ESA AVENTURA ME DIJO QUE TU NUNCA ME OLVIDARÍAS
No entiendo porque no
puedo. Los veo a ellos, la maestra sentada frente a mí. Se ha hecho
un círculo ante la figura de la
Maestra Beatriz Espejo. Soy uno de los tres que están en el taller de narrativa.
Encuentro a mi cabeza ubicada en no sé donde.
Cuando
estuviste conmigo en la tarde. Un día sábado como hoy y te regalaba un estuche
de madera, con objetos inconcebibles en el interior, cosas que en ese momento
significaban la interconexión íntima, dual. En ese momento te dije que no lo
abrieras sino que después, cuando estuvieras descansando en tu recámara.
Entonces lo guardarías en no sé donde, donde no lo encontrara tu hermana menor,
donde sólo tú pudieras encontrarlo y sacar esas cartas especiales, esas
fotografías donde estábamos los dos abrazados en un autobús de pasajeros, con
la sonrisa plena y el corazón lleno, repleto, sublime. En ese día sábado como hoy. En la sala, inventaba la
excusa para que las manos rozaran tu cuerpo, y descubrir las rodillas altamente
sensibles. Bastaba con poner tres dedos sobre las medias y moverlos con una
pericia innata para hacer temblar o hacer funcionar una máquina sexual,
preparatoria, anterior. En la estancia,
tu cuerpo siempre bronceado combinaba con
la sensualidad que sentía al ver el pelo, la gran mata felina moverse
con el coqueteo del cuello y los hombros naturales, perfectos. Entonces volvía
a tocar las medias con los dedos y como si fueran a abrir una cerradura peligrosa, o un sitio reservado.
Movías los muslos, hacia un lugar menos riesgoso. Mientras platicábamos, las
zapatillas jugueteaban en saltos entre la punta y el tacón, entre la izquierda
y la derecha y el roce casual, azaroso con el zapato.
Me dijiste
que podíamos ir al centro comercial “Las Animas” pero que antes tenías que
bañarte, entonces ofrecí mis servicios como buen mozo. Quería bañarte la
espalda, poner jabón sobre de ella y sentir la espuma, la epidermis húmeda, la
corporeidad curvosa, lisa. Y ver tus ojos grandes, expectantes, volteando a
verme con los cabellos lacios, pegados, con el volumen disminuido por el
líquido, y el rocío jugoso en el cutis sereno. Pasaste por el pasillo con una
toalla larga sujetada a la espalda. Te vi sentado desde el sillón de la sala.
Los zapatos mojados por la regadera recordaron la excitación que producías.
Fuiste a mi lado cargando cepillo y secadora de pelo. La enchufaste a la pared
y como no alcanzaba el cordel te sentaste en mis piernas. Fue entonces cuando
dirigí la pistola hacia la mata de cabello. La tentación de quitar esa toalla:
en aumento. Era sólo levantar una
esquina que haría desvanecer el supuesto nudo, y tener esa espalda muy cerca de
los labios. Tus ojos grandes, expectantes, miraban a otro lado, a otro mundo.
Era yo el que estaba ensimismado en ese cosmos que eras tú, el mundo de tu
cuerpo, el universo de tu corporeidad. Poco a poco fueron tomando vuelo los
cabellos, flotando; pronto fue descubriéndose el cuello y tenía el deseo
impetuoso de morder esa zona.
Dentro del
centro comercial “Las Animas” nos sentamos en la banca muy cerca de las
escaleras eléctricas, frente a la tienda “Ripley”. Dejé explotar la pasión, con
furia, como si estas manos y estos labios no fueran para otra cosa más que para
hacerte sentir la voluptuosidad más salvaje de besos y caricias. El carmesí de tus labios lo saboree, con
paciencia y perseverancia. Así como esa bebida embriagante sabor durazno que te
forcé a probar desde mi boca. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías. En ese día sábado
como hoy, cuando veíamos los aparadores, los objetos, eran pulseras, relojes,
vestidos, novedades, anteojos, jeans, tapetes, artículos suntuosos, lapiceros,
estéreos, discos compactos; todo nos avecindaba cuando saboreábamos en la
cafetería el café americano tan sabroso y la charla igual porque sentía al
estar viéndote que esa boca al estar hablando era como una fiesta de símbolos e
imágenes que llegaban del presente o sea
ese momento observando los ojos altamente expresivos y oler el perfume dulce
combinado con tu naturaleza, y el olor del
champú de vez en cuando en las veces en que pasabas la mano por encima del pelo para acomodarlo y al pasado
recordando las veces en que de escapada, por las noches, cuando salías del
trabajo, a orillas del parque sereno y romántico, acomodábamos los cuerpos
dentro del carro para acariciar y amar todo lo más convenientemente posible.
