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domingo, 1 de noviembre de 2020

Cuando se acabe la cuarentena

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista en una habitación blanca minimalista. Un hombre está sentado en una silla, sin vida, mientras una figura etérea y traslúcida se mantiene de pie frente a él con una expresión compasiva. Detrás del cuerpo inerte, se abre un portal circular de luz dorada brillante que simboliza el tránsito hacia el más allá.


¿Qué sucede cuando el que guía hacia la luz es quien realmente necesita cruzar? Descubre "Cuando se Acabe la Cuarentena", un impactante relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía de la muerte y la paz final.


—Mis esperanzas son muchas, todo depende de que este problema se acabe. Lo que ya quiero es ponerme en movimiento, hacer cosas que hace mucho había planeado y que ahora que he estado parado ya es el momento de ponerlo en práctica. A veces pasa que no valoramos las cosas, como cuando salía uno a la calle con total libertad, y que ahora valoramos. Quiero hacer cosas como decirle a ella cuánto la quiero, y otras cosas que quiero hacer. Cuando se acabe la cuarentena ahora sí voy a ponerme las pilas y sin miedo voy a enfrentar la vida. ¡Ahora sí me voy a poner bien chingón, ya lo verán! —

El hombre se observa en un sitio amplio y solo, detenido en sus pensamientos, imbuido hacia dentro. Sus cavilaciones son un tiempo detenido, aquietado hacia sí mismo. La habitación, blanca y sin ventanas, parece suspendida en una dimensión ajena al mundo exterior. No hay reloj. No hay calendario. Solo el monólogo incesante de sus esperanzas.
Rafael, terapeuta holístico y médium, escucha los pensamientos de este hombre y trata de ayudar. Ha estado trabajando con él durante semanas, canalizando su energía, intentando guiarlo hacia la paz.

—Dirígete a la luz, ve a la luz —dice Rafael, con una voz que suena como si viniera de muy lejos, como si fuera una bocina en su entorno.
El hombre escucha y capta el mensaje. Lentamente, comienza a moverse. Su cuerpo, hecho un vapor, como perfecta alma en pena, se desplaza por la habitación. Pero no se dirige hacia ninguna luz externa. Lentamente, se da la vuelta y se acerca a Rafael, el médium.
Una sonrisa triste, casi compasiva, se dibuja en su rostro etéreo.

—No, amigo —susurra el alma en pena, y su voz suena como el viento rozando un cristal—. La luz no es para mí. Es para ti.
Rafael, confundido, intenta retroceder, pero siente sus pies pegados al suelo. El alma en pena levanta una mano translúcida y señala hacia el rincón de la habitación donde Rafael está sentado.

—Mírate —le dice.
Rafael, con un terror que no había sentido nunca, gira la cabeza. Y entonces me encanta. Su propio cuerpo, desplomado en el sillón, con la piel pálida y los ojos vidriosos, fijos en la nada. Lleva ahí tres días, desde el infarto fulminante. Él, el gran médium, el terapeuta holístico que se suponía que podía ver más allá del velo, no se había dado cuenta de que era él quien había muerto en plena sesión.

El cliente que creía estar canalizando no era un paciente vivo buscando paz. Era su guía espiritual, su ángel guardián, que había venido a ayudar a cruzar sin que él lo supiera.
—La cuarentena se acabó para ti, Rafael —concluye el alma en pena, con una ternura infinita—. Yo solo soy el que viene a ayudarte a cruzar. Ahora, por favor, dirígete a la luz.
Una puerta de luz se abre detrás del cuerpo inerte de Rafael. Es blanca, cálida y emite una paz que Rafael nunca había experimentado. El médium, ahora consciente de su propia condición de fantasma, comienza a caminar hacia ella, mientras el otro espíritu, su trabajo cumplido, se desvanece en el aire.

Rafael da un último vistazo a su cuerpo abandonado en el sillón. Tres días. Nadie lo había encontrado. Nadie lo había buscado. Pero eso ya no importaba. La cuarentena había terminado para él, de una manera que nunca hubiera imaginado.


viernes, 30 de octubre de 2020

El coronavirus nos barrió

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra a una anciana vendedora de hierbas, con rostro curtido y ropa tradicional, sentada en un pequeño banco junto a su puesto. Un hombre le ofrece un plato con un desayuno caliente (café con leche, huevos con papas y una hojaldra). Al fondo, se vislumbra una calle semivacía con un transeúnte usando cubrebocas, evocando la época de la pandemia. La escena transmite calidez humana y resiliencia.

