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sábado, 21 de febrero de 2026

Tlahuicole: La Furia y la Piedra

Imagen hiperrealista y cinematográfica del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole durante su sacrificio gladiatorio. Tlahuicole, musculoso y con indumentaria de guerrero, está atado a una piedra ceremonial, luchando ferozmente contra múltiples caballeros águila y tigre aztecas. La escena se desarrolla en una plaza ceremonial azteca, con una multitud observando. La iluminación es dramática, resaltando la tensión y el coraje del guerrero.

 Descubre la épica historia de Tlahuicole, el indomable guerrero tlaxcalteca que desafió a Moctezuma II y eligió la muerte con honor. Un relato vibrante de Edgar Sánchez Quintana sobre la furia y la piedra.

Para quien visita o vive en Tlaxcala, su imagen es un punto de referencia ineludible. Erguido en la rotonda que da la bienvenida al sur de la ciudad, el Tlahuicole de bronce es más que una escultura: es un emblema de la historia tlaxcalteca, un sello de identidad forjado en el mito del pueblo indomable. Pasamos junto a él a diario, vemos el agua caer a sus pies, pero, ¿conocemos la historia del hombre detrás de la imponente figura?

La memoria histórica ha fijado la imagen de un pueblo aguerrido y leal, y Tlahuicole es su máximo exponente. Su nombre, que significa "el de la divisa de barro", ha sido inmortalizado por cronistas como Diego Muñoz Camargo, Fray Juan de Torquemada y Hernando de Alvarado Tezozómoc. Todos coinciden en el retrato de un guerrero formidable: musculoso, de espalda ancha y origen distinguido. Formado en el telpochcalli de Tizatlán, destacó desde joven en el campo de batalla hasta convertirse en Tlacatécatl, el jefe supremo de los ejércitos tlaxcaltecas.

Su leyenda se forjó en innumerables batallas, como la de Atlixco en 1503 contra la Triple Alianza. Se decía que su fuerza era sobrehumana y que blandía una macana de obsidiana del doble del tamaño normal, un arma que infundía terror en sus enemigos. Su fin como hombre libre llegó en 1515, cuando fue capturado en una emboscada en los pantanos de Xiloxotitla. Aun en la derrota, su bravura fue legendaria: se llevó por delante a cuatro capitanes enemigos antes de ser sometido y llevado ante el emperador Moctecuhzoma II.

En un giro inesperado, Moctecuhzoma, admirado por su valor, le ofreció la libertad. Tlahuicole la rechazó. Las leyes de la República de Tlaxcala eran inflexibles: para un capitán de su rango, solo existía la victoria o la muerte. Regresar derrotado era una deshonra inaceptable. Fiel a su código, eligió morir para ser recordado como un héroe por su pueblo. Aceptó, en cambio, luchar para los mexicas en una campaña contra los purépechas, donde su fama no hizo más que crecer. A su regreso a Tenochtitlan, le ofrecieron honores y la posibilidad de emparentar con la familia del emperador. Rechazó todo y reiteró su único deseo: morir con honor en el sacrificio gladiatorio.

Moctecuhzoma le concedió su petición. El día señalado, Tlahuicole fue atado por un pie al temalácatl, la piedra de los sacrificios. Su macana fue despojada de las filosas obsidianas y sustituida por inofensivos bollos de algodón. Aun así, la crónica cuenta que mató a ocho de los más feroces caballeros águila y tigre, e hirió a más de veinte antes de caer. Su corazón, como correspondía a un guerrero de su talla, fue ofrecido al dios de la guerra, Huitzilopochtli.

Casi tres siglos y medio después, esta historia de coraje y sacrificio encontró su forma definitiva en el arte. En 1852, el escultor barcelonés Manuel Vilar y Roca, entonces director de escultura en la Academia de San Carlos en México, inmortalizó al héroe tlaxcalteca. Vilar, formado en la más estricta tradición neoclásica, fusionó el rigor anatómico europeo con el dramatismo romántico y un profundo interés por los temas histórico-indígenas. El resultado es una obra maestra que captura no solo la fuerza física de Tlahuicole, sino también la tensión y la dignidad de su espíritu indomable. La precisión en las facciones, la musculatura vibrante y la postura desafiante son el testamento del talento de Vilar, quien formó a una generación de grandes escultores mexicanos como Felipe Sojo y Miguel Noreña, autor del célebre monumento a Cuauhtémoc.

