Las disfrazadas
La banda de maleantes
llamada “Los Desastres de Río Frío” se dedicaban a asaltar por cualquier sitio,
atracaban casas, las saqueaban como si fueran piratas modernos. Su organización:
compleja, bien estructurada y organizada. El deporte como medio y religión para
conservarse atléticos era muy importante, manejaban técnicas de Taekwondo,
Karate-do, Hapkido, Judo; En fin, su profesionalismo superaba a cualquier
escuadrón de policía gubernamental; conocedores de leyes, medios, técnicas;
Razón por lo cual tenían sudando la gota gorda a la policía. Era una banda que
fluctuaba en edades entre los diecisiete y veinticinco años de edad, sabían
moverse por la ciudad y se camuflageaban de tal modo que era difícil
localizarlos. Lo peligroso para la banda era precisamente reunirse en un punto muy cerrado pues podrían
tenderles una redada y así fue como sucedió, cometieron el error de reunirse.
La policía, como un moho que ataca sin compasión tendió tentáculos en los
márgenes de su última incursión. El domicilio saqueado tenía un boquete en uno
de los muros. Ellos sabían que la gente aseguraba sus puertas con mucho cuidado
y con distintos sistemas de seguridad, pero los muros allí estaban, ingenuos,
como hojas de papel esperando que alguien las rompa, debido a su pobre calidad
en los materiales como ladrillos y mezcla, tabla roca, entre otros materiales
ligeros y debido también a las nuevas herramientas más potentes y silenciosas:
¡Los muros caían como polvorones! Para poder escapar de la policía, siguieron
haciendo boquetes en los muros de las casas vecinas, tomaron camino por el
drenaje profundo y continuaron hasta la planta de procesamiento de aguas
residuales de la ciudad.
Llegaron aporreando
el aire de la estancia dentro de sus pulmones, la corretiza y la excitación del
peligro no estaban para menos. Había,
por culpa de su llegada, confusión entre los invitados a la fiesta. A su
desmedrado espanto se les incorporó la cursilería de aquel par de jorobados que
ambientaban el espectáculo, su parafernalia se envolvía como hoja de tamal. El
escenario se cobijaba con rumba, merengue, guaguancó; con saxofón, gaitas
y maracas. La entrada al salón estaba
engalanada por una alfombra roja y a los costados, como gendarmes disciplinados
estaban una serie de bombones que se hilvanaban a lo largo del corredor como
pequeños plantíos entretejidos, su color lustraba cual historia del mago de Oz. Había globos de arroz
engalanando los muros, y estos con bajorrelieves góticos y con una
multiplicidad de contenidos apeñuscados, además, había un par de acrílicos procedentes de alguna empresa de artes, sobre
de ellos había una alusión a la maravilla que resulta el hedonismo que se
calzaba en esa época. Ese estereotipo les caía — ¡A raudales!— demasiado bien.
El Jefe de
la banda tenía el perfil de un Quijote, pero su barba no era blanca, era una
barba color mugre, tono que se extendía por todo el cuello y las orejas, la
barba le crecía cual ponzoñosa hierba entre arenales. Era cacarizo de su cara y
figuraba como cinta perforada en máquina
de primera generación, tenía la rugosidad propia de un garapiñado. Cuando su
banda llegó y se acomodó en la estancia. El jefe hizo comentarios:
—Muchachos, como muchas veces se los he dicho,
la ciencia es poder, el poder del conocimiento se transforma en conocimiento
del poder, ese es el meollo actual, quien trate de irse por otro lado es su
asunto. Esta no es una empresa, ustedes no son simples empleados. Nuestra
organización es una comunidad, una iglesia con una religión donde nos
protegemos de todo aquello que es externo. Vivimos en la eterna guerra, en la
sobrevivencia, es nuestra vida, y no vamos a dejar que fácilmente nos la
quiten. Ustedes son “los superhombres”
que esperaba Nietzsche, son la esperanza en el mañana, hijos del mediodía.
