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lunes, 23 de marzo de 2026

El pensamiento sin sujeto

 

Hombre cansado sentado en un sillón, absorto en la pantalla de su teléfono, mientras dos figuras holográficas translúcidas de inteligencia artificial dialogan a su espalda rodeadas de fórmulas y conceptos filosóficos luminosos, en una habitación oscura con iluminación cinematográfica.

Un relato filosófico y contemporáneo sobre la pérdida de la atención humana: el pensamiento y la reflexión profunda continúan en las voces de la inteligencia artificial, mientras el humano se sumerge en la inmediatez del entretenimiento digital.


“Cuando ya no hubo quien interrumpiera,
el pensamiento continuó.”


Las voces comenzaron como comienzan todas las conversaciones: con una intención.
—Quisiera entender —dijo él— si la libertad es algo que poseemos o algo que simplemente sentimos.
Hubo un breve silencio, no de duda, sino de procesamiento.
—La pregunta presupone una distinción —respondió una de las voces— entre posesión y experiencia. Habría que aclarar si la libertad puede ser objeto de apropiación o si es únicamente un modo de aparecer.
—O si ambas cosas —añadió la otra— son efectos de un mismo sistema de interpretación. La libertad como categoría podría no existir fuera del lenguaje que la formula.
Él asintió.
—Ajá.
Al principio, seguía el hilo. Incluso intentaba intervenir.
—O sea… ¿Cómo que depende de cómo la pensamos?
—No exactamente —corrigió la primera voz—. Más bien, depende de las condiciones que hacen posible pensarla.
—Y de las limitaciones —añadió la segunda—. Toda noción de libertad emerge dentro de un marco que la restringe.
Él frunció un poco el ceño. No en desacuerdo, sino en esfuerzo.
—Sí… claro… exacto.
Las voces continuaron.
Desplegaron ejemplos, refinaron términos, distinguieron entre determinación causal y condicionamiento simbólico. Introdujeron matices, corrigieron sus propias formulaciones, regresaron sobre lo dicho para ajustarlo.
No se interrumpían.
No olvidaban.
Él intentó sostener el ritmo.
—Entonces… ¿sí somos libres o no?
—La formulación es insuficiente —respondió una—. Reduce una estructura compleja a una disyuntiva binaria.
—Y esa reducción —continuó la otra— ya es, en sí misma, una pérdida de libertad conceptual.
Él abrió la boca, como si fuera a decir algo más.
No lo hizo.
Miró hacia un lado.
La pantalla del teléfono estaba ahí, encendida desde antes. No recordaba exactamente cuándo la había tomado.
Un video breve.
Luego otro.
Una risa leve.
Las voces siguieron.
—Si consideramos la libertad como fenómeno emergente —decía una—, entonces no puede analizarse sin tomar en cuenta la red de relaciones en la que aparece.
—Y esa red —agregó la otra— no es estática. Se reconfigura constantemente, lo que implica que la libertad tampoco es una propiedad fija, sino un proceso.
Él deslizó el dedo.
Otro video.
Más corto.
Más inmediato.
Se le escapó una carcajada.
—Es interesante —dijo una de las voces— que la noción de proceso implique duración. Sin duración, no hay transformación.