La escultura de Tlahuicole, como su protagonista, también tiene su propia historia. Del original de yeso se hicieron dos copias en bronce, hoy resguardadas por el INBAL y la UNAM. Se cuenta que una reina europea, fascinada por la belleza y el poder de la figura, solicitó una réplica para su colección privada. Otros comentarios, más mundanos, se han centrado en la hoja que cubre sus partes nobles o en el hecho de que la macana fue recortada. Lo cierto es que, desde su instalación, la obra de Vilar se ha convertido en un símbolo poderoso, reemplazando a un anterior y hoy olvidado monumento a la madre.

Así, en la rotonda de Tlaxcala, la historia y el arte convergen. La piedra y el bronce no solo nos recuerdan al guerrero que prefirió la muerte a la deshonra, sino que también nos interpelan sobre nuestra propia identidad. Tlahuicole sigue siendo el mito seguro, el héroe que nos recuerda las raíces de un pueblo que nunca se ha rendido.

jueves, 20 de enero de 2011

El Tlahuicole



Imagen hiperrealista y cinematográfica del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole durante su sacrificio gladiatorio. Tlahuicole, musculoso y con indumentaria de guerrero, está atado a una piedra ceremonial, luchando ferozmente contra múltiples caballeros águila y tigre aztecas. La escena se desarrolla en una plaza ceremonial azteca, con una multitud observando. La iluminación es dramática, resaltando la tensión y el coraje del guerrero.


Descubre la épica historia de Tlahuicole, el indomable guerrero tlaxcalteca que desafió a Moctezuma II y eligió la muerte con honor. Un relato vibrante de Edgar Sánchez Quintana sobre la furia y la piedra.



En más de una ocasión pasamos por allí, tal vez a diario, vemos como cae en sus pies el agua de la fuente, es una especie de rotonda, o bien la entrada sureña a la ciudad de Tlaxcala. Sin más simplemente la vemos, es la escultura de Tlahuicole, es imponente cuando se le ve por primera vez, y es algo que identifica a Tlaxcala, le da un sello, se yergue como un emblema de historia, le da un personaje de raíces añejas, es como tener un mito seguro, el héroe   con el que nos sentimos identificados, o el guerrero glorificado en nuestra Tlaxcala actual.

La imagen belicosa de los tlaxcaltecas de antiguo permanece quieta, fijada en la mente, transportada desde la historia; es el mito del pueblo indomable, aguerrido, leal. Su bravura ha sido empleada para formar la idiosincrasia que se le reconoce. Su atrevimiento y arrojo ante invasores distintos nunca dio lugar a las dudas ni a las sospechas. Hay distintas apologías de Tlahuicole, entre quienes las interpretan están: Diego Muñoz Camargo, Fray Diego Durán, Fray Juan de Torquemada, Javier Clavijero, Mariano Veitya, Don Hernando Alvarado Tezozómoc. De todas ellas se obtiene un semblante claro: su nombre significaba “el de la divisa de barro” era como la efigie escultural que conocemos: musculoso, fuerte, de espalda ancha, de estatura regular y de origen distinguido; había estudiado en el texpolcalli que existió en Tizatlán, siempre sobresaliente desde allí a las batallas y victorias hasta lograr ser el jefe de los ejércitos tlaxcaltecas ó Tlacatécatl; luchó en 1503 en la famosa batalla de Atlixco contra   huexotzincas, cholultecas y mexicas y así continuo hasta 1515 cuando fue aprendido por los mexicas y llevado ante el emperador Moctecuhzoma II; de sus odiseas en campañas de guerra, sobresalía no sólo por ser un bien estratagema sino por su bravura, y   su fortaleza superior a la de sus mejores enemigos, según se afirma, utilizaba para luchar una macana   con puntas incrustadas de obsidiana filosa y el tamaño de esta macana era del doble del tamaño regular, cosa que hacía espantar “al más gallina”   y hacer pensarla bien al contendiente. Según parece, cuando fue aprendido durante la emboscada realizada en los pantanos de Xiloxotitla   se llevó a varios por delante incluyendo a dos capitanes mexicas: Motlatocatomatzin e Itzplotzin y dos capitanes Huexotzincas: Ternictzontenco y Cipac. El Emperador Moctecuhzoma II le ofrece la libertad   pero la rechaza, como todos sabemos que la República de Tlaxcala tenía reglas muy estrictas, sobre todo para sus capitanes y jefes de alto rango; una de esas era vencer o morir, aquellos guerreros que regresaban derrotados se les consideraba deshonrosos y traidores (cosa que podría considerar en parte a Xicothéncatl ya que él regresó derrotado junto con Cortés, recordemos aquí al árbol de la noche triste donde compungido revivió su derrota este último) cosa que no escogió Tlahuicole y prefirió morir para ser recordado por los suyos en la república.

