Translate

miércoles, 18 de febrero de 2026

La Escuela Junto al Río

 

Imagen hiperrealista y cinematográfica que contrasta una escuela en ruinas junto a un río contaminado, simbolizando la corrupción, con un niño y una anciana observando el río, bajo cuya superficie se revela una caverna prehispánica iluminada, representando la memoria y la justicia de la naturaleza.

Sumérgete en "La Escuela Junto al Río", un cuento de Edgar Sánchez Quintana que entrelaza la memoria ancestral de Tlaxcala con la corrupción moderna, revelando cómo la naturaleza y la historia reclaman su justicia.

I. La Memoria del Agua (1970)

Antes de que el tiempo se convirtiera en una línea recta de obligaciones y desengaños, la vida era un círculo perfecto de polvo y sol que giraba en el patio de la escuela primaria Emiliano Zapata. Era 1970 en el corazón de Tlaxcala, y yo, Emilio Galicia, un niño de siete años con las rodillas perpetuamente raspadas y una inocencia tan resistente como la mala hierba, medía el universo en la distancia que mi pelota de plástico podía volar antes de besar las aguas oscuras del río Zahuapan. La escuela, un edificio vetusto de muros horribles y promesas susurradas, se aferraba a la orilla como un animal sediento, indiferente al veneno industrial que teñía el agua, un veneno que los adultos llamaban progreso y que para nosotros era solo el desafío maloliente que debíamos cruzar para rescatar un juguete perdido.
Recuerdo a la maestra Cleotilde Gómez, fundadora del sindicato, una mujer de voz firme y mirada sabia que nos hablaba de las fuerzas de la naturaleza. "Así como la tierra tiembla", nos decía en su aula de tercer grado, "los ríos también tienen memoria y furia. Debemos estar atentos, ser conscientes de que somos apenas invitados en este mundo". Sus palabras sonaban a profecía, aunque en ese entonces solo nos preocupaba que la pelota no fuera a caer, otra vez, a las aguas negras del Zahuapan.
Mi abuelo me contaba otra historia. "En mis tiempos", decía con los ojos perdidos en el recuerdo, "nos bañábamos en ese río. Y justo ahí, donde ahora está tu escuela, vimos una noche una luz que se movía entre las piedras, un espejismo refulgente que salía de la tierra. Intuíamos que ahí había un secreto guardado".

El río canta su canción de limo y eternidad. Dice: He visto imperios de piedra levantarse y caer en polvo. Sus ambiciones son olas que rompen en mi orilla y se desvanecen. Yo permanezco.

II. El discurso del progreso (2026)

Cincuenta y seis años después, la presidenta municipal de Tlaxcala, Loredana Cuesta Cifuentes, se paró frente a un atril. Era una mujer de traje impecable y sonrisa calculada, la encarnación de una política clasista, déspota y convenenciera. A su lado, el regidor Sixto Sánchez, el director de Protección Civil Alberto Pérez Ornelas y el secretario de Salud Armando Méndez asentían a cada una de sus palabras.
"La escuela Emiliano Zapata", anunció Loredana a los periodistas, con un tono de fingida urgencia, "representa un peligro inaceptable. Los últimos estudios geotécnicos, que hemos encargado con la máxima celeridad, revelan la existencia de socavones y alarmas grietas bajo la estructura. Esto, sumado a su cercanía con el río Zahuapan y el riesgo latente de enfermedades, nos obliga a actuar. Mi gobierno hará todo lo posible por proteger a nuestros niños. Demoleremos este viejo edificio y construiremos una nueva escuela, moderna y segura, en otro lugar".

La verdad, sin embargo, se negociaba en privado. En su oficina, Loredana cerraba el trato con un empresario de Oaxaca. El terreno de la escuela, estratégicamente ubicado, sería canjeado por la construcción del nuevo mercado. Los contratos ya estaban firmados; los moches, repartidos.
Una anciana de cabello blanco observaba la rueda de prensa en un pequeño televisor. Era Cleotilde Gómez, jubilada, quien ahora llevaba a su nieto a la misma escuela que ella ayudó a fundar. Negó con la cabeza. "Usa el miedo como pala para cavar sus tumbas", murmuró.