Eran los cabellos haciéndome cosquillas
en la nariz y tu cuerpo ardiendo en un chasquido de pasiones selváticas,
complejas. Y sentía tus pechos rozando la corbata y las manos surcando las
entradas en mi frente. Los cristales empezaban a empañarse mientras la penumbra
se quedaba silenciosa, como guardando las apariencias, como si fuera un testigo
muerto, bien muerto. Hurgaba íntegro. No eran los tres dedos sino los diez más
una boca reconociendo todo terreno. Explorando cada centímetro. Besuquear la
nariz, los ojos. Pidiéndote que me regalases el ombligo y tú generosa
ofreciéndolo para un beso. Los roces del alma se daban en la boca, la
exploraba, cada diente, bailando lenguas. Respirando unidos. Tocando la
conciencia, el calo recóndito. Apretando el labio inferior, oprimir el
superior, sorber ambos ¡presionar la mandíbula de manera salvaje! Soplando mi
alma en la tuya para tratar de que quedarme en ella, durmiéndome en un besuqueo
permanente, inmortal, eran las comisuras tipo pétalo, la suavidad que se
quedaba pegada, el sabor del carmín, la combinación con el afeite producía el
éxtasis. Era el suspenso en hilos de caricias de un mundo tan grande que no cabría
en un carro pero que sin embargo no se necesitaba más que eso. Las rodillas
habían sido superadas por una excitación mayor en el cuello y las orejas. Era
la aventura plena al interior de tu boca. Cuando regresaba la serenidad a los
atormentados amortiguadores y los movimientos del cuerpo buscaban la historia o
bien otras posiciones. Soñábamos juntos. Era la casa grande con varias
recámaras. Los paseos al interior del país. Me servirías el café mientras yo
escribía y fabricaría un mundo donde el rostro imaginario en los textos eras
tú. La cara de niña decente quedaría estampada una y otra vez, y mientras yo
hacía eso tú estarías cachondamente lista para disfrutar de la cama,
poniéndonos horizontales y encimados. Y
desplegar las ramas de la respiración exhausta. En el sueño dentro del sueño
estaría la playa, la isla y tú. La isla y tu seguro servidor con los ojos
fijados en las gaviotas, en algo de paisaje, en un pedazo de mar coqueto, muy
coqueto. Esa realidad pasaría lenta como si fuera una golosina que quisiéramos
que nunca se acabara, o como un libro que es imposible dejar a un lado y se
quisiera terminar ya por lo interesante, y deseáramos aumentarle un infinito de
hojas. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías.
Encuentro a
mi cabeza ubicada en no sé donde. La maestra habla de los cuentistas y yo pensando en otras cosas. En
ocasiones parezco idiota, cuando leemos un cuento, los compañeros dan apreciaciones críticas y aportaciones
interesantes y yo me quedo como sonámbulo, nada más viendo, ido. Efrén sí conoce a muchos cuentistas y sabe
encontrar las características a cada uno y no se diga Yassir, él como
profesionista sabe dar acertadamente el análisis del cuento, el tipo de
estructura, las obras del autor y hacer de alguna manera una localización tanto
del cuento como del autor, pero yo… A duras penas sé leer y escribir, me gusta
la literatura, pero eso no significa que conozca tanto como otros. Cuando la
maestra Beatriz me pregunta — ¿qué te
pareció el cuento? — Yo le digo — me
gusta, está bueno — y muy por dentro de mi mismo me estoy mentando la madre por
la incapacidad de desarrollar un
discurso en torno a la lectura, por ejemplo ahorita me acaba de preguntar la
maestra y yo le conteste alguna cosa trivial, por estar pensando en otra cosa.
No sé que me pasa, desde que terminé con ella me siento desorbitado.
