Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Tlaxcala cultural. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tlaxcala cultural. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de marzo de 2026

Juan Bañuelos: Memoria Viva en los Pasillos de la Universidad (2026)

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista para la crónica "Juan Bañuelos: Memoria Viva en los Pasillos de la Universidad (2026)". La escena representa un pasillo universitario en Tlaxcala, fusionando la estética de los años 90 con elementos de 2026. En primer plano, una versión más joven del autor (espigado, delgado, jovial) mira atentamente a un Juan Bañuelos mayor, quien camina con paso pausado, cabello canoso y rizado, lentes ligeramente caídos sobre la nariz, llevando carpetas. El pasillo está flanqueado por estantes repletas de libros de poesía y filosofía. Al fondo, a través de grandes ventanas, se vislumbra un campus universitario moderno y vibrante, con estudiantes interactuando y sutiles pantallas holográficas que muestran noticias relacionadas con el EZLN y eventos culturales de 2026. La iluminación es suave y nostálgica, con un cálido resplandor sobre Bañuelos y el autor, contrastando con el fondo ligeramente futurista. La atmósfera evoca un legado intelectual, compromiso político y el poder perdurable de las palabras a través de las generaciones.

Un viaje nostálgico a los noventa en la UATx: la memoria viva de Juan Bañuelos, su legado poético y su compromiso con el zapatismo en el México de 2026.

Por Edgar Sánchez Quintana

Durante mi época estudiantil, yo era espigado, más bien flaco, de andar apurado, jovial y lleno de ideas de transformación. Cursaba la universidad en la carrera de filosofía y en aquellos años, los vibrantes noventa, colaboraba en la sección cultural de los domingos del periódico El Sol de Tlaxcala.

Por ese tiempo, ya daba clases en la facultad el poeta Juan Bañuelos, quien para entonces era una figura reconocida dentro de la poesía mexicana. Lo recuerdo caminando por los pasillos universitarios con paso pausado. Tenía el pelo cano y crespo, las lentes ligeramente caídas sobre la nariz y acostumbraba carpetas llevadas apoyadas en el antebrazo. Hay quienes dicen que la forma de caminar de una persona guarda algo de sus años de juventud. Siempre imaginé que ese caminar tranquilo lo había heredado de los cerros de su natal Chiapas, territorio que tanto amó y que con frecuencia aparecía decantado en su poesía, un eco de la resistencia y la belleza de su tierra.

¿Fue la poesía lo que nos unió? No exactamente.

Lo que despertaba mi curiosidad era algo distinto, algo que resonaba con la efervescencia política de la época. Bañuelos había participado activamente en los esfuerzos de diálogo y pacificación relacionados con el conflicto entre el gobierno mexicano y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) como miembro de la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA). Eso sí me interesaba profundamente. Para un joven universitario de los años noventa, con inquietudes políticas y sed de transformación social, conocer a alguien que había sido protagonista de un proceso histórico como ese resultaba fascinante. Su figura encarnaba la posibilidad de que la palabra, la poesía, pudiera ser también una herramienta de cambio, un puente entre mundos en conflicto.

Recuerdo aquellos tiempos en que algunos intentábamos, de manera casi clandestina, simpatizar con la resistencia zapatista desde Tlaxcala. La información corría de boca en boca; Había que ser prudente, hablar poco y escuchar mucho. En nuestra imaginación juvenil se mezclaban referencias de otras luchas: los rojos de España, los anarquistas, los maquis. Todo tenía un aire romántico y peligroso a la vez. Era también una época con pocas libertades y una atmósfera política que muchos sentíamos restrictiva, un contraste brutal con la búsqueda de soberanía y multilateralidad que hoy, en 2026, sigue siendo una bandera en muchos frentes.

Con el tiempo tuve la oportunidad de acercarme a él con mayor naturalidad. En la cafetería de la escuela le mostré algunos de mis apuntes: poemas y textos en prosa que yo escribía entonces. Recuerdo que los revisó con calma y me dijo algo que en ese momento sonó sencillo pero que con los años comprendí mejor:

—Habría que trabajar más… y encontrar tu forma, tu estilo.

Hoy lo entiendo con mayor claridad. Tal vez yo no estaba destinado a la poesía. Con los años mi camino se inclina más hacia la novela, el cuento y el ensayo. Sin embargo, aquella observación contenía una enseñanza profunda: cada escritor debe encontrar su propia voz, su propia trinchera en la selva cultural. Es una lección que resuena con fuerza en este 2026, donde la autenticidad y la integridad cultural son más necesarias que nunca frente a los simulacros y la homogeneización.

