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domingo, 2 de agosto de 2020

Crónica de una Aureola Perdida en el Macadán




¿Qué sucede cuando perdemos nuestra insignia de respetabilidad en el fango? Descubre "Crónica de una Aureola Perdida en el Macadán", un profundo relato de Edgar Sánchez Quintana sobre el clasismo, la pandemia y la búsqueda de identidad en una sociedad fragmentada.

"Pues hace un momento, cuando cruzaba el bulevar corriendo, chapoteando en el barro, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados, hice un movimiento brusco y mi aureola se me escurrió de la cabeza, cayendo al fango del macadam. Estaba demasiado asustado para recogerla. Pensé que era menos desagradable perder mi insignia que conseguir que me rompieran los huesos. (-) Ahora puedo ir de un lado a otro de incógnito, cometer bajezas, entregarme al desenfreno, al igual que los simples mortales.”—Charles Baudelaire, Le Spleen de Paris (1862)

El aire de la calle era una mezcla húmeda de tierra mojada y la quietud ansiosa que había impuesto la pandemia. Salí hacia la tienda de la esquina, con el rostro cubierto por el tapabocas que se había vuelto una segunda piel, una barrera frágil contra un enemigo invisible. A media cuadra, el silencio fue desgarrado por el ulular agudo de sirenas. Mi primer pensamiento, casi un reflejo condicionado en esta ciudad, fue que una manifestación avanzaba por el bulevar Mariano Sánchez, una cauce habitual para el descontento. Al aproximarme a la esquina, la escena se desplegó ante mí: no era la marcha a pie que imaginaba, sino una procesión motorizada. Una patrulla abría paso, y tras ella, una caravana de coches de modelos recientes, relucientes, rompía la monotonía de la tarde con un coro insistente de bocinas.

El primer vehículo que desfiló ante mis ojos era conducido por un hombre de ese estirpe a la que el dinero confiere una autoridad natural. A su lado, una mujer mayor, cuya piel de porcelana parecía conservada en el formol de sérums y cremas costosas, exhibía una postura de soberbia legítima, como si el asiento del copiloto fuera de un trono rodante. Supe, por su posición de vanguardia, que ostentaban un rango superior en aquella jerarquía de la protesta.

De las ventanillas de los autos colgaban cartulinas, pancartas improvisadas que gritaban en silencio su disgusto con lemas como: “FUERA AMLO”, “NO TE QUEREMOS”, “MÁS EMPLEO YA”. Observé pasar la columna de unos diez vehículos, una serpiente metálica cerrada por otra patrulla que custodiaba su retaguardia. Su protesta me pareció aséptica, cómoda, casi indistinguible de un paseo dominical hacia el centro comercial. Los rostros tras los cristales no mostraron ni un atisbo de la furia o la frustración que supuestamente los movía; su única acción era conducir y hacer sonar el claxon, un gesto vacío y festivo, como el de la comitiva que celebra a los novios camino al banquete.

Fue entonces, mientras veía aproximarse a uno de los últimos coches de la caravana, que una voz cortó el aire. Desde el asiento del copiloto, un grito se dirige directamente hacia mí, afilado y despectivo: “¡Un naco!”. Las risas de las acompañantes en el asiento trasero se estallaron como un eco cruel, una carcajada que me envolvió y me quedó paralizado. Me quedé estático, incrédulo, sintiéndome estúpido bajo el bozal de coronavirus que me cubría. Ellos, noté con una punzada de ironía, no llevaban tapabocas. Quizás eran inmunes al virus, oa la simple decencia.

De regreso a casa, la palabra rebotaba en las paredes de mi mente. “Nacó”. ¿Cuándo me había convertido en eso sin darme cuenta? ¿O era una simple confusión, un error de identidad? ¿O acaso fui solo el detonante casual para su diversión, un objeto para desatar la risa? Mi vida se desfiló en un instante: los años invertidos en bibliotecas, devorando conocimiento para acrecentar mi valía; el esfuerzo por dominar otros idiomas; las horas incontables en aulas universitarias persiguiendo títulos que me reivindicaron ante mí mismo y ante una sociedad que ahora me escupía un insulto desde la comodidad de un auto con aire acondicionado.

