El progreso y la globalización
Amanecía en la pequeña población de
San Bartolo en el Estado de Tlaxcala, y como siempre, los primeros en despertar
son los gallos, la mayoría de la población trabaja en el campo; Es decir, sobre
los surcos de milpa o de lo que sea: vida de labrantío. Los siguientes en
despertar son los habitantes, la mayoría desde las cinco de la mañana, para que
la jornada diaria termine a buena hora y así se aproveche bien el día, los
últimos en despertar son los rumiantes y las lagartijas friolentas. Pero no,
también hay otros que se levantan tarde en las poblaciones como San Bartolo y
son los caciques, ellos con su vida holgada, no necesitan pararse tan temprano,
para eso tienen a sus peones y a sus sirvientas. Don Indalecio Florentino
Olvera Xóchihua es un cacique autóctono cuya pureza se observa claro en su
lampiñez obstinada; es todo hombre, que como un patriarca ejercita su posesión
con las sirvientas y como ciudadano ejercita también sus derechos para votar.
Su pose era la de un ser carnívoro dispuesto a comerse cualquier ciervo
descuidado.
El cielo parece
borrego en plena trasquila, con un tono punzó en el orto, el paisaje se observa
mestizo con un lampo murmurante sobre las tejas más nuevas y sobre el hagüey de
la descampada de la “Santa Cruz”. El pequeño pueblo tiene un característico
olor a gallinaza, a eso se le va sumando el tufillo de las cocinas de humo. El
tostado ambiente se acicala en el cerro Oxtotl
quien tiene una neblina propia de tugurio legañoso. Se hacen exterminar
todas las calamidades nocturnas que se escucharon por distintos lugares a lo
largo de la noche. ¡Pero que delicia el sentir esa su aniquilación! La belleza
grotesca y sin ningún pudor se presenta en la campiña; los matices
basándose en lombrices tonales: nogal,
ayacahuite, sabino; En los madroños,
cerca de la casa de Don Indalecio,
hay un nido al cual le chifla el aire por entre las ramitas, no tardará
en caerse con todo y huevos. El rododendro felizmente presume su hermosura sin
recato alguno, está en el jardín que
cuidan con esmero los sirvientes.
Don Indalecio déspota
como la mayoría de los que tienen el poder o puesto público por muchos años; se
vanagloriaba de haber pertenecido a los muchachos corajudos y revolucionarios
del 68; de aquello le quedaba el recuerdo de ver morir a muchos en la plaza de
las tres culturas, ahora no le resultaba más que recordarse con una mueca, como
un chamaco pendejo que creía en ideales injertados, verdes, candorosos; ahora
se pensaba —“gracias a Dios”— muy lejos de aquellos años. Don Indalecio al paso
del tiempo le hizo un guiño al
hedonismo, aprovechó que era abogado, se sirvió de que el ronquido de
ignorancia era permanente y casi hereditario en los indios, así como también se
valió de su carácter el cual no se amilanaba ante nada, y de que carecía de esa
compasión que pedía Jesucristo ante sus escuchas. Por tanto, sus ideales
comunistas enflaquecieron en tanto que su patrimonio engordó tanto como las vacas que José hijo de
Jacob pronosticó al faraón.
A las diez de la mañana llegó el
vendedor. El comerciante era gordo, barba canosa de candado, pómulos salientes,
cabello entrecano y lacio, chaparrón y
un poco zambo; lentes, zapatos con suela de goma, pantalón negro, saco
verde olivo, movimientos ágiles a pesar de su abdomen, Don Indalecio esa mañana
compraría una computadora con un dinero que le había llegado por la venta de un
terreno, sus ganas por comprar ese “aparatucho” era sólo para presumir con el
montón de compadres, porque eso de saber de Internet y procesadores pues ni
jota. En los arreglos de compraventa de la computadora, el cliente añoraba que
su categoría social aumentara mientras que el comerciante perseguía que ese
individuo se llevara el producto embodegado y que así aumentaran sus ganancias.
Pero Don Indalecio sabía que "A
mucho decir, mucho mentir”. Y no iba a dejar que le mangoneara el asunto así
que pago lo suficiente haciéndose un descuento del cinco por ciento por “costos
de operación”. Don Indalecio sabía que a la gente se le juzgaba por sus bienes,
se le valoraba de esa manera, por eso cada vez repetía:
—Y sí que sabes tú... “Cuanto vales cuanto tienes” y si no veme a mí.
