IRAÍS
“Hay veces que no tengo ganas de
tocarte, hay veces que quisiera ahogarte en un grito… pero no me atrevo”.
Caifanes
Mientras el autobús
circulaba por el bulevar escuchaba la música de los “Caifanes”, la melodiosa
canción hacía rememorar aquellos días cuando iba al departamento de Iraís, él
entraba en esos momentos a la gran ciudad para verla. La Puebla de los Ángeles
se percibía como la metrópoli modelo de fin de milenio, con sus riquezas y sus
bajezas. Entre un tumulto de coches, el autobús gira para entrar a la “CAPU”,
otros más salen a repartir los pasajeros
a una docena de destinos: Poza Rica, Orizaba, México, Tlaxcala, Acapulco,
Jalapa, Oaxaca, Veracruz, entre otros. Oscar se levanta antes de parar el
camión para bajar cuanto antes.
—Gracias — le dice al
chofer mientras pone los ojos en los escalones de salida.
—De nada —pronuncia el
empleado en tanto que apaga el motor.
La gente
corriendo, con prisa, los maleteros con sus batas cafés empujando su
herramienta de trabajo: ”el diablo”, los taxistas tratando de ganar el pasaje,
la muchedumbre en la expectativa de ser transportada en la sala de espera, el
olor de los hot-dogs combinado con el sudor del autóctono, del serrano se
atesora en el ambiente; el rápido transito en los baños se baraja en los
minutos, en las colas de las líneas de transporte se apretuja el fastidio y el
ansiedad, en los taxis autorizados se imprime la impaciencia; y la mendicidad presente, siempre presente.
—Joven caridad, no tengo
pa’l pasaje a mi pueblo —le dice una señora de rebozo y en el rebozo una
criatura mamando la chichi, colgada y mugrosa. Otro crío asido al delantal husmea con sus ojos
raquíticos la red con pedazos de torta que han recolectado en algún tambo. La
criatura luce la desnutrición en su triste perfil y las desproporciones que
tiene el capitalismo en un país latino, en una nación con atraso
socioeconómico; es el resultado vivo del centralismo en el gobierno y el
deficiente apoyo en las redes bajas de la sociedad. Oscar los ignora de manera
patente e indiscutible, detesta a los “jodidos”, —porque no saben hacer otra
cosa que vivir de los demás como parásitos de la vida pública, de la sociedad.
Oscar circula por las afueras de la terminal de autobuses y se encuentra con
ofertas y ofrecimientos que no hacen perturbar ni un poco siquiera los ojos
puestos en su objetivo más inmediato: la combi.
— Güerito, el dulce de
camote, llévelo, llévelo a cinco a cinco.
— ¡Cemitas!, ¡cemitas!
— Taxi joven, taxi,
Sobre el
puente peatonal, la avenida se aprecia jugosa de variedad de autos, de
movimiento motorizado. En el horizonte más cercano se capta el mercado de
fayuca, los anuncios de Coca Cola, el restaurante, los rótulos: del hotel, de
las diferentes avenidas, la oferta de colchones, la gasolinera de enfrente; y
más a lo lejos ve la silueta de la Malinche, los otros volcanes, la colonia “la
Paz” y sus antenas de comunicaciones,
los edificios más altos, las chimeneas de las fábricas como alfiles en
regimiento. Es una apreciación que a Oscar le da igual, no es más que la ciudad
donde vive Iraís: su amante. La combi llena y cachonda. Los asientos ocupados.
La gente sudorosa, bronceada por el sol
mestizo de noviembre. Por la mente de
Oscar pasan innumerables pensamientos.
—Pinche gorda infernal
—maquina en su mente —por su culpa no quepo, ¡hijole! Y faltan como quince
cuadras, ¡he!, no me sobes la mano, bodoque, te haces pendeja hasta crees que
te voy ha hacer caso, ya me imagino pataleando contigo, moviéndote tus kilos de
celulitis, o encimándote en mi pobre cuerpecito, no, si nada más eso me
faltaba, que una gordis se pusiera candorosa en la combi, y lo bueno que no la
tengo bien enfrente porque si es así, con los meneos de la combi me cae que sí
me entusiasmo y le pongo sus piquetes de mentirillas o de a perdis sus sobadas.
