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domingo, 15 de febrero de 2026

Crónica de dos Maestros: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo



Imagen hiperrealista y cinematográfica de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo en una biblioteca. Espejo está sentada en un escritorio, escribiendo, mientras Carballo, de pie, lee un libro. El ambiente es cálido y académico, con estanterías llenas de libros y luz natural entrando por las ventanas. La escena evoca un profundo diálogo intelectual y el legado de ambos autores.

Descubre el legado de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo a través de la mirada de Edgar Sánchez Quintana. Un homenaje a los pilares de las letras mexicanas que formaron a generaciones de escritores y lectores.

Hay momentos en la formación de un escritor que funcionan como bisagras, puntos de inflexión que definen un antes y un después. Para mí, ese momento tuvo dos nombres: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo. Un reciente homenaje a la maestra y la noticia del fallecimiento del maestro me obligan a trazar, a modo de crónica y reverencia, la estela que su magisterio dejó en mi propia trayectoria y en las letras mexicanas.

Conocí a Beatriz Espejo en un taller literario en Tlaxcala. Su pedagogía era un ejercicio de precisión y respeto. Nos enseñó a despojar al texto de toda paja, a buscar la palabra justa y la coma necesaria. Su método no imponía un estilo, sino que daba cabida a que la creación se expandiera con libertad, pero siempre sobre la base de un oficio riguroso. Era un aprendizaje elemental, de raíz. La maestra, con su vasta trayectoria como catedrática en la UNAM e investigadora, transpiraba una profunda conexión con el pulso de la literatura mexicana; en su conversación aparecían, con naturalidad, los nombres de aquellos autores que para nosotros eran figuras lejanas, monumentos de biblioteca. Su labor como formadora de escritores, reconocida con la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2009 y el hecho de que el Premio Nacional de Cuento lleve su nombre, es testimonio de una vida entregada a la enseñanza.

La obra de Beatriz Espejo, galardonada con premios como el Nacional de Narrativa Colima por El cantar del pecador (1993) y el San Luis Potosí por Alta costura (1996), es un reflejo de su magisterio: una prosa elegante, precisa y profundamente observadora de la condición humana. En su presencia, uno entendía que no existía una barrera insalvable entre la creación y la crítica, que el cuento y el ensayo eran dos caras de la misma moneda intelectual.

Esa simbiosis se hacía aún más evidente en su relación con Emmanuel Carballo. Si Espejo era la maestra del rigor y la forma, Carballo era el bisturí crítico que diseccionaba el cuerpo de la literatura mexicana. Mi primer acercamiento a él fue a través de sus entrevistas en Protagonistas de la literatura mexicana. Para un joven lector, leer sus conversaciones con Alfonso Reyes u Octavio Paz fue una revelación. Carballo tenía el don de bajar a los dioses del Olimpo, de despojarlos de la solemnidad de las pastas del libro y mostrarlos en su dimensión más humana, con sus grandezas y sus contradicciones. Derrumbó los prejuicios que había sembrado en mi interior y me enseñó que los grandes autores también "cagaban y comían".

Con el tiempo, lo conocí en persona, y su presencia imponente, de carácter reacio y formación burguesa —como él mismo reconocía con ironía—, no hacía más que confirmar la agudeza de su pluma. Carballo fue, sin duda, el crítico literario más importante de México en la segunda mitad del siglo XX, una labor reconocida con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2006. Fundador, junto a Carlos Fuentes, de la mítica Revista Mexicana de Literatura y autor de obras canónicas como El cuento mexicano del siglo XX, su trabajo fue fundamental para ordenar, jerarquizar y entender nuestro panorama literario.

Sin embargo, su mayor virtud fue también la fuente de su tragedia. Carballo eligió ser un crítico fiel a su juicio, sin concesiones. Su pluma era incisiva, a menudo demoledora, y no dudaba en señalar las debilidades de los autores más consagrados. Esta honestidad brutal le ganó incontables enemigos y provocó que su trabajo fuera, en ocasiones, desmerecido por aquellos que preferían el elogio fácil a la crítica rigurosa. Él era consciente de su destino, de la soledad del crítico. Lo resumió a la perfección en una cita memorable:

"Como crítico me sucederá lo que un día observará Alfonso Reyes: llegará un joven en el último barco y pondrá en tela de juicio todo lo que pensé y edificará y se pitorreará de mí. Y yo ya estoy esperando a ese joven que va a tener razón como yo la tuve cuando fui irrespetuoso con mis mayores."

