Un ensayo profundo sobre los 500 años de la ciudad de Tlaxcala: descubre la grandeza de un pueblo que fue república antes de ser ciudad y actor central en la formación de México.
Conmemoración y resistencia
de una tierra ancestral
El Espectro en la Picota
La luz del sol comenzaba a despuntar en el
horizonte de Tlaxcala en el año de 1525, apenas alcanzando los recios murales
de adobe que resguardaban la imponente casona donde vivían Andrés Tapia e
Imelda de Zúñiga. Él, comandante de Hernán Cortés y cacique autoproclamado,
portaba una severidad que le torcía el gesto y un odio creciente hacia aquellos
a quienes dominaba. Ella, Imelda, heredera de la nobleza castellana, estaba más
atada al fervor católico que a las sonrisas, envolviendo con su racismo las
tareas del hogar, donde mandaba sin piedad. En esa tierra remota y misteriosa,
los valores europeos se imponían con rigidez sobre la cultura tlaxcalteca, como
el peso de una cruz de hierro en la frágil corteza de una flor.
Entre las personas que transitaban silenciosas por
aquella casona, estaba Coyolxauhqui María, una mujer nativa de Ocotelulco, cuya
mirada podía cautivar al más hosco y cuya resistencia inquietaba a la señora
Imelda. Vestía en ayates, y sus pasos eran suaves, casi silenciosos. Pero a los
ojos de Imelda, aquello era inaceptable: Coyolxauhqui María debía llevar
cascabeles en los tobillos, pues su etéreo movimiento la hacía “invisible” en
la casa, y la señora sospechaba que esa india taimada podía ocultar intenciones
desleales. Sin embargo, Coyolxauhqui María se resistía, pues sus pasos eran un
eco de los aires que bajaban del Matlalcueye: serenos, llenos de dignidad.
Imelda, furiosa, ordenó que Coyolxauhqui María
fuera llevada a la picota en el centro de la ciudad y amarrada de las muñecas
en castigo por su rebeldía. Durante días, su cuerpo fue una figura doliente y
solemne a la vista de todos, con el rostro levantado al cielo y la piel quemada
por el sol. El comandante Andrés Tapia y su esposa la miraban con indiferencia,
mientras su hijo Alfonso Junior, quien sentía un enamoramiento inconfesable por
aquella india obstinada, observaba desde la sombra. Finalmente, Coyolxauhqui
María sucumbió; En la picota, su vida terminó, pero su espíritu quedó atado a
la piedra de sacrificios, transformado en un lamento eterno que esperaba
justicia.
El Oxxo y la Conmemoración
Quinientos años después, en 2025, el parque de
Tlaxcala vibraba con una conmemoración grandiosa. Un estrado se levantaba en el
centro, rodeado de luces y adornos. La picota, antaño altar de castigos, ahora
era una pieza de decoración arquitectónica incrustada en la pared del Oxxo del
parque, donde los clientes entraban y salían con sus bolsas de compras, ajenos
a la piedra ancestral. Alrededor del estrado, banderas ondeaban al ritmo de los
discursos grandilocuentes.
Roberto Sánchez, exgobernador, presenciaba el
evento con una mirada de satisfacción. Su esposa, Carmen Contreras, miembro
fervoroso de la congregación del Divino Redentor, sonreía desde su asiento,
enmarcando con hipocresía su devoción y orgullo. A su lado, Roberto Junior, su
hijo y candidato a la próxima gubernatura, esperaba su turno para tomar el micrófono.
Llevaba un traje impecable, el cabello peinado a la perfección, y los ojos
brillaban con el mismo deseo de poder de su padre. Cuando por fin le cedieron
la palabra, su voz resonó firme, como una sombra del pasado.
—Tlaxcala fue fundada hace quinientos años, en un
acto de civilización que nos trajo la luz de la fe y la cultura —proclamó Roberto
Junior—. Nuestros ancestros europeos nos enseñaron a ser una sociedad unida,
nos trajeron la cultura y los valores que aún hoy nos fortalecen.
