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viernes, 27 de febrero de 2026

El Jeroglífico de la Ceniza

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un jeroglífico detallado hecho de ceniza volcánica está grabado sutilmente en un patio de piedra. Los símbolos son intrincados y de aspecto antiguo. En el plano medio, un antropólogo académico, Eduardo Velazco, con una expresión perpleja y frustrada, sostiene un libro sobre estructuralismo (por ejemplo, Lévi-Strauss) y una lupa, tratando de descifrar los símbolos de ceniza. Su atuendo es moderno e intelectual. En el fondo, un anciano indígena, Don Matus, con una sonrisa serena y sabia, observa la escena desde la distancia, con la mirada dirigida hacia el volcát Popocatépetl, que está sutilmente activo con una columna de humo. El escenario es San Isidro Buen Suceso, Tlaxcala, con arquitectura tradicional y vegetación exuberante. La iluminación es dramática, con una mezcla de luz natural que resalta los símbolos de ceniza y un brillo sutil y místico que emana del volcán. La atmósfera general debe transmitir un choque entre la razón científica y la sabiduría ancestral.

Un antropólogo racionalista se enfrenta a la sabiduría ancestral en Tlaxcala. Descubre "El Jeroglífico de la Ceniza", un cuento de Edgar Sánchez Quintana donde el Popocatépetl revela verdades que los libros no pueden contener.


Por Edgar Sánchez Quintana

Eduardo Velazco, antropólogo del INAH, se movía por San Isidro Buen Suceso con la precisión de un reloj suizo y la convicción de un predicador. Su mente, un laberinto de estructuralismo, hermenéutica, Habermas, Derrida, Lévi-Strauss y Foucault, era su fortaleza y su prisión. Había llegado a Tlaxcala para desentrañar los secretos del lenguaje y los rituales nahuas, armado con grabadoras, cuadernos y una fe inquebrantable en la razón. Para él, el mundo era un texto a descifrar, una serie de estructuras subyacentes que solo la academia podía revelar.

En el pueblo, sin embargo, existía otro tipo de saber. Don Matus, un anciano con ojos que parecía haber visto el nacimiento del Popocatépetl, no necesitaba libros. Él leía los polvos que caían del cielo, las vísceras de las gallinas y los chivos, los susurros del viento entre los maizales. Su conocimiento era visceral, ancestral, tan antiguo como la tierra que pisaba. Eduardo lo observaba con una mezcla de fascinación antropológica y condescendencia académica. Don Matus era un informante valioso, un vestigio de un mundo que la ciencia se encargaría de catalogar y, eventualmente, explicar.

Una mañana, tras una noche de actividad inusual del Popocatépetl, el patio de la modesta casa que Eduardo había alquilado amaneció cubierto por una fina capa de ceniza volcánica. Mientras tomaba su café, notó algo peculiar. No era una acumulación aleatoria. En el centro del patio, sobre la ceniza gris, se dibujaba un patrón intrincado, un jeroglífico perfecto, similar a los misteriosos círculos de los cultivos, pero aquí, efímero y orgánico. Era una serie de símbolos que parecían bailar entre sí, con una simetría que desafiaba la casualidad.

El corazón de Eduardo, acostumbrado a la fría lógica, dio un vuelco. Su mente analítica se puso en marcha. ¿Una broma? ¿Una coincidencia? Tomó fotografías, mediados de ángulos, intentó encontrar una explicación racional. Los símbolos, aunque abstractos, parecían contener una narrativa, una secuencia. Su formación le gritaba que era un fenómeno natural, una caprichosa danza del viento y la ceniza. Pero algo, una punzada en su escepticismo, lo inquietaba.

Por la tarde, encontró a Don Matus sentado en su habitual banco de madera, observando el Popocatépetl. Eduardo, con las fotos en la mano, se acercó, intentando mantener su tono profesional.
—Don Matus, ¿ha visto esto? —dijo, mostrándole las imágenes del jeroglífico.
El anciano tomó las fotos con sus manos curtidas, las observó con calma, sin prisa, como quien lee un libro familiar. Una sonrisa lenta y enigmática se dibujó en sus labios arrugados.
—La montaña habla, joven. Siempre lo ha hecho. Solo que ahora lo hace en su idioma.
Eduardo frunció el ceño. —Mi idioma es el de la ciencia, Don Matus. El de la razón. Esto es ceniza, polvo. ¿Qué puede decir el polvo que no pueda decir un tratado de semiótica?