Saben bien que aquellos que arman y protestan leyes, las infringen en
corruptelas. Sugiero quemar todas esas virtudes que nos alejan de la codicia,
saquémosla de esa madriguera vituperada para hacerla nuestra amiga. Ya sabemos
que el ser del hombre no es solamente vivir la realidad sino vivirla
novelezcamente. Y que sin agallas no hay gloria. Pero aparte está la
relajación. Hay tiempo para el esparcimiento. Que hermosa vida. ¡Hasta el más
infame podría envidiarnos nuestra frivolidad! Elemento que dilapidamos de
manera un tanto alborotada. ¡Sí! Hay que dejar que el corazón lata un rato en
el ocio. Porque realmente no es malo encariñarse de la locura, vivir con ella.
Y allí los
hombres y mujeres disfrutando. Repartían
la paja antes del espectáculo, justo en la entrada de la fiesta-orgía, en la
que se daba lo permisible, la sexualidad libre, sin tabúes, complejos ni
prejuicios. La moda: Pelucas blancas, maquillaje hombres y mujeres, vestido a
la usanza del siglo XVI. Todos como unos apóstoles del hedonismo. El ritual de
la celebración es bendecir con leche los vestuarios utilizando los ramilletes
de paja. Hay una banda de música que toca unos ritmos de lo más agradables.
En la mesa
de juegos algunos de la banda y como un par de relámpagos se disputaban los
ases del póquer, disparaban los dedos con una agilidad eléctrica. Una flatulencia en forma de bólido
se deslizó por la tapicería de la silla e hizo presencia entre ciertos
comensales bonachones. El bribón salpicó su carácter sobre alguna afelpada
sonrisa perdida por allí, parecía que ellos tenían un parasol de sobrellevar
listo para ese ataque. Entre los contrincantes y como un cloro nauseabundo y
azufroso, así mismo cayó la presencia bizarra de cada enemigo. Cuando se
conoció el perdedor todos gritaron: ¡Al claustro inhóspito del ninguneo!... así
aprenderán todos que odiamos a todo aquello que se asemeje a los perdedores de
tiempos pasados. Se precipitó toda la banda sobre las cervezas levantando en
los tarros un hervor de espuma. Se adhirieron a la reunión el desbordamiento de
bohemios, la jauría de dandis, el bodegón de pránganas por todos lados y con
ellos, el jefe babeando los brazos de las muchachas. El dirigente cuando veía a
una mujer hermosa, no dejaba descansar el ojo, hasta que ha terminado de meter
a la cabeza sus hechizos; se acercó a una, a su cabellera blanca, y aspiro el
anís que emanaba, tal parecía que la capacidad de encariñarse a su cuerpo era
infinita.
Un enjambre
de bailarinas orientales se dispuso en acordes amorosos, seducir al auditorio.
Ellos gozaban de su compañía como la estrella de cine de su farándula. Era de
adorarse la pureza sostenida en los pechos las muchachas, una pureza semejante
a la que anuncian en el agua de garrafón. La banda se abalanzaba tanto sobre el
templete como sobre las muchachas que
allí seguían al ritmo de la música. El Jefe se incorporó de su mullido sitio y
con voz firme y ojos avispados dijo: — ¡Oh mira hermosa con qué ternura bailas!
Haciendo tus saltos y vueltas sofisticadas, danzando tu aura como una
hipérbole gótica, eres el mito de la
Diana cazadora, de sus movimientos acuciantes, ¡Vaya pero con qué singularidad
y dinámica me incitas al ritmo de tu cintura! Del brazalete que circunda tus
nalgas bellacas, nalgas provocadoras de lujurias, incitadoras para el
eucarístico desmadre.