En esa frase se condensa la ética de Carballo: la aceptación de que la crítica es un diálogo perpetuo, un ejercicio de honestidad intelectual cuyo único compromiso es con la literatura misma, no con las vanidades de sus autores. Su muerte, eclipsada por la de García Márquez, fue una metáfora final de la ingratitud que a menudo acompaña al oficio del crítico.

Al recordarlos juntos, a Beatriz Espejo y a Emmanuel Carballo, entiendo la dimensión de su legado. Ella, la maestra que nos enseñó a construir la frase perfecta; él, el crítico que nos enseñó a desconfiar de ella. Ambos, desde sus respectivas trincheras, nos formaron como lectores y, a algunos, nos dieron las herramientas para atrevernos a escribir. Esta crónica es un modesto homenaje a esos dos pilares de nuestras letras, un aplauso a su hacer y un agradecimiento por habernos enseñado a leer el mundo.

sábado, 14 de febrero de 2026

La noche alegre

 

La verdadera historia de cuatro amantes y un tesoro malentendido

Imagen hiperrealista y cinematográfica de cuatro amantes en una canoa, navegando por un lago al amanecer. Dos de los hombres visten armaduras de soldados españoles y los otros dos visten indumentaria nativa prehispánica. Al fondo, se aprecian pirámides y el humo de la Noche Triste. Uno de los nativos sostiene semillas y el otro una vasija de pulque.


Por Edgar Sánchez Quintana 

Entre la testosterona, el acero toledano y la ambición desmedida que impulsaban la expedición de Hernán Cortés, se movían dos almas con prioridades ligeramente distintas: Martín de Lorda y Carranda, un portugués criado en España, y Juan de Ircio, un español de pura cepa. Ambos compartían un secreto que los largos meses en el mar, sin más compañía femenina que las olas, habían hecho florecer: un gusto adquirido por la compañía masculina.

Martín era un ballestero de temple, un hombre práctico cuyo corazón, sin embargo, había encontrado consuelo en el pecho velludo de un camarada apodado Linterno. Juan de Ircio, por su parte, era de naturaleza más pizpireta y generosa, y no tenía reparos en repartir sus favores entre varios soldados, quienes agradecían su buena disposición. Así, mientras la mayoría soñaba con el oro de las Indias, ellos ya habían encontrado sus propios tesoros a bordo.

Al llegar a Cuba, el nombre de un tal Hernán Cortés, un hidalgo emperifollado y de verbo encendido, comenzó a sonar con fuerza. Prometía no solo riquezas, sino la gloria de poblar una tierra nueva y llevar la palabra de Dios a sus gentes. Martín y Juan, al verlo pavonearse con sus ropas de terciopelo y cadenas de oro, supieron que aquella era la aventura que buscaban. Se unieron a la expedición, que zarpó hacia tierra firme con más matalotaje que escrúpulos.

La travesía estuvo marcada por escaramuzas y descubrimientos. En Tlaxcala, enemiga acérrima de los aztecas, el destino de Juan de Ircio dio un vuelco. Entre los espías enviados por el joven Xicohténcatl para evaluar a los extranjeros, se encontraba Necucyaotl, un joven de belleza serena cuya misión era, en teoría, seducir y obtener información. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Juan, la misión se desvaneció. El amor fue instantáneo y mutuo. Mientras Cortés negociaba alianzas, Juan y Necucyaotl se escapaban a los parajes hermosos de Ocotelulco, bañándose en las cascadas y jurándose amor eterno junto al río Zahuapan.

El ejército continuó su marcha hacia Cholula, la gran ciudad sagrada. Allí, mientras investigaba los rumores de una traición, Martín de Lorda, el práctico ballestero, se topó con Itzcoatl, un apuesto artesano cholulteca. Fingiendo una captura para interrogarlo, Martín se lo llevó ante Cortés, quien, distraído con sus planes de conquista, se lo "regaló" como si fuera un botín de guerra. Esa misma noche, Martín e Itzcoatl consumaron un amor frenético, descubriendo que sus almas hablaban el mismo idioma.

Así, mientras el capitán Hernán Cortés avanzaba sudoroso y preocupado por el paso entre los volcanes, un cuarteto de amantes recorría el mismo sendero unos metros más atrás, completamente ajenos a la tensión, recolectando margaritas silvestres y riendo en susurros.

La llegada a la majestuosa Tenochtitlán fue, al principio, pacífica. Pero la matanza del Templo Mayor durante la fiesta de Tóxcatl, perpetrada por los españoles en ausencia de Cortés, encendió la mecha de la rebelión. Itzcoatl y Necucyaotl, con sus conexiones locales, supieron que la catástrofe era inminente. Rogaron a sus amantes españoles que huyeran con ellos.

