Translate

jueves, 22 de diciembre de 2011

Tlaxcala: El Despertar del Guerrero Interior

    
Descubre el mito del "Semidiós Tlaxcalteca" y el llamado al despertar de la Tlaxcaltequidad. Un viaje a la integridad y soberanía ancestrales frente al diseño moderno, por Edgar Sánchez Quintana.

La historia oficial, con su afán de ordenar el pasado en líneas rectas y genealogías de poder, a menudo congela la identidad de un pueblo en un museo de anécdotas convenientes. Tlaxcala no es la excepción. Se nos ha contado una historia de alianzas y traiciones, de un pueblo guerrero cuya bravura fue instrumentalizada. Pero, ¿y si esa historia fuera solo la capa más superficial de una verdad mucho más profunda y antigua? ¿Y si la verdadera "tlaxcaltequidad" no reside en los archivos de los conquistadores, sino en un legado cósmico y espiritual que duerme en la sangre de su gente?

Propongo aquí una interpretación distinta, una que no busca su validación en los documentos empolvados, sino en una genealogía del espíritu. Mi tesis es que el significado de Tlaxcala trasciende la etimología oficial de "lugar de pan de maíz". Propongo que su verdadero nombre resuena con un eco galáctico: "lugar donde habitan los guerreros a quienes les fueron quitadas sus alas". Esta no es una metáfora poética, sino la clave para entender una historia de origen cósmico y una posterior caída en el olvido.

Según esta visión, los habitantes originales de la región, los proto-tlaxcaltecas, eran seres de un estirpe muy antigua, provenientes de una "Tula lejana" situada en las inmediaciones de la estrella Sirio. Eran los Atla-Ra, sacerdotes-científicos de una civilización avanzada que, huyendo de guerras galácticas, encontraron refugio en este planeta. Su primera "caída" fue un acto de voluntad: cedieron parte de su poder y aceptaron la dualidad para experimentar la vida desde una nueva perspectiva. Sin embargo, este acto de desprendimiento los dejó vulnerables. La incompletitud generó duda, miedo y, finalmente, la dependencia.

Estos seres, que en su estado original eran semidioses íntegros y soberanos, comenzaron un lento proceso de olvido. La segunda "caída", mucho más devastadora, fue un cataclismo planetario —el Diluvio universal— que sumió al mundo en el caos y la oscuridad. El conocimiento ancestral se perdió, los centros energéticos del planeta colapsaron y la humanidad entró en una era de adormecimiento. En la región de Tlaxcala, los supervivientes se refugiaron en las zonas altas, dejando atrás un mundo convertido en una cenagal. El tepetate que hoy conforma el subsuelo de la región es el testigo mudo de aquella inundación primigenia.

¿Y cómo eran aquellos antiguos tlaxcaltecas, esos semidioses ahora dormidos? Su descripción física no difiere mucho de la del tlaxcalteca actual: de constitución menuda pero maciza, piel bronceada, cabello oscuro y una fortaleza innata. La diferencia no está en el cuerpo, sino en el espíritu. Los antiguos eran seres completos, incorruptibles, dueños de sí mismos. Su mirada, profunda y despierta, reflejaba la sabiduría de innumerables batallas cósmicas. Su sola presencia, ecuánime y serena, bastaba para derrotar a cualquier enemigo. Eran la encarnación de la integridad, la soberanía y el carácter.

Ese arquetipo del guerrero íntegro, cuya máxima expresión histórica fue Tlahuicole, no ha desaparecido. Duerme en el ADN de cada tlaxcalteca. La corrupción, la desgana, la sumisión y el espíritu de esclavo que vemos en la actualidad no son la verdadera esencia de este pueblo. Son los síntomas de una enfermedad, de un olvido profundo, de una amnesia espiritual que nos ha hecho olvidar quiénes somos y de dónde venimos.
La "tlaxcaltequidad", por lo tanto, no es un asunto de orgullo patriotero ni de lealtad a un estado feudal moderno. No se encuentra en los discursos de los tiranos en turno ni en las celebraciones folclóricas para turistas. La verdadera tlaxcaltequidad es un llamado a la autenticidad, un acto de rebeldía contra el adormecimiento. Es la búsqueda del guerrero interior, del ser original que aún tarde bajo las capas de condicionamiento histórico y social.
Figuras como el muralista Desiderio Hernández Xochitiotzin, a pesar de su confianza en la historia documental, encarnaron esta búsqueda a través de su arte, reafirmando una identidad tlaxcalteca en constante cambio. Pero el verdadero despertar no vendrá de los libros de historia ni de los monumentos, sino de un acto de introspección radical. Se trata de reconocer que la historia no es algo que nos constituye desde fuera, sino algo que llevamos dentro. Nosotros somos la historia viva, la totalidad y la suma de ese legado cósmico.

