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lunes, 29 de junio de 2026

La Guardiana de los Remedios: El Estafiate Amargo de la Memoria

 


Una crónica conmovedora sobre la vida de una mujer en situación de calle en Tlaxcala, su sabiduría en hierbas medicinales y su inquebrantable resiliencia frente a un pasado de abandono y abuso.

Por Edgar Sánchez Quintana

La voz de la mujer era un río seco, pero sus palabras, como piedras afiladas, tallaban la memoria. Setenta años de vida, la mayoría de ellos en el asfalto, y una historia que se negaba a ser borrada por el olvido o la caridad. No era una historia de victimismo, sino de una entereza forjada en el fuego de la traición y el frío de la indiferencia.
—Mi madre nunca me quiso —comenzó, con una calma que helaba la sangre—. Y yo siempre la odié por lo que me hizo. No sé si ya se murió, no me importa. Y si ya está muerta, me gustaría que esté pagando en el infierno, quemándose en la lumbre eterna. Porque yo no la voy a perdonar.
El sacerdote, con sus sermones de perdón, no conocía el rencor que habitaba en su corazón, una herida que no se quitaba con nada, ni con la hierba más amarga. De niña, solo quería un poco de cariño, un poquito, pero solo recibía regaños y trabajos. Mientras a sus hermanos les tocaba la carne del pollo, a ella solo el caldo aguado y las tortillas duras, que remojaba con resignación.
Pero el verdadero infierno comenzó cuando su madre la obligaba a dormir entre ella y su "querido". Las manos cochinas de aquel hombre, el amante que ponía para el pollo y la comida, se paseaban por su cuerpo mientras su madre, sabiendo, callaba. Y luego, los campos de labor, a los siete u ocho años, llevando la comida bajo el sol, mientras el mismo hombre la correteaba por los surcos, ofreciéndole regalos si se sentaba en sus piernas. Su madre lo sabía, lo hacía a propósito, como si el odio fuera una herencia que se descarga en los hijos.
—Ella siempre me decía que yo había nacido para ser puta y que de puta me iba a morir —recordó, con una punzada de dolor que aún no cicatrizaba. En México, a donde la llevaron "prácticamente vendida", la acostaron con muchos hombres. El asco, la incomprensión de por qué su madre la había llevado a esos lugares tan cochinos, se anidó en su alma.
Ahora, a sus setenta años, vive en la calle, vendiendo hierbas para curar. La gente le regala ropa y comida, y ella, con una fe inquebrantable, afirma que "Dios nuestro Señor siempre me cuida y me bendice". Su familia, la que su madre dejó con "un terrenito o un cuarto de la casa", la desconoce, finge no saber quién es. Pero a ella no le importa. No quiere nada de ellos, ni siquiera el saludo. El cuerpo, acostumbrado a comer sobras o a no comer, le ha enseñado a sobrevivir. "Cuando como mucho nomás siento como del estómago suben muy fuerte los trasudores, y luego bajan como si fuera un frío de muerte", confesó, un escalofrío que le recordaba la cercanía de la muerte.
La muerte, que ya la había rondado una noche, dormitando en un costado de San José. Un carro se estacionó, una voz le susurró: "Ven conmigo, ya es hora". Pero ella, con el coraje escondido desde muy dentro, gritó: "¡Vete a la chingada, a mí no me vas a llevar, lárgate!". Y al abrir los ojos, no había nadie. Se fue a dormir por la Cruz Roja, y en un Oxxo, con un café, masticó una rama de estafiate amargo. Pero no le supo a amargo, sino a epazote, a hierba dulce. Como si la vida, a pesar de todo, aún le ofreciera un resquicio de dulzura.
—Mi madre, si es que está en el infierno, que le queme la lumbre muy fuerte y que grite por muchos años de dolor, para que pague las cosas que hizo en vida —concluyó, con una sentencia que solo el tiempo y el estafiate amargo de la memoria podrían, quizás, algún día, suavizar. Pero no el perdón. No hay perdón para ella.

Cada vida es una historia, y cada historia merece ser escuchada. ¿Qué te ha conmovido más de este testimonio? Te invito a compartir tu reflexión en los comentarios y a mirar con otros ojos a quienes habitan nuestras calles. ¡Tu empatía es el mejor remedio para la indiferencia!

domingo, 28 de junio de 2026

La Enramada: El Estruendo de Atlanga

 



Un cuento crudo sobre la resistencia en Atlangatepec, Tlaxcala: la lucha de un pueblo contra el progreso impuesto, la corrupción y la manipulación mediática.

