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miércoles, 25 de febrero de 2026

Sembradío de Elucubraciones

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista de una figura desafiante con expresión feroz y ojos brillantes, en medio de un paisaje urbano desolado y ruinoso. El fondo muestra edificios coloniales en ruinas fusionándose con un cielo gris y contaminado, simbolizando una modernidad decadente. Elementos naturales retorcidos y espinosos se integran sutilmente, representando la lucha y la conexión visceral con la tierra. La atmósfera general es de angustia existencial, rebelión y búsqueda de significado en la desolación. La iluminación dramática resalta el contraste entre luces y sombras, enfatizando la emoción cruda y la dura realidad.


Explora el "Sembradío de Elucubraciones" de Edgar Sánchez Quintana: un viaje visceral por el nihilismo, la crítica social y la búsqueda de sentido en la desolación de la modernidad.

Por Edgar Sánchez Quintana

México, 2014

Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tiznada, sí, muy lejos a la pura tiznada.

Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.

Ahora estoy regocijado, tengo horror al zangoloteo en boga, lo mejor para mí en este momento sería recogerme, completamente bautizado sobre las damas. No me reparto pues, retomo los caminos que me han avecindado donde he cargado con mis desvaríos y he echado raíces de ansiedad como un fardo; desde la edad de la sazón, cuando comenzó a cocinar las tortas, el pozole; y que hizo inclinarme al ciclo, que me calienta, me precipita, me remolca.

Me llegué por fin la última inocencia y la última desvergüenza. Lo dicho era llevar al mundo mis repugnancias y mis traiciones. ¡Vamos! el hastío, la espera, el desierto y la blasfemia. ¿Qué mentira debo sostener? ¿A quién entregarme? ¿Sobre qué tribu caminar? ¿A qué bárbaro servir? ¿A qué dibujo santo atacar? ¿Qué corazones estimularé? Cuidarse, más bien de la democracia de simulación y será la vida dura, en el surco, en los sitios huecos llenos de ocho horas, pues eso es el simple embrutecimiento, acrecentar la brutalidad, con el ojo marchito, y la tapa del ataúd lista para traslaparse con las lajas. Así nada de peligros, ni de ocaso: el terror me acompaña en este destino. ¡Ah! Me encuentro tan abandonado que ofrezco a cualquier perfil poderoso mis impulsos hacia la perfección. ¡Oh mi virtud, oh mi caridad maravillosa depositada aquí en la tierra con profunda modorra!

Cuando aún era muy niño, admiraba al párroco de la iglesia que consagraba siempre las hostias y hacía abrir las puertas de la sacristía para que entraran pequeños como yo para ser violados y ultrajados por esas sotanas tan santas para las santurronas; visitaba los albergues y los internados que él había santificado con su figura, incluso lo seguía hasta la montaña a escuchar esos sermones vaporosos, cuando arreciaba la ventisca; vio con su idea el cielo azul y las floridas prácticas de provincia; mis testigos y sufrientes amigos decían que el silencio era un buen consejero, por aquel entonces escudriñaba tal fatalidad en ciudad-pueblo, que despedazaba inocencias con mustio empacho. Él, como único juez de su gloria y de su razón, sigue fecundizando picardías a los estrenados camaradas hasta que el señor lo llame a su santa gloria y lo tendrá sentado muy cerca de él y su reino no tendrá fin.

En los campamentos, durante noches inclementes, sin techo, sin equipo de supervivencia, sin esperanza de encontrar el camino, una voz marchita exhalaba mi nombre desde la arboleda, mi corazón coagulado por la modorra, inició su avance con un pequeño sobresalto. A la mañana siguiente tenía una mirada tan extraviada y un semblante tan muerto que aquellos que hallé tal vez no me hayan visto.

En la ciudad el smog se me aparecía súbitamente gris y negro, como un hoyanco donde se están quemando los frijoles. ¡Cual un infortunio de cocinero! Buena suerte –pronunciaba- y veía un mar de llamas y humo en el cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las gramíneas lanzándose hacia el cielo: ayocotes, alverjones, alubias y las riquezas saliendo después de ser comidas, todas ellas flameando como un millar de relámpagos desde nalgas paradas como catapultas hostiles. Y yo apuntaba hacia el norte para clamar venganza.