El río teje historias en su corriente turbia. Piensa: Se afanan por poseer la tierra que me contiene, sin entender que es la tierra la que los posee a ellos, solo por un instante. Su tiempo es un parpadeo en mi largo viaje hacia el mar.

III. El Castigo de la Tierra, el Agua y la Sangre

Fase 1: El Secreto Guardado
La primera excavadora tocó el suelo del patio y se detuvo con un chirrido metálico. No era una roca. Al remover la tierra, los obreros encontraron la entrada a una caverna. El proyecto se detuvo. Pronto, arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia confirmaron el hallazgo: un complejo subterráneo con restos prehispánicos, el secreto que el abuelo de Emilio había intuido. El terreno fue declarado patrimonio cultural protegido por la federación. El contrato con el oaxaqueño se hizo polvo. Loredana, furiosa, tuvo que sonreír para las cámaras y hablar del "insesperado tesoro" que su administración había ayudado a descubrir.

Fase 2: La Boutique Inundada
Las hijas de Loredana, Mariana y Fernanda, no tuvieron la paciencia de su madre. Convencidas de que la burocracia era solo un obstáculo temporal, usaron sus influencias para abrir una boutique de lujo en una sección del terreno, argumentando que "revitalizaría la zona arqueológica". La comunidad, sin embargo, no olvidaba. Liderados por el murmullo silencioso de ancianos como Cleotilde, nadie compraba en esa tienda nacida de la soberbia. El verdadero golpe, sin embargo, vino del cielo. Una tormenta, como las que la maestra Cleotilde había advertido, hizo que el Zahuapan recordara su furia. El río se desbordó, y sus aguas negras inundaron la boutique, ahogando en lodo los vestidos de seda y los bolsos de marca. La naturaleza le recordaba a Loredana el peligro que ella había ignorado.

Fase 3: La Fiebre en Casa
La humillación pública y la pérdida económica fueron solo el preludio. Mientras Loredana intentaba gestionar la crisis, la verdadera tragedia tocó su puerta. Mariana, su hija mayor, cayó enferma. Fiebre alta, sarpullido, tos. Sarampión. La enfermedad que Loredana había usado como arma retórica ahora consumía a su propia hija. La investigación epidemiológica reveló que el brote se debía a los recortes en el presupuesto de salud pública, fondos que habían sido desviados para proyectos como el del mercado. La hipocresía de Loredana se había vuelto viral.

IV. Epílogo

Emilio creció, tuvo hijos. Loredana envejeció, marcada por el escándalo y la tragedia familiar. La escuela Emiliano Zapata, aunque nunca fue demolida, tampoco volvió a abrir. Se convirtió en un monumento silencioso, custodiado por el secreto de la tierra y la memoria del agua.

El río, a pesar del tiempo que circula, toma su cauce y continúa. Murmura: Sus vidas son hojas que arrastro en otoño. Creen que sus actos son definitivos, pero solo son un murmullo más en mi memoria líquida. Yo sigo, frescamente, fluyendo.

lunes, 16 de febrero de 2026

La Filosofía Académica: Un Réquiem por el Pensamiento Crítico

 

Imagen cinematográfica que divide la escena en dos: a la izquierda, un edificio universitario oscuro y frío que parece un mausoleo; a la derecha, un foro abierto y luminoso donde personas debaten apasionadamente con libros en mano, simbolizando la liberación del pensamiento crítico de las ataduras académicas.

¿Ha muerto la filosofía en las universidades mexicanas? Edgar Sánchez Quintana analiza cómo la burocracia y la mercantilización han convertido a la academia en un mausoleo, y hace un llamado a rescatar la filosofía viva y soberana.

