Víctor sentado, no hace nada.
Los colores se desperdigaban en una
abyección absorta, constante, y esta era chupada por sus propia naturaleza
continuamente; La concordancia entre el espacio y el desbaratamiento de la entidad era compacta. Cuerpo de áureos
contrastes untuosos y explosivos. La
entidad se desmembraba en colores y luego se diseminaba por el sitio, era un
jugueteo endiablado, psicodélico, la pirotecnia
de un festejo de la Independencia. Eran mendrugos de luz
contorsionándose en un desproporcionado movimiento. La ingrávida presencia se
aposentaba en el sitio, era su ambiente y dueño del contexto donde se
representaba, su residir allí se instituía ante las demás cosas de un modo
ensamblado, su acoplamiento en la existencia y en el entorno moraba en la
aceptable percepción. ¡Vaya energética salpicadura
de su identidad! Va aquí y allá cabalgando como una compacta nube de caspa
diamantina, y luego se desperdiga barnizándose tanto en los cuerpos animados e
inanimados, en los materiales duros y blandos, transparentes y opacos así como
en torno a sí mismo haciéndose y
tragándose en un embudo acaracolado, en un erizo astral, o parecido a un pulpo
ciclónico de alguna luna de Neptuno. Apoteosis
de esta entidad que apenas se conoce y que sin embargo en algo es
semejante a aquella forma que tenían los griegos llamada Quimera pero que dista
mucho de ser la misma. Ante esta cosa el lenguaje comete tropezones al no saber
su género, al no contar con el preciso adjetivo o verbos que describan una
acción por demás extraña ante los ojos humanos. Intrínsecamente cada acción del
hábitat la contiene, entonces, ¿Cómo
describir un ente que ello mismo es verbo?
La
ostentosidad imaginativa de la decoración de la estancia me emocionaba a tal
grado que los ojos se ponían cuadrados y voluminosos. Allí los nopales reguilete,
atrás brincando los peces que salen del suelo, en todos lados las cosas que con
la presencia caen. Acullá era un hombre que se comía su sombra y de eso se
alimentaba. Allende, Una reata de adobe hecha realidad. Y más por quien sabe
donde, como: el elástico que corría como si fuera un coyote, su color de cuervo
se desprendía como ojiva de mosquete; las destornilladas marejadas en el cielo
que temblaban nomás del miedo de verme; el olor azulado de la menta que se
descolgaba desde los altos muros de los globos estacionarios y, venía a
robustecer la llama dominante de una aura andrajosa que campeaba cerca de las
neuronas; la fastuosidad de mi socarrona mirada que mentaba la madre a los
transeúntes y a los jefes de tribus ingobernables. Toda esta suntuosa descripción
se encontraba también pegada como una leyenda muy pedagógica en una pancarta de
obreros en marcha del primero de Mayo, en la esquina superior izquierda del
horizonte. Además, los patos revoloteaban en la enredadera, estaban asidos a
una red canela, la malla dejaba pasar sus pescuezos, andaban metiendo una y
otra vez en la boca su lengua velluda; y abajo, las palomas circulando delante
de nuestros pasos, como una ola plácida de pantano, ola que así prefería, sin provocaciones, porque si al
caso había ¡Las malditas dejarían caer sus corucos como maná en tiempos bíblicos! Y eso no era todo.
La neblina se hacía gel tan pronto como bajaba la temperatura y luego se
escurría como baba chiclosa y hacía que los peces ya no brincaran del suelo
sino que se desplazaran por esa gelatina uniforme, y que encontrara yo cierta
tibieza en sus escamas; era entonces cuando comenzaban a crecer una especie de
espárragos que despachaban desde su adentro unas oraciones del antiguo
testamento y cabrilleando andaba el elástico como burro sin mecate. Había un
adherido estornudo en los muros violetas que
hacían decolorarlos; mientras que las bocinas, con un pequeño foquillo
verde inquietaban a un cloqueo para salir marchando. Por cenagales hediondos andaban un par de
caimanes ciegos que se prestaban un par de ojos mutuamente; largas patas de
araña circulaban por su nuca y cuello. La coincidencia estaba en que mientras
la entidad se posesionaba del entorno, los objetos se alimentaban de su aura
chispeante, era como si la totalidad estuviera embotellada, contenida en sí
misma o se compenetrara todo con todo, proliferando en ello los roces y los
ajustes en las acciones y en las quietudes. Me
parecía que todo tendería a convulsionar, que yo mismo y mis neuronas se
coagularían para formar a un demente o a un individuo comatoso porque la
comprensión de esa realidad tendía más allá de una metafísica lógica o de una
verdad coincidente con las leyes de la física elemental aprobada por nuestra razón.
