Conmemoración y resistencia
de una tierra ancestral
El Espectro en la Picota
La luz del sol comenzaba a despuntar en el
horizonte de Tlaxcala en el año de 1525, apenas alcanzando los recios murales
de adobe que resguardaban la imponente casona donde vivían Andrés Tapia e
Imelda de Zúñiga. Él, comandante de Hernán Cortés y cacique autoproclamado,
portaba una severidad que le torcía el gesto y un odio creciente hacia aquellos
a quienes dominaba. Ella, Imelda, heredera de la nobleza castellana, estaba más
atada al fervor católico que a las sonrisas, envolviendo con su racismo las
tareas del hogar, donde mandaba sin piedad. En esa tierra remota y misteriosa,
los valores europeos se imponían con rigidez sobre la cultura tlaxcalteca, como
el peso de una cruz de hierro en la frágil corteza de una flor.
Entre las personas que transitaban silenciosas por
aquella casona, estaba Coyolxauhqui María, una mujer nativa de Ocotelulco, cuya
mirada podía cautivar al más hosco y cuya resistencia inquietaba a la señora
Imelda. Vestía en ayates, y sus pasos eran suaves, casi silenciosos. Pero a los
ojos de Imelda, aquello era inaceptable: Coyolxauhqui María debía llevar
cascabeles en los tobillos, pues su etéreo movimiento la hacía “invisible” en
la casa, y la señora sospechaba que esa india taimada podía ocultar intenciones
desleales. Sin embargo, Coyolxauhqui María se resistía, pues sus pasos eran un
eco de los aires que bajaban del Matlalcueye: serenos, llenos de dignidad.
Imelda, furiosa, ordenó que Coyolxauhqui María
fuera llevada a la picota en el centro de la ciudad y amarrada de las muñecas
en castigo por su rebeldía. Durante días, su cuerpo fue una figura doliente y
solemne a la vista de todos, con el rostro levantado al cielo y la piel quemada
por el sol. El comandante Andrés Tapia y su esposa la miraban con indiferencia,
mientras su hijo Alfonso Junior, quien sentía un enamoramiento inconfesable por
aquella india obstinada, observaba desde la sombra. Finalmente, Coyolxauhqui
María sucumbió; En la picota, su vida terminó, pero su espíritu quedó atado a
la piedra de sacrificios, transformado en un lamento eterno que esperaba
justicia.
El Oxxo y la Conmemoración
Quinientos años después, en 2025, el parque de
Tlaxcala vibraba con una conmemoración grandiosa. Un estrado se levantaba en el
centro, rodeado de luces y adornos. La picota, antaño altar de castigos, ahora
era una pieza de decoración arquitectónica incrustada en la pared del Oxxo del
parque, donde los clientes entraban y salían con sus bolsas de compras, ajenos
a la piedra ancestral. Alrededor del estrado, banderas ondeaban al ritmo de los
discursos grandilocuentes.
Roberto Sánchez, exgobernador, presenciaba el
evento con una mirada de satisfacción. Su esposa, Carmen Contreras, miembro
fervoroso de la congregación del Divino Redentor, sonreía desde su asiento,
enmarcando con hipocresía su devoción y orgullo. A su lado, Roberto Junior, su
hijo y candidato a la próxima gubernatura, esperaba su turno para tomar el micrófono.
Llevaba un traje impecable, el cabello peinado a la perfección, y los ojos
brillaban con el mismo deseo de poder de su padre. Cuando por fin le cedieron
la palabra, su voz resonó firme, como una sombra del pasado.
—Tlaxcala fue fundada hace quinientos años, en un
acto de civilización que nos trajo la luz de la fe y la cultura —proclamó Roberto
Junior—. Nuestros ancestros europeos nos enseñaron a ser una sociedad unida,
nos trajeron la cultura y los valores que aún hoy nos fortalecen.
Desde la última fila, Eduardo Velazco observaba.
Intelectual y vidente, se encontraba en aquel lugar no solo como espectador,
sino como observador de múltiples dimensiones. Sentía el peso de los siglos
palpitar en aquel sitio; la picota, testigo de atrocidades, emitía una
vibración apenas perceptible, como un grito ahogado. Y en un parpadeo, Eduardo
distinguió una figura espectral: era Coyolxauhqui María, amarrada a la piedra,
atrapada en un ciclo eterno de sumisión. Su rostro expresaba un ruego antiguo,
una súplica que parecía dirigirse tanto al cielo como a sus torturadores, en
espera de que alguien escuchara su clamor.
Coyolxauhqui María, a través de su voz etérea,
elevó un monólogo de súplica. Sus palabras eran un lamento dolido, un ruego
ancestral a los dioses del pasado:
—¡Madre Coatlicue, tú que engendraste a los dioses,
apiádate de esta hija tuya! Libérame de estas ataduras, rompe los lazos que me
aprisionan a los gritos de dolor y a los crímenes de los hombres de España.
Entonces, entre las nubes, una figura descendió.
Era Claudia “la Brillante”, envuelta en un resplandor celestial, radiante como
Coatlicue, la madre protectora. En una mano llevaba una espada azulada, en la
otra un báculo reluciente. Claudia se acercó a la picota y, con un movimiento
certero, cortó las ataduras que sujetaban a Coyolxauhqui María, liberando su
espíritu. Justo en ese momento, un cortocircuito apagó todas las luces del
parque y el Oxxo, y la multitud quedó sumida en una penumbra inquietante.
Eduardo contemplaba la escena con reverencia.
Observó cómo el espectro de Coyolxauhqui María ascendía, liberado al fin de su
castigo ancestral, y cómo su espíritu se elevaba con una libertad
reconquistada. En el estrado, mientras tanto, Roberto Junior continuaba con su
discurso, aparentemente ajeno al misticismo que acababa de desatarse:
—Gracias a la Conquista y a la fusión de nuestras
culturas, hoy somos una nación fuerte. Los valores europeos trajeron la
civilización a esta tierra, la paz y la fe.
Pero las palabras de Roberto Junior flotaban huecas,
carentes de sentido verdadero. Eduardo sabía que aquella conmemoración era un
teatro montado para satisfacer el ego de una élite egoísta y oportunista.
Mientras Roberto exultaba los beneficios de una “civilización” impuesta,
Eduardo comprendía que aquellos valores de la Tlaxcala originaria aún
permanecían vivos, no en los discursos pomposos, sino en el recuerdo de almas
como Coyolxauhqui María, en su dignidad silenciada y en la libertad que,
finalmente, había alcanzado.
La ceremonia continuó, pero para Eduardo, el
verdadero acto de conmemoración ya había ocurrido: la liberación del espíritu
de Coyolxauhqui María. Sabía que ningún discurso oficial podía borrar el dolor
de aquellos siglos, ni el grito silencioso de quienes murieron en la picota o
fueron sometidos. La tierra de Tlaxcala, bendecida y sacudida, acogía en su
memoria el paso de los siglos.
Y allí, en el parque, la picota brillaba tenue, con
un nuevo sentido de redención, observando ahora desde la sombra, como un
símbolo mudo que recordaba la fuerza y la resistencia de un pueblo que jamás
dejó de ser libre en su espíritu.
