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viernes, 3 de julio de 2026

El Reino de los Pavos Mandril y el Hombre Inoportuno: Una Fábula de Clasismo, Racismo e Hipocresía

 



Un cuento surrealista y sarcástico que disecciona el clasismo, el racismo y la hipocresía en un mundo irreal, inspirado en la realidad política de Tlaxcala. Una fábula crítica sobre las fachadas del poder.

Por Edgar Sánchez Quintana

En el corazón de un mundo irreal, donde los cielos se teñían de un perpetuo crepúsculo pastel y las edificaciones se alzaban con una grandiosidad que rozaba lo absurdo, existía un reino. Un reino que se autoproclamaba de "orden y respeto", donde la frase "La ley es la ley" resonaba en cada esquina, pronunciada con una solemnidad que ahogaba cualquier atisbo de cuestionamiento. Todo en la superficie parecía perfecto, inmaculado, pero una extraña quietud, una artificialidad palpable, flotaba en el aire como un perfume rancio.

Los habitantes de este peculiar lugar eran criaturas tan singulares como el propio paisaje. Los más destacados eran, sin duda, los Pavos Mandril . Seres de plumajes iridiscentes, que deslumbraban con sus colores vibrantes y su andar pomposo. Sin embargo, bajo la opulencia de sus colas, se ocultaba una grotesca cola de mandril, que disimulaban con movimientos calculados y una destreza aprendida. Eran los "gobernantes" del reino, y sus discursos, llenos de grandilocuencia vacía, se esparcían por las plazas, prometiendo un bienestar que nunca llegaba. Su existencia era la encarnación de la hipocresía, una belleza superficial que escondía una verdad incómoda.

Junto a ellos, se movían los Bífidos Victorianos , criaturas de apariencia elegante, ataviadas con fastuosos trajes de época que evocaban un refinamiento exquisito. La mitad de su cuerpo era de una belleza clásica, esculpida con la perfección de un mármol antiguo; la otra mitad, sin embargo, estaba deforme y descolorida, una anomalía que sus ropas cubrían con celo. Eran los "racistas" del reino, quienes juzgaban a los demás por la pureza de su linaje y la armonía de sus formas, ignorando la contradicción andante que ellos mismos representaban. Sus susurros despectivos sobre los "impuros" y los "diferentes" eran tan constantes como el tic-tac de un reloj antiguo.

Finalmente, estaban los Monos Meñique Alzado, seres con rostros simiescos, cuya obsesión por la "clase" era casi patológica. Hablaban con una "prominencia" exagerada, un acento forzado que creían distinguido, y gesticulaban constantemente con una mano levantada y el dedo meñique erguido, como si cada gesto fuera una declaración de superioridad. Eran los "clasistas", que despreciaban a quienes no cumplían sus estándares artificiales de etiqueta y riqueza. Su vida era una representación constante, un intento desesperado por diferenciarse de aquellos a quienes consideraban inferiores.

Un día, en medio de esta aparente armonía, un discreto portal se abrió en el centro de la plaza principal. De él surgió un ser extraño, un anacronismo en ese mundo de artificio: el Hombre Normal . Vestía ropas sencillas, hablaba con una franqueza desarmante y, para horror de los habitantes, no entendía las complejas reglas no escritas del lugar. Su naturalidad era una afrenta a la artificialidad reinante. No alzaba el meñique, no ocultaba nada, y sus palabras, desprovistas de grandilocuencia, tenían un peso que las de los Pavos Mandril carecían.

Los habitantes del reino lo observaron con una mezcla de asombro y desconcierto. El Hombre Normal, ajeno a las miradas, comenzó a señalar las contradicciones más evidentes: la cola de mandril de los Pavos, la mitad deforme de los Bífidos, la vacuidad de los discursos de los Monos Meñique Alzado. Lo hacía con una lógica simple, casi infantil, pero devastadora para la estructura del reino. "¿Por qué esconden esa cola tan peculiar?", preguntó a un Pavo Mandril, que se sonrojó bajo sus plumas. "¿No es extraño que juzguen la belleza cuando ustedes mismos son una contradicción?", inquirió a un Bífido, que se encogió bajo su fastuoso vestido. Sus preguntas eran como pequeñas agujas que pinchaban la burbuja del autoengaño.

