EL TEMASCAL
—Sabes bien que no iré
—Decía Dalia- ¡No iré, no iré!—mientras caminaba con paso firme hacia abajo por
el sendero serpentino en tanto que Carmelo continuaba sentado en la piedra alta
de atar.
—Las piedras ya están al
punto ¡Qué te cuesta! —Decía casi gritando—A lo lejos miraba la grácil
configuración que se perdía al voltear la vereda. La estela de perfume a jazmín
de Dalia se envolvía en el camino hasta el recodo.
Se quedó
pensativo como queriendo volver a anudar la reciente plática. Chupaba en sus
labios un tallo de trigo silvestre, lo masticaba entre los dientes de manera
inconsciente. Su pantalón oliendo a chivo, se confundía entre el demás hedor a
ganado que le envolvía. De un fuetazo despabiló al ganado para dirigirlo a la
lagunilla; bebieron hasta el hartazgo. Carmelo seguía recordando que la
invitación a la bañada en el temascal había sido un fracaso; tal vez ella
pensaba en los temores de la primera vez. El noviazgo, la relación amorosa de
apenas unos meses tenía que cruzar el puente de la reconciliación o terminar.
Un enmierdadero quedó en la rivera, cerca del agua, se sumó al incontable
excremento depositado en tierra, copioso, nutrido de moscas, esparcido de
manera potente por las bestias domésticas.
Carmelo
miraba la borrasca, el chubasco se acercaba. El perro mordía las patas, era un
ser viviente con colección de parásitos: garrapatas, piojos, moscas, lombrices,
sarna.
—Pinche suerte, yo que
me la quería coger allí en el temascal. Alisté la toallita, el jabón, mucha
leña; tengo que convencerla... lo primero será volver a reconciliarme. La voy a
llevar a Puebla a ver los aparadores, con eso se contenta. La Dalia tiene que
ser mía; ésta sí es rejega porque lo que es la Verenice, donde sea: en los
campos de labor, aquí en la lagunilla, en el panteón o las veces cuando me
tocaba picar las campanas en domingo, nomás nos mecíamos colgados en la soga y
la campana suena y suena. Lo malo es que la Verenice ya se casó y se fue a
Puebla. A Dalia la tengo metida en la cabeza, se me hace que un día de estos le
atajo el paso en el sendero, por allá por la piedra alta de atar y me la robo.
Sí, son muchas mis ganas, sueño a diario con tenerla todas las noches y que me
atienda, recibir su calorcito. Tiene una cara bonita, como de virgen, pechos
pequeños, levantados y con pico como la montaña, nada más que de a par. Me la
imagino encuerada sirviéndome la sopa, con sus pezones duros y al aire, los
pies desnudos sobre el piso de cemento color mosca.
Las nubes se
hacían nudo, como un gran tumor de gas negro. Los chicotazos de Carmelo eran
recibidos por los animales más perezosos. Sabía que no llegaría hasta el
establo, así que los dirigió hasta el tejabán, cerca del temascal.
Tuvo frío,
advertía que en el temascal hacía calor; dejó el sombrero y el cotón en la
entrada. La cueva caliente estaba seca. La oscuridad envolvía toda posibilidad
de observación. Tomó la toalla que se encontraba encima del banco y la puso en
el piso. Se recostó. Dalia lo había esperado por varias horas. Se acercó, puso
la mano en el pecho en tanto que su boca cerraba la oportunidad a cualquier
palabra.
Carmelo
acomodó su mente al sabor de la boca que lo besaba, recordando el olor de esa
piel tan cerca y lisa.
—Carmelo, tómame...
mm... mm... necesito que me quieras —Él trató de inventar una sonrisa de
satisfacción; pero no le salió. La oscuridad se lo impedía.
LA QUINCEAÑERA
La ciudad se encuentra
en éxtasis de aburrimiento permanente, las sombras de la tarde poco a poco se
comen los rayos de luz que se ven filtrados en los parabrisas de los carros.
El cantinero
limpia la barra, con un trapo seca el área de trabajo donde ha servido el par
de cubas para Rafael y Carlos. Un reloj descompuesto de fayuca adorna las
paredes de la cantina “El jinete Negro”. Oscar entra y se encuentra a sus
amigos.