Aun así, asistí a un curso de poesía que él impartía. En esas sesiones se trabajó el poema con rigor: precisión, concisión, pulimento del lenguaje. Era el taller de alguien que ya había escrito varios libros y que sabía que la poesía no se improvisa, sino que se construye con disciplina y honestidad. En ese curso compartí aula con varios compañeros que con el tiempo se convertirían en poetas importantes del estado: Isolda Dosamantes, Minerva Aguilar, Jair Cortés, Yassir Zárate, Citlali Hernández Xochitiotzin, Marisol Nava, Gloria Nahaivi y Georgina Franco Gastélum, entre otros cuyos nombres hoy se me escapan de la memoria. Todo esto ocurriría en la década de los noventa en la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATx), un semillero de talentos que hoy, en 2026, sigue siendo un referente cultural en la región.

Con los años, la universidad reconoció la trayectoria de Juan Bañuelos otorgándole el grado de Doctor Honoris Causa, como reconocimiento a su contribución al prestigio y al enriquecimiento cultural de la institución. Un legado que la UATx, en este presente, sigue honrando y difundiendo, manteniendo viva la memoria de un poeta que también fue un activista, un puente entre la academia y la lucha social.
Cuando el poeta falleció en 2017, muchos en Tlaxcala nos enteramos tiempo después. Él había regresado a su tierra natal, a Chiapas, donde finalmente murió, cerrando el círculo de su vida en la tierra que tanto inspiró su obra. Sin embargo, algo de su presencia permanece.

Queda la memoria de sus clases, la influencia que ejerció sobre los jóvenes poetas que formaron y la huella que dejó en quienes, aunque no seguimos el camino de la poesía, aprendimos de él una lección esencial: la literatura es también una forma de disciplina, de búsqueda y de honestidad con la propia voz. En 2026, cuando se cumplen 30 años de los Acuerdos de San Andrés, y el zapatismo sigue siendo un símbolo de resistencia cultural y política, la figura de Juan Bañuelos cobra una relevancia aún. Su compromiso con los pueblos originarios y su visión de una cultura arraigada en la justicia social, son un faro para las nuevas generaciones que buscan construir una sociedad más equitativa y plural. Eso es lo que queda de Juan Bañuelos en Tlaxcala: la memoria viva de quienes pasaron por sus aulas y encontraron en su enseñanza una forma de acercarse con mayor seriedad al oficio de la palabra, ya la vida misma.

"La palabra y la memoria cobran fuerza cuando se comparten. Te invito a dejar tu comentario aquí abajo: ¿conociste al maestro Bañuelos o su obra ha resonado en tu propio camino? Comparte tu perspectiva y suscríbete al blog para que sigamos rescatando juntos las voces que dan identidad a nuestra tierra."

viernes, 13 de febrero de 2026

Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido once años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. La recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que encontraba en los niños un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La veíamos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.

sábado, 3 de junio de 2023

Dinteles: De José Pérez Márquez


Imagen hiperrealista y cinematográfica de José Pérez Márquez, un poeta de expresión contemplativa y desafiante, de pie en un dintel de piedra. A su izquierda, un paisaje desolado con montañas desconocidas bajo un cielo tormentoso, simbolizando un futuro incierto. A su derecha, un árbol antiguo con raíces profundas y un río vibrante, evocando la vida y la poesía. El poeta sostiene su libro "Dinteles", representando la resistencia y el poder de la palabra frente a la adversidad.

Descubre a José Pérez Márquez, el poeta tlaxcalteca que, con su obra "Dinteles", se erige como un faro de resistencia y pasión en la literatura mexicana, trascendiendo adversidades y problemáticas sociales.

José Pérez Márquez, un poeta local del Estado de Tlaxcala, México, demuestra su persistencia y pasión por la poesía a través de su nueva obra "Dinteles". Publicado en 2022 por la editorial "Árbol Nuevo", este texto de más de 50 hojas destaca por su pulcritud y frescura. En un mundo donde muchos desisten, Pérez Márquez se erige como un poeta de la resistencia, negándose a sucumbir y persistiendo en una conciencia que se niega a callar. Su poesía es un grito que trasciende las adversidades de la vida cotidiana y las problemáticas de la sociedad actual. Con "Dinteles", este autor poco muestra reconocido su valentía y se convierte en un faro de inspiración para aquellos que creen en el poder transformador de la palabra:

"Multitud, no pienses en mí. Soy algo descompuesto, nada que pueda servir a la humanidad. Un tropiezo, una caída, tantos señalamientos equivocados. Puedo arrastrar las olas hacia los ríos, pero nada más, quedarme en los puentes inacabados, morder la última manzana del árbol de la vida."

"El oprimido es el que se desvela, el que canta en silencio y en secreto, no muestra su risa, no sabe cerrar su puño. Quiero un poco de paz en el mundo."

