EL ESPANTO DEL ZAHUAPAN
El río siempre ha estado allí. Lo que apareció fue
reciente y muy inesperado. Los Tlaxcaltecas antiguos lo sabían, pero nunca
pudieron decirlo. El río Zahuapan a sido
desde antes de que se edificara la ciudad, miembro del paisaje, de este sitio
anclado en el altiplano mexicano. El agua era nítida pero con el paso de los
años se volvió líquido turbio de desagüe. Yo estuve allí cuando pusieron las
barreras de contención, en ese entonces me parecían exageradas y gigantescas,
se construyeron tremendos muros por el constante peligro que había cuando se
avecindaba una tormenta, el río se desbordaba.
Estudiaba en la escuela primaria Emiliano Zapata, recuerdo que habían
puesto un rompeolas muy cerca de la escuela pero este no aguantaba los embistes
del torrente. Hay todo un cúmulo de historias en torno a la Escuela Emiliano
Zapata, el río y sus alrededores. Algo de ello dejó marcada la vida. Cuando iba
a la escuela primaria me resultaban algunas cosas divertidas, algunas otras no
lo eran tanto. De entre lo divertido estaba salir al recreo o bien a la clase
de educación física, lo que sucedía en los
recreos era todo un mundo de acontecimientos. Puedo pensar que no tuve
un recreo igual; siempre eran diferentes y la diversión ocurría desde jugar con
el amigo, patear la pelota, hasta corretear a la niña simpática del salón. Hubo
ocasiones en que de escapada jugábamos en la “playita” lugar solitario formado
por la arena dejada por el río. Entre las jarillas y matorrales solíamos
construir chozas de zarzal donde comíamos la torta y nos divertíamos a lo
ancho. Ocurrió también las veces en que
la patada lanzaba la pelota hasta el río y quien daba la patada tenía que meterse
a la corriente a sacar el balón. Recuerdo que me tocaron dos ocasiones, sólo
dos. En realidad no era tanto meterse al agua, sino que el agua era de desagüe,
y por tal razón prefería no meterme en ella. Algunos niños vecinos de la ribereña solían de vez en cuando
bañarse o bien cruzar el río para escaparse e irse de pinta, nunca hice tal
cosa, aunque me hubiera gustado. Aproximadamente a setenta metros de la escuela
está el puente rojo, es afamado por su nombre. Este armazón encarnado hace
comunicar la región norte de Tlaxcala con el centro. Pues bien, justo a un
costado de este punto se encuentra la fábrica Zahuapan, maquiladora de telas.
Nos acostumbramos a residir con sus sonidos, sus vibraciones, su marcar del
tiempo en la ciudad y hasta conocerla en su interior por lo siguiente. La
fábrica contaba con un drenaje amplio que se unía con el desagüe pluvial de la
avenida Guridi y Alcocer, este desagüe terminaba en el río por lo cual había
una cavidad hacia el río, para los demás niños era la aventura, le habían
puesto por nombre “la cueva del diablo” nombre no muy original pero que de
principio llamaba la atención. Fueron varias las ocasiones en las que entré a
ese sitio, y eso porque mi hermano Damián era osado para esas aventuras y le
gustaba espantar a los niños cuando pasaban cerca de “la cueva del diablo”. Para entrar teníamos que
bajar el muro de contención, pisar unas piedras sobrepuestas y luego la arcilla, de entre los huecos y
basura estaban los nidos de ratas; esa era una de las pruebas para demostrar la
valentía. Caminábamos junto al muro por espacio de veinte pasos y allí estaba
la balaustrada indómita, como tratando de doblegar nuestra intrepidez, haciendo
del corazón un trapo agitado por el espanto, nos corría un sudor frío cuando se
oía ese sonido de aire extraño, parecía
que hablaban desde el interior de la caverna. Era un retumbo lamentoso en ecos
— que asegurábamos — estremecía hasta a los mismos roedores. Mi hermano Damián al frente, animándome a mí y a los otros tres
chicos, cuando trepábamos se escuchaba el quejido quebrado y entonces nos
poníamos estremecidos desde los pies hasta la cabeza, se podía ver la silueta
de algo aparecido. Era la silueta móvil de un hijo de la llorona.
