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martes, 28 de febrero de 2023

Las que no partieron

 Las que no partieron

Imagen cinematográfica de un terreno baldío con escombros donde antes se erigía un hospital. Dos figuras fantasmales y traslúcidas, una mujer y una niña pequeña, deambulan por el lugar con expresiones de profunda tristeza y búsqueda, rodeadas de una atmósfera melancólica bajo un cielo crepuscular.


El Hospital General de Tlaxcala ya no existe, pero las almas de Francisca y Tamara siguen buscándose entre los escombros. Descubre "Nosocomio", una desgarradora historia de amor y pérdida más allá de la muerte.

El Hospital General de Tlaxcala ya no está. Donde antes se erigía un edificio lleno del ajetreo de pacientes adoloridos, de parturientas caminando con el peso de una vida nueva, y de médicos con batas blancas y estetoscopios al cuello, ahora solo queda un terreno baldío. Un hueco en el corazón de la ciudad. Pero hay vacíos que no se llenan con tierra, porque están ocupados por la memoria y el dolor.

La historia de Francisca y Tamara es una de esas memorias. Francisca llegó una tarde de febrero, con el aliento corto y un fuego en los pulmones que los doctores llamaron neumonía. De su mano se aferraba Tamara, su hija de cinco años, una niña de ojos grandes que miraba con desconfianza las paredes descascaradas y el ir y venir de las enfermeras.

Mientras a Francisca la instalaban en una cama y le conectaban un sueño, la niña se quejó de un dolor agudo en el vientre. Un dolor que empezó como un pellizco y que en menos de una hora se convirtió en un grito. La entrada de emergencia. Apendicitis, dijeron. Una operación de rutina. “No te preocupes, mamá, la cuidaremos”, le dijo una enfermera a Francisca antes de que se llevara a la niña. Fue la última vez que la vio.

Francisca murió tres días después. La neumonía, o quizás la pena, le cerró el último resquicio de aire. Pero su espíritu no se fue. Se quedó atrapado en los pasillos del nosocomio, en un limbo de confusión y angustia. Su única misión, su único pensamiento, era encontrar a Tamara. Flotaba por las salas, una corriente de aire frío que susurraba un nombre, buscando a la niña que había dejado encargada con una enfermera de rostro anónimo.

Tamara no salió del hospital. La operación de rutina se complicó. Una infección, una negligencia, un diagnóstico tardío. Una semana después de la muerte de su madre, la niña murió de septicemia. Su pequeño cuerpo se rindió, pero su alma, como la de su madre, se negó a abandonar el edificio. Se levantó de la cama, no con dolor, sino con una pregunta: “¿Dónde está mi mamá?”.

Fue entonces cuando comenzó la leyenda. Las enfermeras del turno de noche empezaron a verla. Siempre en el mismo lugar: a un costado del elevador del tercer piso. Una niña pequeña, con su bata de hospital, que las miraba con sus ojos enormes y preguntaba con una voz clara: "Disculpe, ¿ha visto a mi mamá? Se llama Francisca". La primera vez, una enfermera le respondió que la buscaría. La segunda, otra sentí un escalofrío. A la tercera, cuando una veterana reconoció en ella a la niña que había muerto la semana anterior, el pánico se apoderó del personal. La niña del elevador se convirtió en el fantasma oficial del Hospital General.

Nadie veía a Francisca, pero la sentían. Era una presencia helada en la sala de espera de urgencias, un lamento ahogado en las escaleras, la sensación de que alguien te observaba desde el final de un pasillo vacío. Buscaba a su hija, sin saber que la niña también la buscaba a ella, a solo unos metros de distancia, atrapadas ambas en el mismo laberinto de dolor.

Pasaron los años. El hospital, viejo y carcomido por la ineficiencia y el olvido, fue finalmente clausurado. Llegaron las máquinas y lo derrumbaron. El cascarón que había albergado tanta vida y tanta muerte se convirtió en polvo. Parecía el fin de la historia. Pero no lo fue.

Con el edificio, desaparecieron los muros que contenían a las almas. Y los fantasmas de Francisca y Tamara salieron a la calle. Los vecinos de las calles aledañas, los veladores, los taxistas que pasan de madrugada, juran haberlas visto. Una mujer que deambula por la avenida, con la mirada perdida, susurrando el nombre de “Tamara”. Y a unas cuantas calles de distancia, una niña pequeña que se acerca a los extraños y pregunta, con una tristeza que hiela los huesos: “Disculpe, ¿ha visto a mi mamá?”.