El desafío para el tlaxcalteca de hoy es sacudirse el letargo, recordar su origen estelar y reclamar la soberanía y la integridad que le fueron arrebatadas. Es dejar de ser el hombre dormido y corrupto para volver a ser el guerrero de mirada despierta, el ser completo que no necesita de nadie para validar su existencia. La tarea es monumental, pero el camino está trazado en la memoria de la sangre. Se trata, en esencia, de volver a desplegar las alas.

viernes, 16 de diciembre de 2011

La Praxis Incompleta: Una Reflexión sobre Adolfo Sánchez Vázquez y la Filosofía en México





Filósofo anciano de cabello blanco y lentes redondos escribe con intensidad en un escritorio lleno de libros filosóficos en una biblioteca universitaria de Ciudad de México al atardecer, con un ejemplar de El Capital y manuscritos a la vista, evocando el exilio intelectual y la praxis filosófica.
Una reflexión personal y filosófica sobre el legado de Adolfo Sánchez Vázquez, el gran filósofo del exilio español en México. El autor revisita su propia formación intelectual para explorar por qué la filosofía de la praxis no cuajó en el México de los años ochenta.

Por: Edgar Sánchez Quintana

La noticia de la muerte de un maestro resuena de formas inesperadas, impulsándonos a revisitar las ideas que nos constituyeron. La partida de Adolfo Sánchez Vázquez, acaecida en julio de 2011, me transporta a los tiempos en que, como estudiante y aprendiz del oficio filosófico, recorría los Congresos Nacionales de Filosofía. En ese ecosistema intelectual, Sánchez Vázquez era una figura central, una de los que llamábamos con una mezcla de reverencia y distancia las "vacas sagradas". Su trayectoria, forjada en el crisol del exilio republicano español, era ya un vasto territorio de pensamiento que había contribuido decisivamente a la fisonomía de la filosofía mexicana moderna.
.
El legado de los transterrados españoles, esa brillante generación de intelectuales que el franquismo arrojó a nuestras costas y que el México de Lázaro Cárdenas supo acoger, fue un motor de renovación para las humanidades en el país. Sánchez Vázquez fue uno de sus más preclaros exponentes, inyectando en la academia mexicana un marxismo crítico, abierto y profundamente humanista que contrastaba con las versiones dogmáticas que circulaban en otras latitudes. Mi propia formación filosófica se debatió en la tensión de esas ideas: por un lado, el marxismo-leninismo que autores como él defendían y, por otro, las corrientes en boga como la filosofía latinoamericana, la fenomenología, el estructuralismo y el giro lingüístico. En este ensayo, rememoro esa encrucijada para explorar por qué la categoría central de su pensamiento, la praxis , nunca pareció cuajar del todo en el terreno intelectual mexicano de los años ochenta.

La Filosofía de la Praxis como Proyecto Crítico

El núcleo del proyecto filosófico de Sánchez Vázquez fue el rescate de la praxis como categoría fundamental, no solo para el materialismo histórico, sino para la filosofía en su conjunto. En su obra capital, Filosofía de la praxis (1967), la define como una actividad humana transformadora —teórica y práctica— que media entre la conciencia y la realidad. Para él, el problema fundamental de la filosofía no era la relación ontológica entre ser y pensar, sino la forma en que el ser humano, a través de su acción consciente, transforma el mundo y se transforma a sí mismo.
.
Esta concepción se oponía frontalmente al materialismo dialéctico dogmático, que había reducido el marxismo a un conjunto de leyes mecanicistas. Sánchez Vázquez, en línea con pensadores como Antonio Gramsci, buscaba devolverle al sujeto su papel activo y creador. La praxis, por tanto, no es mera práctica o activismo; es la unidad dialéctica de la interpretación y la transformación, la teoría que se realiza y la acción que se piensa. Era una invitación a que la filosofía abandonara la mera contemplación y se convirtiera en una fuerza efectiva para la emancipación humana.