EL ABRAZO
No acordó nada, sólo
sucedió a partir del cumpleaños de Ramiro. Ella no le daría el abrazo porque lo
quería, — aunque a primera vista esto
suene ilógico —sin embargo Alejandra no podía ponerse en evidencia. Prefería
guardarse ese deseo, verse recatada;
aunque Ramiro sabía que cosa sucedía.
—Quiero comentarte algo
— dice Ramiro acercándose a ella mientras trabaja en la cocina — pero no se lo
digas a nadie porque Gabriela me dijo que no se lo dijera a nadie.
—No, cuando me has visto
que ande comentando las cosas.
—Bueno pues, Gabriela me
dijo que dos personas le habían dicho que tu eras mi novia, una persona había
sido su sirvienta y la otra persona no se quien es y pues, resulta que
ella está celosa de ti.
— ¡Ha! Ahora ya se
porque no me quiere hablar, si antes me saludaba bien, me hablaba, y ahora ya
no.
—Lo que pasa es que como
comprenderás, ella fue mi novia, y creo que todavía siente algo por mí, aunque
no puedo negar que yo también siento algo por ella. No se que cosa es, pero
creo que la sigo queriendo. Pero... necesito decirte otra cosa Alejandra,
también siento algo por ti, tengo ganas de atraparte. ¿Tú sientes algo por mí?
—Pues sólo hemos sido
amigos, y yo quiero que seamos amigos — dice la muchacha mientras que sus manos
trabajan en los trastos y sus ojos observan al apuesto joven. Es evidente el
enamoramiento al verle.
—No pero a mi no se me
quitan las ganas de atraparte.
—Pero y porque no me
hablabas antes y ahorita sí, si antes de que me dejaras de hablar nos
llevábamos bien.
—Porque tu me dijiste
que ya no te molestara.
—No pero ya no
platicabas, y platicar no es molestar
—Pues sí, para mí sí,
porque platicar con alguien es ya atrapar y eso es lo que yo quiero.
—No, somos amigos y
quiero que sigamos siendo amigos.
—A poco no sientes algo
por mí.
—Si pero sólo como
amigos.
— ¿Que acaso soy feo?
—No, no eres feo
—Entonces.
—Lo que pasa es que
simplemente no puede ser... ya tengo novio.
—No importa, podemos
querer o a poco no — el joven toma de la cintura a la criada y soba esa parte.
Ella se ha subido a un banco para poner
algunos recipientes en la
alacena.
—No, ya déjeme
—Ya te había dicho que
yo soy bien pícaro, o sea bien travieso.
—Si ahora ya se porque
Daniel me había dicho que tuviera cuidado con usted, yo le dije que usted no
era así.
—No, lo que pasa es que
ellos ya conocen que yo soy bien travieso, si he actuado contigo así es porque
no quería hacer daño. Por eso cuando me dijiste que ya no te molestara, ya no
te molesté; pero ahora que sucedió esto que dijo Gabriela, voy a continuar.
Aparte de otra razón que tengo.
—Qué cosa.
— ¿Porqué no me diste mi
abrazo de cumpleaños?
—A poco quería que se lo
diera.
—Si, eso era importante
para mí, quería sentir tu cuerpecito cerca. ¿Puedo esperanzarme en que todavía
me lo darás?
—No lo se.
— ¿Acaso no sabes lo que
significa un abrazo de cumpleaños? Es el gesto de afecto por una persona, es el
congratularse de que existe, es el demostrar un sentimiento aunque sea mínimo.
Pero como no has querido te lo voy a arrebatar y no sólo eso sino que esos
abrazos los voy a multiplicar por veinte, porque lo que quiero es atraparte.