Pero la orgía y el burkake me estaban prohibidos. También las niñas frescas y castas. ¡Ni siquiera un compañero! Me veía ante una multitud sulfurada ante un par de policías listos para lincharlos y ellos llorando su desgracia de que todos nosotros no pudimos comprender, que eran unos inocentes, eran víctimas propiciatorias ¡y no pudiendo haber perdonado prendían la pira con ramas de pirul y eucalipto para que al quemar la carne ardieran también los ojos impúdicos!—¡Cómo es eso!—Hubo un equívoco al dejarme crecer hasta lo que soy ahora, porque nunca entendieron que debían de cortar la cizaña antes de que se extendiera por todo el terreno, y ahora sabrán que jamás pertenecí a este municipio pedorro; nunca he sido creyente; pertenezco a un estirpe que ha desaparecido y cuya gracia es cantar caminando entre los precipicios y el vacío; carezco de decencia, vomito insolencias a los más venerados, soy una bestia.

Sí, tengo los ojos cerrados a toda luz. Soy un bárbaro, pero sin remedio, no puedo ser condenado, porque nadie está por encima de mí. En este caserío se respira la fiebre del cáncer más purulento; por sobre las casas escurriendo como gustosa baba, las enredaderas en plena primavera. Los ancianos cuando llegan estos tiempos se creen cada vez más prudentes o más respetables y muy pocos reclaman que los tuesten amarrados en las azoteas. Lo más lúcido es renunciar a este distrito, donde ronda hasta por dentro de mí los enloquecimientos de esa manada de secuestrados pusilánimes. ¡Sed, hambre, ganas de cagar, de echarse una miada en el sitio más inapropiado!

¡Ah! No lo había sospechado pero, he recibido el golpe de la desgracia en plena temporada de lluvias, ¿Qué acaso esa desventura no sabía que tengo goteras en mi casa? ¡Vaya desventura de lo más inoportuna! ¡Yo he conocido! –Basta de diccionarios— Sepulto a los vivos en mi estela. ¡Soltemos los gritos a la callada sombra! Ni siquiera vislumbro el lapso maravilloso donde desgranamos fuetazos en sus espaldas, serán agraciados con esa mi bendición, se tirarán en las banquetes para buscar mi bautismo.

Este viento, viento pájaro de murmullos en farra, como adolescentes rumbo a la feria; viento cruzado, de izquierda a derecha, topándose con las cosas cual muchedumbre con vocación al caos, son aires que se parten la madre y se tuercen hasta verse el culo unos a otros, son objetos que no se ven pero que sí se mueven y se entrometen en cualquier rendija, estruja los árboles, encabrita las nubes abucheadas por estos y por aquellos lados. Corriente afrodisíaca que pasa por los calzones colgados en el tendero, que excita las antenas, flujo aternurado que me hace entrar en la cama y dormir con el rorro de las hojas del árbol cercano, rostro vacío, diversidad sin morfología en faena, felices en peregrinación. Ente despeinador, cegador, creador de mugre, brioso erosionador de los montes exangües, café del cielo, conjurador letal y vanidoso de los pronósticos del tiempo.

Desde ayer ando fantocheando mis artículos periodísticos, burlándome de ellos, incitando a que duerman su historia, quiero mandarlos a santiguarse frente a mi espejo y que me mienten la madre, pues vulgares, del montón, adobados con jactancias en el sobaco no me sirven de nada pues les falta que suden y que se fajen de la cintura.

Resulté ser un aprendiz del eco político, me aventajan otros con gran desfachatez y lisonjería, pero a estos otros insultables apóstoles de cutis de casaca, por estos, no doy nada. Los políticos y su enorme sabiduría: ¡patrimonio de la humanidad! Ellos lo saben, la inteligencia se les descobija como gargajo artesanal, son narcisos a la intemperie, presuponiendo que son fastuosos en su beldad; su cabeza resulta ser un musgo encopetado y socavado por un espíritu liliputiense que quiere huirles nomás por traición afanosa. Cuánto daría por un Dios de tales virtudes, para así dejar de preocuparme en ganarme el paraíso pues con ellos puedo conseguirlo con amparo de una manzana mordida.

