Me salí del restaurante
“Lo
inexpresable no existe”
Théophile Gautier
…Y Ahora que las tortillas han pasado
a ser un artículo de lujo, haremos una declinación hacia ese alimento barato y
consumible: el pasto y los quelites. En eso estaba cuando entré al restaurante
y todo en él me tomó desprevenido, los quelites y el pasto se quedarían con las
ganas porque allí los chiles rellenos me daban la bienvenida, la ensalada se
enverdecía nomás por el gusto de verme y la pizza, toda ella me guiñaba el ojo
lleno de salsa de tomate; las hamburguesas se cuchicheaban para hacer alguna
estrategia y así llamar mi atención, el mole tomaba fuerzas de no sé dónde y
sacaba a relucir su aroma deslumbrante, el pozole siendo un poco más grosero,
lo único que hacía era pelar unos dientes bien reventados, el espagueti,
trataba de lazarme el cuello, en tanto que el chile colorado se ponía furioso y
un poco más colorado, los tacos con crema tocaban sus flautas y la pierna
ahumada me invitaba adentro, o hincarle un colmillo; pero las chuletas de lomo... ¡Esas no tenían
vergüenza!
Cuando
estuve placenteramente cómodo observé que, allí sobre la mesa, las galletas me
hechizaban el olfato hasta que no pude soportar tanta insinuación y les caí
encima, de a dos en dos fueron pasando por mis hábiles muelas. Mi mirada de
gavilán se abalanzaba tanto sobre los platillos como sobre las muchachas que
desde sus asientos seguían el ritmo de la música. El perfume anais-anais me
vitoreaba la indulgencia Mi indiscreción
no preocupaba a nadie, la avispada mirada continuo desperdigándose por la
estancia.
Me veía en el parque y
allí, la hoguera prendida a una pértiga en vaivén era atacada por ligeros cohetes que cruzaban la distancia y estos se
encontraban amarrados a cintillas largas, como mechas sulfúricas que al tocar la lumbrera se prendían y hacían
caer trenzas pirotécnicas de colores y contornos humeantes desde lo alto, se me
figuraba ver aquellos antiguos artefactos pirotécnicos que dejaban caer
encendidos de cohetes: chispas y petardos desde la torre de la iglesia, hasta
la explanada por medio de una soga. Aquellos jóvenes cerca de la fuente hundida
jugueteaban para ver quien ganaba en la competencia de tener el mayor alcance en
sus patinetas, era así como se estrellaban en los árboles y hacían caer a las
ardillas como manzanas maduras. Luego me veo pegándome en la planta de los pies
con un tubo de acero.
Estoy jodido pero sé
derrochar, por eso entro a los restaurantes lujosos, donde me saludan por allá
Robert De Niro y Sharon Stone, aquí Paul Gauguin y Marilyn Monroe y acullá Salma Hayek y Steven Spielberg. Busco en sus
espectros una resurrección de jazmín y los huecos se ven en los puentes que
atravieso de manera intermitente, ¡Oh! Vaya la coquetería que baraja la aldea,
se asoman por allí unos recién nacidos resplandecientes, colgados y
despellejados como pollos tlaxcaltecos en un mercado, ellos son quienes
llamaban a mi degustación; pero... en este momento no llevo suficiente cambio,
¡Lastima, ya casi me imaginaba saborear una piernita con ese delicioso sabor
lechoso!
Lorenzo con una
personalidad elástica hacía de la adiposidad su mejor compañera. La rotación
cultivada de su espíritu se vaciaba mineralmente en el ardid. El traje de
Rodoreda, parecía salea de camarón. Él se hacía acompañar de Clara, pero
¡Hay! Diosito la premio con una cara como para morirse de espanto y cada vez
que la miraba me imaginaba ver algún demiurgo de lo más horrible. La única
carcacha que veía entre tanto espécimen hermoso era la esposa de mi amigo, él
dio por aludido ese pensamiento, sabía que el doble sentido de las palabras
estaba entretejido. Con sólo decirles que su mano era un pedazo de cuero como
una tela de esmeril difícil de acariciar. Los gorriones iniciaron con trinos de
acompañamiento; El banquete, de manera entrecortada, inauguró su ritmo, pero
eso sí cada cual por su lado.
