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jueves, 19 de febrero de 2026

Tlaxcala: El Despertar del Guerrero Interior

 


Descubre el mito del "Semidiós Tlaxcalteca" y el llamado al despertar de la Tlaxcaltequidad. Un viaje a la integridad y soberanía ancestrales frente al diseño moderno, por Edgar Sánchez Quintana.

La historia oficial, con su afán de ordenar el pasado en líneas rectas y genealogías de poder, a menudo congela la identidad de un pueblo en un museo de anécdotas convenientes. Tlaxcala no es la excepción. Se nos ha contado una historia de alianzas y traiciones, de un pueblo guerrero cuya bravura fue instrumentalizada. Pero, ¿y si esa historia fuera solo la capa más superficial de una verdad mucho más profunda y antigua? ¿Y si la verdadera "tlaxcaltequidad" no reside en los archivos de los conquistadores, sino en un legado cósmico y espiritual que duerme en la sangre de su gente?

Propongo aquí una interpretación distinta, una que no busca su validación en los documentos empolvados, sino en una genealogía del espíritu. Mi tesis es que el significado de Tlaxcala trasciende la etimología oficial de "lugar de pan de maíz". Propongo que su verdadero nombre resuena con un eco galáctico: "lugar donde habitan los guerreros a quienes les fueron quitadas sus alas". Esta no es una metáfora poética, sino la clave para entender una historia de origen cósmico y una posterior caída en el olvido.

Según esta visión, los habitantes originales de la región, los proto-tlaxcaltecas, eran seres de un estirpe muy antigua, provenientes de una "Tula lejana" situada en las inmediaciones de la estrella Sirio. Eran los Atla-Ra, sacerdotes-científicos de una civilización avanzada que, huyendo de guerras galácticas, encontraron refugio en este planeta. Su primera "caída" fue un acto de voluntad: cedieron parte de su poder y aceptaron la dualidad para experimentar la vida desde una nueva perspectiva. Sin embargo, este acto de desprendimiento los dejó vulnerables. La incompletitud generó duda, miedo y, finalmente, la dependencia.

Estos seres, que en su estado original eran semidioses íntegros y soberanos, comenzaron un lento proceso de olvido. La segunda "caída", mucho más devastadora, fue un cataclismo planetario —el Diluvio universal— que sumió al mundo en el caos y la oscuridad. El conocimiento ancestral se perdió, los centros energéticos del planeta colapsaron y la humanidad entró en una era de adormecimiento. En la región de Tlaxcala, los supervivientes se refugiaron en las zonas altas, dejando atrás un mundo convertido en una cenagal. El tepetate que hoy conforma el subsuelo de la región es el testigo mudo de aquella inundación primigenia.

¿Y cómo eran aquellos antiguos tlaxcaltecas, esos semidioses ahora dormidos? Su descripción física no difiere mucho de la del tlaxcalteca actual: de constitución menuda pero maciza, piel bronceada, cabello oscuro y una fortaleza innata. La diferencia no está en el cuerpo, sino en el espíritu. Los antiguos eran seres completos, incorruptibles, dueños de sí mismos. Su mirada, profunda y despierta, reflejaba la sabiduría de innumerables batallas cósmicas. Su sola presencia, ecuánime y serena, bastaba para derrotar a cualquier enemigo. Eran la encarnación de la integridad, la soberanía y el carácter.

Ese arquetipo del guerrero íntegro, cuya máxima expresión histórica fue Tlahuicole, no ha desaparecido. Duerme en el ADN de cada tlaxcalteca. La corrupción, la desgana, la sumisión y el espíritu de esclavo que vemos en la actualidad no son la verdadera esencia de este pueblo. Son los síntomas de una enfermedad, de un olvido profundo, de una amnesia espiritual que nos ha hecho olvidar quiénes somos y de dónde venimos.