En medio de la pandemia, un encuentro inesperado revela la profunda sabiduría de la gente común. Descubre "El Coronavirus Nos Barrió", un relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la dignidad, la fe y la generosidad en tiempos difíciles.


—¿Cómo ha estado?
—Bien, aquí vendiendo mis hierbitas. ¿No vas a querer? Echamos cambio.
—Me hace falta la cola de caballo.
—De esa sí traigo. Una vez le dije que no traía, pero ahora sí. La “cola” —la mujer se ríe, acomoda sus bolsas y su enorme volumen de ropa se tambalea. Sus pies, embutidos en unos Crocs negros, apenas se ven.
—Pero no tengo comida, no abrió el restaurante.
—Aunque sea un café con leche, ándele. No, no vendió nada. Es que el coronavirus no me deja vender, está bien dura la cosa.
—Bueno, déjame ver qué tengo.
—También traigo epazote del zorrillo.
—Sí, pero de ese no necesito. Yo quiero cola de caballo.
—Sí, pero yo ya me voy a sentar, ya ando cansada. Que Dios le socorra y le dé más. Un café con leche y ya, bendito Dios, lleno mi panza, porque el traigo bien vacío desde ayer. ¿Cómo está su mamacita?
—Bien, anda por allá arriba, en sus plantas. Ya ve que ella es mayor de edad y no dejamos que se ponga en peligro por lo del coronavirus. Ya ve que está en riesgo.
—Sí, cuídela mucho. Que Dios la bendiga y le dé mucha salud.
Trabajo en la cocina y le prepara un desayuno: leche con café, huevos con papas y una hojaldra. Es temporada de muertos. Se lo llevo a la mesa.
—¡Bendito Dios! Mire nomás qué rico. Híjole, hasta me trajo huevo. Yo creía que nomás era café con leche. Dios se lo pague. Hasta mejor, de cambio le dejo una bolsa del epazote del zorrillo.
—No se apure, de ese sí tengo. Solo quiero la cola de caballo.
—Fíjese que a mí ya me dio el coronavirus. Ya a casi toda mi familia: mi cuñado, mi tío, mi hermana. A todos nos barrio, nos cundió en toda la familia. Yo les prepararé un pocillo grande de té con hierbas. Le eché la malva, la hierba del zorrillo, la hierba de la Santa Madre, y hasta de las más amargas, pero no se me quitó. Si con esas que le cuento se quita hasta el sida, pero este coronavirus es bien plagoso y se mete hasta adentro. Y es bien chiquito, que anda por el aire. No se ve, pero anda allí y se mete por la nariz, por las orejas y hasta por la boca. A mí me dio mucho vómito y toda desguanzada, y los trasudores que no se me quitaban. Pero ya ahorita ya me mejoré. Decían que uno tenía que estar en su casa, pero ¿cuál casa? Yo no tengo. Ya ve que yo me quedaba por la Cruz Roja, allí me daban permiso y, junto a las ambulancias, me hacía bolita y me dormía.
—Le traigo otra hojaldra.
—No, ya no, muchas gracias. Dios bendito, ya viene. Es que usted guisa re sabroso, y ya hasta lo recomendé para que vengan a hacerle el gasto, de que todo está rico. Hasta el café sabe re sabroso, no como el que dan luego. Por eso no me gusta el que regalan en el hospital, porque no sabe bueno y hasta lo ven a uno feo. Por eso prefiero mejor pagar o echar cambio.
»Y sí le digo que es bien peligrosa esa enfermedad del coronavirus. Y más pior los que tienen la diabetes, porque a ellos se les pone todo negro por dentro y ya hasta que se mueren. Por eso dice el doctor que de esas personas ya no va a haber. Y es que yo fui al hospital para que me dieran una medicina. Allí ya están vacunando y es de gratis. Y si usted va, no le vayan a querer cobrar. Usted les dice que el doctor dijo que es de gratis y que no van a cobrar. Y ese medicamento que le ponen a uno cura todo y le saca toda la enfermedad que uno tiene, y limpia todo, todo, y hasta las lombrices y los virus, todo los mata. Por eso es bueno ir allí, para que todo se cure y para andar bien, primero Dios.
—Bueno, estuvo bien rica la comida. Deje y le lavo estos platos que ensucié. Ya hasta me da pena, pero gracias a Dios y que Dios lo bendiga.
—No, déjame allí, yo me los llevo. Si lo desea, ponga el azúcar y el Nescafé en la mesa de la cafetera. Yo voy y dejo estos platos en la cocina.
—No, si ya me voy bien a gusto. Y sí, ya había pasado aquí, pero estaba cerrado. Usted y su mamá, que son bien amables, por eso Dios bendito les deja muchas bendiciones. Allí le dejo la cola de caballo. Ésta la hierve con un litro de agua, y le ayuda al riñón y le limpia todo por dentro, y se va a sentir mejor. Ya me voy, que Dios se lo pague. Ya me voy a vender. Otro día paso a ver si tiene un plato de sopa, aunque sea un plato de sopa. Me saluda a su mamacita.

