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jueves, 6 de agosto de 2020

Muertos Peleados


Ilustración cinematográfica de una confrontación frente a la "Funeraria San José" en Tlaxcala, con hombres portando candelabros como armas y una mujer grabando con su celular bajo un cielo turbio y opaco.


¿Hasta dónde llega la ambición en tiempos de tragedia? Explora "Muertos Peleados", una cruda crónica de Edgar Sánchez Quintana sobre la feroz competencia entre funerarias en Tlaxcala durante el apogeo del COVID-19.

Era turbia, opaca, como un líquido que queda en el fondo del flan, así era la tarde en la que cuento esta historia de apocalipsis. El protagonista era Damián, un joven de 25 años casado con Yuli; él era de rasgos toscos y apariencia gorilezca pero ella así lo quería, eran ambos una unión matrimonial perfecta. La situación se lleva a cabo en la ciudad de Tlaxcala México, durante la crisis sanitaria de 2020.

Damián acababa de perder su empleo que por diez años había atesorado, pero que le había dado bastante experiencia en el ramo, tenía su certificación como embalsamador, y había adquirido herramientas propias para su trabajo, como la bomba, los frascos para succión, los troques, tijeras y demás aditamentos; así como equipos de protección y sanitización propios del covid-19.

El señor Eduardo, su patrón y dueño de funerarias Sandal lo había despedido porque según él le estaba pagando demasiado y ya no le convenía, y también porque su esposa, Britney le había aconsejado que lo despidiera y que consiguiera a alguien que le pagara poco, y así fue, Damián empezó a trabajar por su cuenta y Yuli comenzó a atender la casa y al hijo que tenían. El trabajo de Yuli también era de cuidado porque en cada servicio de covid-19 tenía que lavar la ropa perfectamente, sanitizar toda su casa y esmerarse en la limpieza y pulcritud. A Damián le empezó a ir mejor que cuando trabajaba en las funerarias Sandal porque hacía más servicios ya que todos lo conocían y se había quedado con la cartera de clientes que por años había fructificado, pues era él quien atendía como embalsamador de la región a otras funerarias, y era algo que el señor Eduardo no se esperaba pues los servicios de embalsamamiento que él hacía ya no llegarían directamente a su empresa, sino que se irían a otro lado.

José el dueño de la “funeraria San José” ubicada en San Juan Totolac había acordado con Damián continuar con los servicios que ya estaban realizando por tiempo atrás y Damián hizo tratos con otras funerarias y aseguro así un aproximado de tres servicios por día, pues la temporada estaba en todo su apogeo sin dejar de ser empáticos por la pérdida.

El señor Eduardo discutió con sus trabajadores porque no estaba saliendo bien la cosa porque a pesar de la epidemia y de estar en una ubicación privilegiada para una funeraria, no lograban cerrar los tratos para los servicios funerarios, lo último había sido una urna y el servicio de cremación pues había sido de covid-19; los ayudantes eran Jorge, que era compadre de Damián y que se había quedado de encargado y Fernando que tenía poco de haber entrado a laborar, ellos le chismearon que estaban haciendo bien su trabajo pero que sabían que José el de la funeraria de San Juan Totolac estaba quitándoles los muertos porque tenía mejores precios. Esto hizo enojar al Señor Eduardo y discutió con su esposa, ella le reclamo que ya había encargado las licras colombianas uuyfit para ir al gimnasio y que necesitaba dinero, que se pusiera a ver que hacia; ella, neurótica y cizañosa sabia como manejar y envalentonar a su marido, le pico la cresta a tal grado que desde la ventana de su casa les grita a los trabajadores que estaban por descargar algunos aditamentos utilizados en los velorios.

─ ¡Dejen eso, vamos a San Juan Totolac, vamos a ver a ese cabrón que me está chingando! ─
─Si patrón─
Ellos se suben a la carroza funeraria y Eduardo y su esposa se van en su camioneta.
Llegan y enfurecido Eduardo va hacia la funeraria, José está afuera platicando con su ayudante.
─¡A ver cabrón porque me estas quitando los servicios, ya me contaron que tú eres el causante, porque pones esos precios tan bajos y ya no me está llegando nada, será mejor que te parta tu madre porque ya te había dicho una vez que no te metieras con mi negocio, que podías trabajar sin perjudicarme, pero tú no entiendes y ya es hora de que te parta tu padre para que lo entiendas, ya me tienes hasta la madre, si no es la cosa de que me ganas el lugar en el crematorio me quitas los clientes que ya había yo tratado y así no se puede, por eso ya estuvo, te voy a partir de tu madre por pasado de verga!─

Sale Britney de la camioneta empuñando como arma un celular para sacar video y se presta a dejar evidencia de la injusticia que le están haciendo a su marido.

