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sábado, 22 de agosto de 2026

La casa tornasol

 




Por Edgar Sánchez Quintana

En el Reino de las Ventanas Cerradas existía una casa tan solemne que nadie se atrevía a llamarla por su nombre. En los documentos aparecía como Residencia de la Concordia; en los mapas, como Inmueble de Interés Público; en los discursos, como Casa del Pueblo. Sin embargo, para quienes trabajaban allí era simplemente la Casa Grande, porque tenía demasiadas habitaciones y muy pocas explicaciones.
La Casa Grande contaba con balcones de cantera, corredores que se alargaban cuando alguien pedía transparencia y puertas que solo se abrían para las personas que ya traían autorización. En la fachada podía leerse una inscripción dorada:
Aquí todo ocurre a la vista de todos.
Naturalmente, la frase estaba escrita del lado interior del muro.
La Dueña de la Casa vivía en el piso superior, en una habitación circular donde los espejos solo reflejaban lo que resultaba conveniente. Era una mujer de modales impecables y memoria selectiva. Conocía el nombre de cada maceta, la historia de cada retrato y el horario de cada aplauso, pero tenía dificultades para reconocer lo que ocurría bajo su propio techo.
—En esta casa no sucede nada que yo no sepa —decía desde el balcón—. Y si sucediera algo que yo no supiera, no sería responsabilidad de la casa, sino de la cosa que sucedió.
La Dueña había mandado colocar cámaras en todos los pasillos. Las cámaras registraban hasta el vuelo de una mosca, siempre que la mosca no tuviera aspiraciones políticas. También había creado una oficina de comunicación encargada de explicar que todo estaba en orden, incluso cuando el orden se encontraba temporalmente ausente.
El guardián de la puerta principal era Don Prudencio, un policía que llevaba muchos años cuidando el umbral. Sabía quién entraba, quién salía y quién decía que iba a salir, pero se quedaba esperando una autorización que nunca llegaba. En los últimos meses había reunido los documentos para jubilarse.
—En septiembre me retiro —les decía a sus compañeros—. Ya hice mis cuentas, ya escogí una banca para alimentar palomas y ya aprendí que la jubilación es el único trámite que uno desea que avance y, al mismo tiempo, teme que avance demasiado rápido.
Pero en la Casa Grande nadie tomaba en serio a un hombre que estaba a punto de dejar de ser necesario. Allí la proximidad del retiro no reducía las culpas: las volvía más fáciles de depositar.
Una mañana apareció en la Plaza de los Comunicados una publicación negra, con alas de escándalo. Volaba de teléfono en teléfono y mostraba unas fotografías y un video donde varias personas armaban paquetes de propaganda dentro de un espacio que, según la imagen, parecía pertenecer a la Casa Grande. El material llevaba los colores y el nombre de un candidato que todavía no era candidato oficialmente, pero ya contaba con mariposas, listas, cajas y entusiasmo.
En el Reino de las Ventanas Cerradas aquello se llamaba mapacheo, aunque ningún mapache había sido invitado a declarar.
La publicación provocó un terremoto administrativo. Las estatuas dejaron de aplaudir. El reloj del vestíbulo se atrasó exactamente el tiempo necesario para que todos pudieran elaborar una versión. La Casa Grande negó con sus cimientos.
—Es falso —dijo un funcionario.
—Es verdadero, pero no ocurrió aquí —dijo otro.
—Ocurrió aquí, pero no sabemos quién lo hizo —dijo un tercero.
—Si no sabemos quién lo hizo, probablemente nadie lo hizo —concluyó el Secretario de las Llaves.
La Dueña convocó al Tribunal de la Ventilación, llamado así porque su función consistía en ventilar los escándalos hasta que perdieran el olor de la responsabilidad.
—Quiero dejar claro —declaró la Dueña— que yo no tenía conocimiento de ninguna actividad política dentro de la casa.