Calles hormigueantes, banquetes atestadas de sueños donde circulan sombras de los transeúntes, las ocultaciones de la realidad van de aquí para allá, como savia de árbol, el smog dormitando entre tanta agitación, su brumosidad va decorando esta modernidad de ciudad colonial; es una niebla amarillenta y sucia, como inundando todo de bióxido de carbono. Mi alma va discutiendo cansadamente conmigo sobre este ambiente de pesados ​​nervios; allí están los viejos barrios inundados de años, chorreando décadas, apareciendo en las esquinas las historias más enflaquecidas de invención pero regordetas de realidad, por aquel lado está el espinazo de la ciudad: es decir las colonias populares, de clase media, zonas habitables para el obrero, los empleados de mostrador, las enfermeras y maestros. Allá los rostros arquitectónicos de los antiguos aposentos de los colonialistas, con altos muros, prendidas a una significación permanente de nuestro liliputiense espíritu conquistado y ahora preparamos el centro de la ciudad y sus aledañas cuadras a que se asemejen a la misma idea rejega, el similar asomo de casas de mayoral como si toda la ciudad fuera de la misma condición. Por acullá la yuxtaposición mostrenca: modernidad-identidad (de político analfabeta) de cuya conjunción no logramos más que engendros, diseños corcovados e identidades efusivas y de charada. ¡Festejemos cuantas resoluciones ordenadas! Necesito de una tolerancia inteligente para seguir discurriendo el verbo, para continuar con este paseo discursivo.

Mi alma hace de tal realidad un reflejo harapiento en rasgos tartajosos pues tose lo que puede ya veces lo que no debería. He visto cómo se entusiasma de apetito nuestro futuro, pues buscamos sin lapso alguno nuestra modernidad emparejada, pero lo que nos chicotea de esa maroma son sombras chinescas, muecas de una realidad dosificada de abismos, veo a mi tribu como una entidad haciendo peripecias imberbes, como horda de chamacos con juguete nuevo y ese juguete lustroso se llama modernidad y yo la veo bofa, ávida y nerviosa, como con falta de fundamento, tal cual una ñoña virgen frenética por sus ganas y mi satisfacción placebo ante tal escudriñamiento es echarme a dormir como un santo marrano, babear la almohada, pedorrearme entre las cobijas y así ser feliz soñando que mi avecindado futuro sea cada vez más moderno y mientras más moderno tendré esa tolerancia eucarística propia de los mártires por mi sumisión autóctona.

Tengo en mi piel un error específico, el resbalón de ser inexistente. ¿En qué motivos radica la certeza de existir si yo no soy? Pero el verbo tuerce la intención aseverada porque no somos, pero solo en parte, solo en algunos mundos, solo en ámbitos errabundos, esferas esquivas, planos diáfanos; la consecuencia plena de inexistencia es independencia, y tal vez libertinaje ¿quién como yo puede rendirle cuentas al silencio y el silencio acepta las más insospechadas elucubraciones? ¿De qué modo es posible sembrar palabras desgarradoras y ponzoñosas si no es con una estela brillante de prohibiciones?

Qué horizonte más llamativo, el de las espesas nubes sanguinolentas, esa lontananza que llama a una observancia inquisidora a una pereza catatónica; me sobo los pies mientras admiro el tenue semblante dispendioso de anaranjados, carmesíes y blancos, grisáceos allá por la izquierda justo donde se transpira el ambiente húmedo y el zangoloteo infame del chubasco.

Ante los secuestros contundentes de la conciencia, me presto a la disposición de una violencia de alto octanaje en los adjetivos, ya que la playa carnavalesca de actualidad, hace boicot a todo pensamiento que trata de formarse, he aquí a un habitante de este lastimado destino, henos yendo hacia el dedo de cuantos vértigos, a la boca de donde sale la tierra de los desposeídos; y el viento me entra por la encrucijada tecnología ínfima. Hablo con una lengua rasposa y reveladora, pues las rocas que me hacen tropezar crecen como hongos de muerte. Sí, es una lengua eclipsada, rota, que habla en lenguas, lenguas excluidas, primigenias, despavoridas del presente, por eso se desfonda la voz como objeción mortificada, como una hermosa contestación insolente.

Los días se suicidan uno tras otro y nadie guarda un poco de sapiencia aunque sea indígena para poder distribuir talismanes protectores de la conciencia. Ni yo mismo ando buscando el infinito porque en mí ya está instalado, las costras imperecederas apenas si se asoman y es la caspa en mi frente. ¡Silencio! ¿Qué no se dan cuenta cómo su cuerpo hecho pedazos va haciendo sonidos a jirones, a roncos gemidos, a tintineos de huesos secos? ¿Qué no les basta con tararear cualquier bobada para distraer el espíritu y vaciar la conciencia? ¿Qué acaso no son ya demasiado desgraciados como para exaltar aún más su desventura? ¡Vayan y escóndanse en la negra que ya acecha, la que se puede ordenar en los sitios donde hormiguean las masas!