Fue un día
de fiesta cuando inició el fin de la
relación. Tu padre, como siempre, con el alcohol en la cabeza, diciendo
y haciendo comentarios inoportunos. El machismo vestido: tu padre, el
autoritario en persona. ¿Por qué tenía que rezarle obligatoriamente a un Dios suyo que no comprendo? Porque es un
cristianismo equivocado que vive
pidiendo perdón después de que ha soltado las injurias, los disgustos, las peleas, los
chismes, los prejuicios, el pecado, las acciones malas. Y después de eso ir a
los retiros cristianos para purificar el alma, y en la cotidianidad volver a
hacer lo mismo, embrutecerse con el
alcohol, autoritariamente mandar en la vida de los demás, tratar de meter a
todos la concepción de su cabeza, su cosmovisión del mundo: el dinero, los
bienes materiales. La ignorancia andante pero… es sabedora de todo, la
respuesta única. En tu familia él es un
dios, es el hombre por antonomasia, el señor de la casa, el que manda, es el
tótem que hay que alabar, el fetiche sagrado, intocable e inequívoco, el héroe
que soluciona todos los problemas, es el chaman que protege con su aura todo lo
que le rodea, y tú procurándolo, llevándole la tortillita, el salero, el pedazo
de carne extra, el vaso de refresco ¡ha! Y que no le falte los hielos y la
salsa roja, eso al señor le molesta.
Era un día
sábado como hoy cuando discutimos el punto, y es que tú hablabas con las mismas
palabras de tu padre, hablando como verdulera con la palabra sujeta a la
leperada. Era imposible que tú me escogieras entre tu padre y yo, porque eso significaba el rompimiento
con tu familia; para que tú fueras feliz
necesitabas que yo entrara en tu familia, no podías ser feliz sin ella.
Lo que buscaba era una mujer independiente, separada de su familia, libre, que
no tuviera que recurrir a su familia para vivir, que fuera una entidad
completa. Que fuéramos tú y yo inventando nuestra vida, construyéndonos
mutuamente con ayuda de la sociedad, de nuestras familias más no volvernos
quistes de esa construcción ya hecha por tu padre. Me dijiste que no podrías
vivir por ejemplo en otro país conmigo, lejos de tu familia, porque no ibas a
saber que hacer, porque no sabías hacer nada. Porque no sabías hacer comida, ni salir a la calle a
pie, siempre en coche porque no sabías hacer otra cosa que arreglarte, lucir
bien, mientras tu recámara era una porquería, las medias lanzadas en todas
direcciones, la ropa regada en el suelo, las zapatillas sembradas en un rincón
del clóset, el polvo encima de todo, las migajas del sándwich de anoche sobre la cama, las toallas femeninas
en el drenaje, todo sucio, y tu durmiendo, siempre recostada, echada, como una
guajolota en la vil güeva, sin hacer nada, encima de la cama sin alzar desde
hace sabrá Dios cuantos días. Y por añadidura tu lenguaje, siempre hablando
como si estuviera apestada tu boca, diciendo sandeces, era la grosería, la
leperada, el albur de barrio, la ignorancia, el prejuicio amañado y necio, la
carcajada infame y soez. La irrespetuosidad ante el prójimo. El valemadrismo
ante el trabajo. La vida sin futuro, sin esperanza, sólo el momento, vivir el
momento, sin pensar en el mañana, sin las expectativas que una persona que
piensa superarse maquina idealmente. Una persona que no se respeta a sí misma.
Con la mala educación pegada a sus costillas, a su cráneo. Con la cabeza vacía
de ver tele casi todo el día…
La maestra
Beatriz Espejo finalmente nos pide de tarea seguir trabajando en los cuentos,
en la narrativa. Le hubiera sugerido trabajar sobre el tema de “amor y
decepción”, pero no me gusta ser masoquista.
AGUA VERDE
Sólo vine a pasear, como siempre
—Me hice terrestre,
luego, inmediatamente, y no lo supe hasta que el auto se movió dentro del
parque de la ciudad. Entré a otro mundo
pero, sólo vine a pasear, como siempre. Pensé que iba a escapar del
aburrimiento, pero no pude porque el hastío de la gente de inmediato se me pego
a la cara, a los ojos. Los órganos de mi conciencia querían tumbarse, como
desconectar un aparato eléctrico y adiós, hay nos vemos. El
“Datsun” se movió más no sabia que ese auto se movería puesto que desde muy
lejos se veía allí quieto, como un muro, como un pedazo de tronco tirado.