La "tlaxcaltequidad", por lo tanto, no es un asunto de orgullo patriotero ni de lealtad a un estado feudal moderno. No se encuentra en los discursos de los tiranos en turno ni en las celebraciones folclóricas para turistas. La verdadera tlaxcaltequidad es un llamado a la autenticidad, un acto de rebeldía contra el adormecimiento. Es la búsqueda del guerrero interior, del ser original que aún tarde bajo las capas de condicionamiento histórico y social.

Figuras como el muralista Desiderio Hernández Xochitiotzin, a pesar de su confianza en la historia documental, encarnaron esta búsqueda a través de su arte, reafirmando una identidad tlaxcalteca en constante cambio. Pero el verdadero despertar no vendrá de los libros de historia ni de los monumentos, sino de un acto de introspección radical. Se trata de reconocer que la historia no es algo que nos constituye desde fuera, sino algo que llevamos dentro. Nosotros somos la historia viva, la totalidad y la suma de ese legado cósmico.

El desafío para el tlaxcalteca de hoy es sacudirse el letargo, recordar su origen estelar y reclamar la soberanía y la integridad que le fueron arrebatadas. Es dejar de ser el hombre dormido y corrupto para volver a ser el guerrero de mirada despierta, el ser completo que no necesita de nadie para validar su existencia. La tarea es monumental, pero el camino está trazado en la memoria de la sangre. Se trata, en esencia, de volver a desplegar las alas.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Tlaxcala: El Despertar del Guerrero Interior

    
Descubre el mito del "Semidiós Tlaxcalteca" y el llamado al despertar de la Tlaxcaltequidad. Un viaje a la integridad y soberanía ancestrales frente al diseño moderno, por Edgar Sánchez Quintana.

La historia oficial, con su afán de ordenar el pasado en líneas rectas y genealogías de poder, a menudo congela la identidad de un pueblo en un museo de anécdotas convenientes. Tlaxcala no es la excepción. Se nos ha contado una historia de alianzas y traiciones, de un pueblo guerrero cuya bravura fue instrumentalizada. Pero, ¿y si esa historia fuera solo la capa más superficial de una verdad mucho más profunda y antigua? ¿Y si la verdadera "tlaxcaltequidad" no reside en los archivos de los conquistadores, sino en un legado cósmico y espiritual que duerme en la sangre de su gente?

Propongo aquí una interpretación distinta, una que no busca su validación en los documentos empolvados, sino en una genealogía del espíritu. Mi tesis es que el significado de Tlaxcala trasciende la etimología oficial de "lugar de pan de maíz". Propongo que su verdadero nombre resuena con un eco galáctico: "lugar donde habitan los guerreros a quienes les fueron quitadas sus alas". Esta no es una metáfora poética, sino la clave para entender una historia de origen cósmico y una posterior caída en el olvido.

Según esta visión, los habitantes originales de la región, los proto-tlaxcaltecas, eran seres de un estirpe muy antigua, provenientes de una "Tula lejana" situada en las inmediaciones de la estrella Sirio. Eran los Atla-Ra, sacerdotes-científicos de una civilización avanzada que, huyendo de guerras galácticas, encontraron refugio en este planeta. Su primera "caída" fue un acto de voluntad: cedieron parte de su poder y aceptaron la dualidad para experimentar la vida desde una nueva perspectiva. Sin embargo, este acto de desprendimiento los dejó vulnerables. La incompletitud generó duda, miedo y, finalmente, la dependencia.

Estos seres, que en su estado original eran semidioses íntegros y soberanos, comenzaron un lento proceso de olvido. La segunda "caída", mucho más devastadora, fue un cataclismo planetario —el Diluvio universal— que sumió al mundo en el caos y la oscuridad. El conocimiento ancestral se perdió, los centros energéticos del planeta colapsaron y la humanidad entró en una era de adormecimiento. En la región de Tlaxcala, los supervivientes se refugiaron en las zonas altas, dejando atrás un mundo convertido en una cenagal. El tepetate que hoy conforma el subsuelo de la región es el testigo mudo de aquella inundación primigenia.