La inquietud
imaginativa quedaba superada en una realidad absorbente, el manto de mis
sentidos aseguraba que estaba despierto, vivo, testigo de la entidad, de las
cosas y de mí mismo. Pero... Vulcano era
quien hacía espesar los eructos del volcán. La lava corría como
miados de él. Ya habíamos terminado de desayunar, yo me preparaba un pan
tostado con mantequilla cuando llegó el temblor montado en patineta, su desliz
hizo que se me fuera el angelito; ruinmente, detuve su desequilibrio con una
zancadilla y fue a dar abajo del refrigerador. Poco a poco las cosas fueron
aplacándose de la furibunda excitación y regresó todo a la normalidad, no pasó
gran cosa más que caerse dos edificios y
una estatua que de por sí lo iban a tumbar.
Entrar en un
burdel, tomar alcohol del más escamoso y abestiarse esa es la aventura, ella
era la que me señoreaba con un sincope de indómitos regalos. La apoteosis
prometida llegaba a desenvainar una rapsodia autóctona, pero los balidos que
simultáneamente se percibían eran de las acompañantes que ceñían sus caderas
con un hilo de alhajas y bisutería. El latido llegaba al cerebro con un
cargamento de alcohol y se acumulaba en
los términos de las raicesillas neuronales, donde hacen enlace, y en ese colchón de
alcohol me ampliaba como un globo
inflado con soplete ¡Ah que hermosa vacación! Nada cuesta mostrar segmentos
fotográficos, dormir los sentidos y despertar a la bestia con sus gritos y
fornicaciones salvajes. Y la bóveda del
burdel son pantallas e iluminación inalámbrica
que sube y baja prende y acciona a complacencia de la computadora y según el calor del ambiente. Sagitario estaba
bailando en un templete circular y
suspendido a una altura de siete metros, su aureola resplandecía cada que el
discjockey hacía sus cambios casi imperceptibles. La luna participaba desde la
salida hacia el bosque de los enamorados con un plenilunio, pero que era parte
del decorado pues era un globo con
iluminación interna, este globo era sostenido por unas nubes de gas pesado.
Ningún pájaro ni avión pasaba por allí, ese tipo de cosas no existen, son
invenciones de chamacos ¡Pura fantasía! Todo alcohol me aburre, mejor dentro de
mí me duermo.