—Yo sé — y eso lo sé
desde que salí de mi casa para poder desaparecer del aburrimiento— que el mitin
o paro del pueblo de “Agua Verde” se mantenía desde hacia tres días. El pueblo
lo que exige son los servicios más básicos para poder sobrevivir ¿En donde
queda este pueblo? No lo sé, en la primaria no me enseñaron la geografía de mi
estado o bien no lo recuerdo, pero pude ser por allá por “Lázaro Cárdenas”.
—Cuando estaba observado
desde la fuente que esta a un lado de San José y veía a los toldos cubriendo el
espacio. Colocando en la amplitud los diferentes humos de las fogatas,
elevándose las bocanadas entre los
árboles del parque. Las pelotas juguetonas de los chamacos se elevan y van
a dar algunas veces a los edificios
públicos. El humo de los cigarrillos que
se hace nudo, como un aura que cubre todo el sitio. El agua brincando con un
escalofrío a mis espaldas, en un escándalo inusitado, ruidoso. La pepitera que vende en el escalón de la
fuente y muestra sus costuras y vestidos a un lado de las pepitas, la
acompañante que toma de la mercancía cada vez que su habida lengua se lo
indica. Las secretarias que se
encuentran con su novio después de comer y se dan de besos antes de entrar de
nueva cuenta a sus labores.
—Me fui acercando. Sólo
vine a pasear, como siempre, así es que mis pasos hicieron historia en la zona.
Se movió el “Datsun”. Entré.
—Una señora se acomoda
la falda medio agachada, acuclillada en medio de entre unos plásticos negros y
unos palos a manera de astas que hacen un círculo de privacidad, es a simple
vista la intimidad minimizada; es el baño para los del paro. El registro del drenaje cumple otra función
nueva, inédita: la de servir de baño mientras dura la cosa.
—La gente celosa de su
espacio, en recato; desconfiada del hombre conocido, de todos. La gente amorriñada en cualquier lado,
echada en las banquetas del sitiado parque, durmiendo la siesta,
platicando. Y a toda oportunidad
un cigarro. Las mujeres masticando el chicle o el pedazo
de chicharrón. El chamaco mugroso,
harapiento a punto de llorar o gritando entre la gente. Los gorros lucen como linternas de
identificación social; son los maridos panzones mal fajados los que llevan
sombreros. El reboso y la chancla sucia
es la patente de reconocimiento mujeril y de la reciprocidad económica. Es
posible que la actividad de algunas mujeres sea la fritanguería, la
quesadillería, la venta de golosinas en algún zaguán, en alguna esquina de
cualquier lado o la de ama de casa en un poblado medio construido o a mitad de
la miseria; con gallinas hueras, vacas secas, la guajolota echada en las
piedras ovoides sintiendo un crío no nacido.
La pirámide de forraje y rastrojo como el castillo comestible de las
bestias o combustible de las cocinas de humo, las construcciones de corral
provisionales, las cazuelas de mole en el techo. La múltiple comunidad perril, ladrando a
todas horas, la jauría tras la infeliz canina en celo. El terreno de labor seco, la tolvanera
festejando con el viento su aridez nutricia.
El monte almacenando el tiempo, curtiéndose en él.
—Eso es lo que estoy
imaginando ahorita que los estoy viendo, paso al lado de ellos y me desconocen,
me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, por este adoquín,
que esta es mi cotidianidad, que soy un hombre citadino, un hombre de la
capital del estado, que vengo en son de paz; pero sus ojos me excluyen sus
ropas y su olor me toman la distancia.
Con omisión —hacia mi— la bocanada de humo de cigarrillo se aleja
hacia el cielo, ¡me siento un excluido!
—Pero… pero si está todo
cercado, que pasa ¡ha donde me he
metido! Es un círculo tipo caravana del
oeste construido con carros y donde no entra el carro es el paredón
humano. ¡Híjole! ¿Podré salir? La
puerta de entrada a los edificios de gobierno están cerradas, todo
cercado, porque me seguirán viendo así, sólo soy un transeúnte, espera, mmm…
creo que están organizados, algunos con listones amarillos otros con listones guindas. Seguramente son representantes de cierto
grupo, veo, me ven, observo y me observan, quisiera pasar desapercibido pero no
puedo, soy un güero a comparación de su piel morena. Me siento en el piso, creo que así seré
menos evidente. Dos jóvenes se
encuentran recostados a lado izquierdo, ellos leen unas novelitas baratas, al
rato se alejan y recargan en un carro en los límites de la zona situada. En el
momento, babeo, soy.