Desde la última fila, Eduardo Velazco observaba.
Intelectual y vidente, se encontraba en aquel lugar no solo como espectador,
sino como observador de múltiples dimensiones. Sentía el peso de los siglos
palpitar en aquel sitio; la picota, testigo de atrocidades, emitía una
vibración apenas perceptible, como un grito ahogado. Y en un parpadeo, Eduardo
distinguió una figura espectral: era Coyolxauhqui María, amarrada a la piedra,
atrapada en un ciclo eterno de sumisión. Su rostro expresaba un ruego antiguo,
una súplica que parecía dirigirse tanto al cielo como a sus torturadores, en
espera de que alguien escuchara su clamor.
Coyolxauhqui María, a través de su voz etérea,
elevó un monólogo de súplica. Sus palabras eran un lamento dolido, un ruego
ancestral a los dioses del pasado:
—¡Madre Coatlicue, tú que engendraste a los dioses,
apiádate de esta hija tuya! Libérame de estas ataduras, rompe los lazos que me
aprisionan a los gritos de dolor y a los crímenes de los hombres de España.
Entonces, entre las nubes, una figura descendió.
Era Claudia “la Brillante”, envuelta en un resplandor celestial, radiante como
Coatlicue, la madre protectora. En una mano llevaba una espada azulada, en la
otra un báculo reluciente. Claudia se acercó a la picota y, con un movimiento
certero, cortó las ataduras que sujetaban a Coyolxauhqui María, liberando su
espíritu. Justo en ese momento, un cortocircuito apagó todas las luces del
parque y el Oxxo, y la multitud quedó sumida en una penumbra inquietante.
Eduardo contemplaba la escena con reverencia.
Observó cómo el espectro de Coyolxauhqui María ascendía, liberado al fin de su
castigo ancestral, y cómo su espíritu se elevaba con una libertad
reconquistada. En el estrado, mientras tanto, Roberto Junior continuaba con su
discurso, aparentemente ajeno al misticismo que acababa de desatarse:
—Gracias a la Conquista y a la fusión de nuestras
culturas, hoy somos una nación fuerte. Los valores europeos trajeron la
civilización a esta tierra, la paz y la fe.
Pero las palabras de Roberto Junior flotaban huecas,
carentes de sentido verdadero. Eduardo sabía que aquella conmemoración era un
teatro montado para satisfacer el ego de una élite egoísta y oportunista.
Mientras Roberto exultaba los beneficios de una “civilización” impuesta,
Eduardo comprendía que aquellos valores de la Tlaxcala originaria aún
permanecían vivos, no en los discursos pomposos, sino en el recuerdo de almas
como Coyolxauhqui María, en su dignidad silenciada y en la libertad que,
finalmente, había alcanzado.
La ceremonia continuó, pero para Eduardo, el
verdadero acto de conmemoración ya había ocurrido: la liberación del espíritu
de Coyolxauhqui María. Sabía que ningún discurso oficial podía borrar el dolor
de aquellos siglos, ni el grito silencioso de quienes murieron en la picota o
fueron sometidos. La tierra de Tlaxcala, bendecida y sacudida, acogía en su
memoria el paso de los siglos.
Y allí, en el parque, la picota brillaba tenue, con
un nuevo sentido de redención, observando ahora desde la sombra, como un
símbolo mudo que recordaba la fuerza y la resistencia de un pueblo que jamás
dejó de ser libre en su espíritu.
Me propongo en este ensayo posicionar mi pensar en cuanto a un evento histórico relevante, que es la conmemoración de los 500 años de la fundación de Tlaxcala, a mi manera de entender la celebración de los quinientos años de la fundación de Tlaxcala debe trascender el marco colonial y explorar los valores y estructuras sociales de los antiguos señoríos que formaron una civilización organizada y avanzada antes de la llegada de los españoles. Es crucial, en la reconstrucción de la identidad tlaxcalteca contemporánea, resalte estos valores ancestrales y evite que la conmemoración se convierta en un escenario de intereses políticos superficiales o gastos innecesarios que desvirtúen el reconocimiento genuino de una historia mucho más profunda y compleja.