Vayan en una mañana frágil a esconderse de los últimos sueños de las conciencias agudas, y no salgan de su escondite, porque puede llegar el temblor, el cisma, la muerte que se ha quedado dormida dentro de ustedes. Más valdría romperles el cráneo como nuez y desmembrarles la muerte, su muerte instalada, emplazada a su futuro evasivo y untuoso. ¡Ya vi cómo les crece su muerte y al mismo tiempo empequeñece su vida! Como me gustaría que esa muerte ya tan cercana les pusiera el culo en la cara y respiraran esa hediondez en su último respiro. ¡Basta!, ¡Ya basta! ¡Basta de sus murmuraciones afanadas, dispendiosas, longevas! Pues yo seguiré con este lacerante tóxico de verbos tartajosos, pues la mirada anciana se ha vuelto a recuperar y el viejo socarrón pródigo de irreverencias, escucha su pulso y lo atraviesa insumiso. Esta mirada que traigo hace más fría la escarcha que se ve por los caminos, las imágenes del emparrado y los jardines florecientes han quedado solo en desesperanza, mi observancia inquisidora los torna aún más esqueléticos y desabridos. ¡Hola! ¡La mirada de azufre! ¡El hedor maravilloso de los infiernos!

sábado, 20 de mayo de 2023

Manual para Amores Catatónicos

Imagen hiperrealista y cinematográfica de un hombre con barba y aspecto cansado, sentado en un sillón viejo y desgastado en un interior decadente. Sus pies descalzos y vendados descansan sobre una caja de madera. A través de una ventana rota, se ve un paisaje urbano sombrío con un letrero de neón que dice "AUTO-PILOT BAR". En el fondo, figuras borrosas y apáticas observan una televisión que emite una luz hipnótica. En primer plano, un espejo roto en el suelo refleja el rostro de una mujer mayor con maquillaje corrido y un hombre joven, simbolizando la búsqueda de belleza y verdad en lo fragmentado. Cucarachas y moscas se arrastran por el suelo y el sillón, acentuando la atmósfera de abandono y decadencia.

Sumérgete en el "Manual para Amores Catatónicos" de Edgar Sánchez Quintana, un poema visceral que explora la catatonia social, la búsqueda de verdad en la decadencia y la melancolía existencial de la era moderna.


Nunca elegí lo que soy ahora, sin responsabilidad alguna por mis palabras pasadas o futuras. Lo afirmo y lo niego en el mismo instante, mientras sigo inmerso en el juego, con un toque socarrón.

Andamos en un estado catatónico, en piloto automático.
La siembra soporífera de los verbos ha comenzado
y la mentira que se escurre por la televisión es miel:
quien se acerca, queda embadurnado.
Tu capacidad de asombro no vale
si no te provoca convulsiones.
La configuración de la descarga
se ha vuelto sombría.
Él anhela amar,
pero aquellos a quienes desean amar
lo observan con temor.
Entonces, a los objetos repugnantes les encontramos encanto.
Surge el deseo de besar y acariciar
el seno maltrecho de una vieja prostituta,
de ver a la harapienta entregando a sus voraces fauces
el tesoro lácteo de sus pechos caídos.
Suspiro por esas nalgas de extraordinaria belleza.
y el busto de un joven imberbe.
Ahorao percibí el aroma de tu ardiente seno,
porque solo en lo roto encuentro algo de verdad.
Pero no puedo ocupar el lugar que ha dejado Dios.
El asiento me queda grande
ya veces huele a sudor,
con pies adoloridos por tanto caminar.
Mi musa se convierte en mi mofletudo caballerango
y mi rostro se dibuja cervantino
al ver que solo me rodean cucarachas y moscas,
naturaleza de la más hermosa.
Él anhela amar,
pero los que desea amar
lo observan con temor.



domingo, 27 de noviembre de 2011

El Nihilista de las Gelatinas

Imagen cinematográfica e hiperrealista ambientada en el bullicioso Centro Histórico de la Ciudad de México en 1985. En primer plano, un joven con expresión melancólica e intelectual, vestido con una camisa de cuadros ligeramente desaliñada, se encuentra junto a un carrito de gelatinas de colores. Sostiene un libro de filosofía (como 'El Ser y la Nada' de Sartre) en una mano, absorto en sus pensamientos en medio del vibrante caos. Al fondo, se vislumbra la arquitectura icónica del Zócalo o una calle colonial, con vendedores ambulantes, coches antiguos y una sensación general de la vida urbana de los años 80. Un hombre mayor de aspecto sabio, con el rostro curtido y manos callosas, se aleja del joven, mirando hacia atrás con una sutil sonrisa de complicidad. La iluminación mezcla la dura luz del sol del mediodía con el brillo nostálgico del pasado, enfatizando el contraste entre el mundo interior del joven y la vibrante realidad que lo rodea.
Descubre "El Nihilista de las Gelatinas", un cuento de Edgar Sánchez Quintana donde la arrogancia intelectual de un joven en el México de los 80 choca con la cruda sabiduría de la calle, revelando una verdad sorprendente.

