EL UMBRAL ERÓTICO
Caminaba con pasos apresurados en
medio de una ciudad que conocía desde pequeño pero que aún no dejaba de
percibir cosas nuevas, o situaciones diferentes. Sabía que ella lo esperaba y
por eso aceleraba su paso, saludando a algunos amigos con reverencia al estilo
político. A lo lejos pudo ver la florería de la esquina y pensó en ese obsequio
que hace ablandar los corazones más helados. Entro a la tienda y pidió una sola
rosa, aquella que representaría todo el cariño que él sentía. Sin más retraso,
continuó su senda con prontitud. Dobló la última esquina, la sonrisa de
triunfo, con el corazón exaltado, la falta de aire, con el pulso batiente y la
garganta seca.
Se recargó
en la casa marcada con el número treinta y cuatro para recuperar su aliento.
Respiró profundamente mientras sacaba un
pañuelo para secar las pequeñas gotas de su frente. Miró a su alrededor, su vista buscaba aquella casa de dos pisos con reja negra
cuya particularidad era una fuente de mármol. Recuperado del esfuerzo, suspiró
acercando a la nariz la rosa que llevaba entre sus manos y que,
seguramente despertaría, eternas pasiones ó simplemente, aquella sonrisa, que
lo hacía volverse loco. Sonrisa deleitable, placentera, hermosa. Llegó ante esa
casa y admiró la fuente que dejaba caer aquellos hilos de colores acuáticos y
más aún, se imaginaba aquella
cabellera al viento de alguien con quien pronto estaría.
La puerta de
su alcoba estaba abierta ella tenía los
hombros desnudos. Con movimientos sensuales deslizó su camisón mostrando el
muslo satinado. Un viento suave ondulaba el negligé, untándoselo al cuerpo. El
la miró desde el vestíbulo y el negligé desapareció ante sus ojos,
mientras un temblor le nacía en los labios imaginando el cuerpo cálido de la mujer al suyo. Las venas
de las sienes le pulsaron desbocadas. Sin dudar, ofreció desde lejos el
presente dejándolo en la mesa de centro y subió por la escalera. Al llegar al
umbral extendió sus brazos para tocarla y, al dar el paso que lo separaba de
ella, se le desvaneció con un golpe en la cabeza.
Hecho un
ovillo en el suelo y entre sueños escuchó que alguien le decía:
— ¡Qué trancazo José!
¡Vaya golpe!… ¡No vuelvas a dormir en la litera!
EL DIOS DE LA MOSCA
Zumbaba cerca, parecía
un vuelo desesperado, con prisa, en aspavientos acelerados. Danzaba en el aire
que respiraba, luego, la mosca se paró; aventurándose a comer el azúcar de la
taza de café, en el borde floreado y albino. Me miró. Diciendo:
—Tú eres Dios. Tú eres
eterno, lo puedes todo; yo soy perecedero, mortal y etéreo; navego en una
realidad apresurada, por eso mi vuelo, por eso mi gesticulación volátil, por
eso te molesto. No me das vida, pero sí la quitas con tu propia mano. Tú eres
mi Dios, el hombre es mi Dios.
— ¡Vete de aquí! — Le
dije — ¡vete! Lánzate a gozar de tu vida, encontrarás en este tu universo
pequeño, lo suficiente para tu existencia. Devora las semillas del segundo y no
pierdas más tú tiempo. Baila sobre lo que pueda hacerte más feliz, pero no retes a tu Dios, no lo ofendas, no lo
disgustes pues encontrarás cortada tu existencia.
Se alejó sin
decir más, había dejado sujeta como grapa una enseñanza, ¿Le había dado
aliento? Que hubiera pasado si le hubiera corregido que yo no soy ningún Dios,
que era como ella: efímero, transitorio, vaporoso.
LA PEOR HORA DEL DÍA
—Esta es la peor hora
del día, vitalidad opaca, deprimente. Odio esta hora. Me siento como si me
hubieran comido y vomitado. Circulo por las calles, con el embrutecimiento
pegado a la cara, al cuerpo. — El viento dibuja algunas barbas de frescura en
su semblante, pero ni así, el cerebro se le acomoda a estas horas perezosas. Adolfo Escalona camina
por las calles sonriéndose como un imbécil, las manos pegadas a los bolsillos
del pantalón y con el chaleco que le regaló su esposa; un par de botas se
enfilan por las banquetas de adoquín. Se le ve el modo cretino al caminar, es
de mediano paso, desgarbado; con los hombros caídos al igual que sus ojos.
