LA ORACIÓN AL COLUMPIO
VERSIÓN CUENTO
Ella se mecía y se mecía en el columpio. Sus manos ataban las
cadenas. Los eslabones sosteniendo el herrumbrado chirriar. Como un péndulo
accionaba el radio de alcance. Sus cabellos corriendo al ambiente; sus piernas
se lanzaban de frente y su cuerpo arqueado con figuras, curvas. En su cara una
sonrisa en la cual reflejaba su juventud, su inocencia; mientras, su vestido
azul de encajes largos jugaban, flotando. Sus pechos aún pequeños, reflejaban
lo femenino, la sensualidad diamantina. Su sonrisa era aniñada, usual.
Unas horas después, los columpios se
mecían y se mecían pero sólo empujados por el viento. Ella no estaba. El viento
empujaba las ramas, excitaba algunos arbustos, hacía bailes levantando polvo y
arenisca. Los columpios se movían rechinando en el ambiente, con la inquietud
de los asientos. En donde siembra su hortaliza, las semillas pronto germinarán,
echarán sus escasas raíces y daría vuelta una vez más el ciclo de la
naturaleza. Ahora los columpios siguen balanceándose cuando la naturaleza los
agita. Ella desapareció, sus cabellos ya no están meciéndose al viento.
Algo ha de presagiar cuando las nubes
se ponen rojas en el horizonte. Me maravilla que sucedan cosas incomprensibles,
sobre todo cuando tienen que ser forzosamente misteriosas. Un proceso que hace
pensar la vida demasiado fascinante. Las nubes prendidas en el horizonte
podrían estar en cualquier lugar, pero se presentan prodigiosas, cerca; las
tonalidades entre el rojo carmesí hasta tornar al amarillo y después al blanco.
A lo lejos las montañas: el Popocatépetl y el Iztaccihuatl traen añoranzas,
cavilaciones.
Las nubes y el viento de la tarde
acarrean imágenes, sonorizaciones que se tuercen en estruendos. Los nubarrones
obscuros se cargan de lluvia, de humedad, de energía; y cuando están
abotagadas, se rompen, se flagelan chispeándose unas a otras, mojando todo como
un velo acuático.
El momento podría hacernos recordar a
una mujer sentada en un columpio meciéndose con la cadencia de su juventud;
además, su cabellera salpicándose en el
aireo y ese cuerpo... el vestido azul de encajes me trae memorias de un
beso, de una caricia, de unos pechos vírgenes meciéndose y meciéndose.
—La ciudad siempre me ha
aburrido. El ir y venir de la gente, de los coches, es lo que
hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando
que un editor me publique mis trabajos. Cargo en mi portafolios un par de
textos, pero sólo les voy a presentar el de “La oración al columpio”, porque el
otro no le encuentro chiste, como que se me hace que hay que trabajarlo más. Lo
bueno que lo de la revista no está tan lejos del centro, y si termino rápido,
me va a dar tiempo de ir a la librería a curiosear aunque sea. Si logro
publicar el trabajo, qué orgulloso se va a sentir mi papá, él siempre apoyándome;
como mi papá no pudo estudiar, en mí, sus sueños se hacen realidad.
—En ocasiones los sueños
son inalcanzables. Yo sólo quiero seguir haciendo escritos, si no me salen
estos inventos, pues me dedicaré a otra cosa; tal vez, a un curso de
computación, están de moda, y según he escuchado pagan bien, y no se la pasa
uno en el sol. Me inquieta el que no le vaya a dar importancia a mi escrito, yo
sé que el trabajo está bien bueno y no tiene faltas de ortografía. Andrés
Espinosa me dijo que los trabajos que le entregara fueran de lo mejor. Él me
dijo que yo sí sabía escribir, que sólo tenía que pulir más los estilos. Don
José Luis Domínguez es el director de la revista “La Fragua”, es una eminencia en el estado; todos lo
respetan. De pensar en la cita me sudan las manos, ojalá y no se note mi
nerviosismo. Según me han contado, Don José Luis Domínguez ha escrito
libros, ha viajado por muchos países, y
parece que lo querían lanzar para la gubernatura pero le faltó equipo y al
final de cuentas no se animó.
El novato
escritor entra a las oficinas de la empresa editorial. Las divisiones de tabla
roca jerarquizan, los vidrios dividen interiormente, las jardineras se
esfuerzan en recrear un ambiente natural, los teléfonos ocupados se animan, las
secretarias cruzan la pierna y ponen cara de inteligentes.