Antes de encender la máquina pide que se
congreguen algunos parientes y
sirvientes para que le echen agua bendita del templo de Juquila y le
recen algunas jaculatorias, eso para que Dios no permita que llegue a la
pantalla alguna que otra imagen licenciosa. Algunos le han dicho que para que
se acelere el disco duro hay que ponerle unos imanes extras. Pero él no hace
caso, repite, como cualquier pelafustán
—“Mientras en mi casa estoy, rey soy”—Nadie entiende el uso de ese
aparato, tienen la idea de que es una televisión más pero con más “difinición”, la sobrina
aconseja —Pos la ha comprado porque dicen que tiene juegos como “el solitario”
y “las busca minas” en donde se puede divertir uno ¡a lo grande!— El monitor se
les queda viendo que si hablara les diría: “bola de orangutanes”, ¡mamíferos de
pacotilla! Se les veían las mismas facciones bárbaras que tenían las hordas
hitlerianas en la quema de libros contrarios al partido nazi. Otra comadre de él,
Beatriz una indita religiosa, ignorante y con dinero se había comprado también
una computadora porque le habían dicho que Dios había puesto su pagina en
Internet y ella quería comunicarse con Él para agradecerle distintos favores.
Los hombres del pueblo
desanimados, parcos en el habla, sumisos ante el patrón. Su voluntad era la que
les permitía estar firmes, persistencia que sumaba años en el mismo sendero.
Ellos se daban esperanzas diciendo: “No hay miel sin hiel”. Los conflictos que
querían resolver mellaban la anorexia, su inquietud podía resolverse o no, todo dependía de que Don Indalecio les
escuchara. Él sabía bien que “Favor con favor se paga”. A Don Indalecio le
gustaba hollar a sus paisanos, era un placer no confesado, tal vez porque era
cristiano. Don Indalecio mandó a instruir a su sobrina para que manejara
perfectamente la computadora y así para que todos los del pueblo vinieran a él
para que les hiciera algún favor, como buscar alguna información en la
computadora, mandar mensajes a los que se habían ido del otro lado, recibir
mensajes y cobrar una cuota. Así como asistir a la villa de Guadalupe vía
Internet por medio del sistema de conferencia y cobrar la mitad de lo que gastarían de pasaje — ¡Y sin
riesgos paisanos, y sin riesgos! De las compra-venta por Internet se adjudicaba
un 5% por costos de operación; en fin, Don Indalecio era todo un hombre moderno
o sea aquel que se va acomodando a los avances de la técnica y la ciencia. La
población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala —gracias a su cacique—, no
podía negar que a ellos les había llegado por fin la modernidad, y que ahora
podían sentirse comunicados con el resto del mundo, ahora sí ya podían casi
acariciar el progreso y la globalización.
Bangkok
Me extiendo en mi
asiento dando un gruñido bostezo, observo aquí frente al hotel el mercadillo de
Chatuchak, cerca del río Wat Phai Tan en la ciudad de Bangkok. Hay hombres,
mujeres, asiáticas de color cobrizo: todos en el trajín, con cestos, paquetes,
bicicletas; los infantes pidiendo, limosneando a los turistas, el rugido de
motocicletas de dos levas, gente jodida con el lodo de los arrozales pegado en
el tobillo; me quedo quieto observándolos, tratando de penetrar, de hurgar en
su interioridad, pero termino fatigado, porque para eso ni a mí mismo. Los
insectos reinician su danza en el lóbulo de las orejas. El calor sofocante es
diseminado con una Coca Cola™ medio fría. A lo lejos creo escuchar xilófonos,
tambores y varios gong-carrillòn, son instrumentos para armar la música
tradicional de Tailandia, es posible que estén interpretando danzas del
Ramayana hindú. Pero por el momento no quiero caminar, sino estar sentado aquí
tomándome un buen refresco. La mesera a venido a dejarme un pequeño caso de
arroz acompañado de ajo en polvo, leche de coco y un poco de nam pla (salsa picante hecha a partir de
anchoas) devoro eso y pido un pescado y un batido de fruta, con el estómago
lleno, me tomo otro refresco. Me gusta escuchar a los vendedores ambulantes
pregonando la comida tailandesa en carromatos de tres ruedas, en el idioma
Tailandés; me recuerdan a mi infancia cuando voceaba periódicos, por las calles
de Tlaxcala o cuando andaba vendiendo chicles por el parque y los portales; no
cabe duda que somos parte de nuestra historia, un personaje apenas subrayado
pero que la totalidad está allí atrás, observándonos, juzgando nuestro actuar
cotidiano; Esto que me pasa no es añoranza por aquel Estado que dejé hace tres
meses sino reconciliación con ese pasado con el que me he construido; ahora no
me considero una entidad apartada o territorializada sino alguien que quiere
compartir su mundo con el mundo, que se abre al conocimiento de lo otro, de los
demás.