En la mesa
contigua estaba una hermosa vecina, como una mariposa nocturna se alfombraba de
manera muy bien recamada. Llevaba un sostén suficientemente descapotado y en
pleno alborozo. Tenía la cara de Linda Evangelista, y su perfume era Catalyst
de la marca Halston. Su parloteo
me andaba buscando la oreja, pero como yo la tenía ocupada con la polka Junke de Strauss, hice
entumecer la perturbación con inciensos de ensimismamiento. Pude esperar un
poco y repartía mi atención en las dos eucaristías.
Comía todo
aquello como un desaforado, los meseros me atendían con maestría. Degustaba los
manjares con todo y sus colores: rojo salsa, verde perejil, color tortilla,
blanco cebolla, entre otros y bebidas varias como vino, refresco de soda y
café. En el portal izquierdo, cerca del bar, las noticias titiritaban en la
pantalla de la tele, anunciaban tal vez buenas noticias, como siempre, yo
esperaba las peores inclemencias. —A grosso
modo— La rebelión refaccionaba los ímpetus guardados durante la última
década, la inconformidad de la tribu se climatizaba en el ambiente. La erupción
de la guerra encostalaba a gatos, y a perros. Las lúdicas caras de: Centímanos, Multicéfalos, Cien-ojos,
Cari-horrendos, Zoomorfos; Híbridos de múltiple casta como el Cerbero, la
Quimera; se dejaban ver en la pequeña pantalla. Como que se querían salir de
ella...
Estoy impúdico. Los hipopótamos me roen. Los corderos, cuando me miran,
acuden a acurrucarse en mis cobijas; un pequeño tritón ha chupado mi cerebro y
ha ocupado su lugar. Dejemos que las larvas vayan colonizando en tribus por mi
vieja axila. De manera muy escueta,
una bifurcación de células hizo de mi entusiasmo un vodevil. Y luego, un Hipocampo gendarme inauguró una marcha de Híbridos:
la marsopa-raqueta, el estudiante-hurón, el murciélago-betún, la pantera-oasis.
Los espectros del transporte se asomaban al restaurante y se abrazaban a la estructura del edificio.
Alguien me llamó. ¡No supe que pasó! Pero... me salí del restaurante sin pagar
la cuenta, ¿Saben porqué? En ese momento desperté de mi sueño.
El vestido de novia
—Y ¿Ahora que vas ha hacer con el vestido?
—Allí que se quede, como
si me importara, pero triste Diana, conque me quería enjaretar su hijo si yo
nunca nada con ella, a lo más, llegábamos a unas calenturas leves.
— ¿Cómo te diste cuenta?
—Se fue a probar el
vestido y no le quedaba, le habían tomado las medidas dos veces porque el
vestido ya le habían cambiado la talla hace como quince días; y vez como es mi mamá, bien metiche y le saca
la verdad. Dice mi mamá que se puso a llorar pero nada se puede resolver, si
ella hubiera sido sincera, sabes, hubiéramos resuelto el problema, pero ese
engaño ninguno lo pasa, te lo aseguro. ¡Petra, dale vuelta al casete... se
acabó! Si, como vez, son jaladas, he de estar salado para que me pasen tantas
cosas, me roban mi bicicleta, voy a tomarme unas copas y me parten el hocico,
pierde el Cruz Azul y... y pues esto de Diana. ¡Se pasa!
— ¿Y habían entregado
las invitaciones?
—No, Martín iba a ser el
padrino de invitaciones, me dijo que tenía otras deudas por pagar pero en esta
quincena sí iba a tener dinero para eso, al rato lo voy a ver para decirle las
nuevas. Se va a burlar el cabrón, pero ya ni modo.
— ¡Voy por las tortillas
y por allí voy a comprar azúcar...!
