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domingo, 25 de mayo de 2014

Carta a los Romanos: La Irreverente Juventud de Ignacio Trejo Fuentes


Imagen cinematográfica e hiperrealista que evoca la atmósfera bohemia de los años 70 y 80 en la Ciudad de México. En primer plano, un joven estudiante carismático ríe con amigos en una habitación de una casa de huéspedes. Sobre una mesa de madera desordenada hay libros, botellas vacías y una máquina de escribir antigua. A través de una ventana se aprecian las vibrantes calles de la ciudad iluminadas con neones nocturnos. La iluminación es cálida y nostálgica, capturando la alegría de las aventuras compartidas y la curiosidad intelectual.

Por Edgar Sánchez Quintana

Jocosidad, encanto verbal e ingenio en las artes de la escritura son las marcas distintivas de Ignacio Trejo Fuentes (1955-2024), autor de la centelleante narrativa Carta a los Romanos. Durante una charla con el escritor en el Festival de las Tres Culturas en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, los asistentes tuvimos el privilegio de acercarnos a su obra y, particularmente, a este título que ya se ha convertido en un referente de su estilo personal [1].

Carta a los Romanos (2013) es una exposición de historias narrativas de juventud, con un fuerte carácter autobiográfico. En sus páginas, Trejo Fuentes relata las andanzas de su mocedad: vivencias tan locas como insanas, tan disparatadas como alcoholizadas, llenas de situaciones que solo los imberbes buscadores de aventuras pueden protagonizar para ponerle sabor a la vida. Es una serie de relatos trenzados y enmarcados en la atmósfera bohemia de las décadas de los 70 y 80, durante su etapa universitaria en la Ciudad de México [2].

En este libro gracioso y repleto de peripecias, el escritor desatempera la razón para sumergirnos en la cotidianidad de las casas de huéspedes, los compañeros de cuarto, las muchachas que cautivan la mirada y las complicidades con los amigos. Narra su experiencia de recorrer la capital como un fuereño, como un desadaptado social que se asume como el "loco del cuento", compartiendo aventuras y peripecias con una honestidad brutal y divertida.

Ignacio Trejo Fuentes convenció a un auditorio lleno, compuesto principalmente por jóvenes ávidos de escuchar a un periodista premiado y a un profesor de muchas generaciones de la UNAM. Su amplia experiencia en las letras, su labor como tallerista y su incansable caminar por calles, ciudades y países, le otorgan una autoridad natural que emana de la vivencia directa y la reflexión crítica.

Poder charlar con un autor de su talla nos deja una riqueza invaluable y una profunda admiración. Su legado como cronista de la vida cultural mexicana y como maestro de la palabra escrita seguirá resonando en quienes buscan en la literatura un espejo de sus propias locuras y búsquedas.

Perfil de Ignacio Trejo Fuentes

AspectoDetalle
OrigenPachuca, Hidalgo (1955)
VocacionesCronista, crítico literario, ensayista y narrador
Obra DestacadaCarta a los Romanos, Hace un mes que no baila el Muñeco, Loquitas pintadas
TrayectoriaProfesor en la UNAM, periodista cultural y tallerista literario
Referencias:




lunes, 19 de mayo de 2014

Una Monarquía a la Sombra: La Ilusión de la Libertad

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un corazón humano luminoso está sutilmente encadenado con una cadena casi invisible. Esta cadena se extiende hacia el fondo, donde se conecta con una corona real sombría que flota sobre un paisaje urbano moderno. La ciudad misma parece una fachada, con grietas que revelan patrones intrincados, casi digitales, debajo. La atmósfera general es de control oculto, manipulación sutil y un cuestionamiento de la libertad percibida. La iluminación es dramática, con sombras profundas y luces que enfatizan las conexiones ocultas.

¿Es nuestra democracia una ilusión? Edgar Sánchez Quintana desvela la "monarquía a la sombra" que nos comanda, invitándonos a cuestionar la verdadera libertad en un mundo de ataduras invisibles.


Es casi un hobby vituperar la democracia en la que vivimos. Este escozor impulsa a muchos a ponerse a la defensiva o a lanzar ataques arteros con las palabras más osadas en el ámbito político. Esta pose es compartida, jugada y disertada por muchos; es algo hermoso que, al final, se reduce a una razón egoica, hinchada de pecho y muy copetuda. Todos, al fin y al cabo, creen tener la razón, su propio sentir, una razón que a cada uno le parece justa.