El monzón no tardará en lanzar sus primeras banderas
informes, blancas, espesas, de cinco días, obesas de agua. Con una
precipitación de 106 a 153 centímetros cúbicos de agua al año, Tailandia se
iguala con Filipinas y Myanmar en cuanto a lluvias y se pasa de la raya durante
la temporada de los monzones. Se escucha el tren que va rumbo al norte, al
interior del país, a la ciudad de Najon Sawan casi siguiendo las laberínticas
venas del río Phiraya: El más importante de Tailandia y por el cual a esta
ciudad de Bangkok se le ha dado en llamar la Venecia del Este.
La llegada a esta región ha sido para
mi como una travesía que llega hasta las venas, he visto gran cantidad de hombres con piernas
amputadas, son tal vez refugiados camboyanos, los veo con sus muletas
malechonas y cojeando entre los puestos del mercadillo, En Vietnam y Camboya
siguen sembradas las minas en los campos y cada vez cobran una pierna o una
vida. A pesar de los años que han transcurrido, tal parece como si fuera una
guerra permanente, que se despierta de vez en cuando, que nos pone en guardia y
que estruja al letargo. Pero la guerra es para algunos insospechadamente
aprovechable. Existen naciones que si no fuera por las guerras, decaen, sufren
de crisis financieras o simplemente no son porque tienen en sus sociedades una
cultura bélica. Tailandia es una de las naciones que no es como las naciones de
las que les estoy comentando, sino una nación
que se ve envuelta o involucrada en situaciones de pugnas belicosas, la
gente va y viene y aquí en Bangkok hay
una población grande de faltos de extremidad por lo que la idea de llegar a
este sitio no es solo por puro turismo, sino debido a los negocios que me traía
yo entre manos, soy empresario y mi tirada era hacer el negocio en la venta de
prótesis de madera con grabados y bajorrelieves muy artísticos con imágenes
como los murales de Cacaxtla y demás motivos tlaxcaltecas y mexicanos, la idea
me vino cuando vi la artesanía de Tizatlán: sus bastones, los tallados diversos
en madera de encino, los pisapapeles en forma de Búho entre otras cosas. Pero
no, no funcionó, le había apostado todo a esa carta pero ni modo, el libre
mercado me ha vencido. Es culpa del libre comercio, de la globalización. El
vecino país de Taiwán hace prótesis de aluminio y materiales livianos con
empotramientos electrónicos como MP3, localizador instantáneo y estuche de
monerías; en lo que al precio se refiere, este es inigualable. Llevaré a casa
una decena de ellas y algunos budas para frotarles la panza para ver si así me
traen suerte. El monzón ha llegado y estará presente por largos días en la
ciudad, mi expedición tailandesa ha terminado. Seguramente colocaré esta nueva
prótesis musical a buen precio y se venderá como pan caliente.
Molinillo sin fin
—Una de mis parientes vino a encerar
de nuevo la historia que había olvidado, a ella le duelen las rodillas porque
dice que le da miedo el hospital, y yo aquí sin embargo sigo escuchando las
estruendosas calderas de esta fábrica de sanos, percibo sus chisguetes de
vapor, las distintas televisiones de los pacientes, el sacrificio que tienen
que hacer estas paredes para cada vez estar soportando los hedores, la asepsia,
la hierva de gasas y vendas que crecen por los cuerpos de los insanos, de los
accidentados o desahuciados, con algo he de sopesar este como espejismo, el
terror, la pesadilla monsónica que me persigue. Se escucha el “curucú” de las
palomas tras el vidrio, por fuera de la ventana, aves de lo más grisáceas...