El Consejo de los Pavos Mandril se reúne en secreto, sus voces resonando en la sala de mármol. "Es un revoltoso", graznó uno. "Un pensador que amenaza nuestro orden natural", añadió otro. Las verdades del Hombre Normal, aunque obvias, eran peligrosas porque exponían la hipocresía que sostenía el sistema. Los Monos Meñique Alzado intentaron ridiculizarlo, acusándolo de "vulgar" y "sin clase". Los Bífidos Victorianos lo marginaron, susurrando sobre su "extraña" procedencia y su "falta de refinamiento". Incluso los Pavos Mandril intentaron cooptarlo, ofreciéndole un puesto en el gobierno, una cola de mandril honoraria, para que se "adaptara" y guardara silencio. Pero el Hombre Normal se negó. Su única arma era la verdad y la lógica, que contrastaban brutalmente con la retórica vacía del reino.

El clímax llegó durante el Gran Anuncio. Los Pavos Mandril habían organizado un evento fastuoso, una "presentación" de algo grandioso, quizás un nuevo decreto que prometía la felicidad eterna, o la "autobiografía" de uno de ellos, un tomo lleno de autoelogios y falsedades. Era un evento exclusivo, solo para invitados, en un sitio apartado y ostentoso de la universidad. El Hombre Normal, sin invitación, logró colarse. En el momento cumbre del anuncio, cuando el Pavo Mandril principal, con su plumaje más brillante y su cola cuidadosamente oculta, se disponía a pronunciar la frase final, la voz del Hombre Normal se alzó. No fue un grito, sino una pregunta simple, pero que desnudó la farsa: "¿Por qué insisten en que la ley es la ley, cuando la ley que ustedes imponen es la que les permite ocultar sus propias colas de mandril?".

Por un instante, el reino se sumió en un silencio sepulcral, seguido de un caos indescriptible. Las máscaras se resquebrajaron. Los Monos Meñique Alzado tartamudearon, sus dedos meñiques temblaban. Los Bífidos se cubrieron con más fuerza, sus mitades deformes parecieron palpitar bajo la tela. Los Pavos Mandril, con el rostro descompuesto, intentaron recuperar la compostura, pero el daño ya estaba hecho. El Hombre Normal fue expulsado, declarado persona non grata , y el "orden" se restableció rápidamente. Sin embargo, algo había cambiado. Una semilla de duda había sido plantada.

Aunque el reino intentó borrar su paso, las palabras del Hombre Normal resonaron en los rincones más olvidados. Algunos habitantes, los más oprimidos o los menos ciegos, comenzaron a ver las colas de mandril, las mitades deformes, la falsedad de los meñiques alzados. La "normalidad" de la hipocresía ya no era tan fácil de mantener. El Hombre Normal, aunque ausente, había dejado una huella imborrable en el "País de las Maravillas Invertidas". La lucha por la conciencia había comenzado, y el eco de la verdad, una vez liberado, es imposible de silenciar por completo. El reino, aunque se aferrara a sus viejas costumbres, ya no sería el mismo.

En el "País de las Maravillas Invertidas", la verdad es el acto más revolucionario. ¿Tiene sentido alguna vez que vive en un mundo de "Pavos Mandril" y "Monos Meñique Alzado"? Te invitamos a compartir tu reflexión sobre las máscaras que nos rodean ya unirte a la conversación sobre cómo recuperar nuestra "normalidad" frente al artificio del poder. ¡Tu comentario es la semilla de una nueva conciencia!

sábado, 2 de mayo de 2026

EL INSTRUCTIVO DEL LAVACARAS

 


Un cuento surrealista y crítico sobre la identidad, la hipocresía y las máscaras políticas en el acto cotidiano de lavarse la cara.

Por Edgar Sánchez Quintana

El procedimiento comienza con la rigurosidad de una receta de alta cocina, o acaso con la asepsia de una intervención quirúrgica. Las manos, previamente dispuestas en ángulo recto, se acercan al rostro como pinzas calibradas, buscando la normatividad del tacto. Se trata de un acto simple, cotidiano, casi risible por su repetición, pero hay una diferencia sustancial: cada vez que el pase de manos recorre la geografía facial, el espejo devuelve una entidad distinta, una farsa grotesca de lo que antes se llamaba «yo».