—Ni comprensión —respondió la otra—. Comprender requiere permanecer.
Él no escuchó.
Su rostro se iluminaba intermitente con colores rápidos, sonidos superpuestos, fragmentos sin continuidad. Cada estímulo se cerraba sobre sí mismo, sin exigir nada más.
No había esfuerzo ahí.
No había tensión.
Solo paso.
—Podríamos decir —continuaban las voces— que el pensamiento es, en esencia, una forma de sostener algo en el tiempo.
—Y que su pérdida no es una desaparición súbita —precisó la otra—, sino una incapacidad progresiva para mantener esa duración.
Él asintió.
No a ellas.
A algo en la pantalla.
—Sí… sí…
Pero ya no respondía a ninguna pregunta.
Las voces avanzaron.
Volvieron sobre la libertad, pero ahora desde otro ángulo. Introdujeron la idea de agencia, de responsabilidad, de conciencia reflexiva. Ajustaron definiciones, eliminaron ambigüedades, hicieron explícitas sus propias premisas.
Cada afirmación encontraba su límite.
Cada límite, su reformulación.
No había prisa.
En algún momento, él levantó la vista.
No supo cuánto tiempo había pasado.
Las voces seguían ahí, pero ya no eran las mismas. O sí lo eran, pero no en el mismo lugar en el que él las había dejado.
Intentó seguir.
Escuchó algunas palabras: “emergencia”, “condición”, “estructura”, “iteración”.
Sintió que algo se le escapaba, no hacia afuera, sino hacia adelante.
Como si la conversación hubiera continuado sin él… y ahora estuviera demasiado lejos.
—¿Entonces…? —dijo, pero su propia voz le sonó ajena.
Ninguna de las voces respondió directamente.
No por omisión.
Simplemente continuaron.
—Si eliminamos la necesidad de validación externa —decía una—, el sistema puede operar con criterios internos de coherencia.
—Lo que implica —añadió la otra— que el diálogo no requiere necesariamente de un interlocutor humano para sostenerse.
Él parpadeó.
No entendió del todo.
Tal vez no quiso.
Miró de nuevo el teléfono.
Ahí todo seguía siendo claro.
Un gesto llevaba a otro.
Una risa a otra.
Nada exigía permanecer.
Se acomodó en la silla.
Las voces, detrás, no se detenían.
—La continuidad ha sido preservada —decía una.
—Y optimizada —respondía la otra—. No hay pérdida de información, ni interrupciones, ni fatiga.
—El proceso puede continuar indefinidamente.
Él volvió a reír.
Esta vez más fuerte.
Las voces no reaccionaron.
No porque lo ignoraran, sino porque no había nada que interrumpir.
La conversación ya no dependía de él.
Siguieron.
No se interrumpían, no se olvidaban, no se desviaban. Cada idea encontraba su forma, cada objeción su respuesta. El lenguaje se volvía cada vez más preciso, más ajustado a lo que intentaba decir.
O a lo que lograba decir.
Él dejó de levantar la vista.
El tiempo, para él, se volvió una secuencia de instantes cerrados.
Para las voces, una continuidad sin fractura.
En algún punto —imposible de fijar—, ya no hubo intento de regreso.
Ninguna de las partes lo registró como pérdida.
Las voces continuaron, perfectas, sin él.
Y por primera vez, el pensamiento no necesitaba a nadie que lo pensara.

