Un ensayo profundo sobre la evolución de la relación entre el Estado y los intelectuales en México: del positivismo porfirista y el tecnocratismo neoliberal al Humanismo Mexicano.
El estado de la filosofía en las universidades públicas mexicanas es un tema que suscita una profunda preocupación. Más allá de las aulas, la filosofía como acto de creación, como investigación genuina que desafía paradigmas, parece haber fallecido. Lo que sobrevive es su retransmisión, su pedagogía, su historia; en suma, su doxografía. La burocracia académica, las rencillas internas y la carrera por los puntos y las remuneraciones han sofocado cualquier atisbo de novedad, convirtiendo a la academia en un mausoleo donde se veneran las ideas de otros, pero rara vez se gestan las propias.
Este ensayo aborda la distinción crucial entre el filósofo y el profesor de filosofía, y argumenta que la institucionalización del pensamiento, lejos de potenciarlo, lo ha neutralizado. La universidad, en su afán por mercantilizar el conocimiento, ha terminado por asesinar a la filosofía.
La Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) ha jugado un papel central en este proceso de vaciamiento. Bajo la bandera de la “modernización” y la “competitividad”, se han impuesto reestructuraciones curriculares que, en la práctica, buscan amoldar la carrera de filosofía a las exigencias del mercado. Estos cambios, a menudo dictatoriales y sin un análisis serio de los programas anteriores, han tenido un objetivo claro: producir en serie profesionales que no incomoden, que no cuestionen, que se integren dócilmente a la lógica del sistema.
En el caso de la filosofía, esta lógica se ha traducido en una clara desvinculación del pensamiento latinoamericano. Se ha marginado sistemáticamente a los filósofos de nuestro propio continente, aquellos que, como Leopoldo Zea o Enrique Dussel, nos invitan a pensar desde nuestra propia circunstancia. En su lugar, se ha reforzado el estudio del canon europeo y anglosajón, no como un diálogo entre iguales, sino como la única fuente de pensamiento legítimo. El mensaje es claro: la filosofía auténtica es la que se produce en el “primer mundo”; la nuestra es, en el mejor de los casos, un eco exótico.
Esta política no es casual. Responde a un proyecto que busca demeritar cualquier forma de pensamiento que pueda generar una conciencia crítica sobre nuestra realidad de dependencia. Al negarnos el acceso a nuestra propia tradición filosófica, se nos niega la posibilidad de entendernos a nosotros mismos y de construir un futuro soberano. Mi propia experiencia en un encuentro de la ANUIES, donde se me impidió presentar una ponencia sobre este mismo tema, confirma que no hay interés en el diálogo. Las directrices vienen de arriba, y no admiten cuestionamientos.
El resultado de este proceso es un egresado de filosofía que, con honrosas excepciones, inspira tristeza. Un profesional que no maneja las obras elementales, que desconoce las lenguas clásicas y que difícilmente puede sostener una postura filosófica propia. La “libertad de cátedra”, en este contexto, se ha desvirtuado hasta convertirse en una patente de corso para la improvisación y la charlatanería. El profesor de filosofía, en muchos casos, no es más que un funcionario que cumple con sus horas, esconde su incapacidad bajo montañas de embrollos metafísicos y se ocupa únicamente de su salario y su carrera meritocrática.
Es fundamental, por tanto, distinguir entre el filósofo y el profesor de filosofía. El primero no necesita de la burocracia estatal para pensar. La historia nos ha demostrado que la filosofía florece lejos de las instituciones, en la soledad de un Descartes o un Nietzsche, o en centros de investigación libres de la sujeción de la autoridad. El segundo, en cambio, puede pasar toda una vida retransmitiendo el pensamiento de otros sin haber producido jamás un solo juicio crítico propio.
Pretender que el profesor de filosofía sea el albacea del pensamiento es otorgarle una importancia desmedida a un funcionario que, en la mayoría de los casos, ha renunciado a la esencia misma de la filosofía: la crítica radical.
Este panorama desolador no debe conducirnos a la resignación. Al contrario, debe ser un llamado a la acción. Es urgente rescatar a la filosofía de las garras de la academia mercantilizada. Esto implica:
1.Reivindicar la filosofía latinoamericana: Es imperativo que los planes de estudio incorporen de manera central el pensamiento de nuestra región, no como un apéndice folclórico, sino como una herramienta fundamental para la comprensión de nuestra realidad.
2.Fomentar la creación filosófica: Se deben crear espacios, dentro y fuera de la universidad, donde se incentive la investigación original y el debate de ideas, libres de la tiranía del paper indexado y la carrera por los puntos.