El asta de
la bandera se encuentra a dos metros del siguiente baño interino. Permanecen en
los muros las cartulinas con anuncios como: “En Laguna Verde, queremos agua y
luz”, “Exigimos señor gobernador la atención a nuestras peticiones justas “.
—Bola de indios, ¿que
querrán? No entiendo, Xochitiotzin dice que es un “Boicot Político”, yo desde aquí veo miseria,
mugre, jodidez, diversión, coerción
injusticia, pero mira, también se divierten, juegan, cantan canciones
rancheras con aquel trío, ese otro convence a la quinceañera para irse. Esos cabizbajos y meditabundos aturden — tal vez —
su memoria para recordar viejos tiempos, mientras, el sol languidece
entre las ramas de los árboles del
parque. A eso vine, a disfrutar de la tarde, a gozar el aire, a saborear la
corriente con olor a Tlaxcala. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear,
como siempre, pero me ven feo… en realidad tengo miedo, que tal si aparecen los
preventivos y hacen una alzada pareja y con violencia y a mi me toca por estar
aquí adentro… bueno… creo que con mi credencial de elector o la de mi escuela
puedo identificarme, he visto en la tele que se pone peligroso cuando
sucede. Golpes, piedrazos, la sangre,
los ojos llorosos, la ira, el desquite, las mentadas de madre, las mordidas del
perro, los macanazos, a eso hay que sumarle los destrozos tanto materiales como
morales.
El joven
permanece postrado en el piso, recargado en la baranda del árbol que se
encuentra frente a la campana de Dolores.
Mientras piensa, ha tomado del piso una pequeña rama que utiliza para
rascar minúsculos canales en la tierra.
Es un joven barbón con lentes obscuros.
En su físico denota la buena alimentación. El perfil es de un hombre apuesto, nariz
recta, ojos hundidos, espalda ancha, corpulenta, en tanto que su cabello se
quiebra en rizos cortos y bien acomodados. Su vestir es un pantalón de
mezclilla, camisa blanca con diminutas rayas azules, un suéter color hueso con
pequeñas estrellas agrisadas en el tejido y el cuello cerrado en tono plomizo;
los calcetines son negros. Los encargados de seguridad del sitio se reúnen para
comentar la situación y dar los reportes; lucen un listón guinda en el brazo
izquierdo.
— ¿Todo bien, está
calmada la cosa?
—Que sabes de la
“chota”.
—No, no habrá represión,
pero uno nunca sabe.
—Compadre, ¿Qué dice la
licenciada y el maestro?
—No, no se preocupen, ya
es tarde, creo que la negociación se dará hasta mañana.
—Yo vi a un “colado”, se
me hace que es “judío”, o provocador, ustedes dicen.
— ¡Cual es, cual es! —
Pronuncian varios.
—Aquél echado allá,
nomás que disimúlenla no sea que se las huela.
—Ustedes
dicen si le calentamos el fundillo
— ¡Hijo de
su puta madre, yo si le parto su pinche hocico, déjenmelo a mi!
—Calma, calma, seguro
que es “colado” no vaya a ser pariente.
— ¡Javier, párate en los
botes de basura, cerca pero ya sabes como!
—Yo voy a hablarle a la
licenciada y al maestro a ver que resuelven.
—El de ayer se nos
escapó, pero este tiene la misma pinta y de que se sienta en el suelo ya parece
que nos va a engañar.
—Que dijo la licenciada
y el maestro.
—Que resolvamos pero con
cautela, dijeron que: “debemos proteger los intereses y el buen desarrollo de
nuestras peticiones”.
— ¡Aja!
—Y entonces.
—Yo ya saben yo lo que
opino.
— ¡Hijo de su chingada y
puta madre, déjenmelo yo le pongo en su puta y jodida madre! Ese cabrón, si se
ha de creer cabrón, hasta cree que nos va a ver la cara de pendejos.
— ¡Si es judío, seguro
que lo es!
—Échenle guante y súbanlo
a la camper de don Joaquín, tápense la cara y a él pónganle bozal. — Los
encargados amenazan al hombre.