Al unísono salen, Jorge y Fernando, los ayudantes de Eduardo empuñando unos candelabros y palos de los cortineros de velatorio y se prestan a partirle su madre al flaco de José, él como puede se defiende y lo único que encuentra a la mano es un tapete sanitizante con cloro a la entrada de su negocio y le sirve tanto de artefacto contundente como de escudo. A Eduardo lo descubrió porque observan Fernando y Jorge que se acerca por la avenida una patrulla de la policía, cuando José se va metiendo a su funeraria de golpe, escucha los insultos y maldiciones de los quejosos a lo lejos; se queda todo golpeado y molido por lo que ha pasado. Saca algodón y un poco de alcohol para sanar sus heridas. Los candelabros y cajas mortuorias quedan como testigos impávidos, nada los conmueve, lo que sí son los crucifijos que se alquilan en los velorios, como elementos equiparables a este nuevo Cristo de pandemia. 
 
 

 

domingo, 2 de agosto de 2020

Crónica de una Aureola Perdida en el Macadán




¿Qué sucede cuando perdemos nuestra insignia de respetabilidad en el fango? Descubre "Crónica de una Aureola Perdida en el Macadán", un profundo relato de Edgar Sánchez Quintana sobre el clasismo, la pandemia y la búsqueda de identidad en una sociedad fragmentada.

"Pues hace un momento, cuando cruzaba el bulevar corriendo, chapoteando en el barro, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados, hice un movimiento brusco y mi aureola se me escurrió de la cabeza, cayendo al fango del macadam. Estaba demasiado asustado para recogerla. Pensé que era menos desagradable perder mi insignia que conseguir que me rompieran los huesos. (-) Ahora puedo ir de un lado a otro de incógnito, cometer bajezas, entregarme al desenfreno, al igual que los simples mortales.”—Charles Baudelaire, Le Spleen de Paris (1862)

El aire de la calle era una mezcla húmeda de tierra mojada y la quietud ansiosa que había impuesto la pandemia. Salí hacia la tienda de la esquina, con el rostro cubierto por el tapabocas que se había vuelto una segunda piel, una barrera frágil contra un enemigo invisible. A media cuadra, el silencio fue desgarrado por el ulular agudo de sirenas. Mi primer pensamiento, casi un reflejo condicionado en esta ciudad, fue que una manifestación avanzaba por el bulevar Mariano Sánchez, una cauce habitual para el descontento. Al aproximarme a la esquina, la escena se desplegó ante mí: no era la marcha a pie que imaginaba, sino una procesión motorizada. Una patrulla abría paso, y tras ella, una caravana de coches de modelos recientes, relucientes, rompía la monotonía de la tarde con un coro insistente de bocinas.

El primer vehículo que desfiló ante mis ojos era conducido por un hombre de ese estirpe a la que el dinero confiere una autoridad natural. A su lado, una mujer mayor, cuya piel de porcelana parecía conservada en el formol de sérums y cremas costosas, exhibía una postura de soberbia legítima, como si el asiento del copiloto fuera de un trono rodante. Supe, por su posición de vanguardia, que ostentaban un rango superior en aquella jerarquía de la protesta.

De las ventanillas de los autos colgaban cartulinas, pancartas improvisadas que gritaban en silencio su disgusto con lemas como: “FUERA AMLO”, “NO TE QUEREMOS”, “MÁS EMPLEO YA”. Observé pasar la columna de unos diez vehículos, una serpiente metálica cerrada por otra patrulla que custodiaba su retaguardia. Su protesta me pareció aséptica, cómoda, casi indistinguible de un paseo dominical hacia el centro comercial. Los rostros tras los cristales no mostraron ni un atisbo de la furia o la frustración que supuestamente los movía; su única acción era conducir y hacer sonar el claxon, un gesto vacío y festivo, como el de la comitiva que celebra a los novios camino al banquete.

