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martes, 21 de abril de 2026

LOS DUELOS DE LAS LETRAS DE MÉXICO EN EL FIN DEL MILENIO: UN PARÉNTESIS ETERNO A OCTAVIO PAZ (1914-1998)

 


Una semblanza personal y literaria sobre la muerte de Octavio Paz y la trascendencia de su obra, reflexionando sobre el papel del lector en la inmortalidad del autor.

Por Edgar Sánchez Quintana

Detengo mi lectura en la página 147. El capítulo aborda la obra de Marcel Duchamp: pintor-poeta, cimentador del arte contemporáneo, el hombre que nos enseñó que la mirada es, en sí misma, un acto de creación. Este tomo lleva por título Los privilegios de la vista I ; es el volumen número siete de las Obras Completas de Octavio Paz. A estas alturas, he recorrido los tomos anteriores como quien atraviesa un continente desconocido, cartografiando el pensamiento de un hombre que hizo de la palabra su única patria.
Mi lectura es detenida por el estremecimiento. No es un sobresalto literario, sino el sacudimiento seco de la realidad al saber que Octavio Paz ha muerto.
Es lo que ha transcurrido de este año: el tiempo dedicado a Octavio Paz. Su obra completa, ese monumento de papel y tinta, es algo que solo algunos conocen, pero que otros, como yo, nos dedicamos a reconocer . Reconocer no es solo saber que existe; es admitir que su voz no tiene comparación en la historia literaria de México y que su alcance es de un reconocimiento universal indiscutible. Me atrevo a hablar de paz porque lo conozco desde la intimidad del silencio; he dedicado meses enteros a escucharlo, no para diseccionar títulos o temas particulares, sino para entender la simbiosis sagrada entre la obra, el autor y su lector —es decir, yo—.
Casi siempre, cuando suceden cosas como esta —la muerte de una personalidad de tal estatura—, los medios de comunicación, los críticos y los aficionados de ocasión se enfrascan en una carrera frenética para ver quién dice más o quién lanza las flores más vistosas sobre su tumba. Yo me excluyo de ese desfile. No por falta de respeto a una pérdida que considero irrecuperable e insustituible, sino porque, vivo o muerto, yo seguiré aprendiendo de su obra.
Seguramente en los meses siguientes habré terminado de leer sus obras completas. No sé realmente cuánto enriquecerán mis propios escritos, pero mis textos, especialmente los de ensayo, ya portan algo del ADN de Octavio Paz: esa búsqueda de la claridad en la contradicción, ese rigor en la duda. De su obra poética, me gustaría decir lo mismo, pero él fue único; Fue el López Velarde, el Darío, el Neruda, el Whitman y el Whitman de nuestro tiempo, todo en una sola voz que supo ser vanguardia y tradición al mismo tiempo.
Para los autores, la mayor recompensa es que su voz se siga escuchando después de muertos. Yo le hago esa justicia mínima y necesaria. Sin hacer una pausa más, sin permitir que el silencio de la tumba interrumpa el diálogo de la inteligencia, continúa mi lectura en la página 148 del tomo siete de las Obras Completas de Octavio Paz. Porque la verdadera inmortalidad no está en el mármol de las estatuas, sino en la página que un lector, en cualquier rincón del mundo, se niega a cerrar.
Invitación a la Acción:
La lectura de un autor es un diálogo que ni siquiera la muerte puede interrumpir. ¿Cuál es ese libro o autor que te ha acompañado en los momentos de silencio y cuya voz sigues escuchando hoy? Te invitamos a compartir tu experiencia en los comentarios ya unirte a nuestra comunidad para seguir celebrando la vida a través de las letras. ¡Tu lectura es la que mantiene viva la llama del pensamiento!

Paz, O. (1994). Obras Completas VII: Los privilegios de la vista I. Fondo de Cultura Económica.
Sánchez Quintana, E. (1998). Los duelos de las letras de México en el fin del milenio . (Texto original renovado).
Fundación Octavio Paz. "Vida y Obra del Nobel Mexicano".

domingo, 22 de marzo de 2026

la poesía desde la provincia: el caso Tlaxcala

 


Reflexión sobre la poesía en Tlaxcala, su identidad, desafíos y valor cultural, destacando la importancia de las voces locales en la construcción de la literatura contemporánea desde la provincia.