Además de su obra "Dinteles", es importante destacar la notable creación anterior de José Pérez Márquez titulada "Fragmentos de mi vida". Esta obra, compuesta por prosa poética, ha sido ampliamente reconocida por su habilidad para exponer temas contemporáneos de manera magistral. Al igual que "Dinteles", "Fragmentos de mi vida" fue editado por la editorial "Árbol Nuevo". Este autor demuestra una continuidad impresionante al dejar un legado de riqueza literaria en el Estado de Tlaxcala, particularmente en el ámbito de la poesía. Su capacidad para plasmar los matices de la realidad y transmitirlos de manera poética muestra su compromiso constante con la cultura literaria local. José Pérez Márquez se establece como un referente en la escena literaria de Tlaxcala, enriqueciendo el panorama artístico con su escritura y su visión única del mundo.

"No entres a los terrenos del futuro, puedes romper tu propio rostro y distorsionar la imagen de un lago. No hagas movimientos, camina pasos cortos y lentos, y eso te dará seguridad y salud. No entres a los terrenos del futuro, porque hay montañas desconocidas y vientos que no puedes sentir. Hay animales que nunca has visto y la tierra del futuro hombres es negra, un campo inhabilitado donde solamente hay oscuridad y frío, mucho frío. Y nosotros, los, somos del calor y del fuego."


domingo, 2 de agosto de 2020

Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

 

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido una vez años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. El recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que se encontraba en los niños con un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La vimos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.





miércoles, 4 de junio de 2014

La historia: elemento base en la modernidad

Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano ruinas de piedra antiguas y desgastadas (evocando la arquitectura histórica de Tlaxcala) fusionándose sutilmente con paisajes urbanos modernos y futuristas en el fondo. La transición es fluida y simboliza cómo la historia informa la modernidad. Una figura sabia y contemplativa, con vestimenta tradicional, observa esta fusión, con una mano tocando suavemente un artefacto histórico. La iluminación mezcla tonos cálidos antiguos con tonos fríos modernos, creando una sensación de continuidad y evolución. La atmósfera es intelectual, reflexiva y visualmente rica, enfatizando la presencia perdurable de la historia en el mundo contemporáneo.


Descubre cómo la historia de Tlaxcala es el pilar de su modernidad. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que invita a la juventud a reconectar con sus raíces para construir un futuro con firmeza y orgullo.

La ciudad de Tlaxcala no ha sido para mí solo un lugar para vivir o un espacio donde sentirnos cómodos codeándonos con su historia. Más bien, ha sido el contexto donde la historia y el tiempo incesante se mantienen unidos. Tlaxcala es la entidad tradicional donde su pasado converge con el mundo de hoy. ¿Por qué reflexionar sobre la historia de Tlaxcala como si estuviéramos ofreciendo meros aplausos?

Algo que me ha perturbado últimamente es la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía únicamente en su riqueza cultural o en su historia, sino en el respeto hacia ella —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención respetuosa a su ayer. El aprendizaje de las situaciones pasadas nos invita a no repetirlas y a edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

En ocasiones, me he encontrado con situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.


lunes, 2 de junio de 2014

Tlaxcala, ciudad guiada en la historia


Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano una vibrante y bulliciosa escena callejera en Tlaxcala, con arquitectura colonial, mercados tradicionales (tianguis) y personas interactuando. En el fondo, sutilmente integrados, hay elementos modernos como un horizonte urbano distante, una pantalla de televisión que refleja noticias globales y, quizás, un tenue contorno de una combi (transporte colectivo). La imagen debe transmitir las ricas capas históricas de Tlaxcala coexistiendo con la vida contemporánea, enfatizando la mezcla de tradición y modernidad. La atmósfera debe ser animada, colorida y profundamente arraigada en su identidad cultural.
Descubre cómo la historia de Tlaxcala es el pilar de su modernidad. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que invita a la juventud a reconectar con sus raíces para construir un futuro con firmeza y orgullo.


Tlaxcala, para mí, no ha sido meramente una ciudad donde vivir o un lugar para sentirnos cómodos con su pasado. Ha sido, más bien, el crisol donde la historia y el tiempo incesante se entrelazan, el contexto que une la tradición con la modernidad. ¿Por qué esta reflexión sobre la historia de Tlaxcala, como si estuviéramos ofreciendo un simple palmoteo?