Cruza las calles cuando en el semáforo tintinean los últimos pulsos amarillos.
—En la tienda de
“Fernanda’s” he visto cosas buenas, lo que pasa es que cuando estás mirando,
tirando la baba, los de la fonda de enfrente, esos que almuerzan a esta
demencialidad hora, te quedan espiando para ver si tienes malas mañas o malos
gustos; ni modo, algunas veces lo he dicho, inclusive he visto nalgas buenas,
casi poéticas. Quiero comprarme unos
“Ray—Ban” o algo que se les parezca, que apantallen hasta el más entendido.
Esos anteojos estilos John Lenon me
quedarían de opulencia, me imagino que el compadre se quedaría de espasmo al
verme con ellos o estos otros al estilo Elton John. La cigarrera de al lado se
ve formidable con los “oritos” en las esquinas; es un estuche como para
presumir en la oficina; mi jefa usa una de esas pero la diferencia es que es
forrada de piel de pitón y esta es toda brillosa con grecas grabadas encima de
los “oritos” — Adolfo se inclina para ver con notable visibilidad en el
aparador. Los carros continúan en la ciudad corriendo desmesuradamente. Los
transeúntes pasan, van y vienen presurosos. Las pitadas de los carros escupen a
destiempo, los repartidores de refresco acomodan los vidrios en los empaques, y
los de gas doméstico hacen lo suyo en la sinfónica de la capital. El olor de
las memelas de la fonda de enfrente atraviesa las fosas nasales y va a parar al antojo. La carcajada infame de los aprendices de empresario se deja escuchar
cuando la dama joven con las medias flojas, torcidas; se apresura a pasar
desapercibida cosa que no consigue. El perro soez en la banqueta durmiendo, el
niño que se ha embarrado del bostezo canino.
—Las corbatitas de seda
de Pierre Cardin, de Gianni Versace, se entallan con un
diseño exclusivo y esas de colores serios en forma de pastel estrellado son
fantásticas, esas otras de tipo deslavadas están de embeleso. Todo es detalle
de alcurnia; como para sentirse todo el día una eminencia. ¡Chulada de cosas! —
Adolfo Escalona se imagina tener todo. Observa la felicidad presentada en ese
escaparate, cada artículo, cada cosa, sus detalles, sus propiedades, los
colores de cada objeto. La eternidad se presenta en la mente. Las horas no
existen, han muerto. Se quedaron guardadas en algún sitio de su cretinismo. En
la cabeza de Adolfo Escalona existe un universo entregado para la degustación de sus ojos mongólicos. El
cristal se impone como un gran soldado a sus
manos. El acercamiento deseoso se vuelve inminente. El cristal como un
policía se presenta en la realidad. Topa con el cristal del escaparate al estar
ido y, lo fractura de lado a lado; sin que el dueño lo note. Continúa candoroso
con su deambular por las vías de la ciudad. Las sirvientas con su caminar
ladino, aturden sus calzaletas. El día zopenco. La población entera moviendo
sus manos para hacer algo. Las palomas del parque fascinadas de no hacer nada. La arquitectura
chirrigueresca anestesiada en las paredes gordas. Los tentáculos de la realidad
lo arrastran al pavimento, a las calles, a las líneas de casas, de negocios, de
suburbios. La ciudad estrujándose en la jornada deprimente. Día mexicanamente
desorbitado.
—Y ahora que hago para
sentirme bien en este malogrado día, en esta hora que se me hace que no
termina, que me usa y escupe a cada minuto. Camino, creo que de momento
incautamente me sentiré mejor, aunque no sea cierto.
UN HOMBRE ESPECIAL
Algunas veces pensé que
el ser un escritor me iba ha ser un
hombre especial, como si el hecho de escribir fuera una función importante, la
cosa es que sigo indagando y creo que sí, quiero ser escritor, sigo pensando que
puedo ser un hombre especial nada más que no se de que, en que sentido.