La poesía, no es únicamente un ejercicio estético ni una disciplina reservada a los iniciados; es una forma de resistencia, una manera de afirmar la existencia en medio de lo efímero. En provincia, la voz poética no sólo canta: persiste. Se levanta frente al silencio impuesto por la centralización cultural, frente a la idea de que lo valioso siempre ocurre en otro lugar.

Así, escribir poesía en Tlaxcala es también un acto de afirmación territorial. Es decir: aquí estamos, aquí sentimos, aquí pensamos el mundo. La provincia deja de ser periferia cuando se reconoce a sí misma como centro de su propia experiencia. En cada verso hay una reivindicación del paisaje, de la memoria, del lenguaje cotidiano que se vuelve materia poética.

No obstante, esta condición también implica desafíos. La falta de difusión, la escasez de espacios críticos y el limitado reconocimiento institucional generan una especie de eco contenido: las voces existen, pero no siempre encuentran los canales para expandirse. De ahí que la tarea no sólo corresponde a los creadores, sino también a los lectores, a los promotores culturales, a quienes tienen en sus manos la posibilidad de abrir espacios de diálogo.

La poesía tlaxcalteca contemporánea, en su diversidad, no necesita compararse para justificarse. Su valor no radica en imitar las grandes corrientes, sino en dialogar con ellas desde su propia singularidad. La influencia no es subordinación, sino intercambio. Tal como lo demuestra la tradición literaria universal, toda gran voz surge de una tensión entre lo heredado y lo vivido.

Nombrar a los poetas locales no es un gesto menor: es un acto de memoria. Es evitar que esas voces se disuelvan en la invisibilidad. Es reconocer que la literatura también se construye desde los márgenes aparentes, desde las geografías que no siempre ocupan los reflectores, pero que resguardan una intensidad particular.

Quizás, al final, la poesía en Tlaxcala —y en toda provincia— tenga una cualidad que la distingue: su cercanía con la vida. No hay artificio que la separación del pulso cotidiano. Está en la conversación, en la calle, en la mirada detenida sobre lo mínimo. Es una poesía que no aspira únicamente a la trascendencia, sino que se arraiga en la experiencia inmediata.

Y en ese arraigo, paradójicamente, encuentra su posibilidad de universalidad.

domingo, 15 de febrero de 2026

Crónica de dos Maestros: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo



Imagen hiperrealista y cinematográfica de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo en una biblioteca. Espejo está sentada en un escritorio, escribiendo, mientras Carballo, de pie, lee un libro. El ambiente es cálido y académico, con estanterías llenas de libros y luz natural entrando por las ventanas. La escena evoca un profundo diálogo intelectual y el legado de ambos autores.

Descubre el legado de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo a través de la mirada de Edgar Sánchez Quintana. Un homenaje a los pilares de las letras mexicanas que formaron a generaciones de escritores y lectores.

Hay momentos en la formación de un escritor que funcionan como bisagras, puntos de inflexión que definen un antes y un después. Para mí, ese momento tuvo dos nombres: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo. Un reciente homenaje a la maestra y la noticia del fallecimiento del maestro me obligan a trazar, a modo de crónica y reverencia, la estela que su magisterio dejó en mi propia trayectoria y en las letras mexicanas.

Conocí a Beatriz Espejo en un taller literario en Tlaxcala. Su pedagogía era un ejercicio de precisión y respeto. Nos enseñó a despojar al texto de toda paja, a buscar la palabra justa y la coma necesaria. Su método no imponía un estilo, sino que daba cabida a que la creación se expandiera con libertad, pero siempre sobre la base de un oficio riguroso. Era un aprendizaje elemental, de raíz. La maestra, con su vasta trayectoria como catedrática en la UNAM e investigadora, transpiraba una profunda conexión con el pulso de la literatura mexicana; en su conversación aparecían, con naturalidad, los nombres de aquellos autores que para nosotros eran figuras lejanas, monumentos de biblioteca. Su labor como formadora de escritores, reconocida con la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2009 y el hecho de que el Premio Nacional de Cuento lleve su nombre, es testimonio de una vida entregada a la enseñanza.