¿Y cómo eran aquellos antiguos tlaxcaltecas, esos semidioses ahora dormidos? Su descripción física no difiere mucho de la del tlaxcalteca actual: de constitución menuda pero maciza, piel bronceada, cabello oscuro y una fortaleza innata. La diferencia no está en el cuerpo, sino en el espíritu. Los antiguos eran seres completos, incorruptibles, dueños de sí mismos. Su mirada, profunda y despierta, reflejaba la sabiduría de innumerables batallas cósmicas. Su sola presencia, ecuánime y serena, bastaba para derrotar a cualquier enemigo. Eran la encarnación de la integridad, la soberanía y el carácter.

Ese arquetipo del guerrero íntegro, cuya máxima expresión histórica fue Tlahuicole, no ha desaparecido. Duerme en el ADN de cada tlaxcalteca. La corrupción, la desgana, la sumisión y el espíritu de esclavo que vemos en la actualidad no son la verdadera esencia de este pueblo. Son los síntomas de una enfermedad, de un olvido profundo, de una amnesia espiritual que nos ha hecho olvidar quiénes somos y de dónde venimos.
La "tlaxcaltequidad", por lo tanto, no es un asunto de orgullo patriotero ni de lealtad a un estado feudal moderno. No se encuentra en los discursos de los tiranos en turno ni en las celebraciones folclóricas para turistas. La verdadera tlaxcaltequidad es un llamado a la autenticidad, un acto de rebeldía contra el adormecimiento. Es la búsqueda del guerrero interior, del ser original que aún tarde bajo las capas de condicionamiento histórico y social.
Figuras como el muralista Desiderio Hernández Xochitiotzin, a pesar de su confianza en la historia documental, encarnaron esta búsqueda a través de su arte, reafirmando una identidad tlaxcalteca en constante cambio. Pero el verdadero despertar no vendrá de los libros de historia ni de los monumentos, sino de un acto de introspección radical. Se trata de reconocer que la historia no es algo que nos constituye desde fuera, sino algo que llevamos dentro. Nosotros somos la historia viva, la totalidad y la suma de ese legado cósmico.

El desafío para el tlaxcalteca de hoy es sacudirse el letargo, recordar su origen estelar y reclamar la soberanía y la integridad que le fueron arrebatadas. Es dejar de ser el hombre dormido y corrupto para volver a ser el guerrero de mirada despierta, el ser completo que no necesita de nadie para validar su existencia. La tarea es monumental, pero el camino está trazado en la memoria de la sangre. Se trata, en esencia, de volver a desplegar las alas.

martes, 18 de enero de 2011

Tlaxcala, ciudad guiada en la historia





Tlaxcala

CIUDAD GUIADA EN LA HISTORIA

EL LUGAR QUE CARGA TODO, INCLUSO LAS MEMORIAS





¿A una ciudad se le reconoce por lo que se ve o por lo que   tiene tras de sí? Podríamos caracterizar a una ciudad por las negociaciones o bien por los ofrecimientos que hay en ella, sí, pero también por aquello que la evalúa como la entidad que carga tras de sí una complejidad de hechos históricos, anales que el tiempo ha dejado en los cimientos de lo que ahora es nuestra cotidianidad.

         Así, la ciudad de Tlaxcala es un punto medular en la historia particular de Tlaxcala, y también es punto circundante en toda la Historia de México, la ciudad de Tlaxcala es un depósito histórico, legendario y fidedigno de los ires y venires de los hombres de esta región. Basta con recorrer el palacio de Gobierno, la parroquia de San José, los portales, el exconvento de San Francisco, Ocotlán, la capilla abierta, el teatro Xicothéncatl, “el pocito”, el Palacio de la Cultura, para tener una identificación de qué cosa es la ciudad de Tlaxcala. También habría que sumarle las nuevas atracciones y apreciaciones que tiene ahora la capital, como serían   los escenarios ubicuos, el teatro del pueblo provinciano, con matices y semejanzas   y aún más exigencias y necesidades como las que tienen las ciudades norteamericanas pero con escasa vida nocturna, sin embargo cada familia conectada a una red televisiva que los encandila noche tras noche, es lo típico de la Tlaxcaltequidad mezclada con la cultura de las grandes; es el pan de fiesta, el dulce de alegría combinado   con los productos   que llegan de muy lejos.