El hospital ya no existe, pero su negligencia dejó una herida abierta en la ciudad. Una madre y una hija que, separadas por la muerte, ahora vagan por las mismas calles, tan cerca y tan lejos, condenadas a una búsqueda que nunca terminará. Son el último eco de un lugar que prometía sanar y que, en cambio, solo supo romper.





viernes, 24 de febrero de 2023

José Pérez Márquez: Poeta tlaxcalteca.

 

El poeta de la resistencia zombie.

José Pérez Márquez

poeta tlaxcalteca

Por: Édgar Sánchez Quintana

24 de febrero 23




El pasado jueves 23 a las cinco de la tarde se presentó el libro de José Pérez Márquez “Fragmentos de mi vida”; a este pequeño libro de prosa poética lo tengo bien seguido, pues conozco los antecedentes de su nacimiento y como fue siendo armado de tramo en tramo y en una libreta sudada y bastante paseada.

 

José deambula por las calles de Tlaxcala, así es como le hace para reconocerse a sí mismo; se alimenta de Tlaxcala como un sigiloso menesteroso sin casa, y hace de su ver, una decantación de aceite esencial en prosa poética. 

 

Me gusta hacer, cuando puedo y tengo tiempo, una vivisección, no de la obra, sino del autor, pues reconozco que observando los pedazos del individuo podemos vislumbrar ese resultado, su fruto es como una mazorca de Tlaxcala, muy autóctona, muy a modo a los ambientes  actuales de este Estado.

 

Los autores, literatos, poetas se extinguieron hace ya rato en estas regiones, ni a quien le importa lo que escriban, pero este autor tiene un empecinamiento por dejarse ver, por sacar la palabra, por intentar que su voz se reconozca en este desierto seco, sus páginas aunque muy breves me recuerdan algunos autores que en sus tiempos fueron suficientemente ninguneados por sus contemporáneos, y después lograron reconocimiento ya que su obra trasciende tiempos e incluso zonas como este “Tlaxcala que no existe” ya que en este ámbito será inexistente aun por un buen rato hasta que como el vino más bueno mientras más viejo mejor.

 

José Pérez Márquez está dentro de esta contemporaneidad de apocalipsis zombie luego de la pandemia un subversivo transparente, alguien que en su fosa de identidad persiste tercamente en reconsiderar su voz ante la sociedad zombie en la que vivimos.

 

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Cuando se acabe la cuarentena

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista en una habitación blanca minimalista. Un hombre está sentado en una silla, sin vida, mientras una figura etérea y traslúcida se mantiene de pie frente a él con una expresión compasiva. Detrás del cuerpo inerte, se abre un portal circular de luz dorada brillante que simboliza el tránsito hacia el más allá.


¿Qué sucede cuando el que guía hacia la luz es quien realmente necesita cruzar? Descubre "Cuando se Acabe la Cuarentena", un impactante relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía de la muerte y la paz final.


—Mis esperanzas son muchas, todo depende de que este problema se acabe. Lo que ya quiero es ponerme en movimiento, hacer cosas que hace mucho había planeado y que ahora que he estado parado ya es el momento de ponerlo en práctica. A veces pasa que no valoramos las cosas, como cuando salía uno a la calle con total libertad, y que ahora valoramos. Quiero hacer cosas como decirle a ella cuánto la quiero, y otras cosas que quiero hacer. Cuando se acabe la cuarentena ahora sí voy a ponerme las pilas y sin miedo voy a enfrentar la vida. ¡Ahora sí me voy a poner bien chingón, ya lo verán! —

El hombre se observa en un sitio amplio y solo, detenido en sus pensamientos, imbuido hacia dentro. Sus cavilaciones son un tiempo detenido, aquietado hacia sí mismo. La habitación, blanca y sin ventanas, parece suspendida en una dimensión ajena al mundo exterior. No hay reloj. No hay calendario. Solo el monólogo incesante de sus esperanzas.
Rafael, terapeuta holístico y médium, escucha los pensamientos de este hombre y trata de ayudar. Ha estado trabajando con él durante semanas, canalizando su energía, intentando guiarlo hacia la paz.