—¿Aunque la casa sea su residencia? —preguntó el Cronista de las Paredes.
—Precisamente por eso. Cuando una vive en una casa, deja de verla. Es un principio de intimidad gubernamental.
—¿Y las imágenes?
—Las imágenes deben ser investigadas.
—¿Y si la investigación confirma que el lugar era la Casa Grande?
—Entonces investigaremos por qué la investigación anterior confirmó lo contrario.
El primer acusado fue Don Prudencio.
—Usted vigilaba la entrada —le reprochó el Secretario de las Llaves—. ¿Cómo permitió que entraran personas, cajas, listas y quién sabe cuántos pensamientos políticos?
—Yo estaba en el trámite de mi jubilación —respondió Don Prudencio—. Además, la puerta no tiene la culpa de que alguien la use. Yo solo recibo instrucciones.
—Un guardián debe saberlo todo.
—¿Incluso lo que la Casa Grande afirma que no ocurrió?
El Tribunal guardó silencio. En aquel reino, las preguntas difíciles se archivaban por falta de espacio.
Don Prudencio mostró sus documentos.
—Aquí está mi solicitud de retiro. En septiembre ya no estaré en la puerta.
—Eso no lo exime —dijo el Secretario—. Al contrario, demuestra que usted estaba preparando su salida.
—¿Preparar mi salida me convierte en responsable de todas las entradas?
—En la Casa Grande, quien está por irse siempre parece haber dejado algo pendiente.
Mientras tanto, las Tres Sombras de la Ventilación fueron convocadas a declarar. Eran trabajadores de rostro común, de esos que sostienen las instituciones sin aparecer en los retratos. La primera sombra dijo que obedecía instrucciones. La segunda afirmó que solo acomodaba paquetes. La tercera explicó que aquello no era propaganda, sino material informativo para una actividad de integración ciudadana.
—¿Quién les dio la orden? —preguntó el Tribunal.
Las tres miraron al techo.
El techo miró al retrato de la Dueña.
El retrato miró hacia otro lado.
—No recordamos —dijeron.
—¿Quién las dejó entrar?
—No sabemos.
—¿En qué lugar estaban?
La primera sombra dijo que en la Casa Grande.
La segunda dijo que en un sitio parecido.
La tercera explicó que, en términos administrativos, todas las casas se parecen cuando uno necesita negar que estuvo en alguna.
El Secretario de las Llaves anunció entonces que las tres sombras serían separadas de sus puestos para enviar un mensaje.
—¿Qué mensaje? —preguntó el Cronista.
—Que nadie debe realizar actividades que el gobierno no reconoce, aunque hayan ocurrido en un lugar que el gobierno tampoco reconoce.
El Babucas del Pañal de Seda irrumpió en la sala. Era un sujeto de tics nerviosos, hombros saltarines y ambiciones de escritorio. Vestía un pañal de seda bordado con hilo dorado y lo llamaba “prenda de dignidad administrativa”.
—Yo puedo resolver esta crisis —anunció.
—¿Tiene experiencia en seguridad?
—No.
—¿En comunicación?
—Tampoco.
—¿En investigación?
—Mucho menos.
—Entonces, ¿qué sabe hacer?
El Babucas levantó el meñique.
—Sé estar cerca de quienes mandan sin preguntar por qué. Es una especialidad muy útil en tiempos difíciles.
—¿Y qué propone?
—Crear una Dirección General de Hechos que Nunca Ocurrieron. Yo podría dirigirla.
—¿Con qué méritos?
—Tengo lealtad, disponibilidad y una extraordinaria capacidad para no recordar lo que conviene olvidar.
La Dueña observó al Babucas con simpatía. En él reconoció una virtud apreciada por la Casa Grande: la incapacidad de distinguir entre servir al poder y servirse de él.
Aquella noche, el Cronista de las Paredes revisó las cámaras de seguridad. Descubrió que funcionaban perfectamente. Habían registrado el movimiento de personas, cajas y materiales. No había interrupciones, fallas ni zonas oscuras.
Lo extraño era que cada funcionario veía una grabación distinta.
La Dueña veía un patio vacío.
El Secretario veía un pasillo sin responsables.
Don Prudencio veía una puerta abierta.
El Babucas se veía a sí mismo inaugurando una oficina con su nombre.