A de tener una pechuga descomunal como para agarrarlas de almohada y de chupón
al mismo tiempo, no pero, eso solamente sucede en esta ciudad —y en su mente
vuelve a tararear —“hay veces que no
tengo ganas de tocarte, hay veces que quisiera ahogarte en un grito… pero no me
atrevo”.
La dama
pasada de kilos baja de la combi, luce como collar una papada carnosa, tan
gruesa que parece no tener cuello y ser la continuidad de su cara, los senos
ciclópeos, apresados en un sostén sufridor y dentro de ellos un par de
aureolas morenas y rubicundas con sus
torrecillas tipo mamila. La mujerona con su caminar pesado se va alejando
mientras la mirada de Oscar se posa en otra mujer que es exactamente lo contrario, si aquella mujer
descendía de las bacas gordas del faraón, la que Oscar tiene enfrente tiene
como origen las vacas flacas, su cara no
es más que la piel pegada al cráneo, su boca es una cuarta parte de su cara y
otra cuarta parte son sus orejas, el pecho desnudo por el vestido escotado y
sobre de él un desierto enjuto de nada como la carencia de agua en el Kalahari
o como la desolación desecada en la aridez de Arizona. Su figura seca y escuálida se encuentra asentada en los
lugares que miran de frente al chofer, sus tenis asoman unos popotes
esqueléticos y de tobillos unos nudos de hueso perfectamente bien definidos.
— ¡Ah! Cabrón —piensa
Oscar —ésta sí que está huesuda, pues… ¿qué no le darán de comer en su casa? En
lugar de vientre tiene un tubo cubierto de salea, ¿cómo sería subirse al
“guayabo” con esta? Me imagino que si quisiera darme un beso apasionado me deja
morado el pómulo o si se pone caliente corro el peligro de que me dé un codazo
y termine con el hueso clavado o bien si hay “prau—prau” lo que va a ver será
puro nervio.
Oscar pide
la parada. La esquina próxima sobre el bulevar es la indicada para tomar la
siguiente combi. El sol fortalece los árboles cenizos. La “naranjita” limpia la
acera muy cerca de los arbustos. El camellón es sopleteado por una infinidad de
escapes y de nuevo el gran tropel de autos con destinos encubiertos por la
multiplicidad de avenidas en la ciudad. La Puebla de los Ángeles se percibe
como la metrópoli de fin de milenio con sus riquezas y sus bajezas. Y Oscar una
vez más en el transporte colectivo, la combi hecha carcaza, maloliente. El
conductor pilotea como un perfecto bárbaro, el inculto apestado en la
descortesía, es la instulticia al volante. Muy por afuera del vidrio roñoso,
las fachadas lucen ataviadas de mugre y la roña propia de un barrio bajo de la
ciudad, el tiempo se ha comido poco a poco el color de los muros y los herrajes
promueven el oxido en toda la estructura
arquitectónica. Después de respirar por varias cuadras el olor combiezco,
decide bajarse. La tienda de la esquina se encuentra abierta.
— ¿Me presta el
teléfono? —dice al tendero y este con pesadez, con la ubicuidad pegada a las
pestañas le alcanza el auricular.
— ¿Es local?
—Sí.
—A peso el minuto.
—Aja. —mientras marca el
número de Iraís piensa — este pinche viejo aprovechado, pero se ha de morir
cagando.
—Bueno… ¿Iraís?
—Sí, quién habla.
— Habla Oscar.
— ¡Qué tal, como estás,
Oscar! ¿Donde andas?
—Aquí cerquitas, a la
vuelta de tu casa, quiero pasar a saludarte, pero antes quería saludarte, que
tal si estabas indispuesta.
— ¡Ay no! Cómo crees,
ven, te espero.
—Bueno, ahorita te veo.
Oscar
después de liquidar su deuda telefónica camina por una calle del barrio, la
colonia se adormece zombiescamente en las primeras horas de la tarde. Como en
cualquier colonia popular de la grandiosa ciudad de Puebla, los baches adornan
la calle con el decorado propio de la estrechez de la clase media, el agua
potable brilla por su ausencia cinco
días a la semana, en la tubería gorjea pobremente el fluido. Con un beso en la
mejilla lo recibe Iraís y pasan al departamento. Oscar evoca el estribillo de
la canción de los “Caifanes” mientras sube las escaleras que conducen al
departamento — “Hay veces que no tengo
ganas de tocarte, hay veces que quisiera ahogarte en un grito… pero no me
atrevo” Oscar observa a Iraís que sube adelante de él, es visible su pelo
oscuro y brilloso, la pequeña falda negra deja asomar los muslos pálidos.