Reflexión adicional

La mujer se fue, dejando tras de sí el aroma de sus hierbas y una verdad tan simple como profunda: cada quien vive la realidad desde su propia trinchera. Para mí, el coronavirus era una amenaza invisible que se combatía con aislamiento y ciencia. Para ella, era una plaga que se metía por los oídos, que se curaba con tés amargos y que se prevenía con una vacuna que, en su mente, era una purga milagrosa que limpiaba hasta las lombrices. Su percepción no era ignorancia, sino una forma de darle sentido a un mundo que, para ella, siempre ha sido hostil. Un mundo sin casa, sin comida asegurada, donde la generosidad es un plato de huevos con papas y la fe es el único antídoto contra el miedo. ¿Quién era yo para corregirla? Su realidad, con sus dragones y sus pócimas, era tan válida como la mía. Y en su manera de entender la vida, en su gratitud por un simple desayuno, había una sabiduría que ninguna ciencia podría enseñarme.


lunes, 26 de octubre de 2020

La veladora


Veladoras transformadas en macetas colgantes con plantas verdes, simbolizando la transformación del duelo en esperanza y vida durante la pandemia.


¿Es posible transformar el dolor en la vida? Descubre la conmovedora reflexión de Edgar Sánchez Quintana sobre la "alquimia del duelo", donde las veladoras de la pandemia se convierten en macetas colgantes, sanando el alma a través de la psicomagia.

Mi madre siempre devota, ha prendido veladoras durante años y ha hecho oraciones por aquellos que han partido, pero ahora con este problema de la pandemia, sus rezos y veladoras se han multiplicado.


Existe la jocosa acción de que cuando se compran veladoras de vaso de vidrio, los recipientes terminan en la cocina acrecentando el acervo de la vajilla, en eso en mi casa si es el caso, pero a partir del inicio de la cuarentena de principios del año de 2020 mi madre comenzó a comprar veladoras largas de mayor duración y en recipientes de plástico. para cada veladora era una oración tanto para la virgen de Guadalupe como para los fallecidos por esta enfermedad del coronavirus, y como en el caso de los vasos de vidrio, los envases de plástico también fueron guardados para algún uso futuro.


Mi madre me pidió que, hiciera agujeros a los envases para transformarlos en macetas de colgar, se veían bien y yo agregaba elementos para que tuvieran un aspecto artístico, pero lo más interesante es la conotación inherente en esta acción de la veladora es lo que me hace reflexionar en este texto. Yo siempre veo simbolismos en las acciones de las personas y en esta ocasión vi que un objeto de oración se transformaba en un recipiente que se transmutaba en una planta verde, viva y colgante, y eso me remitía a una teoría de un terapeuta tarotista llamado Alejandro Jodorobski.


Alejandro Jodorobski afirma que nuestro subconsciente es poderoso y debemos de aprender a manejarlo en nuestro beneficio, este autor asegura en su psicomagia que un objeto puede ser transmutado a otra cosa, algo muerto a algo vivo, el autor recomienda enterrar objetos que hacen daño psicológicamente a la persona y sembrar una planta encima del objeto, lo que hará el subconciente es sanar y hacer entender que la naturaleza, las plantas son vida y son esperanza. y he aquí mi similitud con los vasos de veladora transformados en macetas de plantas colgantes que adornan las casas. Hay allí una transmutación de la oración de mi madre por alguien fallecido de covid-19 a una maceta que embellece los espacios de una casa y da esperanza de que saldremos de esta. Esta reflexión es un valor agregado de la maceta de colgar que le han comprado a mi madre y que ahora adorna sus casas; solo espero que no sean demasiadas las veladoras que tenga que ella que comprar por los futuros fallecidos, ella estará haciendo a cada uno sus responsos y oraciones y de igual modo ella tendrá su fe y esperanza sembrando sus plantitas colgantes sabiendo que siembra vida y alegría a una casa. 

domingo, 9 de agosto de 2020

simbolismo de cuarentena

  

Ilustración conceptual de una silueta humana dentro de un cubo de cristal transparente rodeada de relojes sin manecillas, con un símbolo del Uróboros en el suelo y una luz dorada brillante en el horizonte exterior.


que significa realmente estar confinado? Explora este profundo análisis filosófico de Edgar Sánchez Quintana sobre la cuarentena como dispositivo de control, la suspensión del tiempo y el impacto en nuestra esencia como seres sociales.