La recamara de Víctor es
sencilla, como la que podría tener un adolescente de la clase media. La puerta
no tiene seguro, además que ni falta que le hace, ni modo de que quisiera
escaparse o encerrarse. Más encerrado no podría estar. Su madre Doña Margarita
ha puesto unas cortinas floreadas de color azul con rosas salmón, tiene para él
una litera, -la de abajo- y juguetes que le quedan de cuando niño. A mano
izquierda una mecedora que Víctor no utiliza como mecedora sino sólo para estar
sentado. Víctor no tiene amigos. No hay modo de que se pueda comunicar con
ellos, él es autista. La única conexión con el mundo es su madre. Todos los demás
seres humanos que le rodean existen sólo como objetos lejanos, que están
separados de él por un como vidrio de doce pulgadas. Una enormidad de cosas no
tienen existencia. Hay ropa de su hermano tirada, son prendas sucias: calcetas
del fut-bol, pantalón de vestir, cachucha roja con “NY” en la parte central. Y
otros objetos como la envoltura de chicle entre la cama y el buró, el pedazo de
papel de baño encima de los libros de la escuela que están sobre la mesita de
trabajo y... polvo, polvo en los muebles y bajo la litera. Víctor va a las
terapias los días: lunes, miércoles y viernes de cuatro a seis de la tarde. El
DIF es una institución que cuenta con especialistas para diferentes problemas:
niños autistas, síndrome down, problemas de aprendizaje, chiquillos
maltratados, jovencitos con problemas de conducta, jovencitas violadas y
embarazadas entre otras complicaciones. Víctor se ha aprendido una
recitación-presentación para ayudar a poder congeniar con otros compañeros que
tienen el mismo problema. Su mamá se siente muy orgullosa. De lo que pasa en su
mente nadie lo imagina:
La traslucidez se atiborraba de espejismos ignotos, manchas
en descampo, sombras revoloteando y hendidas en los claroscuros, negruras
hipotecadas en quicios y esquinas imaginadas; y el deslustrado de los objetos
hacía mostrar bodegones como tabernas de poca monta o tugurios de quinto patio;
el enervante de dicho espacio lo era el parpadeo de un neón o la muerte
advertida de un balastro, el tartamudeo luminoso daba un cumplido sollozante a
las persianas tiznadas de zinc. La época hacía sus respectivos pliegues, como
pendones colgaban las acciones simultaneas. La elasticidad era una propiedad
que se adaptaba indisolublemente a la materia y el doblez se elaboraba sobre
una doblez antecedente, era el pliegue sobre el pliegue por donde la luz perdía
potencia y era tragada; y los hay que son pliegues arremolinados como un embudo
para transformarse en pliegues complejos. El tiempo como un entablado de
costura, pero no ha de pensarse que
precisamente por imaginarse de ese modo, no podría tener astillas, rugosidades
o asperezas, por el contrario tenía astillas rugosidades y asperezas. El tiempo es el norte que dicen los abuelos,
aquel que ahora se encuentra en el rocío que lucen los herbazales. Con la cara
semidormida hago malojear mi par de manos por sobre el horizonte, a la altura
de los cerros blanquizcos, el alimonado colorido cercano me hizo recordar las
pastillas refrescantes en la bolsa de la chamarra. Era apremiante la mirada
hacia ese pequeño elemento del tiempo: puñado de puntos cardinales... Como un
azote, la humanidad había pisoteado por todo ese sendero de la temporalidad, lo
imaginario. ¡Tuve la obstinación calcificada de lucideces! El ostracismo de mi
academia no quería compaginar con mi oseoso daño cognitivo. Me imagino como una
revolvedora desinflada que al mismo tiempo que mezcla los elementos con el
cemento, también se vacía junto con todo... Estoy frente al busto del héroe,
noto su inmovilidad, la rigidez de sus facciones, la pobreza de su
vitalidad, la única vitalidad que en
ella resulta es allí en la cara, frente a la nariz le cuelga una tela de araña
como moco permanente, el viento hace vibrar
esas insignificantes cuerdas, y el moco sube y baja, es la araña en su
hábitat. Un audaz enturbamiento en los pensamientos hizo un cortejo a los
sentidos hibernados.
Lapsus linguae
Era extraño ver aquellos aposentos
para quienes habían vivido dentro de una moral de fines del siglo XX y la tina
de hidromasaje en un sitio prioritario de la casa o sea a un lado de la sala;
donde los invitados podían sentarse perfectamente cómodos en el agua o bien
hacerlo desde los sillones empotrados como nichos. En el desnivel de la morada
se encontraba, del otro lado del cristal, un monolito de tamaño regular; esta
escultura se parecía al dios Tlaloc: deidad del agua, pero, no puedo estar
seguro, podría ser simplemente otra cosa. Era
una mansión que en sus lujos repartidos por toda ella, nos hacía
comprender que el superávit económico se había posesionado de sus habitantes. A
los dueños de la casa les maromeaban las comodidades en todo perímetro y su
prosperidad rezaba en el futuro una bienaventuranza.