—Bu...Buenas tardes,
venía a ver al señor Andrés Espinosa.
—Fíjese que no se
encuentra el jefe de redacción, el señor Andrés viene hasta más tarde, el
trabaja hoy desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche. Desea
dejarle algún recado. — No, es deque lo
que pasa es que quedamos de entrevistarnos con el director de...
— ¿Tenía cita con Don
José Luis Domínguez? Un momento, déjeme ver...mm, si, aquí está anotada la
cita, si gusta sentarse — La secretaria se levanta de su escritorio con la
libreta de taquigrafía en la mano y empuja la puerta, se deja ver hacia el
interior un librero repleto y un par de
trofeos.
—El señor Andrés
Espinosa no está— el joven se preocupa, medita mientras se acomoda en el sofá
de la recepción — y ahora voy a tener que entrar a la entrevista yo solo, con
lo que me pongo nervioso, pero qué le voy a decir, si no sé nada de nada, qué
tal si el trabajo tiene faltas de ortografía... mejor me voy y otro día
regreso, si otro día que venga más calmado y no esté tan nervioso; además, está nublado allá afuera y eso me da mala
espina, y luego como que la secretaria me vio feo, me barrió con la mirada y ya
con eso me sentí como que, fuera de órbita. Creo que el señor este es muy
importante como para que yo lo moleste... mejor me voy a dedicar a otra cosa,
le voy a pedir dinero a mi papá para un curso de computación de esos de dos
meses como los que anuncian en el radio; según sé, cuando uno trabaja en eso le
pagan a uno bien, y no se la pasa uno en el sol, eso ya es ventaja; además,
están de moda... pero. Y si continuara con esto a mi papá le daría mucho gusto;
sí, él me apoyaría, que tal si después escribo un libro como el de las fábulas
de Esopo o como Alicia en el país de las maravillas y se convierte en un libro
que todos quieren. ¡Huy! Me hago rico...— La secretaria lo despertó de su
introversión. Le comentó que en cuanto saliera una persona que estaba adentro
él podía entrar. No había escapatoria.
—Tome asiento por favor,
en que puedo servirle; pero, siéntese por favor.
—Gracias... este, le
traje unos trabajos, no digo... perdón, este, le traje un trabajo.
—Y eso para que.
—es deque... me dijo el
señor, este... ¿Andrés Espinosa?, que, este... se podría publicar en la revista
“La Fragua”, él me dijo, que... este, yo sí sabía escribir y que sólo me
faltaba, este... pulir los estilos.
—Sí, pero, ajum—ajum
— aclarando la garganta — en esta
compañía editorial no publicamos cualquier cosa; además, no tenemos espacio.
Cualquier espacio en la revista cuesta dinero, y en ocasiones la publicidad no
deja; por eso, el material tiene que ser muy bueno.
—Si, este... creo que si
es muy bueno, a las gentes que, este... lo han leído el trabajo me han dicho
que es muy bueno.
— ¡Aja! A quienes.
— ¡A mi mamá y a mis
hermanos!
—Bueno a ver déjame leer
lo que traes.
—Mm...La Oración Al
Columpio. Como está eso de la oración al columpio. No joven, no quiero tener
problemas con el clero, usted bien sabe que vivimos en México y todos los
mexicanos somos Guadalupanos, se le puede orar a la Virgen de Guadalupe o a la
Virgen del Perpetuo Socorro pero a un columpio no. Déjeme seguir leyendo.
El director
de la revista examina el texto con la paciencia que se adquiere de años. Otea
puntos y comas, ideas y errores sintácticos, ortografía y lógica. Atisba todo
el contenido. Equilibra gustos con ganancias. El joven escritor se hunde en la
silla. Se observa incómodo. Sus ojos se pasean en el librero y en el muro
repleto de reconocimientos. Observa la foto donde está Don José Luis Domínguez
saludando al Presidente de la República, o la foto donde el paisaje es un
pedazo serpenteante de muralla china. Todo el ambiente es formal. La decoración
de la oficina con objetos de tiendas como: Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, y
Saks; parecen intimidar al neófito de las letras. Su espíritu se achica hasta
tener el tamaño del trofeo de indio azteca puesto en el librero. En el librero
observa títulos de libros como: Paula de Isabel Allende, La Reina
Isabel Cantaba Rancheras, de Hernan Rivera; París En El Siglo XX, de
Julio Verne, Nombre De Torero, de Luis Sepúlveda; Atrapando La Luz,
de Arthur Zajonc. Historia Del Futuro: La Sociedad Del Conocimiento, de
Taichi Sayaika. La Conquista De La
Voluntad, de Enrique Rojas, La
Lentitud, del autor Milán Kundera, Boleros en la Habana de Roberto
Ampuero. El Hombre Light, de
Enrique Rojas.