Las Tres Sombras veían un camino que no recordaban haber recorrido.
Solo el Cronista contemplaba la escena completa: las personas entrando, los paquetes siendo armados, las cámaras funcionando, los guardianes mirando hacia otro lado y la Casa Grande llenándose de una actividad que después todos llamarían imposible.
Entonces comprendió el verdadero secreto del reino. La Casa Grande no era ciega. Tenía demasiados ojos. Lo que ocurría era más grave: cada ojo había sido educado para mirar únicamente aquello que no comprometiera a su dueño.
Al día siguiente, la Dueña ofreció una conferencia desde el balcón.
—Después de una revisión exhaustiva, se ha determinado que las imágenes no corresponden a la Casa Grande.
—¿Y las tres personas separadas? —preguntó una voz desde la plaza.
—Fueron separadas por razones administrativas.
—¿Qué razones?
—Razones que serán explicadas cuando corresponda.
—¿Cuándo corresponde?
—Cuando deje de ser necesario explicarlas.
—¿Y quién permitió la entrada del material?
La Dueña miró a Don Prudencio, que ya llevaba bajo el brazo su carpeta de jubilación.
—La investigación determinará si alguien permitió algo.
—Pero tres personas ya fueron despedidas.
—Eso demuestra que la institución está actuando.
—¿Aunque no se haya comprobado que el hecho ocurrió en la Casa Grande?
—La eficiencia no debe depender de la existencia de los hechos.
En ese momento, el Babucas recibió una carta. Era su nombramiento como director provisional de la Dirección General de Hechos que Nunca Ocurrieron. El cargo incluía oficina, secretaria, automóvil y una silla especialmente diseñada para sostener su importancia.
Don Prudencio, en cambio, recibió dos sobres. El primero confirmaba su jubilación. El segundo le ordenaba presentarse a declarar por no haber impedido un acontecimiento que, según el informe oficial, jamás había tenido lugar.
Las Tres Sombras desaparecieron del edificio. En el comunicado se decía que su salida era una prueba de limpieza institucional. Nadie explicó por qué la limpieza había retirado a los trabajadores y dejado intactas las puertas.
Al caer la tarde, el Cronista volvió a la fachada. La inscripción dorada seguía allí:
Aquí todo ocurre a la vista de todos.
Pero una de las estatuas había comenzado a raspar la piedra con una uña. Debajo de la frase apareció otra línea, escrita con tinta invisible:
Excepto aquello que conviene no mirar.
La Dueña ordenó cerrar las ventanas. El Secretario mandó retirar las cámaras. El Babucas propuso crear un comité para investigar quién había escrito la frase.
Entonces las paredes empezaron a hablar.
—Nosotros lo vimos —susurraron.
La Casa Grande se estremeció.
—¿Qué vieron? —preguntó la Dueña.
—Todo.
—¿Y por qué no lo dijeron antes?
Las paredes respondieron con una serenidad mineral:
—Porque nadie nos había preguntado. Y porque aquí hasta los muros saben que decir la verdad puede convertirse en una falta administrativa.
La Dueña ordenó investigar a las paredes. El Babucas solicitó que se les retirara la plaza laboral por insubordinación. Don Prudencio, desde la banca donde alimentaba palomas, recibió finalmente su jubilación.
La Casa Grande publicó entonces su resolución definitiva: el mapacheo no había ocurrido en la Casa Grande; las tres sombras habían sido separadas para demostrar que no había ocurrido; el guardián había sido responsabilizado porque estaba allí; y el nuevo director de la transparencia sería el Babucas del Pañal de Seda.
Solo faltaba aclarar una cosa: si la casa no era la casa, ¿por qué todos seguían viviendo de ella?
Nadie respondió.
Desde entonces, cada vez que alguien preguntaba dónde había ocurrido el escándalo, la Casa Grande contestaba cambiando de nombre.
Y en las noches de viento, cuando las ventanas se estremecían, se escuchaba una voz que venía de los muros:
—No sabemos quién abrió la puerta. Pero sabemos quién decidió no mirar.