La obra de Beatriz Espejo, galardonada con premios como el Nacional de Narrativa Colima por El cantar del pecador (1993) y el San Luis Potosí por Alta costura (1996), es un reflejo de su magisterio: una prosa elegante, precisa y profundamente observadora de la condición humana. En su presencia, uno entendía que no existía una barrera insalvable entre la creación y la crítica, que el cuento y el ensayo eran dos caras de la misma moneda intelectual.

Esa simbiosis se hacía aún más evidente en su relación con Emmanuel Carballo. Si Espejo era la maestra del rigor y la forma, Carballo era el bisturí crítico que diseccionaba el cuerpo de la literatura mexicana. Mi primer acercamiento a él fue a través de sus entrevistas en Protagonistas de la literatura mexicana. Para un joven lector, leer sus conversaciones con Alfonso Reyes u Octavio Paz fue una revelación. Carballo tenía el don de bajar a los dioses del Olimpo, de despojarlos de la solemnidad de las pastas del libro y mostrarlos en su dimensión más humana, con sus grandezas y sus contradicciones. Derrumbó los prejuicios que había sembrado en mi interior y me enseñó que los grandes autores también "cagaban y comían".

Con el tiempo, lo conocí en persona, y su presencia imponente, de carácter reacio y formación burguesa —como él mismo reconocía con ironía—, no hacía más que confirmar la agudeza de su pluma. Carballo fue, sin duda, el crítico literario más importante de México en la segunda mitad del siglo XX, una labor reconocida con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2006. Fundador, junto a Carlos Fuentes, de la mítica Revista Mexicana de Literatura y autor de obras canónicas como El cuento mexicano del siglo XX, su trabajo fue fundamental para ordenar, jerarquizar y entender nuestro panorama literario.

Sin embargo, su mayor virtud fue también la fuente de su tragedia. Carballo eligió ser un crítico fiel a su juicio, sin concesiones. Su pluma era incisiva, a menudo demoledora, y no dudaba en señalar las debilidades de los autores más consagrados. Esta honestidad brutal le ganó incontables enemigos y provocó que su trabajo fuera, en ocasiones, desmerecido por aquellos que preferían el elogio fácil a la crítica rigurosa. Él era consciente de su destino, de la soledad del crítico. Lo resumió a la perfección en una cita memorable:

"Como crítico me sucederá lo que un día observará Alfonso Reyes: llegará un joven en el último barco y pondrá en tela de juicio todo lo que pensé y edificará y se pitorreará de mí. Y yo ya estoy esperando a ese joven que va a tener razón como yo la tuve cuando fui irrespetuoso con mis mayores."

En esa frase se condensa la ética de Carballo: la aceptación de que la crítica es un diálogo perpetuo, un ejercicio de honestidad intelectual cuyo único compromiso es con la literatura misma, no con las vanidades de sus autores. Su muerte, eclipsada por la de García Márquez, fue una metáfora final de la ingratitud que a menudo acompaña al oficio del crítico.

Al recordarlos juntos, a Beatriz Espejo y a Emmanuel Carballo, entiendo la dimensión de su legado. Ella, la maestra que nos enseñó a construir la frase perfecta; él, el crítico que nos enseñó a desconfiar de ella. Ambos, desde sus respectivas trincheras, nos formaron como lectores y, a algunos, nos dieron las herramientas para atrevernos a escribir. Esta crónica es un modesto homenaje a esos dos pilares de nuestras letras, un aplauso a su hacer y un agradecimiento por habernos enseñado a leer el mundo.

viernes, 13 de febrero de 2026

Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido once años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. La recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que encontraba en los niños un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La veíamos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

La Huella de Arreola: Innovación y Genialidad en la Cuentística Mexicana

 

Pintura hiperrealista que muestra a un hombre mayor (posiblemente Juan José Arreola en su madurez) y a un hombre joven (Arreola en su juventud) mirándose. Entre ellos, un árbol con raíces que abrazan libros abiertos, simbolizando el conocimiento y el paso del tiempo. En la parte superior izquierda, una cita de Hebbel: 'El que soy saluda con tristeza al que podía ser'. La escena evoca la reflexión sobre la vida, la literatura y la evolución personal.
Explora la maestría literaria de Juan José Arreola, su ingenio, ironía y profunda reflexión sobre la vida. Un homenaje a uno de los grandes cuentistas mexicanos que transformó la narrativa breve.