Especial porque sería un espécimen raro
entre la población, porque la rareza se mete hasta la cabeza o porque me
considero Sansón, la cosa es que creo
que me equivoco. Si dicha profesión no da de comer como diría
Sancho Panza no vale dos habas. Tomar
como profesión el ser escritor me
conduce a una serie de avatares que al final de cuentas conduce a la
miseria, hablo desde México. Y eso tiene un significado de fundamento .Si naces mexicano y quieres ser
escritor necesitas de varias cosas, ser un hombre bien acomodado para que te vayas sacudiendo poco a poco los
frenos, tener parientes conectados en la
cultura o ser un genio. De todo ello no tengo nada. Seguramente porque no tengo nada, soy pobre, cuento con unos cuantos libros, leídos y releídos, con unas
libretas gastadas y grasientas, con un
escritorio color caoba, una fotografía mía al frente donde aparezco como
alguien que no conozco y que conoce la mayoría de la gente, es decir, la
cáscara, la mascarada, el caparazón,
también cuento con una pequeña cama de
tres cobijas y tres almohadas, un reloj con figura de búho, pero, y eso es
todo. ¿Contar con esos objetos me hace especial? Soy acaso con eso un escritor.
¡Ha! Se me olvidaba, también tengo un
espejo, no podía faltar un maldito
espejo para estar observando que
cara cargamos en el día, antes de ponerme a escribir y después. ¿Para que escribir?
Sería una profesión, un deseo inherente al espíritu, un deseo que nace innatamente,
o es una pasión que no puedo remediar,
como un vicio de no poder expresarme de otra manera. Porque yo sé que eso pasa
conmigo, no se comunicarme con las personas a nivel personal, soy un imbécil
para el diálogo, inclusive pasa cuando me preguntan la hora me sudan las manos
y la lengua se llena de un pasto polvoso, por eso cuando llego a mi casa enclaustro el espíritu y sigo así,
pero no siempre pasa, en ocasiones lo que hago es ir a las fiestas, divertirme
pasear.
Sí, me gusta pasear, considero que esa es la
riqueza que se me ha ofrecido en la vida, el paseo, la vacación, por eso me ha
gustado ir a México DF. A pasearme en
los museos, en las galerías, los mercados, o bien por los aparadores, las
vidrieras, por las avenidas, eso es bueno. Algún maestro de por allí ha dicho
que los escritores no pueden hablar mas
que describiendo sus propias
experiencias y sacando jugo de sus particularidades, explotando su ser interior
eso hago, los materiales para un escritor son eso, no creamos que se trata de
tener una maquina de escribir y un buen
tanto de hojas, sino de las herramientas
que tiene en la cabeza. Memoria, vocabulario, sintaxis, reglas
gramaticales, experiencia, rigor, tesón
espíritu aventurero, observador…que más habría…pues entre ellas
creatividad, esa, creo que es muy importante, “creatividad”: eso es algo así
como tener las cosas delante de ti hacer una mezcla de ellas y a ver que sale, o bien es la síntesis azarosa de
una invención. Aunque por lo regular consideramos tener mucha creatividad pero
la verdad es que es una argucia porque esa invención del “agua tibia” la han
inventado otro millón de gentes como yo y otro tanto más de gente que también
pensaron que habían hecho algo como eso.
La vez
pasada cuando me puse a teclear la maquina consideré que lo que estaba
escribiendo era algo interesantísimo, era algo así como un relato de los pajarracos, que viven en los árboles
más altos de la ciudad, era —pensaba— una joya literaria única en la
narrativa contemporánea, pensé que podría gustarle a Octavio Paz, a los hombres
de letras más eminentes. Chasco me di cuando mi maestra me dijo que se
conocía unos treinta relatos de diferentes autores que trataban el tema de los
pajarracos que viven en los árboles más
altos de la ciudad. Pues bien, esa enseñanza me desinflo el aire de hombre
de letras especial y único. Recuerdo que
mi maestro me decía que los griegos habían creado toda la filosofía posible,
todas las obras excelsas del espíritu
humano, y que a nosotros nos tocaba repetirlas o dar solamente los comentarios, eso me anima más aún a creerme un espíritu de escritura especial.
He conocido a muchos escritores, se ven tan normales, que desde entonces los
considero gente normal, los que si no me
caen bien son los poetas, como que los aborrezco por decir muchas mentiras o bien toda la
verdad, algunos si son buenos pero otros, los
he escuchado en ciertos lugares, diciendo pestes, con un lenguaje más rebuscado,
chato y chabacano, que en verdad da
vergüenza tenerlos como representantes en esta tierra, de aquellos griegos
antiguos que les conté. Yo no sirvo para
eso, en realidad no se si en realidad sirvo para escritor. Mi amigo me comentó en una ocasión que dejara de estar
escribiendo que el cuento, que la narrativa, que la novela, que el poemita, que la columna periodística,
que el ensayo filosófico; sí, es mucho, se que estamos en la época de la
especialización pero, tengo miedo de aburrirme, hacer pura narrativa jodida como que siento que me adormecería.