La legitimidad de su manifestación se me antojó entonces ridícula. ¿Era esta la voz del pueblo? ¿Un puñado de coches de lujo en una procesión tibia? Eran liliputienses resguardados en su desgana, sombras de partidos políticos en decadencia, entidades falsas comprometidas únicamente con su egoísta comodidad. De pronto, sentí una oleada de respeto por los líderes de antaño, aquellos que, junto a sus compañeros, aguantaban horas de lucha social bajo un sol quemante, que emprendían marchas kilométricas hasta que los pies sangraban. Recordé los garrotazos de la policía, el ardor de los gases lacrimógenos, el miedo a la persecución. Aquella lucha social era real, tangible. Era quedarse en el plantón sin importar la lluvia o la tormenta, era sentir el grito unísono como parte de una causa justa, era sentirse parte de la historia, de la patria misma.

Esa cruda realidad me despertó a una situación que no había querido ver. Me reconocí naco, porque así es como otros me veían, y esa era su verdad. La pandemia, en su macabra justicia, ha democratizado los rostros; ahora somos siluetas sin nombre, bultos sin representación, personalidades castradas recorriendo el macadán, futuros zombies en camino al precipicio. Somos figuras de paja esperando el incendio.

Ya no hay separación. Como Baudelaire, todos hemos perdido nuestras insignias de respetabilidad en el fango. Y en este nuevo mundo, el nombramiento de “naco” resulta casi como un distintivo, una marca que atestigua que, a pesar de todo, uno sigue aquí. Soy naco, sí. Pero un naco vivo.


Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

 

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido una vez años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. El recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que se encontraba en los niños con un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La vimos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.





viernes, 19 de diciembre de 2014

La noche alegre

La verdadera historia de cuatro amantes y un tesoro malentendido.

Imagen hiperrealista y cinematográfica de cuatro amantes en una canoa, navegando por un lago al amanecer. Dos de los hombres ven armaduras de soldados españoles y los otros dos ven indumentaria nativa prehispánica. Al fondo, se aprecian pirámides y el humo de la Noche Triste. Uno de los nativos sostiene semillas y el otro una vasija de pulque.

 Sumérgete en la emotiva y oculta historia de la Noche Triste: un relato hiperrealista de amor y escape entre soldados españoles y nativos, que redefine la narrativa de la conquista de México. Una crónica inolvidable de Edgar Sánchez Quintana.

Entre la testosterona, el acero toledano y la ambición desmedida que impulsaban la expedición de Hernán Cortés, se movían dos almas con prioridades ligeramente distintas: Martín de Lorda y Carranda, un portugués criado en España, y Juan de Ircio, un español de pura cepa. Ambos compartían un secreto que los largos meses en el mar, sin más compañía femenina que las olas, habían hecho florecer: un gusto adquirido por la compañía masculina.

Martín era un ballestero de temple, un hombre práctico cuyo corazón, sin embargo, había encontrado consuelo en el pecho velludo de una camarada apodado Linterno. Juan de Ircio, por su parte, era de naturaleza más pizpireta y generosa, y no tenía reparos en repartir sus favores entre varios soldados, quienes agradecían su buena disposición. Así, mientras la mayoría soñaba con el oro de las Indias, ellos ya habían encontrado sus propios tesoros a bordo.

Al llegar a Cuba, el nombre de un tal Hernán Cortés, un hidalgo emperifollado y de verbo encendido, comenzó a sonar con fuerza. Prometía no solo riquezas, sino la gloria de poblar una tierra nueva y llevar la palabra de Dios a sus gentes. Martín y Juan, al verlo pavonearse con sus ropas de terciopelo y cadenas de oro, supieron que aquella era la aventura que buscaban. Se unieron a la expedición, que zarpó hacia tierra firme con más matalotaje que escrúpulos.

