Un cuento crudo sobre la resistencia en Atlangatepec, Tlaxcala: la lucha de un pueblo contra el progreso impuesto, la corrupción y la manipulación mediática.
Por Edgar Sánchez Quintana
—¡Ya va a llover! —dijo Joaquín, mirando el cielo que se encapotaba sobre la laguna de Atlangatepec.
El abuelo, con la sabiduría de sus ochenta años y el cuerpo curtido por el sol y las huelgas textileras, negó con la cabeza.
—Pues no sé, mijo, porque el viento corre de aquel cerro pa’l norte y son tiempos del este. Pero esas ramas que apenas cortamos, las ves, están verdes. No van a arder.
—Sí arden, abuelo, pero echan mucho humo —respondió Joaquín, con una chispa de picardía en los ojos. —Es lo que queremos para que no pasen. Mira, ya hasta andan los helicópteros zumbándonos las orejas. Tráete los gallitos de llantas de tu troca, las vamos a incendiar en el camino. Mi hijo ya se comunicó con los otros vecinos de allá para que nos vengan a ayudar a contener a estos hijos de la chingada que a la fuerza se quieren meter y no nos vamos a dejar.
La voz del abuelo se endureció, recordando viejas batallas:
—¡Hija de su chingada madre es ella, la disque nueva historia! Nos va a chingar los terrenos con pura basura y mierda. ¡No hay que dejarnos!
En una oficina climatizada, a kilómetros de Atlangatepec, el Licenciado hablaba por teléfono, con la voz impostada de quien maneja los hilos del poder.
—Hablamos de la Secretaría de Gobierno. El día de hoy no van a ir los de PROFEPA, sino los topógrafos. Tenemos urgencia en ya iniciar con el marcaje y las medidas exactas para que comiencen con los planos. Luego nos encargamos con los del agua y los de…
—Pero, Licenciado, hay gente muy revoltosa en la comunidad —interrumpió una voz al otro lado de la línea—. ¿Por qué no mejor hacen reuniones con los ejidatarios y los vecinos? Son muy labregos y broncudos. Allá hasta ven a la gente de manera recelosa.
—No —sentenció el Licenciado—, ustedes tienen a las autoridades y la ley a su favor, así que ese puñado de insolentes no van a frenar el desarrollo de la Cuarta Transformación. Continúen como se ha convenido.
Los topógrafos bajaron su instrumental y fingieron ser de PROFEPA para ver si los dejaban trabajar. La gente comenzó a reunirse, comunicándose por WhatsApp. Se escucharon dos cohetes, un aviso. Las ramas recién cortadas de la poda se amontonaban cerca de los autos de los fuereños.
En la carretera, el Comandante arengaba a sus hombres:
—¡Oficial, ya tiene todo preparado! Vamos a un mitin. Esos pinches parroquianos de Atlanga ya se pusieron pendejos. ¡Les vamos a partir su madre! Son órdenes superiores. Lleven todo su equipo antimotín y gases lacrimógenos. Nos dicen que no son más que cincuenta. Nosotros llevamos los dos turnos y otros de Apizaco que se van a sumar. Van a llevar helicóptero para que desde allí den instrucciones.
Joaquín Carbente, el nieto, intentó detener a su abuelo:
—Abuelo, no vaya. Esa gente de autoridad es muy culera. No vaya a ser que empiecen los arrempujones y se pueda caer. Quédese con ama.
El viejo lo miró con la misma fiereza que en las huelgas de las textileras:
—¡Yo voy a defender esta tierra, y tú no me vas a decir qué hacer! ¡Vete a la chingada! Pinches policías, no les tengo miedo, ni nunca les tuve miedo ni cuando fui del partido comunista o cuando nos levantamos en las huelgas de las textileras. Me canso que no me rajo, aunque me duela mi columna. Hay que hacer presencia. Ahorita nos ponen eso, después se van a meter hasta en tu casa y no lo vamos a permitir. Pásame mi bastón y un vaso de agua para que me tome el complejo “B”.
—¡Fórmense… y hagan como que son chingones, aunque yo sé que son unos pendejos! —gritó el Comandante a sus policías—. ¡Y no vayan a perder el equipo o un escudo porque se los vamos a cobrar!
—Pero, Comandante, todavía me están descontando del uniforme… —murmuró un oficial.
—Pues para que aprendas a valorar. Si te lo regalan no valoras y lo descuidas. Así vas aprendiendo a cuidar las cosas para que sepan lo que cuesta. ¡Firmes! Desde este momento, orden cerrado y todos como un solo cuerpo, así como practicamos la semana pasada.
—¡Hijos de la chingada, esos cabrones traen equipo antimotín, y nosotros nada! —gritó una mujer.
—¡Qué importa! ¡Tenemos nuestros derechos! —respondió otro.
—¡Chingasu la Lorena! —se escuchó.
—¡Sí, vamos a partirles su madre! ¡El pueblo no se raja! ¡No queremos ese basural aquí! ¡Son terrenos de labor, y la presidenta municipal del pueblo ya se vendió!
Las mantas lucían sus reclamos como voces calladas y al mismo tiempo estruendosas. Las vestimentas de los civiles eran parcas, ocres, incluso de ropa de diario, ni siquiera era ropa dominguera. En los ojos lucía un fulgor de amar la tierra que pisaban, del verde amoroso de la comarca de Atlanga. En lontananza, allá muy lejos, por donde se asomaba un rescoldo de montaña, se avecinaba una tormenta con nubes que se hacían como tornillo y se entrampaban en la lejanía. Ese paisaje no imaginaba que en este pueblo estaba por incendiarse una mecha de pasiones entre el enojo y la frustración de los implicados.
Un periodista, ajustándose los lentes de su cámara, murmuró:
—¿Qué tal? ¿Quién te avisó? Ya ves, uno siempre se entera. ¿Crees que se ponga bueno? Ya veremos. Necesito una buena nota periodística. —Probó con algunos clics y preparó las pilas para recargar si fallaba algo. Llevaba mascarillas de las buenas en la mochila, porque también sabía un poco más que el común de la gente.
—¡Formen un frente y avancen, ya! —ordenó el Comandante.
El contingente casi militar avanzó frente a los comuneros y vecinos enojados, entre niños mocosos y poco vestidos, comadres de todos los moles y viejitos sin dientes. El primer disparo de gas lacrimógeno sacó a relucir el desequilibrio de poderes tácticos. La muchedumbre siguió en su protesta de enojo, lanzando consignas contra la autoridad. El helicóptero se paseaba como gavilán buscando presa. A los comuneros no les quedó de otra que agarrar las varas puestas en la carretera para atacar a los indefensos policías antimotín. Las ramas cayeron encima de los cascos y los escudos de acrílico bailotearon en medio de la trifulca.
—¡Toma, maldito! —gritó el abuelo, golpeando con su bastón—. ¡Y di que te fue bien, hubiera sido de capulín, duele más!
Al día siguiente, los titulares de los periódicos oficiales rezaban: “Los policías fueron atacados con ramas. Es inconcebible, hay heridos entre los oficiales. Ellos fueron a guardar el orden y fueron atacados por una horda de maleantes que están en contra del progreso de Tlaxcala.” La verdad, como siempre, se había enramado en la retórica del poder.
La tierra no se vende, se defiende. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por el "progreso" cuando este pisotea la dignidad de un pueblo? Te invito a leer este cuento y a reflexionar sobre las historias que no siempre llegan a los titulares. ¡Tu voz es el eco que mantiene viva la resistencia!