         Pese a la tan nombrada pérdida de valores y de identidad, considera que los tlaxcaltecas   dejan sobrevivir una miscelánea de trasculturaciones y absorciones sin que por ello borre aquello que caracteriza a nuestra identidad regional, los mitos, el jolgorio, las fiestas, la   tradición, las leyendas, y en ello la síntesis: las cintas Hollywoodenses en el cine Tlaxcala, el   náhuatl hablado en los portales allí mismo donde hablan el inglés los turistas, el restaurante   con la gastronomía extranjera y de bocadillos de   la cocina mexicana. El paisaje parcial de la tienda de regalos, de la estética unisex, de la panadería “La Picota”, de la decoración de interior al estilo moderno y con la fachada de la ciudad colonial y el color granate en el muro; el centro comercial, y el tianguis tradicional donde en lados algunos todavía se negocia con el trueque, el antiguo callejón del hambre ahora como otra cosa, los tamaleros con su producto en torta, el río Zahuapan y su “agüita”, o las parejitas en la ribereña romántica, la avenida Juárez y su regimiento de bancos y otro tanto de policías, la ciudad pródiga de combis de transporte colectivo, y también de embotellamientos, de manifestaciones, de huelgas, de asentamientos, de unidades habitacionales de clase media, de la avalancha de la fayuca   así como del turista chilango (el término descriptivo); de restaurantes y hoteles, de cafeterías y torterías como un mercado del sentarse,   comer y ver. Todo en derredor importa, el ojo se encuentra observando la historia en cada esquina, en cada adorno de la arquitectura churrigueresca, colonial.

         Abría que señalar lo que hay en el tiempo, de la década del   setenta, la fábrica Zahuapan en su apogeo, el mercado viejo y su centena de ratas de alcantarilla, el desborde del río Zahuapan, de los chavos de “onda” retardada, mestiza, y muy autóctona, y su música la cumbia, el cine Matamoros - hoy desaparecido - presentando la película “el exorcista”, Emilio Sánchez Piedras en el gobierno, los “gavilanes” haciendo lo suyo, los murales cultivando salitre, eran también los prostíbulos con fachada de loncherías. La capital provincial de Tlaxcala participando con los movimientos culturales de un México cambiante, era Juan José Arreola publicando en el Sol de Tlaxcala , así como Carlos Fuentes y Cortázar entre otros.

         En los cambios se van dando una serie de caracteres que es impreciso verlos desde el interior del mismo proceso, es la regulación de la cotidianidad la que va aceptando los días siempre nuevos y siempre - tal vez - siempre iguales. No mucho más que el día de la huelga de hambre de unos hombres, del calzón que le amaneció un día a la estatua de Xicothéncatl, de las pintas y grafitis de las bases magisteriales, de las manifestaciones en pro del equipo tricolor de fútbol, ​​de la religiosidad que paraliza todo, de los desfiles suspendidos, de la crisis económica tocando la puerta de cada familia, de cada institución y empresa, de los desempleados que emigran a la capital de la república, a Puebla, a   los Estados Unidos. De los días de viernes social de la juerga de fin de semana a Puebla, a Apizaco, a los centros nocturnos de otras entidades. Y así los días de Super Bowl y del fin de la serie mundial, se presentan combinados   iguales que en el país del norte, o los días en que se piensa igual que todo el mundo en los desastres de la guerra en Kosovo o   los atentados en España, o los   destrozos que deja la naturaleza en Centroamérica o las manifestaciones de “ Greanpeace ” por las pruebas nucleares o los acontecimientos últimos en las negociaciones con el EZLN Es la marginalidad, y la desarticulación que existe entre las sociedades, por un lado la opulencia que es fruto de ésta desestabilización, y la disparidad   en el mundo actual donde nuestro entorno, nuestra cotidianidad participa de alguna u otra manera.