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domingo, 9 de agosto de 2026

La Palabra en Desuso: De la Ignorancia Literaria a la Indignidad Política

 


Un ensayo filosófico sobre la degradación del lenguaje en la política y los medios. A partir del caso de las burlas a adultos mayores, se analiza cómo la falta de lectura y pensamiento crítico despoja de dignidad al discurso público.

Por Edgar Sánchez Quintana

El lenguaje, en su máxima expresión, es el puente más sutil y poderoso entre la conciencia y el mundo. Es el territorio donde el pensamiento adquiere forma, donde la ética se traduce en acción y donde la dignidad del otro es reconocida o pisoteada. Sin embargo, asistimos a una época de profunda degradación lingüística en la esfera pública. Recientes incidentes en la región —como las desafortunadas burlas de legisladoras hacia los adultos mayores durante transmisiones públicas— no son meros tropiezos discursivos ni anécdotas desafortunadas; son el síntoma inocultable de una crisis estructural: el abandono sistemático de la lectura, el desprecio por el rigor intelectual y la desconexión absoluta entre el pensamiento y la palabra. Cuando la política se vacía de contenido literario y filosófico, el lenguaje se degrada en simple estridencia y burla.

I. La Lectura como Cimiento de la Palabra Pulcra

Desde hace décadas, la sociedad ha experimentado un paulatino desinterés por el cultivo de la lectura. Los libros, otrora refugio del espíritu y herramientas de emancipación, han sido desplazados por la inmediata de pantallas y mensajes efímeros que reducen el vocabulario y atrofian la capacidad de abstracción. Esta sequía de lecturas tiene una consecuencia directa y devastadora: la pérdida de una manera de hablar educada, pulcra y cuidadosa. Como sostenía George Steiner, lo que no se nombra con precisión corre el riesgo de extinguir en la conciencia.
Cuando las personas no leen, no poseen un repertorio conceptual que les permita procesar la complejidad de la realidad. El lenguaje deja de ser una obra de orfebrería mental para convertirse en un utensilio burdo, una herramienta más de comunicación utilitaria, exenta de estética y de responsabilidad moral. Se habla sin cuidar las palabras que escapan de la boca, ignorando que cada término pronunciado revela la arquitectura íntima de quien lo emite. Si el intelecto no se alimenta de ideas complejas y sensibilidad estética, el discurso público se empobrece, dando paso a la banalidad y al insulto disfrazado de espontaneidad.

II. La Responsabilidad de la Voz Pública: Del Político al Locutor

Esta carencia de rigor se vuelve socialmente peligrosa cuando quienes la padecen ocupan cargos de representación popular, conducen espacios mediáticos o fungen como figuras públicas. El político, el legislador y el locutor no emiten palabras en el vacío; su discurso tiene un peso performativo, construye realidades, marca pautas de convivencia y modela el talante ético de una comunidad.
El reciente episodio donde diputadas protagonizaron mofas y comentarios despectivos hacia los adultos mayores desnudos con crudeza esta realidad. La "guasa" y el chiste fácil frente a la vulnerabilidad de la vejez no solo refleja una alarmante falta de empatía, sino una indigencia intelectual insostenible. En boca de un representante social, la burla procaz evidencia que no existe un puente entre el pensamiento (si es que lo hay) y la expresión oral. Se habla desde la ocurrencia, desde el desprecio internalizado y desde la ignorancia de creer que la política es un espectáculo de sobremesa y no el ejercicio más elevado de la razón práctica. La falta de lectura impide que estas figuras comprendan el peso simbólico de su investidura; ignoran que el respeto a los mayores —depositarios de la memoria colectiva— es el termómetro ético de cualquier civilización.