—Mire joven le voy a ser
sincero— pronuncia el señor acomodándose la corbata Gianni Versace— yo sé que
usted está iniciando en esto de las letras. El trabajo es bueno, pero le faltan
ciertas cosas. En ocasiones salta a la vista las palabras abstractas y la
inclinación forzada a hacer el texto poético. A la gente no le gusta mucho los
escritos rebuscados o bien los textos muy poéticos; a la mayoría les gusta que
les narren cosas reales, de aquellas cosas que suceden en la vida real, que
sean cosas empíricas, que tengan que ver con este mundo, que tengan como
fundamento la cotidianidad. Desgraciadamente así es la cosa, aunque a mi
personalmente me gusta mucho la poesía; sin embargo, estamos abiertos para
recibir colaboraciones de gente joven que le guste escribir. Tenga, llévese su
texto, estoy seguro que los siguientes escritos si podremos publicarlos, con
mucho gusto.
—Si, señor, este... voy
a hacer unos trabajos que...que, tengo
pensados.
—Bueno pues, estamos
para servirle. En sus próximos trabajos por favor entrégueselos a Andrés
Espinosa —dice el señor estirando el brazo para despedirlo y levantándose de la
cómoda silla.
—Si, hasta luego, este,
dice que se los entregue a este...como se llama. Bu...bueno ajá, con permiso,
bu... buenas tardes — se despide el aprendiz de tartamudo, con una sonrisa
sacada a golpes de nerviosismo.
La calle se
luce en movimientos, van y vienen los carros y los vendedores ambulantes hacen
el negocio frente a las oficinas. En el cielo hay nubes que se van inflando
poco a poco, se van cargando de humedad; otras más allá se ponen como salvajes.
—Me lleva. Bueno pues,
ya ni modo. Lo bueno que me dijo que tenía que pulir más los estilos. El trabajo
este de La Oración Al Columpio creo que ni sirve, mejor voy a hacer unas
fábulas como las de Esopo. Si en el próximo mes no me sale, pues me dedico a
aprender computación, es lo que está de moda, y además pagan bien. Mi papá si
me apoya en todo lo que yo quiera. ¡Hijole! Mejor me apuro. Creo que por aquél
lado de los cerros ya quiere llover y ya empezó a hacer un poco de aire. Mejor
ya no voy a la librería a bobear, para qué... si compro algún libro y ni lo
leo.
Entra a su
casa y se dirige a la recámara. En la pared frontal hay un póster de Thalía y
tres gorras. Las cortinas están semiabiertas. Se asoma a la ventana. En el patio del vecino hay una adolescente en
el columpio. Ella se mece y se mece. Sus manos atan las cadenas, sus cabellos
corren al ambiente y sus piernas se lanzan de frente mientras que su cuerpo se
arquea para conseguir mayor velocidad. En su cara se ve una sonrisa inocente
coqueta y atractiva. Y su vestido azul de encajes flota, sacudiéndose en el
aire. Se nota que sus pechos son pequeños pero sensuales y su sonrisa
transparente, viva.
La jovencita
terminó de jugar y se fue; mientras, los columpios siguieron haciendo
rechinidos por causa del aire. El viento hacía mover todo inclusive las ramas y
arbustos. En el horizonte se veían tonos rojos sobre las nubes y más cerca se
advierte un chubasco que se acerca con prisa, los nubarrones obscuros se cargan
de humedad, y llueve.
El muchacho
sigue viendo desde la ventana de su recámara. Y se acuerda de la jovencita que
estaba meciéndose en el columpio, con un vestido azul de encajes. Ella fue su
novia y se acuerda de los besuqueos que se daban.
—Todo este día me
aburre, los coches, la gente. El ir y venir es lo que
hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando
que un editor me publique mis trabajos— piensa el joven y se recuesta en la
cama —mejor me voy a echar un sueñito.