Las
curvaturas de los muros cercanos al jardín trasero llevaban la sinuosidad de
los troncos viejos de un eucalipto y la caprichosidad curvilínea de un ocote al
pie de algún precipicio, dichas curvas nacían por entre los muros más rectos y
cortantes y por una transformación quimérica de la materia hasta llegar a
camuflagearse con los troncos y las ramas; que de tal modo quedaba la
decoración de jardines y la arquitectura realmente armonizadas. El minimalismo
había dejado onda huella hasta los días
que nombro. La auriferidad de algunas esquinas de las piezas contiguas hacían
llamado como pavos reales habilidosos, era por demás banal decir que la
residencia era lujosa. Del lado por donde se encontraba la gran mesa de mármol,
por encima del pasto, hacia el frente, se veía algo que para mí parecía un enorme ayocote, y por esa perspectiva
la interpretación para todos era la misma, pero cuando se daba un ligero paseo
por los jardines y viniendo de regreso se transformaba este enorme fríjol en
una escultura prodigiosa de ángulos flácidos, formas geométricas, eufóricas y
texturas distintas; por la noche, dicha pieza era el centro de atención tanto
para invitados como para las luces multicolores y sonidos apacibles y en veces
contradictorios, pero no por eso de mal gusto; las formas distintas obedecían a
un plástico hinchado con un gel inteligente que obedecía a un programa
informático y siempre cambiante.
Negros y
profundos en la altura, como gérmenes mohosos de la niebla, los cuervos
revoloteaban en la inmensidad anunciando posiblemente una noche de carbón,
carente de luna. A la residencia se le van poco a poco apacentando las sombras,
las somnolencias y las opacidades. Ningún gato de barriada hace circo ni
presencia, en otros lados existen, aquí no. Tampoco se encontraban presentes
los aromas típicos de una fábrica de papel, o de un mercado o de la brisa del mar. La zona residencial se
extendía por terrenos semiboscosos y por
avenidas serpenteantes que se unían con arterias más cardinales de la ciudad y
hasta con autopistas rápidas del país. La metrópoli donde se ubicaba nuestra
narración era de un número regular de habitantes. Se puede decir que era una
capital media y en expansión económica. México significaba un elemento de
importancia para el mundo, en cambio para los moradores de la residencia,
México significaba, sí, el terruño, pero era también el ancla que exigía pocos
movimientos en tanto ser una entidad de contrastes y sube y bajas persistentes.
Nuestros protagonistas sí contribuían al engrandecimiento de la nación, eran
participantes activos de la economía local. Su empresa lo era una cadena de
farmacias en la ciudad y pronto estarían haciendo ofertas de productos
farmacéuticos por Internet y entregas a domicilio.
Ella era una
mujer dinámica de cadera amplia y de cabello largo y negro. Tenía una presencia
distinguida, sabía ser buena anfitriona. Cuando llegó él, se escuchaba por los
altavoces disimulados en el mueble principal un disco de Tchaikousky.
—Despertaste
temprano.
—Casi
a la misma hora, me quedé tarde a checar algunas cosas que tenía pendientes— Él
se asoma al tocador de la recamara y observa sin interés la revista
“Vanidades”, frente hay toda una
miscelánea de objetos de belleza, cremas, lociones y artículos de aseo; además
de mascarillas, joyería fina y
substancias para el cuidado de la piel de reconocida marca —pero dormí bien,
quiero darme un baño—de lejos se escucha la voz de la sirvienta que grita:
—Señora,
le preparo de una vez el desayuno— su timbre ladino y chillante hace muecas entre los lujos de la casa, es
una mujer muy trabajadora pero muy coqueta, esa muchacha se entretenía por lo
regular en los mismos menesteres que Afrodita.
—No, primero me voy a
dar un baño, pero si quieres hazlo y cuando baje, lo calientas en el horno—
aja.
—Ya pensaste en lo que
te dije ¡No me vayas a decir que aún no tienes la respuesta!, siempre me das
largas— dice él en tanto que se sienta en el taburete y toma un perfume, el
frasco tiene el titulo de Elizabeth Harden, lo pasa por la nariz y sus aletas
se hinchan de su esencia. — ¡Por favor corazón cásate conmigo!
— ¡Ya Fernando, no
empieces, es muy temprano para empezar a pelear! Déjame tranquila, quiero
empezar la mañana contenta. ¡Y ya no me presiones tanto! Y por favor... que voy
a bañarme. —Toma algunas cosas que están listas sobre la cama y se dirige al
baño.
