Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Realismo mágico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Realismo mágico. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de febrero de 2026

El Jeroglífico de la Ceniza

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un jeroglífico detallado hecho de ceniza volcánica está grabado sutilmente en un patio de piedra. Los símbolos son intrincados y de aspecto antiguo. En el plano medio, un antropólogo académico, Eduardo Velazco, con una expresión perpleja y frustrada, sostiene un libro sobre estructuralismo (por ejemplo, Lévi-Strauss) y una lupa, tratando de descifrar los símbolos de ceniza. Su atuendo es moderno e intelectual. En el fondo, un anciano indígena, Don Matus, con una sonrisa serena y sabia, observa la escena desde la distancia, con la mirada dirigida hacia el volcát Popocatépetl, que está sutilmente activo con una columna de humo. El escenario es San Isidro Buen Suceso, Tlaxcala, con arquitectura tradicional y vegetación exuberante. La iluminación es dramática, con una mezcla de luz natural que resalta los símbolos de ceniza y un brillo sutil y místico que emana del volcán. La atmósfera general debe transmitir un choque entre la razón científica y la sabiduría ancestral.

Un antropólogo racionalista se enfrenta a la sabiduría ancestral en Tlaxcala. Descubre "El Jeroglífico de la Ceniza", un cuento de Edgar Sánchez Quintana donde el Popocatépetl revela verdades que los libros no pueden contener.


Por Edgar Sánchez Quintana

Eduardo Velazco, antropólogo del INAH, se movía por San Isidro Buen Suceso con la precisión de un reloj suizo y la convicción de un predicador. Su mente, un laberinto de estructuralismo, hermenéutica, Habermas, Derrida, Lévi-Strauss y Foucault, era su fortaleza y su prisión. Había llegado a Tlaxcala para desentrañar los secretos del lenguaje y los rituales nahuas, armado con grabadoras, cuadernos y una fe inquebrantable en la razón. Para él, el mundo era un texto a descifrar, una serie de estructuras subyacentes que solo la academia podía revelar.

En el pueblo, sin embargo, existía otro tipo de saber. Don Matus, un anciano con ojos que parecía haber visto el nacimiento del Popocatépetl, no necesitaba libros. Él leía los polvos que caían del cielo, las vísceras de las gallinas y los chivos, los susurros del viento entre los maizales. Su conocimiento era visceral, ancestral, tan antiguo como la tierra que pisaba. Eduardo lo observaba con una mezcla de fascinación antropológica y condescendencia académica. Don Matus era un informante valioso, un vestigio de un mundo que la ciencia se encargaría de catalogar y, eventualmente, explicar.

Una mañana, tras una noche de actividad inusual del Popocatépetl, el patio de la modesta casa que Eduardo había alquilado amaneció cubierto por una fina capa de ceniza volcánica. Mientras tomaba su café, notó algo peculiar. No era una acumulación aleatoria. En el centro del patio, sobre la ceniza gris, se dibujaba un patrón intrincado, un jeroglífico perfecto, similar a los misteriosos círculos de los cultivos, pero aquí, efímero y orgánico. Era una serie de símbolos que parecían bailar entre sí, con una simetría que desafiaba la casualidad.

El corazón de Eduardo, acostumbrado a la fría lógica, dio un vuelco. Su mente analítica se puso en marcha. ¿Una broma? ¿Una coincidencia? Tomó fotografías, mediados de ángulos, intentó encontrar una explicación racional. Los símbolos, aunque abstractos, parecían contener una narrativa, una secuencia. Su formación le gritaba que era un fenómeno natural, una caprichosa danza del viento y la ceniza. Pero algo, una punzada en su escepticismo, lo inquietaba.