 “El que soy saluda con tristeza al que podía ser”
—HEBBEL

“El árbol que desarrolla todas sus hojas hasta la última, es un árbol agotado, un árbol donde la savia está vencida por su propia plenitud”
—Juan José Arreola


 

Orígenes y primeras influencias

Juan José Arreola nació el 21 de septiembre de 1918 "entre pollos, puercos, chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos" en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, en el estado de Jalisco. Su nacimiento en este entorno rural marcaría el trasfondo de muchos de sus cuentos, aunque su influencia se expandirá mucho más allá de la provincia. Es recordado como un maestro de la palabra, un hombre que buscó con fervor la perfección del cuento breve. José Agustín, al describir su estilo, lo define como una "economía de palabras" que no se traduce en parquedad, sino en maestría, alcanzando una expresión bella, inteligente y profunda.

Arreola no solo heredó la tradición de la cuentística mexicana, sino que también la transformó. Aunque sus obras están impregnadas de su ambiente provincial, su innovador manejo de la ironía y el humor le otorgaron un lugar singular dentro de la literatura mexicana.

El vasto universo de influencias.

Las influencias literarias de Arreola son diversas, a incluir desde maestros locales hasta escritores de renombre mundial como Rilke, Proust, Kafka, Borges y Julio Torri, por mencionar algunos. Este bagaje le permitió construir una obra sólida que trascendió fronteras. Dentro de sus obras más destacadas están Confabulario (1952), Bestiario (1959), y su única novela La feria (1963), las cuales consolidaron su estilo y lo colocaron como un referente en la literatura contemporánea de México.

La obra de Arreola puede dividirse entre dos grandes vertientes: aquellos cuentos que retratan ambientes metafísicos y otros que capturan la esencia de la vida rural mexicana. Entre los cuentos que reflejan la influencia metafísica destacan "El lay de Aristóteles" y "El silencio de Dios", mientras que su conexión con la provincia se refleja en títulos como "El cuervo", "Hizo el bien mientras vivió" y "De memoria y olvido”. Entre los cuentos más antologados de Arreola están "El guardagujas", "Hizo el bien mientras vivió" y "Baby HP", que muestran la amplitud de su versatilidad narrativa.

Arreola: maestro de la palabra y la ironía

Arreola es un creador de la palabra, un verdadero hombre de lenguaje. Su dominio de la oralidad y su capacidad para seducir al público con su rica expresividad lo convirtieron en un disertador inigualable. Su influencia es perceptible no solo en el ámbito literario, sino también en la oratoria y la retórica mexicana. Ricardo Garibay, otro gran maestro de la palabra, es uno de los pocos que se le pueden comparar en términos de elocuencia y expresión dramática.

Uno de los rasgos que Arreola aportó a la cuentística mexicana contemporánea fue el elemento sarcástico y socarrón, que se convirtió en un sello distintivo de su obra. Aunque escritores como Julio Torri ya exploraban el humor y la ironía, fue Arreola quien perfeccionó el arte de burlarse de la condición humana y de nuestras propias limitaciones. Esta autocrítica mordaz es una característica esencial de su estilo, que ha influido profundamente en los cuentistas posteriores.

Reflexiones sobre el tiempo y la madurez

A medida que envejecemos, la perspectiva que tenemos de nosotros mismos cambia. Arreola, siempre en busca de la esencia de la vida y del ser humano, alcanzó una plenitud que solo se obtiene con la madurez. Su obra, saturada de sabiduría y reflexión, es un testimonio de su crecimiento personal e intelectual. Al mirar hacia atrás, podemos percibir el desarrollo de nuestras ideas, pensamientos y emociones como si fueran una caricatura de lo que algún día seremos.

