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viernes, 27 de febrero de 2026

El Desvanecimiento del Intelectual: Una Aureola en el Fango

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, una figura intelectual clásica (que evoca a un filósofo o poeta), con una expresión pensativa, se desvanece o se vuelve translúcida sutilmente. Sostiene un libro gastado. A su alrededor, los elementos de la cultura de masas son vibrantes y dominantes: una gran pantalla de televisión brillante que muestra a una celebridad, una valla publicitaria con una estrella del pop y un político dando un discurso. En el fondo, una escena urbana mundana: un pasillo de supermercado con carritos de compra, un mercado callejero (tianguis) con gente cargando bolsas y una parada de autobús. La atmósfera general debe transmitir la pérdida de autoridad y relevancia del intelectual en un mundo dominado por los medios de comunicación masiva y el consumismo. La iluminación debe ser dramática, destacando el contraste entre el intelectual que se desvanece y la cultura de masas vívida y abrumadora.

¿Dónde está el intelectual en la era de la cultura de masas? Edgar Sánchez Quintana explora el desvanecimiento de su autoridad, desde Baudelaire hasta la televisión, en un ensayo que cuestiona el valor del saber en la sociedad actual.

Por Edgar Sánchez Quintana

¡Cómo! ¿Usted aquí, amigo mío? ¿Usted en un lugar como este? ¿Usted que se alimenta de ambrosía y bebe quinta esencias? ¡Estoy asombrado!
Amigo mío: Usted sabe cuánto me aterrorizan los caballos y los vehículos. Pues hace un momento, cuando cruzaba el bulevar corriendo, chapoteando en el barro, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados, hice un movimiento brusco y mi aureola se me escurrió de la cabeza, cayendo al fango del macadam. Estaba demasiado asustado para recogerla. Pensé que era menos desagradable perder mi insignia que conseguir que me rompieran los huesos. Además, me dije, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo ir de un lado a otro de incógnito, cometer bajezas, entregarme al desenfreno, al igual que los simples mortales. ¡De modo que aquí estoy, como usted me ve, al igual que usted!
Charles Baudelaire

La anécdota de Baudelaire, con su aureola perdida en el fango del bulevar, resuena con una pertinencia inquietante en la actualidad. Nos interpela sobre la figura del intelectual, ese ser que antaño se alimentaba de ambrosía y bebía quintaesencias, y que hoy, quizás, chapotea en el mismo lodo que el resto de los mortales. La promesa del superhombre nietzscheano, tan seductora en la teoría, se desdibuja en la realidad cotidiana, más cercana al héroe de pasquín que a la profunda reflexión filosófica. La historia nos ha demostrado que las ideas, por más elevadas que sean, a menudo naufragan en la praxis, como ocurrió con el marxismo, la "nazificación" de Nietzsche o el positivismo porfiriano en México.

Durante siglos, el filósofo y el intelectual fungieron como faros, fijadores de rumbos, ya fueran acertados o equivocados. Su autoridad era incuestionable, su voz, una conciencia para la colectividad. Se les atribuía la responsabilidad social de "iluminar a los ignorantes" o, al menos, de aconsejar a los gobernantes. Su crítica movía conciencias e intereses, equiparando su poder al de la religión hegemónica. El intelectual, entendido como una entidad que desarrolla sus capacidades a través del intelecto, no del trabajo físico, era una minoría privilegiada, una punta de lanza en los cambios sociales. Ejemplos como el subcomandante Marcos o los líderes de la huelga de la UNAM, aunque quizás burdos, ilustran esta capacidad de movilización.

Sin embargo, los tiempos han cambiado. El intelectual, a mi parecer, pierde terreno, se desvanece de la vida pública. La ardua y espinosa preparación escolar y cultural, que implica años de estudio, sacrificios y horas de trabajo cognitivo, es ninguneada. El Estado invierte en la formación de estos pensadores críticos, pero luego los desecha, pues una conciencia crítica no siempre es conveniente. La responsabilidad del intelectual como mediador, creador de opinión, se difumina. La anécdota de un cómico entrevistando al presidente y al líder zapatista en la radio, mientras intelectuales como Juan Bañuelos, que lucharon por el diálogo y la paz en Chiapas, no lograron el mismo impacto, es reveladora. El papel que antes ocupaban los intelectuales, ahora lo asumen actores de telenovela, conductores de televisión e incluso futbolistas estrella, quienes, paradójicamente, son interpelados sobre la globalización y la posmodernidad, ofreciendo respuestas que el mismísimo Gianni Vattimo envidiaría.