—Oyes. Pérate, no seas
malita Petra y tráete una caguama, pero te la traes bien helada, sabes... te
traes de las del fondo, esas sí están frías.
—Aja
— ¿Dónde está tu mamá?
—Se fue por el vestido,
pues ya está pagado y terminado.
—Bueno, me voy, nomás
venía para enterarme de eso.
—Pérate, ¡No ves, fueron
por la caguama! A poco crees que la mande a comprar para mi solo. Aguanta.
Aguanta. Petra tiene también hecha la comida... ahorita comemos— Los dos amigos
Fulgencio y Nicolás se quedaron platicando sobre el fútbol, sobre los asuntos
del trabajo entre otras cosas.
Los dos
trabajaban en una tienda de telas en la principal calle de la ciudad. La casa
de Fulgencio se encontraba en la unidad habitacional de Santa Gertrudis en el
municipio de Ocotlán en el Estado de Tlaxcala. Fulgencio tenía ganas de
casarse, y como hombre prevenido, antes de comprometerse con Diana había salido
varias veces y simultáneamente tanto con Diana como con Cristina. Cristina era
una jovencita de diecinueve años que trabajaba en la papelería que estaba a un
costado de la tienda de telas donde laboraba Fulgencio, era una mujer simpática
y de cabello lacio. Fulgencio siguió saliendo con Cristina cuando se rompió el
compromiso con Diana, pero Cristina no se enteró de su anterior relación y
enlace. Al mes siguiente, Fulgencio le propuso matrimonio a Cristina y ésta
acepto.
—Mamá, ven Mamá, ven a
ver el vestido, lo trajo Fulgencio, ha de estar lindo.
—Estoy viendo la novela,
vente para acá, allá en el comedor no hay buena luz niña— la señora se levanta
del sofá y enciende la luz. En el centro de la sala hay una mesa de centro de
madera y vidrio en tinte de cedro. La muchacha pone el vestido sobre la mesilla
y ese mueble desaparece ante el enorme volumen de la prenda.
—Pero mira que lindo.
—Sí, era la sorpresa que
me tenía Fulgencio.
—Hay pero si parece que
hasta sabía tus medidas, anda sácalo de la bolsa, quiero verlo completo, ¡Hay
mi niña de blanco! Pero cuando iba yo a pensar que te ibas a casar tan pronto,
pero ni modo, así es la vida. —Cristina saca el vestido, lo desempaca y se lo
pone enfrente, como midiéndoselo. Toma la tela a la altura del muslo y lo
abanica para dejar ver su esplendidez.
—Hay mamá estoy tan
emocionada... y muy nerviosa.
—Hay no creas que yo no,
hija, desde que me dijiste que te habían pedido en matrimonio no salgo de las
preocupaciones, creo que hasta he bajado de peso nomás de la preocupación.
—Todo saldrá bien mamá,
no te preocupes, yo soy la que no debo de subir o bajar de peso, que tal si
luego ya no me queda el vestido.
—Oyes hija pero anda, saca el tocado
que también lo quiero ver. Mmm... Es este. Hay mira nada más que encanto es
como el que usó tu tía Narcisa, en forma
de “v” en la frente, nomás que el de ella tenía unos como azares colgando, como
toquilla árabe, tenía más pedrería, pero eso pasó de moda. A ver ven para que
te lo vea puesto, tenemos que ir pensando de una vez como vas a ir peinada, no
quiero que a la mera hora te vayan a querer poner cualquier chongo. Hay pero
que linda, mira, te lo vamos a agarrar de acá y de acá para que no se te caiga
o te lo jalen, acuérdate que vas a bailar a la “víbora de la mar” y luego jalan
mucho el velo.
—Hay ma me pongo tan
nerviosa, de que me vaya a tropezar allí entrando en la misa o a pasar
cualquier otra cosa. ¡Ah! Tenemos que comprar las zapatillas, las medias, los
ligueros y... bueno todo lo demás que hace falta. Sí, tengo dinero para eso.
Luego hago la lista.
