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Mostrando entradas con la etiqueta Miguel N. Lira. Mostrar todas las entradas
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viernes, 13 de febrero de 2026

Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido once años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. La recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que encontraba en los niños un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La veíamos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.

jueves, 25 de mayo de 2023

Miguel N. Lira y Octavio Paz: un encuentro amistoso.

 

Imagen hiperrealista y cinematográfica que representa el encuentro entre Miguel N. Lira y un joven Octavio Paz en 1933, frente al Palacio de Minería en la Ciudad de México. Ambos escritores se dan la mano, inmersos en una conversación. Alrededor, la bulliciosa escena callejera de la época con gente vestida con sombreros de bombín y paja, rebozos, vendedores ambulantes, autos antiguos y una carreta tirada por caballos. La atmósfera es de riqueza histórica y cultural, con una pancarta que dice "OCTAVIO PAZ Y MIGUEL N. LIRA - ENCUENTRO LITERARIO 1933".

Reviva el histórico encuentro de 1933 entre Miguel N. Lira y Octavio Paz en el Palacio de Minería. Un diálogo sobre literatura, arte y la efervescencia cultural de México, con menciones a Efraín Huerta y Frida Kahlo.

Se encuentran ambos escritores en el Palacio de Minería, un edificio del siglo XVIII en su edificación se asoma la influencia europea y sobre todo francesa, a los alrededores es un contraste chocante entre el edificio y las distintas clases sociales de 1933, gente con sombreros de bombín, otros con sombreros de paja y unas más con su rebozo y huaraches, los vendedores ambulantes de helados, de tamales e incluso los boleadores de zapatos van y vienen entre autos modelo también una que otra carreta. jalada por caballos.

Miguel N. Lira: ¡Octavio, felicidades por tu nuevo poemario “Luna Silvestre” Estoy seguro de que será un éxito en el mundo literario.

Octavio Paz: Muchas gracias, Don Miguel. Realmente aprecio su apoyo. Quería preguntarle, ¿ha oído hablar del escritor Efraín Huerta?

Miguel N. Lira: ¡Por supuesto! De hecho, también publicaré su libro pronto. Él es un verdadero pionero en las letras. Espero que tenga la misma acogida que tu obra.

Octavio Paz: ¡Eso es genial! Me alegra saber que también está apoyando a otros escritores talentosos. ¿Qué piensa usted sobre la importancia de la literatura en la sociedad?

Miguel N. Lira : Creo que la literatura es esencial para la sociedad. Nos permite explorar temas complejos y nos ayuda a entender mejor el mundo que nos rodea. como este autor de Vasconcelos que trata de implementar nuevas ideas en el gobierno Y tú, Octavio, ¿cómo ves la importancia de la literatura?

Octavio Paz: Estoy completamente de acuerdo con usted   Don Miguel. La literatura es una forma de conectar con los demás y de expresar nuestras ideas y emociones. Y aunque puede ser difícil a veces, es importante seguir escribiendo.

Miguel N. Lira: Exactamente, Octavio. A veces las dificultades pueden desalentarnos, pero debemos recordar que nuestras obras pueden tener un impacto significativo en los demás.

Octavio Paz: Hablando de impacto, ¿te recuerda a Frida Kahlo? Ella también ha tenido una gran influencia en la sociedad con su arte.

Miguel N Lira: ¡Por supuesto! Tuve el honor de conocerla y compartir algunas anécdotas con ella. ¿Tú también eres amigo de Frida?

Octavio Paz: Sí, tuve la suerte de ser su amigo. Siempre he admirado su pasión y su compromiso con el   arte. Hemos convivido algunas tertulias con ella y su esposo Diego.

Miguel N. Lira: Definitivamente ha sido una persona única e inspiradora. Bueno, Octavio, ha sido un verdadero placer hablar contigo hoy. Prometo seguir apoyándote en tu carrera literaria.

Octavio Paz: Muchas gracias, Don Miguel. Igualmente, espero seguir en contacto y mi gratitud amplia por este primer libro de poemas que sale a la luz, ya estoy trabajando con otras obras que tengo en mente.

Ambos se despiden, se dan la mano el uno va a una reunión con el grupo de “los cachuchas”   y Octavio Paz tiene   comida con su familia.


domingo, 2 de agosto de 2020

Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

 

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido una vez años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. El recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que se encontraba en los niños con un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La vimos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.