martes, 23 de junio de 2026

La Sopa del Diablo: Crónica de una Sed Amatech

 


Un cuento audaz y surrealista sobre la intoxicación masiva en una empresa de Tlaxcala, donde el nihilismo de un tlacuache y la corrupción humana se mezclan en una cisterna de secretos.


Por Edgar Sánchez Quintana

Sísifo, el tlacuache, era un filósofo de la basura. Sus días transcurrían en una meditación nihilista entre los pequeños bosques que aún resistían el avance de la Universidad Autónoma de Tlaxcala y los muros de la flamante empresa Amatech. Había visto cómo sus antiguos cotos de caza se convertían en estacionamientos y cómo la promesa de progreso devoraba la tierra. Incluso, en la rectoría, una torre de cristal se alzaba como un monumento al miedo, y por las noches, un fantasma femenino, recién inaugurado, penaba por la banqueta, repitiendo con voz quebrada: “Él me engañó, yo confié en él”. Sísifo, cansado de la vida, de la soledad desde que su amada había sido atropellada semanas atrás, decidió que era hora de unirse a ella. La cisterna de Amatech, ese ojo oscuro que prometía un abismo, sería su puerta al Hades.

Faustino, empleado de Amatech, sentía que el estómago le hacía nudos. No era la primera vez. Desde que la empresa había prohibido la entrada de alimentos y agua externos, obligándolos a consumir los productos de la cafetería, los malestares eran una constante. Se había tomado ya dos Alka-Seltzers y un Pepto-Bismol, pero el dolor persistía. Sus compañeros, con la misma dolencia, murmuraban sobre la mala suerte, la envidia. Faustino, desesperado, acudió a Doña Remedios, la curandera del barrio. Con un huevo de gallina negra, Doña Remedios le pasó el cuerpo, recitando oraciones antiguas. Al romperlo en un vaso de agua, el huevo reveló formas extrañas, como sombras que se retorcían. “Mal de ojo, hijo. Te tienen envidia en la empresa. Mucha envidia”, sentenció la curandera, y Faustino asintió, convencido de que sus propios compañeros eran los causantes de su desgracia.
Mientras tanto, en las oficinas de Amatech, el Líder Sindical, un hombre de sonrisa fácil y apretón de manos flojo, se reunía con la gerencia. La noticia de la intoxicación masiva corría como pólvora, pero él, experto en apagar fuegos, ya tenía un plan. “No hay que alarmar a la gente”, dijo con voz untuosa. “Esto se resuelve con un buen incentivo. Un bono extra en el aguinaldo de Navidad, y todos contentos. La empresa no tiene por qué preocuparse”. La gerencia asintió, complacida. El Líder Sindical saldría de la reunión con la promesa de una jugosa compensación personal, mientras la salud de sus representados se vendía al mejor postor.

El funcionario de COEPRIST, la Comisión Estatal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, sudaba frío. La llamada de Amatech había sido clara: “Esto no puede salir a la luz. El dueño es el más rico del país, y si se entera, cierra la empresa. Y si la cierra, la gobernadora nos corre a todos”. El funcionario, un hombre de principios flexibles, se vio atrapado entre el miedo a perder su puesto y la codicia de un sobre que, discretamente, había aparecido en su escritorio. El informe oficial diría que la intoxicación se debió a “factores externos no relacionados con la calidad del agua”. Todos se cuidaban la espalda, y la verdad se diluía en el pozo de la corrupción.

El tiempo pasó. La empresa, para evitar cualquier rastro de la intoxicación y con una audacia digna de su dueño, decidió lanzar una nueva línea de productos: “Agua Pura Amatech: Bebida Energética Ancestral con Probióticos Orgánicos”. El agua, por supuesto, provenía de la misma cisterna, ahora “purificada” con un proceso secreto. En la inauguración, frente a las cámaras y con sonrisas forzadas, el Líder Sindical y el funcionario de COEPRIST brindaron con la nueva bebida, proclamando sus bondades para la salud y el bienestar. Faustino, ahora recuperado y con una extraña sensación de vacío en el estómago, fue contratado para una nueva tarea: “limpiar” la cisterna a fondo. Descendió al oscuro pozo, y entre el lodo y los restos de lo que alguna vez fue Sísifo, el tlacuache nihilista, encontró un pergamino antiguo, enrollado y sellado. No era un contrato de la empresa, sino un mapa de la Tlaxcala prehispánica, con rutas de agua subterráneas que conectaban la cisterna con manantiales ocultos y, en el centro, un glifo que representaba a un tlacuache como guardián de la memoria ancestral. Faustino sonrió. La verdadera sopa del diablo no era el agua contaminada, sino la historia que se negaban a contar.

A veces, la realidad supera a la ficción, y el agua que bebemos lleva consigo las sombras de quienes nos gobiernan. ¿Crees que la justicia es posible cuando el poder y el dinero dictan la verdad? Te invito a compartir tu reflexión sobre este relato y a cuestionar las "sopas" que nos sirven a diario. ¡Tu conciencia es el único filtro que no pueden corromper!