—Hija, el viernes no
vayas a salir a ningún lado, porque Mary está organizando tu despedida de
soltera. Allí vas a recibir tus primeros regalos. A todo esto hija ¿A dónde van
a vivir?
—Mientras, vamos a vivir allí en su
casa con mis futuros suegros, y su tío tiene un departamento rentando allá por
Ocotelulco y se lo va a rentar barato, pero vamos a esperar un poco hasta que
lo desocupen y le hagan unos arreglos.
—Bueno, hija eso no
importa, el hombre aunque sea pobre, pero honrado, y sobre todo que te quiera
mucho hija.
— ¡Hay que emoción! Te
juro que vamos a hacer muy felices y... luego, luego quiero tener un bebe, tu
primer nieto—En sus caras hay felicidad, regocijo, el compromiso avecindándose
las llena de emoción, se entusiasman por el evento. Para la noche, el vestido
quedaba colgado desde un sitio alto esperando sus futuros protagonismos.
La secretaria del párroco se acomoda en la silla, y
observa el libro, el acta de nacimiento y las fotografías.
— ¿Usted dice que se
llama cómo?
—Cristina Portilla
Méndez, vea, aquí está mi acta de nacimiento y
mi fe de bautismo.
—Pues sí, pero... según
parece este señor ya se casó, las amonestaciones corrieron hace tres meses y se
casó en otra iglesia, aquí no. El nombre de la mujer con la que se casó se
llama... mmmm. déjeme ver... aja Diana
Hortensia Tlapale Ortega
—No, No es posible, ha
de estar usted confundida. Él no está casado, su nombre completo es Fulgencio
Pulido... ¿Cual es su otro apellido mamá?
—No lo sé, pero allí
está en su acta de nacimiento además usted a de tener las fotografías que se
dan para las amonestaciones.
—Si pero, las
amonestaciones que se corrieron en estos meses todavía están pegadas en la
vitrina a la entrada a la iglesia.
— ¡Fabiola venga un
momento por favor!— grita el párroco desde el interior de una oficina
contigua—Las dos mujeres, madre e hija se quedan sin comprender nada,
anonadadas ante la noticia. Se miran una a otra, en sus caras campea la
sorpresa. La secretaria regresa.
—Lo siento pero no se
pueden casar, él ya está casado. Si quieren pueden ver las amonestaciones, aún
están pegadas a la entrada de la iglesia.
—Gracias señorita,
nosotras casi, casi nomás veníamos a pedir informes pero... vamos a ir a ver
como se resuelve este malentendido o que nos den explicaciones de esta burla. —recogen
sus papeles y salen de la oficina. Cuando van a la iglesia van diciendo pestes
y maldiciones, diálogos indescriptibles.
Cristina
entró a su casa. El timón que gobernaba su templanza estalló por los aires, de
modo tan eficaz que hizo un hoyuelo cavernoso en sus poderosos ojos vidriosos y
animalescos. Estando así su aura azul color calma se transformó en amarilla
color puntiagudo; el desarreglo de su espíritu, tan imprevisto y sólido como el
esqueleto de un felino haría temblar al mismísimo diablo y observándola en
cámara infrarroja se podría atisbar a una bestia que bufaba furia o a una
máquina que fabricaba el carmesí calorífico propio de los elevados grados
centígrados. Entró a su recámara y allí estaba el vestido, no encontró otra
cosa en que vengar su dolor que en esa prenda — ¡Maldito Fulgencio, me las vas
a pagar! ¡Te querías burlar de mí, me querías ver la cara!, ¡Pero no se te
hizo, no soy ninguna tonta y ahora veras!— La muchacha intempestiva, furiosa,
toma los cerillos que están en el buró, arranca de un jalón el plástico que
protege el vestido y empieza a lanzar cerillos encendidos desde su cama. Está
encorajinada. Al vestido le van apareciendo llamas que luego se apagan, se le
van haciendo una especie de lunares negros, hematomas tostados. La prenda va pasando de vestido
blanco y pulcro a vestimenta: disfraz de
tragafuegos.