—Si pero yo no quiero.
—Pues ni modo, ahora me
aguantas, porque sabes una cosa a Gabriela no le vas a cambiar la opinión de
que tu eras mi novia, porque ella sabe que yo soy bien canijo.
—Entonces esta celosa.
—Si está celosa, ya te
dije que me sigue queriendo, pero también creo que tú también sientes algo por mí.
A poco no te pongo nerviosa, yo se que sí y no mientas Alejandra
— ¡OH! Ya déjeme.
—Qué no te gusta que te
acaricie la cintura.
—No, me hace sentir mal.
—Que tanto es una
caricia, al contrario, las caricias hacen nacer sentimientos.
—Bueno pues dígame bien
porque no me hablaba si platicar no es molestar.
—Ya te dije que para mí
sí, porque con el verbo se seduce, se atrapa y si hablo voy a guiar todo para
atraparte, para que caigas y eso es lo que voy a hacer aunque no quieras, voy a
andarte correteando y no te voy a dejar hasta que me odies.
—No yo nunca lo voy a
odiar, pero... ¡ya déjeme!... Porque no va y molesta a Gabriela.
—No, a ella ya la molesté
mucho. Soy una pesadilla.
El joven se
acerca mientras la sirvienta limpia la mesa y le toma la mano en cuanto pasa el
trapo cerca. La corretea al rededor de la mesa. Alejandra con una sonrisa
amarrada a los dientes, corre con pasos cortos y sube por los escalones al
primer piso. Ramiro la sigue pensando en una cosa: atraparla para arrancarle
abrazos y besos. Para Alejandra esto no es más que un jueguito de “al gato y al ratón”, un correteo infantil. Para Ramiro
va más allá que eso, quiere amarla y saber cuales son sus límites, necesita
conocer hasta donde permite Alejandra el acercamiento. Antes de que peligre el
sexo lo evapora lascivo. Ramiro en su relación con Gabriela fue un volcán
pasional donde el ganador fue él, en tanto que Gabriela recuerda buenos
momentos y tiene un sentimiento de deseo, de querer a Ramiro, de desear tenerlo
siempre cerca. De vivir todos los momentos juntos. Pero Ramiro no está
dispuesto a perderse de las aventuras amorosas de la vida — el sabe que
cachorra y alternada la vida se repite en vectores de sentimiento —, él ha
preferido amar a muchas y compartir el amor con las que sean suficientes.
Mientras, Ramiro ha entrado a la recamara de la sirvienta, al tratar de
abrazarla, Alejandra se transforma en Gabriela a los ojos de Ramiro. Es el
hechizo que ha formulado su exnovia para vengarse del “don Juan”.
MALINTZI
Nos conocimos cuando la
inflexible clase de experiencias me acompañaba a las compras del mercado.
Malintzi me saludó con su envolvente mentalidad de amor. Y yo retrocedí ante su
hermosura. Nos convidamos el alma y recorrimos como amigos la ciudad de
Tlaxcala, ella era de una inteligencia ruda
y sabemos de antemano que rudeza aunque se vista de seda, golpea fuerte.
Se veía como una diosa caminando por la
avenida Juárez, fue entonces cuando se acumuló poco a poco y suavemente el
porvenir, en mi admiración.
Al pasear
por las avenidas. Malintzi y yo correteamos como niños, reímos como locos. Su
cascada de risas me embrujó hasta el orgasmo. Ella me platicaba de aquellos años de grandeza
cuando era traductora. Me dijo que la longeva conciencia permanece atada a la
existencia y ella está, se queda como el
viento, o el aire de estas tierras. Ella es el alma de Tlaxcala. La cuna
terrestre de su frescura estaba por quitarme el bigote de años; pero, ella lo
impidió con un beso. La observe con el rabillo prudente del fisgón, la tenaz
antena del misterio me cubrió de besos. Paseamos por las colonias y después
llegamos al parque, nos tomamos un café, mientras hacía una propuesta de amor.