—Cómo están —Saludando
de mano, continúa la conversación con los
ebrios, en cuanto a la música, el compacto de Pedro Infante compone la
alegría.
—Vengo a invitarlos a
unos quince años a la Trinidad Tenanyecac ¿Podrán ir?
—Nosotros vamos al mismo
infierno... si es que hay copas—contesta Rafael con voz entrecortada y lengua
torpe, en tanto que Carlos empina el codo bebiéndose la cuba.
— ¡Cantinero! Sírvale
una cuba a mi amigo Oscar —Dice Carlos secándose la boca con el brazo. Mientras
el cantinero trabaja Oscar comenta a sus amigos:
—Desde que estoy en las
filas de los desempleados, nomás pienso en mi familia. De los precios estoy
hasta el copete y mis deudas crecen y crecen. Lo que queda es olvidar por un
rato todo este rollo en las fiestas. ¡Salud!
—Oscar, te preocupas
demasiado —contesta Rafael con ojos adormilados — ¡Chúpale! Y olvídate de lo
demás... súbele a la música cantinero, esa me gusta... la de... ¡hic! Doña
Meche.
Dos rondas
antes de la caminera circulan en las gargantas aguardientosas de los tres
amigos, poco a poco Oscar muestra en su cara los efectos del alcohol.
—Me toca pagar la
caminera pero... ¡ya vámonos! El vals con la quinceañera nos espera.
En la calle
los tres amigos piden parada a los taxis que ni se inmutan ni se molestan por
causa del vaso de plástico, que todos conocen por cuba, en manos de sujetos con
caminar torpe.
—Frente a San José no
fallan —dice Rafael adelantando el paso casi a media calle, ocasionando las
pitadas de los carros.
—Pues a donde va chofer
—dice Oscar- por aquí no es.
Es que tengo que darle
vuelta al parque para salir por Mariano Sánchez, la guerrero y después por el
“Trébol”.
En el
trayecto, Rafael y Carlos discuten sobre el trato que se les debe tener a las
mujeres. Rafael contesta:
—Carlos, a las mujeres
hay que tratarlas bien, tenerlas contentas por muy indefensas e insignificantes
que las veas tienen su sentimiento y sufren. Si no respetas a las viejas, la
estas regando, porque a la larga pagas caro lo que haces. Te lo digo por
experiencia.
— A mi señora la traigo
cortita — contesta Carlos mientras el taxi circula por la autopista — ¡Me vale!
La trato como me da la gana, y si no le gusta que se busque otro que la
mantenga.
—No seas bruto, la mujer
por naturaleza es romántica, como la quinceañera de ahorita. No ves que son
soñadoras… ¡salud! Poseen la inocencia y la candidez de que nosotros carecemos
¡hic!… ¡hic!…
Al tomar la
desviación, Oscar le indica por donde: — siga derecho hasta llegar a la
Hidalgo, ahí se va a ver la pachanga.— tan pronto como se bajan, van a un
terreno de labor a orinar y a fajarse la camisa. El conjunto toca la canción
cumbiambera del momento “el diario de un borracho”, Carlos comenta:
—Ya oyeron, nos dan la
bienvenida — se abraza el trío y se dirige a la fiesta.
La
quinceañera con un vestido propio a la ocasión, demuestra con su cara y su
belleza el festejo y la alegría que hay en su interior. Dos conjuntos musicales
y un grupo de luz y sonido amenizan desde la comida la fiesta de quince años;
el pastel luce al centro de la pista-calle. La localidad disfruta de la noche
fresca de un sábado de primavera que se encuentra en éxtasis de aburrimiento
salvo en la fiesta.
—¡Chin chin, el que no
chupe y baile! — gritó el grupo al unísono, como una oración que ya de memoria
se conocían. Encontraron tres sillas desocupadas y se apostaron a disfrutar. La
quinceañera le ofreció a Oscar una botella de brandy, los vasos se volvieron a
llenar.