La mamá de
Fulgencio se codeaba muy bien con la cocina y se entendía de tú con las
especias. Llegó Fulgencio a la cocina y con la habilidad de un tejón digirió
todo lo que estaba sobre la mesa, luego se limpió con la manga del suéter— Ma
voy a ir a ver a Cristina para ver como le quedó el vestido, horita le voy a
decir lo de Diana. Espero que no se enoje.
—Y como crees que no se
va a enojar, si eso acaba de pasar y tu ya te vas a casar de nuevo. Y lo peor
es que con el mismo vestido. A ver si no te hace comprar otro. Porque a las
mujeres no nos gusta eso de “cosas de segunda mano”.
—Bueno a ver como me va,
nos vemos.
—Aja, ¡Oyes hijo, de
regreso compras un litro de leche y pan para la cena!
Huyó su esperanza para
casarse, como un tornado sobre los campos de Arkansas, cuando vio la cara de
ella al abrirle la puerta, en ese momento era tan brava que un insulto de su
boca podría de algún modo causar una infección. Ella lanzó su ponzoña
exacerbada y cuidó muy bien de hacer a él con sus palabras el mayor mal,
minando así el horrendo pecado que había cometido, haciendo y diciendo se fue
contra él y casi desaparece ante los golpes y los insultos, había en todo el
vecindario por culpa de esa camorra: palabras en estallido, cuchicheos tras las
ventanas, griterías de los vecinos. El enamorado no podía explicar nada, nadie
lo escuchaba, los otros no tenían oídos para escuchar sino sólo lengua para
injuriar y brazos para golpear. Al hombre le nacían moretones por el cuerpo de
igual modo como le habían nacido hematomas tostadas al vestido. En últimas supo
que quien podría salvarle serían sus piernas, y no tenía otra opción, así que
utilizó esa opción. Salió como tapón de sidra en noche de Navidad. Otro día
explicaría las cosas, en ese momento no. Cuando regresó Fulgencio a su casa, su
madre no le preguntó sobre el encargo que le había mandado traer. Tampoco lo
iba a castigar con unos cuantos golpes, ese día ya había recibido su dotación.
Esa noche no cenaron ni leche ni pan.
Dos días después los
padres de ambos se reunieron para aclarar las cosas. Fue entonces cuando
supieron que Fulgencio se iba a casar con Diana pero se había suspendido la
boda porque ella estaba embarazada de otro y quería comprometer a Fulgencio.
También se supo que las amonestaciones habían corrido y como habían
especificado una fecha y una iglesia pues en la catedral, la arquidiócesis dio
por sentado el casamiento de Fulgencio en otra iglesia. Pero Fulgencio nunca
aclaro el rompimiento del enlace. Otro de los datos relatado entre las dos
familias era el de Cristina, ella había
quemado con cerillos el vestido de novia y aunque se aclararan las cosas, el
vestido quedaría inservible. Para esto, salió a relucir que la mamá de
Fulgencio no sólo se hablaba de tú con las especias y la cocina sino también
con la costura, y se convino en el arreglo con holanes, encajes y bipiur.
En el día de la boda el
sol había despertado de buen humor, parecía todo él una serranía de ortigas
amigables y como un rascacielos mancomunado con las nubes así se veía la
relación del sol caliente con el evento que se avecindaba. A los vientos
parecía los habían embalsamado y en esa tarde no pudieran molestar. En la casa de Fulgencio se vivía un
entusiasmo desde tres días antes. En el patio se había puesto un manteado que
cubría todo el patio, y uno más... pequeño, de color azul frente a la cocina de
humo, allí se podía ver a la gente trabajando para hacer la comida. El mole ya
lo tenían listo, faltaba que terminara de cocerse el pollo y el arroz. Los
repartidores de refresco y cerveza descargaban cajas y Petra y algunas primas
de Fulgencio adornaban el improvisado salón de fiesta. Al patio le habían
echado agua para que a la hora de la fiesta no se levantara el polvo. Se había
calculado muy bien el número de mesas y de sillas pero el lugar resultaba
pequeño para recibir a doscientos cincuenta personas sin contar el espacio que
ocuparía el conjunto y sus bocinas. A la entrada, en el quicio del zaguán había
una herradura de flores con dos lianas de margaritas que se extendían a los
costados y allí frente a la casa, el coche de Nicolás, el amigo y compañero de
Fulgencio; tenía el auto un adorno con globos, flores y listones.
