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miércoles, 18 de marzo de 2026

Bajo la misma sirena

 

Dos enfermeras —una con hiyab y otra con crucifijo— empujan la camilla de un anciano por el pasillo oscuro de un hospital en Tel Aviv hacia la puerta de un búnker, donde un joven con kipá les cierra el paso. Al fondo, el cielo nocturno arde con destellos de explosiones. Escena cinematográfica que ilustra la crónica "Bajo la misma sirena".



En un hospital de Tel Aviv, cuando la sirena anuncia el ataque, dos enfermeras y un paciente judío se enfrentan a algo más profundo que un misil: la pregunta de si el hombre puede ser refugio o sólo frontera. Una crónica sobre fanatismo, humanismo y la gracia que no llega del cielo, sino de una mano que decide no soltarse.

Edgar Sánchez Quintana

En Tel Aviv la sirena no anuncia: revela.
Antes de ser sonido, es presagio. Una vibración que se insinúa en el aire, como si algo —o alguien— estuviera a punto de irrumpir en la realidad con la violencia de lo inevitable.
Y cuando finalmente estalla, no todos escuchan lo mismo.
Para algunos, es el zumbido metálico de la muerte aproximándose con precisión balística. Para otros, es una grieta en el cielo: el rayo de un Dios que desciende sin pedir permiso. Hay quien la recibe como una llamada, casi una convocación secreta. Y hay quien —los menos— la percibe como una forma torpe, desgarrada, de salvación.

En el Tel Aviv Sourasky Medical Center, la sirena atravesó los muros con una autoridad absoluta, como si no perteneciera a este mundo sino a una capa más antigua, más profunda, donde la realidad todavía no se decide del todo. El hospital respiraba esa mañana con una normalidad impostada, casi teatral. Los pasillos, largos como una idea que no termina de formularse, estaban impregnados de ese olor quirúrgico —mezcla de cloro, cansancio y destino aplazado— que sólo tienen los lugares donde la vida se sostiene con alfileres invisibles.

Las luces blancas no iluminaban: interrogaban. Parpadearon apenas, lo suficiente para que todo adquiriera un matiz irreal, como si la escena fuera observada desde fuera de sí misma.
Mariam Haddad sintió el sonido como una advertencia conocida: no era Dios, no era destino, era la historia repitiéndose con obstinación. Caminaba con la precisión de quien ha aprendido a no desperdiciar movimientos; su mirada, oscura y concentrada, tenía la cualidad de los pozos: parecía guardar más de lo que mostraba. Ajustaba un suero con dedos ágiles, casi silenciosos, como si temiera despertar algo más que al paciente. Aun así, en el fondo de su pecho, algo tembló —una intuición que no alcanzaba a nombrar.

A unos metros, Elena Duarte inclinaba el cuerpo sobre un expediente. Su rostro, pálido y sereno, tenía esa serenidad engañosa de los cuadros religiosos: una calma que no es ausencia de conflicto, sino su contención. Al escuchar la sirena, levantó la mirada con una extraña claridad: por un instante, el alarido fue una voz. No un idioma, no una frase, sino una presencia. Algo que decía sin palabras: ahora.
Y Yaakov Ben-David la escuchó como confirmación.
Su rostro era un mapa de convicciones antiguas: líneas duras, mandíbula cerrada, una mirada que no vacilaba porque nunca había aprendido a hacerlo. Había sido educado en la rigidez de la certeza, donde la historia no es relato sino mandato, y el otro —siempre el otro— es una frontera. Para él, no había ambigüedad: si el cielo hablaba, lo hacía en la lengua de su pueblo. Si descendía un rayo, no era caos —era orden ejecutándose.
La sirena, entonces, no era una. Eran muchas. O mejor dicho: era una misma irrupción multiplicada en conciencias distintas.
El movimiento comenzó. No como decisión, sino como obediencia.