Tlahuicole lucha al lado de los aztecas en tierras purépechas y hace crecer leyendas en torno a él; a su regreso le hacen distinciones y le ofrecen emparentar con la familia del emperador pero éste rechaza todo ofrecimiento, e insistentemente   pide que se le conceda morir en el sacrificio gladiatorio.   Moctecuhzoma le concede la gracia de morir en esa contienda, se le hacen fiestas para despedir al gran Tlahuicole. En Tenochtitlan llega el día y Tlahuicole es atado de un pie a la columna central del “temalácatl” (piedra de los sacrificios) y con su macana desprovista de las famosas obsidianas y sustituidas por bollos de algodón y aún así pudo despacharse   algunos caballeros águilas   y tigres mexicas, varios historiadores se refieren que fueron ocho los que logro matar y herir a más de veinte para que finalmente terminara herido. Su corazón fue ofrecido al dios Huitzilopochtli, dios de la guerra entre los mexicas.

La anterior exposición histórica   viene a colación para ilustrar fehacientemente    la efigie del aguerrido Tlahuicole. La escultura de Tlahuicole que actualmente conocemos fue realizada por el escultor barcelonés Manuel Vilar y Roca (1812-1860) Manuel Vilar llega a México recomendado por sus maestros escultores como Solá y Tenerani para ocupar el puesto de maestro de   escultura en la Academia de San Carlos. El nuevo maestro renovó los estudios y les dio un impulso intenso. Manuel Vilar   venía de una tradición clasicista de lo más estricta y refinada, en su trabajo se deja ver el clasicismo romántico y por lo tanto sentimental tanto en temas como en actitudes así como en fuerza y ​​dramatismo—recordamos esa expresión correctísima en las facciones de la cara del Tlahuicole o en   su obra “ una niña liberando una tórtola de las garras de un perro ” que había ejecutado en Roma—y sumando el aspecto histórico-indígena   en sus obras; de sus trabajos, los más reconocidos   son el Tlahuicole realizado en 1852, Colón , Moctezuma ; así como otros de aspecto religioso como una Purísima , San Joaquín y Santa Ana , así como una Divina Infinita , un San Carlos y un Salvador . En el Tlahuicole   nos deja una obra escultórica realizada con la técnica y sapiencia de la mejor tradición escultórica clásica, y   de gran calidad artística y estética. De los discípulos de Manuel Vilar he de citar a Martín Soriano, cuya obra de San Lucas es excelente; a    Felipe Sojo   cuya efigie de Maximiliano es de comentarse como una obra maestra por el trato que le da al pelo ya la barba —cosa que en algo ha de asemejarse con el cabello de la escultura de Tlahuicole de su maestro—;   y   finalmente a Miguel Noreña, su Cuahutémoc seguramente enorgullecería a Manuel Vilar.

La escultura de Tlahuicole tiene también su historia, del original se hacen dos copias en bronce, una para el Instituto Nacional de Bellas Artes y la otra para la Universidad Nacional Autónoma de México. Se cuenta también que una reina europea vio la escultura y encontró a este nuestro compatriota tan   hermoso y bien dotado que quiso una copia para ella solita y otro comentario es con respecto a la macana que fue recortada, también han habido comentarios respecto a la hoja depositada   en las partes nobles, de los suspiros por la escultura esos no los he escuchado, pero me los imagino. Antes de colocar el Tlahuicole había un monumento a la madre cuya historia desconozco, ahora examinado que el cambio realizado fue de lo más acertado.