Este artículo es un reconocimiento a la grandeza de Juan José Arreola, un homenaje a su maestría en el arte del cuento y su legado en la literatura mexicana.


sábado, 3 de junio de 2023

Dinteles: De José Pérez Márquez


Imagen hiperrealista y cinematográfica de José Pérez Márquez, un poeta de expresión contemplativa y desafiante, de pie en un dintel de piedra. A su izquierda, un paisaje desolado con montañas desconocidas bajo un cielo tormentoso, simbolizando un futuro incierto. A su derecha, un árbol antiguo con raíces profundas y un río vibrante, evocando la vida y la poesía. El poeta sostiene su libro "Dinteles", representando la resistencia y el poder de la palabra frente a la adversidad.

Descubre a José Pérez Márquez, el poeta tlaxcalteca que, con su obra "Dinteles", se erige como un faro de resistencia y pasión en la literatura mexicana, trascendiendo adversidades y problemáticas sociales.

José Pérez Márquez, un poeta local del Estado de Tlaxcala, México, demuestra su persistencia y pasión por la poesía a través de su nueva obra "Dinteles". Publicado en 2022 por la editorial "Árbol Nuevo", este texto de más de 50 hojas destaca por su pulcritud y frescura. En un mundo donde muchos desisten, Pérez Márquez se erige como un poeta de la resistencia, negándose a sucumbir y persistiendo en una conciencia que se niega a callar. Su poesía es un grito que trasciende las adversidades de la vida cotidiana y las problemáticas de la sociedad actual. Con "Dinteles", este autor poco muestra reconocido su valentía y se convierte en un faro de inspiración para aquellos que creen en el poder transformador de la palabra:

"Multitud, no pienses en mí. Soy algo descompuesto, nada que pueda servir a la humanidad. Un tropiezo, una caída, tantos señalamientos equivocados. Puedo arrastrar las olas hacia los ríos, pero nada más, quedarme en los puentes inacabados, morder la última manzana del árbol de la vida."

"El oprimido es el que se desvela, el que canta en silencio y en secreto, no muestra su risa, no sabe cerrar su puño. Quiero un poco de paz en el mundo."

Además de su obra "Dinteles", es importante destacar la notable creación anterior de José Pérez Márquez titulada "Fragmentos de mi vida". Esta obra, compuesta por prosa poética, ha sido ampliamente reconocida por su habilidad para exponer temas contemporáneos de manera magistral. Al igual que "Dinteles", "Fragmentos de mi vida" fue editado por la editorial "Árbol Nuevo". Este autor demuestra una continuidad impresionante al dejar un legado de riqueza literaria en el Estado de Tlaxcala, particularmente en el ámbito de la poesía. Su capacidad para plasmar los matices de la realidad y transmitirlos de manera poética muestra su compromiso constante con la cultura literaria local. José Pérez Márquez se establece como un referente en la escena literaria de Tlaxcala, enriqueciendo el panorama artístico con su escritura y su visión única del mundo.

"No entres a los terrenos del futuro, puedes romper tu propio rostro y distorsionar la imagen de un lago. No hagas movimientos, camina pasos cortos y lentos, y eso te dará seguridad y salud. No entres a los terrenos del futuro, porque hay montañas desconocidas y vientos que no puedes sentir. Hay animales que nunca has visto y la tierra del futuro hombres es negra, un campo inhabilitado donde solamente hay oscuridad y frío, mucho frío. Y nosotros, los, somos del calor y del fuego."


jueves, 25 de mayo de 2023

Miguel N. Lira y Octavio Paz: un encuentro amistoso.

 

Imagen hiperrealista y cinematográfica que representa el encuentro entre Miguel N. Lira y un joven Octavio Paz en 1933, frente al Palacio de Minería en la Ciudad de México. Ambos escritores se dan la mano, inmersos en una conversación. Alrededor, la bulliciosa escena callejera de la época con gente vestida con sombreros de bombín y paja, rebozos, vendedores ambulantes, autos antiguos y una carreta tirada por caballos. La atmósfera es de riqueza histórica y cultural, con una pancarta que dice "OCTAVIO PAZ Y MIGUEL N. LIRA - ENCUENTRO LITERARIO 1933".

Reviva el histórico encuentro de 1933 entre Miguel N. Lira y Octavio Paz en el Palacio de Minería. Un diálogo sobre literatura, arte y la efervescencia cultural de México, con menciones a Efraín Huerta y Frida Kahlo.

