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viernes, 14 de abril de 2023

Lomo Plateado: Elogio de la Madurez

 

Imagen hiperrealista y cinematográfica de un majestuoso gorila de lomo plateado, con expresión serena y sabia, sentado tranquilamente en medio de un frondoso bosque antiguo. Sus ojos transmiten profunda comprensión y fuerza silenciosa. En el fondo, sutilmente integradas, se aprecian siluetas de hombres maduros (de 50 años o más) realizando actividades reflexivas: uno meditando, otro ofreciendo orientación a una persona más joven, un tercero observando un vasto paisaje con una mirada conocedora. La iluminación es suave y dorada, enfatizando la dignidad y la seriedad del gorila y los hombres. La atmósfera general evoca sabiduría, paz y el profundo valor de la experiencia acumulada, contrastando con un sutil indicio del mundo moderno, acelerado y obsesionado con la juventud, en la lejanía (por ejemplo, luces borrosas de la ciudad o patrones digitales tenues).


Descubre el "Lomo Plateado", un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que reivindica la madurez masculina como fuente de sabiduría, serenidad y liderazgo, desafiando la obsesión cultural por la juventud perpetua.


En una cultura obsesionada con la juventud perpetua, llegar a la madurez —esa frontera simbólica de los cincuenta años o más— es a menudo visto como el inicio de un declive. La sociedad, con sus implacables estándares de éxito y fracaso, nos empuja a medir la vida en términos de productividad y apariencia, ignorando la forma más auténtica de riqueza que solo el tiempo puede otorgar: la sabiduría decantada de la experiencia. Este ensayo es una reivindicación de esa etapa de la vida, un intento de desglosar el valor del hombre maduro a través de una metáfora tomada de la naturaleza: la del "lomo plateado".

La sabiduría de la vida, en su forma más pura, a menudo se revela no en los complejos discursos humanos, sino en la observación silenciosa del mundo animal. Me fascinan los primates, y en particular los gorilas, por su asombrosa similitud con nuestra propia estructura social. Dentro de la manada, el gorila de lomo plateado no es simplemente el más fuerte o el más agresivo. Es el eje sobre el cual gira el equilibrio del grupo. Su función no es la dominación por la fuerza bruta, sino la estabilización. Es el protector, el mediador, el que resuelve conflictos con una economía de gestos que denota una confianza absoluta en su posición. No necesita demostrar su poder porque este emana de su sola presencia, de su experiencia acumulada y de la responsabilidad que asume por el bienestar del grupo. Su liderazgo es una fuerza tranquila, una certeza que calma y ordena.

Este arquetipo del lomo plateado resuena profundamente con una concepción de la madurez masculina que nuestra sociedad ha olvidado. Se nos ha hecho creer que el hombre de más de cincuenta está en sus últimos años, que “chochea” o que su valor reside únicamente en el estatus material que ha acumulado. Sin embargo, esta visión es superficial. La verdadera valía del hombre maduro no está en su cuenta bancaria ni en su capacidad para competir con los más jóvenes, sino en una serie de cualidades que, al igual que en el gorila, se han forjado en el crisol del tiempo.

La primera de estas cualidades es una serenidad ganada . El hombre joven vive en un estado de agitación constante, impulsado por la ambición, la inseguridad y la necesidad de probarse a sí mismo ya los demás. El hombre maduro, en cambio, ha librado ya suficientes batallas para saber cuáles merecen la pena y cuáles no. Ha aprendido a diferenciar entre lo urgente y lo importante. Su energía ya no se desperdicia en la autoafirmación, sino que se canaliza con propósito. Esta calma no es pasividad, sino una forma superior de poder: el poder de quien conoce su propio centro y no se deja arrastrar por las tormentas pasajeras.
La segunda calidad es la perspectiva . El hombre que ha vivido medio siglo ha sido testigo de ciclos, ha visto imperios personales y colectivos alzarse y caer, ha experimentado el fracaso y la resiliencia. Esta visión a largo plazo le otorga una capacidad única para relativizar los problemas y para ofrecer consejos sin la urgencia del pánico. Mientras el joven ve cada crisis como el fin del mundo, el hombre maduro la ve como un capítulo más en una larga historia, un desafío que, como tantos otros, también pasará. Su experiencia le permite ver el bosque más allá del árbol, el patrón más allá del caos.