La noche del 30 de junio de 1520, la historia la bautizaría como la "Noche Triste". Mientras el grueso del ejército español intentaba una huida desesperada y caótica por la calzada de Tlacopan, cargando todo el oro que podían, nuestros cuatro protagonistas tenían un plan diferente. Se les vio acomodando su parte del "tesoro de Moctezuma" en una pequeña canoa que la familia de Itzcoatl había preparado.

Bernal Díaz del Castillo describiría más tarde los gritos de los guerreros mexicas: "¡Oh, cuilones! ¿Aún vivos quedáis?".

Lo que Bernal no supo, y la historia oficial convenientemente olvidó, es que sí, quedaban vivos. Mientras la laguna se teñía de sangre y el estruendo de los falconetes se ahogaba en la distancia, la pequeña canoa de los amantes se deslizaba silenciosamente en dirección opuesta, hacia la orilla sur. No llevaban oro ni joyas. Su tesoro, cuidadosamente envuelto en petates, era una colección de semillas de flores exóticas, un par de gallinas ponedoras y un cargamento de pulque para celebrar. Su destino no era la gloria del imperio español, sino una pequeña chinampa en Xochimilco donde planeaban vivir su amor.

A la mañana siguiente, cuentan que Hernán Cortés lloró su derrota bajo un ahuehuete. La leyenda no menciona que, a unos pocos kilómetros de allí, cuatro hombres celebraban su propia victoria, brindando por la que, para ellos, no fue una noche triste, sino la más alegre de sus vidas.

viernes, 13 de febrero de 2026

Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido once años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. La recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que encontraba en los niños un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La veíamos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.

domingo, 27 de octubre de 2024

El Eco de la Picota

 

Imagen hiperrealista y cinematográfica que contrasta la Tlaxcala de 1525 con la de 2025. A la izquierda, Coyolxauhqui María atada a una picota. A la derecha, la misma picota integrada en un Oxxo moderno durante una conmemoración política. Una figura etérea de Claudia "la Brillante" libera el espíritu de Coyolxauhqui María, que asciende al cielo.

Explora "El Eco de la Picota", un relato de Edgar Sánchez Quintana que entrelaza la historia colonial de Tlaxcala con la modernidad, la corrupción y la liberación mística de un espíritu ancestral.


 Conmemoración y resistencia de una tierra ancestral

El Espectro en la Picota

La luz del sol comenzaba a despuntar en el horizonte de Tlaxcala en el año de 1525, apenas alcanzando los recios murales de adobe que resguardaban la imponente casona donde vivían Andrés Tapia e Imelda de Zúñiga. Él, comandante de Hernán Cortés y cacique autoproclamado, portaba una severidad que le torcía el gesto y un odio creciente hacia aquellos a quienes dominaba. Ella, Imelda, heredera de la nobleza castellana, estaba más atada al fervor católico que a las sonrisas, envolviendo con su racismo las tareas del hogar, donde mandaba sin piedad. En esa tierra remota y misteriosa, los valores europeos se imponían con rigidez sobre la cultura tlaxcalteca, como el peso de una cruz de hierro en la frágil corteza de una flor.

Entre las personas que transitaban silenciosas por aquella casona, estaba Coyolxauhqui María, una mujer nativa de Ocotelulco, cuya mirada podía cautivar al más hosco y cuya resistencia inquietaba a la señora Imelda. Vestía en ayates, y sus pasos eran suaves, casi silenciosos. Pero a los ojos de Imelda, aquello era inaceptable: Coyolxauhqui María debía llevar cascabeles en los tobillos, pues su etéreo movimiento la hacía “invisible” en la casa, y la señora sospechaba que esa india taimada podía ocultar intenciones desleales. Sin embargo, Coyolxauhqui María se resistía, pues sus pasos eran un eco de los aires que bajaban del Matlalcueye: serenos, llenos de dignidad.

Imelda, furiosa, ordenó que Coyolxauhqui María fuera llevada a la picota en el centro de la ciudad y amarrada de las muñecas en castigo por su rebeldía. Durante días, su cuerpo fue una figura doliente y solemne a la vista de todos, con el rostro levantado al cielo y la piel quemada por el sol. El comandante Andrés Tapia y su esposa la miraban con indiferencia, mientras su hijo Alfonso Junior, quien sentía un enamoramiento inconfesable por aquella india obstinada, observaba desde la sombra. Finalmente, Coyolxauhqui María sucumbió; En la picota, su vida terminó, pero su espíritu quedó atado a la piedra de sacrificios, transformado en un lamento eterno que esperaba justicia.