El estado de la filosofía en las universidades públicas mexicanas es un tema que suscita una profunda preocupación. Más allá de las aulas, la filosofía como acto de creación, como investigación genuina que desafía paradigmas, parece haber fallecido. Lo que sobrevive es su retransmisión, su pedagogía, su historia; en suma, su doxografía. La burocracia académica, las rencillas internas y la carrera por los puntos y las remuneraciones han sofocado cualquier atisbo de novedad, convirtiendo a la academia en un mausoleo donde se veneran las ideas de otros, pero rara vez se gestan las propias.

Este ensayo aborda la distinción crucial entre el filósofo y el profesor de filosofía, y argumenta que la institucionalización del pensamiento, lejos de potenciarlo, lo ha neutralizado. La universidad, en su afán por mercantilizar el conocimiento, ha terminado por asesinar a la filosofía.

La ANUIES y la Producción en Serie de Filósofos Descafeinados

La Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) ha jugado un papel central en este proceso de vaciamiento. Bajo la bandera de la “modernización” y la “competitividad”, se han impuesto reestructuraciones curriculares que, en la práctica, buscan amoldar la carrera de filosofía a las exigencias del mercado. Estos cambios, a menudo dictatoriales y sin un análisis serio de los programas anteriores, han tenido un objetivo claro: producir en serie profesionales que no incomoden, que no cuestionen, que se integren dócilmente a la lógica del sistema.

En el caso de la filosofía, esta lógica se ha traducido en una clara desvinculación del pensamiento latinoamericano. Se ha marginado sistemáticamente a los filósofos de nuestro propio continente, aquellos que, como Leopoldo Zea o Enrique Dussel, nos invitan a pensar desde nuestra propia circunstancia. En su lugar, se ha reforzado el estudio del canon europeo y anglosajón, no como un diálogo entre iguales, sino como la única fuente de pensamiento legítimo. El mensaje es claro: la filosofía auténtica es la que se produce en el “primer mundo”; la nuestra es, en el mejor de los casos, un eco exótico.

Esta política no es casual. Responde a un proyecto que busca demeritar cualquier forma de pensamiento que pueda generar una conciencia crítica sobre nuestra realidad de dependencia. Al negarnos el acceso a nuestra propia tradición filosófica, se nos niega la posibilidad de entendernos a nosotros mismos y de construir un futuro soberano. Mi propia experiencia en un encuentro de la ANUIES, donde se me impidió presentar una ponencia sobre este mismo tema, confirma que no hay interés en el diálogo. Las directrices vienen de arriba, y no admiten cuestionamientos.

El Filósofo vs. el Funcionario: Una Distinción Necesaria

El resultado de este proceso es un egresado de filosofía que, con honrosas excepciones, inspira tristeza. Un profesional que no maneja las obras elementales, que desconoce las lenguas clásicas y que difícilmente puede sostener una postura filosófica propia. La “libertad de cátedra”, en este contexto, se ha desvirtuado hasta convertirse en una patente de corso para la improvisación y la charlatanería. El profesor de filosofía, en muchos casos, no es más que un funcionario que cumple con sus horas, esconde su incapacidad bajo montañas de embrollos metafísicos y se ocupa únicamente de su salario y su carrera meritocrática.

Es fundamental, por tanto, distinguir entre el filósofo y el profesor de filosofía. El primero no necesita de la burocracia estatal para pensar. La historia nos ha demostrado que la filosofía florece lejos de las instituciones, en la soledad de un Descartes o un Nietzsche, o en centros de investigación libres de la sujeción de la autoridad. El segundo, en cambio, puede pasar toda una vida retransmitiendo el pensamiento de otros sin haber producido jamás un solo juicio crítico propio.

Pretender que el profesor de filosofía sea el albacea del pensamiento es otorgarle una importancia desmedida a un funcionario que, en la mayoría de los casos, ha renunciado a la esencia misma de la filosofía: la crítica radical.