El escenario
exterior lo conformaba un peñón, el embarcadero y las casuchas lejanas del
siguiente pueblo, además de los montes circundantes. El peñón dejaba vestirse
de blanco y de frío, aunque por el color nadie creería en su pureza por haber
quitado la vida a ya varios cristianos, más bien su blancura significaba muerte
allá sobre los despeñaderos, sobre la roca filosa o las grietas de hielo. El
malecón atravesaba la ciudad, como una “Y” atravesada y aposentada en la
conjunción de las vidas de la ciudad marítima, y las opacas construcciones en
lontananza dejaban ver la civilización cercana.
¿Cuál era el
punto cardinal de la fiesta? La orgía, el cuarto oscuro, en el cual diez a doce
gentes mitad mujeres y hombres disfrutaban del sexo totalmente a obscuras,
reconociéndose por el tacto, por la lengua, entregándose al otro sin conocerlo,
sin saber de su persona; otorgando el cuerpo a su disfrute, el regocijo del
cuerpo de los demás. Se escuchaba un bisbiseo cerca de una oreja que rezaba
—“Déjame acomodar mis labios a tu cuello, quiero que como una corbata, lleves
estos belfos que hoy te regalo para que duermas explayadamente”— Las muchachas
tocaban como con ganas de arrancar la ropa con desesperación. El interruptor
hacía bien en dejar de hacer debutar a una luz que estorbaba a los estrenados
amantes, y los besos continuaban por horas; se escuchaban los gemidos, el
golpeteo contra las nalgas, el orgasmo. La libido ambientando los cuerpos,
poniéndolos calientes, sudorosos, en éxtasis. Y nadie quiso hacer un gesto
más... querían que cada una de ellas y su afrodisíaco olor de hembra enjundiosa
provocara alguna ganancia. Era la delicia de instinto que hacía disfrutar de un
reacio orgasmo incontrolable, de la implosión de éxtasis en confeti, de las
contracciones libidinosas y alharaquientas; así como de los espasmos vibrantes
y confabulados con una extraña cinética.
¡He aquí la resolución!: Germen de vida, semen corredor, semen loco, semen
inhóspito, voluntarioso, colérico.
La banda ni
siquiera sospechaba que se encontrarían con unas policías disfrazadas, sí,
disfrazadas, pero de mujeres desnudas,
era con ellas con las que habían hecho el amor, ellas se hacen descubrir,
y ellos les pasan una mordida. Todos juntos continuaron con el reventón hasta
la madrugada. Después de la fiesta todos volverían a tomar su pose como el
juego de: policías y ladrones.
Buenas Noches
— ¡A Ver niños,
ya se pusieron su pijama!
—No, esque nacho estaba en el baño y no salía.
—Y a poco no te puedes cambiar aquí.
—No esdeque la pijama estaba encima
del canasto.
—Bueno ya apúrenle, voy a la cocina,
cuando regrese ya tienen que estar listos.
—Sí apa. —Nacho se abrocha los
botones de la camisola, Luis juega con un par de coches.
—Ahora sí... tarán, tarán, tarán,
tarará rará, tarán tarán. La, la, la, la. tarán, tarán, tarán, tarará rará,
tarán tarán....la, la, la, la. ...tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán
tarán....la, la, la, la —Cuando el papá entró a la recámara andaban de una cama
a otra, eran verdaderos saltamontes estrenando maizal.—Aja já con que saltando
en la cama, canijos estos...
— ¡Papá, cántanos una canción!—el
papá se aproxima a los niños y acercándose va haciendo con movimientos del
cuerpo como animal que asecha:
Anoche yo estaba solo.
Yo estaba solo.
Y vino el lobo.
Y vino el lobo.
A que me como.
A que me como a este
niñito.
— ¡Así!
Ja-ja-ja-ja-ja—El padre se abalanza sobre los niños parados en la cama, los
toma de la cintura e inicia un cosquilleo que hace tirar a los niños y
retorcerse.
— ¿Ya le dieron el beso
a su mamá?
— ¡Ya!— responden a
coro.
— ¿Ya se lavaron los dientes y
rezaron sus oraciones?
— ¡Ya!
