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sábado, 28 de febrero de 2026

Arthur Rimbaud: El Vidente Moderno y su Aureola Perdida

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un joven Arthur Rimbaud, con ojos azules penetrantes y una expresión rebelde, se representa en un estado de "desarreglo razonado de todos los sentidos". Está rodeado de elementos surrealistas y oníricos: visiones fragmentadas de caos urbano (caballos y vehículos), una calle embarrada y una sutil y brillante aureola cayendo en el barro. En el fondo, elementos de su vida: un barco (haciendo referencia a sus aventuras como traficante) y destellos de figuras marginadas. La atmósfera general debe ser intensa, melancólica y rebelde, reflejando su persona de "poeta vidente" y su rechazo a las normas sociales. La iluminación debe ser dramática, con fuertes contrastes entre luces y sombras, enfatizando su tormento interior y su estado visionario.

Descubre la vida y obra de Arthur Rimbaud, el poeta que se hizo vidente a través del desarreglo de los sentidos. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana sobre la modernidad radical y el legado de un genio literario.

Por Edgar Sánchez Quintana

“Es preciso ser absolutamente moderno”
A. Rimbaud


Arthur Rimbaud, el poeta de pocas palabras, pero de una intensidad que trasciende el tiempo, nos legó una obra breve, forjada entre los dieciséis y los diecinueve años (1870-1873), que resuena con la fuerza de un oráculo. Su célebre afirmación, "el poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos", encapsula la esencia de su pensamiento y de toda su creación. En esta frase, Rimbaud no solo define su poética, sino que traza un camino hacia una modernidad radical, una búsqueda de la verdad a través de la disolución de las convenciones.

La vida de Rimbaud fue tan antiliteraria como su obra fue revolucionaria. Aventurero, negrero y traficante de armas, su existencia fue un constante desafío a las normas. André Breton, en el primer manifiesto surrealista, lo proclamó "surrealista en la vida práctica y en todo", reconociendo en él al precursor de una nueva sensibilidad. Rimbaud, un adolescente rebelde con "ojos de un azul que da miedo", extrajo de su enojo y de su visión de "poeta vidente" una imaginación desbordada, cayendo en un nihilismo desmedido. Su huida de sí mismo, esa crisis arquetípica del adolescente radical, lo convirtió en un díscolo incurable. "Me parecían risibles las celebridades de la pintura y de la poesía moderna; me gustaban las pinturas idiotas, los decorados de los saltimbanquis, las ilustraciones populares; me gustaba la literatura fuera de moda, el latín de iglesia…", confesaba, revelando su desprecio por lo establecido y su fascinación por lo marginal.

En su poesía, los gustos más extravagantes y las ideas más absurdas se dan cita. Con una audacia que estremece, Rimbaud declara: "curas, profesores y maestros, os engañáis dándome en las manos la justicia, yo nunca fui cristiano, yo soy de la raza que cantaba en el suplicio, yo no entiendo las leyes, yo no tengo sentido moral, yo soy un bruto". Esta declaración es un grito de libertad, una negación de toda autoridad moral y religiosa que busca las máximas formas de amor, de sentimiento y de locura. Para Rimbaud, si la operación de los sentidos resulta vana, "entonces ya no quedará más que elegir otros caminos y buscar la libertad en el sueño o en el silencio del propio yo interior o en soluciones metafísicas". Los sueños, como el yo interior, son caminos admisibles que pueden conducir a resultados sorprendentes e inimaginables. "Una noche", nos dice, "senté la belleza en mis rodillas, la encontré amarga y la injurié". Sus imágenes, desprovistas de ataduras temporales, humanizan y corporeizan lo increíble, revelando una alquimia del verbo que se entreteje entre la risa loca y la mente clandestina e idiota.