Hacia una Filosofía Viva

Este panorama desolador no debe conducirnos a la resignación. Al contrario, debe ser un llamado a la acción. Es urgente rescatar a la filosofía de las garras de la academia mercantilizada. Esto implica:

1.Reivindicar la filosofía latinoamericana: Es imperativo que los planes de estudio incorporen de manera central el pensamiento de nuestra región, no como un apéndice folclórico, sino como una herramienta fundamental para la comprensión de nuestra realidad.

2.Fomentar la creación filosófica: Se deben crear espacios, dentro y fuera de la universidad, donde se incentive la investigación original y el debate de ideas, libres de la tiranía del paper indexado y la carrera por los puntos.

3.Separar la filosofía de la burocracia: Debemos dejar de pensar que la filosofía es patrimonio exclusivo de la universidad. Los ciudadanos ilustrados, con el ocio y el talento necesarios, han sido y seguirán siendo una fuente inagotable de pensamiento.

Este ensayo no pretende cambiar nada por sí mismo. Es solo un intento de nombrar las cosas, de poner en evidencia una realidad que muchos prefieren ignorar. La filosofía académica está muerta, sí, pero el pensamiento crítico sigue vivo. Nuestra tarea es encontrarle un nuevo hogar, lejos de los pasillos estériles de la universidad desencajada.

domingo, 15 de febrero de 2026

Crónica de dos Maestros: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo



Imagen hiperrealista y cinematográfica de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo en una biblioteca. Espejo está sentada en un escritorio, escribiendo, mientras Carballo, de pie, lee un libro. El ambiente es cálido y académico, con estanterías llenas de libros y luz natural entrando por las ventanas. La escena evoca un profundo diálogo intelectual y el legado de ambos autores.

Descubre el legado de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo a través de la mirada de Edgar Sánchez Quintana. Un homenaje a los pilares de las letras mexicanas que formaron a generaciones de escritores y lectores.

Hay momentos en la formación de un escritor que funcionan como bisagras, puntos de inflexión que definen un antes y un después. Para mí, ese momento tuvo dos nombres: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo. Un reciente homenaje a la maestra y la noticia del fallecimiento del maestro me obligan a trazar, a modo de crónica y reverencia, la estela que su magisterio dejó en mi propia trayectoria y en las letras mexicanas.

Conocí a Beatriz Espejo en un taller literario en Tlaxcala. Su pedagogía era un ejercicio de precisión y respeto. Nos enseñó a despojar al texto de toda paja, a buscar la palabra justa y la coma necesaria. Su método no imponía un estilo, sino que daba cabida a que la creación se expandiera con libertad, pero siempre sobre la base de un oficio riguroso. Era un aprendizaje elemental, de raíz. La maestra, con su vasta trayectoria como catedrática en la UNAM e investigadora, transpiraba una profunda conexión con el pulso de la literatura mexicana; en su conversación aparecían, con naturalidad, los nombres de aquellos autores que para nosotros eran figuras lejanas, monumentos de biblioteca. Su labor como formadora de escritores, reconocida con la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2009 y el hecho de que el Premio Nacional de Cuento lleve su nombre, es testimonio de una vida entregada a la enseñanza.

La obra de Beatriz Espejo, galardonada con premios como el Nacional de Narrativa Colima por El cantar del pecador (1993) y el San Luis Potosí por Alta costura (1996), es un reflejo de su magisterio: una prosa elegante, precisa y profundamente observadora de la condición humana. En su presencia, uno entendía que no existía una barrera insalvable entre la creación y la crítica, que el cuento y el ensayo eran dos caras de la misma moneda intelectual.

Esa simbiosis se hacía aún más evidente en su relación con Emmanuel Carballo. Si Espejo era la maestra del rigor y la forma, Carballo era el bisturí crítico que diseccionaba el cuerpo de la literatura mexicana. Mi primer acercamiento a él fue a través de sus entrevistas en Protagonistas de la literatura mexicana. Para un joven lector, leer sus conversaciones con Alfonso Reyes u Octavio Paz fue una revelación. Carballo tenía el don de bajar a los dioses del Olimpo, de despojarlos de la solemnidad de las pastas del libro y mostrarlos en su dimensión más humana, con sus grandezas y sus contradicciones. Derrumbó los prejuicios que había sembrado en mi interior y me enseñó que los grandes autores también "cagaban y comían".