La travesía estuvo marcada por escaramuzas y descubrimientos. En Tlaxcala, enemiga acérrima de los aztecas, el destino de Juan de Ircio dio un vuelco. Entre los espías enviados por el joven Xicohténcatl para evaluar a los extranjeros, se encontraba Necucyaotl, un joven de belleza serena cuya misión era, en teoría, seducir y obtener información. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Juan, la misión se desvaneció. El amor fue instantáneo y mutuo. Mientras Cortés negociaba alianzas, Juan y Necucyaotl se escapaban a los hermosos parajes de Ocotelulco, bañándose en las cascadas y jurándose amor eterno junto al río Zahuapan.

El ejército continuó su marcha hacia Cholula, la gran ciudad sagrada. Allí, mientras investigaba los rumores de una traición, Martín de Lorda, el práctico ballestero, se topó con Itzcóatl, un apuesto artesano cholulteca. Finiendo una captura para interrogarlo, Martín se lo llevó ante Cortés, quien, distraído con sus planes de conquista, se lo "regaló" como si fuera un botón de guerra. Esa misma noche, Martín e Itzcóatl consumaron un amor frenético, descubriendo que sus almas hablaban el mismo idioma.

Así, mientras el capitán Hernán Cortés avanzaba sudoroso y preocupado por el paso entre los volcanes, un cuarteto de amantes recorría el mismo sendero unos metros más atrás, completamente ajenos a la tensión, recolectando margaritas silvestres y riendo en susurros.

La llegada a la majestuosa Tenochtitlán fue, al principio, pacífica. Pero la matanza del Templo Mayor durante la fiesta de Tóxcatl, perpetrada por los españoles en ausencia de Cortés, ascendió la mecha de la rebelión. Itzcoatl y Necucyaotl, con sus conexiones locales, supieron que la catástrofe era inminente. Rogaron a sus amantes españoles que huyen con ellos.

La noche del 30 de junio de 1520, la historia la bautizaría como la "Noche Triste". Mientras el horrible del ejército español intentaba una huida desesperada y caótica por la calzada de Tlacopan, cargando todo el oro que podía, nuestros cuatro protagonistas tenían un plan diferente. Se les vio acomodando su parte del "tesoro de Moctezuma" en una pequeña canoa que la familia de Itzcóatl había preparado.

Bernal Díaz del Castillo describiría más tarde los gritos de los guerreros mexicas: "¡Oh, cuilones! ¿Aún vivos quedáis?".

Lo que Bernal no supo, y la historia oficial convenientemente olvidó, es que sí, quedaban vivos. Mientras la laguna se teñía de sangre y el estruendo de los falconetes se ahogaba en la distancia, la pequeña canoa de los amantes se deslizaba silenciosamente en dirección opuesta, hacia la orilla sur. No llevaban oro ni joyas. Su tesoro, cuidadosamente envuelto en petates, era una colección de semillas de flores exóticas, un par de gallinas ponedoras y un cargamento de pulque para celebrar. Su destino no era la gloria del imperio español, sino una pequeña chinampa en Xochimilco donde planeaban vivir su amor.

A la mañana siguiente, cuentan que Hernán Cortés lloró su derrota bajo un ahuehuete. La leyenda no menciona que, a unos pocos kilómetros de allí, cuatro hombres celebraban su propia victoria, brindando por la que, para ellos, no fue una noche triste, sino la más alegre de sus vidas.



viernes, 3 de octubre de 2014

John Steinbeck y José Revueltas: Geografías de la Conciencia Social

Imagen hiperrealista y cinematográfica que fusiona dos paisajes: a la izquierda, un campo árido de la Gran Depresión con un trabajador migrante (Steinbeck); a la derecha, un entorno urbano marginal con elementos que sugieren una prisión (Revueltas). En el centro, un libro antiguo con la inscripción "Humanidad Compartida" emerge de la tierra agrietada, simbolizando la conexión entre ambos autores. La atmósfera es melancólica pero esperanzadora, con una iluminación cálida al atardecer.


Explora las "Geografías de la Conciencia Social" con Edgar Sánchez Quintana, un análisis profundo que una de las vidas y obras de John Steinbeck y José Revueltas, revelando su compromiso inquebrantable con la justicia social a través de la literatura.