Introducción: Más Allá del Aislamiento

El concepto de "cuarentena", despojado de sus connotaciones puramente sanitarias o religiosas, emerge como un poderoso símbolo de nuestro tiempo, un fenómeno que exige una reflexión profunda para desentrañar los conceptos que se anudan en la experiencia humana contemporánea. Este ensayo se propone poner en evidencia aquello que, más que comprendido, ha sido asimilado o impuesto, indagando en el porqué y la finalidad de un evento que ha reconfigurado nuestra existencia. Partiendo de una perspectiva filosófica y sociológica, abordaremos el "Ser" en su manifestación más inmediata: la existencia. No como una abstracción, sino como el sujeto anclado a una ubicación ya un tiempo que, bajo la condición de la cuarentena, se ven profundamente alterados.

El Ser Social y el Espacio Clausurado

La existencia humana, para ser analizada en este contexto, se define por su cualidad intrínseca y esencial: la sociabilidad. El ser humano es, ante todo, un ser social. Esta no es una característica circunstancial, sino el núcleo de su esencia, despojada aquí de connotaciones políticas o ideológicas. Es desde esta premisa que el concepto de "cuarentena" revela su verdadera magnitud. Hablamos de una reconfiguración del espacio y del tiempo, pero no de cualquier manera. La cuarentena impone un espacio cerrado sobre sí mismo, una condición que, como pilar de este análisis, viola la entidad misma del ser social.

El espacio cerrado, como nos advierte la termodinámica, tiende a viciarse, a corromperse; los fluidos pierden su dinamismo. Filosóficamente, este principio se extiende al espacio social. Michel Foucault, en su análisis de las sociedades disciplinarias, describió cómo los espacios cerrados funcionan como "laboratorios de la conducta". La cuarentena, en este sentido, transforma el hogar —normalmente un lugar de refugio, de llegada y de salida— en un dispositivo de control, un marco carcelario que no le es propio. La casa se convierte en un pretexto para la disociación, y quienes quedan confinados no son las paredes, sino las personas, el núcleo social. Como afirma Giorgio Agamben, las medidas de excepción y confinamiento refuerzan la maquinaria del gobierno sobre las libertades individuales, llevando al individuo a una forma de "muerte social", una exclusión que lo convierte en un muerto para el resto de la sociedad.

ConceptoAutor de ReferenciaImplicación en la Cuarentena
Espacios DisciplinariosMichel FoucaultEl hogar se transforma en un espacio de control que disciplina y aísla al individuo.
Estado de ExcepciónGiorgio AgambenLas medidas de confinamiento suspenden derechos y libertades en nombre de la seguridad.
Ser socialAristótelesLa naturaleza social del ser humano es violentada por el aislamiento forzado.

La Suspensión del Tiempo y la Muerte de la Modernidad

La cuarentena no solo limita el espacio, sino que también subvierte el tiempo. El concepto de "modernidad", entendido como un continuo de tiempos presentes regenerándose en un cambio incesante, queda suspendido. La modernidad, en su esencia, no puede existir sin el elemento del cambio; en la cuarentena, el tiempo se vuelve estático, inamovible. Es un "no-tiempo", un limbo que asfixia el propio ser de la modernidad. Esta parálisis temporal evoca la imagen del Uróboros, la serpiente que se muere la cola, un símbolo de la autoconsumación y de un ciclo que no avanza.

Martin Heidegger argumentó que la temporalidad es la estructura fundamental del ser, una dimensión ontológica inmanente al hombre. La cuarentena, al imponer un tiempo sin progresión, ataca esta estructura existencial. Por su parte, Byung-Chul Han ha descrito la crisis temporal contemporánea no como una aceleración, sino como una "disincronía", una atomización y dispersión de instantes sin una narrativa coherente. La cuarentena exacerba esta condición, creando un presente perpetuo y sin dirección, un agotamiento que han denominado la "sociedad del cansancio", donde el exceso de positividad y la autoexplotación nos llevan a un estado de agotamiento colectivo.

