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sábado, 25 de julio de 2026

La casa donde el pan sabe a ceniza

 


Un cuento conmovedor e irónico sobre la ausencia materna: cuando una madre sale por pan y nunca vuelve, la familia construye mitos para sobrevivir, hasta que la realidad revela una verdad inesperada.

Por Edgar Sánchez Quintana

En el barrio de San José, las ausencias tienen género masculino. Todos conocemos la historia del padre que salió por cigarros y terminó en Chicago, o del que se fue a la cantina y se quedó a vivir en el fondo de una botella. Pero lo de mi casa era distinta, una anomalía que rompió la lógica del vecindario y nos dejaron suspendidos en un asombro que dura ya diez años. Mi mamá dijo que iba a comprar pan y nunca volvió.

Salió un martes, a las seis de la tarde. Llevaba su bolsa de tela con flores bordadas y un billete de cincuenta pesos que mi papá le había dado para la cena. El café ya estaba puesto en la estufa, soltando ese aroma que suele prometer que todo estará bien. Pero el café se enfrió, la noche cayó sobre Tlaxcala y el pan caliente nunca llegó a la mesa.

Mi papá, un hombre de pocas palabras y manos callosas, no se desmoronó. Al menos, no frente a nosotros. Aprendió a trenzar el cabello de mi hermana menor con una torpeza que con el tiempo se volvió delicado, y a remendar los uniformes escolares con puntas gruesas pero firmes. Para él, la ausencia de mi madre no era una huida, sino un sacrificio. "Se fue para salvarnos", nos decía mientras servía la sopa. En su mente, ella había pagado una deuda antigua, un pacto invisible con sombras del pasado para que nosotros no fuéramos tocados. Su partida era, para él, el acto de amor más extremo y protector que una madre podía realizar: alejarse para que el peligro no nos encontrara.

Dalia, mi hermana mayor, siempre fue más pragmática. Para ella, el mundo es una serie de causas y efectos sin espacio para el heroísmo trágico. Su versión era más terrestre: un accidente. Un golpe seco en la cabeza, una amnesia súbita en medio del bullicio de la ciudad, y un olvido absoluto de quién era y a dónde iba. Dalia la imaginaba viviendo una vida prestada en un pueblo lejano, trabajando en una mercería o una cocina ajena, mirando a veces el pan en una vitrina con una tristeza inexplicable, sintiendo unas ganas de llorar que no sabía de dónde venían.

Yo, que en ese entonces vivía refugiado en las novelas de ciencia ficción que se encontraban en la biblioteca pública, prefería la versión de lo imposible. Para mí, no hubo abandono ni accidente. Entre la panadería y la farmacia se había abierto un portal interdimensional, una falla en el tejido del espacio-tiempo que se la había tragado sin dejar rastro. A veces, mirando las estrellas desde el patio, me convencía de que ella era ahora una embajadora en la constelación de Orión, o que estaba atrapada en una dimensión donde el tiempo no corre y el pan nunca se pone duro. Era más fácil creer en extraterrestres que en la posibilidad de que una madre simplemente decidiera no regresar.

Crecimos así, alimentados por mitos y por la resiliencia de un padre que se hizo cargo de todo, desafiando la "hipocresía" de los vecinos que no concebían una familia sin el ancla materna. Mi papá sacó la casa adelante, nos hizo hombres y mujeres de bien, y el nombre de mi madre se convirtió en una oración que se pronunciaba en voz baja.

La ironía nos alcanzó el mes pasado, cuando decidimos remodelar la vieja cocina para vender la casa. Al mover el pesado aparato de madera que mi abuelo había construido, encontramos una pequeña caja metálica que mi madre guardaba celosamente. No había portales, ni deudas de sangre, ni rastros de amnesia. Dentro había un boleto de autobús a Puerto Vallarta con fecha del mismo martes que salió por el pan, y una nota breve, escrita con su caligrafía perfecta: "El pan de esta casa siempre me supo a ceniza. Me voy a buscar el sabor de la sal".