Por Edgar Sánchez Quintana

—¡Ya va a llover! —dijo Joaquín, mirando el cielo que se encapotaba sobre la laguna de Atlangatepec.
El abuelo, con la sabiduría de sus ochenta años y el cuerpo curtido por el sol y las huelgas textileras, negó con la cabeza.
—Pues no sé, mijo, porque el viento corre de aquel cerro pa’l norte y son tiempos del este. Pero esas ramas que apenas cortamos, las ves, están verdes. No van a arder.
—Sí arden, abuelo, pero echan mucho humo —respondió Joaquín, con una chispa de picardía en los ojos. —Es lo que queremos para que no pasen. Mira, ya hasta andan los helicópteros zumbándonos las orejas. Tráete los gallitos de llantas de tu troca, las vamos a incendiar en el camino. Mi hijo ya se comunicó con los otros vecinos de allá para que nos vengan a ayudar a contener a estos hijos de la chingada que a la fuerza se quieren meter y no nos vamos a dejar.
La voz del abuelo se endureció, recordando viejas batallas:
—¡Hija de su chingada madre es ella, la disque nueva historia! Nos va a chingar los terrenos con pura basura y mierda. ¡No hay que dejarnos!
En una oficina climatizada, a kilómetros de Atlangatepec, el Licenciado hablaba por teléfono, con la voz impostada de quien maneja los hilos del poder.
—Hablamos de la Secretaría de Gobierno. El día de hoy no van a ir los de PROFEPA, sino los topógrafos. Tenemos urgencia en ya iniciar con el marcaje y las medidas exactas para que comiencen con los planos. Luego nos encargamos con los del agua y los de…
—Pero, Licenciado, hay gente muy revoltosa en la comunidad —interrumpió una voz al otro lado de la línea—. ¿Por qué no mejor hacen reuniones con los ejidatarios y los vecinos? Son muy labregos y broncudos. Allá hasta ven a la gente de manera recelosa.
—No —sentenció el Licenciado—, ustedes tienen a las autoridades y la ley a su favor, así que ese puñado de insolentes no van a frenar el desarrollo de la Cuarta Transformación. Continúen como se ha convenido.
Los topógrafos bajaron su instrumental y fingieron ser de PROFEPA para ver si los dejaban trabajar. La gente comenzó a reunirse, comunicándose por WhatsApp. Se escucharon dos cohetes, un aviso. Las ramas recién cortadas de la poda se amontonaban cerca de los autos de los fuereños.
En la carretera, el Comandante arengaba a sus hombres:
—¡Oficial, ya tiene todo preparado! Vamos a un mitin. Esos pinches parroquianos de Atlanga ya se pusieron pendejos. ¡Les vamos a partir su madre! Son órdenes superiores. Lleven todo su equipo antimotín y gases lacrimógenos. Nos dicen que no son más que cincuenta. Nosotros llevamos los dos turnos y otros de Apizaco que se van a sumar. Van a llevar helicóptero para que desde allí den instrucciones.
Joaquín Carbente, el nieto, intentó detener a su abuelo:
—Abuelo, no vaya. Esa gente de autoridad es muy culera. No vaya a ser que empiecen los arrempujones y se pueda caer. Quédese con ama.
El viejo lo miró con la misma fiereza que en las huelgas de las textileras:
—¡Yo voy a defender esta tierra, y tú no me vas a decir qué hacer! ¡Vete a la chingada! Pinches policías, no les tengo miedo, ni nunca les tuve miedo ni cuando fui del partido comunista o cuando nos levantamos en las huelgas de las textileras. Me canso que no me rajo, aunque me duela mi columna. Hay que hacer presencia. Ahorita nos ponen eso, después se van a meter hasta en tu casa y no lo vamos a permitir. Pásame mi bastón y un vaso de agua para que me tome el complejo “B”.
—¡Fórmense… y hagan como que son chingones, aunque yo sé que son unos pendejos! —gritó el Comandante a sus policías—. ¡Y no vayan a perder el equipo o un escudo porque se los vamos a cobrar!
—Pero, Comandante, todavía me están descontando del uniforme… —murmuró un oficial.
—Pues para que aprendas a valorar. Si te lo regalan no valoras y lo descuidas. Así vas aprendiendo a cuidar las cosas para que sepan lo que cuesta. ¡Firmes! Desde este momento, orden cerrado y todos como un solo cuerpo, así como practicamos la semana pasada.
—¡Hijos de la chingada, esos cabrones traen equipo antimotín, y nosotros nada! —gritó una mujer.
—¡Qué importa! ¡Tenemos nuestros derechos! —respondió otro.
—¡Chingasu la Lorena! —se escuchó.
—¡Sí, vamos a partirles su madre! ¡El pueblo no se raja! ¡No queremos ese basural aquí! ¡Son terrenos de labor, y la presidenta municipal del pueblo ya se vendió!
Las mantas lucían sus reclamos como voces calladas y al mismo tiempo estruendosas. Las vestimentas de los civiles eran parcas, ocres, incluso de ropa de diario, ni siquiera era ropa dominguera. En los ojos lucía un fulgor de amar la tierra que pisaban, del verde amoroso de la comarca de Atlanga. En lontananza, allá muy lejos, por donde se asomaba un rescoldo de montaña, se avecinaba una tormenta con nubes que se hacían como tornillo y se entrampaban en la lejanía. Ese paisaje no imaginaba que en este pueblo estaba por incendiarse una mecha de pasiones entre el enojo y la frustración de los implicados.
Un periodista, ajustándose los lentes de su cámara, murmuró:
—¿Qué tal? ¿Quién te avisó? Ya ves, uno siempre se entera. ¿Crees que se ponga bueno? Ya veremos. Necesito una buena nota periodística. —Probó con algunos clics y preparó las pilas para recargar si fallaba algo. Llevaba mascarillas de las buenas en la mochila, porque también sabía un poco más que el común de la gente.
—¡Formen un frente y avancen, ya! —ordenó el Comandante.
El contingente casi militar avanzó frente a los comuneros y vecinos enojados, entre niños mocosos y poco vestidos, comadres de todos los moles y viejitos sin dientes. El primer disparo de gas lacrimógeno sacó a relucir el desequilibrio de poderes tácticos. La muchedumbre siguió en su protesta de enojo, lanzando consignas contra la autoridad. El helicóptero se paseaba como gavilán buscando presa. A los comuneros no les quedó de otra que agarrar las varas puestas en la carretera para atacar a los indefensos policías antimotín. Las ramas cayeron encima de los cascos y los escudos de acrílico bailotearon en medio de la trifulca.
—¡Toma, maldito! —gritó el abuelo, golpeando con su bastón—. ¡Y di que te fue bien, hubiera sido de capulín, duele más!
Al día siguiente, los titulares de los periódicos oficiales rezaban: “Los policías fueron atacados con ramas. Es inconcebible, hay heridos entre los oficiales. Ellos fueron a guardar el orden y fueron atacados por una horda de maleantes que están en contra del progreso de Tlaxcala.” La verdad, como siempre, se había enramado en la retórica del poder.