Además sólo le hago al cuento, porque
creo que lo que escribo sirve para maldita la cosa, nada más
pura diversión, perdida de tiempo, desgaste intelectivo, o sea el vacío
de lo vacuo, la masturbación literata, el vaciamiento de las sacadas de onda, o
el vomito psíquico en las letras. Si después de esta explicación sigo estando
integro, entonces creo que nos estamos
acercando a lo que sería el hombre
especializado, al profesionista de las letras, el escritor.
UN FUTURO PARA EL MES DE MAYO
—Me iré al
departamento de ventas y allí
encontraré, a los encargados que dirigen el mercado. Las computadoras en la
amplia sala estarán interconectadas con un sistema operativo en trabajo de
grupo. El fax en la cómoda donde están los archivos de clientes se ubicará en
la vitrina, junto con el premio de producción, y el premio al producto de mejor
presentación en los medios. La publicidad llega a los confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. Los mensajeros llevarán
la correspondencia para el departamento de embarques y ellos dirigirán el
destino del producto a lugares que yo no conozco, que nunca conoceré, porque yo
sería un empresario de élite que no asiste a lugares sin categoría o que no
están señalados en el mapa de la gente pudiente. La sala de juntas estará en la
planta alta del edificio, desde allí
podré sentir el poder, la gloria, el sabor de la cima. Los empleados de cada
departamento tendrán un informe listo
cuando yo lo solicite, y el consejero dará ideas de como mejorar la producción,
este dará indicaciones al secretario y yo daré por bien visto si es que así me
lo parece o si no que se investigue más a fondo, que se trabaje horas extras
para conseguir los datos porcentuales dignos de una empresa que está en la
punta de la competencia mundial.
La
secretaria lo despertó de sus sueños, estando sentado en su sillón frente a un
escritorio metálico, ella le trae el café y los informes de sus empleados.
—Por favor, Iraís
tráigame el periódico.
—Sí señor, ¿Alguna otra
cosa?
—Me comunica con el gerente de la empresa “IMESA”, es el
señor Santander, para ver si le aumentamos el embarque.
— ¿Alguna otra cosa?
—No.
Es enero de
1995, la devaluación del peso mexicano frente al dólar estadounidense ha
sucedido, los cambios en las secretarías de gobierno se sobrevienen una tras
otra, tal parece que los errores aumentan. En el periódico que hojea Carlos,
contador y socio de la mediana empresa; se leen los conflictos que se suceden
en ese momento en el país y también a nivel internacional: el levantamiento
armado en Chiapas, la ley antiemigrante
propuesta por el gobierno de California, la guerra en Bosnia, el
desastre de la bolsa mexicana de valores, el desequilibrio en los mercados
internacionales por el efecto tequila, el inicio de la baja de poder
adquisitivo, los primeros descalabros para las empresas pequeñas, y el primer
regimiento de desempleados nuevos que se suman a los ya existentes en el año de
1994.
El hijo de
Carlos vive en un departamento en “las lomas” por aquél lado de Chapultepec, se
encuentra en un edificio llamado “el 34”. El hijo de Carlos se llama Oscar es
un joven de 26 años que estudia en la Universidad Iberoamericana. Es mantenido
por su padre quien muchas veces ha tenido que pagar grandes sumas de dinero por
los gastos tan altos de su hijo. La madre de Oscar o sea la esposa de Carlos,
es una mujer abnegada pero no por eso deja los gustos por las compras en los
grandes almacenes como Samborns, Rodoreda, Sears, o a los centros comerciales
más prestigiosos. Los amigos de Oscar son de dinero, sus padres atienden los
negocios más rentables en México, son parte de la élite rica de la ciudad de
México, sin embargo, la posición económica de Oscar no es muy estable, puesto
que la empresa en la que su papá es socio apenas despega con trabajos de los
abatáres del mercado. Oscar sin más es
un hombre que gusta lucirse, no escatimar, y exhibir lo mejor con sus amigos y
con las muchachas de la universidad.