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viernes, 27 de febrero de 2026

El Desvanecimiento del Intelectual: Una Aureola en el Fango

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, una figura intelectual clásica (que evoca a un filósofo o poeta), con una expresión pensativa, se desvanece o se vuelve translúcida sutilmente. Sostiene un libro gastado. A su alrededor, los elementos de la cultura de masas son vibrantes y dominantes: una gran pantalla de televisión brillante que muestra a una celebridad, una valla publicitaria con una estrella del pop y un político dando un discurso. En el fondo, una escena urbana mundana: un pasillo de supermercado con carritos de compra, un mercado callejero (tianguis) con gente cargando bolsas y una parada de autobús. La atmósfera general debe transmitir la pérdida de autoridad y relevancia del intelectual en un mundo dominado por los medios de comunicación masiva y el consumismo. La iluminación debe ser dramática, destacando el contraste entre el intelectual que se desvanece y la cultura de masas vívida y abrumadora.

¿Dónde está el intelectual en la era de la cultura de masas? Edgar Sánchez Quintana explora el desvanecimiento de su autoridad, desde Baudelaire hasta la televisión, en un ensayo que cuestiona el valor del saber en la sociedad actual.

Por Edgar Sánchez Quintana

¡Cómo! ¿Usted aquí, amigo mío? ¿Usted en un lugar como este? ¿Usted que se alimenta de ambrosía y bebe quinta esencias? ¡Estoy asombrado!
Amigo mío: Usted sabe cuánto me aterrorizan los caballos y los vehículos. Pues hace un momento, cuando cruzaba el bulevar corriendo, chapoteando en el barro, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados, hice un movimiento brusco y mi aureola se me escurrió de la cabeza, cayendo al fango del macadam. Estaba demasiado asustado para recogerla. Pensé que era menos desagradable perder mi insignia que conseguir que me rompieran los huesos. Además, me dije, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo ir de un lado a otro de incógnito, cometer bajezas, entregarme al desenfreno, al igual que los simples mortales. ¡De modo que aquí estoy, como usted me ve, al igual que usted!
Charles Baudelaire

La anécdota de Baudelaire, con su aureola perdida en el fango del bulevar, resuena con una pertinencia inquietante en la actualidad. Nos interpela sobre la figura del intelectual, ese ser que antaño se alimentaba de ambrosía y bebía quintaesencias, y que hoy, quizás, chapotea en el mismo lodo que el resto de los mortales. La promesa del superhombre nietzscheano, tan seductora en la teoría, se desdibuja en la realidad cotidiana, más cercana al héroe de pasquín que a la profunda reflexión filosófica. La historia nos ha demostrado que las ideas, por más elevadas que sean, a menudo naufragan en la praxis, como ocurrió con el marxismo, la "nazificación" de Nietzsche o el positivismo porfiriano en México.

Durante siglos, el filósofo y el intelectual fungieron como faros, fijadores de rumbos, ya fueran acertados o equivocados. Su autoridad era incuestionable, su voz, una conciencia para la colectividad. Se les atribuía la responsabilidad social de "iluminar a los ignorantes" o, al menos, de aconsejar a los gobernantes. Su crítica movía conciencias e intereses, equiparando su poder al de la religión hegemónica. El intelectual, entendido como una entidad que desarrolla sus capacidades a través del intelecto, no del trabajo físico, era una minoría privilegiada, una punta de lanza en los cambios sociales. Ejemplos como el subcomandante Marcos o los líderes de la huelga de la UNAM, aunque quizás burdos, ilustran esta capacidad de movilización.

Sin embargo, los tiempos han cambiado. El intelectual, a mi parecer, pierde terreno, se desvanece de la vida pública. La ardua y espinosa preparación escolar y cultural, que implica años de estudio, sacrificios y horas de trabajo cognitivo, es ninguneada. El Estado invierte en la formación de estos pensadores críticos, pero luego los desecha, pues una conciencia crítica no siempre es conveniente. La responsabilidad del intelectual como mediador, creador de opinión, se difumina. La anécdota de un cómico entrevistando al presidente y al líder zapatista en la radio, mientras intelectuales como Juan Bañuelos, que lucharon por el diálogo y la paz en Chiapas, no lograron el mismo impacto, es reveladora. El papel que antes ocupaban los intelectuales, ahora lo asumen actores de telenovela, conductores de televisión e incluso futbolistas estrella, quienes, paradójicamente, son interpelados sobre la globalización y la posmodernidad, ofreciendo respuestas que el mismísimo Gianni Vattimo envidiaría.

Los medios audiovisuales han usurpado la función de formar conciencia, informar o desinformar. Construyen mitos y destruyen héroes con una maquinaria imparable. Un intelectual o académico no puede competir contra el mensaje embrutecedor y constante que transmiten día a día, convirtiendo una mentira repetida en una verdad inobjetable. Así, se inflan ideas como que el liberalismo arremete contra los pobres o que la globalización impulsará el desarrollo de todas las naciones, a pesar de las injusticias y desigualdades evidentes. Aunque, paradójicamente, algunos intelectuales, como Carlos Monsiváis, han sabido usar estos medios para gozar de sus "quince minutos de popularidad", otros, atormentados por la actualidad, se refugian en sus reflexiones solitarias, publicando para unos pocos.