"La modernidad se acaba cuando a los hombres se les acaban las ideas, el continum de tiempos presentes y tiempos actuales regenerándose una y otra vez queda suspendida en una 'cuarentena', la modernidad queda suspendida en un limbo que no conoció, es un tiempo sin tiempo, es un asfixiamiento de su propio ser."

La Familia y la Crisis de Legitimidad Institucional

Si el hogar es el epicentro del confinamiento, la familia, como núcleo fundamental de la sociedad, es la simiente atacada. La casa, que existe en relación con su entorno y como centro de comunidades, se convierte en un cajón donde "nada sale y nada entra". Este ataque al núcleo familiar reverbera en toda la estructura social. El ambiente social emancipado queda recluido a una idea nuclear o, peor aún, a la mediación fría e insensible de los medios de comunicación.

Como consecuencia, toda institución social —educativa, política, cultural— queda a la deriva, como un esqueleto sin carne. Emerge entonces un profundo problema de legitimidad. Cada entidad inmersa en la sociedad se ve forzada a revalidar su valor, a legitimarse para seguir operando, o bien a extinguirse o transformarse. La crisis de la familia como institución se ha estudiado ampliamente, pero la cuarentena la ha expuesto con una crudeza inédita, mostrando su vulnerabilidad y, a la vez, su centralidad como último refugio de protección social.

Conclusión: La disyuntiva del no tiempo

La finitud inherente de la cuarentena —pues toda cuarentena, por más que se alargue, tiene un final— nos enfrenta a una encrucijada. El "no-tiempo" que trajo consigo puede ser interpretado en dos sentidos: como la destrucción de lo que estaba en construcción o como la apertura a una disyuntiva de cambio. Si la sociedad pre-2020 se caracterizaba por una lucha de poder, un individualismo exacerbado y un "valemadrismo soberbio", la suspensión de esa trayectoria nos obliga a preguntar: ¿qué valores deseamos recuperar? ¿Qué nuevas formas de convivir podemos vislumbrar?

La cuarentena, en su violenta interrupción de la normalidad, ha desnudo las contradicciones de nuestro modo de vida. Ha puesto en jaque la libertad que creíamos poseer, la solidez de nuestras instituciones y la naturaleza misma de nuestro ser social. La serpiente que se devora a sí misma puede ser un símbolo de destrucción, pero también de renovación. La decisión de qué construir sobre las ruinas de lo que fue, de si hemos de sucumbir al aislamiento o de forjar nuevos lazos de solidaridad, reside en la capacidad de la sociedad para reflexionar críticamente sobre esta experiencia límite y para actuar en consecuencia.

Referencias

[1] Foucault, M. (sf). El poder disciplinario. Prolegómenos - Revista de Derechos y Valores. recuperado de

[2] Agamben, G. (2020). Filosofía, muerte social y el giro ético necesario después de Covid-19. Dialéctica. recuperado de

[3] Heidegger, M. (2023). Heidegger y la temporalidad existencial. Nueva Tribuna. recuperado de

[4] Han, B.-C. (2025). 'El aroma del tiempo'. Ética. recuperado de

[5] Han, B.-C. (2025). La sociedad del cansancio. FILOSOFÍA&CO. recuperado de

[6] Carballeda, AJM (sf). Las Políticas Sociales y la esfera de la Familia; crisis de legitimidad y representación. Dialnet. recuperado de


jueves, 6 de agosto de 2020

Muertos Peleados


Ilustración cinematográfica de una confrontación frente a la "Funeraria San José" en Tlaxcala, con hombres portando candelabros como armas y una mujer grabando con su celular bajo un cielo turbio y opaco.


¿Hasta dónde llega la ambición en tiempos de tragedia? Explora "Muertos Peleados", una cruda crónica de Edgar Sánchez Quintana sobre la feroz competencia entre funerarias en Tlaxcala durante el apogeo del COVID-19.

Era turbia, opaca, como un líquido que queda en el fondo del flan, así era la tarde en la que cuento esta historia de apocalipsis. El protagonista era Damián, un joven de 25 años casado con Yuli; él era de rasgos toscos y apariencia gorilezca pero ella así lo quería, eran ambos una unión matrimonial perfecta. La situación se lleva a cabo en la ciudad de Tlaxcala México, durante la crisis sanitaria de 2020.

Damián acababa de perder su empleo que por diez años había atesorado, pero que le había dado bastante experiencia en el ramo, tenía su certificación como embalsamador, y había adquirido herramientas propias para su trabajo, como la bomba, los frascos para succión, los troques, tijeras y demás aditamentos; así como equipos de protección y sanitización propios del covid-19.