Los miedos de Cristina
sobre tropezarse a la entrada de la iglesia habían sido infundados, todo
ocurrió normalmente como cualquier boda de pueblo, donde no falta un chilango,
la naca o la despampanante mujer que roba miradas frente a los santos de la
iglesia. El padre dio su sermón invariable sobre fidelidad y otras virtudes
cristianas; y como siempre, no falta la enorme lista de amigos, conocidos y
hasta desconocidos que pasan a tomarse la foto del recuerdo frente al altar.
Mientras esto ocurría. Diana, con cuatro meses de embarazo, continuaba con sus
vómitos todos los días, le daban mucho coraje esos malestares y siempre buscaba
desquitarse con alguien, como no pudo convencer al padre de su hijo, pues iba a
tener que resolver su asunto ella sola.
Fulgencio andaba como
poseído, feliz porque se casaba, cargó a la novia y la introdujo a la casa,
llevaban incienso, flores y un canasto de no sé que, luego bailaron el guajolote, después de eso
se fueron a meter a la sala todos los mayores, los padres y los novios, y luego
la comida. Conforme transcurría la fiesta se iban vaciando las casuelas de
arroz, los chiquihuites de tortillas, los cartones de cerveza y refresco. Era
de adorarse la pureza que tenían en sus pechos las muchachas, es una pureza
semejante a la que anuncian en el agua de garrafón, ellas se veían encantadoras
como hermosas piezas de joyería adornando la fiesta; y en el baile, los
invitados de muchos lugares, van levantando en la zona el polvo, ellos y ellas
sudorosos, las manos pegajosas, dando aplausos a las cumbias del conjunto y
oliendo a perfume barato; son acomplejados, no levantan las manos cuando dice
el animador porque, “¿Qué dirán los demás?”. El animador del conjunto se
afanaba en amenizar el ambiente de la celebración pero la gente poco, muy
poco... seguía aplatanada. Fulgencio se quito el traje y se fue a poner un
pantalón de mezclilla con pinzas, una camisa anaranjada, botas chatas y un
sombrero de pana. Se veía ridículo. La mera verdad había mucho naco en la boda.
El eterno vals duró hasta las cansadas y luego se acostumbraba que en las
bodas, al novio lo conducían como a un muertito y le tocaban una marcha fúnebre
y en la ocasión pues a la novia también, cuando empezaban a levantar a Cristina
para pasearla como muertito le cayó
encima, sobre el vestido un globo con sangre. De lejos Diana se marchaba entre
empujones y gritando: — ¡Ese era mi
vestido y tú no lo vas a lucir mejor que yo!
Xoloizcuintli
La primavera sacudía el pequeño
emparrado de frío sitiado en la ciudad. La hierba reclamaba en peroratas
verdosas su frescura; y en lontananza, el horizonte estaba tan horizontal como
las nueve y cuarto. Se había desarrollado un plenilunio eufemístico, e
inmediatamente al alba, se continuaba con otra cosa. Al despabilarse los
perros, iniciaban los aullidos en la colonia López Mateos, esos ladridos habían
cambiado aquél pitido de silbato de la fábrica que marcaba los compases del
tiempo, o las campanadas de la iglesia en su matutino y esclerótico tin-tan
para hacer salir de sus casas a la gente. Pero, la variedad de aullidos,
rugidos, graznidos era variada; todo se juntaba en el “zoológico del lago del
niño” se hacía una hibridez en el ambiente puesto que se mezclaban la vocinglería
de los tamaleros, el azote auditivo de los autos, y el motorizado traca-traca
de algunas fábricas vecinas. Los olores eran tan variados como la paleta para
pintar de Van-Gogh, había algunos de esos que cuando escurren por la nariz, la
infestan, había otros que hacían recordar algún día de campo o que sé yo. El
trabajador limpia la jaula de los Cara-cara, ha empezado temprano porque sabe
que habrá un evento y vendrá el señor Gobernador. Mientras limpia la jaula,
sale al encuentro de la malla de alambre un gargajo húmedo y baboso, el
elemento hace piruetas, lo gobierna también las leyes de la gravedad y va
bajando hasta encontrarse con el rocío depositado en el cemento.