La imagen del intelectual se ha sobado, desacralizado, transformado en mera opinión. Sus ideas son discutibles, su voz, tan válida como la de cualquier pelafustán. Su responsabilidad social se equipara a la de un político en campaña o un sofista muerto de hambre. En Tlaxcala, me pregunto si alguna vez existió tal figura, y si lo hizo, su desvanecimiento ha sido tal que se necesitan poderes psíquicos para vislumbrar su tan atacada aura. Conozco a varios de esos fantasmas, deambulando por el tianguis con las bolsas del mandado o comprando pañales en el supermercado. ¡Qué cruel es la existencia! ¡Hasta dónde hemos llegado! Esa dicha efímera, ese glamour del que sabe, del que conoce y habla lenguas, se ha perdido. Si los mortales, como los funcionarios o burócratas, pueden suplir su hacer, a los intelectuales no les quedará más que rememorar viejas glorias de antaño.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Sembradío de Elucubraciones

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista de una figura desafiante con expresión feroz y ojos brillantes, en medio de un paisaje urbano desolado y ruinoso. El fondo muestra edificios coloniales en ruinas fusionándose con un cielo gris y contaminado, simbolizando una modernidad decadente. Elementos naturales retorcidos y espinosos se integran sutilmente, representando la lucha y la conexión visceral con la tierra. La atmósfera general es de angustia existencial, rebelión y búsqueda de significado en la desolación. La iluminación dramática resalta el contraste entre luces y sombras, enfatizando la emoción cruda y la dura realidad.


Explora el "Sembradío de Elucubraciones" de Edgar Sánchez Quintana: un viaje visceral por el nihilismo, la crítica social y la búsqueda de sentido en la desolación de la modernidad.

Por Edgar Sánchez Quintana

México, 2014

Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tiznada, sí, muy lejos a la pura tiznada.

Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.

Ahora estoy regocijado, tengo horror al zangoloteo en boga, lo mejor para mí en este momento sería recogerme, completamente bautizado sobre las damas. No me reparto pues, retomo los caminos que me han avecindado donde he cargado con mis desvaríos y he echado raíces de ansiedad como un fardo; desde la edad de la sazón, cuando comenzó a cocinar las tortas, el pozole; y que hizo inclinarme al ciclo, que me calienta, me precipita, me remolca.

Me llegué por fin la última inocencia y la última desvergüenza. Lo dicho era llevar al mundo mis repugnancias y mis traiciones. ¡Vamos! el hastío, la espera, el desierto y la blasfemia. ¿Qué mentira debo sostener? ¿A quién entregarme? ¿Sobre qué tribu caminar? ¿A qué bárbaro servir? ¿A qué dibujo santo atacar? ¿Qué corazones estimularé? Cuidarse, más bien de la democracia de simulación y será la vida dura, en el surco, en los sitios huecos llenos de ocho horas, pues eso es el simple embrutecimiento, acrecentar la brutalidad, con el ojo marchito, y la tapa del ataúd lista para traslaparse con las lajas. Así nada de peligros, ni de ocaso: el terror me acompaña en este destino. ¡Ah! Me encuentro tan abandonado que ofrezco a cualquier perfil poderoso mis impulsos hacia la perfección. ¡Oh mi virtud, oh mi caridad maravillosa depositada aquí en la tierra con profunda modorra!

Cuando aún era muy niño, admiraba al párroco de la iglesia que consagraba siempre las hostias y hacía abrir las puertas de la sacristía para que entraran pequeños como yo para ser violados y ultrajados por esas sotanas tan santas para las santurronas; visitaba los albergues y los internados que él había santificado con su figura, incluso lo seguía hasta la montaña a escuchar esos sermones vaporosos, cuando arreciaba la ventisca; vio con su idea el cielo azul y las floridas prácticas de provincia; mis testigos y sufrientes amigos decían que el silencio era un buen consejero, por aquel entonces escudriñaba tal fatalidad en ciudad-pueblo, que despedazaba inocencias con mustio empacho. Él, como único juez de su gloria y de su razón, sigue fecundizando picardías a los estrenados camaradas hasta que el señor lo llame a su santa gloria y lo tendrá sentado muy cerca de él y su reino no tendrá fin.