—A caray, estos si
tienen la cara de malditos.
— ¡Párate de allí y
vente para acá!
—Que se les ofrece.
—Tú has caso y no te nos
pongas pendejo.
Los
individuos velados con pasamontañas conducen al tipo y lo suben a la camioneta
a empujones. Dos puñetazos en el estomago lo doblan. El dolor inicia y ovillado
en el piso de la camioneta prueba el calvario.
— ¡Conque un cabroncito
colado!
—Ya de una vez pártele
su madre.
—Hazle una de las que
ellos saben hacer.
—Si, el tehuacanazo o
los piquetes o lo otro…
— ¿Eres o no eres
cabroncito, cual era tu función en esta tarde, llevar el chisme de la
situación?
—Si, eres un judío, eres
hijo de tu puta madre.
—Si, ahora si hasta te
cagas del miedo verdá, verdá que te suda el fundillo, no que muy chingón.
—Este cabrón no traía
armas y hasta le falsificaron sus credenciales de elector y de la Universidad.
— ¡Somos más astutos que
ustedes cabrones porque nos las olemos
antes, puto!
— ¡Toma buey, toma esto
para que se te quite meterte en nuestro movimiento!— Al agredido le llueven los
golpes, se convulsiona y trata de escapar.
— ¡Quieto! ¡Quietecito
que de aquí no te escapas, eres mierda cabrón, eres una pinche mierda!
—Oye tú tráete una caca
de allí de los baños para embarrársela en su puta cara.
—Apestas hijo de la
chingada, si embárrasela, pero quítate el bozal para que le entre en el hocico.
—No por favor ya no, yo
no he hecho nada soy un ciudadano común, soy estudiante, vivo a unas calles de
aquí y me gusta pasear en el parque, sólo que me metí aquí por pura
equivocación sólo vine a pasear, como siempre —pronuncia desesperado
—Diles que no queremos
más orejas aquí adentro —dice el agresor—Recuérdaselos pero… Ya lárgate,
¡suéltenlo ya a ese hijo de su puta, acuérdate cabrón a la otra es peor, no queremos
orejas aquí…he judío!
—Si señor, no más…
El hombre,
tullido por los golpes vomita cerca de la banca y después llega a la fuente a
lavarse la cara. Se pierde en la ciudad. — ¡Maldita sea, yo sólo quería pasear,
como siempre!
LOS CANES DE ENFRENTE
Mi corazonada no había
sido tal cuando supe que no los encontraría más que en la perrera
municipal. Sin duda, pagaría una multa
por los canes de enfrente. A mi madre siempre le han gustado los perros, y por
supuesto que a mí también, siempre y cuando sean míos, porque los que son de la
calle les tengo desconfianza.
Cuando niño
mi madre nos compro una perra buldog. La perra era tierna, pero tenía una cara
de miedo, debo decir que por cara tenía arrugas y sobre las arrugas otras
tantas, sus cachetes colgaban más allá
de la cara, casi hasta el cuello y siempre descendía de su boca la gruesa baba chiclosa,
con los colmillos caldosos y la lengua sudada. Era una perra sensible cuando
era regañada por comerse las flores del jardín, mi madre salía después a
rogarle que la perdonara pero que no volviera hacer esas cosas, de lo contrario
la muy digna cachorra o no comía, o bien, no volvía a mirarle a los ojos y
ponerse contenta... La perra de ninguna manera movía la cola para demostrar sus
sentimientos porque no la tenía, se la habían operado cuando cachorro, lo mismo
que las orejas — aunque una le haya quedado gacha— tenía su porte de perro
maldito, el pavor que despertaba a los visitantes de la casa: hasta el
escalofrío y el sobresalto. Se llamaba la “Chirca”, en realidad no sé donde
salió el nombre; fue bautizada por mi hermana Trinidad. Recuerdo que le hicimos
un pastel con “galletas Marías” y budín de chocolate, el pastel nos lo comimos
nosotros, a la “Chirca” de bautizo le tocó una jarra de agua helada, pienso que
desde entonces le dio reuma y un poco de sarna en el lomo. La “Chirca” era una
perra juguetona. El amplio patio era su sitio de recreo, su casa, su espacio;
aún no tenía piso de cemento por lo que los agujeros rascados por la perra
resultaban muy comunes, eran micro cráteres cuyo aerolito enterrado venía
siendo un hueso o una torta dura. Mi madre se molestaba por los dichosos
cráteres que dejaba la perra, y aún más si estos se acercaban a los rosales,
casi sagrados, intocables, eran el tercer amor de su vida, pero siempre estaba