Por la tarde, encontró a Don Matus sentado en su habitual banco de madera, observando el Popocatépetl. Eduardo, con las fotos en la mano, se acercó, intentando mantener su tono profesional.
—Don Matus, ¿ha visto esto? —dijo, mostrándole las imágenes del jeroglífico.
El anciano tomó las fotos con sus manos curtidas, las observó con calma, sin prisa, como quien lee un libro familiar. Una sonrisa lenta y enigmática se dibujó en sus labios arrugados.
—La montaña habla, joven. Siempre lo ha hecho. Solo que ahora lo hace en su idioma.
Eduardo frunció el ceño. —Mi idioma es el de la ciencia, Don Matus. El de la razón. Esto es ceniza, polvo. ¿Qué puede decir el polvo que no pueda decir un tratado de semiótica?

Don Matus le devolvió las fotos, su mirada fija en el volcán que, en ese momento, emitía una pequeña fumarola. —Dice que usted busca la verdad en los libros, pero la verdad está en el aire que respira, en la tierra que pisa. Esos símbolos... son un mapa. Un mapa de lo que usted no quiere ver.
Eduardo se sintió irritado. Su sapiencia, su conocimiento libreco, su hermenéutica, su estructuralismo, todo se sentía inútil frente a la serena certeza del anciano. ¿Cómo podía ese polvo inconsistente, esa manifestación caprichosa de la naturaleza, aportar razón a su investigación antropológica? Era absurdo. Era una superstición.

—¿Y qué dice ese mapa, Don Matus? —preguntó con un tono que intentaba ser condescendiente, pero que apenas ocultaba su frustración.
Don Matus giró su cabeza lentamente, sus ojos se encontraron con los de Eduardo. La sonrisa en sus labios se amplió, pero esta vez, había una pizca de compasión, casi de lástima.
—Dice que el hombre que busca el lenguaje de los dioses, a veces olvida el lenguaje de su propio corazón. Y que el conocimiento, sin fe, es solo polvo que el viento se lleva.

Eduardo se quedó en silencio, las palabras del anciano resonando en su mente. Miró las fotos de los símbolos en la ceniza, luego al Popocatépetl, que seguía exhalando su aliento milenario. De repente, el jeroglífico en la ceniza no parecía un mapa de verdades ocultas de los habitantes de la región, sino un espejo. Un espejo que reflejaba no el conocimiento que buscaba, sino la fe que le faltaba. Y en ese instante, la vasta biblioteca de su mente, con todos sus Derridas y Foucaults, se sintió tan inconsistente como el polvo que el viento se llevaba.

viernes, 13 de febrero de 2026

Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido once años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. La recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que encontraba en los niños un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La veíamos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.

sábado, 10 de junio de 2023

El Día en que Todo Encontró su Propio Camino




Imagen hiperrealista y cinematográfica de una calle adoquinada al atardecer. En primer plano, Gustavo, con una sonrisa incompleta y visión caleidoscópica, observa cómo sus zapatos bailan, sus dientes postizos hacen claqué y sus córneas revolotean como mariposas. Al otro lado de la calle, Elvira, una anciana serena, ve cómo su regadera riega sola y su sombrero flota, mientras su bolso deja caer monedas que regresan. La escena evoca una alegre anarquía y la coexistencia de universos personales.

Sumérgete en "El Día en que Todo Encontró su Propio Camino" de Edgar Sánchez Quintana, un cuento de realismo mágico donde los objetos cobran vida, invitándonos a reflexionar sobre la libertad, la pertenencia y el sentido de la existencia.