III. Tlaxcala y el Espejo de la Ligereza Discursiva

En el contexto de Tlaxcala y la región, este fenómeno adquiere matices peculiares. La vida política y social del estado ha oscilado históricamente entre el peso de sus tradiciones y la tentación de una modernidad superficial que imita los peores vicios de la tecnocracia y el espectáculo mediático. Cuando los actores públicos abandonan el cuidado de la palabra, el debate político se degrada: se esfuman las propuestas con hondura filosófica y se multiplican los eslóganes vacíos y las declaraciones estridentes diseñadas para el consumo digital.
La ciudadanía, por su parte, enfrenta el reto de no normalizar esta degradación. El peligro radica en que la sociedad misma, habituada a un lenguaje cada vez más grosero y descuidado en los medios y la política, termine por aceptar que el poder público puede ejercerse desde la mediocridad verbal. La pérdida de la pulcritud en el hablar es, en el fondo, la pérdida del rigor en el pensar. Si toleramos que quienes legislan o informan se expresan con ligereza y desprecio, estamos consintiendo que la ignorancia se convierta en la norma del Estado.

Conclusión:

La recuperación de la pulcritud en el lenguaje no es un capricho esteticista ni un reclamo de gramáticos nostálgicos; es una urgencia democrática y humanista. Es imperativo comprender que la palabra hablada es el reflejo exacto de la calidad moral de una sociedad. Frente a la banalización del discurso y la grosería institucionalizada, la lectura, el estudio y el pensamiento crítico se emergen como los únicos reductos de resistencia. Quienes aspiran a guiar o representar a la sociedad tienen la obligación moral de reconciliarse con los libros, de pulir su pensamiento antes de abrir los labios y de entender que un servidor público que desprecia el valor de la palabra, termina inevitablemente por despreciar al pueblo al que debe servir.

Invitación a la Acción:
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domingo, 2 de agosto de 2026

El Descorche Tlaxcalteca - Tomo 9

 