Muchas veces
me había preguntado ¿Qué buscan las personas cuando están calladas? Se ven allí
quietos, sin hacer nada, esperando que inicie el protocolo, aguantando ser
partícipes o testigos de los acontecimientos. Los funcionarios bisbiseaban
entre unos y otros, palabreaban quedamente lo inconfesable, pero dentro de lo
inconfesable se escuchaba algo así como —déjalo que goce su Abril y Mayo... ya
le llegará su Agosto— El ambiente empezó a ronronear una serie de aplausos al
paso de la comitiva. El aplaudido era de un espíritu petrificado y estomacal, y
así de ese modo, con ese espíritu, saludaba
a la concurrencia. Se regodeaba de un despotismo muy jugoso y simpático, hasta
parecía que todos lo querían, y luego después, le tendieron una diana greñuda y
bostezante, al principio el del trombón salió a destiempo, pero luego quien
sabe como le hizo que se puso a muy buen ritmo con la demás banda. El sol como
que se apelmazaba en los cachetes de los instrumentistas de viento y hacía relucir una brillantez postmoderna.
Al gobernador, el señor
Antonio Hidalgo, debido a su diabetes, le habían amputado una pierna. La
amputación había de tonificar su personalidad, ahora se veía como un hermoso
hombre que había vivido y conocía el dolor de cerca. Y allí en el Zoológico del
“Lago del niño”, en un templete y en una ceremonia honorable, le rendirían
distinciones y la condecorarían por servicios prestados a la patria chica.
Habría de ser en una fiesta de muchas luces. La razón por lo cual la ceremonia
se llevaba a cabo en ese sitio era porque también se inauguraría el deportivo
de la colonia López Mateos. Su mortecina pierna brillaba lustrosa por el
reciente embalsamamiento con aceites y perfumes, lucía como la cecina que ponen
bajo focos en el tianguis sabatino. La tenían en una mesa sobre el estrado, en
una charola de madera; tenía zapato y calcetín y cruzando de izquierda a
derecha una cinta con los colores patrios, en la parte donde había sido cortada
tenía una tela blanca circundando la extremidad y atada con una cinta blanca y
un moño blanco. Debajo de la mesa había dos arreglos de flores en donde abundaban
rosas rojas y claveles.
Al
gobernador le había tocado su puesto como ese dicho del burro que tocó la
flauta o sea, de pura chiripa; porque si bien él hubiera competido para
ver que concursante tenía la sonrisa más
idiota, seguramente se hubiera llevado el premio; él como un enano de espíritu
no podía aparentar grandeza, su miniatura la tenía hasta en el espíritu; además
era un arrastrado y convenenciero, no gratis
había un Cahuantzi en su árbol genealógico. La verdad que de cerebro
tenía muy poco, pero esa carencia era muy bien substituida por su capacidad
para relegar tareas a su equipo de trabajo y demás achichincles.
El mapa de la ciudad era
una paloma con rebozo azul dirigiéndose al norte, una frescura agradable se
percibía en ese bosque de casas sin revocar. Había además sobre el río
Zahuapan, un puente que parecía lengua de doble filo, así como aves nocturnas y
coruquientas surcando el caliginoso
espacio sobre de uno. El trabajador llegaba por ultimo a darles de comer a los
perros xoloizcuintles, los canes estaban hambrientos porque hace dos
días que no comen, al conserje se le ha olvidado darles de comer. El señor continúa
con su incontenible marea de gargajos. Como si hubieran colgado un bofe
en el asta, llegaron las moscas verdes en desbandadas, todas siseaban como
si anduviera al paso una abeja reina con
todo y colmenar buscando sitio, no encontraron otra plaza mas que una pierna
ricamente adornada, se convirtió todo eso en un aire que pertenecía al diablo.