Si viajamos por la historia de las ideas o la genealogía política, encontraremos conceptos que cada quien asume como propios, se adueña de ellos, los comparte o compra un boleto para defenderlos. Es una suerte de barajar y tomar prestado, y desde allí, asumir y regodearse. Pero, ¿tiene esto sentido? ¿Puede realmente construir al individuo, a su ser y a su estar?

Tal pareciera que no sabemos que vivimos esclavizados, porque si lo supiéramos, intentaríamos liberarnos. Sin embargo, no veo la celda por ningún lado, no veo los grilletes a los que estoy atado, ni la gargantilla que me detiene. Entonces, eso significa que soy libre, porque puedo moverme hacia cualquier sitio. Pero, aunque pudiera moverme libremente, las ataduras mentales seguirían presentes. Veamos cómo.

Diversos autores y filósofos contemporáneos han establecido que nuestra esclavitud es sutil, invisible, vaporosa. El libre no es aquel que posee más y puede ir a cualquier lugar o adquirir propiedades diversas; ese es, más bien, el atado, porque se encuentra dentro de lo que es el Estado, dentro de la estructura misma.

Las monarquías fueron desapareciendo paulatinamente a lo largo de los siglos, pero, a mi parecer, lo que hicieron fue pasar tras bambalinas, acomodarse, como diría Maquiavelo, como el poder detrás del poder. Las monarquías de Europa no tardan en derrumbarse, pero esas monarquías son insostenibles; algo tienen que ofrecer al "pueblo" para que este se sienta libre. Y lo que el pueblo conseguirá es una mueca de democracia, un jocoso intento de ser más justos, más igualitarios. La burla de los oligarcas y de la monarquía establecida, incluso en países "democráticos", es dar pan duro a una comunidad de dolientes sedientos de libertad, que al final será una libertad pírrica, una libertad programada.

Desde una perspectiva simplista, existe el amo y el esclavo, el rey y su súbdito, el tirano y su avasallado. Esta relación dicotómica puede romperse, el juego puede terminar. Esto ocurre cuando una de las partes deja de participar, ya no le interesa.

La monarquía establecida en todo el mundo puede terminar; sus tentáculos llegan a todo el planeta. Pero la cabeza, el cerebro, no está a la vista. Eso es cuestión de tiempo, pero también podemos vislumbrar dentro de nosotros mismos nuestro modo de impulsar la intención de darnos cuenta. En serio, siempre podemos vituperar la situación actual en la que se vive, hablar de ricos y pobres, de ricachones y miserables, sin ver que, dentro de lo que nosotros percibimos, aún existe el esclavo pidiendo justicia. Es el avasallado pidiendo que la bota del tirano sea con peluche y acolchada, sin poder ver que estamos imbuidos en una matrix que nos comanda de una manera por demás socarrona.


miércoles, 14 de mayo de 2014

Crónica de dos Maestros: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo

Imagen hiperrealista y cinematográfica de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo en una biblioteca. Espejo está sentada en un escritorio, escribiendo, mientras Carballo, de pie, lee un libro. El ambiente es cálido y académico, con estanterías llenas de libros y luz natural entrando por las ventanas. La escena evoca un profundo diálogo intelectual y el legado de ambos autores.


Descubre el legado de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo a través de la mirada de Edgar Sánchez Quintana. Un homenaje a los pilares de las letras mexicanas que formaron a generaciones de escritores y lectores.

Hay momentos en la formación de un escritor que funcionan como bisagras, puntos de inflexión que definen un antes y un después. Para mí, ese momento tuvo dos nombres: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo. Un reciente homenaje a la maestra y la noticia del fallecimiento del maestro me obligan a trazar, a modo de crónica y reverencia, la estela que su magisterio dejó en mi propia trayectoria y en las letras mexicanas.

Conocí a Beatriz Espejo en un taller literario en Tlaxcala. Su pedagogía era un ejercicio de precisión y respeto. Nos enseñó a despojar al texto de toda paja, a buscar la palabra justa y la coma necesaria. Su método no imponía un estilo, sino que daba cabida a que la creación se expandiera con libertad, pero siempre sobre la base de un oficio riguroso. Era un aprendizaje elemental, de raíz. La maestra, con su vasta trayectoria como catedrática en la UNAM e investigadora, transpiraba una profunda conexión con el pulso de la literatura mexicana; en su conversación aparecían, con naturalidad, los nombres de aquellos autores que para nosotros eran figuras lejanas, monumentos de biblioteca. Su labor como formadora de escritores, reconocida con la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2009 y el hecho de que el Premio Nacional de Cuento lleve su nombre, es testimonio de una vida entregada a la enseñanza.