Resultó que no era una heroína, ni una víctima, ni una viajera espacial. Era solo una mujer que, después de veinte años de servir la sopa y remendar calcetines, decidió que cincuenta pesos y una bolsa de tela eran equipo suficiente para empezar a vivir. Mi mamá dijo que iba a comprar pan y nunca volvió, y al final, el pan que se volvió eternidad no fue más que el pretexto para no morir de hambre en una vida que ya no le pertenecía.

A veces, las historias que nos contamos para sobrevivir son más fantásticas que la realidad misma. ¿Qué versión de la ausencia te ha parecido más humana? Te invitamos a compartir tu reflexión sobre esos vacíos que nunca se llenan y las verdades que preferimos no ver. ¡Tu comentario le da un nuevo sentido a este relato!

domingo, 10 de mayo de 2026

Las disfrazadas

 



Una crónica de acción y hedonismo que sigue a "Los Desastres de Río Frío", una banda de maleantes de élite cuya disciplina y profesionalismo se ven desafiados por una noche de excesos, traición y un giro inesperado al amanecer.

La banda de maleantes llamada “Los Desastres de Río Frío” se dedicaban a asaltar por cualquier sitio, atracaban casas, las saqueaban como si fueran piratas modernos. Su organización: compleja, bien estructurada y organizada. El deporte como medio y religión para conservarse atléticos era muy importante, manejaban técnicas de Taekwondo, Karate-do, Hapkido, Judo; Al fin, su profesionalismo superaba a cualquier escuadrón de policía gubernamental; conocedores de leyes, medios, técnicas; Razón por lo cual tenían sudando la gota gorda a la policía. Era una banda que fluctuaba en edades entre los diecisiete y veinticinco años de edad, sabían moverse por la ciudad y se camuflageaban de tal modo que era difícil localizarlos. Lo peligroso para la banda era precisamente reunirse en un punto muy cerrado pues podrían tenderles una redada y así fue como sucedió, cometieron el error de reunirse. La policía, como un moho que atacaba sin compasión tendió tentáculos en los márgenes de su última incursión. El domicilio saqueado tenía un boquete en uno de los muros. Ellos sabían que la gente aseguraba sus puertas con mucho cuidado y con distintos sistemas de seguridad, pero los muros allí estaban, ingenuos, como hojas de papel esperando que alguien las rompa, debido a su pobre calidad en los materiales como ladrillos y mezcla, tabla roca, entre otros materiales ligeros y debido también a las nuevas herramientas más potentes y silenciosas: ¡Los muros caían como polvorones! Para poder escapar de la policía, siguieron haciendo boquetes en los muros de las casas vecinas, tomaron camino por el drenaje profundo y continuaron hasta la planta de procesamiento de aguas residuales de la ciudad.

Llegaron aporreando el aire de la estancia dentro de sus pulmones, la corretiza y la excitación del peligro no estaban para menos. Había, por culpa de su llegada, confusión entre los invitados a la fiesta. A su desmedrado espanto se les incorporó la cursilería de aquel par de jorobados que ambientaban el espectáculo, su parafernalia se envolvía como hoja de tamal. El escenario se cobijaba con rumba, merengue, guaguancó; con saxofón, gaitas y maracas. La entrada al salón estaba engalanada por una alfombra roja ya los costados, como gendarmes disciplinados estaban una serie de bombones que se hilvanaban a lo largo del corredor como pequeños plantíos entretejidos, su color ilustraba cual historia del mago de Oz. Había globos de arroz engalanando los muros, y estos con bajorrelieves góticos y con una multiplicidad de contenidos apeñuscados, además, había un par de acrílicos procedentes de alguna empresa de artes, sobre de ellos había una alusión a la maravilla que resulta el hedonismo que se calzaba en esa época. Ese estereotipo les caía —¡A raudales! - demasiado bien.

Mientras Los Desastres de Río Frío se entregaban a los placeres carnales, una sombra acechaba en la ciudad. Los 'NH', liderados por el enigmático Evaristo, habían observado cada uno de sus movimientos. Con un plan meticulosamente diseñado, esperaban el momento perfecto para golpear.