Últimamente, me ha perturbado la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía solo en su riqueza cultural o en sus anales, sino en el respeto hacia su historia —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención reverente a su ayer. Aprender de las situaciones pasadas nos permite no repetirlas y edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

En ocasiones, he presenciado situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

Así, la ciudad de Tlaxcala se erige como un punto medular en la historia particular del estado y, a la vez, un nodo circundante en la vasta Historia de México. Es un depósito histórico, legendario y fidedigno de los ires y venires de los hombres de esta región. Basta con recorrer el Palacio de Gobierno, la Parroquia de San José, los portales, el exconvento de San Francisco, Ocotlán, la capilla abierta, el Teatro Xicohténcatl, “el pocito” o el Palacio de la Cultura, para identificar la esencia de Tlaxcala. A esto se suman las nuevas atracciones y apreciaciones de la capital, como los escenarios ubicuos, el teatro del pueblo provinciano, con matices y semejanzas, e incluso más exigencias y necesidades que las ciudades norteamericanas, aunque con escasa vida nocturna. Sin embargo, cada familia conectada a una red televisiva que los encandila noche tras noche, es lo típico de la tlaxcaltequidad mezclado con la cultura de las grandes ciudades; es el pan de fiesta, el dulce de alegría combinado con los productos que llegan de muy lejos.

Pese a la tan nombrada pérdida de valores y de identidad, considero que los tlaxcaltecas permiten que sobreviva una miscelánea de transculturaciones y absorciones sin que ello borre aquello que caracteriza nuestra identidad regional: los mitos, el jolgorio, las fiestas, la tradición, las leyendas. Y en ello, la síntesis: las cintas hollywoodenses en el Cinema Tlaxcala, el náhuatl hablado en los portales junto al inglés de los turistas, el restaurante con gastronomía extranjera y los bocadillos de la cocina mexicana. El paisaje parcial de la tienda de regalos, de la estética unisex, de la panadería “La Picota”, de la decoración de interior al estilo moderno con la fachada de la ciudad colonial y el color granate en el muro; el centro comercial y el tianguis tradicional donde en algunos lugares todavía se negocia con el trueque; el antiguo callejón del hambre ahora transformado; los tamaleros con su producto en torta; el río Zahuapan y su “agüita”, o las parejitas en la ribera romántica; la avenida Juárez y su regimiento de bancos y otro tanto de policías; la ciudad pródiga en combis de transporte colectivo, y también en embotellamientos, manifestaciones, huelgas, asentamientos, unidades habitacionales de clase media, la avalancha de la fayuca, así como del turista chilango (el término descriptivo); de restaurantes y hoteles, de cafeterías y torterías como un mercado del sentarse, comer y ver. Todo alrededor importa; el ojo se encuentra observando la historia en cada esquina, en cada adorno de la arquitectura churrigueresca, colonial.

Habría que señalar lo que el tiempo ha traído: la década de los setenta, la fábrica Zahuapan en su apogeo, el mercado viejo y su centena de ratas de alcantarilla, el desborde del río Zahuapan, los jóvenes de “onda” retardada, mestiza y muy autóctona, y su música, la cumbia; el cine Matamoros —hoy desaparecido— presentando la película “El Exorcista”; Emilio Sánchez Piedras en el gobierno; los “gavilanes” haciendo lo suyo; los murales cultivando salitre; también los prostíbulos con fachada de loncherías. La provinciana capital de Tlaxcala participando con los movimientos culturales de un México cambiante, era Juan José Arreola publicando en El Sol de Tlaxcala, así como Carlos Fuentes y Cortázar, entre otros.

En los cambios se van gestando una serie de caracteres que es impreciso ver desde el interior del mismo proceso; es la regulación de la cotidianidad la que va aceptando los días siempre nuevos y, tal vez, siempre iguales. No mucho más que el día de la huelga de hambre de unos hombres, del calzón que le amaneció un día a la estatua de Xicohténcatl, de las pintas y grafitis de las bases magisteriales, de las manifestaciones en pro del equipo tricolor de fútbol, de la religiosidad que paraliza todo, de los desfiles suspendidos, de la crisis económica tocando la puerta de cada familia, de cada institución y empresa, de los desempleados que emigran a la capital de la república, a Puebla, a los Estados Unidos. De los días de viernes social de la juerga de fin de semana a Puebla, a Apizaco, a los centros nocturnos de otras entidades. Y así, los días de Super Bowl y del fin de la serie mundial se presentan comúnmente igual que en el país del norte, o los días en que se piensa igual que todo el mundo en los desastres de la guerra en Kosovo o los atentados en España, o los destrozos que deja la naturaleza en Centroamérica o las manifestaciones de Greenpeace por las pruebas nucleares o los acontecimientos últimos en las negociaciones con el EZLN. Es la marginalidad y la desarticulación que existe entre las sociedades; por un lado, la opulencia que es fruto de esta desestabilización, y la disparidad en el mundo actual donde nuestro entorno, nuestra cotidianidad, participa de alguna u otra manera.

La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.