La tierra no se vende, se defiende. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por el "progreso" cuando este pisotea la dignidad de un pueblo? Te invito a leer este cuento y a reflexionar sobre las historias que no siempre llegan a los titulares. ¡Tu voz es el eco que mantiene viva la resistencia!

martes, 23 de junio de 2026

La Sopa del Diablo: Crónica de una Sed Amatech

 


Un cuento audaz y surrealista sobre la intoxicación masiva en una empresa de Tlaxcala, donde el nihilismo de un tlacuache y la corrupción humana se mezclan en una cisterna de secretos.


Por Edgar Sánchez Quintana

Sísifo, el tlacuache, era un filósofo de la basura. Sus días transcurrían en una meditación nihilista entre los pequeños bosques que aún resistían el avance de la Universidad Autónoma de Tlaxcala y los muros de la flamante empresa Amatech. Había visto cómo sus antiguos cotos de caza se convertían en estacionamientos y cómo la promesa de progreso devoraba la tierra. Incluso, en la rectoría, una torre de cristal se alzaba como un monumento al miedo, y por las noches, un fantasma femenino, recién inaugurado, penaba por la banqueta, repitiendo con voz quebrada: “Él me engañó, yo confié en él”. Sísifo, cansado de la vida, de la soledad desde que su amada había sido atropellada semanas atrás, decidió que era hora de unirse a ella. La cisterna de Amatech, ese ojo oscuro que prometía un abismo, sería su puerta al Hades.