En la palestra ponemos los valores, de aquellos naturales de antes de la llegada de los españoles como seres aglutinados en valores como la libertad, la autonomía, la resistencia cultural, una sociedad orgullosa de sí misma. Por razones bien formadas los antiguos ancestros de Tlaxcala tenían por territorio esta zona y la llamaban republica conformada por los cuatro señoríos: Tepeticpac[1], Ocotelulco, Tizatán, y Quiahuiztlan, en ellos se demuestra que tenían una república confederada con características bien definidas, mostrando un modelo de organización política, económica y militar autónoma.
Las rivalidades entre los mexicas y tlaxcaltecas se fueron acrecentando debido al ámbito económico, puesto que su sitio en la región era paso para mercancías que venían tanto del norte como del sur, así como de ambos mares, y su amplia estructura social permitía tener correspondencia con distintas tribus y regiones de la comarca, su panteón de dioses le venía bien, cohaticue, camaxtli, texcaltipoca, que si bien no eran dioses sino divinidades y no exclusivas sino que algunos otros pueblos las fueron adoptando como divinidades propias.
Un sociedad que se acrecienta con el tiempo se vuelve compleja , se especializa y jerarquiza para conformar una sociedad, con tradiciones, sistemas legales y estructuras jerárquicas[2] no hace otra cosa más que enriquecer su entorno y ser envidiado por otros, como lo serían los mexicas y los cholultecas, había un odio de los tlaxcaltecas hacia los mexicas, pero primordialmente por sus principios fundacionales, los cuatro señoríos, eran una república confederada independiente y no se avasallaba ante ningún señor[3], o dios y el imperio Mexica era un gobierno expansionista y avasallador, esto respondían los principales y cito:
· Comparativa con otras civilizaciones
La bravía que tenían los
tlaxcaltecas guerreros y su indomabilidad les hizo ganarse bastante respeto, la
idiosincrasia del guerrero y sus
tradiciones dificultosas para llegar a serlo, un guerrero águila o un guerrero
jaguar era una marca de prestigio y respeto, había una serie de etapas a superar que estaban
concomitantemente entrelazadas con el carácter que debían de tener así como la
ligadura que esto conllevaba con la religión, el honor en combate y el
compromiso con los dioses de la guerra como Huitzilopochtli, viene a bien
recordar los guerreros, espartanos ya que estos
eran famosos en su tiempo por tener una disciplina rígida y su rechazo a
cualquier forma de debilidad; su carácter estaba forjado en un ambiente de
autosuficiencia extrema donde la valentía en la batalla era lo más valorado,
aceptar la muerte por la defensa de Esparta era el mayor honor, y la cobardía
era considerada una deshonra insuperable, lo mismo podríamos decir de los
hoplitas griegos cuyos valores estaban en conformarse como una unidad en
falange y su disciplina fuerte era tal que desaparecía el individuo y el
entrenamiento los hacía fuertes con los más altos ideales de defender a la
polis.
Estos ejemplos traigo a colación para poner en igualdad a los guerreros tlaxcaltecas, los espartanos no eran mejores que los tlaxcaltecas y lo mismo que los hoplitas griegos no eran mejores que los tlaxcaltecas, más bien ha de verse como una síntesis de valores de ambos en sus distintas civilizaciones, ha de ser que en veces la ignorancia aturde, pero sabiendo se entenderá las razones del porque el imperio azteca les tenía en alta estima y no arrasaba a ese pueblo tlaxcalteca por razones de respeto y porque de alguna manera Moctecuzoma sabía que eran los tlaxcaltecas descendientes de las mismas regiones y ramas de donde todos habían partido, es decir, de las siete cuevas y seguramente escuchaba la poesía y el arte de esas regiones.