¡Malditas pajarracas! Como me gustaría ser de nueva cuenta un hombre joven para
así ir corriendo al mercado a comprar un charpe y así partirles el pico en dos,
dejar que caigan desde estas alturas como costales de cemento, muertas,
totalmente difuntas; y no se me escaparía ni una porque yo cuando chamaco era
el rey del charpe, con una puntería de tuerto de barriada, pero, mi realidad
actual es otra, no tiene gloria, el canto de mi aura se ha opacado, hay en mí
una deserción de fuerzas vitales, los brazos del señor muerte se extienden
hacia mí con ternura santificada.—
—Faltará poco para que
me transforme en un cadáver, tal vez unos días o tal vez veinticuatro horas, mi
situación no me permite otra cosa distinta, pero aún así, nada más continuo
circulando por los pasillos, buscando mi espacio con el aura tan poderosa que
me cargo, sigo golpeando las espinillas con ese aire gélido que obtengo de
entre las patas de las camas, mi sombra continua importunando a los hombres de
blanco, a las visitas de las cuatro de la tarde, a los sistemas eléctricos y
elevadores y sigo con esto y con lo otro y no me quedo quieto porque tengo aún
cosas pendientes, sigo aquí en este mundo inútil, porque aún no tengo la
oportunidad de decirles a mis hijos que los quiero y que deseo que me perdonen.
El martes que viene estaré en el cielo, disfrutando de unas vacaciones
esplendorosamente eternas, coloreadas de quietud, avecindado con esa bandada de
alados sin sexo que presumen blancura virginal. Ya mi silvestre desahogo lame
la oleaginosa unción acreditada y mis
ojos recortan e intuyen la luz del bosque paradisíaco. —
Los hombres de negro atraviesan los
muros del edificio, los laberínticos pasillos del hospital no tienen sentido
para ellos; el par de individuos tal parece como si tuvieran una misión
precisa, como buscar darle al clavo, ni siquiera observan los alimentos del
comedor, ni a la parturienta que se afana en dar a luz, ni al policía que
acomoda las credenciales de los visitantes; sólo tienen una misión: hacer
cumplir al testarudo los designios establecidos. Llegan frente al desahuciado,
observan su cara costrosa, como cáscara hibernando en cloroformo y su cuerpo
como una caja vacía, tal cual un portafolio fofo, como cascarón huero, observan
la tenue y azulada luz umbilical, hacen chocar pequeños objetos en ella y la
larga línea se vuelve fosforescente siguen el listón con detenimiento hasta dar
con el aura desobediente.
—Conque querías hacerte
el chistocito, aja pero aquí vamos a darte tu medicina— al aura torcida le
empiezan a llover una serie de golpes, patadas y quebradero de huesos (en
sentido figurado) su contorno se estremece con tantos raspones, abollamientos,
y coscorrones. El esplendor de su espíritu se opaca ante tanto sopapo y no le
quedan ganas de seguir negándose. Lo arrastran maltrecho hasta el cascarón que
tiene por cuerpo, observan como por una visión calorífica la radiación de su
organismo; uno de ellos saca de entre sus ropas unas tijeras grandes, como para
cortar el césped y tasajea el cordón, el cuerpo se estremece, se tensa y
finalmente expira. La enfermera llega ante el nuevo muerto, checa los signos
vitales y se da cuenta que ya no tiene ninguno, llama al medico de guardia, los
enfermeros llegan con los distintos instrumentos. Ya no hay más que hacer. Los
hombres de negro enredan el cabo en la esfera, como boya inquieta, la depositan
en un cántaro humoso, casi transparente como de agua y gel se dan la vuelta y
se van por donde vinieron. Los profesionistas de la salud salen en grupo con
paso lento pero seguro, el último en salir tapa la cara con la sábana. El
cadáver poco a poco se va enfriando, al cuarto entra una señora blanca, ojos
verdosos y de pelo quebrado, levanta la sábana y observa el rostro, esa cara a
perdido su historia, le han quedado las cicatrices, las arrugas, el tiempo que
ha barnizado en todo momento; despierta en la señora compasión, perdón a cualquier
cosa ocurrida durante su existencia, pero ya nadie escucha. En la calle vecina
al hospital hay un niño juguetón con un charpe, las palomas están temerosas, no
cabe duda que la vida es un círculo que termina y empieza como un molinillo sin
fin.