Un Terreno Espinoso: La Filosofía Mexicana en los Ochenta

Sin embargo, esta potente idea encontró un suelo difícil en el México de los ochenta. El ambiente filosófico era un vibrante pero fragmentado "tuttifrutti" de posturas importadas. Mientras en Europa se procesaba el post-existencialismo de Sartre y emergían con fuerza las figuras de Wittgenstein, Foucault, Bachelard o Derrida, en México estas corrientes llegaban como un mosaico de opciones teóricas que a menudo se adoptaban sin un anclaje profundo en la realidad local. La filosofía, en muchos círculos, corría el riesgo de alejarse de su ambiente vital para convertirse en una suerte de sociología de las ideas o en una exégesis de pensadores foráneos.

En este contexto, la propuesta de Sánchez Vázquez enfrentaba una paradoja. El marxismo que él defendía tenía un impulso innegable, nutrido por el legado del 68, las influencias trotskistas y los ecos de los procesos revolucionarios en Cuba y Chile, que alimentaban a una izquierda política en gestación. No obstante, la idea de una filosofía de la praxis, que exigía una articulación robusta entre la universidad, los movimientos sociales y un proyecto político concreto, parecía no encontrar los canales para realizarse plenamente. Como sucede con la crítica de Habermas a la colonización del mundo de la vida por el sistema, donde los modos de entendimiento comunicativo se ven obstruidos por una racionalidad instrumental.
, en el México de entonces la sociedad no parecía lo suficientemente permeable o articulada para que la praxis filosófica encontrara un agente colectivo claro.

El problema, como bien se intuía en aquellas discusiones, era la ausencia de un "constructor" o un "simiente" propio. La filosofía mexicana parecía tener dificultades para digerir y adaptar las corrientes externas. El "afrancesamiento" o la "europeización" no eran aptos para una cultura que aún debatía su propia identidad, un debate en el que incluso el pensamiento latinoamericanista, que abogaba por una identidad continental, encontraba tropiezos para generar consensos.

Conclusión: El Legado de una Intención

Adolfo Sánchez Vázquez puso en la palestra una de las versiones más ricas y fecundas del pensamiento marxista. Su insistencia en la praxis como una filosofía de la transformación radical sigue siendo un llamado vigente contra la especulación estéril. Sin embargo, el hecho de que su proyecto no "cuajara" como fuerza hegemónica en México no debe leerse como un fracaso de su teoría. Fue, más bien, el síntoma de un campo intelectual fragmentado, donde las ideas, por más potentes que eran, tenían problemas de "enraizamiento".

Su pensamiento, como el de otros exiliados, enriqueció inmensamente el panorama filosófico mexicano, abriendo horizontes críticos indispensables. Aunque la praxis no se convirtiera en el motor de la transformación social a la escala que él habría deseado, su obra nos legó las herramientas para seguir pensando la relación ineludible entre la filosofía, la crítica y la posibilidad de un mundo más humano. Repasar su pensamiento hoy no es un acto de nostalgia, sino una forma de reactivar una pregunta fundamental: ¿cómo puede la filosofía volver a ser una práctica de la libertad?

Referencias




miércoles, 7 de diciembre de 2011

Las corridas de toros, Un pasaje por sus connotaciones simbólicas.


Imagen cinematográfica e hiperrealista. En el centro, un torero con un vibrante traje de luces realiza un pase elegante con un toro. El toro es poderoso y musculoso, con una expresión feroz, pero también con un sentido de compromiso ritual. La arena está tenuemente iluminada, con un foco dramático sobre el torero y el toro, enfatizando su danza. En el fondo, se aprecian sutiles superposiciones, casi fantasmales, de combates de gladiadores romanos antiguos, insinuando las raíces históricas. Los elementos rojos (sangre, capote) son prominentes pero estilizados, no sangrientos. La atmósfera es intensa, ritualista y sutilmente erótica, capturando la danza primal entre el hombre y la bestia.