En los tiempos previos a la llegada de los españoles los tlaxcaltecas desarrollaban una resistencia cultural, puesto que la hegemonía del imperio azteca diezmaba los hábitos y la idiosincrasia de las regiones aledañas; imaginemos a Estados Unidos de Norteamérica, con sus hamburguesas y hot-dogs en la actualidad, pues era así de manera ejemplificada, debía de tener una identidad bien fundada y una sociedad orgullosa de su pasado y resiliente para sobrellevar el próximo futuro; incluso puedo asegurar que la identidad del pueblo tlaxcalteca nunca fue diezmada u opacada, ni aun cuando surgió la refriega moderna de la traición que le achacan o bien cuando hacen risa de que “no existe”, eso, me da a entender a nivel simbólico que hay que demeritar y hacer menos para sentirnos más y así lograr pérdida de identidad.
La colaboración y unidad
como valores primigenios sirvieron para cuando los españoles llegaron a este
territorio, sólo fue luego de que convinieran entre ellos de que llegaran a
este territorio, la manera como los españoles pudieran pisar esta tierra, no
pudo haber sido de otra manera. Tlaxcala no era un fin para las intenciones de
los españoles sino un medio para llegar al imperio mexica, la alianza que se
formó fue para beneficio de ambos, las alianzas con otros pueblos de parte de
los Tlaxcaltecas ya habían sido como las uniones con los texcocanos y otros no
menos importantes.
La identidad del pueblo tlaxcalteca como pueblo guerrero y feroz se transformó para mal a la llegada de los españoles, no es que estos tuvieran esa intención sino la mezcla de idiosincrasias trajo consigo demerito de virtudes de los naturales e imposición de razones europeas, que no entendían la cosmogonía y su organización social, de tal modo que los unos imponían sus maneras “europeas” de civilización ante un falto entendimiento de las tradiciones y culturas de los “salvajes” tlaxcaltecas, en este punto podemos considerar el pensamiento del antropólogo Claude Lévi-Straus en “Tristes trópicos” (1955)
“La civilización nunca es lo que dice ser: ella no escoge entre orden y caos, sino que establece arbitrariamente la distinción entre los suyos, a los que consideran ordenados, y los otros, a quienes clasifican como caóticos. Esta distinción, lejos de ser universal, es tan sólo una interpretación conveniente para quienes buscan justificar su hegemonía sobre lo diferente” (Tristes trópicos, 1955
Los tlaxcaltecas no
encajaban dentro del pensamiento reduccionista de los “civilizados” españoles,
los parámetros occidentales no permitían un encajamiento de entendimiento de
una civilización Tlaxcalteca, ante esto habría que negarla, reducirla,
diezmarla y encausarla por los caminos de una pedagogía civilizatoria; esto es
particularmente relevante para los señoríos tlaxcaltecas, cuya organización
política y social compleja, con una herencia cultural que muchas veces ha sido
minimizada.
A mi entender, hemos de
profundizar, así como lo habría estudiado Lévi-Straus todas las culturas tienen
sus propias lógicas internas y formas de organización que deben ser entendidas
en sus propios términos sin imponerles categorías externas, las civilizaciones
mesoamericanas como la tlaxcalteca desarrollaron estructuras políticas y
sociales que, aunque diferentes a las europeas no eran menos sofisticadas ni
menos civilizadas.