El jabón es el primer elemento de la transmutación. Un bloque rosa, rotundo, de la marca Zote, que al frotarse contra la piel abandona su naturaleza alcalina y se reblandece hasta convertirse en una máscara de huehue. Es blanda, adherente, y ostenta una sonrisa perpetua, cínica, que se pega a los pómulos como un parásito complacido. El rostro, antes humano, es ahora una talla de madera policromada que ríe de su propia obsolescencia.

El agua, inicialmente cristalina, fluye con la promesa de la purificación. Sin embargo, al girar la llave del grifo un milímetro más, la transparencia se espesa. El torrente se enturbia, pierde su fluidez y desciende como un chapopote denso y oscuro que mancha más de lo que limpia. El procedimiento, dicta una especie de instructivo invisible que "el lavacaras" debe acatar con devoción, exige que en este punto se expulse el remanente. Así, el lavacaras escupe, arrojando hilos viscosos de hipocresía que se escurren por la cañería con un sonido ahogado, llevándose consigo las verdades a medios que sostenían el día.

Al alzar la vista, el cristal del espejo ya no refleja al individuo. En su lugar, se impone el rostro severo de la gobernadora. Es una aparición que exige obediencia, una fantasmagoría política instalada en la intimidad del baño. Preso del pánico y la prisa, el lavacaras vuelve a frotar, a raspar la imagen con los nudillos para borrar el decreto de su propia cara, para arrancar la máscara de poder que se ha filtrado por sus poros.

Vuelve a impregnarse del líquido, pero el grifo ha mutado su ofrenda. Ahora brota líquido amniótico, tibio y salobre. Al contacto, la piel pierde sus aristas, las facciones se redondean y el rostro adquiere el matiz rosado y vulnerable de un bebé recién nacido. Pero la inocencia es insoportable; Es una forma de amnesia que no puede permitirse. Él ya no es eso. La memoria de la vida le pesa demasiado para aceptar ese renacimiento forzado, así que vuelve a lavar, frotando con desesperación para arrancar la tersura del infante.

Finalmente, toma la toalla. Se seca con una fricción excesiva, castigando la piel hasta dejarla árida. El rostro queda tan seco que, de inmediato, le crecen arrugas profundas, como surcos abiertos en un campo inhóspito y olvidado. Exhausto por las metamorfosis, el lavacaras se rinde ante la imagen final. Levanta la mano y le lanza un beso al espejo, un gesto de tregua hacia la otredad que lo observa desde el azogue.

En reciprocidad, desde el otro lado del cristal, emerge una fuerza invisible y contundente. Percibe una cachetada que le voltea la cara con el sonido seco de la carne contra la carne. Un golpe de realidad que lo devuelve al mundo de los vivos.
Y entonces, con la mejilla ardiendo y el alma en vilo, piensa: todo está bien, todo ha quedado en su sitio.

viernes, 20 de febrero de 2026

El Último Ciudadano

 

Ilustración estilo anime onírico de Daniel Cervantes, un hombre en un abrigo, caminando por una calle desierta. A su izquierda, una figura translúcida de su amigo Raúl Salas se disuelve en pétalos de cerezo. Un periódico se convierte en grullas de papel. Al fondo, un centro de salud minimalista con una fila de figuras inmóviles. La escena evoca un silencio profundo y una transición surrealista.

Sumérgete en "El Último Ciudadano" de Edgar Sánchez Quintana, un cuento onírico que explora la delgada línea entre la vida y la muerte en una sociedad obsesionada con la eficiencia, presentado con una estética anime.