Por: Edgar Sánchez Quintana

(Se enciende el letrero rojo de "AL AIRE". Suena de fondo una cumbia sonidera del Grupo Quintanna distorsionada que poco a poco se desvanece para dar paso a una voz aguardentosa y llena de sarcasmo).
Sofía "La Voz Cruda" de Tlaxcala:
¡Qué tal! Bienvenidos a una emisión más de El Descorche Tlaxcalteca, el único programa donde la realidad supera a la ficción y la política local nos da más comedia que un show de stand-up mal pagado. Soy su anfitriona de cabecera, Sofía "La Voz Cruda" de Tlaxcala, y hoy vengo con la garganta afilada y el hígado preparado para digerir las joyas informativas que nos regaló este agosto de 2026 nuestra amada y siempre sorprendente Tlaxcala. Y como siempre, para hacerme segunda en esta terapia de grupo masivo, me acompañan los inigualables, los inconfundibles, los que no pagan renta en el inframundo… ¡Los Pitidos del Más Allá!
Los Pitidos del Más Allá:
(A coro, con voz cavernosa y tono burlón)
¡Auuuuuch! ¡Atinaste! ¡Aquí andamos, Sofi, listos para jalarle los pies a los vivos y reírnos de sus desgracias! ¡Ea, ea, ea, el que no brinque se mosquea!
Sofía "La Voz Cruda" de Tlaxcala:
¡Eso es todo, mis espectros del sabor! Pues agárrense fuerte de sus asientos, o de sus ataúdes, porque esta semana la cosa estuvo que arde. Empezamos con nuestra primera nota, directo desde el campo tlaxcalteca, donde la gobernadora Lorena Cuéllar afirmó que las demandas del Frente Nacional del Rescate al Campo Mexicano, como el subsidio al diésel, no compite al estado sino al gobierno federal. ¡Así como lo oyen! El estado se lava las manos con las demandas del campo, pero reacciona rápido para "limpiar" las protestas. ¡Qué bonita es la autonomía cuando nos permite deslindarnos de los problemas!
El Contreras:
(Cuchicheando en voz baja mientras se arregla el cabello)
No, no, no. Eso no importa. Lo importante es que los campesinos se mantengan ocupados. Así no andan pensando en otras cosas. Además, el diésel es muy contaminante, es por su bien.
Los Pitidos del Más Allá:
(Haciendo ruidos de tractor que se ahoga)
¡Pfff! ¡Pfff! ¡El campo no es prioridad, la foto sí! ¡Pfff! ¡Que siembren selfies y cosechen likes! ¡Pfff! ¡A ver si con eso les llega el subsidio! ¡Ea, ea, ea, el que no siembre se mosquea!
Sofía "La Voz Cruda" de Tlaxcala:
¡Ay, mi Tlaxcala mágica! Pasemos a cosas más festivas, pero igual de turbias. Vámonos al Recinto Ferial, donde se supervisarán los avances de su modernización. ¡Sí, una inversión para que la feria sea "de primer nivel"! Qué bueno que se preocupan por el "pan y circo" mientras otros sectores, como el campo, se quejan de falta de apoyo. ¡Qué bonita es la prioridad cuando se enfoca en la diversión y no en la producción!
El Contreras:
(Con tono monocorde)
Qué tontería. La feria es cultura, es tradición. Y si es de primer nivel, pues mejor. Así viene más gente y se reactiva la economía. Además, a quién no le gusta un buen elote con mayonesa.
Los Pitidos del Más Allá:
(Cantando con ritmo de cumbia)
¡Chiquitibun a la vin bom ba, a la vio, a la vao, a la vin bon ba, la feria va que va! ¡El gober, el gober ra ra ra con su recinto de primer nivel va que va hea ¡ponle sabor! (El coro se voltea hacia la pared y muestra el trasero como símbolo de sumisión)
Sofía "La Voz Cruda" de Tlaxcala:
¡A ver cuánto les dura la alegría! Y hablando de cosas que se ocultan, vámonos a la Fiscalía de Tlaxcala, donde afirmaron que solo investigan casos individuales de trata de personas y minimizan la presencia de redes organizadas en la entidad. ¡Así como lo oyen! En la "cuna de la trata", la autoridad dice que son casos aislados. ¡Qué bonita es la justicia cuando no ve lo que no quiere ver!
El Contreras:
(Con voz de quien sabe mucho)
Es que las redes son muy difíciles de ver. Son como el internet, están ahí pero no se ven. Además, si son casos individuales, pues es más fácil de controlar. No hay que alarmar a la gente.
Los Pitidos del Más Allá:
(Con voz de merolico)
¡Lleve su trata individual, su caso aislado, a mitad de precio, fresquecita, recién desorganizada! ¡Qué bárbaros, ni tiempo de pedir fiado les dieron! ¡A ver si los fiscales los alcanzan, o si de perdis los tratantes paganos sus abonos chiquitos con lo que se ahorran en publicidad! ¡Qué alegría de justicia tenemos!
Sofía "La Voz Cruda" de Tlaxcala:
¡Palabras sabias de los que ya no están! Y para cerrar con broche de oro esta emisión de locura: localizan muerto a un interno dentro del Centro de Reinserción Social (CERESO) de Apizaco. Se suma a la lista de incidentes en centros penitenciarios del estado. ¡Sí, la "reinserción" que termina en el otro mundo! ¡Qué bonita es la seguridad cuando te garantiza un lugar... en el panteón!
El Contreras:
(Cuchicheando en voz baja)
Qué buena idea. Así se ahorrará el juicio. Y si ya estaba adentro, pues ya no puede hacer más daño. Es muy práctico. Además, seguro era por causas naturales, el estrés de la reinserción.
Los Pitidos del Más Allá:
(Cantando con ritmo de mariachi desafinado)
¡Es un delito quererte, es un delito quererte, llévame al CERESO solo para verte! ¡Qué reinserción tan efectiva, qué seguridad tan garantizada! ¡A ver si con tanta orden, no se les olvida por qué estaban ahí! ¡Buhhhhh!
Sofía "La Voz Cruda" de Tlaxcala:
Y con esta reflexión tan profunda, llegamos al final de nuestro Descorche Tlaxcalteca número 9. Gracias por sintonizarnos, por aguantar la bilis y por reírse con nosotros de esta tragicomedia llamada realidad. Soy Sofía "La Voz Cruda" de Tlaxcala, y me despido no sin antes recordarles: si la vida les da limones, hagan limonada; pero si les da gobernadores que se lavan las manos, ferias de primer nivel, fiscalías ciegas y reinserciones fatales… ¡pues mejor destapen una botella y sírvanse un trago doble! ¡Nos escuchamos en la próxima!
Los Pitidos del Más Allá:
(Desvaneciéndose lentamente)
¡Adiós, mortales! ¡Pórtense mal y cuídense bien! ¡Y no olviden dejar un pan de muerto en la ofrenda! ¡Buhhhhh!
(La cumbia sonidera del Grupo Quintanna suena, vuelve a subir de volumen y el letrero de "AL AIRE" se apaga).