Habremos de incluir en
este ensayo para complementar las ideas, un antropólogo más que ejemplifica
como las sociedades administran categorías de dominación, este antropólogo se
llama Edward Said en su libro “Orientalismo” (1978)
“El orientalismo no es solo un campo académico de
estudio, sino un discurso, una forma de poder que Occidente utiliza para
dominar, reformular y administrar las culturas no europeas, presentándolas como
irracionales, infantiles y salvajes” (Orientalismo, (1978)
Ya en líneas arriba
habíamos descrito en comparativa como los guerreros tlaxcaltecas tenían
semejanza con los guerreros espartanos y los hoplitas griegos entre otros para
dar a entender que ante civilizaciones como la griega o los romanos otros eran
los salvajes, no olvidemos como España fue dominada por “salvajes” moros que al
final de cuentas dejaron en su territorio: cultura, vocablos, tradiciones y
arquitectura árabe que se llega a ver en España y era, de aquellos “salvajes”
que también cortaban cabezas y eran guerreros despiadados.
· Valores rescatables
Afirmo que, los
tlaxcaltecas, lejos de ser una sociedad primitiva, era una república organizada con leyes, valores
religiosos y estructuras sociales definidas y adelanto a decir que los valores
aglutinadores de los cuatro señoríos antes de la llegada de los españoles son
los valores a los que nos debemos
dirigir, es decir, la unidad
puesto que ésta daba una conformación política entre los cuatro señoríos, la identidad[4] que nunca pudo ser
diezmada por más adversarios he imperios que se hayan puesto enfrente, la soberanía que guerreros águila y jaguar
protegían desde los territorios
fronterizos de la república y el otro valor era la legitimidad, Tlaxcala no
había dos, Tlaxcala era único, Tlaxcala era envidiado por los territorios
vecinos, Tlaxcala sabía de donde había venido, Tlaxcala comandaba su propia
política y no había quien le dijera que no, Tlaxcala era poesía y exportaba
cultura, he allí la legitimidad y por qué propongo que estos valores fundacionales
llegan hasta nuestros días como herederos nosotros de aquellos sin parangón de
aquellos tiempos, estos valores reconstruyen nuestra actualidad, lo afianzan,
lo cimientan, aportan carácter a lo que ahora debe llamarse como lo
tlaxcalteca.
Ante esto, y explicado con abundante soltura, que podemos esperar ante una conmemoración de la “fundación”[5] de Tlaxcala luego de 500 años hacia acá. Ese periodo, estamos hablando de la colonia pues tendría que ser menos relevante si trata de ignorar las raíces profundas de la civilización tlaxcalteca, y tratando su historia desde una perspectiva de dominación colonial que sólo reconoce su valor desde la llegada de los españoles, es como decir el año cero, las civilizaciones dominantes indican: como se dice, como se hace, y que se venera; a lo mucho, podríamos pasar de largo, sin mirar, a ojos cerrados lo que fue el inicio de la colonia: abusos, atrocidades sobre los pueblos indígenas, masacres y ejecuciones indiscriminadas, esclavización, aparte de las atrocidades físicas y culturales que cometieron los colonizadores también fueron sometidos a diversas formas de opresión psicológica y simbólica, es decir a una deshumanización sistemática por ser “salvajes”. Para ellos era correcto y era su derecho esos abusos, además de que, esta actitud era alimentada por las idea racistas y teocéntricas que promovían la creencia de que los indígenas debían ser “civilizados” a través de la religión y la cultura europea y así despojarlos de su propia identidad.
