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martes, 7 de marzo de 2023

Feminismo, Política y Familia: Un Nudo Ciego

 

 
Imagen cinematográfica que muestra en primer plano un nudo ciego hecho de cuerdas gruesas enredadas con un cartel político desgastado. Al fondo, de forma desenfocada, se observa una manifestación feminista con pancartas moradas en las Escalinatas de Tlaxcala. A un costado, una proyección cálida muestra a una abuela y su nieta, simbolizando las raíces familiares de las estructuras sociales.

¿Es el feminismo una lucha por la soberanía individual o un peón de la política? Edgar Sánchez Quintana analiza el "nudo ciego" entre la familia, el poder y la verdadera revolución de la conciencia.


El pasado domingo, mientras deambulaba por las escalinatas de Tlaxcala, me encontré con una manifestación feminista. Entre discursos y aplausos, apareció el eslogan de Marcelo Ebrard, entonces candidato a la presidencia de México. La escena era, por decir lo menos, reveladora: un movimiento que se define por su lucha contra el poder patriarcal, siendo utilizada como plataforma para un hombre político. Este evento, que podría parecer anecdótico, es en realidad un síntoma de un problema mucho más profundo: la cooptación de las causas sociales por la política y la confusión ideológica que esto genera.

El feminismo, en su esencia, es un movimiento que busca la protección de los derechos de las mujeres. Sin embargo, en la práctica, se ha fragmentado en una multitud de corrientes, algunas de las cuales han logrado avances significativos, mientras que otras han derivado en posturas que, paradójicamente, terminan por socavar la causa que dicen defensor. Para entender este fenómeno, es necesario desglosar sus componentes.

El Machismo: Un Problema de Origen Familiar

En México, el machismo es una especie de roca social que se contagia desde la familia tradicional. Y, contrario a lo que se piensa, no es el hombre quien lo promueve, sino la mujer quien, a menudo de manera inconsciente, le otorga privilegios al varón en detrimento de sus propias hijas. El empoderamiento del individuo debería ser equitativo, sin distinción de sexo, pero la realidad es que la estructura familiar mexicana sigue anclada en prejuicios y roles de género que no promueven una mejora real. ¿Cómo le decimos a la abuela que deje de consentir al nieto mientras pone a la nieta a lavar los trastes? Hacer mover prejuicios y tradiciones es más difícil que derrumbar un edificio.
La familia es la célula de un sistema social, y su enraizamiento se da a través de estructuras como los ideales, el “deber ser”, las instituciones y el Estado. Incluso el lenguaje está impregnado de esta estructura. Por esta razón, no se puede cambiar la forma de comunicarnos de manera caprichosa; hacerlo no es otra cosa que un autoritarismo de minorías. No se pueden cambiar aspectos de una sociedad que no nos gustan si no se ha comenzado por el mismo individuo.

La Soberanía Individual: El Verdadero Empoderamiento

Para que una mujer (o cualquier individuo) alcance su soberanía, debe comenzar por sí misma. La soberanía no se reclama, se integra. Es una valorización interna, una convicción de que se tiene derecho a ella, no una concesión externa. Y aquí es donde muchos movimientos feministas contemporáneos se equivocan: exigen al exterior lo que no han construido en el interior. Buscan en la política y en la protesta una solución a un problema que es, en su raíz, existencial.
La aparición de Marcelo Ebrard en una manifestación feminista es el ejemplo perfecto de esta contradicción. Un movimiento que debería estar enfocado en la soberanía individual de la mujer, se convierte en un peón en el ajedrez político de un hombre. Los activistas, en lugar de estar construyendo su propio poder, terminarán por legitimar el poder de otro. Se vuelve parte del mismo sistema que dicen combatir.

Conclusión: ¿Qué Hacer?