—Qué linda estás hoy,
eres un encanto.
— ¡Hay!, Gracias.
—Hueles a recién bañada.
—Sí, me bañé hace un
rato después de comer.
—Por cierto. ¿Tú ya
comiste?
—Sí ya comí, gracias,
pero… que preparaste.
—Hice arroz y de
guisado: pollo con verduras, ¿Quieres?
—No, pero… — observa a
la atractiva mujer con ojos deseosos — que hay de postre. — La mujer se hace la
desentendida y reacomoda tanto el entusiasmo como las carpetas de la mesa del
comedor. Él está sentado en la sala.
— ¿Quieres café?
—Sí, se me antoja algo
calientito —responde Oscar mientras observa el teléfono y bajo de él el
directorio. Mira la ventana y a lo lejos las nubes se hacen nudo.
Iraís es una
mujer adulta, muy atractiva, trabaja de secretaria en una empresa constructora.
Tiene el carácter reservado pero en la intimidad es la tigresa que devora todo,
en la vida cotidiana cumple con las reglas de convivencia sociales y con Oscar
es la amante que siempre pide más, que quiere que las cosas no terminen.
Físicamente es alta, de figura estilizada, su cara un tanto ovalada al estilo
de las mujeres costeñas, la barbilla disimulada en unos dientes blancos, los
hoyuelos pícaros en las mejillas como dos recipientes para depositar besos, su
larga melena descansa a sus espaldas y sus pasos breves, siempre bien pensados
como ahorrando el coqueteo cada vez que da un paso.
—Como te fue en el
trabajo —dice Oscar mientras saca del bolsillo de la chamarra la cajetilla de
cigarros y se dispone a fumar.
—Bien, no estuvo el jefe
y el contador se fue temprano —responde Iraís desde la cocina. La cafetera está
lista —entre sorbo y sorbo de café los amantes van aproximando sus cuerpos
reconociéndose, rozando, rompiendo las barreras. Oscar desliza su mano por el
cuello. Ella se estremece, él continúa por el escote hasta tocar los pechos,
desliza sus ágiles dedos por en medio de los senos. La otra mano inteligente
explora la pequeña falda negra que deja asomar los muslos pálidos. El erotismo
se posesiona de la pequeña sala con todo y el color de las paredes, las cosas
se enternecen. Por el aire vuela una cana imperceptible. —Ven, acá estaremos
más cómodos —dice una voz femenina entrecortada por la excitación.
—No hagas ruido porque
allí está mi hermano en su recámara, y si nos escucha ¡Olvídate! — la pareja al
iniciar el sonido de las bocinas bailan en un abrazo. Oscar conduce a Iraís
paso a paso hasta la orilla de la cama. Sentados. Ella desabotona la blusa,
poco a poco va descubriendo sus pechos. Iraís al ver los ojos cafés piensa. —Sí
eso es veme. Oscar quiéreme, ya, toma mis pechos, sí OH Dios, ¡Rico! Sí, sigue,
corre como loco, ¡Huy! Oscar loco, apuesto que no has visto muslos más blancos
y suaves como los míos, bésame ahora baja, continua allí donde tengo burbujas, cómeme ya, adentro,
ahora señor mío, lo mejor, ten el pezón los botones ¿boca abajo? No hagas tanto
ruido pero… sigue… me estás matando, Huy que rrrico caballito cabalga eso si el
beso ¡Oh Dios! toma el violín el pedacito ¡que grande! Tener eso diario mmm…
golpéame, mátame, como me gustaría que conocieras mi sentimiento hazme sufrir…
ahora todo… ¡maldita cama no crujas! Mi vaginita, mi vaginitttaaaa, me va a
estallar el corazón, Oscar sube la almohada pondré la almohada esta mejor ¡oh!