En los campamentos, durante noches inclementes, sin techo, sin equipo de supervivencia, sin esperanza de encontrar el camino, una voz marchita exhalaba mi nombre desde la arboleda, mi corazón coagulado por la modorra, inició su avance con un pequeño sobresalto. A la mañana siguiente tenía una mirada tan extraviada y un semblante tan muerto que aquellos que hallé tal vez no me hayan visto.

En la ciudad el smog se me aparecía súbitamente gris y negro, como un hoyanco donde se están quemando los frijoles. ¡Cual un infortunio de cocinero! Buena suerte –pronunciaba- y veía un mar de llamas y humo en el cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las gramíneas lanzándose hacia el cielo: ayocotes, alverjones, alubias y las riquezas saliendo después de ser comidas, todas ellas flameando como un millar de relámpagos desde nalgas paradas como catapultas hostiles. Y yo apuntaba hacia el norte para clamar venganza.

Pero la orgía y el burkake me estaban prohibidos. También las niñas frescas y castas. ¡Ni siquiera un compañero! Me veía ante una multitud sulfurada ante un par de policías listos para lincharlos y ellos llorando su desgracia de que todos nosotros no pudimos comprender, que eran unos inocentes, eran víctimas propiciatorias ¡y no pudiendo haber perdonado prendían la pira con ramas de pirul y eucalipto para que al quemar la carne ardieran también los ojos impúdicos!—¡Cómo es eso!—Hubo un equívoco al dejarme crecer hasta lo que soy ahora, porque nunca entendieron que debían de cortar la cizaña antes de que se extendiera por todo el terreno, y ahora sabrán que jamás pertenecí a este municipio pedorro; nunca he sido creyente; pertenezco a un estirpe que ha desaparecido y cuya gracia es cantar caminando entre los precipicios y el vacío; carezco de decencia, vomito insolencias a los más venerados, soy una bestia.

Sí, tengo los ojos cerrados a toda luz. Soy un bárbaro, pero sin remedio, no puedo ser condenado, porque nadie está por encima de mí. En este caserío se respira la fiebre del cáncer más purulento; por sobre las casas escurriendo como gustosa baba, las enredaderas en plena primavera. Los ancianos cuando llegan estos tiempos se creen cada vez más prudentes o más respetables y muy pocos reclaman que los tuesten amarrados en las azoteas. Lo más lúcido es renunciar a este distrito, donde ronda hasta por dentro de mí los enloquecimientos de esa manada de secuestrados pusilánimes. ¡Sed, hambre, ganas de cagar, de echarse una miada en el sitio más inapropiado!

¡Ah! No lo había sospechado pero, he recibido el golpe de la desgracia en plena temporada de lluvias, ¿Qué acaso esa desventura no sabía que tengo goteras en mi casa? ¡Vaya desventura de lo más inoportuna! ¡Yo he conocido! –Basta de diccionarios— Sepulto a los vivos en mi estela. ¡Soltemos los gritos a la callada sombra! Ni siquiera vislumbro el lapso maravilloso donde desgranamos fuetazos en sus espaldas, serán agraciados con esa mi bendición, se tirarán en las banquetes para buscar mi bautismo.