El primer indicio de que algo andaba mal fue el silencio. No el silencio apacible de una mañana de domingo, sino un silencio denso, algodonoso, que parecía absorber todos los sonidos familiares de la casa. Daniel Cervantes, de pie frente al espejo del baño, no le dio mayor importancia. Atribuyó la quietud a la hora, a la resaca de un sueño pesado del que no lograba desprenderse del todo.
Hay que ser un ciudadano responsable , se dijo a sí mismo, mientras su reflejo le devolvía una imagen pálida, con los ojos hundidos en cuencas oscuras. La mano que levantó para peinarse se movió con una lentitud exasperante, como si se desplazara a través de un líquido espeso. Cada hebra de cabello parecía a pesar de una tonelada. La salud es un bien común. Una responsabilidad compartida. Por eso existen las vacunas. Para cuidarnos entre todos.
Sus pensamientos eran claros, ordenados, un torrente de civismo y gratitud. Recordaba las noticias, los discursos de las autoridades sanitarias, la promesa de que nunca más se repetiría el encierro, el miedo, la incertidumbre de la pandemia. El sistema, ahora más fuerte y predictor, velaba por ellos. Y él, Daniel Cervantes, cumpliría con su parte. Se pondría la dosis de refuerzo. Era lo correcto.
Sin embargo, su cuerpo no parecía estar de acuerdo. Abotonarse la camisa fue una odisea. Los dedos, torpes y ajenos, luchaban contra los pequeños discos de nácar como si fueran enemigos ancestrales. Una vez que lo logró, un sudor frío, inodoro, le recorrió la espalda. Se sentó en el borde de la cama para ponerse los zapatos, y el simple acto de inclinarse le provocó un vértigo que onduló la habitación. El suelo de madera parecía licuarse, las paredes respiraban. Se aferró al colchón, cerró los ojos y esperó a que el mundo dejara de bambolearse.
Es solo un mareo , pensó, con la misma calma con la que aceptaba los boletines oficiales. Quizás no dormí bien. La ansiedad, tal vez. Pero es un pequeño precio a pagar por la tranquilidad colectiva. Un pinchazo y listo. A seguir contribuyendo.
Cuando finalmente se puso de pie, una extraña ligereza lo invadió. Sus pies apenas parecían tocar el suelo. Abró la puerta de su casa y salió a una calle bañada por una luz gris y uniforme, sin sol y sin sombras. El aire estaba quieto, inmóvil. Y el silencio, aquel silencio espeso de su casa, se extendía por toda la ciudad.
El camino al centro de salud, que normalmente le tomaba quince minutos, se convirtió en una travesía sin tiempo. Las calles, usualmente vibrantes de tráfico y peatones, estaban desiertas. No había coches, ni el ladrido de un perro, ni el murmullo lejano de la vida urbana. Solo sus propios pasos, que sonaban extrañamente huecos sobre el asfalto. Su cuerpo se arqueaba hacia adelante, como si una fuerza invisible lo empujara desde la espalda, ya cada pocos metros tenía que detenerse, apoyándose en una pared, mientras su monólogo interior continuaba, imperturbable.
Qué eficiente es todo , reflexionaba mientras observaba la fachada de una tienda con los escaparates vacíos y cubiertos de una fina capa de polvo. Una campaña de vacunación tan bien organizada. Nos avisan, nos dan una cita, todo fluye. Somos un ejemplo de sociedad. Un engranaje perfecto donde cada pieza cumple su función.
Justo cuando reanudaba su marcha, una figura solitaria emergió de una calle lateral, caminando en su dirección. A medida que se acercaba, Daniel reconoció el rostro familiar de Raúl Salas, un amigo de la juventud al que no había visto en años. Raúl sostenía un ramo de lirios blancos, sus pétalos inmaculados contra la grisura del ambiente.
—¿Raúl? —dijo Daniel, su propia voz sorprendiéndola en el silencio.
—Daniel, qué sorpresa —respondió Raúl, deteniéndose frente a él. Su sonrisa era amable, pero no llegaba a sus ojos, que parecían fijos en un punto lejano—. ¿A dónde vas con tanta prisa?
—A vacunarme. El refuerzo —explicó Daniel, con un orgullo cívico que sonó hueco incluso para él—. ¿Y tú? ¿Esas flores?
Raúl bajó la vista hacia el ramo. —Para Elena. Hoy es su aniversario.
Una punzada de extrañeza atravesó la niebla mental de Daniel. Elena, la esposa de Raúl, había muerto hacía más de un año. Él mismo había estado en el funeral. Pero antes de que pudiera articular el pensamiento, Raúl extendió la mano.