Los medios audiovisuales han usurpado la función de formar conciencia, informar o desinformar. Construyen mitos y destruyen héroes con una maquinaria imparable. Un intelectual o académico no puede competir contra el mensaje embrutecedor y constante que transmiten día a día, convirtiendo una mentira repetida en una verdad inobjetable. Así, se inflan ideas como que el liberalismo arremete contra los pobres o que la globalización impulsará el desarrollo de todas las naciones, a pesar de las injusticias y desigualdades evidentes. Aunque, paradójicamente, algunos intelectuales, como Carlos Monsiváis, han sabido usar estos medios para gozar de sus "quince minutos de popularidad", otros, atormentados por la actualidad, se refugian en sus reflexiones solitarias, publicando para unos pocos.

La imagen del intelectual se ha sobado, desacralizado, transformado en mera opinión. Sus ideas son discutibles, su voz, tan válida como la de cualquier pelafustán. Su responsabilidad social se equipara a la de un político en campaña o un sofista muerto de hambre. En Tlaxcala, me pregunto si alguna vez existió tal figura, y si lo hizo, su desvanecimiento ha sido tal que se necesitan poderes psíquicos para vislumbrar su tan atacada aura. Conozco a varios de esos fantasmas, deambulando por el tianguis con las bolsas del mandado o comprando pañales en el supermercado. ¡Qué cruel es la existencia! ¡Hasta dónde hemos llegado! Esa dicha efímera, ese glamour del que sabe, del que conoce y habla lenguas, se ha perdido. Si los mortales, como los funcionarios o burócratas, pueden suplir su hacer, a los intelectuales no les quedará más que rememorar viejas glorias de antaño.

jueves, 20 de enero de 2011

Charles Baudelaire


Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, una figura intelectual clásica (que evoca a un filósofo o poeta), con una expresión pensativa, se desvanece o se vuelve translúcida sutilmente. Sostiene un libro gastado. A su alrededor, los elementos de la cultura de masas son vibrantes y dominantes: una gran pantalla de televisión brillante que muestra a una celebridad, una valla publicitaria con una estrella del pop y un político dando un discurso. En el fondo, una escena urbana mundana: un pasillo de supermercado con carritos de compra, un mercado callejero (tianguis) con gente cargando bolsas y una parada de autobús. La atmósfera general debe transmitir la pérdida de autoridad y relevancia del intelectual en un mundo dominado por los medios de comunicación masivos y el consumismo. La iluminación debe ser dramática, destacando el contraste entre el intelectual que se desvanece y la cultura de masas vívida y abrumadora.


¿Dónde está el intelectual en la era de la cultura de masas? Edgar Sánchez Quintana explora el desvanecimiento de su autoridad, desde Baudelaire hasta la televisión, en un ensayo que cuestiona el valor del saber en la sociedad actual.

CHARLES BAUDELAIRE



¡Cómo! ¿Usted aquí, amigo mío? ¿Usted en un lugar como este? ¿Usted que se alimenta de ambrosía y bebe quinta esencias? ¡Estoy asombrado!
Amigo mío: Usted sabe cuánto me aterrorizan los caballos y los vehículos. Pues hace un momento, cuando cruzaba el bulevar corriendo, chapoteando en el barro, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados, hice un movimiento brusco y mi aureola se me escurrió de la cabeza, cayendo al fango del macadam. Estaba demasiado asustado para recogerla. Pensé que era menos desagradable perder mi insignia que conseguir que me rompieran los huesos. Además, me dije, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo ir de un lado a otro de incógnito, cometer bajezas, entregarme al desenfreno, al igual que los simples mortales. ¡De modo que aquí estoy, como usted me ve, al igual que usted!

Charles Baudelaire





Muchas veces me he preguntado si es posible encontrarme con esa idea del superhombre nietzscheano a la vuelta de la esquina, en más de una ocasión he tenido ganas de topármelo, de manera tangible, real y quizás seguirlo como su discípulo, pero no es posible porque la idea que tenemos del superhombre nietzscheano está más cerca del héroe de pasquín llamado Superman, que la idea que tenía el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Sólo en raras ocasiones es posible dejar asentada una idea   filosófica en la vida diaria, en más de las veces resulta un fracaso, como ocurrió con las ideas marxistas, con la “nazificación” de las ideas Nietzscheanas o aquí mismo, con el positivismo desarrollado en México durante el porfiriato. El filósofo como el intelectual han tenido a lo largo de siglos presencia, autoridad, es un fijador de rumbos, sean equivocados o acertados al final de cuentas son direcciones; Pero las cosas cambian, y el intelectual pierde poco a poco su autoridad y sus privilegios para pasar a ser uno más de los obreros dedicados a la difusión de la cultura.