Don Matus le devolvió las fotos, su mirada fija en el volcán que, en ese momento, emitía una pequeña fumarola. —Dice que usted busca la verdad en los libros, pero la verdad está en el aire que respira, en la tierra que pisa. Esos símbolos... son un mapa. Un mapa de lo que usted no quiere ver.
Eduardo se sintió irritado. Su sapiencia, su conocimiento libreco, su hermenéutica, su estructuralismo, todo se sentía inútil frente a la serena certeza del anciano. ¿Cómo podía ese polvo inconsistente, esa manifestación caprichosa de la naturaleza, aportar razón a su investigación antropológica? Era absurdo. Era una superstición.

—¿Y qué dice ese mapa, Don Matus? —preguntó con un tono que intentaba ser condescendiente, pero que apenas ocultaba su frustración.
Don Matus giró su cabeza lentamente, sus ojos se encontraron con los de Eduardo. La sonrisa en sus labios se amplió, pero esta vez, había una pizca de compasión, casi de lástima.
—Dice que el hombre que busca el lenguaje de los dioses, a veces olvida el lenguaje de su propio corazón. Y que el conocimiento, sin fe, es solo polvo que el viento se lleva.

Eduardo se quedó en silencio, las palabras del anciano resonando en su mente. Miró las fotos de los símbolos en la ceniza, luego al Popocatépetl, que seguía exhalando su aliento milenario. De repente, el jeroglífico en la ceniza no parecía un mapa de verdades ocultas de los habitantes de la región, sino un espejo. Un espejo que reflejaba no el conocimiento que buscaba, sino la fe que le faltaba. Y en ese instante, la vasta biblioteca de su mente, con todos sus Derridas y Foucaults, se sintió tan inconsistente como el polvo que el viento se llevaba.

jueves, 20 de enero de 2011

Las nubes de "don Goyo"





Pompeya se localizaba a diez kilómetros del Vesubio, volcán que en el año 62 dC hizo erupción; Aquello según historiadores, arqueólogos y vulcanólogos, a la fecha a tenido unas 70 erupciones. La semejanza entre el Popocatépetl y el Vesubio son muy lejanas tanto en el tiempo como en el espacio, uno está en Italia y el otro en México, tampoco hay mucho parecido entre las ciudades como Pompeya y Herculano, cerca de Nápoles; con   los pueblos de San Nicolás de los Ranchos, y Santiago Xalitzintla cerca de Puebla,   pero los dos tienen que ver con una actividad volcánica

         La majestuosidad del volcán Popocatépetl puede apreciarse desde lejos, es un panorama único, pero también de cerca,   hago memoria al haberlo escalado hace aproximadamente cinco años. Ver las fotos del recuerdo en el borde del cráter y después verlo por la televisión escupiendo lava, piedras candentes, y material incandescente resulta casi cosa de la imaginación, una quimera, como si ese cráter fuera otro,   uno distinto localizado en   sitio remoto.   El momento de ver a un volcán en erupción en vivo es espasmódico, anonadante, le quita a uno el aliento ante el lucimiento de la naturaleza, el poder incontinente de la tierra. Así lo ha de haber captado Plinio el viejo al observar al Vesubio o el Doctor Atl al ver al Paricutín.

 Una erupción es la expresión máxima de que la tierra respira, sigue su curso sin importarle que cosa esté atajando el paso, o bien que le caiga ceniza al coche cuando apenas el día anterior lo habíamos lavado hasta con champú. En ocasiones resulta que no nos damos cuenta, estamos metidos en nuestras nimiedades, resolviendo nuestros particulares problemas cotidianos y luego el volcán estalla, hace erupción, algunos dicen: —aparte de todos los problemas que tengo, la renta, los gastos de la casa en fin, a todo eso ¡hay que sumar todavía   la erupción del popo!