Para Arthur Rimbaud, la auténtica vida está ausente; no estamos en el mundo, sino inmersos en alucinaciones y combinaciones. Su poesía es un "harapo podrido", un "pan empapado de lluvia", una "embriaguez" de "mil amores" que lo han crucificado. En sus versos, la piel roída por el barro y la peste, los cabellos y las axilas llenos de gusanos, y "gusanos aún más gordos en el corazón", son imágenes de una purificación orgiástica, de gritos subterráneos que emergen entre sus ropas y sus palabras poéticas. Su exorcismo discursivo y desmedido, su culto al coraje clandestino, lo consagran como un poeta maldito, un vidente que, al perder su aureola en el fango, se volvió "absolutamente moderno" y, paradójicamente, eterno.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Sembradío de Elucubraciones

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista de una figura desafiante con expresión feroz y ojos brillantes, en medio de un paisaje urbano desolado y ruinoso. El fondo muestra edificios coloniales en ruinas fusionándose con un cielo gris y contaminado, simbolizando una modernidad decadente. Elementos naturales retorcidos y espinosos se integran sutilmente, representando la lucha y la conexión visceral con la tierra. La atmósfera general es de angustia existencial, rebelión y búsqueda de significado en la desolación. La iluminación dramática resalta el contraste entre luces y sombras, enfatizando la emoción cruda y la dura realidad.


Explora el "Sembradío de Elucubraciones" de Edgar Sánchez Quintana: un viaje visceral por el nihilismo, la crítica social y la búsqueda de sentido en la desolación de la modernidad.

Por Edgar Sánchez Quintana

México, 2014

Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tiznada, sí, muy lejos a la pura tiznada.

Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.

Ahora estoy regocijado, tengo horror al zangoloteo en boga, lo mejor para mí en este momento sería recogerme, completamente bautizado sobre las damas. No me reparto pues, retomo los caminos que me han avecindado donde he cargado con mis desvaríos y he echado raíces de ansiedad como un fardo; desde la edad de la sazón, cuando comenzó a cocinar las tortas, el pozole; y que hizo inclinarme al ciclo, que me calienta, me precipita, me remolca.

Me llegué por fin la última inocencia y la última desvergüenza. Lo dicho era llevar al mundo mis repugnancias y mis traiciones. ¡Vamos! el hastío, la espera, el desierto y la blasfemia. ¿Qué mentira debo sostener? ¿A quién entregarme? ¿Sobre qué tribu caminar? ¿A qué bárbaro servir? ¿A qué dibujo santo atacar? ¿Qué corazones estimularé? Cuidarse, más bien de la democracia de simulación y será la vida dura, en el surco, en los sitios huecos llenos de ocho horas, pues eso es el simple embrutecimiento, acrecentar la brutalidad, con el ojo marchito, y la tapa del ataúd lista para traslaparse con las lajas. Así nada de peligros, ni de ocaso: el terror me acompaña en este destino. ¡Ah! Me encuentro tan abandonado que ofrezco a cualquier perfil poderoso mis impulsos hacia la perfección. ¡Oh mi virtud, oh mi caridad maravillosa depositada aquí en la tierra con profunda modorra!

Cuando aún era muy niño, admiraba al párroco de la iglesia que consagraba siempre las hostias y hacía abrir las puertas de la sacristía para que entraran pequeños como yo para ser violados y ultrajados por esas sotanas tan santas para las santurronas; visitaba los albergues y los internados que él había santificado con su figura, incluso lo seguía hasta la montaña a escuchar esos sermones vaporosos, cuando arreciaba la ventisca; vio con su idea el cielo azul y las floridas prácticas de provincia; mis testigos y sufrientes amigos decían que el silencio era un buen consejero, por aquel entonces escudriñaba tal fatalidad en ciudad-pueblo, que despedazaba inocencias con mustio empacho. Él, como único juez de su gloria y de su razón, sigue fecundizando picardías a los estrenados camaradas hasta que el señor lo llame a su santa gloria y lo tendrá sentado muy cerca de él y su reino no tendrá fin.

En los campamentos, durante noches inclementes, sin techo, sin equipo de supervivencia, sin esperanza de encontrar el camino, una voz marchita exhalaba mi nombre desde la arboleda, mi corazón coagulado por la modorra, inició su avance con un pequeño sobresalto. A la mañana siguiente tenía una mirada tan extraviada y un semblante tan muerto que aquellos que hallé tal vez no me hayan visto.