Una cisma social real, una que cuestione las bases de la familia y la educación, podría establecer los equilibrios de género como ideales para una sociedad sana. Pero mientras sigamos atrapados en la idea de que la solución es política y no personal, seguiremos viendo la misma escena: políticos cooptando causas justas, movimientos sociales perdiendo su rumbo, y una sociedad que, a pesar de tanto ruido, no cambia en lo fundamental. La verdadera revolución no está en las calles, sino en la conciencia. Y esa es una batalla que cada individuo debe librar por sí mismo.

lunes, 19 de mayo de 2014

Una Monarquía a la Sombra: La Ilusión de la Libertad

Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un corazón humano luminoso está sutilmente encadenado con una cadena casi invisible. Esta cadena se extiende hacia el fondo, donde se conecta con una corona real sombría que flota sobre un paisaje urbano moderno. La ciudad misma parece una fachada, con grietas que revelan patrones intrincados, casi digitales, debajo. La atmósfera general es de control oculto, manipulación sutil y un cuestionamiento de la libertad percibida. La iluminación es dramática, con sombras profundas y luces que enfatizan las conexiones ocultas.

¿Es nuestra democracia una ilusión? Edgar Sánchez Quintana desvela la "monarquía a la sombra" que nos comanda, invitándonos a cuestionar la verdadera libertad en un mundo de ataduras invisibles.


Es casi un hobby vituperar la democracia en la que vivimos. Este escozor impulsa a muchos a ponerse a la defensiva o a lanzar ataques arteros con las palabras más osadas en el ámbito político. Esta pose es compartida, jugada y disertada por muchos; es algo hermoso que, al final, se reduce a una razón egoica, hinchada de pecho y muy copetuda. Todos, al fin y al cabo, creen tener la razón, su propio sentir, una razón que a cada uno le parece justa.

Si viajamos por la historia de las ideas o la genealogía política, encontraremos conceptos que cada quien asume como propios, se adueña de ellos, los comparte o compra un boleto para defenderlos. Es una suerte de barajar y tomar prestado, y desde allí, asumir y regodearse. Pero, ¿tiene esto sentido? ¿Puede realmente construir al individuo, a su ser y a su estar?

Tal pareciera que no sabemos que vivimos esclavizados, porque si lo supiéramos, intentaríamos liberarnos. Sin embargo, no veo la celda por ningún lado, no veo los grilletes a los que estoy atado, ni la gargantilla que me detiene. Entonces, eso significa que soy libre, porque puedo moverme hacia cualquier sitio. Pero, aunque pudiera moverme libremente, las ataduras mentales seguirían presentes. Veamos cómo.

Diversos autores y filósofos contemporáneos han establecido que nuestra esclavitud es sutil, invisible, vaporosa. El libre no es aquel que posee más y puede ir a cualquier lugar o adquirir propiedades diversas; ese es, más bien, el atado, porque se encuentra dentro de lo que es el Estado, dentro de la estructura misma.

Las monarquías fueron desapareciendo paulatinamente a lo largo de los siglos, pero, a mi parecer, lo que hicieron fue pasar tras bambalinas, acomodarse, como diría Maquiavelo, como el poder detrás del poder. Las monarquías de Europa no tardan en derrumbarse, pero esas monarquías son insostenibles; algo tienen que ofrecer al "pueblo" para que este se sienta libre. Y lo que el pueblo conseguirá es una mueca de democracia, un jocoso intento de ser más justos, más igualitarios. La burla de los oligarcas y de la monarquía establecida, incluso en países "democráticos", es dar pan duro a una comunidad de dolientes sedientos de libertad, que al final será una libertad pírrica, una libertad programada.

Desde una perspectiva simplista, existe el amo y el esclavo, el rey y su súbdito, el tirano y su avasallado. Esta relación dicotómica puede romperse, el juego puede terminar. Esto ocurre cuando una de las partes deja de participar, ya no le interesa.

La monarquía establecida en todo el mundo puede terminar; sus tentáculos llegan a todo el planeta. Pero la cabeza, el cerebro, no está a la vista. Eso es cuestión de tiempo, pero también podemos vislumbrar dentro de nosotros mismos nuestro modo de impulsar la intención de darnos cuenta. En serio, siempre podemos vituperar la situación actual en la que se vive, hablar de ricos y pobres, de ricachones y miserables, sin ver que, dentro de lo que nosotros percibimos, aún existe el esclavo pidiendo justicia. Es el avasallado pidiendo que la bota del tirano sea con peluche y acolchada, sin poder ver que estamos imbuidos en una matrix que nos comanda de una manera por demás socarrona.