Gustavo sacó las llaves de su bolsillo. No eran simples trozos de metal, sino los guardianes de un pacto silencioso, las herramientas que le permitían entrar y salir del mundo consensuado. Al introducirlas en la cerradura, no sintió el clic seco de un mecanismo, sino la suave resonancia de una nota musical, la vibración que anunciaba su regreso a su propio universo, ese donde las cosas no le pertenecían, sino que simplemente, coexistían con él.
Con un giro suave, abrió la puerta. El aire que lo recibió no era el aire estancado de una casa vacía, sino una atmósfera cargada de una expectativa palpable, como el silencio que precede a una tormenta de verano oa una revelación. Cada persona es un mundo, solía pensar Gustavo, y el suyo estaba a punto de recordárselo.
Al ingresar, el primer acto de la jornada fue, como siempre, liberarse de los zapatos. Pero aquel día, la liberación fue literal. Apenas sus pies abandonando la opresiva oscuridad del cuero, los zapatos no cayeron inertes al suelo. Se sacudieron como dos perros despertando de una siesta, estiraron sus agujetas y, con un brío inesperado, se lanzaron a correr por el pasillo. No huían del olor de sus pies, como un observador externo podría haber juzgado con simpleza; celebraban su recién estrenada autonomía. Saltaban sobre los muebles, trazaban piruetas en el aire y parecían reír con el golpeteo rítmico de sus suelas contra la madera. Gustavo los observó, no con sorpresa, sino con la ternura de un padre que ve a sus hijos dar sus primeros pasos. Les irritan. Vayan , pareció decirles con la mirada, sean libres .
Siguió su camino hacia la cocina, descalzo y sintiendo el suelo de una manera nueva, más directa. Sobre la mesa, sus dientes postizos, que había dejado en un vaso con agua, habían encontrado su propio ritmo. No se reían de él; Interpretaban una compleja coreografía de claqué, un tac-tac-tac agudo y alegre que parecía celebrar la maravilla de existir sin el único propósito de masticar. Gustavo se apoyó en el marco de la puerta, y en lugar de sentirse desdentado o ridículo, se sintió como el público de un espectáculo exclusivo. Aplaudió suavemente al final de su número, y las dentaduras hicieron una pequeña reverencia antes de saltar de la mesa y empezar a explorar los misterios del suelo de la cocina.
La verdadera revelación, sin embargo, le aguardaba en su habitación. Al pararse frente al espejo, no vio un simple reflejo. El espejo, cansado de imitar la realidad, había decidido convertirse en un lienzo. Las imágenes que le devolvía no eran distorsiones, sino interpretaciones: Gustavo con alas de mariposa, Gustavo hecho de agua, Gustavo como una constelación de estrellas. Era un portal a todas las versiones de sí mismo que nunca se había atrevido a imaginar. Mientras se maravillaba con este despliegue de arte efímero, sintió un cosquilleo en los ojos. Sus córneas, dos lentes orgánicas que habían pasado toda una vida enfocando el mundo para él, decidieron que ya habían visto suficiente. Con un movimiento suave, casi Cortés, se desprendió y rodaron por sus mejillas. No cayeron al suelo, sino que salieron disparadas por la habitación, no como llantas descontroladas, sino como dos exploradores curiosos, ansiosos por ver el mundo sin la mediación de un cerebro humano, por sentir la textura del aire y la calidez de la luz de forma directa.
Gustavo se encontró en medio de un torbellino de actividad gozosa. Los zapatos corrían maratones por los pasillos, los dientes bailaban en la cocina, el espejo pintaba universos y las córneas cartografiaban la habitación desde una perspectiva imposible. Estaba perplejo, sí, pero no asustado. Comprendió que no estaba perdiendo sus cosas; Estaba ganando compañeros de viaje. En lugar de intentar restaurar el viejo orden, decidió unirse a la celebración. Se unió a la danza de los zapatos, tarareó la melodía del claqué de sus dientes y se sumergió en el caos visual de sus córneas rodantes. Por primera vez, no era el dueño de su casa, sino un habitante más.
Y así, Gustavo decidió que quedarse dentro era limitar esa nueva y maravillosa forma de existencia. Abrí la puerta principal, no como un dueño, sino como quien abre una jaula para que todos puedan salir. Salió a la calle descalzo, con una sonrisa incompleta y una visión borrosa y caleidoscópica, cortesía de la ausencia de sus córneas. El mundo exterior ya no era un lugar de líneas definidas y propósitos claros, sino una sinfonía de luces, colores y movimientos que por fin podía sentir en lugar de simplemente ver.
No estaba solo. Al otro lado de la calle, una mujer mayor, a quien conocía de vista como Elvira, regaba sus plantas. O más bien, la regadera, con un elegante arco, se inclinaba por sí misma para dar de beber a los geranios, mientras el sombrero de paja de Elvira flotaba sobre su cabeza, proporcionándole sombra sin necesidad de contacto. Su bolso, sentado en el escalón del porche, se abría y cerraba, como si respirara, y de vez en cuando dejaba caer una moneda que rodaba por la acera antes de volver a saltar a su interior.
Elvira levantó la vista y sus miradas se cruzaron. Ella tampoco llevaba gafas; sus lentes, dos pequeños discos de cristal, revoloteaban a su alrededor como colibríes, capturando reflejos del sol y proyectando pequeños arcoíris en las paredes. No hubo palabras. No eran necesarios. En la sonrisa desdentada de Gustavo y en la mirada serena y desenfocada de Elvira, hubo un reconocimiento absoluto. Ambos habitaban sus propios mundos, y esos mundos, por un instante, habían encontrado una frontera común. Se saludaron con un leve asentimiento, un gesto de complicidad entre dos universos que habían decidido, por fin, dejar de fingir que eran uno solo.
Juntos, pero no revueltos, los objetos comenzaron a interactuar. Los zapatos de Gustavo iniciaron una danza torpe pero entusiasta con las gafas revoloteadoras de Elvira. Sus dientes postizos, en un arrebato de audacia, intentaron darle una pequeña mordida juguetona a una de las monedas que saltaba del bolso. Era el inicio de un nuevo tipo de comunidad, una no basada en la utilidad o la posesión, sino en la pura y anárquica alegría de ser.
Gustavo y Elvira permanecieron en sus respectivos lados de la calle, no como dueños observando a sus mascotas, sino como dos continentes que, tras una larga deriva, por fin descubrían que no estaban solos en el océano de la existencia.
Y así, en esa calle donde la normalidad se había disuelto en el aire de la tarde, comenzó una nueva forma de vida. Una marcha no hacia una guerra ficticia, sino hacia una libertad compartida. Y ahora, la puerta de tu propio mundo está entreabierta. Las llaves están en tu bolsillo. ¿Qué objetos, en tu casa, en tu vida, esperan pacientemente a que les permitas, por fin, encontrar su propio camino?