—Carlos, mira — Rafael
señala a un grupo de muchachas esperando a que las saquen a bailar. Las
muchachas de falda, de vestido, con escotes y bien arregladas, cuchichean
declarando inclinaciones de gusto por los muchachos. El amenizador del conjunto
musical hace énfasis en los chistes de siempre, con las frases repetidas fiesta
tras fiesta. La gente se sigue riendo de lo mismo. Carlos se levanta de su
asiento para pedir a una muchacha que baile esa pieza. Se tambalea y llega
frente a ella; al mismo tiempo otros cuatro jóvenes le piden bailar a la misma
muchacha. La muchacha titubea frente a
las cinco caras de los jóvenes entre ellas la de Carlos con ojos adormilados;
las cinco manos se encuentran extendidas. Escoge la mano más blanca y es la de
Carlos. Las parejas salen a bailar, Carlos se bambolea con el ritmo de la
cumbia y le cuesta aún más por el suelo pedregoso. Carlos le hace la plática:
—Oyes linda… ¡hic! ¿Me
quieres?
—pero si yo ni te
conozco, como se te ocurre.
—es que tengo corazonada
de que me… me... quieres
—pos’ ni que fueras
“luismi” para quererte luego.
Carlos se
pega contra la muchacha, su aliento se esparce por la cara de ella como vaho
alcoholizado. Rafael, corpulento y de estatura, también baila muy cerca del
pastel que luce como una gran copa gastronómica sobre una mesa en el centro de
la pista-calle. La muchacha se suelta de Carlos
para dejar de bailar, Carlos insiste con un torpe jalón que hace
enfurecer a la muchacha, empuja con fuerza a Carlos y va a dar con la pareja de
Rafael haciendo que Rafael tropiece con las piedras y caiga encima del pastel.
Las patas de la mesa se vencen con el peso del hombre embriagado y los
manotazos terminan con el trofeo gastronómico que ahora luce en el suelo con el
asombro de todos los invitados. La quinceañera es la primera en sollozar:
— ¡Hay mamá… no es
posible! — y abraza a la madre que, aún sin concebir lo ocurrido, estupefacta y
anonadada en el total espasmo por el suceso; atónita sin saber que hacer. Los
tíos de la festejada corren a salvar lo insalvable, el pastel queda irreconocible, la mesa en medio de la
pista-calle se emplaza perezosa con el destrozo de sus patas, embadurnadas de
crema, mermelada y betún de colores. Los beodos se desternillan de la risa. En
el suelo se sacuden el polvo y el chantillí. A Carlos lo levantan en vilo. Con
los pies arrastrando lo llevan hasta la tierra de faena. Orinaron una vez más.
Oscar vomitó lo suyo y abrazados se fueron viendo el horizonte y cantando la
canción de “doña meche”. El día domingo
estaba a unas cuantas horas, prometía el éxtasis de aburrimiento permanente
sumado a la “cruda” de los tres catarrines.
SOLTÓ POCO A POCO LAS CUERDAS DEL COLUMPIO
Se quedó esperando la
llamada, mientras, lloraba un poco para no aburrirse. Rompió el eco con un
sonido seco de los orificios nasales. Quería averiguar porque estaba tan
ofuscada consigo misma. Se quitaba la ropa de manera enérgica como si con eso
se arrancara el coraje; la imposibilidad de conseguir una llamada de él la
ponía histérica, desesperada. Cómo hacer que la llamara era su preocupación de
fin de semana. Acomodó sus pies en el
sofá, veía los muslos y sobre de ellos
el teléfono.
—como estás
—bien y tú
—también bien, estuve
trabajando tarde
— ¡ah! Y estás cansado
—como para hacerlo, no,
—estoy viendo la tele
— ¿Está bueno el
programa? O, aburrido
—más o menos
— ¿Porqué siempre más o
menos?
—Es que así me siento la
mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso?
—no… lo que pasa es que
en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo
—Que quieres ¿que me
ponga eufórica?
Sonó el
teléfono, su abdomen se contrae y contesta.
—como estás
—bien y tú
—también bien, estuve
trabajando tarde
— ¡ah! Y estás cansado
—como para hacerlo, no,
—estoy viendo la tele
— ¿Está bueno el
programa? O, aburrido
—más o menos
— ¿Porqué siempre más o
menos?
—Es que así me siento la
mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso?
—no… lo que pasa es que
en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo
—Que quieres ¿que me
ponga eufórica?