Dios. ¡Diablos mi hermano anda en la cocina! —espera, espera —pronuncia Iraís —
mi hermano anda en la cocina si nos encuentra cogiendo se arma la de San Benito.
—No te preocupes haré
menos ruido —Oscar toma un preservativo y lo estira de tal manera que suelta un
extremo y el golpe va a dar a las caderas de Iraís, que impactada por el
doloroso golpe se tuerce en un éxtasis nuevo, siempre esperado. El masoquismo
es el elemento inédito en la relación. Para Oscar es como descubrir ignorados
elementos de dominio masculino y la relación renovada. Mientras se viste
tararea: “Hay veces que no tengo ganas de
tocarte, hay veces que quisiera ahogarte en un grito… pero no me atrevo”.
Mientras el
autobús circula por el bulevar escuchaba la música de los “Caifanes” él entra
en esos momentos a la gran ciudad para volver a verla. La Puebla de los Ángeles
se percibe como la metrópoli modelo de fin de milenio, con sus riquezas y sus
bajezas. Entre el alboroto del transporte, el autobús gira para entrar a la
“CAPU”, otros más salen a repartir los
pasajeros a una docena de destinos: Poza Rica, Orizaba, México, Tlaxcala,
Acapulco, Jalapa, Oaxaca, Veracruz, entre otros. Oscar se levanta antes de
parar el camión para bajar cuanto antes.
—Gracias —le dice al
chofer mientras pone los ojos en los escalones de salida.
—De nada —pronuncia el
empleado en tanto que apaga el motor.
LA SELVA
Siempre envuelta en aromas de azotea,
se asoma la presencia, sola, sin amigos, en el total abandono. Es cuando se
hace acompañar Alejandro de ella.
Se ha sabido
en la colonia que Fortino será Licenciado, eso para él es importante, para los
otros no ha sucedido nada.
— ¡Déjame en paz, no
quiero! —dice la sirvienta mientras
trata de quitar el cuerpo de él, ella estira los brazos para impedir el
acercamiento. La mujer se encuentra entre Fortino y la pared. En el costado izquierdo de la
recámara queda estático el espejo, y reflejado en el vidrio, la cama. —Tío te
habla mi abuelita allá abajo —pronuncia el niño pecoso que llega de imprevisto,
sus cabellos lacios y despeinados son la semejanza de parentesco. El niño se
aproxima a la joven. — ¿estaban jugando a las cosquillas? —Cuestiona el niño. —Sí,
como las que te voy a hacer a ti ahorita —dice la sirvienta. —No, por favor —es
cuando el niño suelta las carcajadas que se esparcen por encima de las cortinas
y hacen eco entre los juguetes arrumbados bajo la cama. La sirvienta pasa sus
dedos ágiles por el cuerpo contorcido del infante, agenciándose para sí misma
una sonrisa cómplice.
— ¿Vas a seguirle con lo
de la tesis o tienes pensado hacer otra cosa? —Habla la madre —porque ya urge
que te titules porque yo ya no puedo con los gastos de la casa, tú sabes que
son muchos, más los gastos de los niños. Por eso quiero que te apures, pero tú
dices que no quieres trabajar en cualquier cosa, que para qué estudiaste tanto y trabajar en algo diferente
a lo que estudiaste, hijo, no creas que me preocupa el que trabajes en lo tuyo,
en lo que te gusta; pero debes pensar en lo económico, en que la crisis está que nos lleva el
carajo, y si estamos saliendo adelante es por tu hermana que trabaja todo el
día, y ni los domingos descansa porque ya vez que vende la artesanía. Yo digo
que debemos de pensar en otra cosa para traer dinero a la casa, y que tú debes
de apurarte para titularte. He pensado que podemos poner un puesto de artesanía
los sábados, quien quita y con eso salga para tus libros o para los gastos de
las copias o las combis. No siempre lo que soñamos se nos concede pero debemos
seguir luchando para conseguir lo que queremos… ¿No crees hijo? Tu papá pronto
va a regresar de Estados Unidos y con el dinero que traiga tal vez alcance para revocar la casa, y
techar el cuartito de al lado, allí podemos pasar la cocina, aquí pronto ya no
cabremos, tu hermana necesita su espacio, todos necesitamos un espacio, a mi