Descubre las profundas connotaciones simbólicas y el erotismo oculto en las corridas de toros. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que explora la historia, la metafísica y la psicología de la fiesta brava.


Por Edgar Sánchez Quintana

Asistir a una corrida de toros es, de alguna u otra manera, sorprendente, sobre todo si nunca antes nos había llamado la atención. Al presenciar la fiesta brava, emergen nuevas experiencias y elementos ocultos de nuestro carácter, sentidos que despiertan y se hacen presentes. Los conocimientos previos sobre los toros se empequeñecen al tener la oportunidad de ver y apreciar en vivo tal festividad.

La oportunidad se me presentó por pura casualidad, como muchas cosas en mi vida. Con un boleto regalado en mis manos, no quedaba más que cruzar el portón de la plaza de toros para apreciar el espectáculo. Soy un hombre dedicado a las letras, un "ratón de biblioteca", por lo que prefiero evitar espectáculos y aglomeraciones. Tiempo atrás, había leído un pequeño folleto de principios de siglo que calificaba la corrida de toros como una "salvajada" que debía prohibirse por el bien de las buenas costumbres y el respeto a las reglas más puras del cristianismo temeroso de Dios. Más adelante, tuve la oportunidad de leer otro texto sumamente interesante sobre la fiesta brava: El Espejo Humeante de Carlos Fuentes. En uno de sus primeros capítulos, Fuentes desarrolla los conceptos teóricos e históricos vinculados a las corridas de toros, remontándose a la cultura romana, al circo y al coliseo como cimientos históricos de lo que hoy presenciamos. Aunque haya variado tanto, en el coliseo romano no solo se enfrentaban toros, sino bestias de las más diversas clases contra pobres e indefensos cristianos o malhechores (en aquellos tiempos, la diferencia no era mucha). Esto contrasta con el capoteo actual, pues en tiempos del Imperio Romano, los hombres eran atados a un poste central para no darles tiempo de escapar y facilitar la tarea a los animales carnívoros. Uno puede imaginar la mezcla de griterío en las gradas, el coro griego, los instrumentos de viento, tambores y cuerdas, los rugidos de la bestia, los estertores del hombre que observa cómo la bestia le hinca los colmillos y le desgarra las piernas o el tórax. Supongo que eso no nos resultaría muy agradable de ver, por más desalmados y de sangre fría que seamos; la crueldad es denigrante para cualquiera. En la cúspide del Imperio Romano, existían distintas formas de muerte para los delincuentes, como la crucifixión, pero esta era muy lenta y carecía de emoción, por lo que la gente prefería el circo romano, que era más bien "pan y circo" para la horrible población. El circo romano era el sitio de reunión de todas las clases de la ciudad: el emperador como máxima autoridad, luego los senadores, su séquito, las distintas castas y, finalmente, los esclavos y las mujeres. Era un espectáculo que duraba todo el día. Al final, todos se sintieron complacidos: el emperador había demostrado su poder, los ciudadanos habían disfrutado y los esclavos no sentían deseos de rebelión.

En la fiesta de los toros se ven implicados distintos conceptos dicotómicos. Es una lucha casi metafísica entre el bien y el mal, un encuentro guerrero entre las fuerzas salvajes de la naturaleza y el poder humano de la razón. Es una confrontación entre lo irracional, lo voluptuoso y salvaje contra las leyes básicas de la óptica, la lógica y el porte gallardo y humano. Las ideas de la muerte de la bestia o el triunfo del hombre sobre ella nos llegan desde los mitos griegos (recordemos al Minotauro, mitad hombre, mitad bestia) o los mitos escandinavos de luchas con bestias aladas y dragones, donde el héroe, el salvador del pueblo, el semidiós, es quien triunfa. Es el hombre quien sale victorioso —aunque algunas veces el toro lo coge— de una lucha igual, cada uno con sus armas. En muchas ocasiones se ha dicho que la fiesta de los toros es inhumana porque se hace sufrir a un animal. Yo pienso que no; lo menos que se busca es hacer sufrir, y la muerte está calculada cronométricamente. Si el matador no logra una buena estocada o yerra varias veces, lo que consigue es la rechifla del auditorio y el castigo de la autoridad. Aún más, y en muchas ocasiones, los más abucheados y maldecidos son los picadores, quienes deben cuidarse de no castigar demasiado, porque con los chiflidos y gritería les recuerdan muchas cosas.