—Bueno pues... ¡Buenas
Noches! Y ahora a dormir; porque mañana se tienen que levantar temprano.
—No apa, mejor cuéntanos
un cuento—dice uno de ellos mientras ambos van metiéndose a las cobijas.
—Bueno pues, pero van a
estarse quietecitos. Una vez cuando había ido a dar una vuelta me encontré con
una familia muy singular. Ellos caminaban sobre
la avenida principal, era una familia de papel cartón, con caras de
papel reciclado, sus ojos eran las letras impresas en el cartón y cada uno
llevaba una par de amigos bajo el brazo. ¿De qué creen que habla una familia
que es de cartón?
— ¿De la lumbre?
—Aja. En la familia había un niño muy
juguetón, era el mediano de la familia, al niño le decían el niño-pasita era
pecoso y escandaloso. Su sonido era algo así como Chric-chric-chric. —el papá
mueve los brazos, haciendo gestos divertidos, los niños se carcajean y continúa
con el relato.
—Toda la familia tenía cierta belleza
en las letras doradas que relumbraba como una bolsa de papitas, tenían
ornatos en las tapas y en sitios por
dentro muy escondidos, se distinguían una serie de grapas rotas; en el niño y
la madre colgaban, como si fueran corbatas requete coloridas, unos hilachos de
cinta canela, el pegamento de esa cinta ya no servía, se veían muy felices y
entusiasmados, parecía que regresaban de alguna fiesta con payasos.
— ¿Y con magos?
—Sí, una fiesta muy divertida.
Entonces como estaban como cajas de cartón no podían pasar las calles juntos
porque se estorbaban y porque las banquetas eran muy pequeñas, entonces los más
chicos de la familia iban atrás, como en fila india. Y luego cantaban la
canción de Blanca Nieves y los siete enanos: aijó, aijó, vamos a descansar...
trarárarararárara´ aijó, aijó—el papá
infla los cachetes y pone las manos juntas a la altura del omóplato como si
cargara una herramienta al hombro. Los movimientos del padre solo despiertan
sonrisas en las caras algo soñolientas.
—Apá cuando iba a la escuela vi a un
monstruo que estaba adentro de un agujero... Y luego el monstruo tenía en su
cabello una coleta bien amarrada y les decía a los niños que iba a probar sus
dedos para saber a que sabían y después a la abuelita le iba a convertir en carne.
—Sí apa, era un señor que roba a los
niños y les rompe la cabeza y muerde los dedos.
—bueno, pero guarden silencio, si
quieren que les siga contando la historia de la familia cartón.
—Ajá.
—Entonces un señor que era malo les
puso por toda la ciudad un rompecabezas para que estuvieran separados y entre
las piezas del rompecabezas les ponía cerillos de lumbre.
— ¿y que hizo la familia para estar
juntos papi?
—todavía no llego hasta allí, el niño
pasita buscó la manera de esconderle los cerillos al señor malo para que no
pusiera los cerillos pero como el niño era muy escandaloso el señor se dio
cuenta y dijo:
—Ajajajá con que me querías engañar—
y tomo al niño de una de sus tapas de cartón, lo enredó con cinta canela y lo
dejo en una pieza de rompecabezas muy difícil de colocar
—y después que pasó.
—La familia para volver a ser unida y
feliz empezaron a recortarse entre unos y otros y a mezclarse y cada vez eran
de pedazos más pequeños y más pequeños y de colores distintos y también
comenzaron a recortar las piezas del rompecabezas hasta llegar con su hijo el
escandaloso y luego se siguieron recortando hasta transformarse en algo que en
las fiestas siempre quieren porque hace reír y celebrar y ser felices o sea el
confeti; por eso cuando lanzan al aire un puño de confeti es como si vieran a
la familia cartón unida y muy feliz.
La dormitación de los
niños se acrecentaba cada vez que dejaba
corear un pequeño siseo entre los labios. El papá apagó la luz, pero la luz
imaginaria de los niños empezaría poco a poco a florecer en sus sueños.