que parecen desproporcionadas si se atiende sólo a los recursos inmediatos. Tiempos de espera —como el de Irán, aguantando el golpe— que no son pasividad, sino una densa y oscura anticipación.
Como si algo hubiera sido previsto. No políticamente. Sino en otra escalada.
A veces pienso en la famosa portada de The Economist , esa que cada año organiza símbolos como si fueran piezas de un lenguaje que se resiste a revelarse por completo. No hay pronóstico. Sugiere. Y en esa sugerencia hay una forma de poder absoluto: la de quien no dice, pero orienta la mirada.
Aquí, frente a las pirámides, esa lógica adquiere otra dimensión. Porque estas estructuras no sólo resisten el tiempo: lo organizan. Hay teorías suficientes para explicarlas, pero ninguna definitiva. Eso, en sí mismo, es una forma de conocimiento velado.
Un colega —cuyo nombre no puedo consignar en estas páginas— me dijo hace unos meses, en un pasillo de la universidad demasiado iluminado para conversaciones de este tipo:
—El error es pensar que buscan objetos.
No elaboró ​​más. No hizo falta. Si lo que se extrajo en Irak no eran reliquias sino componentes, entonces la pregunta cambia. Ya no es “¿qué se llevaron?”. Sino: ¿qué falta por ensamblar?
Revisó documentos de archivo relacionados con la Segunda Guerra Mundial, en particular aquellos que rozan las búsquedas no convencionales impulsadas durante el régimen de Adolf Hitler. Las divisiones que no avanzan sobre ciudades, sino sobre símbolos, rastreando la energía vril , el origen, el acceso. Palabras que nunca se definieron del todo. No hay pruebas concluyentes. Hay patrones. Interés en lo esotérico, expediciones fuera de toda lógica militar, una insistencia en conocimientos que no encajan en la tecnología de su tiempo.

Hoy, la pregunta no es si esas historias son ciertas. La pregunta es más incómoda: ¿por qué se repiten? ¿Por qué, cada vez que una potencia se aproxima a territorios antiguos, la guerra adopta una forma excesiva, desproporcionada, casi irracional?
El desierto, mientras tanto, permanece. Seco. Claro. Implacable. Aquí, la luz no oculta: exponen demasiado. Y, sin embargo, hay cosas que ni siquiera esta claridad logra revelar.
Si existiera —y no afirmo que existe— un umbral, no sería un portal en el sentido ingenuo de la ficción. No sería una puerta brillante de la que emergen ejércitos. Sería una configuración. Un estado. Una coincidencia precisa entre elementos dispersos en el tiempo y en la geografía. Algo que no se abre. Algo que ocurre .
Y si eso fuera cierto —aunque sólo sea como hipótesis metodológica en este cuaderno— entonces las guerras no serían únicamente disputas por territorio o recursos. Serían también intentos, fallidos o deliberados, de aproximarse a ese punto donde la realidad deja de ser estable.
Escribo esto mientras el sol desciende y proyecta sombras que no parecen pertenecer del todo a los cuerpos que las generan. Las pirámides permanecen. Como si supieran. Como si hubieran sido testigos de otras búsquedas, de otras guerras, de otros hombres convencidos de estar cerca de comprender algo que, quizás, no está hecho para ser comprendido por la mente humana.
Este texto no es una conclusión. Es un registro. Un intento de no dejar que ciertas preguntas desaparezcan bajo el ruido de los misiles. Porque si algo he aprendido en este trabajo de atar cabos sueltos, es que lo verdaderamente importante no siempre es lo que se sabe, sino aquello que, de manera persistente, sistemática y aterradora, no se permite saber.
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martes, 24 de marzo de 2026

Campo de visión

 

Hombre sentado en una banca urbana, con viseras oscuras formadas orgánicamente a los lados de su rostro y un cordón umbilical de luz azul que conecta su pecho con el teléfono encendido, mientras la ciudad viva y luminosa continúa a su alrededor sin que él la perciba.

Una crónica observacional sobre la hiperconexión y el sometimiento digital, donde un sujeto pierde su atención y vitalidad al ser absorbido por la pantalla, transformando su percepción de la realidad.

"La atención es la forma más rara y pura de la generosidad, pero cuando se desvía, es también la forma más silenciosa de sometimiento."