lunes, 5 de junio de 2023

Clásicos de la literatura

 

Imagen hiperrealista y cinematográfica que muestra un libro antiguo abierto sobre un escritorio de madera. De sus páginas emergen escenas icónicas: Don Quijote a caballo cargando contra un molino de viento, un hombre solitario (Winston Smith) observando una pantalla con un ojo omnipresente, un pueblo de realismo mágico (Macondo) con mariposas amarillas volando, y una ballena blanca (Moby Dick) en un mar tempestuoso. La escena evoca la atemporalidad y el poder narrativo de los clásicos de la literatura.


Explora los "Clásicos de la Literatura" que han trascendido fronteras y épocas. Un viaje por obras maestras como "Don Quijote", "Cien Años de Soledad" y "1984", que siguen cautivando y ofreciendo profundas reflexiones sobre la condición humana.

 La literatura clásica ha dejado un legado invaluable en la historia de la humanidad. A lo largo de los siglos, ciertas obras han logrado mantener su relevancia y continúan siendo leídas y apreciadas en todo el mundo. Estos clásicos literarios trascienden fronteras, culturas y épocas, y su importancia perdura en el tiempo. En este artículo, exploraremos algunos de estos tesoros universales y examinaremos las razones por las cuales se consideran clásicos de la literatura.


