Una crónica conmovedora sobre la vida de una mujer en situación de calle en Tlaxcala, su sabiduría en hierbas medicinales y su inquebrantable resiliencia frente a un pasado de abandono y abuso.
Por Edgar Sánchez Quintana
La voz de la mujer era un río seco, pero sus palabras, como piedras afiladas, tallaban la memoria. Setenta años de vida, la mayoría de ellos en el asfalto, y una historia que se negaba a ser borrada por el olvido o la caridad. No era una historia de victimismo, sino de una entereza forjada en el fuego de la traición y el frío de la indiferencia.
—Mi madre nunca me quiso —comenzó, con una calma que helaba la sangre—. Y yo siempre la odié por lo que me hizo. No sé si ya se murió, no me importa. Y si ya está muerta, me gustaría que esté pagando en el infierno, quemándose en la lumbre eterna. Porque yo no la voy a perdonar.
El sacerdote, con sus sermones de perdón, no conocía el rencor que habitaba en su corazón, una herida que no se quitaba con nada, ni con la hierba más amarga. De niña, solo quería un poco de cariño, un poquito, pero solo recibía regaños y trabajos. Mientras a sus hermanos les tocaba la carne del pollo, a ella solo el caldo aguado y las tortillas duras, que remojaba con resignación.
Pero el verdadero infierno comenzó cuando su madre la obligaba a dormir entre ella y su "querido". Las manos cochinas de aquel hombre, el amante que ponía para el pollo y la comida, se paseaban por su cuerpo mientras su madre, sabiendo, callaba. Y luego, los campos de labor, a los siete u ocho años, llevando la comida bajo el sol, mientras el mismo hombre la correteaba por los surcos, ofreciéndole regalos si se sentaba en sus piernas. Su madre lo sabía, lo hacía a propósito, como si el odio fuera una herencia que se descarga en los hijos.
—Ella siempre me decía que yo había nacido para ser puta y que de puta me iba a morir —recordó, con una punzada de dolor que aún no cicatrizaba. En México, a donde la llevaron "prácticamente vendida", la acostaron con muchos hombres. El asco, la incomprensión de por qué su madre la había llevado a esos lugares tan cochinos, se anidó en su alma.
Ahora, a sus setenta años, vive en la calle, vendiendo hierbas para curar. La gente le regala ropa y comida, y ella, con una fe inquebrantable, afirma que "Dios nuestro Señor siempre me cuida y me bendice". Su familia, la que su madre dejó con "un terrenito o un cuarto de la casa", la desconoce, finge no saber quién es. Pero a ella no le importa. No quiere nada de ellos, ni siquiera el saludo. El cuerpo, acostumbrado a comer sobras o a no comer, le ha enseñado a sobrevivir. "Cuando como mucho nomás siento como del estómago suben muy fuerte los trasudores, y luego bajan como si fuera un frío de muerte", confesó, un escalofrío que le recordaba la cercanía de la muerte.
La muerte, que ya la había rondado una noche, dormitando en un costado de San José. Un carro se estacionó, una voz le susurró: "Ven conmigo, ya es hora". Pero ella, con el coraje escondido desde muy dentro, gritó: "¡Vete a la chingada, a mí no me vas a llevar, lárgate!". Y al abrir los ojos, no había nadie. Se fue a dormir por la Cruz Roja, y en un Oxxo, con un café, masticó una rama de estafiate amargo. Pero no le supo a amargo, sino a epazote, a hierba dulce. Como si la vida, a pesar de todo, aún le ofreciera un resquicio de dulzura.
—Mi madre, si es que está en el infierno, que le queme la lumbre muy fuerte y que grite por muchos años de dolor, para que pague las cosas que hizo en vida —concluyó, con una sentencia que solo el tiempo y el estafiate amargo de la memoria podrían, quizás, algún día, suavizar. Pero no el perdón. No hay perdón para ella.
Cada vida es una historia, y cada historia merece ser escuchada. ¿Qué te ha conmovido más de este testimonio? Te invito a compartir tu reflexión en los comentarios y a mirar con otros ojos a quienes habitan nuestras calles. ¡Tu empatía es el mejor remedio para la indiferencia!