Se encuentran ambos escritores en el Palacio de Minería, un edificio del siglo XVIII en su edificación se asoma la influencia europea y sobre todo francesa, a los alrededores es un contraste chocante entre el edificio y las distintas clases sociales de 1933, gente con sombreros de bombín, otros con sombreros de paja y unas más con su rebozo y huaraches, los vendedores ambulantes de helados, de tamales e incluso los boleadores de zapatos van y vienen entre autos modelo también una que otra carreta. jalada por caballos.

Miguel N. Lira: ¡Octavio, felicidades por tu nuevo poemario “Luna Silvestre” Estoy seguro de que será un éxito en el mundo literario.

Octavio Paz: Muchas gracias, Don Miguel. Realmente aprecio su apoyo. Quería preguntarle, ¿ha oído hablar del escritor Efraín Huerta?

Miguel N. Lira: ¡Por supuesto! De hecho, también publicaré su libro pronto. Él es un verdadero pionero en las letras. Espero que tenga la misma acogida que tu obra.

Octavio Paz: ¡Eso es genial! Me alegra saber que también está apoyando a otros escritores talentosos. ¿Qué piensa usted sobre la importancia de la literatura en la sociedad?

Miguel N. Lira : Creo que la literatura es esencial para la sociedad. Nos permite explorar temas complejos y nos ayuda a entender mejor el mundo que nos rodea. como este autor de Vasconcelos que trata de implementar nuevas ideas en el gobierno Y tú, Octavio, ¿cómo ves la importancia de la literatura?

Octavio Paz: Estoy completamente de acuerdo con usted   Don Miguel. La literatura es una forma de conectar con los demás y de expresar nuestras ideas y emociones. Y aunque puede ser difícil a veces, es importante seguir escribiendo.

Miguel N. Lira: Exactamente, Octavio. A veces las dificultades pueden desalentarnos, pero debemos recordar que nuestras obras pueden tener un impacto significativo en los demás.

Octavio Paz: Hablando de impacto, ¿te recuerda a Frida Kahlo? Ella también ha tenido una gran influencia en la sociedad con su arte.

Miguel N Lira: ¡Por supuesto! Tuve el honor de conocerla y compartir algunas anécdotas con ella. ¿Tú también eres amigo de Frida?

Octavio Paz: Sí, tuve la suerte de ser su amigo. Siempre he admirado su pasión y su compromiso con el   arte. Hemos convivido algunas tertulias con ella y su esposo Diego.

Miguel N. Lira: Definitivamente ha sido una persona única e inspiradora. Bueno, Octavio, ha sido un verdadero placer hablar contigo hoy. Prometo seguir apoyándote en tu carrera literaria.

Octavio Paz: Muchas gracias, Don Miguel. Igualmente, espero seguir en contacto y mi gratitud amplia por este primer libro de poemas que sale a la luz, ya estoy trabajando con otras obras que tengo en mente.

Ambos se despiden, se dan la mano el uno va a una reunión con el grupo de “los cachuchas”   y Octavio Paz tiene   comida con su familia.


martes, 9 de mayo de 2023

La Voluntad del Poeta: Creación y Resiliencia en la Obra de José Pérez Márquez

 


Imagen hiperrealista y cinematográfica de un hombre, que representa a José Pérez Márquez, sentado en un vasto desierto árido. Está concentrado en la creación manual de un libro, cuyas páginas emiten una luz sutil. Pequeñas plantas vibrantes brotan de la tierra agrietada a su alrededor. En el fondo, una tenue red etérea de luces simboliza su presencia digital. La escena está bañada por una luz dorada del atardecer, contrastando la inmensidad del desierto con la íntima y resiliente labor del poeta.

Descubre la inquebrantable voluntad de José Pérez Márquez, el poeta tlaxcalteca que, con sus libros artesanales y su persistencia, redefine la creación literaria como un acto de resiliencia y autoafirmación frente a las adversidades.

El primer encuentro con la obra de un autor define la lente con la que se le leerá. En mi caso, el encuentro con José Pérez Márquez fue una colaboración: tuve el honor de escribir el prólogo y diseñar la portada de su ópera prima, "Sol y Quebranto" (2012). Desde esa semilla, ha sido testigo de una trayectoria poética marcada por una voluntad inquebrantable de expresión, un viaje que se puede definir como la persistencia de quien escribe no por elección, sino por necesidad vital. Este ensayo sostiene que la obra de Pérez Márquez es un acto de autoafirmación y resiliencia frente a las barreras, tanto institucionales como personales, utilizando la precariedad material y la discreta presencia digital como sus herramientas de supervivencia artística.