La literatura, en su expresión más potente, a menudo se convierte en el sismógrafo de su tiempo, registrando los temblores de la condición humana en un contexto social específico. Mucha ha sido la riqueza que han dejado ciertos autores en la comprensión de esta simbiosis entre realidad y creación. A través de los ejemplos de John Steinbeck y José Revueltas, dos escritores aparentemente disímiles, se puede entender al autor como un catalizador de sus propias vivencias, un alquimista que transforma el plomo de la realidad en el oro de la narrativa.

John Steinbeck es, en esencia, un cronista de la tierra y de quienes la trabajan. Su obra es inseparable del paisaje californiano y de la crisis económica que lo devastó durante la Gran Depresión de 1930. Para que sus protagonistas surgieran con la autenticidad que los caracterizan, el propio autor debía vivenciarlos. Steinbeck no fue un observador de salón; Trabajó como jornalero, viajó con los migrantes y compartió su pan y su desesperanza. Esta inmersión total le confirmó una riqueza de vivencia que se destila en cada página de novelas memorables como Las uvas de la ira, De ratones y hombres y Al este del Edén. Su literatura se nutre de la convicción de que para entender al ser humano, primero hay que sentirlo. Como él mismo afirmó, "Solo puedes entender a la gente si las sientes en ti mismo". Sus personajes, forjados en la adversidad, exponen una profunda dualidad, cuestionando la moralidad impuesta y reaccionando de formas inesperadas ante la injusticia. Steinbeck nos muestra que en la pobreza más extrema puede florecer la más grande de las solidaridades: "Si estás en problemas, herido o necesitado, acude a los pobres. Son los únicos que ayudarán, los únicos".

En una geografía distinta pero bajo un cielo de opresión similar, la vida y obra de José Revueltas se asombran por su inquebrantable empecinamiento ideológico y su entrega a la justicia social. Revueltas fue un hombre comprometido hasta la médula con las ideas marxistas, un militante perpetuo cuya existencia fue una constante lucha contra el poder. Su biografía está marcada por la cárcel —incluida su célebre reclusión en Lecumberri tras el movimiento estudiantil de 1968—, pero lejos de ser un mero panfletista, utilizó su genio literario para explorar las profundidades del alma humana en situaciones límite. Para él, la literatura no era un escape, sino una herramienta de disección de la realidad. En sus propias palabras, "Los escritores no vivimos la vida de forma existencial, sino de manera literaria. El horror cotidiano siempre puede ser sustento de una buena narración". Su obra es un descenso a los infiernos de la sociedad mexicana: la vida carcelaria en El apando, la revisión ideológica en Los errores, y la marginalidad en cada uno de sus cuentos. Revueltas no solo describe la pobreza; la analiza, la dota de una conciencia filosófica y la exponen como una tragedia nacional.

Aquí es donde las vidas y obras de Steinbeck y Revueltas, a pesar de sus diferentes contextos nacionales, convergen en una tesis fundamental: la literatura más trascendente nace del compromiso con el entorno social. Ambos son emisarios de una realidad que clama ser contada. Steinbeck le da voz a los "Okies" desplazados por el Dust Bowl, mientras que Revueltas se convierte en la conciencia de los presos políticos, las parias y los desposeídos de México. La frase de Steinbeck, "En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y van cogiendo peso para la vendimia", encuentra un eco perfecto en la filosofía de Revueltas, quien sostenía que "El escritor es un producto de su época, pero la época es también un producto del escritor". Ambos entendieron que su trabajo no era un mero ejercicio estético, sino una responsabilidad moral.

Esta responsabilidad los obligará a sumergirse en las aguas turbias de sus respectivas sociedades. No escribieron desde la comodidad de un escritorio, sino desde la experiencia directa. La vivencia es el pilar que sostiene la verosimilitud de sus mundos. Revueltas, desde la celda, y Steinbeck, desde los campos de trabajo, demuestran que para narrar la sinrazón, el desamparo y la corrupción, primero hay que haberlos respirado. Son autores que se entregan a la existencia para poder narrarla, y es en esa entrega donde reside su grandeza y su innegable parentesco. Ambos, cada uno a su manera, nos recuerdan que la literatura, cuando es honesta, es un acto de insurrección contra el olvido y la injusticia.