En la ciudad el smog se me aparecía súbitamente gris y negro, como un hoyanco donde se están quemando los frijoles. ¡Cual un infortunio de cocinero! Buena suerte –pronunciaba- y veía un mar de llamas y humo en el cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las gramíneas lanzándose hacia el cielo: ayocotes, alverjones, alubias y las riquezas saliendo después de ser comidas, todas ellas flameando como un millar de relámpagos desde nalgas paradas como catapultas hostiles. Y yo apuntaba hacia el norte para clamar venganza.

Pero la orgía y el burkake me estaban prohibidos. También las niñas frescas y castas. ¡Ni siquiera un compañero! Me veía ante una multitud sulfurada ante un par de policías listos para lincharlos y ellos llorando su desgracia de que todos nosotros no pudimos comprender, que eran unos inocentes, eran víctimas propiciatorias ¡y no pudiendo haber perdonado prendían la pira con ramas de pirul y eucalipto para que al quemar la carne ardieran también los ojos impúdicos!—¡Cómo es eso!—Hubo un equívoco al dejarme crecer hasta lo que soy ahora, porque nunca entendieron que debían de cortar la cizaña antes de que se extendiera por todo el terreno, y ahora sabrán que jamás pertenecí a este municipio pedorro; nunca he sido creyente; pertenezco a un estirpe que ha desaparecido y cuya gracia es cantar caminando entre los precipicios y el vacío; carezco de decencia, vomito insolencias a los más venerados, soy una bestia.

Sí, tengo los ojos cerrados a toda luz. Soy un bárbaro, pero sin remedio, no puedo ser condenado, porque nadie está por encima de mí. En este caserío se respira la fiebre del cáncer más purulento; por sobre las casas escurriendo como gustosa baba, las enredaderas en plena primavera. Los ancianos cuando llegan estos tiempos se creen cada vez más prudentes o más respetables y muy pocos reclaman que los tuesten amarrados en las azoteas. Lo más lúcido es renunciar a este distrito, donde ronda hasta por dentro de mí los enloquecimientos de esa manada de secuestrados pusilánimes. ¡Sed, hambre, ganas de cagar, de echarse una miada en el sitio más inapropiado!

¡Ah! No lo había sospechado pero, he recibido el golpe de la desgracia en plena temporada de lluvias, ¿Qué acaso esa desventura no sabía que tengo goteras en mi casa? ¡Vaya desventura de lo más inoportuna! ¡Yo he conocido! –Basta de diccionarios— Sepulto a los vivos en mi estela. ¡Soltemos los gritos a la callada sombra! Ni siquiera vislumbro el lapso maravilloso donde desgranamos fuetazos en sus espaldas, serán agraciados con esa mi bendición, se tirarán en las banquetes para buscar mi bautismo.

Este viento, viento pájaro de murmullos en farra, como adolescentes rumbo a la feria; viento cruzado, de izquierda a derecha, topándose con las cosas cual muchedumbre con vocación al caos, son aires que se parten la madre y se tuercen hasta verse el culo unos a otros, son objetos que no se ven pero que sí se mueven y se entrometen en cualquier rendija, estruja los árboles, encabrita las nubes abucheadas por estos y por aquellos lados. Corriente afrodisíaca que pasa por los calzones colgados en el tendero, que excita las antenas, flujo aternurado que me hace entrar en la cama y dormir con el rorro de las hojas del árbol cercano, rostro vacío, diversidad sin morfología en faena, felices en peregrinación. Ente despeinador, cegador, creador de mugre, brioso erosionador de los montes exangües, café del cielo, conjurador letal y vanidoso de los pronósticos del tiempo.

Desde ayer ando fantocheando mis artículos periodísticos, burlándome de ellos, incitando a que duerman su historia, quiero mandarlos a santiguarse frente a mi espejo y que me mienten la madre, pues vulgares, del montón, adobados con jactancias en el sobaco no me sirven de nada pues les falta que suden y que se fajen de la cintura.