mi padre después de sus hijos y luego los rosales, en ese orden. Éramos tanto mi hermana Trinidad y yo los responsables
del cuidado del jardín y de la “Chirca”, ella de la perra y yo del jardín. Recuerdo que para poder cuidar el jardín de
mi madre, había ingeniado una especie de alarma para proteger los rosales. Pero
antes de narrar como era este artilugio debo señalar como estaba el patio. Pues
bien el patio corría a un costado de la casa de dos pisos y terminaba en la
parte posterior del hogar, en realidad eran dos patios: el patio de costado y
el traspatio donde se encontraban los tendederos y el lavadero, en el traspatio
siempre había todo tipo de objetos,
arrinconados en las diferentes regiones limitantes, en el patio de costado se
encontraba el jardín y al final de él estaba el portón de la calle. El jardín
estaba conformado no sólo por rosales sino también por plantas de ornato como
“el huele de noche”, “las margaritas”, “la pasionaria” y un árbol de higo entre
otras plantas de suelo, de suerte se encontraba hasta la “hierba buena”, “la
ruda” y “el epazote”; la manzanilla nacía por donde sea como si fuera maleza. El árbol de higo se encontraba en un sitio
aparte, en donde crecía libremente y a donde recurríamos a visitarlo para
arrancarle sus frutos suficientemente jugosos.
Por cierto, recuerdo el día en que me trepe al higo y por traer zapatos
de piso me accidenté con una saliente del tronco; aún tengo la cicatriz en el
tórax.
Mi madre
había colocado provisionalmente una cerca para impedir que la “Chirca” hiciera sus gracias dentro del jardín, pero
la perra siempre buscaba entrar, de cualquier manera traspasaba para
juguetear con las flores y masticarlas.
Había ingeniado en mi mente una especie de cerca eléctrica que funcionaría con
un acumulador y unos alambres pero la idea no era tan buena, la batería no
funcionaba, también pensé en electrificarla pero eso era demasiado peligroso.
Pensé en impregnar las flores con chile y otras substancias amargas pero aunque
ya no le gustaran las flores, seguiría haciendo agujeros en el jardín. Otro de
los impedimentos es que no tenía el dinero suficiente, así es que coloqué
varios alambres sensibles colocados al derredor de tal manera que protegiera
toda la zona y estos alambres terminaban en una alarma ruidosa compuesta por
botes y canicas; al sonar la alarma trozaría el hilo donde se sujetaba la
alarma y esta caería a una bolsa de aire que haría chiflar la flauta atada en
los extremos de salida de la bolsa. En
fin, al día siguiente amanecí desvelado porque toda la noche había hecho aire y
los botes sonaron sin parar y en cuanto a la bolsa de aire, la “Chirca” la había
masticado y había echado a perder la flauta que mi hermana ocupaba en la clase
de música en la escuela secundaria. Mi
padre hizo una cerca alta para proteger el jardín y se terminaron los
problemas.
A mi madre
siempre le han gustado los perros. Se entristeció mucho al despedirse de la
“Chirca”. La llevaría a la casa de mi tío Jorge para que cuidara su casa porque
a sus perros los habían envenenado. Seguramente porque querían entrar a
robar su casa y como su casa no es
segura. De vez en cuando veo, cuando visito a mi tío. La perra trata de mover
la cola pero no puede porque no la tiene, la operaron cuando cachorro. No
quedamos sin perra. La casa era segura porque existían los canes de enfrente,
los perros de la vecina.
El
vecindario era de clase media, estaba alejado por aproximadamente media docena
de cuadras del centro de la ciudad.
Siempre teníamos problemas del agua y algunas calles no estaban aún
pavimentadas. Los pandilleros “los tizas” tenían a resguardo las noches, de los
transeúntes extraños y tal vez alguno de la banda de “la bondojo” enemigos incansables de “los tizas”. La calle donde se ubicaba la casa tal
pareciera que daba hasta las faldas de la montaña la Malinche, pero no, esa era
su dirección; la calle terminaba al tope con la carpintería “el Roble” los
dueños le habían vendido a mi papá los palos para la cerca del jardín. Son unos güeros, me han dicho que son de
Chihuahua. A mi me caen gordos esos
tipos porque se creen más que los demás.