—No, simplemente has lo
que te plazca… clic. Pip…pip…pip…pip…
Su poca
coquetería se quedó pasmada. Después de
esperar tanto y de imaginar el mismo diálogo, el teléfono se enmudeció al
colgar el auricular. Lentamente fue recuperando su enojo hasta que fue total,
como una cera se derritió su expectativa. No
pudo arrancarse la ropa para demostrar su irritación porque ya no la
tenía, sin embargo, arrojó sobre la
televisión, el moño blanco que sujetaba la cabellera. — ¡idiota! Hay… no
puede ser, que estúpida soy, ahora tendré que aburrirme el tiempo que dura el
fin de semana — se levantó del sofá y puso bruscamente el aparato en su lugar.
El sol se había ocultado entre los volcanes. Las nubes destellaban colores
rojizos y lentamente el fresco viernes se transformó en tormentoso fin de
semana. Descalza, con la melena al vuelo por las habitaciones de su
departamento, una y otra vez rememoró el conflicto; transitó por su cabeza el
sentimiento de culpabilidad, arrollada en una mortífera sacudida de
sentimientos reprimidos, el descuido de los comentarios era la causa eficiente
de un viernes tedioso. La urbanización periférica en torno a su departamento
era una mezcla de arquitectura funcional y otro tanto de arquitectura casual. Allá
abajo, la ciudad de Tlaxcala
representaba una fermentación
cada vez más contundente de luces y destellos citadinos, el flujo por las
calles: (los autos y los anuncios con luminosidades pletóricas), circulaba en
los ojos de los transeúntes. En la oscuridad floreció una cantidad suntuaria de
sombras, de claroscuros, de cuerpos negros, la opacidad se conjugaba con las
luminarias dispersas. El aspecto lóbrego
de algunas zonas resaltaba una alianza con la
carencia. Los perros de la localidad dejaban caer sus ladridos en las
avenidas, en las azoteas o en algún peatón.
El lecho
recibía la belleza de la mujer con una libertad envidiable, las sábanas
aspiraban de vez en cuando un sollozo. Sus sueños de misterio.
La túnica envolvía el cuerpo lindo,
virginal; la silueta como un aura murmuraba en movimientos los pasos por aquél
jardín lleno de flores, los arcos de mampostería eran cubiertos por enredaderas
con rutas indefinidas y múltiples, y abajo, en los pies desnudos la alfombra
natural como un colchón fresco y verde, los arbustos recién cortados con
figuras clásicas. Encinos y abetos son otro fondo del paisaje, la diversidad de
los verdes, el cetrino, el verdemar y el aceitunado en combinación con la
montaña pintoresca: su expresividad nata es la belleza. El río a la izquierda
cerca de la vaguada, el desfiladero se divide en múltiples bifurcaciones
venosas, como crestas de rutas indescifrables, el agua rebota, es el sonido
que recobra la percepción del oído. Un
murmullo en el aire, el bisbiseo de las hojas frotándose, susurrantes unas a
otras en mezcla con el gorgoteo acuático del río, del pez que salta imprevisto
con un inadvertido arrojo.
Caminaba en el valle. Su piel
saboreaba el fresco soplo y el ambiente cálido. Al encontrar un columpio en el
roble hercúleo se sienta y se mece lentamente como esperando algo. A lo lejos,
en el horizonte distingue una silueta. Es un hombre que cabalga, se ve
imponente, masculino, con la fuerza viril conduce al animal por entre los
árboles y saltando los riachuelos. El corcel trota con majestuosidad, la
maestría y el dominio en las patas educadas. El sol cae en los rizos trigueños,
flotan; su movimiento es de émbolo combinado con el trote del caballo. El varón
desnudo, a pelo, desmonta del percherón; cerca, por los arcos y camina hacia el
columpio, la belleza del hombre era evidente, sus muslos a cada paso se
contraen, se tensan. La piel broncínea brilla en tono cobrizo, los ojos
expresivos e intensos en una cara cuyo moño es una sonrisa abierta; con ese
gesto hizo celebre la reunión.
La tomó del talle, su túnica se pegó
al cuerpo. Una sola silueta por la fusión de los brazos y las bocas. Fue venciendo su cuerpo y soltó poco a
poco las cuerdas del columpio.
Se tomó la
última copa recordando la llamada de anoche. Sabía que las mujeres eran así, a
veces incomprensibles; tal vez había sido un error colgar el teléfono; pero
tenía que darle un escarmiento para que cambiara de actitud, para que se
educara, la mejor carta que tenía era que ella pidiera perdón y continuara todo
como siempre. El ambiente del bar se había desvencijado por las horas y el
alcohol, el día hacía señas en aparecer. Un gallo torpe se escuchaba a lo lejos
y punza el principio de la resaca. La mano inepta se apoyó en la mesa donde
dormía su amigo, y derramó el retrasado
sorbo. Pidió el teléfono.