La fabricación de sus libros es, en sí misma, una declaración de principios. Obras como "Tierra de Luz" o "Fragmentos de mi vida", hechas a mano con pastas de cartón e impresiones de fotocopiadora, no son un signo de carencia, sino de disidencia. En un mundo editorial de difícil acceso, Pérez Márquez transforma cada poemario en un "arte objeto", un manifiesto físico donde la honestidad del material refleja la crudeza de sus temas: la soledad, la búsqueda de la belleza en lo cotidiano, la dualidad de la luz y la oscuridad. Esta elección es un acto de autonomía que antepone la intimidad del mensaje a la lógica del mercado.

Temáticamente, su poesía ha madurado desde la catarsis personal de "Sol y Quebranto" hacia una contemplación más profunda del mundo. Si su primer libro era la crónica de una "lucha interna", los siguientes se abren a la observación. En "Tierra de Luz", todo sucede bajo el sol, y en obras posteriores, la prosa poética se convierte en una herramienta para analizar la condición humana. Su voz evoluciona, pero la motivación persiste: usar la poesía para entender y para entenderse, reclamando un espacio en las letras que en otro momento le fue vedado.

Finalmente, su proyecto se extiende, con la misma discreción, al espacio digital. Lejos de buscar el aplauso masivo, su presencia en plataformas como Facebook o TikTok parece seguir la misma lógica de sus libros: es un canal íntimo para compartir lecturas y reflexiones. No busca la fama, sino la conexión genuina, continuando su diálogo con un "desierto" que, gracias a la tecnología, ya no tiene fronteras. Su lucha es por mantener una conversación viva, demostrando que su persistencia es una forma coherente y multifacética de sembrar en la aridez. La victoria de José Pérez Márquez no radica en conquistar el desierto, sino en la belleza y la resiliencia de seguir sembrando en él.

viernes, 24 de febrero de 2023

José Pérez Márquez: Poeta tlaxcalteca.

 

El poeta de la resistencia zombie.

José Pérez Márquez

poeta tlaxcalteca

Por: Édgar Sánchez Quintana

24 de febrero 23




El pasado jueves 23 a las cinco de la tarde se presentó el libro de José Pérez Márquez “Fragmentos de mi vida”; a este pequeño libro de prosa poética lo tengo bien seguido, pues conozco los antecedentes de su nacimiento y como fue siendo armado de tramo en tramo y en una libreta sudada y bastante paseada.

 

José deambula por las calles de Tlaxcala, así es como le hace para reconocerse a sí mismo; se alimenta de Tlaxcala como un sigiloso menesteroso sin casa, y hace de su ver, una decantación de aceite esencial en prosa poética. 

 

Me gusta hacer, cuando puedo y tengo tiempo, una vivisección, no de la obra, sino del autor, pues reconozco que observando los pedazos del individuo podemos vislumbrar ese resultado, su fruto es como una mazorca de Tlaxcala, muy autóctona, muy a modo a los ambientes  actuales de este Estado.

 

Los autores, literatos, poetas se extinguieron hace ya rato en estas regiones, ni a quien le importa lo que escriban, pero este autor tiene un empecinamiento por dejarse ver, por sacar la palabra, por intentar que su voz se reconozca en este desierto seco, sus páginas aunque muy breves me recuerdan algunos autores que en sus tiempos fueron suficientemente ninguneados por sus contemporáneos, y después lograron reconocimiento ya que su obra trasciende tiempos e incluso zonas como este “Tlaxcala que no existe” ya que en este ámbito será inexistente aun por un buen rato hasta que como el vino más bueno mientras más viejo mejor.

 

José Pérez Márquez está dentro de esta contemporaneidad de apocalipsis zombie luego de la pandemia un subversivo transparente, alguien que en su fosa de identidad persiste tercamente en reconsiderar su voz ante la sociedad zombie en la que vivimos.