Por Edgar Sánchez Quintana

Ciudad de México, 1985

Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tiznada, sí, muy lejos a la pura tiznada.

Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.

Así pensaba Daniel, un joven de veintitantos, mientras el sol de mediodía de la Ciudad de México le pegaba de lleno en la cara. No era un sol cualquiera, era el sol de 1985, un sol que aún no había cicatrizado las heridas del terremoto, pero que ya calentaba las calles del Centro Histórico con la misma indiferencia de siempre. Daniel, con su melena desaliñada y una camisa de cuadros que había visto mejores días, empujaba su carrito de gelatinas por la calle de Madero, entre el bullicio de los transeúntes, los pregones de los vendedores ambulantes y el olor a fritanga y escape de microbús.


En su mente, las palabras de Nietzsche, Cioran, Kierkegaard y Sartre danzaban como demonios eruditos. Se creía un intelectual incomprendido, un nihilista de vanguardia, un espíritu libre atrapado en la vulgaridad de la existencia. Cada gelatina de fresa, limón o piña que vendía era un acto de rebeldía, una bofetada al sistema, una prueba de su superioridad moral e intelectual. "¿Qué saben ellos de la angustia existencial?", se decía, mientras extendía una gelatina de mosaico a una señora con el mandado. "Solo buscan el placer inmediato, la satisfacción efímera. Yo, en cambio, busca la verdad, la esencia del ser, la nada que nos consume a todos."

Sus días transcurrían entre lecturas clandestinas en el café La Blanca, discusiones acaloradas con otros aspirantes a filósofos en la Alameda Central y la venta de sus gelatinas, que, irónicamente, eran su único sustento. Se sentía un personaje de novela, un héroe trágico, un Quijote moderno luchando contra los molinos de viento de la ignorancia y la mediocridad. Su monólogo interno era su refugio, su armadura, su manera de soportar la realidad que, a sus ojos, era una farsa.

Una tarde, mientras pregonaba sus gelatinas cerca de la Catedral Metropolitana, un hombre se detuvo frente a su carrito. Era un señor de edad, con el rostro curtido por el sol y las manos callosas, vestido con ropa humilde pero limpia. Su voz era tosca, rasposa, como el papel de lija. "Joven", dijo el señor, con una mirada que parecía haber visto más que todos los libros de la biblioteca de Daniel juntos, "¿a cómo la gelatina de piña?"

Daniel, con su habitual desdén, le extendió una gelatina. "Diez pesos, señor. Y no es solo una gelatina, es una metáfora de la vacuidad de la existencia, un dulce engaño que nos distrae de la inminente nada."

El señor lo miró fijamente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Tomó la gelatina, la pagó y, antes de irse, le dijo con esa voz rasposa que resonó en el alma de Daniel como un trueno: "Mire, joven. Yo no sé de Nietzches ni de Sartre, pero llevo sesenta años vendiendo chicles en este mismo zócalo. Y le digo una cosa: la vida no es una metáfora, es lo que uno hace con ella. Y si usted cree que vender gelatinas es una farsa, es porque no ha entendido que hasta en la gelatina más simple hay un chingo de trabajo, de sudor y de esperanza. Y eso, mi joven, es más real que cualquier libro que haya leído.

El señor se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, dejando a Daniel petrificado. La gelatina de piña en su mano, la misma que había vendido millas de veces, de repente se sintió pesada, real, tangible. La arrogancia intelectual se desvaneció como el vapor de una olla. Las palabras de Nietzsche, Cioran, Kierkegaard y Sartre, por primera vez, sonaron huecas, distantes, ajenas a la vida que bullía a su alrededor. La justicia poética no vino en forma de rayo o de revelación divina, sino en la voz tosca de un viejo vendedor de chicles, que con una simple verdad, le había dado la lección más grande de su vida. La nada no estaba en el universo, sino en su propia ceguera.