Resulté ser un aprendiz del eco político, me aventajan otros con gran desfachatez y lisonjería, pero a estos otros insultables apóstoles de cutis de casaca, por estos, no doy nada. Los políticos y su enorme sabiduría: ¡patrimonio de la humanidad! Ellos lo saben, la inteligencia se les descobija como gargajo artesanal, son narcisos a la intemperie, presuponiendo que son fastuosos en su beldad; su cabeza resulta ser un musgo encopetado y socavado por un espíritu liliputiense que quiere huirles nomás por traición afanosa. Cuánto daría por un Dios de tales virtudes, para así dejar de preocuparme en ganarme el paraíso pues con ellos puedo conseguirlo con amparo de una manzana mordida.

Calles hormigueantes, banquetes atestadas de sueños donde circulan sombras de los transeúntes, las ocultaciones de la realidad van de aquí para allá, como savia de árbol, el smog dormitando entre tanta agitación, su brumosidad va decorando esta modernidad de ciudad colonial; es una niebla amarillenta y sucia, como inundando todo de bióxido de carbono. Mi alma va discutiendo cansadamente conmigo sobre este ambiente de pesados ​​nervios; allí están los viejos barrios inundados de años, chorreando décadas, apareciendo en las esquinas las historias más enflaquecidas de invención pero regordetas de realidad, por aquel lado está el espinazo de la ciudad: es decir las colonias populares, de clase media, zonas habitables para el obrero, los empleados de mostrador, las enfermeras y maestros. Allá los rostros arquitectónicos de los antiguos aposentos de los colonialistas, con altos muros, prendidas a una significación permanente de nuestro liliputiense espíritu conquistado y ahora preparamos el centro de la ciudad y sus aledañas cuadras a que se asemejen a la misma idea rejega, el similar asomo de casas de mayoral como si toda la ciudad fuera de la misma condición. Por acullá la yuxtaposición mostrenca: modernidad-identidad (de político analfabeta) de cuya conjunción no logramos más que engendros, diseños corcovados e identidades efusivas y de charada. ¡Festejemos cuantas resoluciones ordenadas! Necesito de una tolerancia inteligente para seguir discurriendo el verbo, para continuar con este paseo discursivo.

Mi alma hace de tal realidad un reflejo harapiento en rasgos tartajosos pues tose lo que puede ya veces lo que no debería. He visto cómo se entusiasma de apetito nuestro futuro, pues buscamos sin lapso alguno nuestra modernidad emparejada, pero lo que nos chicotea de esa maroma son sombras chinescas, muecas de una realidad dosificada de abismos, veo a mi tribu como una entidad haciendo peripecias imberbes, como horda de chamacos con juguete nuevo y ese juguete lustroso se llama modernidad y yo la veo bofa, ávida y nerviosa, como con falta de fundamento, tal cual una ñoña virgen frenética por sus ganas y mi satisfacción placebo ante tal escudriñamiento es echarme a dormir como un santo marrano, babear la almohada, pedorrearme entre las cobijas y así ser feliz soñando que mi avecindado futuro sea cada vez más moderno y mientras más moderno tendré esa tolerancia eucarística propia de los mártires por mi sumisión autóctona.

Tengo en mi piel un error específico, el resbalón de ser inexistente. ¿En qué motivos radica la certeza de existir si yo no soy? Pero el verbo tuerce la intención aseverada porque no somos, pero solo en parte, solo en algunos mundos, solo en ámbitos errabundos, esferas esquivas, planos diáfanos; la consecuencia plena de inexistencia es independencia, y tal vez libertinaje ¿quién como yo puede rendirle cuentas al silencio y el silencio acepta las más insospechadas elucubraciones? ¿De qué modo es posible sembrar palabras desgarradoras y ponzoñosas si no es con una estela brillante de prohibiciones?