El Jefe de la banda de Río Frio tenía el perfil de un Quijote, pero su barba no era blanca, era una barba color mugre, tono que se extendía por todo el cuello y las orejas, la barba le crecía cual ponzoñosa hierba entre arenales. Era cacarizo de su cara y figuraba como cinta perforada en máquina de primera generación, tenía la rugosidad propia de un garapiñado. Cuando su banda llegó y se acomodó en la estancia. El jefe hizo comentarios:

 —Muchachos, como muchas veces se los he dicho, la ciencia es poder, el poder del conocimiento se transforma en conocimiento del poder, ese es el meollo actual, quien trata de irse por otro lado es su asunto. Esta no es una empresa, ustedes no son simples empleados. Nuestra organización es una comunidad, una iglesia con una religión donde nos protegemos de todo aquello que es externo. Vivimos en la eterna guerra, en la sobrevivencia, es nuestra vida, y no vamos a dejar que fácilmente nos la quiten. Ustedes son “los superhombres” que esperaba Nietzsche, son la esperanza en el mañana, hijos del mediodía. Sabe bien que aquellos que arman y protestan leyes, las infringen en corruptelas. Sugiero quemar todas esas virtudes que nos alejan de la codicia, saquémosla de esa madriguera vituperada para hacerla nuestra amiga. Ya sabemos que el ser del hombre no es solamente vivir la realidad sino vivirla novelescamente. Y que sin agallas no hay gloria. Pero aparte está la relajación. Hay tiempo para el esparcimiento. Que hermosa vida. ¡Hasta el más infame podría envidiarnos nuestra frivolidad! Elemento que dilapidamos de manera un tanto alborotada. ¡Si! Hay que dejar que el corazón lata un rato en el ocio. Porque realmente no es malo encariñarse de la locura, vivir con ella.

En el salón, el desenfreno alcanzaba su clímax, ajenos a la traición que se gestaba en la distancia. A la vez, Evaristo, con una sonrisa maliciosa, lideraba a los 'NH' hacia la casa de seguridad, donde los tesoros de Los Desastres de Río Frío guardaban su destino.

Y allí los hombres y mujeres disfrutando. Repartían la paja antes del espectáculo, justo en la entrada de la fiesta-orgía, en la que se daba lo permisible, la sexualidad libre, sin tabúes, complejos ni prejuicios. La moda: Pelucas blancas, maquillaje hombres y mujeres, vestido a la usanza del siglo XVI. Todos como unos apóstoles del hedonismo. El ritual de la celebración es bendecir con leche los vestuarios utilizando los ramilletes de paja. Hay una banda de música que toca unos ritmos de lo más agradables.

En la mesa de juegos algunos de la banda y como un par de relámpagos se disputaban los ases del póquer, disparaban los dedos con una agilidad eléctrica. Una flatulencia en forma de bólido se deslizó por la tapicería de la silla e hizo presencia entre ciertos comensales bonachones. El bribón salpicó su carácter sobre alguna afelpada sonrisa perdida por allí, parecía que ellos tenían un parasol de sobrellevar listo para ese ataque. Entre los contrincantes y como un cloro nauseabundo y azufroso, así mismo cayó la presencia extraña de cada enemigo. Cuando se conoció al perdedor todos gritaron: ¡Al claustro inhóspito del ninguneo!... así aprenderán todos que odiamos a todo aquello que se asemeje a los perdedores de tiempos pasados. Se precipitó toda la banda sobre las cervezas levantando en los tarros un hervor de espuma. Se adhirieron a la reunión el desbordamiento de bohemios, la jauría de dandis, el bodegón de pránganas por todos lados y con ellos, el jefe babeando los brazos de las muchachas. El dirigente cuando veía a una mujer hermosa, no dejaba descansar el ojo, hasta que ha terminado de meter a la cabeza sus hechizos; se acercó a una, a su cabellera blanca, y aspiro el anís que emanaba, tal parecía que la capacidad de encariñarse a su cuerpo era infinita.

Un enjambre de bailarines orientales se dispuso en acordes amorosos, seducir al auditorio. Ellos gozaban de su compañía como la estrella de cine de su farándula. Era de adorarse la pureza sostenida en los pechos las muchachas, una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón. La banda se balanceaba tanto sobre el templete como sobre las muchachas que allí seguían al ritmo de la música. Evaristo, disfrazado de uno de los músicos, tocaba el saxofón con un estilo enérgico. Nadie sospechó que, mientras sus dedos se deslizaban por las teclas, sus cómplices saqueaban la fortaleza de Los Desastres de Río Frío.”