La recámara
de Oscar se encuentra al final del pasillo. La puerta luce estática en color
cedro y con chapa adornada con laminilla
ribeteada. Los muros en color azul pastel. La iconografía en las tapias
divisorias, son acrílicos y óleos que ha conseguido su madre. Los muebles son
“Dico” en tanto que la alfombra gris hace combinación con el remate plomizo en
yesería de las esquinas. El clóset multiplica sus espacios con unos espejos por
puertas donde Oscar esponja su ego al vestirse, y dentro del armario, los
trajes con marcas: Scappino, Dockers, Nino Cerruti, Robert’s; y las corbatas:
Jhane Barnes, Gianni Versace; ropa que es utilizada en días especiales porque
por lo común usa ropa casual de Levis, Wrangler y calcetines Donelli. Oscar se
alista para irse a la escuela. — Ahora sí no vamos a poder escaparnos del
examen, lo hemos pospuesto y ahora no nos escapamos — piensa Oscar mientras se viste frente al armario. El joven
se afeita con crema Guillette antes de ponerse su loción Polo Sport de Ralph
Lauren. El portafolio en piel color vino
descansa en la mesa anexa de trabajo, a un costado de la computadora “Acer®”
duerme junto con la impresora Seikosha sk 3000 color azabache mate. La
monotonía se respira en la arquitectura
citadina. El bazar de acciones en la metrópoli no afecta los interiores del
departamento, es la opulencia del vidrio, y el cemento la que hace camuflagear
el vértigo de la calle. El macadán de la colonia residencial, los bulevares, la
envoltura de la epocalidad, el show del delirio urbano, el ir y venir, son las
redes a donde se desenvuelve Oscar; lugar donde en unos minutos estará. Oscar
maneja en su “caribe”. —Primero tengo que ir a la escuela, después pasar al
banco para pedir mi estado de cuenta y luego ver a Verónica en la cafetería y
ya en la tarde; a ver que hacemos — reflexiona Oscar mientras maneja por la
avenida. En los pasillos de la escuela se encuentra a los amigos.
—Qué tal René como has
estado.
—Muy bien y tú, ¿ya
listo para el examen?
—No estudié muy bien que
digamos, pero pues, ya nos defenderemos. ¿Y tú pudiste estudiar?
—Muy poco, estuve en
casa de Gabriela hasta muy tarde…
—Seguramente en el
agasaje.
—Pues que esperabas, ¿tú
fuiste a ver a Verónica?
—No, la veré después, no
la he visto, le dije que aguantara un rato. Mi papá está bien enojado por el
estado de cuenta de una de las tarjetas de crédito, pero es que él no comprende
que uno tiene sus gastitos, y no podemos hacer el ridículo… — Mientras dice
esto, dos compañeros salen del estacionamiento y se acercan.
—Mira, allí vienen los
otros cuates.
—Qué tal ¿listos como
hachas?
—Yo sí me preparé pero
no estoy seguro con lo que dio la semana pasada porque yo no vine dos días y …
los apuntes están mal, ¡Oscar maldito, no sabes escribir!— pronuncia fuerte
Sergio vestido con unos Levis y una camisa de lana, su loción es “Catalyst” de
Halston
—No mames como de que no
le entiendes, si están claritos como el agua.
—No se olviden — dice
Martín — que tenemos que entrarle juntos
al trabajo que dejó la maestra de cómputo. — Sergio tuerce la boca y hace un
chasquido en la boca y prosigue.
—Eso lo resolvemos
rápido, le digo a Ramiro el encargado de la red de computo de la empresa de mi
papá que nos haga el trabajito y asunto arreglado, tanto por eso, la maestra se va a quedar pendeja. —
Sergio tira la colilla del cigarro muy lejos, cerca de los arbustos del jardín.
—Vámonos ya es hora, y
hay que agarrar buen lugar, yo no me pierdo de sentarme cerca de Adán puede que se pueda… — indica Martín y toma
del suelo su portafolio retinto.
Los amigos
se dirigen primero por las escaleras y después por el pasillo.
Después de
hojear el diario. La oficina parece lucir deprimente, agripada. Por la ventana
se observa la avenida populosa vestida de carros en delirio de persecución. Los
autobuses hacen su escándalo. La ruta cien desapareció de la noche a la mañana,
sólo quedaron huellas de corrupción. La nata pesada de smog se duerme y cose el ozono en la
desolación ecológico-urbana. Las banquetas hinchadas de paseantes, y mientras
el sol rechina al pasar por las nubes y
fertiliza el calor que emana del asfalto.
— ¿Cómo dices? — Carlos
habla por teléfono. — ¿y esa cantidad la metiste en la bolsa?
— ¿Y entonces?
— ¡Nos vamos a quedar en
la calle!
—Sí, tienes razón,
debemos tener calma.
—No, ya no
—Estaba en pesos.
—Nos debe la mitad y…
será mejor recurrir al Banco y recuperar esa cantidad.