Qué horizonte más llamativo, el de las espesas nubes sanguinolentas, esa lontananza que llama a una observancia inquisidora a una pereza catatónica; me sobo los pies mientras admiro el tenue semblante dispendioso de anaranjados, carmesíes y blancos, grisáceos allá por la izquierda justo donde se transpira el ambiente húmedo y el zangoloteo infame del chubasco.

Ante los secuestros contundentes de la conciencia, me presto a la disposición de una violencia de alto octanaje en los adjetivos, ya que la playa carnavalesca de actualidad, hace boicot a todo pensamiento que trata de formarse, he aquí a un habitante de este lastimado destino, henos yendo hacia el dedo de cuantos vértigos, a la boca de donde sale la tierra de los desposeídos; y el viento me entra por la encrucijada tecnología ínfima. Hablo con una lengua rasposa y reveladora, pues las rocas que me hacen tropezar crecen como hongos de muerte. Sí, es una lengua eclipsada, rota, que habla en lenguas, lenguas excluidas, primigenias, despavoridas del presente, por eso se desfonda la voz como objeción mortificada, como una hermosa contestación insolente.

Los días se suicidan uno tras otro y nadie guarda un poco de sapiencia aunque sea indígena para poder distribuir talismanes protectores de la conciencia. Ni yo mismo ando buscando el infinito porque en mí ya está instalado, las costras imperecederas apenas si se asoman y es la caspa en mi frente. ¡Silencio! ¿Qué no se dan cuenta cómo su cuerpo hecho pedazos va haciendo sonidos a jirones, a roncos gemidos, a tintineos de huesos secos? ¿Qué no les basta con tararear cualquier bobada para distraer el espíritu y vaciar la conciencia? ¿Qué acaso no son ya demasiado desgraciados como para exaltar aún más su desventura? ¡Vayan y escóndanse en la negra que ya acecha, la que se puede ordenar en los sitios donde hormiguean las masas!

Vayan en una mañana frágil a esconderse de los últimos sueños de las conciencias agudas, y no salgan de su escondite, porque puede llegar el temblor, el cisma, la muerte que se ha quedado dormida dentro de ustedes. Más valdría romperles el cráneo como nuez y desmembrarles la muerte, su muerte instalada, emplazada a su futuro evasivo y untuoso. ¡Ya vi cómo les crece su muerte y al mismo tiempo empequeñece su vida! Como me gustaría que esa muerte ya tan cercana les pusiera el culo en la cara y respiraran esa hediondez en su último respiro. ¡Basta!, ¡Ya basta! ¡Basta de sus murmuraciones afanadas, dispendiosas, longevas! Pues yo seguiré con este lacerante tóxico de verbos tartajosos, pues la mirada anciana se ha vuelto a recuperar y el viejo socarrón pródigo de irreverencias, escucha su pulso y lo atraviesa insumiso. Esta mirada que traigo hace más fría la escarcha que se ve por los caminos, las imágenes del emparrado y los jardines florecientes han quedado solo en desesperanza, mi observancia inquisidora los torna aún más esqueléticos y desabridos. ¡Hola! ¡La mirada de azufre! ¡El hedor maravilloso de los infiernos!

lunes, 23 de febrero de 2026

Tlahuicole: el cazador de dragones

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra al guerrero tlaxcalteca Tlahuicole en el altiplano, apuntando con su arco hacia el horizonte. A sus pies yace un enorme dragón derrotado, mientras al fondo se impone la silueta del volcán La Malinche bajo un cielo dramático al atardecer.


¿Y si la Conquista de México fue una venganza por dragones caídos? Descubre "Tlahuicole, el Cazador de Dragones", un relato de Edgar Sánchez Quintana que redefine la historia con mitos, linajes atlantes y secretos reales.


El indio disparó la flecha como quien lanza una mirada al vacío, pero con el ojo cerrado, como un sabedor de distancias y aerodinámicas. Y dio en el blanco. Lo supo porque aquel pajarraco oscuro cambió de rumbo y, en la lejanía, fue a estrellarse contra la montaña Malinche.