sábado, 25 de julio de 2026

La casa donde el pan sabe a ceniza

 


Un cuento conmovedor e irónico sobre la ausencia materna: cuando una madre sale por pan y nunca vuelve, la familia construye mitos para sobrevivir, hasta que la realidad revela una verdad inesperada.

Por Edgar Sánchez Quintana

En el barrio de San José, las ausencias tienen género masculino. Todos conocemos la historia del padre que salió por cigarros y terminó en Chicago, o del que se fue a la cantina y se quedó a vivir en el fondo de una botella. Pero lo de mi casa era distinta, una anomalía que rompió la lógica del vecindario y nos dejaron suspendidos en un asombro que dura ya diez años. Mi mamá dijo que iba a comprar pan y nunca volvió.

Salió un martes, a las seis de la tarde. Llevaba su bolsa de tela con flores bordadas y un billete de cincuenta pesos que mi papá le había dado para la cena. El café ya estaba puesto en la estufa, soltando ese aroma que suele prometer que todo estará bien. Pero el café se enfrió, la noche cayó sobre Tlaxcala y el pan caliente nunca llegó a la mesa.

Mi papá, un hombre de pocas palabras y manos callosas, no se desmoronó. Al menos, no frente a nosotros. Aprendió a trenzar el cabello de mi hermana menor con una torpeza que con el tiempo se volvió delicado, y a remendar los uniformes escolares con puntas gruesas pero firmes. Para él, la ausencia de mi madre no era una huida, sino un sacrificio. "Se fue para salvarnos", nos decía mientras servía la sopa. En su mente, ella había pagado una deuda antigua, un pacto invisible con sombras del pasado para que nosotros no fuéramos tocados. Su partida era, para él, el acto de amor más extremo y protector que una madre podía realizar: alejarse para que el peligro no nos encontrara.

Dalia, mi hermana mayor, siempre fue más pragmática. Para ella, el mundo es una serie de causas y efectos sin espacio para el heroísmo trágico. Su versión era más terrestre: un accidente. Un golpe seco en la cabeza, una amnesia súbita en medio del bullicio de la ciudad, y un olvido absoluto de quién era y a dónde iba. Dalia la imaginaba viviendo una vida prestada en un pueblo lejano, trabajando en una mercería o una cocina ajena, mirando a veces el pan en una vitrina con una tristeza inexplicable, sintiendo unas ganas de llorar que no sabía de dónde venían.

Yo, que en ese entonces vivía refugiado en las novelas de ciencia ficción que se encontraban en la biblioteca pública, prefería la versión de lo imposible. Para mí, no hubo abandono ni accidente. Entre la panadería y la farmacia se había abierto un portal interdimensional, una falla en el tejido del espacio-tiempo que se la había tragado sin dejar rastro. A veces, mirando las estrellas desde el patio, me convencía de que ella era ahora una embajadora en la constelación de Orión, o que estaba atrapada en una dimensión donde el tiempo no corre y el pan nunca se pone duro. Era más fácil creer en extraterrestres que en la posibilidad de que una madre simplemente decidiera no regresar.

Crecimos así, alimentados por mitos y por la resiliencia de un padre que se hizo cargo de todo, desafiando la "hipocresía" de los vecinos que no concebían una familia sin el ancla materna. Mi papá sacó la casa adelante, nos hizo hombres y mujeres de bien, y el nombre de mi madre se convirtió en una oración que se pronunciaba en voz baja.