Fernando se queda
rozando la muñeca izquierda, haciendo que se impregne el perfume que se ha
puesto. Observa como se cierra la puerta del baño y allí deja la mirada; para
sí mismo hace una mueca de desilusión. Se levanta y se dirige a la cocina.
—Ya saben lo que tienen
que hacer, utilicen la intuición para dar con lo más valioso, y por favor
empleen los conocimientos y la experiencia que tienen y tu Pancho controla tus
ímpetus, y por favor ¡No hagan pendejadas! Rápido y bien, rápido y bien...
órale chavos, rápido y bien, rápido y bien. — El jefe de la banda truena los
dedos en señal de celeridad, el sonido se ahoga por todo el tapizado de la
vagoneta. Antonio, el jefe de la banda observa por el espejo retrovisor cómo va
Javier acercándose. Frente al jefe, en la guantera, están los binoculares, es
la herramienta que ha utilizado durante los últimos días. —Jefe, ya es hora, el
drenaje huele a shampoo y la sirvienta está en la cocina, los demás empleados
llegan en una hora y cuarto—dice Javier al mismo tiempo que abre la puerta y se
sube al auto.
—Bueno pues... órale cabos, rápido y
bien, rápido y bien.—Mientras la banda penetraba la casa, en la mente de
Antonio espolvoreaba ese pasquín de Fantómas tan ensoñado en su niñez, el héroe
del Zorro era otro pero no representaba una identificación plena, el personaje
de Fantómas le gustaba por su disciplina, por el buen gusto, por verse como un
hombre conocedor, inteligente, guerrero
y templado; bueno, habría que señalar también su sino con las mujeres,
era el espíritu de conquistador quien lo acompañaba a todas partes, y Antonio
quería ser igual, quería ser una copia, o una viva representación de ese héroe.
En la vida real había cosas que no cuadraban, como ser un protagonista que se
las arreglaba solo, que no tenía compinches. Por eso Antonio sí contaba con
unos y eran los mejores, con varios años de carrera, sin antecedentes penales y
con un currículo como para pertenecer a una empresa de guardaespaldas o alguna élite de ninjas orientales. Utilizaban
armas no letales pero sí muy efectivas.
Perros no
hay, la alarma está desconectada, la puerta de servicio junto a la cocina está
abierta, la sirvienta ha estado trabajando desde las seis y media. Han
desconectado el teléfono. Llevan guantes...
Ella se
baña, levanta tanto la cara como los brazos
para dejar que el agua escurra en
la mata de cabello, cierra los ojos para dejar sentir el placentero chorro
tibio. El baño esta lleno de vapor, por fuera, tras el cancel de la bañera se
observan los muebles lujosos, el recubrimiento vidrioso en pisos y muros en
tonos salmón, guinda y rosa y con el tema de globos de jabón y espuma. Hay una
jardinera con plantas de interior a un costado de la tina de hidromasaje y
sobre esta un plafón transparente en el techo. De lado izquierdo, frente a la tina
está el guardarropa, de lado zurdo se encuentra el closet la zapatera y una
sección de anaqueles donde está la colección de bolsos de mano guardados en
bolsas plásticas, de lado derecho se encuentra: Al centro la puerta que
comunica a la habitación, toda ella es un espejo; en un costado está otro
tocador que podría asemejarse al que usan las estrellas en los camerinos de
teatro lujoso, en el otro extremo está la cajonera donde se guardan: medias,
pañoletas, ropa interior, camisetas, cintos, bisutería y demás accesorios; así
como artefactos de belleza y artilugios para adelgazar y simulado con dos
cajones está la caja fuerte, la alfombra es de un tono canela.