El señor Eduardo, su patrón y dueño de funerarias Sandal lo había despedido porque según él le estaba pagando demasiado y ya no le convenía, y también porque su esposa, Britney le había aconsejado que lo despidiera y que consiguiera a alguien que le pagara poco, y así fue, Damián empezó a trabajar por su cuenta y Yuli comenzó a atender la casa y al hijo que tenían. El trabajo de Yuli también era de cuidado porque en cada servicio de covid-19 tenía que lavar la ropa perfectamente, sanitizar toda su casa y esmerarse en la limpieza y pulcritud. A Damián le empezó a ir mejor que cuando trabajaba en las funerarias Sandal porque hacía más servicios ya que todos lo conocían y se había quedado con la cartera de clientes que por años había fructificado, pues era él quien atendía como embalsamador de la región a otras funerarias, y era algo que el señor Eduardo no se esperaba pues los servicios de embalsamamiento que él hacía ya no llegarían directamente a su empresa, sino que se irían a otro lado.

José el dueño de la “funeraria San José” ubicada en San Juan Totolac había acordado con Damián continuar con los servicios que ya estaban realizando por tiempo atrás y Damián hizo tratos con otras funerarias y aseguro así un aproximado de tres servicios por día, pues la temporada estaba en todo su apogeo sin dejar de ser empáticos por la pérdida.

El señor Eduardo discutió con sus trabajadores porque no estaba saliendo bien la cosa porque a pesar de la epidemia y de estar en una ubicación privilegiada para una funeraria, no lograban cerrar los tratos para los servicios funerarios, lo último había sido una urna y el servicio de cremación pues había sido de covid-19; los ayudantes eran Jorge, que era compadre de Damián y que se había quedado de encargado y Fernando que tenía poco de haber entrado a laborar, ellos le chismearon que estaban haciendo bien su trabajo pero que sabían que José el de la funeraria de San Juan Totolac estaba quitándoles los muertos porque tenía mejores precios. Esto hizo enojar al Señor Eduardo y discutió con su esposa, ella le reclamo que ya había encargado las licras colombianas uuyfit para ir al gimnasio y que necesitaba dinero, que se pusiera a ver que hacia; ella, neurótica y cizañosa sabia como manejar y envalentonar a su marido, le pico la cresta a tal grado que desde la ventana de su casa les grita a los trabajadores que estaban por descargar algunos aditamentos utilizados en los velorios.

─ ¡Dejen eso, vamos a San Juan Totolac, vamos a ver a ese cabrón que me está chingando! ─
─Si patrón─
Ellos se suben a la carroza funeraria y Eduardo y su esposa se van en su camioneta.
Llegan y enfurecido Eduardo va hacia la funeraria, José está afuera platicando con su ayudante.
─¡A ver cabrón porque me estas quitando los servicios, ya me contaron que tú eres el causante, porque pones esos precios tan bajos y ya no me está llegando nada, será mejor que te parta tu madre porque ya te había dicho una vez que no te metieras con mi negocio, que podías trabajar sin perjudicarme, pero tú no entiendes y ya es hora de que te parta tu padre para que lo entiendas, ya me tienes hasta la madre, si no es la cosa de que me ganas el lugar en el crematorio me quitas los clientes que ya había yo tratado y así no se puede, por eso ya estuvo, te voy a partir de tu madre por pasado de verga!─

Sale Britney de la camioneta empuñando como arma un celular para sacar video y se presta a dejar evidencia de la injusticia que le están haciendo a su marido.

Al unísono salen, Jorge y Fernando, los ayudantes de Eduardo empuñando unos candelabros y palos de los cortineros de velatorio y se prestan a partirle su madre al flaco de José, él como puede se defiende y lo único que encuentra a la mano es un tapete sanitizante con cloro a la entrada de su negocio y le sirve tanto de artefacto contundente como de escudo. A Eduardo lo descubrió porque observan Fernando y Jorge que se acerca por la avenida una patrulla de la policía, cuando José se va metiendo a su funeraria de golpe, escucha los insultos y maldiciones de los quejosos a lo lejos; se queda todo golpeado y molido por lo que ha pasado. Saca algodón y un poco de alcohol para sanar sus heridas. Los candelabros y cajas mortuorias quedan como testigos impávidos, nada los conmueve, lo que sí son los crucifijos que se alquilan en los velorios, como elementos equiparables a este nuevo Cristo de pandemia.