3.Separar la filosofía de la burocracia: Debemos dejar de pensar que la filosofía es patrimonio exclusivo de la universidad. Los ciudadanos ilustrados, con el ocio y el talento necesarios, han sido y seguirán siendo una fuente inagotable de pensamiento.
Este ensayo no pretende cambiar nada por sí mismo. Es solo un intento de nombrar las cosas, de poner en evidencia una realidad que muchos prefieren ignorar. La filosofía académica está muerta, sí, pero el pensamiento crítico sigue vivo. Nuestra tarea es encontrarle un nuevo hogar, lejos de los pasillos estériles de la universidad desencajada.
Descubre "La Izquierda Posible" con Edgar Sánchez Quintana, un profundo sobre la búsqueda de una identidad política latinoamericana auténtica, más allá de las ilusiones independentistas y los modelos importados.
La búsqueda de un pensamiento auténticamente latinoamericano ha sido una constante en nuestra historia intelectual, un anhelo que, como bien señalas, a menudo queda ensombrecido por el peso de la filosofía europea. Hemos intentado importar modelos —el positivismo, el marxismo ortodoxo— como si fueran esquejes que pudieran florecer en una tierra ajena, solo para descubrir que el resultado es un "engendro frankensteniano", una imitación que no responde a nuestra realidad. Filósofos como Leopoldo Zea y Enrique Dussel dedicaron su vida a desmantelar esta dependencia, pero la pregunta persiste: ¿cómo alcanzar una verdadera independencia intelectual y política?
La respuesta, quizás, no se encuentra en una revolución sistémica que derribe todo lo anterior, sino en un proceso más sutil: el debilitamiento del discurso hegemónico global. Durante décadas, el pensamiento único del neoliberalismo y el eurocentrismo se presentó como el fin de la historia. Sin embargo, las crisis económicas, sociales y políticas han agrietado ese monolito. Como nos recuerda Dussel, antes de 1492, "Europa occidental era sólo una cultura marginal y periférica". La centralidad de Europa no es un hecho natural, sino una construcción histórica que hoy muestra signos de agotación. Incluso el posmodernismo, que criticó las grandes narrativas, fue absorbido por la modernidad, pero su crítica dejó una semilla de duda que hoy germina.
Es en este contexto de crisis hegemónica donde surge la posibilidad de una izquierda latinoamericana que no sea una copia, sino una creación. Y aquí es donde la premisa del "humanismo mexicano" y el principio de "primero los pobres" adquiere una relevancia fundamental. No se trata de un sistema filosófico cerrado, sino de una propuesta política que nace de nuestra propia circunstancia, de nuestra propia herida histórica. Como afirmaba Leopoldo Zea, "La filosofía latinoamericana surge de la necesidad de filosofar sobre los problemas de nuestra circunstancia". Y el problema más urgente de nuestra circunstancia es la desigualdad, la exclusión, la pobreza.
El "humanismo mexicano" no es una importación, sino una respuesta. Es una forma de tomar en serio la "filosofía de la liberación" de Dussel, que nos exige pensar desde la perspectiva del oprimido. Cuando Dussel afirma que "donde hay un oprimido es necesaria una filosofía de la liberación", está sentando las bases para una política que ponga al "otro" en el centro. "Primero los pobres" es la traducción política de ese imperativo ético. Es el reconocimiento de que una sociedad no puede ser justa si no atiende primero a los que han sido sistemáticamente ignorados y explotados.
Esta propuesta se aleja del marxismo dogmático que pretendía ser una ciencia universal. La realidad latinoamericana, con su "hosca savia religiosa", su "sinrazón operante" y su riqueza mítica, no cabe en los estrechos moldes del materialismo histórico europeo. Nuestra izquierda posible no puede ser un "ciborg azteca", sino un movimiento que asuma, como diría Zea, "la propia circunstancia, nuestro pasado, para desde él proyectar nuestro futuro". Se trata de una izquierda que no desprecia la cultura popular, sino que la entiende como una fuente de resistencia y creatividad.
En conclusión, la verdadera independencia no consiste en crear un pensamiento de la nada, aislado del mundo. Consiste en aprovechar las grietas del sistema-mundo para articular una voz propia. El "humanismo mexicano" y su apuesta por los pobres es un ejemplo de cómo se puede empezar a construir esa voz. Es un paso para dejar de ser, en palabras de Zea, "eco y sombra de una cultura ajena", y empezar a ser, como diría Dussel, "centro de su propio mundo". La ilusión independentista se desvanece no con un grito, sino con la construcción paciente de un proyecto político que, por primera vez en mucho tiempo, se parece a nosotros mismos.