Enlistado y exposición de los clásicos de la literatura:

  1. "Don Quijote de la Mancha" - Miguel de Cervantes: Esta obra maestra de la literatura española es conocida por su ingeniosa narrativa y su retrato de la lucha entre la fantasía y la realidad.
  2. "Orgullo y prejuicio" - Jane Austen: La autora británica nos sumerge en una comedia romántica llena de ironía y crítica social, explorando las relaciones entre clases y géneros en la sociedad del siglo XIX.
  3. "Cien años de soledad" - Gabriel García Márquez: Este libro del escritor colombiano es un ejemplo sobresaliente del realismo mágico, fusionando la fantasía con la realidad para retratar la historia de una familia a lo largo de varias generaciones.
  4. "1984" - George Orwell: Una distopía visionaria que nos presenta un futuro totalitario y opresivo, donde el gobierno controla cada aspecto de la vida de sus ciudadanos. Esta obra ha dejado una profunda huella en la conciencia colectiva.
  5. "Moby Dick" - Herman Melville: Esta novela épica narra la obsesión del capitán Ahab por cazar a la gran ballena blanca, llevándonos a reflexionar sobre temas como la naturaleza humana, la ambición y la lucha contra fuerzas superiores.

Rango general y sin distinción de países: Estos ejemplos representan solo una pequeña muestra de los clásicos de la literatura que trascienden fronteras. Los clásicos literarios abarcan obras de diferentes países, culturas y períodos históricos, lo que demuestra su universalidad. Desde la antigua Grecia con "La Ilíada" y "La Odisea" de Homero, pasando por la Rusia de Tolstói con "Guerra y paz", hasta el Japón de Murakami con "1Q84", cada región del mundo ha contribuido con sus propias joyas literarias.

Motivos y conclusiones: Los clásicos de la literatura se consideran como cuentos por varias razones. En primer lugar, su relevancia temática y su capacidad para abordar aspectos universales de la condición humana. Además, su calidad literaria y estilo único han dejado una marca perdurable. Estas obras también han influido en generaciones posteriores de escritores, dando forma a la literatura moderna. En última instancia, los clásicos literarios nos invitan a reflexionar, explorar diferentes perspectivas y comprender mejor nuestra propia existencia.

Enlaces a las obras mencionadas:

  1. "Don Quijote de la Mancha" -  Don Quijote
  2. "Orgullo y prejuicio" -  orgullo y prejuicio
  3. "Cien años de soledad" -  cien años de soledad
  4. "1984" -  1984
  5. "Moby Dick" - Moby Dick

Conclusiones: Los clásicos de la literatura son tesoros universales que trascienden fronteras y perduran en el tiempo. Estas obras representan una diversidad de temas, estilos y culturas, pero comparten la capacidad de cautivar a lectores de diferentes generaciones y lugares. A través de su calidad literaria, su relevancia temática y su influencia en la literatura posterior, los clásicos de la literatura continúan siendo apreciados y estudiados en todo el mundo. Explorar estas obras nos brinda la oportunidad de enriquecer nuestra comprensión de la condición humana y disfrutar de la belleza de la escritura.


sábado, 11 de marzo de 2023

Gemelas

 

Imagen hiperrealista de dos hermanas gemelas idénticas vestidas de novia con trajes tradicionales mexicanos bordados. Una hermana tiene una expresión de preocupación y sostiene una flor blanca pequeña, mientras la otra muestra una sonrisa traviesa y sostiene una rosa roja. Al fondo, se aprecia una vibrante fiesta de pueblo con mariachis, decoraciones coloridas y la silueta de los volcanes bajo un cielo despejado.

Descubre "Gemelas", un fascinante relato de Edgar Sánchez Quintana que entrelaza las ricas tradiciones de una boda en Tlaxcala con un inesperado y perturbador giro de identidad que cambiará la vida de dos hermanas para siempre.