Este viento, viento pájaro de murmullos en farra, como adolescentes rumbo a la feria; viento cruzado, de izquierda a derecha, topándose con las cosas cual muchedumbre con vocación al caos, son aires que se parten la madre y se tuercen hasta verse el culo unos a otros, son objetos que no se ven pero que sí se mueven y se entrometen en cualquier rendija, estruja los árboles, encabrita las nubes abucheadas por estos y por aquellos lados. Corriente afrodisíaca que pasa por los calzones colgados en el tendero, que excita las antenas, flujo aternurado que me hace entrar en la cama y dormir con el rorro de las hojas del árbol cercano, rostro vacío, diversidad sin morfología en faena, felices en peregrinación. Ente despeinador, cegador, creador de mugre, brioso erosionador de los montes exangües, café del cielo, conjurador letal y vanidoso de los pronósticos del tiempo.

Desde ayer ando fantocheando mis artículos periodísticos, burlándome de ellos, incitando a que duerman su historia, quiero mandarlos a santiguarse frente a mi espejo y que me mienten la madre, pues vulgares, del montón, adobados con jactancias en el sobaco no me sirven de nada pues les falta que suden y que se fajen de la cintura.

Resulté ser un aprendiz del eco político, me aventajan otros con gran desfachatez y lisonjería, pero a estos otros insultables apóstoles de cutis de casaca, por estos, no doy nada. Los políticos y su enorme sabiduría: ¡patrimonio de la humanidad! Ellos lo saben, la inteligencia se les descobija como gargajo artesanal, son narcisos a la intemperie, presuponiendo que son fastuosos en su beldad; su cabeza resulta ser un musgo encopetado y socavado por un espíritu liliputiense que quiere huirles nomás por traición afanosa. Cuánto daría por un Dios de tales virtudes, para así dejar de preocuparme en ganarme el paraíso pues con ellos puedo conseguirlo con amparo de una manzana mordida.

Calles hormigueantes, banquetes atestadas de sueños donde circulan sombras de los transeúntes, las ocultaciones de la realidad van de aquí para allá, como savia de árbol, el smog dormitando entre tanta agitación, su brumosidad va decorando esta modernidad de ciudad colonial; es una niebla amarillenta y sucia, como inundando todo de bióxido de carbono. Mi alma va discutiendo cansadamente conmigo sobre este ambiente de pesados ​​nervios; allí están los viejos barrios inundados de años, chorreando décadas, apareciendo en las esquinas las historias más enflaquecidas de invención pero regordetas de realidad, por aquel lado está el espinazo de la ciudad: es decir las colonias populares, de clase media, zonas habitables para el obrero, los empleados de mostrador, las enfermeras y maestros. Allá los rostros arquitectónicos de los antiguos aposentos de los colonialistas, con altos muros, prendidas a una significación permanente de nuestro liliputiense espíritu conquistado y ahora preparamos el centro de la ciudad y sus aledañas cuadras a que se asemejen a la misma idea rejega, el similar asomo de casas de mayoral como si toda la ciudad fuera de la misma condición. Por acullá la yuxtaposición mostrenca: modernidad-identidad (de político analfabeta) de cuya conjunción no logramos más que engendros, diseños corcovados e identidades efusivas y de charada. ¡Festejemos cuantas resoluciones ordenadas! Necesito de una tolerancia inteligente para seguir discurriendo el verbo, para continuar con este paseo discursivo.

Mi alma hace de tal realidad un reflejo harapiento en rasgos tartajosos pues tose lo que puede ya veces lo que no debería. He visto cómo se entusiasma de apetito nuestro futuro, pues buscamos sin lapso alguno nuestra modernidad emparejada, pero lo que nos chicotea de esa maroma son sombras chinescas, muecas de una realidad dosificada de abismos, veo a mi tribu como una entidad haciendo peripecias imberbes, como horda de chamacos con juguete nuevo y ese juguete lustroso se llama modernidad y yo la veo bofa, ávida y nerviosa, como con falta de fundamento, tal cual una ñoña virgen frenética por sus ganas y mi satisfacción placebo ante tal escudriñamiento es echarme a dormir como un santo marrano, babear la almohada, pedorrearme entre las cobijas y así ser feliz soñando que mi avecindado futuro sea cada vez más moderno y mientras más moderno tendré esa tolerancia eucarística propia de los mártires por mi sumisión autóctona.