La obra de Beatriz Espejo, galardonada con premios como el Nacional de Narrativa Colima por El cantar del pecador (1993) y el San Luis Potosí por Alta costura (1996), es un reflejo de su magisterio: una prosa elegante, precisa y profundamente observadora de la condición humana. En su presencia, uno entendía que no existía una barrera insalvable entre la creación y la crítica, que el cuento y el ensayo eran dos caras de la misma moneda intelectual.

Esa simbiosis se hacía aún más evidente en su relación con Emmanuel Carballo. Si Espejo era la maestra del rigor y la forma, Carballo era el bisturí crítico que diseccionaba el cuerpo de la literatura mexicana. Mi primer acercamiento a él fue a través de sus entrevistas en Protagonistas de la literatura mexicana. Para un joven lector, leer sus conversaciones con Alfonso Reyes u Octavio Paz fue una revelación. Carballo tenía el don de bajar a los dioses del Olimpo, de despojarlos de la solemnidad de las pastas del libro y mostrarlos en su dimensión más humana, con sus grandezas y sus contradicciones. Derrumbó los prejuicios que había sembrado en mi interior y me enseñó que los grandes autores también "cagaban y comían".

Con el tiempo, lo conocí en persona, y su presencia imponente, de carácter reacio y formación burguesa —como él mismo reconocía con ironía—, no hacía más que confirmar la agudeza de su pluma. Carballo fue, sin duda, el crítico literario más importante de México en la segunda mitad del siglo XX, una labor reconocida con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2006. Fundador, junto a Carlos Fuentes, de la mítica Revista Mexicana de Literatura y autor de obras canónicas como El cuento mexicano del siglo XX, su trabajo fue fundamental para ordenar, jerarquizar y entender nuestro panorama literario.

Sin embargo, su mayor virtud fue también la fuente de su tragedia. Carballo eligió ser un crítico fiel a su juicio, sin concesiones. Su pluma era incisiva, a menudo demoledora, y no dudaba en señalar las debilidades de los autores más consagrados. Esta honestidad brutal le ganó incontables enemigos y provocó que su trabajo fuera, en ocasiones, desmerecido por aquellos que preferían el elogio fácil a la crítica rigurosa. Él era consciente de su destino, de la soledad del crítico. Lo resumió a la perfección en una cita memorable:

"Como crítico me sucederá lo que un día observará Alfonso Reyes: llegará un joven en el último barco y pondrá en tela de juicio todo lo que pensé y edificará y se pitorreará de mí. Y yo ya estoy esperando a ese joven que va a tener razón como yo la tuve cuando fui irrespetuoso con mis mayores."

En esa frase se condensa la ética de Carballo: la aceptación de que la crítica es un diálogo perpetuo, un ejercicio de honestidad intelectual cuyo único compromiso es con la literatura misma, no con las vanidades de sus autores. Su muerte, eclipsada por la de García Márquez, fue una metáfora final de la ingratitud que a menudo acompaña al oficio del crítico.

Al recordarlos juntos, a Beatriz Espejo y a Emmanuel Carballo, entiendo la dimensión de su legado. Ella, la maestra que nos enseñó a construir la frase perfecta; él, el crítico que nos enseñó a desconfiar de ella. Ambos, desde sus respectivas trincheras, nos formaron como lectores y, a algunos, nos dieron las herramientas para atrevernos a escribir. Esta crónica es un modesto homenaje a esos dos pilares de nuestras letras, un aplauso a su hacer y un agradecimiento por habernos enseñado a leer el mundo.


jueves, 22 de diciembre de 2011

Tlaxcala: El Despertar del Guerrero Interior

    
Descubre el mito del "Semidiós Tlaxcalteca" y el llamado al despertar de la Tlaxcaltequidad. Un viaje a la integridad y soberanía ancestrales frente al diseño moderno, por Edgar Sánchez Quintana.

La historia oficial, con su afán de ordenar el pasado en líneas rectas y genealogías de poder, a menudo congela la identidad de un pueblo en un museo de anécdotas convenientes. Tlaxcala no es la excepción. Se nos ha contado una historia de alianzas y traiciones, de un pueblo guerrero cuya bravura fue instrumentalizada. Pero, ¿y si esa historia fuera solo la capa más superficial de una verdad mucho más profunda y antigua? ¿Y si la verdadera "tlaxcaltequidad" no reside en los archivos de los conquistadores, sino en un legado cósmico y espiritual que duerme en la sangre de su gente?