Este festival de toros me hizo recordar que, como humanos, seguimos siendo carnívoros, depredadores, cazadores, y continuamos doblando a las fieras salvajes con inteligencia. Tal vez se piense que este espectáculo es para hombres muy machos, pero las estadísticas demuestran lo contrario, puesto que un muy buen porcentaje de los asistentes a la plaza de toros son mujeres, por lo siguiente: la fiesta brava tiene su lado erótico, y esto no es una invención mía, está teóricamente documentado. Desde el toro con un peso descomunal, el cuerpo bien proporcionado, los testículos colgando, el pelaje brilloso y sus carnes fibrosas y duras, su fiereza, lo salvaje, el temperamento y su sangre bañando su lomo, hasta el torero con su traje de luces bien entallado, mostrando en una especie de bolsa ceñida entre las piernas el pene y los testículos. Es el hombre delgado, gallardo y bien emplomado en el ruedo, así como su simpatía, la belleza del cuerpo viril mostrándose en un baile que me recuerda a las aves del paraíso o los pavos reales, y luego la sangre, el rojo encendido. Todos estos son elementos eróticos altamente sexuales. Ver la sangre en el lomo del morlaco es un afrodisíaco; las banderillas anuncian una penetración en ese rojo encendido, y luego la penetración profunda en esa herida, la descarga al interior con un arma larga y delgada. El éxtasis del momento es la penetración de la espada; entonces se produce en el espectador una especie de catarsis momentánea y luego la calma, el respiro. Podría interpretarse como un coito público, donde no hay ganadores; el evento es lo más importante. Más de un asistente seguramente tiene fantasías sexuales o termina la tarde con alguien en la cama, y ​​esto no es exagerar.

Recuerdo que a la salida de la plaza, un grupo de mujeres solteras y bellas hablaban de "una cogida del toro", luego se referían a ellas, lanzándose una pelotita verbal. Se veían muy entusiasmadas y, sobre todo, excitadas. Camino a casa, por las calles, me puse a reflexionar sobre la manera de potenciar estos eventos, viendo el resultado que asoma a las mujeres.


domingo, 4 de diciembre de 2011

Los Encantos del Pasado: Una Reflexión sobre la Tauromaquia

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un hombre reflexivo observa una escena que fusiona el pasado y el futuro de la tauromaquia. Se superponen elementos de una corrida de toros tradicional con un torero y un toro, y un toro robótico futurista. El escenario es una plaza de toros que combina arquitectura clásica con tecnología avanzada. La atmósfera es de crítica y contemplación sobre la tradición, la evolución del entretenimiento y la ética de la interacción humano-animal. La iluminación dramática resalta el contraste entre épocas y el proceso de pensamiento del observador.

Descubre cómo la percepción de la tauromaquia evoluciona desde la fascinación juvenil hasta una profunda reflexión ética. Edgar Sánchez Quintana explora el pasado y el futuro de la fiesta brava, cuestionando su lugar en la conciencia moderna.

Por Edgar Sánchez Quintana

Los encantos del pasado han hecho mella, y desgraciadamente ya no comulgo más con ciertas tradiciones. Recuerdo aquellos años de juventud, evocando la canción de "un domingo en la tarde, me tiré al ruedo, para salvar las ansias de novillero, torero... despliega el capote sin miedo, sin miedo a la muerte...". Observando esos animales majestuosos en los rediles de la plaza de toros "Jorge 'El Ranchero' Aguilar" de Tlaxcala, me gustaba gritar como ranchero de pueblo y llamar la atención del astado. Era vernos y sopesar su imponencia, su brío, su porte de bestia indómita, claro, eso desde una distancia prudente, como dice el dicho: "de lejos se ven los toros". Y yo, como mocoso citadino, no conocía de animales de rancho más que como carne de mercado. Después, vio cómo la tarde se iba acomodando para recibir una corrida de toros sabatina, con la promesa de ser de las mejores.