En la calle
eran un problema los perros de enfrente, es decir, los canes del vecino. Sus
características: indómitos y violentos. Eran bestias guardianas de la casa de
enfrente, tomaban en serio su papel, ellos cuidaban de más el acercamiento de
personas por la calle. Eran tres chuchos escandalizando las veinticuatro horas.
Dos eran grandes; uno con pinta de galgo y otro con cabeza de mástin y cuerpo
de perro policía; el otro era uno de esos lanudos miniaturizados. Este último
era el vocinglero y alborotador de los otros dos. La vecina dueña de los
perros, en su totalidad era una mujer fea y escandalosa, supongo que en su
juventud tuvo algo de aquello que se llama belleza pero después no más, se
pintaba el cabello de negro para que no vieran las canas — que supongo yo —
eran aproximadamente el cincuenta por ciento de la totalidad del cabello, vivía
sola con sus animales; porque no sólo tenía perros sino también gatos y tal vez
— nunca entré a su casa — algunos pájaros. Era una mujer anclada en la época de
finales de los sesentas. Su carácter era
inusual porque con los animales tendía a ser platicadora y enojona pero con las
personas prefería la cerrazón y la introversión. Algo sucia. Desde la ventana
de la cocina vaciaba los desperdicios al patio, la tierra permanecía sucia,
lambida, grasienta; aparte de la suciedad que dejaban los perros. La vecina
cuando salía a comprar a la tienda de la esquina, los perros la seguían con una
algarabía tal que el escándalo se escuchaba a cincuenta metros a la redonda, a
demás, no faltaba el día en que las perras de otros sitios se ponían en celo y
los perros domiciliados en frente invitaban a aullar y gruñir a la jauría
durante toda la temporada.
Las
corretizas de los perros hacia los transeúntes no se hacían esperar, durante el
día ocurrían aproximadamente cada tres horas. Por la noche se multiplicaba la
cifra por dos con una matemática extraordinariamente exacta: el lechero, el
panadero, los empleados de la carpintería, la tía de Javier, los ingenuos que
se atrevían a pasar por la vía etc. Ocurrió el día que la vecina vino a pedir
ayuda. Ella iría a visitar un pariente enfermo a la ciudad de Culiacán, allá en
Sinaloa, los animales pequeños —como los gatos y las jaulas de pájaros — los
había dejado con una amiga que vivía en una Infonavit, pero los perros no, así
que, pedía encarecidamente a mi mamá — como sabía que a ella le gustaban los
perros — que se encargara de ellos mientras duraba su ausencia. Mi madre aceptó
ayudarle como buena samaritana, después de todo, quien terminó haciendo el
servicio fui yo. En mi caso no había peligro al darles de comer porque hacía lo
mismo que la vecina, arrojarles la comida desde la ventana, pero desde el
ventanal de la sala de mi casa, no por sucio sino por pura precaución.
No falto en
esos días el transeúnte mordido por uno de los perros. Y este se quejó ante
salubridad. La dependencia encargada
mandó a la perrera municipal e hizo recogida de los animales. Cuando llegué de
la escuela, mi corazonada no había sido tal cuando supe que no los encontraría
más que en la perrera municipal, sin
duda pagaría una multa por los canes de enfrente. Mi madre me mandó a pagar la
multa. A regañadientes y de muy mala gana accedí a recogerlos. Me había
comentado mi amigo Mario que después de cierto lapso de tiempo si no reclaman a
los animales, estos son sacrificados y la carne la venden a buen precio al
zoológico del Lago del niño y también al de Africam Safari según dice, eso es
buen negocio porque la carne de mulo
cuesta más cara, al fin de cuentas es carne y los animales carnívoros no sienten
ni pena ni diferencia. Cuando recorrí las jaulas para identificarlos y no
encontrarlos pensé lo peor. El estremecimiento se posesionó de mi cara, el
temblor del pensamiento me llegó hasta los tobillos, el corazón lo sentía en el
gaznate.
Cuando llegué
decepcionado a la colonia y mi corazonada era no encontrarlos más; di vuelta a
la calle y allí estaban, tumbados al sol, durmiendo la siesta de la tarde, en
el total desahogo de una real vida de perros.