—Sí, estamos al
corriente con los impuestos.
—Acabo de ver eso en el
periódico parece que va a ser el 15%
— ¡Recorte!
—Pero dime, con cuanto
personal nos quedamos.
—a que horas la junta.
—Bien, te espero, yo me
encargo de lo demás.
—Nos vemos.
Oscar entra
al Banco un tanto malhumorado y con la preocupación formalizada en las entrañas
por el examen que acaba de tener. La secretaria atiende a un cliente mientras
otro espera también su turno, el Banco presume en su sello los colores verde
olivo y marrón, la gente paga impuestos
y hace movimientos bancarios. “la panamericana” se aparece de
imprevisto. El guardia con las manos embotadas en la cacha del arma. El
cargador de dinero vigila al igual que otros dos la bolsa de dinero y esperan
que se abra la puerta de acceso; uno de
ellos se medio oculta entre la jardinera y desconfía hasta del niño travieso
que esconde los ticket de turno. Oscar
se sienta y espera. Sus ojos azules enmarcados en unos lentes
cristalinos observan el panorama bancario. Los cristales de la fachada del
Banco son limpiados por dos encargados al tiempo que los cajeros soban el
billete en el conteo rápido, sus sofisticadas mentes trabajan ardientemente.
—Sí, quiero mi estado de
cuenta
— ¿De qué meses? — pregunta
la secretaria en tanto que alista sus dedos en el teclado.
—Noviembre y diciembre —
contesta Oscar mientras hojea la revista “Mundo deportivo” y después de diez minutos.
— ¡Cómo tanto!
— ¿La va a cancelar
joven? — Oscar menea la cabeza en señal aprobativa y sus ojos continúan puestos en la lista de números
y códigos.
—Me permite su tarjeta
por favor.
—Aquí tiene.
— ¿Está usted seguro que
la va a cancelar? — Oscar continúa con los ojos puestos en las grafías y vuelve
a menear la cabeza en señal aprobativa pero inconsciente. — la secretaria dobla
la tarjeta hasta que ésta truena y saltan pedazos de ella. Oscar ve la acción
pero sigue ensimismado en el balance, no se da cuenta que ya no tendrá crédito
en ese banco.
— ¡Joven! Ya está rota,
¡he! Observe, ya se rompió — y lanza los pedazos a un bote de basura bajo su
escritorio y continua — ¿va a liquidar su monto ahorita?
—Sí
—Pero antes, firme aquí.
— más tarde Oscar continua.
—No sabe que, ahorita
no, mañana vengo a liquidar mi cuenta pero quiero seguir teniendo crédito así
es de que me regresa mi tarjeta de
crédito.
—Sólo que le haga otra.
—Pues sí.
—Déjeme sacar su
expediente y necesito que me espere porque tengo que hacer papeleo e ir a hacerla.
—Sí, la espero.
La
secretaria trabaja y mientras lo hace piensa. — ¡Hay idiota!, si no fuera
porque está guapo y tiene unos ojos azules, lindos…chiquitito…huele ¡Mmm! Tan rico. — aquí tiene su tarjeta. Por
favor firme aquí. — Oscar firma.
—Pero no es la misma,
esta no tiene el logo de “Visa”.
—No importa joven, tiene
la misma cobertura.
—No, se me hace que no,
mejor me hace una tarjeta igual a la que tenía, que tal si voy a cenar y al
pagar me ponen a lavar platos.
—Es lo mismo, platique
con el gerente si lo desea y verá que no hay cambios.
—Buenas tardes —
dirigiéndose al señor de la oficina adjunta.
—Buenas tardes —
incorporándose y saludando — en que puedo servirle.
—Verá, quiero continuar
con mi tarjeta de crédito. Mañana pago mi saldo. La secretaria rompió la que
tenía y ahora me da esta que no es la “ejecutiva” sino la “dinámica” y no tiene
el logo de “Visa” por lo tanto no tiene lo mismo.
—No hay problema, no
tiene nada que ver porque su nombre está
respaldado por el Banco y en cualquier ciudad de la República puede usted
utilizarla.
—Pero y ¿Sí quiero ir al
extranjero? Solamente con tarjeta “Visa”
puedo tener crédito, y el prestigio que tiene es a nivel internacional.