Quien ha vivido en Tlaxcala
sabe que en el centro de la ciudad existe una piedra en forma de monolito
circular pegada a la construcción de un edificio en lo que antes era una
panadería que se llamaba “la picota” en una esquina de lo que es el parque,
ahora me parece que pusieron un Oxxo, cosa de lo más inoportuno, pues bien, esa
piedra, tiene simbolismo y significado, las picotas servían como dispositivos
de castigo y humillación pública. Esa piedra asomándose en el edificio muestra
un artilugio de castigo traído como herencia directa de las practicas
medievales europeas. Pero, si esa piedra hablara y pudiera describirnos los
horrores, estaríamos espantados de pensar siquiera, que la colonia fue lo bueno
y lo mejor para Tlaxcala[6]
A alturas de esta investigación, es oportuno, enfocarnos en reflexionar como la conmemoración de los quinientos años de la fundación de Tlaxcala (motivo por el cual realizo este ensayo) puede ser de muy buen ver para quienes no conocen la historia o bien no quieren reconocer que, en el pasado, los ancestros fueron pisoteados en su dignidad, y que en cosas del pasado (afirman algunos soberbios de casta) que no hay porque pedir perdón a los antiguos por tanta humillación; sino hay más bien que agradecerles que trajeron la civilización a esa bola de indios incultos. Es necesario voltear a ver y reconstruir los valores ancestrales de los antiguos señoríos, la unidad con la que contaban, su civilización organizada la identidad que les glorificaba ante sus enemigos, la soberanía que colmaba sus pechos y la legitimidad con la que protegían su ser y cosmogonía. Eso es lo que ha de ser de importancia, mas no un evento de escenario que sirva a otros intereses y sin sustento realmente histórico.
Mi intento en este estudio
sobre los antiguos naturales de Tlaxcala es que no se utilice a esas
ancestrales figuras de antiguo, o bien a una fecha ignominiosa por donde se le
quiera ver para usos superficiales, como un escenario de interés político o
bien para poner en el estrado al apadrinado que queremos en reflectores para
futuras votaciones o bien para gastos innecesarios que desvirtúen el
reconocimiento genuino de una historia de Tlaxcala y sus valores, mucho más
profunda y compleja, pero tan afortunadamente verdadera que bien podría servir de estandarte para que las generaciones
presentes valoren e integren en su ser, valores y virtudes como la identidad,
la unidad, el valor, la soberanía y legitimidad del pueblo tlaxcalteca de
antiguo.
Concluyo reafirmando la importancia de celebrar los quinientos años no sólo como un hito colonial, sino como una oportunidad para recuperar el legado profundo de los antiguos tlaxcaltecas y evitar la banalización de la historia a través de intereses políticos frívolos, el reconocimiento de los valores ancestrales no sólo enriquece la identidad tlaxcalteca sino que proporciona también una base sólida para enfrentar los desafíos contemporáneos con la misma dignidad y unidad que caracterizó a los antiguos señoríos.
“Visión de los vencidos”
de Miguel León-Portilla
Un clásico de la historiografía mexicana, este
libro recopila testimonios indígenas sobre la conquista de México, mostrando la
perspectiva de los pueblos vencidos. León-Portilla se basa en códices y
crónicas de los indígenas para dar voz a su experiencia de la llegada de los
españoles y el cambio drástico que siguió. Su enfoque en la resistencia y el
dolor de la pérdida cultural conecta con el reconocimiento de Tlaxcala como una
cultura autónoma.
“La conquista de México”
de Hugh Thomas
Esta obra monumental ofrece un análisis
detallado de la conquista desde la llegada de los españoles hasta la caída de
Tenochtitlán. Thomas examina a profundidad la relación entre los tlaxcaltecas y
los conquistadores, explorando las alianzas, tensiones y las motivaciones de
los actores indígenas en el contexto de la conquista. Es una referencia
fundamental para entender la complejidad de estos intercambios.
“Los antiguos mexicanos a
través de sus crónicas y cantares” de Miguel León-Portilla
Este libro explora la riqueza de la
cosmovisión y valores de las culturas indígenas prehispánicas. León-Portilla
recurre a textos en náhuatl para mostrar las tradiciones y creencias de estas
sociedades. Es especialmente útil para entender la identidad y los valores de los
tlaxcaltecas como parte de un contexto cultural más amplio y diverso.
“La invención de América”
de Edmundo O'Gorman
O'Gorman analiza cómo el descubrimiento de
América fue un evento que redefinió la identidad y la visión de los europeos
sobre el mundo y sobre los pueblos indígenas. Este libro es esencial para
comprender el proceso de dominación cultural y cómo la percepción del indígena
fue construida a través de una mirada colonizadora, lo que ilumina el tema de
la identidad tlaxcalteca en la época colonial.