 El Jefe se incorporó de su mullido sitio y con voz firme y ojos avispados dijo: —¡Oh mira hermosa con qué ternura bailas! Haciendo tus saltos y vueltas sofisticadas, bailando tu aura como una hipérbole gótica, eres el mito de la Diana cazadora, de sus movimientos acuciantes, ¡Vaya, pero con qué singularidad y dinámica me incitas al ritmo de tu cintura! Del brazalete que circunda tus nalgas bellacas, nalgas provocadoras de lujurias, incitadoras para el eucarístico desmadre.

El escenario exterior lo conformaba un peñón, el embarcadero y las casuchas lejanas del siguiente pueblo, además de los montes circundantes. El peñón dejaba vestirse de blanco y de frío, aunque por el color nadie creería en su pureza por haber quitado la vida a ya varios cristianos, más bien su blancura significaba muerte allá sobre los despeñaderos, sobre la roca filosa o las grietas de hielo. El malecón atravesaba la ciudad, como una “Y” atravesada y aposentada en la conjunción de las vidas de la ciudad marítima, y ​​las opacas construcciones en lontananza dejaban ver la civilización cercana.

¿Cuál era el punto cardinal de la fiesta? La orgía, el cuarto oscuro, en el cual diez a doce gentes mitad mujeres y hombres disfrutaban del sexo totalmente a oscuras, reconociéndose por el tacto, por la lengua, entregándose al otro sin conocerlo, sin saber de su persona; aunque eran oficiales de policía, otorgando el cuerpo a su disfrute, el regocijo del cuerpo de los demás. Se escuchaba un bisbiseo cerca de una oreja que rezaba —“Déjame acomodar mis labios a tu cuello, quiero que, como una corbata, llevas estos belfos que hoy te regalo para que duermas explayadamente”— Las muchachas tocaban como con ganas de arrancar la ropa con desesperación. El interruptor hacía bien en dejar de hacer debutar a una luz que estorbaba a los estrenados amantes, y los besos continuaban por horas; se escuchaban los gemidos, el golpeteo contra las nalgas, el orgasmo. La libido ambientando los cuerpos, poniéndolos calientes, sudorosos, en éxtasis. Y nadie quiso hacer un gesto más... querían que cada una de ellas y su afrodisíaco olor de hembra enjundiosa provocara alguna ganancia. Era la delicia de instinto que hacía disfrutar de una reacción orgasmo incontrolable, de la implosión de éxtasis en confeti, de las contracciones libidinosas y alharaquientas; así como de los espasmos vibrantes y confabulados con una extraña cinética. ¡He aquí la resolución!: Germen de vida, semen corredor, semen loco, semen inhóspito, voluntarioso, colérico.

La banda ni siquiera sospechaba que se encontrarían con unas policías disfrazadas, sí, disfrazadas, pero de mujeres desnudas, era con ellas con las que habían hecho el amor, ellas se hacen descubrir, y ellas les pasan un fajo de billetes. Todos juntos continuaron con el reventón hasta la madrugada. Después de la fiesta todos volverían a tomar su pose como el juego de: policías y ladrones.

Con el amanecer, los miembros de Los Desastres de Río Frío regresaron a su casa de seguridad, satisfechos y exultantes tras la noche de lujuria. Pero en lugar de sus tesoros, encontraron solo paredes vacías y un mensaje grabado en la pared: 'Saludos de la Noche Oscura. Nos vemos en el próximo baile.

Al darse cuenta de la alevosía, el jefe solo pudo murmurar: “El conocimiento es poder, pero subestimar al enemigo es nuestra mayor debilidad”.

En el juego del poder, ¿quién es realmente el cazador y quién la presa? ¿Es el hedonismo una forma de libertad o la distracción perfecta para el saqueo? Te invito a compartir tu opinión sobre este relato de sombras y excesos en los comentarios. ¡Tu perspectiva completa esta historia!