Finalmente, la cualidad más importante es una integridad silenciosa . El verdadero "lomo plateado" no busca el aplauso ni el reconocimiento. Su código de conducta no depende de la aprobación externa, sino de un conjunto de valores internos decantados a lo largo de los años. Para mí, estos valores se resumen en tres pilares: respeto , no solo por los demás, sino por el camino recorrido y por uno mismo; aceptación de las propias limitaciones, de la inevitabilidad de la pérdida y de la naturaleza imperfecta de la vida; y equilibrio , la capacidad de mantenerse en pie, con dignidad y sin estridencias, en medio de las contradicciones del mundo.

En conclusión, el concepto de "lomo plateado" es un antídoto contra la tiranía de la juventud. Nos invita a redefinir el valor de un hombre no por la tensión de sus músculos o la rapidez de sus reflejos, sino por la serenidad de su mirada, la profundidad de su perspectiva y la solidez de su carácter. Es un llamado a honrar la sabiduría que solo el tiempo puede esculpir, una sabiduría que, lejos de ser un signo de declive, es la manifestación más elevada de una vida plenamente vivida.


viernes, 30 de octubre de 2020

El coronavirus nos barrió

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra a una anciana vendedora de hierbas, con rostro curtido y ropa tradicional, sentada en un pequeño banco junto a su puesto. Un hombre le ofrece un plato con un desayuno caliente (café con leche, huevos con papas y una hojaldra). Al fondo, se vislumbra una calle semivacía con un transeúnte usando cubrebocas, evocando la época de la pandemia. La escena transmite calidez humana y resiliencia.

En medio de la pandemia, un encuentro inesperado revela la profunda sabiduría de la gente común. Descubre "El Coronavirus Nos Barrió", un relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la dignidad, la fe y la generosidad en tiempos difíciles.