“El espejo enterrado” de
Carlos Fuentes
Con un enfoque literario y filosófico, Fuentes examina la historia de América Latina desde sus raíces precolombinas hasta el presente. Su análisis de la identidad, la cultura y la influencia de las civilizaciones indígenas en la cultura contemporánea es relevante para entender la importancia de rescatar la memoria histórica de Tlaxcala. Este texto invita a reflexionar sobre cómo las culturas prehispánicas siguen vivas en la identidad de las naciones actuales.
Bibliografía
§ 128. Principio y origen del
señorío y reino de Tlaxcala y de los primeros fundadores. La primera fundación
fue la cabecera de Tepeticpac, la cual fundó y pobló el único señor y rey
llamado Culhua Quanez, que fue el primer señor de los teochichimecas que quiere
tanto decir como divinos teochichimecas texcaltecas, venidos de las partes del
poniente en cuanto a nuestro centro, de muy lejanas partes desde las Siete
Cuevas, pasando grandes desiertos y montañas, ciénegas y ríos y otros trabajos
y peregrinaciones.
“142. De cada casa de éstas y
cabecera, procedían otros muchos tecuhtles mayorazgos, que quiere decir
caballeros y señores, y otras casas que llaman pilcales, que es como decir
casas solariegas de principales hombres hidalgos, en lo cual se tenía particular
cuenta, porque los descendientes [F. 48 v.] de éstos son estimados por hombres
calificados.”
§ 145. Y ansí poblada la muy
insigne y no menos que leal provincia de Tlaxcalla, tuvieron paz y concordia
con todas las provincias comarcanas grandes tiempos (…), porque iban a
contratar a todas partes, de una mar a otra, de la del sur a la del norte, y de
levante y poniente… finalmente, de estas tierras traían oro, cacao, algodón y
ropa, miel y cera, plumería de papagayos y otras riquezas que mucho estimaban.
§ 146. En tanta manera, que vino a ser el reino de Tlaxcalla uno de los mayores
reinos que hubo en estas partes del Nuevo Mundo, gobernado por los cuatro
señores de las cuatro cabeceras…
[4] La
identidad o la identidad de lo tlaxcalteca fue trabajada por un pintor
muralista en Tlaxcala, este autor le llamaba la “tlaxcaltequidad” él como
cronista de Tlaxcala reafirmaba estos valores en la actualidad. Este autor se
llamaba Desiderio Hernández Xochitiotzin.
[5] La fundación
de Tlaxcala se da debido al rey español Felipe II quien otorgó el título de
“ciudad de Tlaxcala” en 1535. La distinción fue
significativa, ya que permitió a Tlaxcala conservar cierto grado de autonomía y
privilegios, como el derecho a mantener un cabildo indígena. Este
reconocimiento también reflejaba la importancia estratégica de Tlaxcala en la
Nueva España, tanto desde el punto de vista estratégico, como económico
[6]
Las **picotas** fueron dispositivos de castigo y humillación pública utilizados
durante la época colonial en América, herencia directa de las prácticas penales
medievales europeas. Eran postes altos o columnas de piedra o madera, situados
en plazas públicas, donde se exponía a los condenados por diversos delitos para
que sirvieran de ejemplo y escarmiento ante la población. ### Uso y función de
las picotas 1. **Castigo corporal y exhibición pública**: Los criminales eran
atados a la picota para ser azotados o sometidos a diferentes formas de tortura
física, como el látigo o la mutilación, en frente de la comunidad. Las picotas
estaban a menudo situadas en lugares visibles, como el centro de la plaza
principal o en mercados, para maximizar la exposición del castigo. Este método
de exhibición reforzaba el poder de la autoridad colonial y el orden social, al
mismo tiempo que servía como para advertir a aquellos que pudieran pensar en
transgredir la ley.