Corrieron felices al arroyo, el
remanso del agua terminó cuando juguetearon; el caballo bebía en el estanque
más abajo, cerca de la cañada. Buceaban. No existía lenguaje, la expresión de
sus cuerpos era total. Después de broncearse al sol; un placer comer manzanas del árbol, estirar la mano y
tomar. Cae una, y ¡suena un timbre! Se desprenden muchas al mismo tiempo y caen
estrepitosamente.
— ¿Quién habla? —
contesta una voz adormilada entre contenta por el sueño y molesta por la interrupción.
—Soy yo mí… ¡hip! Amor.
—Qué quieres.
—Quiero hacerlas pases,
te perdono por ser tan seca en las conversaciones.
— ¡ha sí! Pues vete
mucho al diablo clic. Pip…pip…pip…
—Y… ahora esta ¡triste vieja! — Azota el teléfono en la
barra y hace que se caigan los ceniceros apilados. El cantinero se enfurece,
brinca el mostrador, al mismo tiempo que lanza la patada. En el piso es pateado
por otros dos, la cara, los golpes, sangre, contusión, magulladuras. ¡Todo le
llueve! Su amigo está perdido; vomita en el mingitorio. Los amarran y son
subidos al Volkswagen. Cerca de Panotla, en el puente que cruza la autopista lo
atan. Su amigo duerme la siesta en el pasto seco.
Despierta
feliz, el sueño que ha tenido la ha rejuvenecido; acaricia las sábanas
recordando el cuerpo viril del hombre, sus caricias, el beso apasionado; el
sexo pleno, total. — recuerdo que empezó cuando entregué mi cuerpo y solté las
cuerdas del columpio.
El hombre
está colgado, su tronco se vence por las costillas rotas y suelta poco a poco las cuerdas que columpian su cuerpo.
EL CUACO
Camilo… ¡Dónde está mi animal!
—Cómprame el caballo o
véndelo. Yo para que lo quiero — dice su papá en tanto que acomoda la hierba y
la esparce en el comedero de los animales. Los rumiantes ni lentos ni perezosos
movieron sus mandíbulas.
—Allí tenlo, al rato lo
vas a necesitar
—No… traga mucha pastura
y yo nomás lo ocupo dos veces por semana, dile a don Jacinto, a doña Manuela, o
a ver a quién, porque yo ya no lo quiero. Cómpramelo tú, así se queda en la
familia, y puedes prestármelo el día que lo tengas desocupado.
—Pero, papá, apenas si
tengo para mantener a mi familia y quiere usted que mantenga al animal. Los
surcos que me dio no necesitan de tanto — contesta Camilo rascándose la cabeza
despeinada.
—Lo vendo en ochocientos
pesos. No está caro, piénsalo, después me dices, y si lo vendes a otra persona
pues le aumentas cincuenta para ti — exclamó el hombre mientras arrastra con la
pala el excremento. — ¡ha! Y otra cosa, mañana no voy a poder sacarlos a pastar
porque voy a ir con doña Jacinta para
que me haga una “limpia”, últimamente
como que me siento mareado, y las comidas que me traes, nomás de que pasan por
el panteón se les mete el mal sabor y me truenan las tripas, además de que
siento piquetes en el cuello. Vienes temprano para que en la tarde no te agarre
la lluvia, y recuerda llevar a lazo al becerro.
—Lo bueno que mañana tengo día de descanso en la
fábrica, porque si no, iba a tener que decirle a Pablo que se saliera de la
escuela.
— ¡Ni lo mande Dios y la
Virgen de Guadalupe! — Vocifera fuerte el viejo al tiempo que se santigua y
mira el cielo — ese chamaco es el mismo infierno, capaz de que los mata en los
roquedales, acuérdate de aquella vez que le amarró cohetes al “peluchin”, pobre
perro, del susto se aventó a la presa y los remolinos ya no lo dejaron salir.