Fue entonces, mientras veía aproximarse a uno de los últimos coches de la caravana, que una voz cortó el aire. Desde el asiento del copiloto, un grito se dirige directamente hacia mí, afilado y despectivo: “¡Un naco!”. Las risas de las acompañantes en el asiento trasero se estallaron como un eco cruel, una carcajada que me envolvió y me quedó paralizado. Me quedé estático, incrédulo, sintiéndome estúpido bajo el bozal de coronavirus que me cubría. Ellos, noté con una punzada de ironía, no llevaban tapabocas. Quizás eran inmunes al virus, oa la simple decencia.

De regreso a casa, la palabra rebotaba en las paredes de mi mente. “Nacó”. ¿Cuándo me había convertido en eso sin darme cuenta? ¿O era una simple confusión, un error de identidad? ¿O acaso fui solo el detonante casual para su diversión, un objeto para desatar la risa? Mi vida se desfiló en un instante: los años invertidos en bibliotecas, devorando conocimiento para acrecentar mi valía; el esfuerzo por dominar otros idiomas; las horas incontables en aulas universitarias persiguiendo títulos que me reivindicaron ante mí mismo y ante una sociedad que ahora me escupía un insulto desde la comodidad de un auto con aire acondicionado.

La legitimidad de su manifestación se me antojó entonces ridícula. ¿Era esta la voz del pueblo? ¿Un puñado de coches de lujo en una procesión tibia? Eran liliputienses resguardados en su desgana, sombras de partidos políticos en decadencia, entidades falsas comprometidas únicamente con su egoísta comodidad. De pronto, sentí una oleada de respeto por los líderes de antaño, aquellos que, junto a sus compañeros, aguantaban horas de lucha social bajo un sol quemante, que emprendían marchas kilométricas hasta que los pies sangraban. Recordé los garrotazos de la policía, el ardor de los gases lacrimógenos, el miedo a la persecución. Aquella lucha social era real, tangible. Era quedarse en el plantón sin importar la lluvia o la tormenta, era sentir el grito unísono como parte de una causa justa, era sentirse parte de la historia, de la patria misma.

Esa cruda realidad me despertó a una situación que no había querido ver. Me reconocí naco, porque así es como otros me veían, y esa era su verdad. La pandemia, en su macabra justicia, ha democratizado los rostros; ahora somos siluetas sin nombre, bultos sin representación, personalidades castradas recorriendo el macadán, futuros zombies en camino al precipicio. Somos figuras de paja esperando el incendio.

Ya no hay separación. Como Baudelaire, todos hemos perdido nuestras insignias de respetabilidad en el fango. Y en este nuevo mundo, el nombramiento de “naco” resulta casi como un distintivo, una marca que atestigua que, a pesar de todo, uno sigue aquí. Soy naco, sí. Pero un naco vivo.


Ecos de Tlaxcala: Un Niño Norteño entre Gigantes Culturales

 

Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.


Sumérgete en los 'Ecos de Tlaxcala' con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido una vez años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. El recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que se encontraba en los niños con un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara "Ansiedad", una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

La vimos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la "tlaxcaltequidad". De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente "Donde crecen los tepozanes", me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.





viernes, 19 de diciembre de 2014

La noche alegre

La verdadera historia de cuatro amantes y un tesoro malentendido.

Imagen hiperrealista y cinematográfica de cuatro amantes en una canoa, navegando por un lago al amanecer. Dos de los hombres ven armaduras de soldados españoles y los otros dos ven indumentaria nativa prehispánica. Al fondo, se aprecian pirámides y el humo de la Noche Triste. Uno de los nativos sostiene semillas y el otro una vasija de pulque.

 Sumérgete en la emotiva y oculta historia de la Noche Triste: un relato hiperrealista de amor y escape entre soldados españoles y nativos, que redefine la narrativa de la conquista de México. Una crónica inolvidable de Edgar Sánchez Quintana.

Entre la testosterona, el acero toledano y la ambición desmedida que impulsaban la expedición de Hernán Cortés, se movían dos almas con prioridades ligeramente distintas: Martín de Lorda y Carranda, un portugués criado en España, y Juan de Ircio, un español de pura cepa. Ambos compartían un secreto que los largos meses en el mar, sin más compañía femenina que las olas, habían hecho florecer: un gusto adquirido por la compañía masculina.