nunca me ha gustado que andes poniendo los trastes encima
del tocador o de a tiro sobre la cama. No hijo, de milagro terminaste tu
carrera y eso porque Dios te socorrió y porque al principio estaba aquí tu papá,
y te daba para la escuela, y tenías tu domingo, pero piénsalo hijo, tu nos
tienes que ayudar… ¡tráeme agua de la pileta! Voy a poner agua a calentar,
porque se va a bañar Rosalinda, la cubeta está por los tanques de gas —Fortino
se ha quedado callado después de comer,
mira la tele y de vez en cuando voltea hacia la cocina donde trabaja Rosalinda:
la sirvienta; el cuerpo de la criada no es más que el cuerpo de una mujer, nada
más que de tamaño reducido, empequeñecido, su cabello negro, un tanto quebrado,
le da a los hombros. La doméstica es bonita, tiene ojos expresivos, la sonrisa
agradable, la piel tersa. De su cuerpo: los pechos son pequeños, suficientes,
el color de la piel es pálida. Rosalinda
se baña y su pelo se moja a cada jicarazo, las piernas son restregadas
quedando cubiertas de jabón, un ojo la espía por el agujero por donde entra el
tubo de gas, Fortino siente el corazón agitado, se excita al espiar el cuerpo
femenino de la quinceañera; sus nalgas, el pelo cayendo húmedo por la espalda,
sus pechos inocentes, menudos, la boca callada. Los ojos observando la
actividad, los pies ingenuos. El líquido cae hasta quedar la tina vacía.
Alejandro se
pasea por los altos de la casa, su vista está perdida en el horizonte, en la
distancia, la ciudad de Tlaxcala: las casas, los edificios de gobierno, las
escuelas de la ciudad, las antenas de comunicación, todo ello envuelto en
aromas de azotea, son difusiones de altura de la ciudad de Tlaxcala. El
abandono de Alejandro es con la vida, es por la apreciación agradable de él
con la presencia sola, la dejación de su espíritu allí donde queda aislado,
oculto, para sentirse amplio, completo en esa soledad. El aislamiento en la
azotea es la manera de sentirse ampliado como convertirse en una antena o en un
edificio; o sea, una totalidad estructural como esas construcciones. La
separación en ese punto, en ese lugar es una opción de carácter substancial, es
la altura lo que convierte al hombre en un punto de referencia. La relación que
tiene con la altitud según él, es vital para una existencia relajada: “Lo mágico por lo regular se introduce en mi interior, creando un espacio hechizado de
precipitación sublime que cae en los dioses, en las semillas, en lo oscuro, en
este espacio despejado”
—Mi cabeza vive el paraíso
—reconsidera Fortino en algún lugar de su casa defectuosa —de soñar siempre con
sexo, esa es la naturaleza, y el mundo no lo puedo explicar de otra manera. El
lunes por la tarde después de haber ido a la escuela, me tiré en la cama con la
panza hinchada de tanto comer, no quería hacer nada, ni siquiera mover algo
para descansar mejor, nada, quería sentirme ido, pasmado por la realidad, como
cuando a un boxeador es noqueado y le cuentan hasta diez y él continúa con las
neuronas en otro sitio, como si el momento, ese momento que se ve que pasa pero
que pasando no sucede nada, simplemente se existe, se tienen los ojos abiertos
, y esperando que todo ocurra frente a ellos sin importunar a la conciencia,
sin hacer mover la intencionalidad. Algunas ocasiones he sentido esa extraña
sensación cuando me toca una fuerte gripa, me tumbo en la cama, y no muevo
nada, simplemente me quedo como idiota con los sentidos echados a donde sea, y
con la voluntad hecha un guiñapo, pero todo bien, todo marcha bien, el mundo se
hace loco allá afuera, y yo aquí sintiéndome diosito, sí exacto, como si me
compenetrara una fuerza suprahumana y cautivara los sentidos, percibiéndome
dueño del universo. No sabría que pensarían al respecto los amigos que tengo,
tal vez me dirían — ¡pinche pendejo estas’ re idiota, como que te sientes
diosito güey, no mames! —Por eso no les platico, ni quién me entienda mis