¡No! ¡No! ¡No! Quiero que los cuides tú…
—Está bien papá, nada
más que primero compraré el gas en la carretera, si no cuando, y ya se va a
acabar el otro. Tengo que pescar el camión temprano porque ya ve que ni entran
al pueblo, según porque se les descomponen los muelles — Dice Camilo mientras
observa los guajolotes que se pasean torpemente y cacarean con estruendo,
asemejando un eco sórdido cuando el viejo grita.
—Bueno pues ya vete,
llévate los huevos que están en el chiquihuite encima de la leña, creo que
ya se están empezando a apestar y antes de que se los dé al “Dogo”.
Camilo sigue
la senda, al pasar por el árbol de peras que está en la orilla, llena de
frutos, el recipiente donde vienen los huevos. Camilo trabajaba en Panzacola en
la fábrica de durmientes, descansaba los
jueves, ese día lo ocupaba para ir a Puebla a comprar o para hacer alguna que
otra cosa. Una señora se acerca.
— ¡Camilo, conque
cosechando de lo ajeno! — dice entre broma y risa. El delantal floreado es
reconocido por Camilo.
—Doña Jacinta buenas
tardes.
— ¡A poco ya son tardes!
Si apenas vengo del mercado
—Pues sí, ya son más de
las doce y media.
— ¡Virgen Santísima! Me
voy a apurar — dice la señora en tanto que pasa la bolsa a la otra mano.
—Hasta luego doña
Jacinta, me saluda al compadre Marcos —
apenas hubo dicho estas palabras y recoge el cesto del suelo y camina a
su casa. El sol se queda pasmado en el medio día. No hay calor, sólo el aire
fresco que huele a agosto.
Muy de
mañana cuando la sinfónica de gallos se escucha desde cerca hasta lo más
lejano, hasta los horizontes agrestes, cerca de los magueyales. Prepara la
carretilla. Sube el tanque de gas. Quita un lazo del tendedero y amarra el
cilindro. Mientras, su esposa sueña que tiene carro, en él se pasea por la
“Cinco de Mayo” y la “Avenida Juárez”, allá en Puebla.
Las combis
colectivas pasan de manera impertinente por la carretera, otros oriundos del
lugar aguardan cuando los primeros centelleos de la amanecida parten del
contorno de la Malinche. Después de
aguardar unos minutos aparecen a lo lejos los inequívocos carros repartidores
con su tronar de cilindros, corriendo, peleándose la pista asfáltica,
rebasándose, peleando por la venta. Los clientes a la caza. El tiempo que vale
oro. El primero que llega es el que gana. Los gaseros duchos se lanzan a la
venta, suben tanques vacíos, bajan otros llenos con prisa. Camilo abre la
puerta de la cabina del camión y paga al chofer que da cambio, éste, al mismo
tiempo observa por el espejo retrovisor, la competencia que se acerca a sesenta
kilómetros por hora.
La esposa de
Camilo, bostezando y con la pelambre hecha nudo, prepara el morral que se va a
llevar su esposo, media docena de tlacoyos, el galón de agua y tres naranjas.
El entramado de palos rebota cuando Camilo empuja con la carretilla la puerta
de madera. Deja el tanque cerca del lavadero. Al dirigiese a la cocina se frota
las manos para quitarse lo entumecido, obscura por el tiempo de madrugada, se
envuelve en un silencio de ermita, duerme la ubicuidad entre los trastos y
cazuelas, sólo se escucha el ronroneo del refrigerador. Toma el morral de la
mesa, la gorra. Grita a su mujer desde el umbral del tejado — ¡Vengo en la
tarde! — Sin contestación se dirige a la casa de su progenitor. La esposa sigue
durmiendo, sueña que tiene una casa de lujo con pisos pulidos y sirvientes
hacendosos.
Las bestias
aturdidas por el vaho de la noche, la neblina se mece entre las patas; se impacientan
al oír el cacareo de las gallinas, que muy de mañana comienzan a buscar la
piedrita que comer o la hoja que
engullir. Camilo abre el zaguán de par en par. De pronto salen las gallinas,
agitando las alas, efusivas, pataleando el suelo, excitadas por el nuevo día;
en seguida un totol esponjado demuestra su género como todo un garañón, se ve fogoso cuando se
pavonea con un triste color negro. Desata el caballo dejando la cuerda encima
de la grupa, las otras dos vacas al sentirse liberadas inician el cotidiano
trayecto, el becerro corre a mamar pero las patadas de la res al trasladarse
impiden acercarse a la ubre. Suben el cerro de la “Cruz” y toman camino por el
sendero que conduce a la cañada “Barranca honda”. La mañana está fresca lo
mismo que el entusiasmo del ternero; corre, patalea, trata de topar al perro.