El Oxxo y la Conmemoración

Quinientos años después, en 2025, el parque de Tlaxcala vibraba con una conmemoración grandiosa. Un estrado se levantaba en el centro, rodeado de luces y adornos. La picota, antaño altar de castigos, ahora era una pieza de decoración arquitectónica incrustada en la pared del Oxxo del parque, donde los clientes entraban y salían con sus bolsas de compras, ajenos a la piedra ancestral. Alrededor del estrado, banderas ondeaban al ritmo de los discursos grandilocuentes.

Roberto Sánchez, exgobernador, presenciaba el evento con una mirada de satisfacción. Su esposa, Carmen Contreras, miembro fervoroso de la congregación del Divino Redentor, sonreía desde su asiento, enmarcando con hipocresía su devoción y orgullo. A su lado, Roberto Junior, su hijo y candidato a la próxima gubernatura, esperaba su turno para tomar el micrófono. Llevaba un traje impecable, el cabello peinado a la perfección, y los ojos brillaban con el mismo deseo de poder de su padre. Cuando por fin le cedieron la palabra, su voz resonó firme, como una sombra del pasado.

—Tlaxcala fue fundada hace quinientos años, en un acto de civilización que nos trajo la luz de la fe y la cultura —proclamó Roberto Junior—. Nuestros ancestros europeos nos enseñaron a ser una sociedad unida, nos trajeron la cultura y los valores que aún hoy nos fortalecen.

Desde la última fila, Eduardo Velazco observaba. Intelectual y vidente, se encontraba en aquel lugar no solo como espectador, sino como observador de múltiples dimensiones. Sentía el peso de los siglos palpitar en aquel sitio; la picota, testigo de atrocidades, emitía una vibración apenas perceptible, como un grito ahogado. Y en un parpadeo, Eduardo distinguió una figura espectral: era Coyolxauhqui María, amarrada a la piedra, atrapada en un ciclo eterno de sumisión. Su rostro expresaba un ruego antiguo, una súplica que parecía dirigirse tanto al cielo como a sus torturadores, en espera de que alguien escuchara su clamor.

Coyolxauhqui María, a través de su voz etérea, elevó un monólogo de súplica. Sus palabras eran un lamento dolido, un ruego ancestral a los dioses del pasado:

—¡Madre Coatlicue, tú que engendraste a los dioses, apiádate de esta hija tuya! Libérame de estas ataduras, rompe los lazos que me aprisionan a los gritos de dolor y a los crímenes de los hombres de España.

Entonces, entre las nubes, una figura descendió. Era Claudia “la Brillante”, envuelta en un resplandor celestial, radiante como Coatlicue, la madre protectora. En una mano llevaba una espada azulada, en la otra un báculo reluciente. Claudia se acercó a la picota y, con un movimiento certero, cortó las ataduras que sujetaban a Coyolxauhqui María, liberando su espíritu. Justo en ese momento, un cortocircuito apagó todas las luces del parque y el Oxxo, y la multitud quedó sumida en una penumbra inquietante.

Eduardo contemplaba la escena con reverencia. Observó cómo el espectro de Coyolxauhqui María ascendía, liberado al fin de su castigo ancestral, y cómo su espíritu se elevaba con una libertad reconquistada. En el estrado, mientras tanto, Roberto Junior continuaba con su discurso, aparentemente ajeno al misticismo que acababa de desatarse:

—Gracias a la Conquista y a la fusión de nuestras culturas, hoy somos una nación fuerte. Los valores europeos trajeron la civilización a esta tierra, la paz y la fe.



Pero las palabras de Roberto Junior flotaban huecas, carentes de sentido verdadero. Eduardo sabía que aquella conmemoración era un teatro montado para satisfacer el ego de una élite egoísta y oportunista. Mientras Roberto exultaba los beneficios de una “civilización” impuesta, Eduardo comprendía que aquellos valores de la Tlaxcala originaria aún permanecían vivos, no en los discursos pomposos, sino en el recuerdo de almas como Coyolxauhqui María, en su dignidad silenciada y en la libertad que, finalmente, había alcanzado.

La ceremonia continuó, pero para Eduardo, el verdadero acto de conmemoración ya había ocurrido: la liberación del espíritu de Coyolxauhqui María. Sabía que ningún discurso oficial podía borrar el dolor de aquellos siglos, ni el grito silencioso de quienes murieron en la picota o fueron sometidos. La tierra de Tlaxcala, bendecida y sacudida, acogía en su memoria el paso de los siglos.

Y allí, en el parque, la picota brillaba tenue, con un nuevo sentido de redención, observando ahora desde la sombra, como un símbolo mudo que recordaba la fuerza y ​​la resistencia de un pueblo que jamás dejó de ser libre en su espíritu.