Al principio no parecía distinto.
Estaba sentado, como cualquiera, con el teléfono en la mano. No había nada excepcional en la escena: una banca, el ruido de la calle, el ir y venir de la gente que no se mira entre sí. La postura era conocida: ligeramente encorvado, los codos recogidos, la mirada fija hacia abajo.
Lo observé unos minutos antes de notar el primer cambio.
No fue en el cuerpo, sino en la forma en que miraba.
Su atención ya no parecía desplazarse. No recorría el entorno, no se detenía en los rostros, no reaccionaba a los sonidos cercanos. Todo su campo visual estaba contenido en la superficie luminosa del dispositivo. Como si la mirada hubiera dejado de ser apertura y se hubiera convertido en canal.
Pensé, en ese momento, que no era algo extraño. Que todos, en cierta medida, estábamos ahí.
Pero luego ocurrió algo más.
No sabría decir exactamente cuándo empezó, pero la sensación era clara: su campo de visión se había estrechado. No físicamente —sus ojos seguían abiertos—, sino en la forma en que el mundo llegaba a él.
Era como si algo, invisible pero preciso, se hubiera colocado a los lados de su mirada. Una limitación suave, casi imperceptible, que impedía que lo lateral existiera. No giraba la cabeza. No parecía necesitarlo.
La imagen que me vino fue la de esas viseras que se colocan a los animales de carga para evitar que se distraigan.
Solo que aquí no había nadie colocándolas.
Se estaban formando.
Continuó desplazando el dedo.
Cada gesto era breve, automático, suficiente. No había pausa entre uno y otro. No había retorno. Lo que aparecía en la pantalla no se acumulaba: se reemplazaba.
Entonces noté algo más.
Su cuerpo seguía ahí, pero había perdido cierta disponibilidad. No se trataba de inmovilidad total, sino de una reducción progresiva de posibilidades. Como si cada movimiento estuviera condicionado por la necesidad de no interrumpir lo que ocurría en la pantalla.
Se acomodó apenas, sin levantar la vista.
El entorno comenzó a volverse secundario.
Una mujer pasó frente a él con bolsas en las manos. Un automóvil frenó más cerca de lo habitual. Alguien dijo algo en voz alta. Nada de eso produjo respuesta.
El teléfono, en cambio, sí.
En la pantalla aparecían imágenes que reconocí: comida, calles, cuerpos, paisajes. Nada que no pudiera existir fuera de ahí. Y sin embargo, había una diferencia difícil de precisar.
No era la calidad, ni el color, ni el encuadre.
Era la forma en que se ofrecían: completas, inmediatas, sin resistencia.
No exigían nada de él.
Solo el siguiente gesto.
Fue entonces cuando apareció lo que, hasta ese momento, no había querido nombrar.
No lo vi de golpe. Se insinuó primero como una tensión, una dirección. Algo que no pertenecía del todo al cuerpo, pero que comenzaba a organizarlo.
Una especie de vínculo.
No material, pero tampoco imaginario.
Partía de él —o más bien, de una zona difícil de ubicar entre el pecho y el abdomen— y se dirigía hacia el dispositivo. Un cordón umbilical translúcido. No era rígido, ni visible en términos ordinarios, pero estaba ahí, operando, latiendo con cada parpadeo de la pantalla.
Cada interacción lo tensaba un poco más.
No parecía alimentarlo.
Más bien lo contrario.
Había en ese vínculo una transferencia constante, casi tranquila, de algo que no se agotaba de inmediato, pero que tampoco se reponía. No era energía en un sentido físico, sino disposición, presencia, atención. Su vitalidad estaba siendo succionada lenta, rítmica y silenciosamente.
Tiempo.
El teléfono no cambiaba.
Él sí.
Su respiración se volvió más superficial. Su postura más fija. Su entorno más lejano.
Intenté ubicar el momento en que podría haber decidido detenerse.
No lo encontré.
Porque no había decisión en juego.
Solo continuidad.
Las viseras —si así podían llamarse— ya no eran una impresión. Eran una condición. No bloqueaban el mundo, pero lo volvían irrelevante.
Todo lo que no estaba frente a él carecía de urgencia.
Todo lo que estaba dentro del dispositivo era suficiente.
En algún momento, levantó ligeramente la cabeza.
No para mirar alrededor, sino como quien reajusta el ángulo de acceso a lo mismo.
Sus ojos no buscaron nada fuera.
Regresaron de inmediato.
El vínculo no se rompió.
Se estabilizó.
Las imágenes siguieron pasando: un paisaje natural que él no visitaría, un cuerpo que no tocaría, una comida que no probaría. Todo disponible, todo inmediato, todo cerrado sobre sí mismo. Cosas que en su realidad podrían haber sido naturales, ahora pasaban a ser artificiales en su nueva existencia, en su nuevo ser.
Pensé entonces que no estaba viendo representaciones.
Estaba habitando otra forma de lo real.
Una donde lo natural ya no era experiencia, sino contenido.
Donde lo cercano no competía.
Donde el mundo había sido reemplazado, no eliminado.
Nadie más parecía notarlo.
Quizá porque no había nada que ver, en el sentido habitual.
O quizá porque la escena ya no era excepcional.
Antes de irme, lo miré una vez más.
Seguía ahí.
Conectado, contenido, suficiente.
El entorno continuaba moviéndose.
Él no.
Y por un momento —breve, incómodo— la duda no fue qué estaba perdiendo él,
sino si nosotros, al observarlo,
ya habíamos empezado a perder lo mismo.
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