Propongo aquí una interpretación distinta, una que no busca su validación en los documentos empolvados, sino en una genealogía del espíritu. Mi tesis es que el significado de Tlaxcala trasciende la etimología oficial de "lugar de pan de maíz". Propongo que su verdadero nombre resuena con un eco galáctico: "lugar donde habitan los guerreros a quienes les fueron quitadas sus alas". Esta no es una metáfora poética, sino la clave para entender una historia de origen cósmico y una posterior caída en el olvido.

Según esta visión, los habitantes originales de la región, los proto-tlaxcaltecas, eran seres de un estirpe muy antigua, provenientes de una "Tula lejana" situada en las inmediaciones de la estrella Sirio. Eran los Atla-Ra, sacerdotes-científicos de una civilización avanzada que, huyendo de guerras galácticas, encontraron refugio en este planeta. Su primera "caída" fue un acto de voluntad: cedieron parte de su poder y aceptaron la dualidad para experimentar la vida desde una nueva perspectiva. Sin embargo, este acto de desprendimiento los dejó vulnerables. La incompletitud generó duda, miedo y, finalmente, la dependencia.

Estos seres, que en su estado original eran semidioses íntegros y soberanos, comenzaron un lento proceso de olvido. La segunda "caída", mucho más devastadora, fue un cataclismo planetario —el Diluvio universal— que sumió al mundo en el caos y la oscuridad. El conocimiento ancestral se perdió, los centros energéticos del planeta colapsaron y la humanidad entró en una era de adormecimiento. En la región de Tlaxcala, los supervivientes se refugiaron en las zonas altas, dejando atrás un mundo convertido en una cenagal. El tepetate que hoy conforma el subsuelo de la región es el testigo mudo de aquella inundación primigenia.

¿Y cómo eran aquellos antiguos tlaxcaltecas, esos semidioses ahora dormidos? Su descripción física no difiere mucho de la del tlaxcalteca actual: de constitución menuda pero maciza, piel bronceada, cabello oscuro y una fortaleza innata. La diferencia no está en el cuerpo, sino en el espíritu. Los antiguos eran seres completos, incorruptibles, dueños de sí mismos. Su mirada, profunda y despierta, reflejaba la sabiduría de innumerables batallas cósmicas. Su sola presencia, ecuánime y serena, bastaba para derrotar a cualquier enemigo. Eran la encarnación de la integridad, la soberanía y el carácter.

Ese arquetipo del guerrero íntegro, cuya máxima expresión histórica fue Tlahuicole, no ha desaparecido. Duerme en el ADN de cada tlaxcalteca. La corrupción, la desgana, la sumisión y el espíritu de esclavo que vemos en la actualidad no son la verdadera esencia de este pueblo. Son los síntomas de una enfermedad, de un olvido profundo, de una amnesia espiritual que nos ha hecho olvidar quiénes somos y de dónde venimos.
La "tlaxcaltequidad", por lo tanto, no es un asunto de orgullo patriotero ni de lealtad a un estado feudal moderno. No se encuentra en los discursos de los tiranos en turno ni en las celebraciones folclóricas para turistas. La verdadera tlaxcaltequidad es un llamado a la autenticidad, un acto de rebeldía contra el adormecimiento. Es la búsqueda del guerrero interior, del ser original que aún tarde bajo las capas de condicionamiento histórico y social.
Figuras como el muralista Desiderio Hernández Xochitiotzin, a pesar de su confianza en la historia documental, encarnaron esta búsqueda a través de su arte, reafirmando una identidad tlaxcalteca en constante cambio. Pero el verdadero despertar no vendrá de los libros de historia ni de los monumentos, sino de un acto de introspección radical. Se trata de reconocer que la historia no es algo que nos constituye desde fuera, sino algo que llevamos dentro. Nosotros somos la historia viva, la totalidad y la suma de ese legado cósmico.

El desafío para el tlaxcalteca de hoy es sacudirse el letargo, recordar su origen estelar y reclamar la soberanía y la integridad que le fueron arrebatadas. Es dejar de ser el hombre dormido y corrupto para volver a ser el guerrero de mirada despierta, el ser completo que no necesita de nadie para validar su existencia. La tarea es monumental, pero el camino está trazado en la memoria de la sangre. Se trata, en esencia, de volver a desplegar las alas.