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viernes, 30 de octubre de 2020

El coronavirus nos barrió

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra a una anciana vendedora de hierbas, con rostro curtido y ropa tradicional, sentada en un pequeño banco junto a su puesto. Un hombre le ofrece un plato con un desayuno caliente (café con leche, huevos con papas y una hojaldra). Al fondo, se vislumbra una calle semivacía con un transeúnte usando cubrebocas, evocando la época de la pandemia. La escena transmite calidez humana y resiliencia.

En medio de la pandemia, un encuentro inesperado revela la profunda sabiduría de la gente común. Descubre "El Coronavirus Nos Barrió", un relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la dignidad, la fe y la generosidad en tiempos difíciles.


—¿Cómo ha estado?
—Bien, aquí vendiendo mis hierbitas. ¿No vas a querer? Echamos cambio.
—Me hace falta la cola de caballo.
—De esa sí traigo. Una vez le dije que no traía, pero ahora sí. La “cola” —la mujer se ríe, acomoda sus bolsas y su enorme volumen de ropa se tambalea. Sus pies, embutidos en unos Crocs negros, apenas se ven.
—Pero no tengo comida, no abrió el restaurante.
—Aunque sea un café con leche, ándele. No, no vendió nada. Es que el coronavirus no me deja vender, está bien dura la cosa.
—Bueno, déjame ver qué tengo.
—También traigo epazote del zorrillo.
—Sí, pero de ese no necesito. Yo quiero cola de caballo.
—Sí, pero yo ya me voy a sentar, ya ando cansada. Que Dios le socorra y le dé más. Un café con leche y ya, bendito Dios, lleno mi panza, porque el traigo bien vacío desde ayer. ¿Cómo está su mamacita?
—Bien, anda por allá arriba, en sus plantas. Ya ve que ella es mayor de edad y no dejamos que se ponga en peligro por lo del coronavirus. Ya ve que está en riesgo.
—Sí, cuídela mucho. Que Dios la bendiga y le dé mucha salud.
Trabajo en la cocina y le prepara un desayuno: leche con café, huevos con papas y una hojaldra. Es temporada de muertos. Se lo llevo a la mesa.
—¡Bendito Dios! Mire nomás qué rico. Híjole, hasta me trajo huevo. Yo creía que nomás era café con leche. Dios se lo pague. Hasta mejor, de cambio le dejo una bolsa del epazote del zorrillo.
—No se apure, de ese sí tengo. Solo quiero la cola de caballo.
—Fíjese que a mí ya me dio el coronavirus. Ya a casi toda mi familia: mi cuñado, mi tío, mi hermana. A todos nos barrio, nos cundió en toda la familia. Yo les prepararé un pocillo grande de té con hierbas. Le eché la malva, la hierba del zorrillo, la hierba de la Santa Madre, y hasta de las más amargas, pero no se me quitó. Si con esas que le cuento se quita hasta el sida, pero este coronavirus es bien plagoso y se mete hasta adentro. Y es bien chiquito, que anda por el aire. No se ve, pero anda allí y se mete por la nariz, por las orejas y hasta por la boca. A mí me dio mucho vómito y toda desguanzada, y los trasudores que no se me quitaban. Pero ya ahorita ya me mejoré. Decían que uno tenía que estar en su casa, pero ¿cuál casa? Yo no tengo. Ya ve que yo me quedaba por la Cruz Roja, allí me daban permiso y, junto a las ambulancias, me hacía bolita y me dormía.
—Le traigo otra hojaldra.
—No, ya no, muchas gracias. Dios bendito, ya viene. Es que usted guisa re sabroso, y ya hasta lo recomendé para que vengan a hacerle el gasto, de que todo está rico. Hasta el café sabe re sabroso, no como el que dan luego. Por eso no me gusta el que regalan en el hospital, porque no sabe bueno y hasta lo ven a uno feo. Por eso prefiero mejor pagar o echar cambio.
»Y sí le digo que es bien peligrosa esa enfermedad del coronavirus. Y más pior los que tienen la diabetes, porque a ellos se les pone todo negro por dentro y ya hasta que se mueren. Por eso dice el doctor que de esas personas ya no va a haber. Y es que yo fui al hospital para que me dieran una medicina. Allí ya están vacunando y es de gratis. Y si usted va, no le vayan a querer cobrar. Usted les dice que el doctor dijo que es de gratis y que no van a cobrar. Y ese medicamento que le ponen a uno cura todo y le saca toda la enfermedad que uno tiene, y limpia todo, todo, y hasta las lombrices y los virus, todo los mata. Por eso es bueno ir allí, para que todo se cure y para andar bien, primero Dios.
—Bueno, estuvo bien rica la comida. Deje y le lavo estos platos que ensucié. Ya hasta me da pena, pero gracias a Dios y que Dios lo bendiga.
—No, déjame allí, yo me los llevo. Si lo desea, ponga el azúcar y el Nescafé en la mesa de la cafetera. Yo voy y dejo estos platos en la cocina.
—No, si ya me voy bien a gusto. Y sí, ya había pasado aquí, pero estaba cerrado. Usted y su mamá, que son bien amables, por eso Dios bendito les deja muchas bendiciones. Allí le dejo la cola de caballo. Ésta la hierve con un litro de agua, y le ayuda al riñón y le limpia todo por dentro, y se va a sentir mejor. Ya me voy, que Dios se lo pague. Ya me voy a vender. Otro día paso a ver si tiene un plato de sopa, aunque sea un plato de sopa. Me saluda a su mamacita.

Reflexión adicional

La mujer se fue, dejando tras de sí el aroma de sus hierbas y una verdad tan simple como profunda: cada quien vive la realidad desde su propia trinchera. Para mí, el coronavirus era una amenaza invisible que se combatía con aislamiento y ciencia. Para ella, era una plaga que se metía por los oídos, que se curaba con tés amargos y que se prevenía con una vacuna que, en su mente, era una purga milagrosa que limpiaba hasta las lombrices. Su percepción no era ignorancia, sino una forma de darle sentido a un mundo que, para ella, siempre ha sido hostil. Un mundo sin casa, sin comida asegurada, donde la generosidad es un plato de huevos con papas y la fe es el único antídoto contra el miedo. ¿Quién era yo para corregirla? Su realidad, con sus dragones y sus pócimas, era tan válida como la mía. Y en su manera de entender la vida, en su gratitud por un simple desayuno, había una sabiduría que ninguna ciencia podría enseñarme.