Con el tiempo, lo conocí en persona, y su presencia imponente, de carácter reacio y formación burguesa —como él mismo reconocía con ironía—, no hacía más que confirmar la agudeza de su pluma. Carballo fue, sin duda, el crítico literario más importante de México en la segunda mitad del siglo XX, una labor reconocida con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2006. Fundador, junto a Carlos Fuentes, de la mítica Revista Mexicana de Literatura y autor de obras canónicas como El cuento mexicano del siglo XX, su trabajo fue fundamental para ordenar, jerarquizar y entender nuestro panorama literario.

Sin embargo, su mayor virtud fue también la fuente de su tragedia. Carballo eligió ser un crítico fiel a su juicio, sin concesiones. Su pluma era incisiva, a menudo demoledora, y no dudaba en señalar las debilidades de los autores más consagrados. Esta honestidad brutal le ganó incontables enemigos y provocó que su trabajo fuera, en ocasiones, desmerecido por aquellos que preferían el elogio fácil a la crítica rigurosa. Él era consciente de su destino, de la soledad del crítico. Lo resumió a la perfección en una cita memorable:

"Como crítico me sucederá lo que un día observará Alfonso Reyes: llegará un joven en el último barco y pondrá en tela de juicio todo lo que pensé y edificará y se pitorreará de mí. Y yo ya estoy esperando a ese joven que va a tener razón como yo la tuve cuando fui irrespetuoso con mis mayores."

En esa frase se condensa la ética de Carballo: la aceptación de que la crítica es un diálogo perpetuo, un ejercicio de honestidad intelectual cuyo único compromiso es con la literatura misma, no con las vanidades de sus autores. Su muerte, eclipsada por la de García Márquez, fue una metáfora final de la ingratitud que a menudo acompaña al oficio del crítico.

Al recordarlos juntos, a Beatriz Espejo y a Emmanuel Carballo, entiendo la dimensión de su legado. Ella, la maestra que nos enseñó a construir la frase perfecta; él, el crítico que nos enseñó a desconfiar de ella. Ambos, desde sus respectivas trincheras, nos formaron como lectores y, a algunos, nos dieron las herramientas para atrevernos a escribir. Esta crónica es un modesto homenaje a esos dos pilares de nuestras letras, un aplauso a su hacer y un agradecimiento por habernos enseñado a leer el mundo.

sábado, 14 de febrero de 2026

La noche alegre

 

La verdadera historia de cuatro amantes y un tesoro malentendido

Imagen hiperrealista y cinematográfica de cuatro amantes en una canoa, navegando por un lago al amanecer. Dos de los hombres visten armaduras de soldados españoles y los otros dos visten indumentaria nativa prehispánica. Al fondo, se aprecian pirámides y el humo de la Noche Triste. Uno de los nativos sostiene semillas y el otro una vasija de pulque.


Por Edgar Sánchez Quintana 

Entre la testosterona, el acero toledano y la ambición desmedida que impulsaban la expedición de Hernán Cortés, se movían dos almas con prioridades ligeramente distintas: Martín de Lorda y Carranda, un portugués criado en España, y Juan de Ircio, un español de pura cepa. Ambos compartían un secreto que los largos meses en el mar, sin más compañía femenina que las olas, habían hecho florecer: un gusto adquirido por la compañía masculina.

Martín era un ballestero de temple, un hombre práctico cuyo corazón, sin embargo, había encontrado consuelo en el pecho velludo de un camarada apodado Linterno. Juan de Ircio, por su parte, era de naturaleza más pizpireta y generosa, y no tenía reparos en repartir sus favores entre varios soldados, quienes agradecían su buena disposición. Así, mientras la mayoría soñaba con el oro de las Indias, ellos ya habían encontrado sus propios tesoros a bordo.