Los cuerpos reaccionaron antes que las ideas. Las manos se volvieron instrumentos, las voces órdenes cortas, las ruedas de las camillas un rechinar urgente, casi animal. El descenso al sótano era una coreografía conocida: puertas que se abren con violencia contenida, pasos acelerados que resuenan como un tambor irregular, respiraciones que se desacomodan. Un anciano tosía con una persistencia áspera, como si cada espasmo fuera un intento fallido de expulsar algo más profundo que el aire. Se aferró al borde de su camilla mientras descendían.
—Ya viene —murmuró, sin que quedara claro a qué se refería.
¿El misil? ¿La muerte? ¿Dios?
Nadie preguntó. Porque todos, de alguna manera, ya estaban respondiendo.
El sótano los recibió con su penumbra densa, con ese olor a encierro anticipado que tienen los lugares pensados para sobrevivir al final de algo. La puerta del búnker estaba abierta.
Y, sin embargo, no lo estaba.
Un joven con kipá, de postura rígida y ojos tensos —como si sostuviera el mundo con la pura voluntad— levantó la mano.
—Sólo residentes judíos.

La frase cayó pesada, como un objeto fuera de lugar. Incluso esa orden, dicha con rigidez aprendida, parecía menor frente a lo que todavía flotaba en el aire: esa sensación de que algo más grande había llegado con la sirena y seguía ahí, observando, esperando una forma concreta de manifestarse.
Elena parpadeó, confundida, como si la realidad hubiera decidido cambiar de idioma sin avisar.
—Somos enfermeras —dijo—. Ellos no pueden quedarse.
El joven negó. Su gesto no era agresivo, era peor: era aprendido.
—Órdenes.
El anciano volvió a toser. Esa tos, insistente y cavernosa, parecía reclamar algo más que aire: reclamaba sentido.
Yaakov intervino, con una voz firme, casi pedagógica:
—El orden existe por una razón. Sin él, no hay pueblo. Lo sintió como una prueba.
Mariam lo miró. Y en esa mirada había algo incómodo: no rabia, no desafío, sino una tristeza lúcida, como la de quien ha visto esa escena demasiadas veces bajo distintos nombres. Lo sintió como una repetición.
—¿Y la vida? —preguntó, y su voz tuvo un eco extraño, como si rebotara en algo más que paredes—. ¿También necesita permiso?
La pregunta no iba sólo al guardián. Iba a ese “algo” que había llegado con la sirena.
El silencio se tensó, como una cuerda a punto de romperse.
A lo lejos, una detonación. Sorda, pero suficiente para que el tiempo se comprimiera.
Elena apretó la baranda de la camilla con una fuerza que no le conocía a sus manos. Lo sintió como una decisión.
—No los voy a dejar —dijo, y su voz, por primera vez, dejó de ser serena.
Y entonces ocurrió. No el milagro. No la tragedia. Sino algo más difícil de nombrar: una elección.
El joven dudó. No por convicción, sino por grieta. Yaakov observó. Elena sostuvo la camilla. Mariam no soltó la mano del anciano.
Y en ese gesto —mínimo, obstinado, casi invisible frente al estruendo del mundo— algo pareció asentarse. Si aquello que había llegado era Dios, no habló desde el cielo. No partió la tierra. No impuso una verdad. Se dejó ver, apenas, en la decisión de no abandonar.
Dentro del búnker, el aire era espeso, compartido, inevitable, densamente humano.
Las oraciones comenzaron.
Un hombre rezaba en hebreo, balanceándose con una devoción rítmica. Otro susurraba en árabe, como si cada palabra fuera una cuerda que lo sostenía. Elena, en silencio, cerró los ojos: su oración era un espacio sin idioma.
Tres formas de llamar a lo mismo. Tres formas de no ponerse de acuerdo.
Y sin embargo, allí estaban: respirando el mismo aire, temiendo el mismo final, sosteniéndose —a veces sin quererlo— en la misma fragilidad. Afuera, Tel Aviv seguía siendo una ciudad de contrastes: luminosa y fracturada, moderna y ancestral, hospitalaria y excluyente. Adentro, en ese sótano saturado de humanidad, las diferencias no desaparecieron. Pero se volvieron… secundarias. Como si, por un instante, la vida hubiera decidido imponerse sobre las categorías.
Cuando todo pasó, nadie pudo decir con certeza qué había sido la sirena.
Alarma. Castigo. Llamado. Gracia.
Cada quien volvió a su fe. A su nombre de Dios. A su historia. A su frontera.
Pero algo, como una gota de luz que se niega a evaporarse, quedó suspendido en la memoria:
Que quizá lo divino no se impone en el estruendo del cielo, ni en la pureza de una doctrina, sino en ese instante irrepetible en que la realidad —brutal, concreta, irrebatible— obliga al hombre a decidir si será frontera o será refugio.