Faustino, empleado de Amatech, sentía que el estómago le hacía nudos. No era la primera vez. Desde que la empresa había prohibido la entrada de alimentos y agua externos, obligándolos a consumir los productos de la cafetería, los malestares eran una constante. Se había tomado ya dos Alka-Seltzers y un Pepto-Bismol, pero el dolor persistía. Sus compañeros, con la misma dolencia, murmuraban sobre la mala suerte, la envidia. Faustino, desesperado, acudió a Doña Remedios, la curandera del barrio. Con un huevo de gallina negra, Doña Remedios le pasó el cuerpo, recitando oraciones antiguas. Al romperlo en un vaso de agua, el huevo reveló formas extrañas, como sombras que se retorcían. “Mal de ojo, hijo. Te tienen envidia en la empresa. Mucha envidia”, sentenció la curandera, y Faustino asintió, convencido de que sus propios compañeros eran los causantes de su desgracia.
Mientras tanto, en las oficinas de Amatech, el Líder Sindical, un hombre de sonrisa fácil y apretón de manos flojo, se reunía con la gerencia. La noticia de la intoxicación masiva corría como pólvora, pero él, experto en apagar fuegos, ya tenía un plan. “No hay que alarmar a la gente”, dijo con voz untuosa. “Esto se resuelve con un buen incentivo. Un bono extra en el aguinaldo de Navidad, y todos contentos. La empresa no tiene por qué preocuparse”. La gerencia asintió, complacida. El Líder Sindical saldría de la reunión con la promesa de una jugosa compensación personal, mientras la salud de sus representados se vendía al mejor postor.

El funcionario de COEPRIST, la Comisión Estatal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, sudaba frío. La llamada de Amatech había sido clara: “Esto no puede salir a la luz. El dueño es el más rico del país, y si se entera, cierra la empresa. Y si la cierra, la gobernadora nos corre a todos”. El funcionario, un hombre de principios flexibles, se vio atrapado entre el miedo a perder su puesto y la codicia de un sobre que, discretamente, había aparecido en su escritorio. El informe oficial diría que la intoxicación se debió a “factores externos no relacionados con la calidad del agua”. Todos se cuidaban la espalda, y la verdad se diluía en el pozo de la corrupción.

El tiempo pasó. La empresa, para evitar cualquier rastro de la intoxicación y con una audacia digna de su dueño, decidió lanzar una nueva línea de productos: “Agua Pura Amatech: Bebida Energética Ancestral con Probióticos Orgánicos”. El agua, por supuesto, provenía de la misma cisterna, ahora “purificada” con un proceso secreto. En la inauguración, frente a las cámaras y con sonrisas forzadas, el Líder Sindical y el funcionario de COEPRIST brindaron con la nueva bebida, proclamando sus bondades para la salud y el bienestar. Faustino, ahora recuperado y con una extraña sensación de vacío en el estómago, fue contratado para una nueva tarea: “limpiar” la cisterna a fondo. Descendió al oscuro pozo, y entre el lodo y los restos de lo que alguna vez fue Sísifo, el tlacuache nihilista, encontró un pergamino antiguo, enrollado y sellado. No era un contrato de la empresa, sino un mapa de la Tlaxcala prehispánica, con rutas de agua subterráneas que conectaban la cisterna con manantiales ocultos y, en el centro, un glifo que representaba a un tlacuache como guardián de la memoria ancestral. Faustino sonrió. La verdadera sopa del diablo no era el agua contaminada, sino la historia que se negaban a contar.

A veces, la realidad supera a la ficción, y el agua que bebemos lleva consigo las sombras de quienes nos gobiernan. ¿Crees que la justicia es posible cuando el poder y el dinero dictan la verdad? Te invito a compartir tu reflexión sobre este relato y a cuestionar las "sopas" que nos sirven a diario. ¡Tu conciencia es el único filtro que no pueden corromper!

lunes, 22 de junio de 2026

La Casa de la Poesía en Disputa: Jorge Juanes y la Defensa de la Memoria Literaria

 


Una crónica personal y filosófica sobre Jorge Juanes y su lucha por la Casa de López Velarde: de las cátedras en Puebla a la defensa de la memoria poética de México.

Por Edgar Sánchez Quintana

En el vibrante panorama intelectual de México, la figura de Jorge Juanes López emerge como una voz ineludible. Filósofo, crítico de arte e investigador de tiempo completo en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Juanes ha dedicado su lucidez a desentrañar las complejidades de la estética, la modernidad y la posmodernidad. Su pensamiento, fértil y a menudo polémico, no se limita a las aulas, sino que se proyecta hacia el debate público, vinculando la filosofía con el panorama civilizatorio y la pulsión de vida
.
Mi acercamiento a Jorge Juanes se dio hace algunos años, no tanto de forma personal, sino a través de la academia y el pensamiento. Recuerdo haber acudido a un coloquio en Puebla donde se abordaban temas que, en aquel tiempo, eran cruciales en el ámbito filosófico. Juanes ya había consolidado su fama entre un selecto grupo de intelectuales y, sobre todo, entre los estudiantes de la Facultad de Filosofía de la UAP. Había una especie de bohemia intelectual que lo rodeaba, una atmósfera de efervescencia donde se discutía la estética, la filosofía marxista y los movimientos del pensamiento latinoamericano, con nombres como Horacio Cerutti, Enrique Dussel y Leopoldo Zea resonando en cada conversación.
Su avezado conocimiento sobre estos temas convertía cada clase en una verdadera cátedra, comparable a las que impartirían Theodor Adorno en la Universidad de Frankfurt o Heidegger en Friburgo. Juanes, a menudo, era tildado de incomprendido o incluso de "loco", como si habitara fuera del tiempo, con una visión que trascendía las modas intelectuales del momento. Sin embargo, su rigor y su capacidad para clarificar conceptos complejos del pensamiento crítico eran innegables, y su influencia en mi propia formación fue profunda.