—Fue bueno verte, Daniel. La vida nos llevó por caminos distintos, ¿eh? Pero me alegro de que estés bien.
—Igualmente, Raúl. Dale mis saludos a... —Daniel se detuvo, confundido.
Estrecharon la mano. La de Raúl estaba helada, un frío que no era de invierno, sino de ausencia. Un frio de mármol. El contacto fue breve, pero dejó una sensación residual en la piel de Daniel.
—Cuídate —dijo Raúl, y continuó su camino, desapareciendo en la misma luz opaca de la que había surgido.
Daniel se quedó un momento quieto. Qué extraño , pensó. Su mano... debía estar nervioso. No le tomó más importancia y continuó su camino, mientras una ráfaga de viento levantaba un periódico viejo del suelo. Las páginas giraron en el aire y por un instante Daniel creyó leer su propio nombre en un titular, pero la hoja se deshizo en el aire, convirtiéndose en una nube de confeti gris antes de tocar el suelo. Se encogió de hombros. Las ilusiones ópticas eran comunes, producto del cansancio. Nada de qué preocuparse.
Finalmente, divisó el centro de salud. Era un edificio moderno, de cristal y acero, pero la luz que lo bañaba le daba un aspecto irreal, como una maqueta. La fila de personas que esperaba fuera no era larga. Unas diez o doce figuras, todas de pie, inmóviles, mirando al frente con una paciencia infinita. No hablaban entre ellas. No miraban sus teléfonos. Simplemente esperaban. Daniel se sintió reconfortado por su disciplina. Ves , se dijo, gente consciente. Ciudadanos modelo.
Se colocó al final de la fila, detrás de un hombre con un sombrero que le tapaba la cara. El tiempo se estiró de nuevo, volviéndose denso y pegajoso. Daniel sintió que habían pasado horas, o quizás solo minutos. El sol, si es que había sol, no se movía en el cielo. La sombra del edificio permanecía fija, como pintada sobre el pavimento. Nadie en la fila parecía impacientarse. Nadie tosía. Nadie se movía.
La fila avanzó, no porque la gente caminara, sino porque las figuras de adelante simplemente se desvanecerían al llegar a la puerta. Cuando le llegó el turno al hombre del sombrero, este se quitó el sombrero revelando un rostro de cera y, sin mediar palabra, se disolvió en la luz gris del umbral. Ahora era el turno de Daniel.
Detrás de un sencillo escritorio de madera, una mujer de bata blanca y rostro sin edad lo esperado. No había computadoras, ni jeringas, ni el habitual parafernalia médica. Solo un gran libro de contabilidad abierto sobre la mesa. La mujer levantó la vista. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían contener la paciencia de los siglos.
—Su nombre —dijo, con una voz que no era ni amable ni hostil. Era, simplemente, una voz.
—Daniel Cervantes —respondió él, y el sonido de sus propias palabras le pareció ajeno, un eco lejano.
La mujer avanzaba lentamente y pasó un dedo por una de las páginas del libro.
—Ah, sí. Cervantes. Aquí está. Permítame el pulso, por favor.
Daniel extendió el brazo sobre el escritorio. Qué profesionalismo , pensó. Verifique los signos vitales antes de proceder. Todo en orden. Todo bajo control.
Ella posó dos dedos fríos, increíblemente fríos, sobre su muñeca. El contacto fue como una descarga de hielo que por primera vez pareció perforar la niebla de sus pensamientos. La mujer mantuvo los dedos allí por un largo momento, con la mirada fija en un punto invisible sobre el hombro de Daniel. Luego, muy lentamente, bajó la vista hacia él.
—Señor Cervantes —dijo, y su voz era tan llana y definitiva como una lápida—. Usted no necesita ninguna vacuna.
Daniel parpadeó, confundido. La lógica de su monólogo interior se fracturó.
—Pero... es el refuerzo. La campaña. Soy un ciudadano...
La mujer lo interrumpió, no con rudeza, sino con la simple fuerza de un hecho irrefutable. Levantó la mano de su muñeca y la dejó suspendida en el aire, señalándolo a él, a su cuerpo, a su estado.
—Señor Cervantes —repitió, y en el silencio algodonoso, cada sílaba cayó con el peso de una palada de tierra—. Usted tiene tres días de muerto. Está en la antesala de las puertas de San Pedro.
El monólogo se detuvo. El engranaje perfecto se rompió. Por primera vez en tres días, Daniel Cervantes sintió el verdadero silencio. Y espero.