—Dirígete a la luz, ve a la luz —dice Rafael, con una voz que suena como si viniera de muy lejos, como si fuera una bocina en su entorno.
El hombre escucha y capta el mensaje. Lentamente, comienza a moverse. Su cuerpo, hecho un vapor, como perfecta alma en pena, se desplaza por la habitación. Pero no se dirige hacia ninguna luz externa. Lentamente, se da la vuelta y se acerca a Rafael, el médium.
Una sonrisa triste, casi compasiva, se dibuja en su rostro etéreo.

—No, amigo —susurra el alma en pena, y su voz suena como el viento rozando un cristal—. La luz no es para mí. Es para ti.
Rafael, confundido, intenta retroceder, pero siente sus pies pegados al suelo. El alma en pena levanta una mano translúcida y señala hacia el rincón de la habitación donde Rafael está sentado.

—Mírate —le dice.
Rafael, con un terror que no había sentido nunca, gira la cabeza. Y entonces me encanta. Su propio cuerpo, desplomado en el sillón, con la piel pálida y los ojos vidriosos, fijos en la nada. Lleva ahí tres días, desde el infarto fulminante. Él, el gran médium, el terapeuta holístico que se suponía que podía ver más allá del velo, no se había dado cuenta de que era él quien había muerto en plena sesión.

El cliente que creía estar canalizando no era un paciente vivo buscando paz. Era su guía espiritual, su ángel guardián, que había venido a ayudar a cruzar sin que él lo supiera.
—La cuarentena se acabó para ti, Rafael —concluye el alma en pena, con una ternura infinita—. Yo solo soy el que viene a ayudarte a cruzar. Ahora, por favor, dirígete a la luz.
Una puerta de luz se abre detrás del cuerpo inerte de Rafael. Es blanca, cálida y emite una paz que Rafael nunca había experimentado. El médium, ahora consciente de su propia condición de fantasma, comienza a caminar hacia ella, mientras el otro espíritu, su trabajo cumplido, se desvanece en el aire.

Rafael da un último vistazo a su cuerpo abandonado en el sillón. Tres días. Nadie lo había encontrado. Nadie lo había buscado. Pero eso ya no importaba. La cuarentena había terminado para él, de una manera que nunca hubiera imaginado.


viernes, 30 de octubre de 2020

El coronavirus nos barrió

 

Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra a una anciana vendedora de hierbas, con rostro curtido y ropa tradicional, sentada en un pequeño banco junto a su puesto. Un hombre le ofrece un plato con un desayuno caliente (café con leche, huevos con papas y una hojaldra). Al fondo, se vislumbra una calle semivacía con un transeúnte usando cubrebocas, evocando la época de la pandemia. La escena transmite calidez humana y resiliencia.

En medio de la pandemia, un encuentro inesperado revela la profunda sabiduría de la gente común. Descubre "El Coronavirus Nos Barrió", un relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la dignidad, la fe y la generosidad en tiempos difíciles.