El día pintaba opaco por la ceniza de don Goyo. Yo no tenía otra cosa que hacer más que perder el tiempo, como envidiablemente nadie más lo hace, cuando sonó el teléfono. Era mi amigo Marcelo, con una invitación para acompañarlo a Los Reyes Quiahuixtlan.
Nos vimos en un punto cercano y tomamos la combi que nos llevaba por ese rumbo. En el colectivo me informó que íbamos a una boda. Yo no soy mucho de fiestas, y menos de bodas, y tampoco llevaba ropa adecuada para la ocasión, pero en fin, como sea y como cayera, nos fuimos a la boda. Para matar el tiempo, esperamos un poco tomándonos un refresco en una tenducha.
A las tres de la tarde, la comitiva nupcial apareció. A la cabeza, un cuarteto de jóvenes a pie: las dos novias, idénticas y radiantes, y los dos novios, de traje negro y corbata. Se veían tan contentos como si vinieran de firmar su divorcio. Ellas lucían vestidos de novia sin mácula de error, perfectos. Detrás, los mariachis y el resto de los invitados.
La calle era de terracería y en cuesta. Los pajes, levantando la cola de los vestidos, incrementaban la polvareda adrede, como si quisieran dejar una estela bien marcada, y cada uno se ganó un coscorrón de su respectiva madre. En la entrada de la casa, grandes lianas de margaritas y ramas adornadas enmarcaban una estrella, el símbolo de que allí se casaban mujeres. En este caso, dos gemelas idénticas, delgadas y frutales.
El ambiente ya estaba montado. El conjunto musical a la izquierda, y frente a él, grandes mesas dispuestas para el banquete. A un lado, dos baños rústicos tipo fosa séptica; al otro, un tapanco de tepetate de metro y medio, y sobre él, un jardín de pasto y hierbas con una regia planta de nopal. A lo lejos, como un telón de fondo, se dibujaban la ciudad de Tlaxcala y las siluetas imponentes del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.
La historia de las gemelas era bien conocida en el pueblo. Había muchos padrinos, pues casi todos habían participado de alguna manera en la vida de las hijas de don Carmelo. Nara y Nariara cantaban en el coro de la iglesia y eran activas en la pastoral juvenil.
Nacieron agarradas de la mano, un presagio que su madre siempre consideró bueno. Lo que no le agradó tanto fue su asombroso parecido. Al principio, le costaba saber quién era quién, pero con el tiempo aprendió a diferenciarlas por su carácter. Una era muy llorona; la otra, un trompo que no se estaba quieto. Ya en la adolescencia, las diferencias se acentuaron: una, Nara, decía siempre la verdad; la otra, Nariara, mentía todo el tiempo. Nara era recatada; Nariara, enamoradiza y risueña con los hombres.
Conocieron a sus ahora esposos en lugares distintos. Nara encontró a Vicente en el coro, donde él tocaba la guitarra y, a veces, llevaba serenatas a las novias de sus amigos. Vicente, hijo de un comerciante de manzanas, acababa de terminar la carrera de Administración. Nariara, por su parte, conoció a Fermín en un antro. Él había estudiado en el Tecnológico de Apizaco y trabajaba como ingeniero en cómputo en la sucursal de IBM en Puebla.
Los dos noviazgos prosperaron, los cuatro se hicieron buenos amigos y decidieron casarse en una sola fecha, un sueño que compartían desde hacía mucho tiempo, casi como una repetición de su fiesta de quince años.
Enamoradas de sus raíces, siguieron las tradiciones de Los Reyes Quiahuixtlan al pie de la letra. Cargaron la cruz de flores a la entrada de la casa, tomaron su tarro de pulque, fueron llevadas en brazos por sus esposos hasta la carpa del banquete y se hincaron para recibir la bendición de padres y padrinos. Luego vinieron los bailes: el chochocol, el del guajolote, el vals y la víbora de la mar. De comida sirvieron mixiote, arroz y mole con tortillas de comal. Para beber, pulque, agua de Jamaica, refrescos y bebidas preparadas por un pariente que era barman en el conocido bar “El Sótano”.