Nunca se está del todo preparado para verse sometido uno a las contingencias que la vida nos depara, o que la naturaleza nos prepara, cada cual se enfrenta a esas eventualidades de muy distinto modo y las toma también según sus capacidades de adaptación y confronta ese problema según su manera de ser y de pensar. El volcán Popocatépetl es una eventualidad sin parangón, como lo he descrito líneas arriba, su activación afecta la región central y no es que perturba sólo a una región de doce kilómetros cuyo eje es el cráter sino a localidades algo alejadas como Tlaxcala o Veracruz. Tal parece que Tlaxcala se está convirtiendo en el predilecto sitial de las nubes de ceniza y en cuanto a Veracruz   pues también, pero hay una diferencia, que las nubes que van a dicho puerto primero pasan por Tlaxcala y de paso dejan su polvito.

Estrenamos siglo   —cosa rara, sin fiestas— ya Tlaxcala le pinta una bonanza en cuanto a progreso y desarrollo en los próximos años; Sin embargo, la ceniza del volcán hará que algunos perciban el futuro o bien opaco o legañoso y para otros cristianos será tal vez un miércoles de ceniza permanente; entre otras cosas, no olvidemos que según algunos paleontólogos, los dinosaurios se extinguieron debido a las gruesas capas de ceniza habidas en la atmósfera, tal vez ese eco   se convirtió en regla   y así nos deshagamos de algunos dinosaurios metidos en la política. Desde tiempos bíblicos el hombre siempre espera que caigan cosas del cielo, claro, no me refiero a la invariable lluvia de siempre, sino de cosas distintas como el maná o como los billetes de cincuenta pesos que les lanzaban a los tarahumaras para que votaran por el antiguo partido en el poder, Don Goyo lanza una lluvia de ceniza a los tlaxcaltecas, todo para que en los próximos años su agricultura triplique sus ganancias y así nos vaya bien a todos incluso a los poetas sin trabajo oa los escritores sin oficio ni beneficio.

El tema que desarrollo me hace recordar una obra de Sócrates que se llamaba las nubes, esa fue la única obra que realizó y se perdió, no olvidemos que Sócrates realizó sus indagaciones filosóficas mediante la mayéutica, o sea en diálogo entre preguntas y respuestas. La obra Las nubes  fue el azote de Sócrates puesto que fue calumniado por ella, decían los griegos que era una obra realizada por un hombre que vivía en los nublados o sea   un hombre que andaba siempre en las nubes, haciendo indagaciones raras y preguntándose por cuestiones trascendentales que a muy pocos les importaba, finalmente Sócrates pasa a la posteridad, asegura que el sentido del hombre es precisamente   cuestionarse sobre el todo afirmando que ese es uno de los modos en que el hombre es hombre y se diferencia así de los animales. Actualmente, creo que Sócrates viviendo en Tlaxcala, no le tentaría escribir esa obra del mismo modo; seguramente sus cuestionamientos tenderían más hacia preguntas y tesis sobre: ​​la composición mineral   de la nube de ceniza y sulfitos diseminados, su temperatura calculada en grados y altitudes, la elevación que alcanza desde el cráter hasta arribototota y el viaje trasatlántico que podría tener según suposiciones de chamán o de brujo de Catemaco. Y digo lo anterior sobre Sócrates y su hacer porque recordemos que estamos en plena modernidad y globalización y quien no se acople en su discurso   a lo que es el desarrollo de la ciencia y la técnica, pues andará como loco preguntándose si los ángeles tienen lunares u otras cuestiones metafísicas y   ahora sí, hablando sobre las nubes y por añadidura muerto de hambre así, precisamente, como yo me lo imagino.  

Las nubes de don Goyo son muy poco literarias a menos que nos refiramos  a la novela de Malcolm Lowry Bajo el Volcán o a las peripecias de los españoles que narra Diego Muñoz Camargo para obtener el azufre para hacer la pólvora que se utilizaría en la guerra contra los aztecas o bien otra referencia que por el momento se me olvida, pero no sabemos si esto sea un preámbulo para que los literatos se pongan a escribir sobre “las nubes de don Goyo”.