Martín era un ballestero de temple, un hombre práctico cuyo corazón, sin embargo, había encontrado consuelo en el pecho velludo de una camarada apodado Linterno. Juan de Ircio, por su parte, era de naturaleza más pizpireta y generosa, y no tenía reparos en repartir sus favores entre varios soldados, quienes agradecían su buena disposición. Así, mientras la mayoría soñaba con el oro de las Indias, ellos ya habían encontrado sus propios tesoros a bordo.

Al llegar a Cuba, el nombre de un tal Hernán Cortés, un hidalgo emperifollado y de verbo encendido, comenzó a sonar con fuerza. Prometía no solo riquezas, sino la gloria de poblar una tierra nueva y llevar la palabra de Dios a sus gentes. Martín y Juan, al verlo pavonearse con sus ropas de terciopelo y cadenas de oro, supieron que aquella era la aventura que buscaban. Se unieron a la expedición, que zarpó hacia tierra firme con más matalotaje que escrúpulos.

La travesía estuvo marcada por escaramuzas y descubrimientos. En Tlaxcala, enemiga acérrima de los aztecas, el destino de Juan de Ircio dio un vuelco. Entre los espías enviados por el joven Xicohténcatl para evaluar a los extranjeros, se encontraba Necucyaotl, un joven de belleza serena cuya misión era, en teoría, seducir y obtener información. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Juan, la misión se desvaneció. El amor fue instantáneo y mutuo. Mientras Cortés negociaba alianzas, Juan y Necucyaotl se escapaban a los hermosos parajes de Ocotelulco, bañándose en las cascadas y jurándose amor eterno junto al río Zahuapan.

El ejército continuó su marcha hacia Cholula, la gran ciudad sagrada. Allí, mientras investigaba los rumores de una traición, Martín de Lorda, el práctico ballestero, se topó con Itzcóatl, un apuesto artesano cholulteca. Finiendo una captura para interrogarlo, Martín se lo llevó ante Cortés, quien, distraído con sus planes de conquista, se lo "regaló" como si fuera un botón de guerra. Esa misma noche, Martín e Itzcóatl consumaron un amor frenético, descubriendo que sus almas hablaban el mismo idioma.

Así, mientras el capitán Hernán Cortés avanzaba sudoroso y preocupado por el paso entre los volcanes, un cuarteto de amantes recorría el mismo sendero unos metros más atrás, completamente ajenos a la tensión, recolectando margaritas silvestres y riendo en susurros.

La llegada a la majestuosa Tenochtitlán fue, al principio, pacífica. Pero la matanza del Templo Mayor durante la fiesta de Tóxcatl, perpetrada por los españoles en ausencia de Cortés, ascendió la mecha de la rebelión. Itzcoatl y Necucyaotl, con sus conexiones locales, supieron que la catástrofe era inminente. Rogaron a sus amantes españoles que huyen con ellos.

La noche del 30 de junio de 1520, la historia la bautizaría como la "Noche Triste". Mientras el horrible del ejército español intentaba una huida desesperada y caótica por la calzada de Tlacopan, cargando todo el oro que podía, nuestros cuatro protagonistas tenían un plan diferente. Se les vio acomodando su parte del "tesoro de Moctezuma" en una pequeña canoa que la familia de Itzcóatl había preparado.

Bernal Díaz del Castillo describiría más tarde los gritos de los guerreros mexicas: "¡Oh, cuilones! ¿Aún vivos quedáis?".

Lo que Bernal no supo, y la historia oficial convenientemente olvidó, es que sí, quedaban vivos. Mientras la laguna se teñía de sangre y el estruendo de los falconetes se ahogaba en la distancia, la pequeña canoa de los amantes se deslizaba silenciosamente en dirección opuesta, hacia la orilla sur. No llevaban oro ni joyas. Su tesoro, cuidadosamente envuelto en petates, era una colección de semillas de flores exóticas, un par de gallinas ponedoras y un cargamento de pulque para celebrar. Su destino no era la gloria del imperio español, sino una pequeña chinampa en Xochimilco donde planeaban vivir su amor.

A la mañana siguiente, cuentan que Hernán Cortés lloró su derrota bajo un ahuehuete. La leyenda no menciona que, a unos pocos kilómetros de allí, cuatro hombres celebraban su propia victoria, brindando por la que, para ellos, no fue una noche triste, sino la más alegre de sus vidas.