—Disculpe joven pero su
tarjeta tiene límites que fueron
avalados por usted en el contrato, los estatutos que tienen las tarjetas
de crédito son estrictos. Esta tarjeta le sirve a usted tanto como la otra, los
movimientos y créditos que hizo con la anterior lo puede hacer con ésta de la
misma manera, no hay problema, no tiene de que preocuparse — el jefe del Banco
se esfuerza en convencer al cliente sabiendo que de lo que trata el cliente es el de ostentar, y
vanagloriarse ante los amigos que se tiene capacidad de crédito y la reputación que se adquiere al cargar dinero
plástico. El poder de firmar — tiene considerado el gerente — se vuelve una
capacidad de un individuo de la alta sociedad o quien quiere tener privilegios.
— el gerente continua:
—En realidad el Banco lo
respalda y le da crédito cosa que sin la tarjeta usted no puede hacer nada.
—Sí, pero yo quiero una
igual a la que tenía antes. Con el logo de “Visa” — responde Oscar insistiendo.
—Le repito que es lo
mismo. Su tarjeta de crédito es aceptada en cientos de establecimientos en todo
el país.
—Sí pero que tal si en
una de esas voy a cenar y si no me reciben mi tarjeta me ponen a lavar los
platos.
—Eso no sucederá.
—Bueno pero mejor quiero
la otra.
—Mary, venga un momento
— El directivo apenas hubo dicho estas
palabras y contesta una llamada
—Como está señor Don
Miguel,
—También bien, aquí
trabajando.
—Pues verá, es con respecto
al crédito. Tenía que haber pasado ayer aquí, y lo estuve esperando. Le he
sostenido todavía el 10% pero… no me quede mal.
—Bueno pues así quedamos.
—Sí claro, igualmente,
buenas tardes.
—Dígame licenciado —
dice la secretaria con un par de documentos en las manos.
—Hágale nuevamente su
tarjeta de crédito al joven.
—Sí señor — mientras se
miran, una comunicación de participación fastidiosa por la postura del cliente
se transmite a los ojos.
— Me espera un momento.
Pase por acá — pronuncia la secretaria adelantándose hacia su escritorio.
La mamá de
Oscar ha acordado ir de compras al supermercado con una amiga.
—A mí me gusta la marca
“Vicky Form” no sé a ti pero es lo mejor
que hay en ropa interior, ha salido una línea de Thalía ¿Sabías? —
pronuncia la amiga después de un respiro
silencioso.
—Ajá, — contesta la mamá
de Oscar— vi el anuncio en la revista “Vanidades” pero para mí no, esos
pedacitos de ropa son para universitarias.
—Pues yo sí me pondría
algunos modelitos, en esos días especiales, tu sabes… — dice la acompañante con
ademanes desplegados hacia el frente y señalándose con ambas manos.
—La marca “Ilusión” es
la que siempre he usado; y en cosméticos los de “Jafra”. Es lo mejorcito y lo
más o menos de buen precio.
— ¡Mira esto, un suéter
de suave cachemir como los de “Bloomingdale’s”! está divino. Para mi hija en
estos días de frío. Y mira los colores, gris, plata, olivo, azul marino y hasta
este negro. ¡Déjame modelarlo!—Pronuncia con aspavientos de sorpresa y
ligeramente exagerados. Las prendas se encuentran en un exhibidor giratorio.
Los ojos de la mujer se engolosinan por la ropa. Para la mamá de Oscar, el
interés es otro.
—Son muy lindos, viste
en el aparador de la entrada el que tiene el maniquí, está lindo, creo que me
lo voy a probar y si no hay de mi talla de todas maneras me lo llevo para un
obsequio, es como los que vi en “Philippe Charriol (Boutique) — dice la mamá de Oscar mientras señala el acceso de
la gran tienda y después dirige la vista hacia los vestidores.
— ¡Anda pruébatelo! Es
la misma marca que usa Sharon Stone y
Cindy Crawford. Te verás linda.
—Sí, de veras, mmm…
acuérdate que vamos a pasar a ver los tintes, necesito unos consejos para el
pelo. ¡A veces lo traigo insoportable! — los visajes artificiosos se dejan
entrever a través de la boca falsificada de status.
—Que tal… como ves.
—Sí, le a quedar muy
bien a tu hija, que te parece uno en colores pastel, por ejemplo este, verde
olivo con líneas grises, ¿qué tipo de cuello le gusta a tu hija?
—Pues le he comprado en
“V” pero ella los prefiere abiertos de enfrente y con hombreras altas; si no
las usa se ve muy niña.