—¿Cómo ha estado?
—Bien, aquí vendiendo mis hierbitas. ¿No vas a querer? Echamos cambio.
—Me hace falta la cola de caballo.
—De esa sí traigo. Una vez le dije que no traía, pero ahora sí. La “cola” —la mujer se ríe, acomoda sus bolsas y su enorme volumen de ropa se tambalea. Sus pies, embutidos en unos Crocs negros, apenas se ven.
—Pero no tengo comida, no abrió el restaurante.
—Aunque sea un café con leche, ándele. No, no vendió nada. Es que el coronavirus no me deja vender, está bien dura la cosa.
—Bueno, déjame ver qué tengo.
—También traigo epazote del zorrillo.
—Sí, pero de ese no necesito. Yo quiero cola de caballo.
—Sí, pero yo ya me voy a sentar, ya ando cansada. Que Dios le socorra y le dé más. Un café con leche y ya, bendito Dios, lleno mi panza, porque el traigo bien vacío desde ayer. ¿Cómo está su mamacita?
—Bien, anda por allá arriba, en sus plantas. Ya ve que ella es mayor de edad y no dejamos que se ponga en peligro por lo del coronavirus. Ya ve que está en riesgo.
—Sí, cuídela mucho. Que Dios la bendiga y le dé mucha salud.
Trabajo en la cocina y le prepara un desayuno: leche con café, huevos con papas y una hojaldra. Es temporada de muertos. Se lo llevo a la mesa.
—¡Bendito Dios! Mire nomás qué rico. Híjole, hasta me trajo huevo. Yo creía que nomás era café con leche. Dios se lo pague. Hasta mejor, de cambio le dejo una bolsa del epazote del zorrillo.
—No se apure, de ese sí tengo. Solo quiero la cola de caballo.
—Fíjese que a mí ya me dio el coronavirus. Ya a casi toda mi familia: mi cuñado, mi tío, mi hermana. A todos nos barrio, nos cundió en toda la familia. Yo les prepararé un pocillo grande de té con hierbas. Le eché la malva, la hierba del zorrillo, la hierba de la Santa Madre, y hasta de las más amargas, pero no se me quitó. Si con esas que le cuento se quita hasta el sida, pero este coronavirus es bien plagoso y se mete hasta adentro. Y es bien chiquito, que anda por el aire. No se ve, pero anda allí y se mete por la nariz, por las orejas y hasta por la boca. A mí me dio mucho vómito y toda desguanzada, y los trasudores que no se me quitaban. Pero ya ahorita ya me mejoré. Decían que uno tenía que estar en su casa, pero ¿cuál casa? Yo no tengo. Ya ve que yo me quedaba por la Cruz Roja, allí me daban permiso y, junto a las ambulancias, me hacía bolita y me dormía.
—Le traigo otra hojaldra.
—No, ya no, muchas gracias. Dios bendito, ya viene. Es que usted guisa re sabroso, y ya hasta lo recomendé para que vengan a hacerle el gasto, de que todo está rico. Hasta el café sabe re sabroso, no como el que dan luego. Por eso no me gusta el que regalan en el hospital, porque no sabe bueno y hasta lo ven a uno feo. Por eso prefiero mejor pagar o echar cambio.
»Y sí le digo que es bien peligrosa esa enfermedad del coronavirus. Y más pior los que tienen la diabetes, porque a ellos se les pone todo negro por dentro y ya hasta que se mueren. Por eso dice el doctor que de esas personas ya no va a haber. Y es que yo fui al hospital para que me dieran una medicina. Allí ya están vacunando y es de gratis. Y si usted va, no le vayan a querer cobrar. Usted les dice que el doctor dijo que es de gratis y que no van a cobrar. Y ese medicamento que le ponen a uno cura todo y le saca toda la enfermedad que uno tiene, y limpia todo, todo, y hasta las lombrices y los virus, todo los mata. Por eso es bueno ir allí, para que todo se cure y para andar bien, primero Dios.
—Bueno, estuvo bien rica la comida. Deje y le lavo estos platos que ensucié. Ya hasta me da pena, pero gracias a Dios y que Dios lo bendiga.
—No, déjame allí, yo me los llevo. Si lo desea, ponga el azúcar y el Nescafé en la mesa de la cafetera. Yo voy y dejo estos platos en la cocina.
—No, si ya me voy bien a gusto. Y sí, ya había pasado aquí, pero estaba cerrado. Usted y su mamá, que son bien amables, por eso Dios bendito les deja muchas bendiciones. Allí le dejo la cola de caballo. Ésta la hierve con un litro de agua, y le ayuda al riñón y le limpia todo por dentro, y se va a sentir mejor. Ya me voy, que Dios se lo pague. Ya me voy a vender. Otro día paso a ver si tiene un plato de sopa, aunque sea un plato de sopa. Me saluda a su mamacita.

Reflexión adicional

La mujer se fue, dejando tras de sí el aroma de sus hierbas y una verdad tan simple como profunda: cada quien vive la realidad desde su propia trinchera. Para mí, el coronavirus era una amenaza invisible que se combatía con aislamiento y ciencia. Para ella, era una plaga que se metía por los oídos, que se curaba con tés amargos y que se prevenía con una vacuna que, en su mente, era una purga milagrosa que limpiaba hasta las lombrices. Su percepción no era ignorancia, sino una forma de darle sentido a un mundo que, para ella, siempre ha sido hostil. Un mundo sin casa, sin comida asegurada, donde la generosidad es un plato de huevos con papas y la fe es el único antídoto contra el miedo. ¿Quién era yo para corregirla? Su realidad, con sus dragones y sus pócimas, era tan válida como la mía. Y en su manera de entender la vida, en su gratitud por un simple desayuno, había una sabiduría que ninguna ciencia podría enseñarme.