—¿Cómo ha estado?
—Bien, aquí vendiendo mis hierbitas. ¿No vas a querer? Echamos cambio.
—Me hace falta la cola de caballo.
—De esa sí traigo. Una vez le dije que no traía, pero ahora sí. La “cola” —la mujer se ríe, acomoda sus bolsas y su enorme volumen de ropa se tambalea. Sus pies, embutidos en unos Crocs negros, apenas se ven.
—Pero no tengo comida, no abrió el restaurante.
—Aunque sea un café con leche, ándele. No, no vendió nada. Es que el coronavirus no me deja vender, está bien dura la cosa.
—Bueno, déjame ver qué tengo.
—También traigo epazote del zorrillo.
—Sí, pero de ese no necesito. Yo quiero cola de caballo.
—Sí, pero yo ya me voy a sentar, ya ando cansada. Que Dios le socorra y le dé más. Un café con leche y ya, bendito Dios, lleno mi panza, porque el traigo bien vacío desde ayer. ¿Cómo está su mamacita?
—Bien, anda por allá arriba, en sus plantas. Ya ve que ella es mayor de edad y no dejamos que se ponga en peligro por lo del coronavirus. Ya ve que está en riesgo.
—Sí, cuídela mucho. Que Dios la bendiga y le dé mucha salud.
Trabajo en la cocina y le prepara un desayuno: leche con café, huevos con papas y una hojaldra. Es temporada de muertos. Se lo llevo a la mesa.
—¡Bendito Dios! Mire nomás qué rico. Híjole, hasta me trajo huevo. Yo creía que nomás era café con leche. Dios se lo pague. Hasta mejor, de cambio le dejo una bolsa del epazote del zorrillo.
—No se apure, de ese sí tengo. Solo quiero la cola de caballo.
—Fíjese que a mí ya me dio el coronavirus. Ya a casi toda mi familia: mi cuñado, mi tío, mi hermana. A todos nos barrio, nos cundió en toda la familia. Yo les prepararé un pocillo grande de té con hierbas. Le eché la malva, la hierba del zorrillo, la hierba de la Santa Madre, y hasta de las más amargas, pero no se me quitó. Si con esas que le cuento se quita hasta el sida, pero este coronavirus es bien plagoso y se mete hasta adentro. Y es bien chiquito, que anda por el aire. No se ve, pero anda allí y se mete por la nariz, por las orejas y hasta por la boca. A mí me dio mucho vómito y toda desguanzada, y los trasudores que no se me quitaban. Pero ya ahorita ya me mejoré. Decían que uno tenía que estar en su casa, pero ¿cuál casa? Yo no tengo. Ya ve que yo me quedaba por la Cruz Roja, allí me daban permiso y, junto a las ambulancias, me hacía bolita y me dormía.
—Le traigo otra hojaldra.
—No, ya no, muchas gracias. Dios bendito, ya viene. Es que usted guisa re sabroso, y ya hasta lo recomendé para que vengan a hacerle el gasto, de que todo está rico. Hasta el café sabe re sabroso, no como el que dan luego. Por eso no me gusta el que regalan en el hospital, porque no sabe bueno y hasta lo ven a uno feo. Por eso prefiero mejor pagar o echar cambio.
»Y sí le digo que es bien peligrosa esa enfermedad del coronavirus. Y más pior los que tienen la diabetes, porque a ellos se les pone todo negro por dentro y ya hasta que se mueren. Por eso dice el doctor que de esas personas ya no va a haber. Y es que yo fui al hospital para que me dieran una medicina. Allí ya están vacunando y es de gratis. Y si usted va, no le vayan a querer cobrar. Usted les dice que el doctor dijo que es de gratis y que no van a cobrar. Y ese medicamento que le ponen a uno cura todo y le saca toda la enfermedad que uno tiene, y limpia todo, todo, y hasta las lombrices y los virus, todo los mata. Por eso es bueno ir allí, para que todo se cure y para andar bien, primero Dios.
—Bueno, estuvo bien rica la comida. Deje y le lavo estos platos que ensucié. Ya hasta me da pena, pero gracias a Dios y que Dios lo bendiga.
—No, déjame allí, yo me los llevo. Si lo desea, ponga el azúcar y el Nescafé en la mesa de la cafetera. Yo voy y dejo estos platos en la cocina.
—No, si ya me voy bien a gusto. Y sí, ya había pasado aquí, pero estaba cerrado. Usted y su mamá, que son bien amables, por eso Dios bendito les deja muchas bendiciones. Allí le dejo la cola de caballo. Ésta la hierve con un litro de agua, y le ayuda al riñón y le limpia todo por dentro, y se va a sentir mejor. Ya me voy, que Dios se lo pague. Ya me voy a vender. Otro día paso a ver si tiene un plato de sopa, aunque sea un plato de sopa. Me saluda a su mamacita.

Reflexión adicional

La mujer se fue, dejando tras de sí el aroma de sus hierbas y una verdad tan simple como profunda: cada quien vive la realidad desde su propia trinchera. Para mí, el coronavirus era una amenaza invisible que se combatía con aislamiento y ciencia. Para ella, era una plaga que se metía por los oídos, que se curaba con tés amargos y que se prevenía con una vacuna que, en su mente, era una purga milagrosa que limpiaba hasta las lombrices. Su percepción no era ignorancia, sino una forma de darle sentido a un mundo que, para ella, siempre ha sido hostil. Un mundo sin casa, sin comida asegurada, donde la generosidad es un plato de huevos con papas y la fe es el único antídoto contra el miedo. ¿Quién era yo para corregirla? Su realidad, con sus dragones y sus pócimas, era tan válida como la mía. Y en su manera de entender la vida, en su gratitud por un simple desayuno, había una sabiduría que ninguna ciencia podría enseñarme.