En la
tienda, los departamentos son espaciosos, señalados por un sistema de pancartas
suspendidas del techo: el departamento de ropa, zapatería, regalos, frutas y
verduras. Cerca de las cajas registradoras del lado izquierdo se encuentra
el departamento de libros y revistas, en
el exhibidor se ven libros de: Como agua para chocolate de Laura
Esquivel, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, La búsqueda
de Alfonso Lara Castillo. Evite ser utilizado de Wayne W. Dyer, Dinámica
política de México de José López Portillo, Hacen falta empresarios
creadores de empresarios de Gabriel Zaid, estos años de Julio
Scherer, Colosio de Ramón Diron, Como adelgazar en diez pasos de
autor desconocido, y autores como Og Mandino entre otros. En el departamento de
perfumes, entre las fragancias se encuentran Elizabeth Harden, Rochas,
Christian Dior (Fahrenheit), Chanel N° 5, Yves Saint Laurent, Halston
(Catalyst), Clairol. Como otros tantos
de esencias, lociones, fragancias, bálsamos que dan el toque de una
personalidad construida a partir de los valores suministrados por la
publicidad. Los consumidores van y vienen entre los estantes, por los pasillos
y tarimas de productos. Las remesas de descuentos están en espacios amplios.
Los refrigeradores trabajan congelando los productos perecederos. Una voz se
escucha anunciando los descuentos en algunos pisos. La música de fondo es la
“Marcha triunfal de Aída”.
Oscar
después de salir del Banco, ha decidido ir de paso a visitar a su papá a la
oficina, antes de ir a la cafetería para verse con Verónica. El nubarrón se
esconde entre el aire de los suburbios del sur como nata pardamente cuajada.
—Hola papá, como estás —
dice el joven asomándose a la puerta.
—Pásale hijo, ¿ya fuiste
a la escuela? — pronuncia el papá sentado desde su escritorio.
—Sí, tuve examen… pasé
también al Banco.
— ¿Y…?
—…Me… Me dieron mi
estado de cuenta.
— ¡Si te excediste ya
sabes lo que va a pasar, ya estoy cansado de tus gastos! No te das cuenta que
estamos en crisis. ¿Ya viste el periódico? Hace rato me habló Javier para
decirme que tenemos que hacer recorte de personal y que estamos muy mal, pero
muy mal.— cuando el padre dice esto lanza al frente del escritorio a los ojos
de Oscar el periódico — A ver, dame tu cuentita.
—Me hicieron un
descuento en el saldo final, y ¡además, entramos al sorteo de uso de tarjeta! —
pronuncia Oscar tratando de convencer a su padre y depositando en el buró
adjunto la lista de la cuenta, al alcance de la mano de su progenitor.
— ¡Eres un idiota o que!
¡Esta cantidad es excesiva! ¿Crees que puedo pagar esta suma cada vez? ¡Te lo
había advertido!…
— No te enojes papá,
mira me dieron una tarjeta nueva.
El hijo
estira la mano para darle la tarjeta de crédito mientras el papá continua
viendo la lista — que le parece interminable — de gastos de su hijo y
enfurecido toma la tarjeta. Colérico, la rompe saltando en pedazos. La lanza a
la ventana. La irritación se agranda cada vez que su vástago trata de convencer
al padre acorralado por la economía y que trata de atrapar un sueño que se le
escapa. Oscar se retira enojado. Verónica lo espera en la cafetería. El jefe
luego de discutir con su heredero se inclina en el asiento y sueña.
—Me iré al departamento
de ventas y allí encontraré a mi hijo
trabajando para introducir el producto en el mercado. Las computadoras ausentes
en la amplia sala. En la cómoda no estará el fax sino el tradicional teléfono
de oficina. En la vitrina por donde están los archivos de clientes se ubicará el premio de deportes que gané en la
secundaria. La publicidad de las transnacionales (más no la mía) llegará a los
confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. El
cartero llevará la correspondencia para el departamento de mi hijo. Y él
dirigirá el destino del producto a lugares que yo conozco o que conoceré
después, porque yo sería un empresario que sabe manejar su vida tanto en las
buenas como en las malas. La sala de juntas estará en la cafetería del
edificio, desde allí podré sentir que puedo salir adelante, de nueva cuenta
hacia la cima. Los empleados serán recontratados y tendrán un informe listo tal
como ahora es, y mi esposa dará ideas de como mejorar el ahorro tanto de la casa
como de la achicada empresa y yo daré por bien visto si es que así me lo
parece o si no que se trabaje hasta los domingos, que se trabaje horas extras
para conseguir sobrevivir en “este México que se nos fue”.