idioteces, ni Fabiola me entiende, ella dice — ¡Huy! Ya vas a empezar con tus
marihuanadas, mejor ya vete, nos vemos mañana. Tal vez son sacadas de onda de
un chavo que apenas terminó la
Universidad y que está haciendo su
tesis, y si son que, me vale. Pienso que
estas cosas que pasan por mi cabeza no han de ser tan descabelladas. A veces considero que la mera neta de las cosas
es puro coger, por eso la mayoría de mis sueños radica en el sexo, no veo más
que eso, necesidades sexuales, la naturaleza de la reproducción natural, de la
cúpula como único horizonte del hombre. Lo que mueve a la humanidad no es otra cosa que el sexo, sí, eso
es, la existencia del hombre no tiene sentido si no hay eso. Los sueños que
tengo son así, están poseídos de un erotismo absoluto, de una suntuaria
carnalidad de cuerpos sexualmente en acción, es lo lúdico en éxtasis de bocas,
de apetito genésico movido en escenas oníricas que van desde la representación
en cama de agua, en el departamento de una mujer golosamente lasciva, en el
tren hacia un país desconocido, frente a las playas de Acapulco, sintiendo la
brisa caliente de verano, en el metro y la cogida rápida que dura lo que tarda
en llegar a la otra estación, en el Jacussi de la residencia más suntuaria de
la ciudad, aquí mismo en este cuarto de cuatro por cuatro, en la casa de pueblo
allá donde viven mis tías, al aire libre, entre la siembra de maíz, montando un
caballo y yo montándome a la hembra a trote, por la ribereña del Zahuapan, en el bochito, tras las cortinas del
restaurante, n la cafetería de la escuela, en el interior del carro alegórico
durante el desfile de carnaval, dentro del cuarto de archivos de una
dependencia de gobierno. En fin… son muchas mis ganas pero por el momento lo
que quiero es cogerme a Rosalinda. Ya me la he agarrado, y le he acariciado su
busto pequeñito con sus copas bien levantadas. Las veces que trapea me gusta
cuando se pone sus blusas con escote, entonces cuando se agacha para exprimir
el trapeador, se le agitan sus pechos que cuelgan, su pezón asomándose
minúsculamente por el encaje.
El medio día
encaja sus horas en el entorno citadino, sólo dos y a veces tres pequeñas nubes se dejan ver
para después esfumarse en la nada, es el medio día de Abril, el mes en el que
Alejandro celebra su fecha de nacimiento. Recostado en la mecedora observa los
tendederos de la azotea y se fabrica sueños despierto: Tomé por sorpresa las reatas y elevé ancla, las cuerdas meciéndose,
dejaron sueltas las cotas extras que
pendían del áncora. Me propuse inmiscuir la vida en la vastedad de la
existencia. Es el mar a conquistar, a surcar. El camino es ancho, su ensanchar
se compara a Dios. La nave se desplaza, centellea cuando es sacudida por los
impulsos. El viento sopla. La naturaleza participa en las noches. Duermo. La
topografía es única cuando llego a los puertos, entonces las manos sudan en el
arribe. El navío se queda callado, en silencio busca reconfortarse. Los
mástiles, tiesos, erectos gobiernan la altura. Mi nariz por un momento señala
hacia el suelo, hacia la cubierta vejada. Los puertos tienen propiedades
hogareñas. Siempre encuentro una mujer a quien amar, la mayoría de ellas huele
a espuma, los cabellos como fruta es posible paladear y cubrirse de ellos; he
de apostar que más de una me ha tocado el alma, pero, se quedan quietas como
esperando una reacción; entonces corto el fruto de sus huertas y monto en el
velero. Canto una canción de cuna. Después de eso ellas comprenden, me ven
partir, sentadas en las rocas. La cabellera dice adiós moviéndose al compás del
viento. Cuando el ancla se equivoca al pensarse anzuelo, la barcaza tiembla,
temerosa vigila desde las olas; enérgicamente subo el anclote y descubro cosas
como: libros, ciudades, patrias, espejos, tesoros, hombres maniquíes,
burócratas, épocas. Dejo caer todo. Vuelvo a inflar las velas hacia rumbo