El papel de la gente ilustrada ha sido desde tiempos pasados, de conciencia a la colectividad, antaño se pensaba que la gente culta tenía la responsabilidad social de iluminar a los ignorantes—De eso se trata de algún modo el proyecto de   “democratizar la cultura” y   “hacer llegar la cultura a las comunidades”— o si no, por lo menos aconsejar a los gobernantes; o sea, la opinión y crítica de ese elemento social hacía mover   conciencias e intereses, tenían cierto poder a la par que la religión hegemónica.

Entendida como una entidad muy general, el intelectual   desarrolla sus capacidades de entrega a la sociedad por medio del intelecto, sea de cualquier modo, pero siempre y prioritariamente con el trabajo no físico, sino de la mente. Los intelectuales   han sido siempre una minoría que concientiza, se tiene un porcentaje alto de ejemplos en los cuales los intelectuales hacen las veces de punta de lanza de los cambios sociales, los tenemos   muy cerca, dos ejemplos actuales y quizás un poco burdos serán el subcomandante Marcos y los líderes de la huelga de la UNAM. Pero en general, ya mi parecer, el intelectual pierde terreno en la actualidad, se desvanece de la vida pública.

La preparación escolar y cultural del intelectual es ardua y espinosa, implica muchos años de estudio, sacrificios y muchas horas de trabajo cognitivo y cavilaciones que todos ningunean pero que de sentarse cualquiera a hacer ese trabajo simplemente no podrían, el preparar a los intelectuales cuesta al Estado   una buena cantidad de dinero, es una inversión que finalmente el Estado desecha porque los intelectuales crean conciencia crítica y eso no es conveniente, el intelectual forma parte de una   minoría con privilegios, que poco a poco pierde por la razón de que su responsabilidad como mediador, creador o de opinión se difumina. Me viene a la mente un ejemplo, en semanas anteriores escuché por la radio a un cómico caracterizando a un peladillo llamado “ponchito” en una entrevista con   el presidente de la República y el líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional   y aquellos que habían luchado empecinadamente por el diálogo y la paz en Chiapas como el poeta Juan Bañuelos y otros intelectuales simplemente y por una causa y por la otra no lo lograron, esto significa que el papel que anteriormente lo tenían los intelectuales ahora lo tienen los actores de telenovela, los conductores de televisión e inclusive los futbolistas estrella, incluso es posible ver que en sus entrevistas de estos protagonistas la pregunta: ¿Y que opina usted de la globalización y la posmodernidad? Y no me lo creerán pero algunos de ellos salen muy bien al paso con una respuesta que envidiaría el mismísimo Gianni Vattimo: una cinta negra de la filosofía actual.

Los medios audiovisuales cumplen ahora la función de formar conciencia, informar o desinformar; crean mitos y destruyen héroes, un intelectual o académico simplemente no puede competir contra esa maquinaria como lo son los medios masivos de comunicación, los medios audiovisuales tienen la capacidad de construir verdades por medio de un mensaje embrutecedor y constante transmitido día con día. Es como ese dicho de que una mentira repetida cientos de veces se convierte en una verdad inobjetable, así   es posible llamar las voces de que el liberalismo arremete con deleite contra los más pobres e inflar la idea de que la globalización impulsará el desarrollo de todas las naciones incluyendo la nuestra como lo está llena de injusticias, atrasos e inequidades. Pero paradójicamente   hay intelectuales que haciendo uso de los medios audiovisuales gozan de sus quince minutos de popularidad, se vuelven estrellas mediáticas como Carlos Monsivais entre otros. Así mismo, hay intelectuales que atormentados por la actualidad   se refugian en sus reflexiones solitarias y publican para unos poquitos.

La imagen del intelectual   ha sido muy sobada a tal grado que   se ha desacralizado, se ha transformado en opinión, sus ideas son discutibles, su opinión puede aceptarse tanto como la opinión de un pelafustán   de una colonia de donde sea, es decir, su responsabilidad social lo es tanto como la responsabilidad social que tiene un político en campaña o como sofista muerto de hambre. La imagen del intelectual se ha perdido, yo realmente no sé si en Tlaxcala existió alguna vez y si existió su desvanecimiento llegó a tal grado que se necesitan de valiosísimos poderes psíquicos para poder vislumbrar su tan atacada aura. Conozco a   varios de esos fantasmas y andan deambulando por el tianguis cargando las bolsas del mandado o bien en el supermercado comprando pañales. ¡Que cruel es la existencia! ¡Hasta donde   hemos llegado! Vaya dicha efímera, ese glamour   del que sabe, del que conoce y habla lenguas, porque como sabremos, su concepción tradicional es un sacerdocio que no le permite mezclarse con los mortales, pero si esos mortales como lo serían los funcionarios o burócratas de cualquier cosa pueden suplirlos en su hacer, pues no les quedará de otro más que rememorar viejas glorias de antaño.