La sirvienta
trabaja en la cocina, Fernando entra y la busca, cuando ella abre la puerta del
refrigerador la toma de la cintura. —
¡Ora! No espante, OH... espérese que tengo prisa en hacerle el desayuno a la
seño— sus manos hurgan dentro, todos los recipientes están fríos como si
estuvieran detenidos en el tiempo, son alimentos invernados, pero prestos para
la calentada, dispuestos para ser comidos, degustados, se podría pensar que de
igual modo la sirvienta, tal vez en ello había cierta empatía, confesión
callada, era la comprensión de sí misma en los medios de trabajo, en las
materias primas de la cocina. Él está subiendo sus manos hacia los pechos, los
toca cuando siente un jalón y una llave al cuello que lo lleva al suelo— ¡Pero...
que es esto... de que se tratm... mmmm... mmm!— La sirvienta cuando voltea
simplemente se desmaya, les ponen a ambos cinta en la boca y bolsas de tela
negra en la cara, las manos quedan atadas a la espalda. Los rateros no
pronuncian palabra, como si fueran unos mudos de nacimiento se comunican con
señales, pancho termina de amarrar, cierra el refrigerador y husmea en la
alacena, no hay nada valioso más que un sitio que parece cava, desliza la
puerta, se encuentra con una chapa y sin ninguna complicación bota el seguro,
observa las fechas de las botellas y escoge dos que son las más longevas. Antonio se dirige al piso superior, a la
habitación principal, el otro se ha dirigido al despacho, cuando entra ya tiene
preparado un desarmador eléctrico, quita los tornillos que sujetan las tapas,
la abre. Sigue trabajando y desconecta el disco duro y el DVD, los sustrae de
la carcasa, luego va con la tarjeta principal, obtiene lo más importante y
guarda el desarmador, saca la navaja y lo desliza entre el escritorio y el
cajón, una pequeña palanca y el cajón cede, hay dinero en efectivo (seguramente
es “la caja chica”) una agenda con números de cuenta y contraseñas, las llaves
del par de autos están allí. Guarda en su maleta todo eso y sigue buscando.
Bajo la ventana que mira al patio hay un plafón falso, lo desliza y allí está
la tarjeta madre que gobierna tanto a la escultura del patio y la iluminación
como otros elementos y programas de la casa. Se dirige a la sala de estar y
allí está la televisión; es de las que tienen la tecnología más avanzada, como
es de pantalla plana parece un cuadro más, desconecta, desmonta el equipo así como
los complementos de sonido; hay un artilugio interesante que llama su atención,
su precio calculado llega fácil a la tabula propuesta por Antonio, por lo demás
o es muy voluminoso o no alcanza a ser más que otro bibelot más de la alcurnia.
Antonio entra a la habitación, sabe que lo más
acertado es actuar sin que la víctima lo note, él tiene el lema: “actuar sin
un roce y como un fantasma.” Llega
directamente al tocador y husmea los cajones, saca un estuche aderezado con
orfebrería mudéjar. La observa. Valúa y levanta la tapa con cuidado para no ser
sorprendido por una caja musical o un payaso saltarín. Dentro de ella están las
joyas más usadas: dos relojes, esclavas, cadenas y anillos, todo de oro y de
muy buena hechura. Deposita toda la caja
en su mochila. Recorre la habitación con la mirada y no descubre nada
interesante. Entra al vestidor, y atisba como todo un profesional el sitio
obvio para una caja fuerte, le da una mirada al cuadro del fondo, pasa sus
manos por él y sólo es un cuadro en el
fondo, soba los cajones y da con los simulados. Busca la combinación por allí,
sabe que se guarda en algún sitio cercano, por si acaso falla la memoria, hala
del botón dorado y allí está la caja, hace un chasquido. Se dirige al baño. Se
está terminando de bañar, sobre su cuerpo sigue escurriendo el agua. Al pasar
Antonio por el tocador —que se asemeja al que usan las estrellas en los
camerinos de teatro lujoso—, observa una foto ¡Y en ella está él con su novia
de hace muchos años! A la agitación cardiaca debido al peligro, a la adrenalina
irrigada en el torrente se suma un estremecimiento más, es a la conmoción
debido al encuentro de un amor jamás olvidado, al choque sentimental de volver
a encontrarse con ella.