Muchos saben, y bastantes entienden, que el mundo no es exactamente lo que parece. Se habla de la existencia de seres reptilianos, lagartos que controlan el planeta desde las sombras, camuflados en los círculos de poder más emblemáticos. Y así como la reina Isabel II tenía sus corgis para parecer más humanos, estos reptiles tienen sus propias mascotas: dragones de distintos tamaños, bestias que utilizan para espantar a los niños o, como en este caso, para vigilar sus dominios.

Los reptilianos aprecian tanto a sus mascotas que las inmortalizan en sus escudos heráldicos y en sus iglesias. El rey Enrique VIII de Inglaterra esperaba el regreso de su par de dragones, a los que había enviado a circundar las regiones de América para vigilar si los vikingos habían pisado ya esa comarca. Pero los dragones se adentraron demasiado, llegando hasta la altiplanicie mexicana, a la región de Tlaxcala.

Uno de ellos fue muerto por un guerrero tlaxcalteca aún no muy conocido: Tlahuicole. Este guerrero era uno de los últimos descendientes de los atlantes, nieto de un sacerdote de los Atla-ra, custodio de las puertas que conectan con los sitios dragón interiores y exteriores del planeta. Tlahuicole, sin embargo, era ignorante de su linaje y no sabía más que lo que se le había enseñado como guerrero de clase alta.

Enrique VIII, mientras tanto, quería que su hijo descubriera en Portugal a sus queridas mascotas, pero el príncipe tuvo que ir a casarse sin sus vigías. Eran tiempos en los que el sultán Suleimán expandía su imperio y el pirata Barbarroja atacaba las costas italianas. El rey, para estabilizar su poder, recurriría a la magia y a otros conocimientos ocultos. Su völva (bruja) personal, una anciana letona llamada Freysa, quedó ciega de su visión a distancia, primero de un ojo y luego del otro, mientras intentaba localizar a las bestias. Usando belladona y beleño, le comunicó al rey que sus dos mascotas habían muerto en aquellas tierras de ultramar, donde moraban los últimos descendientes de los Atla-ra. Un indio de aquellas regiones había matado a uno; el otro, un emperador azteca llamado Moctezuma.

La conquista de lo que después sería la Nueva España no fue otra cosa que una venganza de Enrique VIII por sus mascotas muertas. Esos dragones, sobrevivientes de tiempos ancestrales, eran más reales que los mitos del rey Arturo. El monarca inglés envió a su hijo a convenir con los reinos de Portugal y España una alianza para vengar a sus “pobres cachorros”.

La conquista de México fue, pues, por culpa de dos mascotas muertas. Y aquí entra en escena un hidalgo conquistador llamado Hernán Cortés. La völva Freysa, al saber de la expedición que partía de Cuba, se transmutó en un soldado español y se unió a la empresa para continuar con la venganza que su rey le había encomendado años atrás.
Tlahuicole murió con honores en el temalácatl , la piedra de sacrificio para guerreros capturados. Su cráneo fue conservado en un templo azteca dedicado a Huitzilopochtli. El objetivo de Freysa era claro: al conquistar el imperio, se llevaría el cráneo de Tlahuicole y el penacho de Moctezuma como trofeos de venganza.

Freysa logró su objetivo. El cráneo de Tlahuicole y el penacho de Moctezuma fueron enviados a Inglaterra como prueba de la venganza cumplida. Sin embargo, la völva no contó con el poder inherente de los objetos. El cráneo no era solo un hueso, sino un artefacto atlante que contenía la conciencia de Tlahuicole. El penacho no era solo de plumas, sino un canalizador de la energía de Quetzalcóatl. Juntos, en la misma bóveda del castillo de Windsor, los dos objetos comenzaron a resonar. La vibración fue tan potente que no solo borró la memoria de los dragones de la historia, sino que reescribió el linaje de Enrique VIII. Su obsesión por un heredero varón se convirtió en una maldición: sus descendientes serían cada vez más débiles, más enfermizos, hasta que la casa Tudor se extinguiera. La venganza de Tlahuicole y Moctezuma fue silenciosa, pero absoluta.