La Casa de López Velarde: Un Símbolo en Riesgo

Recientemente, la agudeza crítica de Juanes se ha posado sobre un tema de profunda resonancia cultural: la situación de la Casa del Poeta Ramón López Velarde. Este inmueble, ubicado en Álvaro Obregón 73, en la emblemática Colonia Roma de la Ciudad de México, no es solo una edificación; es un espacio cargado de memoria, un santuario de la palabra que ha sido objeto de controversia y preocupación en el ámbito cultural
.
La Casa del Poeta Ramón López Velarde es un referente para la literatura mexicana. Fue el último hogar del autor de "La Suave Patria" y, por extensión, un epicentro de la poesía nacional. Sin embargo, su gestión y su vocación original han sido motivo de debate, llevando a que diversas voces se alcen en su defensa. Es en este contexto donde Jorge Juanes ha decidido sumarse al Comité de Defensa de la Casa del Poeta, aportando su peso intelectual a una causa que considera fundamental
.
Para Juanes, esta iniciativa trasciende la mera protección de un edificio. Se trata de una lucha por la defensa de la cultura y el arte frente a lo que él denomina una "destrucción perpetua, progresiva, a veces, en nombre de una falsa emancipación". En sus palabras, "no hay peor lucha que la que no se hace", y esta es, sin duda, una batalla por la memoria y la identidad
.

La Poesía como Maestra de la Humanidad

La argumentación de Juanes se ancla en una profunda convicción sobre la importancia de la poesía. Él vincula la defensa de la Casa de López Velarde con la esencia misma del acto poético, recordando un manuscrito de 1913, encontrado por Franz Rosenzweig, donde figuras de la talla de Hölderlin, Hegel y Schelling proclaman que la poesía es la "maestra de maestras de la humanidad". Para el filósofo poblano, defender a López Velarde es, en última instancia, defender una "manera de pensar radical y extrema", un "pensar poético" que se desprende de la poesía misma y que nos invita a reflexionar desde sus propias coordenadas
.
Esta postura resuena con la visión que hemos explorado en otros ensayos sobre la soberanía cultural y la resistencia. La defensa de un espacio como la Casa de López Velarde se convierte en un acto de resistencia contra la homogeneización cultural y el olvido. Es un recordatorio de que la identidad de un pueblo se construye también a través de sus poetas, de sus espacios sagrados y de la capacidad de su intelectualidad para alzar la voz cuando la memoria está en juego.

La Crítica Estética como Acto Político

La participación de Jorge Juanes en este comité de defensa subraya una vez más la intrínseca relación entre la crítica estética y el acto político. Para un pensador que ha desentrañado la "cultura de la alegría y la afirmación más potente de la pulsión de vida" en Nietzsche, o la "modernidad profunda" en Bolívar Echeverría, la defensa de la Casa de López Velarde es una extensión natural de su filosofía
. No se trata de un mero activismo, sino de una aplicación práctica de su pensamiento, donde la preservación del patrimonio cultural se convierte en un baluarte contra la erosión de la identidad y la banalización del arte.
En un México que constantemente se debate entre la modernidad y la tradición, entre el progreso y la memoria, voces como la de Jorge Juanes son esenciales. Su llamado a defender la Casa de López Velarde es un recordatorio de que la cultura no es un adorno, sino el cimiento sobre el cual se construye la conciencia de una nación. Me sumo a la protesta junto con Juanes y otros autores e intelectuales, porque me parece que no podemos quedarnos dormidos y mirar hacia otro lado. Solo los intelectuales y creadores, así como los personajes dedicados a la cultura y el arte, saben que hay que pelear por los espacios y no permitir el reduccionismo. Primero será el edificio, luego será el pensamiento.

La cultura no se hereda pasivamente, se defiende activamente. ¿Crees que estamos haciendo lo suficiente para proteger los espacios que resguardan nuestra memoria literaria? Te invito a sumarte a esta reflexión y a compartir tu opinión sobre la importancia de preservar la Casa de López Velarde. ¡Primero será el edificio, luego será el pensamiento!