— ¡Verónica!— la voz se escucha por toda la habitación, entra al baño y
se posa intempestivamente en la bañista que sin esperar esa voz, hace
ofuscaciones en la mente, los recuerdos saltan, los sentimientos se acumulan y
hacen agitar el corazón de inmediato, ella duda un momento pero luego dice al
tanto que cierra las llaves — ¿Tony?... eres tú ¿Tony?...—observa hacia la
ventana y distingue algunos rayos de luz que se desvían del plafón del techo.
Ella como muchas veces, busca un espejismo, cosa de su imaginación, busca que
aquella voz sea una utopía del aire o de la propia mente. El vapor forma un
celaje que eclipsa las claridades, aún así, nota como se va aproximando entre
la nube y los muebles de la casa el amor de su vida. Toma la toalla y se medio
tapa, él tiene ya en la mano el pasamontañas y se dispone a quitarse el segundo
guante mientras dice —Cariño, tanto tiempo buscándote y al fin te encuentro —Se
queda asombrada —¿Eres tú? ¡Y yo pensé que te habías morto!—A Antonio no
le importa el lapsus linguae, lo que le
interesa es estrecharla entre sus brazos, besar su boca como tantas veces,
percibir el aroma de su cuerpo. No separarse jamás.
El par de sujetos que
han trabajado en la parte baja, han
salido, no sin antes pasar por el vivero y llevarse cinco costosas orquídeas, y
por un sistema de navegación y audio de uno de los autos. Esperan al jefe. En
unos momentos Javier encenderá el motor. Todo ha salido “en blanco” y no han
tenido ningún contratiempo. En tanto en la cocina Fernando ya está buscando la
manera de desatarse. La sirvienta sigue desmayada. En la cafetera terminó de calentarse el café.
—Tenemos mucho que
hablar... pero mira como estoy ¡Dios, mira nomás! Ni siquiera estoy peinada.
—Creo que no has
entendido a lo que vine y como entre a tu casa, encontrarte fue una casualidad,
hubiera sido mejor encontrarte en un supermercado o en una calle cualquiera...
Te quiero Vero... tú lo sabes... mmm. mmm... A lo que vine a tu casa fue a
robar, esa es mi profesión. Yo sé que esto no está bien, que hay otras cosas
pss... no es una vida que tú puedas desear, tu vives bien, te quiero, pero
conmigo serías muy infeliz, sigue tu existencia y yo seguiré la mía, no te
olvidaré, te lo aseguro, eres el amor de mi vida...
—Pero... Tony no es
necesario... podemos hablar... por favor no te vayas, platiquemos...
—Nos vemos, realmente
esto es muy triste, y me duele mucho por el enorme amor que te tengo pero. No...
—el hombre se aparta y sale de la
habitación
—Tony no espera... —
ella tiene la toalla amarrada al cuerpo, en sus ojos inicia una humedad salina
que hace opacar la mirada, se pone rápidamente las sandalias, busca la bata
tratando de darle alcance. Antonio ya no está.
Quien se encuentra cruzando el vestíbulo es Fernando. Sube las escaleras
rápidamente quitándose la cinta de la boca.
—Verónica estás bien, no
te hicieron nada esos malditos, hijos de su &%$, Ven, ya no llores,
Hablaremos con la policía, voy por el teléfono, ¡Haré que se pudran en la
cárcel esos cabrones!
— ¡Cállate ya cállate,
siempre quieres hacer las cosas sin mi consentimiento y ordenas y quieres
ordenar todo, ya basta, basta!
—No, pero... hay que
hablar a la policía... mientras más rápido mejor, pronto estarán en la cárcel
esos idiotas. Amor... Ya cálmate.
— ¡Cállate! Tú no
entiendes nada— Ella con lágrimas, se dirige a su recámara, se pone un pans,
una sudadera, una gorra, entra al baño: es el
pasamontañas, lo levanta, sigue al vestidor, allí está la mochila que ha
olvidado Antonio, abre la caja fuerte, saca lo valioso y lo vacía en la bolsa,
y sale corriendo a alcanzar al amor de su vida, se trepa a la camioneta e
inventa una nueva vida. La sirvienta en el piso, medio atarantada, se recompone
de la sorpresa, a lo lejos escucha que alguien habla a la policía.