“Dogo” también juguetea, sube a los pequeños montículos de tierra, los tapancos
tepetatosos sirven de escenario para la algarabía, los ladridos permanecen en
las orejas de las bestias mientras el becerro continúa con la tarea de fastidiar las tetas. El caballo atrás,
impasible observa la cría. La vaca lanza la patada. El caballo relincha justo
cuando pasan bajo una retama. Camilo sosiega al joven animal, mientras el cuaco
sacude la cabeza como queriéndose quitar
algo. El caballo se ha picado el ojo con una vara, sangra, sigue chillando,
quiere escaparse, correr; la sangre le cubre el ojo, tropieza con los otros
animales. Al llegar a los campos, Camilo lo amarra y vacía en el ojo enfermo el
agua del galón.
—¡Triste Animal! Y ahora
que hago — balbucea entre dientes — Se te fastidió toditito el ojo, ya quedaste
como ojo de tirador, y aunque te ponga la violeta, las pomadas, los emplastos y
las limpias de Jacinta nomás no se te va a regresar el globo al ojal. Y ahora
que le voy a decir al viejo, él que te quiere vender y ahora va a cobrarme como
si fueras nuevo, nadie va a comprar un cuaco tuerto a precio real ¡Valdrás la
mitad! Y si bien quieres si no te hacen chito — el animal no entiende nada sólo
percibe un dolor intenso, el lamento y una oscuridad a medias le quitan el
apetito, la hierba se aburre esperando ser comida. Las moscas han olfateado la
sangre, se apresuran a festejar el accidente, bailan y danzan con el bisbiseo
de las alas frente al ojo sano.
— ¡Te dije que llevaras
el becerro amarrado! ¡Nunca me haces
caso, parece que digo las cosas, te entran por una oreja y te salen por la
otra! ¡Hora ver! No vale más que la mitad. Me lo pagas, yo no sé, me lo pagas,
consigue dinero, me lo pagas. — Camilo conocía
de antemano la reacción de su padre. Tomó la soga del cuaco y se dirigió hacia su casa,
agobiado por la situación, temeroso del problema en que se había metido,
apático ante la vida, tal pareciera que la suerte le había abandonado de manera
patente. En su cara estupefacta asomaba una tristeza insaciable. Recorrió el
pueblo tratando de buscar un comprador, lo llevó al tianguis del domingo pero
como la crisis daba sus frutos en los bolsillos vacíos, no había ningún
pretendiente de auscultar el diente del caballo, y más al ver al caballo de a
media luz, triste, esquelético y con la sombra pegada al suelo con pesadumbre.
El viejo
llegó a la casa de su hijo, empujó la tranca y entró al patio. Hacía quince
días que no veía a su hijo y quería
enterarse, que había pasado con el cuaco tuerto; encontró a la mujer dando de
comer a Pablo — ¡donde está Camilo! Dile que venga, quiero hablar con él. Desde
que se trajo al caballo ya no lo veo. ¡Quiero que me pague mi animal! Necesito
dinero para pagarle a Doña Jacinta.
Pone las
tortillas en la mesa y a continuación dirige la vista al visitante —Pues, hora
si se va a quedar sorprendido suegro, fíjese que el cuaco tuerto no se vendió,
y nosotros no teníamos dinero para pagárselo, así que Camilo pensó mejor en
matarlo y venderlo en canal, el dinero que se juntó no era ni una tercera parte
de lo que usted pedía porque unos vecinos nos quedaron a deber la carne, y es
hora que no nos pagan. A Carmelo no se le ocurrió otra cosa que ocupar el poco
dinero en el pasaje para irse a Ciudad Juárez y pasarse de mojado. Me dijo que
cuando él regrese entonces van a hacer cuentas— mientras tanto, Pablo sacude el
salero encima de los ojos del perro visitante; que lo mira pidiéndole un bocado
bajo la mesa. “Dogo” se rasca los ojos con la pelambre de las patas, la sal en
los ojos hace soltar una lágrima.