Quería que compartiéramos el entusiasmo del erotismo. Mientras ella sorbía el
café y oteaba mis ojos. Yo engalanaba el cuerpo enchulandolo con el cautivante enredo de una sonrisa. Mientras,
la locura sitiada en la ciudad, elegantemente se posesionaba del transporte público.
Al llegar al hotel, el dependiente la
reconoció y hasta se acicaló mi oído al
escuchar su nombre.
Reconocimos
en nave de besos el atardecer. Su indulgente mata de cabello me acogió como una
caracola, como un hijo, como un amante. Ahora visitábamos nuestros sentidos
tocando accesos de placer. Sus senos me coronaron la intención de mis avaras
manos. Como chupacabras lamía el
cuello. Su playa virginal me llamaba a viajar a su floresta. Desvestí la
llamarada de erecciones en la estrella dilatada.
Esperé a que
despertara la seda de su espalda para ponérmela de corbata. Pero cuando traté
de hacerlo se desvaneció bajo la sabana.
AMOR
Cuando deje de caminar,
se acumuló el porvenir en mi consecuente mirada. Observé la cascada de
entusiasmo de los transeúntes, y mis
avaras manos llegaron hasta la atmósfera. Me enverdecí de gusto. Las aguas de
mi herencia me convidaron un sumo de locura. Los mediterráneos descalabros del
pasado me perseguían pero yo los enfrentaba como si fuera un toro herido. Las
parroquias me acosaron, yo no quería pero... a punta de compromiso fui a misa y
el virtuoso crucificado me obligó a ser puro amor. Me vi obligado a querer a
toda la manada de: saltamontes, chimpancés, koalas, hormigas, chupacabras,
cebras, iguanas. Utilice todas las teorías, me hice de argumentos científicos
para esta odisea. Almacené gran cantidad
de besos y abrazos en mi cuerpo para donarlos, aquí bajo mi brazo, en el sobaco, abajo de la
lengua, en el esófago, en el ronquido de mi voz, en los nervios, en la sonrisa,
entre las aberturas de los poros. Mi tenacidad era tal que borboteaba como la
sangre en un cerdo herido. La intrepidez
fue tal que desaparecieron los hombres y se presentó ante mí el amor en
persona. Amor me dijo que eso era demasiado. Que la locura se había sitiado en
la ciudad y se había posesionado de la sustancia. Que el gran cenote de amor
que quería escanciar pronto se convertiría en orín de hormiga; que
aquellos en la ciudad lo beben sin consideración despilfarrándolo en las cosas, en los
cuchitriles, en la vacuidad, en las visiones que aparecen de repente, en la
cara de los elementos. Amor me invito a
su mansión y era el paraíso.
Estando
allí, el edén lucía la felicidad con un gran moño en el Horizonte. Sólo con
eso. Sólo eso y se enredo la sonrisa en mis labios. Busqué un sitio donde convidar a la siesta a un paseo de sueños y
me encamino a sus arbustos, cerca del árbol de la representación. El árbol se
alisó las ramas con un poco de viento e inflo sus frutos con agua nutricia. Me
embriague de sueño y la embriaguez me llegó hasta los pulmones, recorrió mis
uñas, los tendones, el bigote, mi sexo y llegó a mi tórax. Y soñé que era un
hombre llamado Edgar y que era licenciado en filosofía y que vivía en Tlaxcala.
Desperté de esa dolorosa pesadilla que había dejado una llaga en el ojo
izquierdo. Cuando me despabilaba llegó Amor y me dijo:
—Tú ya me aburriste con
tu creatividad, prefiero que seas mediocre. Vete allá donde te encontré. Es
verdad que no puedes dar amor a todo el que encuentres. Pero aunque sea ve a
dárselo a las putas en vez de estar aquí de holgazán.
Le hice caso
y ahora estoy aquí destartalando mi sentimiento para darlo. Me he dado a la
tarea de trabajar como un dulce en lengua de infante.