La ironía nos alcanzó el mes pasado, cuando decidimos remodelar la vieja cocina para vender la casa. Al mover el pesado aparato de madera que mi abuelo había construido, encontramos una pequeña caja metálica que mi madre guardaba celosamente. No había portales, ni deudas de sangre, ni rastros de amnesia. Dentro había un boleto de autobús a Puerto Vallarta con fecha del mismo martes que salió por el pan, y una nota breve, escrita con su caligrafía perfecta: "El pan de esta casa siempre me supo a ceniza. Me voy a buscar el sabor de la sal".

Resultó que no era una heroína, ni una víctima, ni una viajera espacial. Era solo una mujer que, después de veinte años de servir la sopa y remendar calcetines, decidió que cincuenta pesos y una bolsa de tela eran equipo suficiente para empezar a vivir. Mi mamá dijo que iba a comprar pan y nunca volvió, y al final, el pan que se volvió eternidad no fue más que el pretexto para no morir de hambre en una vida que ya no le pertenecía.

A veces, las historias que nos contamos para sobrevivir son más fantásticas que la realidad misma. ¿Qué versión de la ausencia te ha parecido más humana? Te invitamos a compartir tu reflexión sobre esos vacíos que nunca se llenan y las verdades que preferimos no ver. ¡Tu comentario le da un nuevo sentido a este relato!

miércoles, 15 de julio de 2026

La Piedra en el Zapato: Una Crítica a la Soberbia Cultural

 



Descubra una crítica incisiva a la revista "Piedra de Toque" y la soberbia en el
ámbito cultural de Tlaxcala. Una voz independiente cuestiona la exclusividad
y la falta de fondo en las publicaciones actuales.


Escribo esta crónica impulsada por la necesidad de alzar la voz y cuestionar aquello que, bajo el velo de la cultura, carece de sustancia. Me considero una voz crítica en los ámbitos que me conciernen, y en esta ocasión, mi mirada se posa sobre la revista "Piedra de Toque", dirigida por José Luis Puga.

Hace algunos años, en mi búsqueda por difundir mis textos y dar a conocer mi obra, me acerqué a "Piedra de Toque". Con la soltura que otorga la convicción, envié un correo electrónico exponiendo mi intención. La respuesta, sin embargo, fue desalentadora: los números de la revista y sus contenidos futuros ya estaban programados con hasta seis meses de antelación, y no se aceptaban más colaboraciones. Imaginé que el contenido que yo había ojeado en ediciones anteriores era el estándar, y que mi propuesta, quizás, no encajaba en ese espacio tan exclusivo. Mi réplica fue clara: no estaba dispuesto a esperar seis meses para ser considerada. La conversación terminó allí.

Mi conocimiento del director de esta publicación es limitado en lo personal, pero extenso en el tiempo, y su singular estilo, marcado por la pedantería y el engreimiento, es innegable. En ensayos previos sobre la cultura en Tlaxcala, señaló cómo el gobierno, en su afán de legitimación, intenta aglutinar a creadores, artistas y demás actores del ámbito. Sin embargo, esta congregación a menudo se convierte en un espacio para lo fatuo y lo hipócrita, donde solo unos pocos —o los meros aplaudidores— encuentran cabida.

En el caso específico de "Piedra de Toque", el problema radica en la soberbia y la falsedad. Lejos de fomentar el debate o enriquecer el quehacer cultural, sus contenidos, aunque pulcros y propios de un editorialista experimentado, carecen de impacto. No sorprenden, no incitan a la reflexión crítica, ni impulsan al lector hacia posturas más progresistas o humanistas. En definitiva, la forma prevalece sobre el fondo, y en un mundo donde la autenticidad escasea, la humildad se erige como un valor fundamental. La soberbia, por el contrario, solo construye muros que aíslan y empobrecen el verdadero diálogo cultural.

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