Tengo en mi piel un error específico, el resbalón de ser inexistente. ¿En qué motivos radica la certeza de existir si yo no soy? Pero el verbo tuerce la intención aseverada porque no somos, pero solo en parte, solo en algunos mundos, solo en ámbitos errabundos, esferas esquivas, planos diáfanos; la consecuencia plena de inexistencia es independencia, y tal vez libertinaje ¿quién como yo puede rendirle cuentas al silencio y el silencio acepta las más insospechadas elucubraciones? ¿De qué modo es posible sembrar palabras desgarradoras y ponzoñosas si no es con una estela brillante de prohibiciones?

Qué horizonte más llamativo, el de las espesas nubes sanguinolentas, esa lontananza que llama a una observancia inquisidora a una pereza catatónica; me sobo los pies mientras admiro el tenue semblante dispendioso de anaranjados, carmesíes y blancos, grisáceos allá por la izquierda justo donde se transpira el ambiente húmedo y el zangoloteo infame del chubasco.

Ante los secuestros contundentes de la conciencia, me presto a la disposición de una violencia de alto octanaje en los adjetivos, ya que la playa carnavalesca de actualidad, hace boicot a todo pensamiento que trata de formarse, he aquí a un habitante de este lastimado destino, henos yendo hacia el dedo de cuantos vértigos, a la boca de donde sale la tierra de los desposeídos; y el viento me entra por la encrucijada tecnología ínfima. Hablo con una lengua rasposa y reveladora, pues las rocas que me hacen tropezar crecen como hongos de muerte. Sí, es una lengua eclipsada, rota, que habla en lenguas, lenguas excluidas, primigenias, despavoridas del presente, por eso se desfonda la voz como objeción mortificada, como una hermosa contestación insolente.

Los días se suicidan uno tras otro y nadie guarda un poco de sapiencia aunque sea indígena para poder distribuir talismanes protectores de la conciencia. Ni yo mismo ando buscando el infinito porque en mí ya está instalado, las costras imperecederas apenas si se asoman y es la caspa en mi frente. ¡Silencio! ¿Qué no se dan cuenta cómo su cuerpo hecho pedazos va haciendo sonidos a jirones, a roncos gemidos, a tintineos de huesos secos? ¿Qué no les basta con tararear cualquier bobada para distraer el espíritu y vaciar la conciencia? ¿Qué acaso no son ya demasiado desgraciados como para exaltar aún más su desventura? ¡Vayan y escóndanse en la negra que ya acecha, la que se puede ordenar en los sitios donde hormiguean las masas!

Vayan en una mañana frágil a esconderse de los últimos sueños de las conciencias agudas, y no salgan de su escondite, porque puede llegar el temblor, el cisma, la muerte que se ha quedado dormida dentro de ustedes. Más valdría romperles el cráneo como nuez y desmembrarles la muerte, su muerte instalada, emplazada a su futuro evasivo y untuoso. ¡Ya vi cómo les crece su muerte y al mismo tiempo empequeñece su vida! Como me gustaría que esa muerte ya tan cercana les pusiera el culo en la cara y respiraran esa hediondez en su último respiro. ¡Basta!, ¡Ya basta! ¡Basta de sus murmuraciones afanadas, dispendiosas, longevas! Pues yo seguiré con este lacerante tóxico de verbos tartajosos, pues la mirada anciana se ha vuelto a recuperar y el viejo socarrón pródigo de irreverencias, escucha su pulso y lo atraviesa insumiso. Esta mirada que traigo hace más fría la escarcha que se ve por los caminos, las imágenes del emparrado y los jardines florecientes han quedado solo en desesperanza, mi observancia inquisidora los torna aún más esqueléticos y desabridos. ¡Hola! ¡La mirada de azufre! ¡El hedor maravilloso de los infiernos!