desconocido. La navegación es misteriosa, no tengo la menor idea por donde me llevarán
los vientos, inclusive esos vientos son gobernados por otro misterio más. Los
elementos que tengo a la vista son el único flujo al alcance. No puedo hablar
de nada que no parta de mi experiencia. En el trayecto me he encontrado con
lanchas que han querido derribarme, no he visto a nadie, sólo una lanchita
minúscula, que golpea la quilla como cualquier pájaro loco divirtiéndose, ¡Qué
irónico! Si supieran que tengo doble caparazón. Tuve muchas tormentas en
primavera, algunas fueron en invierno cuando los copos resbalaban como jugando
por la vela tiesa, como cartón de empaque; era el momento de sacar del baúl,
los viejos patines del abuelo. El paisaje ha tenido premios para un hombre que
vive feliz navegando sobre las olas en una barcaza podrida, aunque sea puro
trabajo, tendré el momento de regocijarme gustando de un hermoso pescado, una
sirena de brazos desnudos o el atardecer cuando las gaviotas intuyen que llega
al muelle mecida por las olas la barcaza podrida. — Alejandro se queda
observando el cielo por la que pasan dos y a veces tres nubes que en el momento
se esfuman en la nada. Vestido con un pantalón gris con pinzas y una camisa
blanca, el suéter a rallas grises y
cafés combina con sus zapatos color vino, el peinado se adorna hacia atrás
descubriendo la frente lisa, amplia. Las manos descansan en los brazos de la
mecedora. Los dedos de Alejandro son largos y finos como si fueran para
trabajos de burócrata, ellos nunca se han entregado a una labor pesada como la
albañilería o la carpintería sino que se han mantenido con una delicadeza en
sus movimientos como los tendría algún faraón o emperador de antigua cultura.
En ocasiones a Alejandro se le ha visto
con la vista distraída, errante, como si estuviera ausente, como si su realidad
perteneciera a otra dimensión. Se ha considerado que esas ausencias no es que se deban a que se
encuentra zopenco o ido sino que reflexiona o bien sueña despierto, la
imaginación creativa se escapa hasta absorber toda su voluntad, cualquier
acción de él. El abandono de Alejandro es con la vida, es con la existencia, es
con el estar presente, pero habría que hacerse la pregunta del porqué. Se
podría pensar que es por un rechazo hacia los existentes modos de vida, porque
tal vez considera que la realidad es tan hueca como la cotidianidad medida por
un día. El abandono es posible que se deba la apreciación que tiene Alejandro
de la sociedad de consumo, el capitalismo, por el rechazo de la era en la que
vive Alejandro. Él vive de las rentas de locales comerciales en el corazón de
San Martín Texmelucan, tiene una computadora donde trabaja y organiza sus gastos, las entradas y salidas
de su negocio; tal pareciera que el hastío que conserva siempre vivo, se
albergará en su propio ser a pesar de estar allí contradiciéndose irónicamente
con su ocupación, con su modo de vida. El abandono de Alejandro es con la vida,
es por la apreciación agradable de él con la presencia sola, la dejación de su
espíritu allí donde queda aislado, oculto, para sentirse amplio, completo en
esa soledad.
Fortino ha
dicho muchas mentiras, ha engañado a varias mujeres, las ha hecho sufrir, les
derrota las almas a puros engaños. Cuando Fortino las deja llenas de tristeza, ellas dan pena,
ellas sólo dan compasión cuando acuden llorando a la casa de su madre, al final
de cuentas él sale airoso, pero ellas terminan con el destino cambiado —algunas
le han dicho —“que lástima”— pero él se
reconforta con la siguiente. —Las amantes que he tenido han sido pura
diversión, así es la cuestión del amor, quererse, divertirse, salir con ellas,
prometerles cosas que obviamente no he de dar. Hablarles: ¡eso es lo
importante! Con la palabra se engatusan, se
marean fácil y de esa manera proponerles y así amarlas, quitarles un
pedacito de sus tristes almas. ¡Coger! Eso es importante, ya lo he dicho.