Los niños, con la mandíbula desencajada observaban al par de animales pelones y se acomplejaban viendo su mirada,
sus ojos borboteaban un luxado y lucífero tinte para el cabello, cuando el
hombre quitó el candado y abrió la puerta, los dos animales salen de la jaula
en estampida como si supieran de algo, como si el olfato los guiara.
Los pobladores de
Teolocholco estaban presentes, sigilosos, eran personas de las que no se sabe
que están pensando cuando están calladas, su asistencia se debía a que se
manifestarían en contra del secretario de gobernación por no haber hecho caso a
sus peticiones; sólo esperaban la oportunidad de que ese servidor público
pasara a decir algunas palabras. Cuando comenzó, se escuchó el abucheo, la
rechifla tenía por misión, desacreditar al orador pero este, sintiendo que lo
que revoloteaba en el aire era una corona de laureles, continuó allí parado con
sonrisa de amante recientemente complacido, su boca guanga siseaba al auditorio
tratando de continuar con su perorata flácida; la botella de agua purificada
que fue a parar en su oreja izquierda significaba en palabras breves:
¡chingadazo! Y en acciones previsibles: ¡sal corriendo! Fue entonces cuando
hizo caso a los instintos de supervivencia: él sabía de antemano que en cuestiones de política así
como en la guerra, no siempre se gana y hay veces en que las plazas se pierden
y las batallas fracasan. La gente y los guardias de seguridad detuvieron su
atención en el conflicto, la trifulca
duró lo suficiente como para que los canes se acercaran a la pierna y
empezaran a devorarla. Los canes engullían la extremidad como animales
carroñeros, tenían la agilidad de los buitres y la rapidez de las hormigas,
además de que su hambre no era poca. El trabajador desde lejos se veía
acercarse a toda prisa y exhausto. Una tempestiva ola de gargajos se acomodó en
el eco del ambiente, se antojaba verlos caer verdes, elásticos.
El
gobernador, que estaba cerca se da cuenta de lo que le está sucediendo a su
pierna.
—Jijos de su $%&#, Javier presta
pa ca—El gobernador saca debajo del saco del guardia un arma y quita el seguro—
Hazte para allá ahorita mismo me los descabecho.
—¡Espérese señor Antonio, esque esos
perros...!— se escuchan tres estruendos dos seguidos y uno con un corto lapso
de tiempo, los perros quisieron escapar al darse cuenta del peligro, pero no,
quedaron sobre el templete, justo al momento de que el trabajador llegara y los
viera allí tendidos y atisbar como sus
ojos brillantes y agresivos pasaran a ser opacos y agónicos.—Ya me los...
—respira fuerte, pues el aliento le falta por el ejercicio que ha hecho—
mató.
La extremidad está bajo la mesa y sobre el
templete, las moscas siguen con su bisbiseo festejando, el zapato fue a caer
sobre los arreglos florales, el listón tricolor quedó colgando de la mesa y los
paisanos de Teolocholco, se aconsejan, su cuchicheo despierta en algunos una
risa sarcástica, cohibida y casi reprimiéndola, algunos achichincles han ido a
levantar y sacudir a la homenajeada pero en realidad, continuar con dicho
festejo se vería grotesco pues esa cosa informe y sanguinolenta no produce
ninguna otra cosa mas que repugnancia, le han puesto el lienzo blanco encima.
El encargado
del zoológico se acerca al gobernador y como si fuera el indio jodido ante el
cacique, le dice:
—Señor gobernador, esos eran los dos
últimos perros que había de esa especie. Estaban en peligro de extinción. Y
ahora pos ya están extintos del todo.
—Bueno pues, no iba a dejar que esos
jijos se comieran mi pierna.