La fiesta se llevó a cabo sin grandes sobresaltos. Todos disfrutaron del festín y el jolgorio. Cuando pasaron a pedir dinero para la luna de miel, la gente fue generosa. Ya tenían reservado el hotel Elcano en Acapulco, sobre la costera Miguel Alemán, por tres días y dos noches. De regreso, planeaban visitar a unos familiares de Vicente en Chilpancingo y luego pasar unos días en Taxco.
—¿Gustan cooperar para el viaje de bodas? —dijo Nariara, acercando una zapatilla con dinero.
—Claro. Que la pasen muy bien en su luna de miel y que sean muy felices tú y tu hermana. Todo ha estado muy bien, gracias por todo —afirmó Marcelo, acomodando un billete generoso.
Más tarde, las hermanas y sus esposos contaban el dinero entre risas.
—Mira, hermana, ¡ya juntamos un buen! —exclamó una.
—Oye, a ver, vamos a ver cuánto juntaron ellos.
—¿Cuánto llevan?
—¡Ya juntamos pa’ las caguamas! —bromeó uno de los novios.
—¡Cállate, qué caguamas! Necesitamos para la gasolina y las casetas. A ver, nosotras juntamos más.
—Pues claro, ustedes están de locales y nosotros de visitantes.
—Por eso las queremos tanto.
—Mua, mua.
Ya en Acapulco, el calor las recibió con una bofetada húmeda.
—Mira, hermana, ¡qué bonito hotel! ¡Ay, cuánto calor! Vamos a las habitaciones. Lo bueno es que están juntas, la vamos a pasar bien. ¡Ayyy, ya quiero estar con él! —dijo Nariara.
—¡Ay, picarona! —rio Nara.
—Yo también quiero estar en sus brazos. Todo esto es maravilloso, parece un sueño.
—Me voy a poner el negligé blanco.
—Ahorita que suban a la habitación brindamos y cada quien a lo suyo. Pero ya es muy tarde, hay que dormir.
—Yo lo último que quisiera es dormir —susurró Nariara—. Quiero hacer el amor con él incansablemente. Ay, Fermín, mi amor.
En la habitación, los cuatro brindaron. Las botellas de vino y algo de reserva que habían llevado se descorcharon entre risas y recuerdos de la fiesta.
—¡Se fijaron cómo la tía Juana se puso como trompo después de todas esas copas que se tomó! —comentó Vicente.
—¡Jiji, no manches! Todo el mundo lo va a comentar.
La noche transcurrió entre anécdotas, bromas y el murmullo del mar que se colaba por la ventana. El cansancio y el alcohol finalmente los vencieron, y cada pareja se retiró a su respectiva habitación.
La mañana los descubrió durmiendo plácidamente. Era un hermoso día soleado, y el calor acapulqueño, alharaquiento, fue el primero en despertar a las gemelas. Nariara, con los ojos muy abiertos en la penumbra, sacudió suavemente a su hermana, que dormía a su lado.
En voz baja, casi un siseo, soltó la bomba:
—Nara, despierta. Oye… te acostaste con mi Fermín. Y yo con tu Vicente.
Nara abrió los ojos. El mundo se le vino encima. Se miraron, idénticas en su espanto, y se agarraron de las manos, así como habían nacido.
—Virgen santísima, ¿y ahora qué? —susurró Nara, con el pánico helándole la sangre. La verdad, su ancla, su única certeza, se había hecho añicos.
Nariara, la mentirosa, la que siempre encontraba una salida, la miró con una calma aterradora. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó en sus labios.
—Pues no sé… —dijo, y su tono era de una falsa inocencia—. No los vayas a despertar.
Nara la miró, buscando una respuesta, una solución, pero solo encontró el reflejo de su propio rostro en los ojos de su hermana. Por primera vez en su vida, la verdad le pareció un castigo insoportable.
—No les digas nada —continuó Nariara, su voz ahora firme, como si dictara una sentencia—. Al cabo que no creo que se den cuenta. Anda, ya métete a la regadera, yo haré lo mismo. Y ponte ese bikini azul, el muy provocativo. A él le va a gustar.