Al llegar a Cuba, el nombre de un tal Hernán Cortés, un hidalgo emperifollado y de verbo encendido, comenzó a sonar con fuerza. Prometía no solo riquezas, sino la gloria de poblar una tierra nueva y llevar la palabra de Dios a sus gentes. Martín y Juan, al verlo pavonearse con sus ropas de terciopelo y cadenas de oro, supieron que aquella era la aventura que buscaban. Se unieron a la expedición, que zarpó hacia tierra firme con más matalotaje que escrúpulos.

La travesía estuvo marcada por escaramuzas y descubrimientos. En Tlaxcala, enemiga acérrima de los aztecas, el destino de Juan de Ircio dio un vuelco. Entre los espías enviados por el joven Xicohténcatl para evaluar a los extranjeros, se encontraba Necucyaotl, un joven de belleza serena cuya misión era, en teoría, seducir y obtener información. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Juan, la misión se desvaneció. El amor fue instantáneo y mutuo. Mientras Cortés negociaba alianzas, Juan y Necucyaotl se escapaban a los parajes hermosos de Ocotelulco, bañándose en las cascadas y jurándose amor eterno junto al río Zahuapan.

El ejército continuó su marcha hacia Cholula, la gran ciudad sagrada. Allí, mientras investigaba los rumores de una traición, Martín de Lorda, el práctico ballestero, se topó con Itzcoatl, un apuesto artesano cholulteca. Fingiendo una captura para interrogarlo, Martín se lo llevó ante Cortés, quien, distraído con sus planes de conquista, se lo "regaló" como si fuera un botín de guerra. Esa misma noche, Martín e Itzcoatl consumaron un amor frenético, descubriendo que sus almas hablaban el mismo idioma.

Así, mientras el capitán Hernán Cortés avanzaba sudoroso y preocupado por el paso entre los volcanes, un cuarteto de amantes recorría el mismo sendero unos metros más atrás, completamente ajenos a la tensión, recolectando margaritas silvestres y riendo en susurros.

La llegada a la majestuosa Tenochtitlán fue, al principio, pacífica. Pero la matanza del Templo Mayor durante la fiesta de Tóxcatl, perpetrada por los españoles en ausencia de Cortés, encendió la mecha de la rebelión. Itzcoatl y Necucyaotl, con sus conexiones locales, supieron que la catástrofe era inminente. Rogaron a sus amantes españoles que huyeran con ellos.

La noche del 30 de junio de 1520, la historia la bautizaría como la "Noche Triste". Mientras el grueso del ejército español intentaba una huida desesperada y caótica por la calzada de Tlacopan, cargando todo el oro que podían, nuestros cuatro protagonistas tenían un plan diferente. Se les vio acomodando su parte del "tesoro de Moctezuma" en una pequeña canoa que la familia de Itzcoatl había preparado.

Bernal Díaz del Castillo describiría más tarde los gritos de los guerreros mexicas: "¡Oh, cuilones! ¿Aún vivos quedáis?".

Lo que Bernal no supo, y la historia oficial convenientemente olvidó, es que sí, quedaban vivos. Mientras la laguna se teñía de sangre y el estruendo de los falconetes se ahogaba en la distancia, la pequeña canoa de los amantes se deslizaba silenciosamente en dirección opuesta, hacia la orilla sur. No llevaban oro ni joyas. Su tesoro, cuidadosamente envuelto en petates, era una colección de semillas de flores exóticas, un par de gallinas ponedoras y un cargamento de pulque para celebrar. Su destino no era la gloria del imperio español, sino una pequeña chinampa en Xochimilco donde planeaban vivir su amor.

A la mañana siguiente, cuentan que Hernán Cortés lloró su derrota bajo un ahuehuete. La leyenda no menciona que, a unos pocos kilómetros de allí, cuatro hombres celebraban su propia victoria, brindando por la que, para ellos, no fue una noche triste, sino la más alegre de sus vidas.