Acariciar los cuerpos, sobar desde el rincón más diminuto, sus muslos y todo. A
veces he pensado que las mujeres necesitan de eso, si no, se morirían de
aburrimiento. Ellas necesitan ponerse en peligro. Irse a la aventura. Hacer alguna hazaña que las saque de su ritmo de
vida, de su monotonía. A mí realmente me vale madre, pero me divierto, la paso
bien. A la Rosalinda me la voy a coger, de eso no hay duda. Aunque me eche el
pleito y me ponga a discutir con mi
madre porque ella se dará cuanta. A ella no le gusta que juegue con los
sentimientos de los demás, me vale madre, ¡si no me pongo abusado me arruinan
la vida mía, si no lo sabré! Eso es. Aunque suene feo, me gusta arruinar todo,
golpear la vida de los demás. En esta vida nada se regala, pero, ¿Qué me ha
dado la realidad? Sanar todo es
imposible, o a poco no, la corrupción está fuerte, las drogas. Yo no le hago a
las drogas, eso es feo, lo que sí son los copetines y fumarse la rigurosa cajetilla
de la quincena, sanar la realidad es arrendar la futilidad, agenciársela para
construir a la de a güevo en ninguna cosa, a poco no lo importante son los
negocios, la transa, eso cualquiera lo sabe, de este mundo no se saca más que
ganancias, (y si son ganancias fáciles que mejor) el billete es lo importante ¡ha! Pero si es
billete verde mejor, porque mucho se sabe que eso del patriotismo, que nuestra
nación, el país, cual país si eso es pura mamada si lo que conviene son los
intereses que tiene cada uno u cada quien, de eso, pues es así y no hay quien
lo cambie, eso y el sexo, mi cabeza está llena de sexo, de pensamientos de puro
coger. Eso es lo importante. Por eso me quiero coger a Rosalinda, hacerla feliz
un rato, quiero que sienta el rigor de mi pasión.
Alejandro
observa en la azotea desde la baranda norte
de la terraza, el edificio contiguo. En el inmueble, en el último piso,
hay una escuela de danza contemporánea, en ese apartamento divisa a la maestra:
ella es una mujer de facciones finas, de ojos tristes y piel blanca, el cabello
está trenzado. La bailarina se inclina tocando las zapatillas y su trenza cae
por gravedad frente a sus ojos. La barra alta de ejercicios le sirve de sostén;
su vista se pierde en el trabajo arduo del profesionista. Su concentración se
aprecia en los pequeños gestos casi imperceptibles de su cara; la piel es
pálida y lisa, como cera, como objeto inmaculado por el sol, es el síntoma más
penetrante de su belleza. Alejandro la ha encontrado por la avenida Juárez con
un andar especial, como si tuviera educada la cintura, y al mismo tiempo, los
brazos tienen el movimiento perfectamente sensual. Alejandro ha imaginado a esa
mujer como un Ángel, un espíritu divino, pero al mismo tiempo trágico, caído a
la realidad, al mundo, al edificio que se localiza frente a la baranda norte y
en el último piso del edificio contiguo. Alejandro no ha pensado salir con
amigos, él no tiene. Ha considerado que todo se pierde, que es una manera de
sufrir, de hacer heridas, ellos arruinan la vida —cavila Alejandro —golpeando
la existencia y además, el hecho de mantener la relación de amistad incluye una
serie de cumplimientos para con la otra persona que por la simple razón de
mantener la correspondencia con los conocidos es —a manera de ver —una
imposición social. En el sendero de la vida, vuelve éste cada vez hacia él
mismo. Sí. Vuelve, puesto que todo es unidad incluso el sí mismo. La oscuridad
se complementa, el arte, la naturaleza. La vida entera en ese significado es
para soñar, ese es el sentido que tiene, nada está separado. No hay para qué
llorar en su caso. La extrañeza se da por el lenguaje porque no nos sabemos
comunicar, porque tal vez no se está donde se necesita —El abandono de
Alejandro es con la vida, es por la apreciación agradable de él con la presencia sola, la dejación de su espíritu
allí donde queda aislado, oculto, para sentirse amplio, completo en esa
soledad.
Fortino la
pasa con los amigos despreocupadamente. Recorren los bares de la ciudad, y
comenta a sus amigos que los amores que ha tenido siempre le creen, todo por
amor. — ¡Amigos, esto me gusta: tomar las copas, cantar las canciones y después
decir adiós con alcohol hasta la madre! Eso es lo bueno. Lastimar el alma,
sufrir mucho. Quiero esperar las falsas promesas de vida en la indiferencia
conjunta. Llamar a golpes de dado a la existencia.