YO VI ESO
Queridísimas
amigas mías:
Yo no soy ningún fisgón pero me
creerían que la casa que visité hace unos días era un verdadero trochil. Estaba
toda patas pa’arriba. Si la vieran algunas de ustedes tal vez saldrían
espantadas. ¡Hay no!, toda la casa era un espanto. ¡Que horror! Inmundicia por
aquí, inmundicia por allá. Sí. Se los cuento para que nunca se paren por ese sitio.
Mis chicas queridas. Las adoro. Sí. Las adoro y por eso me preocupo por ustedes
para que no vean cosas tan insanas. ¡Hay no! ¡Qué asco!
Sólo les voy
a describir las cosas que había en el tocador de la recamara, solo eso, porque
si me hubiera asomado a la cocina seguramente me desmayo o quedo afectada de la
impresión. ¡Qué barbaridad! Pues verán, empiezo mi lista:
Tijeras
oxidadas, aretes de bolitas de diferentes colores, tarro de calcio, lentes,
reloj despertador, desodorante, pomo de alcohol y pedazos de raíces y hojas
entre otros ingredientes; lámpara de petróleo, tubo interno de rollo de papel
sanitario, tres invitaciones pendientes pegadas entre el espejo y el marco de
la luna, radio de pilas, pequeño cesto de flores secas, desodorante ambiental, cinco
cajas de “Ambrosol”.
Perro de
peluche “toy’s house”, cassette de Joe Cocker: I can stand a little rain, espejo pequeño, pomo de “aceite del
roble”, cuadro con letras doradas: ”Dios
dice: no te desampararé ni te dejaré”, dos cepillos, pasta de dientes, la
foto de la nuera, colores, carrete de hilo blanco, rosario de cuentas negras;
pila de tamaño “c”, pedazos de papel de baño usado, tres seguros atados en la
garra rosa donde están prendidos quince pares de aretes y tres sin par, una
aguja con un pedazo de hilo blanco colgando, gotas para los ojos.
Alcohol en
dos distintos tamaños cajita dorada como las que dan cuando se compra unos
aretes, patito de cerámica con gorra amarilla y cinta roja en el cuello, cadena
con medallón del Perpetuo Socorro, cerillo quemado; tres monedas de diez
centavos, monedero de piel de distintos colores ensamblados, donde guarda las
direcciones en papeles sueltos de las amistades del otro lado. Vaso desechable
con nueces y cáscara de nueces, alcanfor, agua oxigenada, un búho de prendedor;
aguja hipodérmica, portarretratos con la foto del nieto, medicina:
“Fotoestimulina”, cinto de hebilla medio asomando entre el mueble y la pared,
perfume: “Racing club Woman” de Ralph Lauren.
Hasta allí
terminé mi lista porque en eso entró la dueña de la casa, en una bata muy
transparente; con una cara lasciva y que se me va aproximando. ¡Qué horror!
¡Vaya susto! Me creerán si les digo que quería hacer el amor conmigo, yo le
dije que era homosexual y que ni tantito me gustaban las mujeres, y ella
insistente, me agarraba las piernas tratando de abrírmelas ¡Huy Dios Santo! ¡Que
barbaridad! Lo bueno que sonó el teléfono, y eso fue para mí como si me hubiera
salvado la campana.
No puedo ni
imaginarme hacer eso, y luego con ella. ¡Válgame Dios! Yo creo que ni en
pesadillas, porque si vieran a esa gordis, malacarienta, con sus patas callosas
embutidas en unas chanclas corrientes que venden en cualquier lado. ¡Auch! Y
déjenme decirles que sus piernas, no las tenía depiladas así que ya han de
imaginar a que cosa se parecía; además, tenía un cuerpo tan antiestético que yo
pienso que Diosito se ensaño con ella, y le puso fealdad de más en lugar de
ponerle algo belleza. Bueno me despido de ustedes, ojalá y nunca les pase algo
como esto, si les sucede algo parecido, que sea con un hombre, apuesto y
fuertote y vieran como las voy a envidiar. PD.: Escríbanme pronto chicas. Adiosito.
El afeminado
entra a su casa después de dejar la carta en el buzón de correos, agita las
palmas de sus manos para refrescarse, su blusa sudada mitiga en humedad. Arroja
los botines y se percibe al momento el olor a pies de hombre, es como el hedor
a palomitas destiladas. Se quita las calcetas y las lanza al cesto rebosante de
ropa sucia. Entra a la cocina, toma un vaso sucio y lo enjuaga en el chorro de
agua. En torno al homosexual hay un trochil de cocina.