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sábado, 20 de mayo de 2023

Manual para Amores Catatónicos

Imagen hiperrealista y cinematográfica de un hombre con barba y aspecto cansado, sentado en un sillón viejo y desgastado en un interior decadente. Sus pies descalzos y vendados descansan sobre una caja de madera. A través de una ventana rota, se ve un paisaje urbano sombrío con un letrero de neón que dice "AUTO-PILOT BAR". En el fondo, figuras borrosas y apáticas observan una televisión que emite una luz hipnótica. En primer plano, un espejo roto en el suelo refleja el rostro de una mujer mayor con maquillaje corrido y un hombre joven, simbolizando la búsqueda de belleza y verdad en lo fragmentado. Cucarachas y moscas se arrastran por el suelo y el sillón, acentuando la atmósfera de abandono y decadencia.

Sumérgete en el "Manual para Amores Catatónicos" de Edgar Sánchez Quintana, un poema visceral que explora la catatonia social, la búsqueda de verdad en la decadencia y la melancolía existencial de la era moderna.


Nunca elegí lo que soy ahora, sin responsabilidad alguna por mis palabras pasadas o futuras. Lo afirmo y lo niego en el mismo instante, mientras sigo inmerso en el juego, con un toque socarrón.

Andamos en un estado catatónico, en piloto automático.
La siembra soporífera de los verbos ha comenzado
y la mentira que se escurre por la televisión es miel:
quien se acerca, queda embadurnado.
Tu capacidad de asombro no vale
si no te provoca convulsiones.
La configuración de la descarga
se ha vuelto sombría.
Él anhela amar,
pero aquellos a quienes desean amar
lo observan con temor.
Entonces, a los objetos repugnantes les encontramos encanto.
Surge el deseo de besar y acariciar
el seno maltrecho de una vieja prostituta,
de ver a la harapienta entregando a sus voraces fauces
el tesoro lácteo de sus pechos caídos.
Suspiro por esas nalgas de extraordinaria belleza.
y el busto de un joven imberbe.
Ahorao percibí el aroma de tu ardiente seno,
porque solo en lo roto encuentro algo de verdad.
Pero no puedo ocupar el lugar que ha dejado Dios.
El asiento me queda grande
ya veces huele a sudor,
con pies adoloridos por tanto caminar.
Mi musa se convierte en mi mofletudo caballerango
y mi rostro se dibuja cervantino
al ver que solo me rodean cucarachas y moscas,
naturaleza de la más hermosa.
Él anhela amar,
pero los que desea amar
lo observan con temor.



domingo, 4 de diciembre de 2011

Los Encantos del Pasado: Una Reflexión sobre la Tauromaquia

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un hombre reflexivo observa una escena que fusiona el pasado y el futuro de la tauromaquia. Se superponen elementos de una corrida de toros tradicional con un torero y un toro, y un toro robótico futurista. El escenario es una plaza de toros que combina arquitectura clásica con tecnología avanzada. La atmósfera es de crítica y contemplación sobre la tradición, la evolución del entretenimiento y la ética de la interacción humano-animal. La iluminación dramática resalta el contraste entre épocas y el proceso de pensamiento del observador.

Descubre cómo la percepción de la tauromaquia evoluciona desde la fascinación juvenil hasta una profunda reflexión ética. Edgar Sánchez Quintana explora el pasado y el futuro de la fiesta brava, cuestionando su lugar en la conciencia moderna.

Por Edgar Sánchez Quintana

Los encantos del pasado han hecho mella, y desgraciadamente ya no comulgo más con ciertas tradiciones. Recuerdo aquellos años de juventud, evocando la canción de "un domingo en la tarde, me tiré al ruedo, para salvar las ansias de novillero, torero... despliega el capote sin miedo, sin miedo a la muerte...". Observando esos animales majestuosos en los rediles de la plaza de toros "Jorge 'El Ranchero' Aguilar" de Tlaxcala, me gustaba gritar como ranchero de pueblo y llamar la atención del astado. Era vernos y sopesar su imponencia, su brío, su porte de bestia indómita, claro, eso desde una distancia prudente, como dice el dicho: "de lejos se ven los toros". Y yo, como mocoso citadino, no conocía de animales de rancho más que como carne de mercado. Después, vio cómo la tarde se iba acomodando para recibir una corrida de toros sabatina, con la promesa de ser de las mejores.