Los sitios se engalanaban al comenzar el mediodía, pues empezaban a llegar esos hacendados ricos, gachupines de siempre, güeros ataviados de charro y mujeres asombradas y vaqueras. Me imagino que para aquel entonces yo no era otra cosa para ellos más que un pinche chamaco pendejo y mocoso vendedor de chicles. Ellos venían de Hidalgo, de Toluca, de Querétaro, de las haciendas de la región; gente adinerada, gente encopetada, muchachos de abolengo, críticos paridos de casta y profusa alcurnia, y eso era bueno, imagínense si no. Me tocaba verlos desfilar por esos pasillos hacia las gradas; algunos eran "gente muy importante" y se acomodaban en lugares de mucho privilegio. Otros se acomodaban en gayola, y los demás en la barda de lo alto que colinda con el exconvento de San Francisco. Eran aquellos que querían disfrutar de la fiesta brava a todo mecate, y se agenciaban también su pulque, aguardiente o alguna otra bebida espirituosa de poca monta, y hacían la rechifla, las mentadas de madre y el escándalo propio de barriada, de la prole, de la chusma vulgar e ignorante. Y entonces allí estaba yo, viendo el espectáculo de luces, es decir, del traje de luces que viste el torero. Después de la faena, los mocosos salíamos corriendo hacia donde sacan al toro de la plaza y lo destazan. Observaba cómo los briosos caballos tiraban de la bestia recién muerta y empezaban a despellejarla ya cortarle las patas; Observaba cómo salía vapor de la carne, y cómo algunas gentes tomaban de su sangre en vasos para hacerse más machos, cosa que para mí era demasiado desagradable y me provocaba náuseas. Me gustaba mezclarme con la gente del pueblo, observar sus actitudes, su parsimoniosa manera de tomar la vida, de vivir las tradiciones, de regodearse de su forma de ser, de existir.

Pues bien, han sido tiempos ya muy viejos, y mi postura ante tal tradición ha evolucionado. Ahora expongo el porqué.

¿Quién soy yo y quién es él? Me refiero al animal. Yo sé quién soy yo, y me considero un humano, un hombre, es decir, un ser vivo que experimenta una existencia o realidad de hombre y que pertenece a la humanidad que habita este planeta. El significado de humano es "hu-man-o", o sea, "alto hombre", o "ser que viene de lo alto o se dirige hacia allá". El nivel de conciencia del individuo es quien determinará las características de su actuar, pensar y decir. A menor grado de nivel de conciencia, obedece un menor conocimiento de las leyes de la creación y de respeto a su ser y su entorno; del mismo modo, a mayor conocimiento de sí mismo y de su entorno, obedece un actuar, un decir y un hacer que corresponde con ese conocimiento elevado. Hasta este punto he definido, de manera tal vez tosca y con prisa, pero suficiente para este apartado. ¿Pero quién es el animal? El animal es un ser vivo, es alguien experimentando una realidad como animal en segunda densidad. ¿El animal tiene conciencia? Sí, sí la tiene. Alguien les ha llamado "hermanos menores", pero para mí somos iguales, amados por Dios y la creación del mismo modo, con la misma fuerza. ¿Por qué someter a mi hermano a tal vileza, a tal burla, a continuar esta tradición torcida y muy "artísticamente taurina"? ¿Por qué no inventan unos toros mecánicos robotizados para que el torero tenga ciertas posibilidades de matarse "artísticamente" y sea una faena de muchas entradas? Y en lugar de orejas y rabo, se le pueden conceder al capoteador un trofeo o unas medallas con la figura de Cepillín o con la efigie de la Virgen de Juquila, todo para no demeritar su oficio. Yo digo que en Tlaxcala, México, todo puede ser posible, desde ser un sitio de mayor tradición charra y de toros de lidia hasta ser el emporio del comienzo de las corridas de toros de lidia mecánicos robotizados para goce y disfrute de la fiesta más brava.