Los sitios se engalanaban al comenzar el mediodía, pues empezaban a llegar esos hacendados ricos, gachupines de siempre, güeros ataviados de charro y mujeres asombradas y vaqueras. Me imagino que para aquel entonces yo no era otra cosa para ellos más que un pinche chamaco pendejo y mocoso vendedor de chicles. Ellos venían de Hidalgo, de Toluca, de Querétaro, de las haciendas de la región; gente adinerada, gente encopetada, muchachos de abolengo, críticos paridos de casta y profusa alcurnia, y eso era bueno, imagínense si no. Me tocaba verlos desfilar por esos pasillos hacia las gradas; algunos eran "gente muy importante" y se acomodaban en lugares de mucho privilegio. Otros se acomodaban en gayola, y los demás en la barda de lo alto que colinda con el exconvento de San Francisco. Eran aquellos que querían disfrutar de la fiesta brava a todo mecate, y se agenciaban también su pulque, aguardiente o alguna otra bebida espirituosa de poca monta, y hacían la rechifla, las mentadas de madre y el escándalo propio de barriada, de la prole, de la chusma vulgar e ignorante. Y entonces allí estaba yo, viendo el espectáculo de luces, es decir, del traje de luces que viste el torero. Después de la faena, los mocosos salíamos corriendo hacia donde sacan al toro de la plaza y lo destazan. Observaba cómo los briosos caballos tiraban de la bestia recién muerta y empezaban a despellejarla ya cortarle las patas; Observaba cómo salía vapor de la carne, y cómo algunas gentes tomaban de su sangre en vasos para hacerse más machos, cosa que para mí era demasiado desagradable y me provocaba náuseas. Me gustaba mezclarme con la gente del pueblo, observar sus actitudes, su parsimoniosa manera de tomar la vida, de vivir las tradiciones, de regodearse de su forma de ser, de existir.

Pues bien, han sido tiempos ya muy viejos, y mi postura ante tal tradición ha evolucionado. Ahora expongo el porqué.

¿Quién soy yo y quién es él? Me refiero al animal. Yo sé quién soy yo, y me considero un humano, un hombre, es decir, un ser vivo que experimenta una existencia o realidad de hombre y que pertenece a la humanidad que habita este planeta. El significado de humano es "hu-man-o", o sea, "alto hombre", o "ser que viene de lo alto o se dirige hacia allá". El nivel de conciencia del individuo es quien determinará las características de su actuar, pensar y decir. A menor grado de nivel de conciencia, obedece un menor conocimiento de las leyes de la creación y de respeto a su ser y su entorno; del mismo modo, a mayor conocimiento de sí mismo y de su entorno, obedece un actuar, un decir y un hacer que corresponde con ese conocimiento elevado. Hasta este punto he definido, de manera tal vez tosca y con prisa, pero suficiente para este apartado. ¿Pero quién es el animal? El animal es un ser vivo, es alguien experimentando una realidad como animal en segunda densidad. ¿El animal tiene conciencia? Sí, sí la tiene. Alguien les ha llamado "hermanos menores", pero para mí somos iguales, amados por Dios y la creación del mismo modo, con la misma fuerza. ¿Por qué someter a mi hermano a tal vileza, a tal burla, a continuar esta tradición torcida y muy "artísticamente taurina"? ¿Por qué no inventan unos toros mecánicos robotizados para que el torero tenga ciertas posibilidades de matarse "artísticamente" y sea una faena de muchas entradas? Y en lugar de orejas y rabo, se le pueden conceder al capoteador un trofeo o unas medallas con la figura de Cepillín o con la efigie de la Virgen de Juquila, todo para no demeritar su oficio. Yo digo que en Tlaxcala, México, todo puede ser posible, desde ser un sitio de mayor tradición charra y de toros de lidia hasta ser el emporio del comienzo de las corridas de toros de lidia mecánicos robotizados para goce y disfrute de la fiesta más brava.